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La antigüedad clásica estuvo siempre preocupada por la relación del individuo con su entorno. Es más, trató, por medio de la filosofía, de encontrar en el cielo, o sea en el espacio ocupado por los dioses, un reflejo de las leyes naturales que regían en la tierra. Para ello hizo uso de la observación, permitiendo al ser humano percibir y asimilar los elementos de su entorno usando los sentidos. El Renacimiento resucitó esa visión global y antigua que colocaba al ser humano en un cosmos en el que toros, peces, cangrejos, escorpiones, cabras, leones y centauros eran reconocidos con solo observar el firmamento, desde donde influían con su presencia sobre el organismo y la vida del hombre, así como sobre los lugares que habitaba. Sol, luna y estrellas se personificaban adoptando rostros humanos y los cuatro elementos tradicionales –tierra, aire, agua y fuego- hacían de intermediarios de los planetas para incidir de algún modo en los seres que habitaban la máquina del mundo. De esa manera inteligente y cósmica era más sencillo explicar lo mágico en el terreno de las creencias, dando a la superstición el sentido etimológico de «supervivencia», es decir, de algo antiguo y sin embargo respetado.

La pérdida paulatina a lo largo del último siglo de esos conocimientos que interpretaban de forma cercana el universo, ha sido irreparable. Nadie con autoridad ha sido capaz de explicar convincentemente el error en que se incurría al menospreciar esa sabiduría contrastada y eficaz. La tecnología ha ensoberbecido de tal modo a la sociedad que se ha decidido prescindir de aquellas preguntas eternas –origen de los mitos y de los relatos tradicionales- que hacían pensar al individuo, para quedarse sólo con las respuestas que la ciencia oficial podía «certificar». La consigna ha sido: «el pasado ya no es necesario para el futuro». Sin embargo sigue teniendo gran importancia esa relación entre las creencias y la técnica, práctica habitual en siglos pasados en la que hubo tan grandes maestros, de los que siempre se puede aprender.

Si hay dos publicaciones en castellano que pueden competir en ventas con el Quijote en sus diferentes ediciones, esas dos son la cartilla de las primeras enseñanzas y el calendario zaragozano. Baste decir que de la primera -de ese Catón elemental y escueto- se imprimieron más de 70 millones de ejemplares sin contar las ediciones piratas, perseguidas y condenadas por la Iglesia, en concreto por la Catedral de Valladolid, que era la que tenía el privilegio de la impresión a partir del siglo XVII para subvenir a los gastos de su construcción. Del segundo, del almanaque Zaragozano (llamado así en honor de Victoriano Zaragozano, uno de sus primeros editores), se podría hacer un congreso para analizar todos aquellos calendarios ibéricos que comienzan a hacer fortuna en el siglo XV, con el primer Renacimiento, sobre todo a partir de la publicación en Portugal y España respectivamente de dos títulos, debidos al judío Zacuto y al bachiller Hoces. El primero se tituló Almanach Perpetuum Celestium Motuum y, aunque se publicó primero en hebreo bajo el título de Compilación Magna, apareció después en latín tras la salida de España de su autor en 1492. Como profesor de astronomía en Salamanca tal vez tuvo Zacuto el privilegio de escuchar a Colón e incluso de denegar su proyecto. De hecho hizo incursiones en el arte de la navegación perfeccionando el astrolabio aunque finalmente fuesen los navegantes portugueses los que se beneficiasen de sus avances al haber sido expulsado de España y haber buscado protección en la corte de Lisboa.

La reforma del calendario por el papa Gregorio XIII se basó en el resultado de un concurso convocado por el mismo pontífice entre muchos astrónomos cristianos para rectificar los inconvenientes del calendario juliano. Las Tablas de epactas se aprobaron por la Iglesia en 1582. En ellas Aloigi Giglio, autor primero de dichos cálculos, había presentado un proyecto en el que combinaba el calendario solar con las revoluciones de la luna por medio de la epacta o edad de la luna al empezar el año.

Uno de los primeros sabios en percibir la importancia de ese cambio en el calendario fue el riosecano Rodrigo Zamorano, cosmógrafo de Felipe II. Zamorano, nacido en Ríoseco y muerto en Sevilla, se distinguió, hacia el último cuarto del siglo XVI, por sus conocimientos sobre matemáticas  y sobre navegación. Desde su cargo de instructor de pilotos en la Casa de Contratación de Sevilla desarrolló una actividad importantísima para el arte de navegar, aunque las insidias del cartógrafo Domingo de Villarroel introdujeran en el Sindicato de pilotos hispalense las dudas acerca del hecho de que un hombre que no se había embarcado fuese la persona adecuada para enseñar a pilotar una nave. Tras dos años de separación del cargo como consecuencia de esas insinuaciones, Zamorano pudo demostrar públicamente que sus conocimientos teóricos, superiores a los de la mayoría de los científicos de su tiempo, le bastaban para desarrollar las funciones que el cargo requería.

En su Cronología y reportorio de la razón de los tiempos, obra publicada años antes del litigio, ya había insistido Rodrigo Zamorano sobre la necesidad de observar el cosmos, relacionar los signos de la luna con el tiempo atmosférico, estudiar las estrellas, advertir en animales y plantas movimientos augurales y todo ello sin el menor asomo de esoterismo, simplemente haciendo uso del sentido común y del correcto juicio. Escribe Zamorano en la obra citada, impresa en Sevilla: «Tuvieron los filósofos por cosa muy importante y de grandísimo momento, el conocimiento de la mudanza de los tiempos y variación del estado del aire, así para la salud y vida de los hombres y de todas las cosas como para la agricultura, navegación y milicia». Al cosmógrafo le sirvieron de gran ayuda todos aquellos pormenores y detalles, grabados en su memoria durante la infancia ríosecana, que revelaban unas causas y unos efectos entre los cambios lunares, la actitud de personas y animales, las necesidades de la tierra cultivable y el mejor resultado en las cosechas. Hoy sería un error grave ignorar que obras como la de Rodrigo Zamorano, Victoriano Zaragozano o Jerónimo Cortés, reimpresas una y otra vez hasta el siglo XX, fueron el libro de cabecera para labradores y pastores durante cinco siglos, además de la principal fuente de conocimiento para sus oficios y los mejores consejeros a la hora de efectuar las labores y trabajos del ciclo anual. El éxito de Zamorano y la perdurabilidad de sus asertos se derivan no sólo de su capacidad para observar su entorno sino también del hecho, recomendado en su tratado, de no fiarse de un solo fenómeno y contrastar la relación entre varios para extraer de todos ellos una consecuencia. Esta forma de registrar y recordar hechos cíclicos en forma de experiencias concordantes, catalogadas y fijadas en la memoria de las personas, alimentó la riqueza y variedad de las expresiones populares hasta límites nunca jamás superados. El lenguaje, el conocimiento, las creencias, bebieron así de un venero mágico cuyas ricas aguas, convertidas en cultura y consecuentemente en identidad, han sobrevivido hasta nuestros días gracias a la perfecta integración de esa aptitud (aptitud para interpretar de forma inteligente y práctica el entorno), en la vida de los individuos.

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Museo de La Casona
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Exposiciones

Exposición «El Humo Impreso»

La exposición «El Humo Impreso» se pudo ver en el Museo Etnográfico «El Caserón» de San Sebastián de los Reyes (Madrid) en los meses de agosto y septiembre.


Exposición «Escaparates, 200 años de industria y comercio en Valladolid»

Se inauguró, con la presencia del Presidente de la Diputación y el Presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Valladolid, la exposición «Escaparates», en la sala de la Diputación en el Palacio Pimentel. La muestra reunió más de 200 piezas con las que se pretendía hacer un recorrido por los comercios de Valladolid, capital y provincia a lo largo de los últimos 200 años. Se editó asimismo un catálogo en el que se incluyó un CD-Rom con cerca de 8.000 fichas de fábricas y comercios vallisoletanos.


Admirando la Caja Registradora National del «Café del Norte»


Exposición «Historia de la Moda en las colecciones de grabados españoles»

Continuó su itinerancia la exposición de la Fundación «Historia de la Moda en las colecciones de grabados españoles», pudiendo contemplarse, entre otros lugares, en el Archivo de Zamora.

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Actos honoríficos

Medalla de Oro de la Provincia de Valladolid

El pleno de la Diputación aprobó por unanimidad la concesión de la Medalla de Oro de la provincia al Director de la Fundación. Se le entregará el día de la provincia, el 4 de octubre.


La Encina Charra


El Presidente de la Diputación de Salamanca entrega al Director de la Fundación el premio «La Encina Charra» en el Teatro Fernando Arrabal

El Presidente de la Diputación de Salamanca y Alcalde de Ciudad Rodrigo entregó al Director de la Fundación el premio «La Encina Charra» en el Teatro Fernando Arrabal de la localidad, donde Joaquín Díaz pronunció las siguientes palabras de agradecimiento:

Me van a permitir que comience estas palabras de agradecimiento con una cita bíblica, como en los sermones de antes. Dice "el libro de los libros" que "los locos tienen el corazón en la boca", y yo creo que en las semanas precedentes me he acercado un poco a esa locura ante tantas muestras de afecto que me han llegado de todo el mundo al saber que se me había otorgado la encina charra. Todas esas felicitaciones, me han obligado a convertir en palabras lo que el corazón sentía. Sin duda el prestigio del premio y el carácter y tradición que ya posee han influido en ese hecho. Gracias a todos, y especialmente a quienes pensaron que mi nombre podía estar entre los ilustres que ya lo recibieron.

Hace años grabé un disco que titulé "Dendrolatrías", que era mi particular homenaje a esos árboles que tanta importancia tienen en la vida de cada persona. A la sombra de una encina me ponía a pensar de pequeño, como dicen que hacía el más importante de los dioses griegos, Zeus, y así me sentía yo en la ingenuidad de la infancia: como un dios que podía controlar el universo. Otros estudiosos de la mitología hablan de que la encina le servía como apoyo al soberano de hombres y dioses para emitir sus oráculos.

A mí la encina siempre me pareció el mejor de los árboles porque tenía tres virtudes de las que los humanos podemos tomar ejemplo: la generosidad -la encina alimenta y da calor a todos los seres que la rodean-, la paciencia -la encina crece lenta y moderadamente y es el antídoto contra la prisa o la precipitación- y la fortaleza -la encina tiene un peso y una densidad que la hacen casi única-. Estas virtudes, combinadas con la longevidad consiguen que la encina pueda ser considerada con ventaja como una metáfora de la tradición: la tradición significa entrega -de conocimientos y de la propia vida-, significa respeto por lo natural y por la naturaleza, y requiere mucha firmeza en las convicciones; mucho amor por lo propio, por el patrimonio, que es todo aquello que nuestros padres nos dejaron y que cada generación lucha por conservar y revivir.

Nunca como en este momento he tenido tan fuerte la sensación de que lo mejor de mi vida han sido los demás. Todos estos años pasados -que ya son 50-, dedicados a esta hermosa profesión donde he aprendido tanto de quienes me rodeaban, los he gastado en demostrar que la tradición no era esa pesada carga de la que había que despojarse para viajar más ligero hacia el futuro, sino todo lo contrario; tengo la certeza de que cuanto más escasa y menguada sea la base sobre la que se asienten nuestros pies, menos posibilidades tendremos de elevarnos sobre el presente para encarar un porvenir fecundo. Hagamos como Zeus. Subámonos a una encina para divisar mejor el futuro pero hagámoslo con el apoyo de unas raíces profundas y de un troco firme como una roca.

Y despojémonos de lo inútil. Dejemos a un lado lo accesorio para quedarnos con lo esencial para vivir. Recuerdo el cuento que me contaba mi madre de aquel rey que teniéndolo todo enfermó de tristeza y tuvo que ser atendido por los médicos del reino; ninguno daba con el remedio hasta que uno recomendó la curiosa solución de imponer sobre los hombros del monarca la camisa del hombre más feliz que se encontrara. Después de buscar días y días escucharon, detrás de una peña, a un pastor que reía, cantaba y parecía el hombre más dichoso del universo. Al saltar los soldados sobre él para arrebatarle la camisa se encontraron con el chasco de que no la llevaba.

Bueno, pues hoy me siento como aquel pastor: no me cambiaría por nadie en el mundo; creo que, sin tener nada, lo tengo todo: El afecto, la comprensión y el reconocimiento a mi trabajo. Gracias otra vez y para siempre por todo ello.

Congresos y ponencias

Encuentros de Esles


Joaquín Díaz, Pío Caro Baroja y Fernando Gomarín

En Esles de Cayón, Cantabria, y dirigido por Fernando Gomarín y Antonio Carreira, tuvo lugar el IV encuentro literario en el Solar de Cotubín, de la familia González-Camino, este año dedicado a la figura de Don Julio Caro Baroja. El Director de la Fundación intervino en una de las sesiones con una conferencia sobre «Caro Baroja y la literatura de cordel».


Congreso de observadores de nubes

En la Granxa de Barreiros, en Lugo, tuvo lugar el II Congreso Internacional de Observadores de Nubes, donde intervino el Director de la Fundación con el tema «Nubes y Campanas. Bajo el signo del signum».


Ritmos y Pueblos

En la Coruña, y dentro del programa «Ritmos y Pueblos», Joaquín Díaz habló sobre «La influencia de la música popular en el desarrollo de determinados municipios del medio rural».


Bieito Romero, Carlos Blanco Fadol y Luciano Pérez en La Coruña

Simposios

Simposio «El Romance en América»


Actas del simposio >

Se celebró en julio el simposio sobre el Romance en América. Diversos especialistas expusieron sus puntos de vista sobre la génesis, contenido y difusión de los romances como medio de expresión en España y América, haciendo un recorrido por algunos de los países que han ofrecido un repertorio más extenso, conocido hoy gracias a la labor de recopiladores e intérpretes. El Quarteto de Urueña ofreció, en el patio de la casa de Bernal Francés, en la Universidad de Valladolid, una muestra variada de los más conocidos títulos del género y sus versiones españolas y americanas. Las Actas, en esta misma página web.


Maximiano Trapero, Joaquín Díaz y José Manuel Pérez Prendes


Aurelio González Pérez


Luis Díaz Viana


Simposio «Religión y papel en la vida cotidiana»

Se celebró durante los días 19, 20 y 21 de septiembre el simposio sobre impresos religiosos en la vida cotidiana con la intervención de hispanistas y expertos en impresos.


Intervinientes en el Simposio

El II Concilio de Nicea -celebrado en la provincia de Bitinia en el año 787 y convocado para sentar doctrina y acabar con la desviación que provocó la iconoclastia de León III el Isáurico-, señala inequívocamente el comienzo del interés ortodoxo y oficial –o sea bendecido por la Iglesia- hacia las imágenes y representaciones religiosas. San Juan Damasceno, en su defensa razonada de las representaciones de santos, había justificado pocos años antes el uso de la iconografía al escribir: "La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios".

Esta necesidad personal del espíritu que asimilaba la oración con las sensaciones estéticas o de los sentidos vino a añadirse a una larga lista de fines didácticos que también encontraban argumentos a favor de la contemplación devota de los iconos. La acendrada tradición de la Iglesia, desarrollada durante toda la Edad Media, de adoctrinar y catequizar (principalmente a los iletrados, que eran mayoría) con la ayuda de grandes cartelones llamados carocas o con los argumentos vertebrados y catequéticos de los retablos (cuyas imágenes podían transmitir ideas y hechos de forma asequible y ordenada), se complementó con el uso de un tipo concreto de papel suelto, sobre el que se dibujaban e iluminaban representaciones de santos, que se vendía con el fin de fomentar la devoción a los mismos.

Una de las primeras personas que utiliza la palabra «imaginario» para referirse al conjunto de conocimientos intelectuales o gráficos que, en forma de magma simbólico, sirven de motor al ser humano, es Cornelius Castoriadis. El término usado por el filósofo francés nacido en Estambul se adecúa muy bien a lo que se trata de estudiar en este simposio. Detrás de las imágenes populares hay todo un conjunto de saberes que las dieron origen y contribuyeron a retratar y perfilar sus expresiones, sus posturas, su carácter: es toda esa iconografía antigua, esos relatos pretéritos, aquellas leyendas asombrosas que alimentaron las miradas y las mentes de miles y miles de personas y sostuvieron su fervor durante siglos. Ese imaginario, construido en un lenguaje compartido y comprendido, ha arrastrado consigo personajes, anécdotas, oraciones, canciones, usos convertidos en costumbre y toda clase de elementos con los que se ha ido edificando el recuerdo y la piedad. Es lo inmaterial, el patrimonio no tangible que reside en nuestra memoria y que regresa en forma de gesto, de expresión o de imagen impresa. Liturgia e imágenes que han llegado, en curiosa mezcla de costumbres, iconos, ideario y creencias hasta nuestros días.


Intervención de Solange Hibbs-Lissorgue

Colección de estampas de iconografía religiosa
Selección de ejemplos de la colección que se encuentra depositada en la Fundación >

Visitas

Visita de la Vicepresidenta del Gobierno

La Vicepresidenta del Gobierno visitó la Fundación acompañada por el Delegado del Gobierno, el Presidente de la Junta de Castilla y León, el Presidente de la Diputación, la Presidenta de las Cortes y el Alcalde de Urueña, y firmó en el libro de honor.








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