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Desde hace bastantes años, numerosos trabajos de investigadores españoles van encabezados por la frase: “a mi esposa -o a mi familia-, por su paciencia y las horas robadas”. Este comienzo usual, que tiene algo de angustiada justificación por el tiempo hurtado a la convivencia, tiene también una lectura paralela que expresa hasta qué punto puede ser arduo investigar –en cualquier tipo de comunidad, pero particularmente en la hispánica– y hasta qué punto la necesaria soledad del científico puede dificultar sus relaciones humanas y afectivas, con lo que ello supone de menoscabo para el resultado de un trabajo de esas características. Sobre el primer aspecto –la dificultad de investigar- se vuelcan no sólo los obstáculos inherentes al propio hecho de averiguar, reflexionar y sintetizar, sino también la opinión negativa que la sociedad se ha ido forjando -en los últimos años, especialmente- acerca de esta actividad. El investigador es consciente de que su afición o su curiosidad pueden incidir de forma beneficiosa sobre la comunidad en la que vive, pero la seguridad ficticia, la convicción incontestable en que dicha comunidad se escuda hoy día, parece pregonar lo innecesario de la tarea de aquél. La certeza de conocerlo todo, de solucionarlo todo apretando un botón, convierte a la sociedad occidental, y muy especialmente a la española, en denostadora de los principios que rigen el método científico, uno de cuyos pilares es la duda. Se ha hablado muchas veces de la dificultad que encuentra el individuo de hoy para hacer uso de su cultura sin parecer un concursante. Los datos y conocimientos que en el pasado se integraban en la existencia del ser humano, que parecían llegarle acomodados a su edad y de forma ordenada y natural, aparecen ahora desdichadamente inútiles, innecesarios y desfasados, bien por estar alejados de la tecnología moderna y sus recursos, bien por carecer de funcionalidad o rendimiento económico.

Los medios de información y formación a los que cualquier persona puede acceder en la actualidad parecen desmentir la idea antigua de que la memoria era fundamento de la cultura y posiblemente el más sólido fundamento, pues gracias a ella, de forma mediata o inmediata, nos llegaban los elementos que nos iban a permitir conocernos, reconocernos e identificarnos frente a otros, al tiempo que nos prevenían contra la reiteración de errores. Hay que recordar, sin embargo, que esos medios actuales (con todo el poder que queramos atribuirles) no han venido a sustituir, porque no podrían hacerlo, el mérito del esfuerzo personal ni la admiración como fuente de conocimiento.

La cultura tradicional debe seguir interesándonos, tanto por lo que tiene de manantial directo, de venero fluido y sin intermediarios, como por el hecho de que puede ayudarnos a elevar un hecho humano o folklórico a la categoría de científico si somos capaces de analizarlo, documentarlo y estudiarlo con un método adecuado. Un carpintero corta la madera con la que fabricará un mueble, en una fase determinada de la luna y en un mes concreto. ¿Por qué? ¿Cuántas generaciones han tenido que pasar para que la experiencia acumulada aconseje preferir la madera talada en el menguante de enero? ¿Cuántas más para preservar esa creencia, esa seguridad, y convertirla en un principio cultural? ¿Y cuántas aún para que hubiese una explicación dada por la selvicultura a ese hecho contrastado? ¿Cuántas generaciones, por fin, para perder o desperdiciar esa maravillosa e inmensa riqueza –experiencia y ciencia- amasada con penalidades y esfuerzos por nuestros antepasados?

Se precisan años de análisis para una sola hora de síntesis. Y es que esa síntesis necesita además no sólo los datos, sino la imprescindible capacidad humana para reelaborarlos y convertirlos en avance, en un nuevo peldaño de la empinada escalera de la evolución humana. Por eso, la tradición, más que una disciplina científica constituye una tendencia estética y vital que, por definición, basa su existencia en el respeto a la historia y a las formas de vida del pasado, pero que recibe su principal impulso de esa capacidad humana para evolucionar, renovando ideas y formas de expresión, reutilizando usos y costumbres. Como tal tendencia, muestra permanentemente su disposición a incorporar a su propio bagaje asuntos de disciplinas varias que deben contribuir al estudio y a la comprensión cabal de su complejidad. Lejos de formar un conjunto anárquico o arbitrario de saberes aislados, la tradición se caracteriza por dar homogeneidad a todos esos conocimientos, descubriendo y explicando sus conexiones.

No parece lógica, por tanto, la postura consciente y reiterada, adoptada por la sociedad española durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, de prescindir de conocimientos tradicionales, decantados y perfeccionados por el uso, cuyos valores aparentaban haber quedado fuera de cualquier escala aceptable. Tal postura desequilibró fatalmente la opinión pública a favor de una visión biográfica e histórica exclusivamente futurista y desarraigada, que relegó la cultura heredada por tradición a la categoría de inservible y rancia. Un nuevo vector –la crisis rural producida por el auge de políticas industrialistas- vino a marcar definitivamente la dirección de las fuerzas sociales, en un giro cuyas consecuencias todavía no percibimos con plenitud pero que ya podemos intuir al comparar los resultados con otros países del entorno.

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Aplicación para móviles

Con la colaboración de la empresa Cotesa y el patrocinio del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la Consejería de Presidencia de la Junta de Castilla y León, la Fundación ha preparado una aplicación, para móviles y tabletas Apple, donde poder consultar contenidos del Almanaque Tradicional, relacionarlos con localidades y fiestas y enlazarlos con su ubicación geográfica.

Enlace a la tienda Apple para descarga directa de la aplicación:
https://itunes.apple.com/es/app/almanaque-popular/id884049152?mt=8 >

Simposio

La interpretación de la música medieval

Se celebró en las instalaciones del centro E-lea "Miguel Delibes", de la Diputación de Valladolid, el simposio sobre "La interpretación de la música medieval" con asistencia de numerosos especialistas, profesores y alumnos. Durante el mismo se ofreció un concierto en el Castillo de Tiedra, con la colaboración del Ayuntamiento de Tiedra y la empresa Cielo y Tiedra, en el que intervinieron Los Músicos de Urueña, Vox Suavis y Germán Díaz.


César Carazo e Ismael Fernández de la Cuesta


Germán Díaz, Bill Cooley y Luis Delgado


Ana Arnaz y Dominique Vellard (Vox Suavis)


Final del concierto en el Castillo de Tiedra

 


Exposiciones

Exposiciones «El Humo impreso» y «Cuentos de la Vieja Europa»

Las exposiciones «El Humo impreso» y «Cuentos de la Vieja Europa» pudieron contemplarse en la Sala de Exposiciones del Teatro Zorrilla y en la Sala de Exposiciones de la Casa Revilla, respectivamente, ambas en Valladolid.


Juan José Prat y Joaquín Díaz en la exposición Cuentos de la Vieja Europa, Sala de Exposiciones de la Casa Revilla


Joaquín Díaz, Teresa Pérez Daniel (propietaria de la colección de Marquillas) y Artemio Domínguez, Diputado de Cultura,
en la inauguración de El Humo impreso, Sala de Exposiciones del Teatro Zorrilla

Exposición «Escaparates, 200 años de industria y comercio en Valladolid»

En los meses de agosto y septiembre (26 de agosto a 28 de septiembre) tendrá lugar en la Sala de Exposiciones del Palacio Pimentel, de la Diputación de Valladolid, la exposición "Escaparates" sobre los últimos 200 años de la Industria y el Comercio en Valladolid y Provincia, de la que se ofrece aquí una muestra:

Ambrosio Pérez Cabeza, de Grijota (Palencia), se estableció en Valladolid denominando a su establecimiento Bazar Parisién y dando origen a una saga que se mantuvo durante décadas en la Plaza Mayor constituyendo un referente de elegancia y distinción.

Su primer objetivo fue vender objetos que habían empezado a ponerse de moda (relojes, gafas, bisutería) para lo que fue captando una clientela a la que obsequiaba con pequeños detalles muy parisinos (cajitas, espejos de bolsillo, etc.).

Su hijo, Ambrosio Pérez Rubio (en la fotografía el primero por la derecha), continuó con el negocio y lo impulsó y modernizó para entregarlo a su vez a sus descendientes.


Ambrosio Pérez Rubio y amigos, retratados por Gilardi

Se conserva aún la caja de música -una Thibouville Lamy- con la que Ambrosio Pérez Cabeza (6º por la izquierda y su hijo 4º por la izquierda, ambos con sombrero en la fotografía inferior) amenizaba las comidas campestres en las que, entre plato y plato, trataba de conocer mejor a sus empleados y solucionar los problemas de sus familias.


Comida campestre de propietario y empleados del Bazar Parisién

 


Otras actividades

El Director de la Fundación recibió en Salamanca el Premio Lares a la Vida Activa.

Asimismo intervino en el homenaje que la Feria del Libro de Valladolid ofreció al escritor y académico José Delfín Val.

También pronunció una alocución en el concurso de oratoria que la Fundación Villalar y la Consejería de Educación organizaron en Villabrágima, titulado genéricamente El razonamiento de Villabrágima en recuerdo de la intervención de Fray Antonio de Guevara ante los Comuneros antes de la batalla de Villalar.

Finalmente, entregó al escritor y dramaturgo José Luis Alonso de Santos el premio Entre amigos que el periódico Aquí en Valladolid le otorgó dentro de la categoría de Cultura.


Recibiendo el Premio Lares, en Salamanca


Homenaje a José Delfín Val


En Villabrágima, con el Consejero de Educación, la Presidenta de las Cortes de Castilla y León, el Alcalde de Villabrágima y el Presidente de la Diputación de Valladolid.


Con José Luis Alonso de Santos en la entrega del premio «Entre amigos»

 


Donaciones y depósitos


Réplica del clave de Joseph Bueno realizada por Rafael Marijuán

Se han recibido en la Fundación 300 cancioneros como donación de Ramos Perera, Presidente de la Sociedad Española de Antropología y Tradiciones Populares.

Asimismo se ha recibido un prototipo de dulzaina de las fabricadas por Ramón Adrián, entregada en depósito a la Fundación por Rafael Marijuán Adrián, fabricante de claves y autor de la réplica del clave de Joseph Bueno (1712) que estuvo depositado en el Museo de la Fundación durante más de diez años y que actualmente se halla en el Museo Diocesano de Valladolid.








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