LA ERA DEL BIEN Y DEL MAL

Creo en el Espíritu Santo



Lámina con dos escenas, una figurativa, y la otra simbólica.

1. La escena principal, por el tema y por el espacio que ocupa, tiene una artificiosidad elevada. María está sentada en una especie de trono (véase lámina 45), y, desde la posición del espectador que contempla la escena, una larga alfombra llega hasta sus pies. Por si fuera poca semejante concepción, los apóstoles se sitúan a derecha e izquierda, arrodillados (salvo uno que está postrado rostro en tierra). Bien podría interpretarse como la corte de una soberana, cuando la sencilla María jamás aparece de semejante guisa en los relatos bíblicos.

Aparecen a cada lado seis y seis apóstoles, lo que indica que ya ha tenido lugar la sustitución de Judas por Matías (Hch. 1, 15-26), pero la falta de rasgos diferenciadores no permite asignar nombres a cada una de las figuras.

Por encima de ellos, entre nubes que se apartan para dejar lugar a la manifestación divina, el Espíritu Santo aparece con la representación habitual de paloma, que irradia su luz en todas las direcciones. Sobre las cabezas de los devotos apóstoles, sendas llamaradas de fuego alusivas a la narración del hecho de Pentecostés (Hch. 2, 1-4).

2. En la parte inferior, una semiesfera encierra la tiara y las llaves, colocadas sobre la tierra, que aparece en el umbral inferior de la escena. De esta forma, el dibujante trata de comunicar que la presencia del Espíritu Santo no termina en Pentecostés, sino que se prolonga en la Iglesia. Sin embargo, hay un fuerte reduccionismo, porque los emblemas pontificios sugieren que su inspiración se ciñe a la jerarquía eclesiástica. Es el inevitable resabio del Vaticano I, que proclamó la infalibilidad del Papa; una lectura sesgada e intencionada presentaba al Papa aureolado de forma habitual y permanente del don de la inerrancia, sin matizaciones. El dibujo contribuye a prolongar esta misma tendencia absolutizadora, que identificaba “Iglesia” con “Papa” (más acentuada en la lámina 42).

Aún no había llegado la reflexión del Vaticano II.

Luis Resines










Las figuras de los apóstoles, sumisos, cual sombras repetidas, conforman, en violenta perspectiva, sendos muros que dirigen nuestra mirada hacia el centro de la escena: la Virgen María.

La paloma (que tanto desconcierto nos produjo siempre a los cristianos), los rayos y las lenguas de fuego que llevan la sabiduría a los que, más que pastores parecen ovejas, se mimetizan en un todo confuso, con nubes y fondo, gesto inconsciente pero muy ilustrativo del artista, que los ordena por obligación temática, pero sin convicción. La Madre, sin duda, es lo importante.

Contra toda ortodoxia, secularmente, el pueblo ha concedido a María un rango de semidiosa en la Familia Divina, la que ama y perdona, la madre. ¿Qué habría acontecido si, como dice Unamuno, la palabra pneuma (espíritu) no hubiera sido neutro en griego y sí femenino?

También, con gran artificio, se nos imponen la tiara y las llaves de la Iglesia, encajadas en la escena, pues ¿no está Pedro entre los representados?

Carlos Piñel. Pintor y etnólogo



Exposición