Joaquín Díaz

Durmi durmi
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Durmi durmi

¡Grabando!

Compact disc
2017 - Ramalama
Intérpretes: Joaquín Díaz
Productor: José Ramón Pardo
Técnico de sonido: Varios

Reedición:


A lo largo de mi vida -principalmente durante los años en que desarrollé una actividad musical de cara al público- di innumerables recitales. Unos, en aquellos locales en los que se me invitaba a cantar (salas, teatros, colegios, polideportivos) y otros en la intimidad de los estudios, bien fuesen estudios de grabación o aquellos otros que solían tener y usar las emisoras de radio para hacer sus programas. Este disco procede precisamente de este último tipo de grabaciones y por eso le he pedido expresamente a José Ramón Pardo que me dejara entreverar las canciones con las voces de los técnicos o ingenieros de sonido que alguna vez me dijeron "¡Grabando!" justamente antes de comenzar a registrar las canciones. Probablemente ni se imaginan quienes se encargaron de hacerlo, que su voz y la expresión de su cara me servían de guía al principio y al final de la grabación. Su paciencia y su profesionalidad me ayudaron a salvar muchos momentos difíciles, así que no es extraño que quiera rendir este pequeño homenaje a su gran labor. Desde luego no están todos -algunos fallecieron y de otros no he sido capaz de adivinar el paradero- pero en los que están aquí se centra mi agradecimiento.
El recital se parece mucho al modelo que seguí durante años, desde mediados de los sesenta a mediados de los setenta del siglo pasado. Hay una primera parte que dedicaba al repertorio sefardí, una segunda a las canciones y romances españoles y una tercera a canciones de diferentes países que por una u otra razón me gustaban. Las explicaciones que en ocasiones preceden a la grabación no me convencen demasiado, pero José Ramón Pardo, que sabe mucho de esto, ha preferido que fuesen tal y como se registraron. Hay que decir en mi descargo que la radio siempre me pareció como un vagón de metro, al que uno se sube para realizar un trayecto pero que te deja cierta sensación de interinidad y te produce una aceleración que te aleja del sosiego y de la parsimonia.
Entre las canciones hay en primer lugar un breve repertorio sefardí compuesto por cuatro temas, de los cuales tres pertenecen al romancero hispánico y el otro, el titulado "Durmi durmi", a los títulos que se crearon en el siglo XX dentro del estilo clásico judeo-español con el ingrediente añadido del dolor de un pueblo amenazado. Vienen a continuación dos romances españoles de temática diversa: el primero combina el argumento de la inutilidad de las guerras con el regreso de un soldado a su hogar donde le espera su novia; curiosamente, ese mismo soldado utiliza una fotografía para convencer a su capitán de que no puede estar lejos de la belleza de su prometida, que es tanta que hasta el mismo capitán se enamora de la imagen. El segundo romance incluye un tema de la mitología clásica, el de Progne y Filomela, para componer una escena terrible, muy del gusto del auditorio popular. A estos dos romances siguen tres canciones españolas recogidas en trabajo de campo: la primera, escuchada al gran Agapito Marazuela, la segunda recogida en Puebla de Sanabria y la tercera tomada del rabelista Francisco Sobaler y adaptada para que la guitarra sonara como un rabel afinándola de forma muy particular.
Del repertorio internacional hay una variada selección que comienza por "La palomita", uno de los temas que interpretaba a dúo con Eva Sobredo en los recitales que dimos juntos a comienzos de los 70. Sigue "Amalia Rosa", canción venezolana que adapté para autoharpa del gran compositor venezolano Tino Carrasco. "La misa del gallo" requiere una explicación suplementaria: conocí a Jorge Cafrune en 1972. Una de las veces que estuvo en casa me cantó la preciosa canción Luna cautiva. Al pedirle que me diese más información sobre el tema porque me gustaba mucho, me dijo que el compositor era el Chango Rodríguez, un cantor de Córdoba al que la mala suerte había enviado a la cárcel durante cinco años. La canción era un poco críptica pero estaba dedicada a su novia, con la que se casó estando en prisión, y al querer saber más sobre su vida y obra me topé con este tema, que era un desafío para la guitarra y que grabé inmediatamente. Respecto a "The Shoemaker", aprendí la canción del conjunto británico The Ian Campbell Folk Group, de quienes publiqué, en la época en que dirigía la sección de internacional de Movieplay, su primer disco en España. Ian Campbell fue un comunicador, cantante y recopilador que tuvo un notable éxito en Inglaterra en los años 60 y difundió un repertorio interesante a través de radio y televisión. Su hermana Lorna, de preciosa voz, era uno de los puntales del conjunto aunque podría decirse lo mismo del violinista Dave Swarbrick. La balada de "Mary Hamilton" es un tema escocés recogido por Francis Child en su recopilación, aunque elegí la versión de Joan Báez para esta grabación. Respecto a la balada "The Butcher Boy", pliego de cordel americano de fines del siglo XIX basado en argumentos similares ingleses, siempre preferí la versión del gran Tommy Makem con quien tanto disfruté escuchando sus grabaciones en solitario o con el grupo irlandés de los hermanos Clancy. De irlanda es también la melodía de la siguiente canción "Down by the Sally gardens", sobre un texto del poeta Yeats al que se adaptó la hermosa tonada titulada The Moorlough Mary". Del admirado Theodore Bikel son los dos clásicos que siguen, titulados "A Zemer" y Tum Balalaika", este último perteneciente al abundante repertorio de origen ruso que dio origen al primer teatro musical de Broadway. La canción francesa "Dans le prison de Nantes" la adapté del repertorio de Serge Kerval. En lo que respecta a "Freight train", no recuerdo bien de quién la escuché por primera vez (tal vez de Los Cinco Latinos en una versión española que se llamaba "Tren de carga"). Solo puedo decir que tuve la oportunidad de cantársela a Pete Seeger en un camerino de una emisora de televisión neoyorkina mientras esperábamos que llegase la hora de su intervención en el Show de Dick Cavett. Pete me dijo que siempre la había oído más lenta y que Elisabeth Cotton, una muchacha que había estado al servicio de los Seeger desde siempre, lo tocaba de una manera tan peculiar que al final resultaba tan inolvidable como irrepetible.
El repertorio de este disco termina con dos temas bien distintos. Uno, tocado a la guitarra con el estilo que me inventé intentando imitar a los grandes como Merle Travis o Doc Watson, y el otro, recogido de una versión de Pete Seeger, y que pertenecía al repertorio de cantos de marineros.