Joaquín Díaz

Editorial cuarto trimestre 2025


Editorial cuarto trimestre 2025

Parpalacio

Los sentidos

30-12-2025



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Se suele decir que los autores literarios tienen varias formas de buscar un título adecuado para sus libros: hay autores que se fijan en el contenido principal de su texto y tratan de resumirlo en una palabra o en una frase. Cuando Orwell, por ejemplo, utiliza el número 1984 para titular su alegato clarividente y profético sobre el devenir de una sociedad pasiva y manipulada, se está anticipando al tiempo y a los acontecimientos, pero lo hace señalando una fecha en la que, según sus previsiones, el mundo estaría dominado por las dictaduras y sometido a su terror. En un simple número, Orwell cifra el inconformismo y la rebeldía ante un futuro imperfecto.

Otros autores, se quedan con una simple alteración del título de un libro que tenga un contenido similar, al que añaden o quitan alguna palabra; es el caso de Anna Godbersen, quien elimina la nostalgia que podría tener el poema de Wordsworth que dio título a una célebre película, Esplendor en la hierba, para describir las absurdas preocupaciones de la sociedad en la que vive, donde la belleza es sólo una palabra que ha cambiado de significado y de intención con respecto a la que tenía en el Renacimiento o en el Romanticismo, por ejemplo. Esplendor en la hierba queda así reducida simplemente a Esplendor.

Los hay -autores- que encuentran en el comportamiento de su protagonista la frase clave que llevará al lector a identificar encabezamiento y argumento. Un ejemplo claro podría ser Psycho, de Robert Bloch, que se tradujo al español como Psicosis y dio origen a la terrorífica película de Hitchcock.

Por último hay autores, entre los cuales me encuentro, que buscan en el recurso del pasado la fuente titular y llaman a sus recuerdos viejos (viejos son pero no cansan) paseos por la memoria. Decía mi madre que sus hijos (y lo decía mirándonos fijamente porque se supone que nosotros éramos los destinatarios de la filípica) debían estar en la vida atentos a todo: o sea, -decía ella- con los cinco sentidos y el sentidillo. Probablemente la frase proverbial la había aprendido de mi abuela, que era muy dada a convertir la existencia en un campo de prácticas del refranero, pero ella la usaba cada vez que necesitaba explicarnos cómo debíamos comportarnos y qué recursos debíamos aplicar para salir airosos de cualquier situación. Los cinco sentidos eran, como puede suponerse, el oído, el olfato, el tacto, el gusto y la vista. Me hubiese gustado, sin embargo, saber con exactitud qué era ese añadido del sentidillo, pero me da la impresión de que siempre lo tradujimos, sin dudar y tal vez por comodidad, como ese esfuerzo que la mente debía hacer para aprovechar al máximo nuestro juvenil entendimiento, forzándolo a discernir habitualmente entre lo bueno y lo mejor.

El libro que recientemente se ha publicado -con el patrocinio del Ayuntamiento de Valladolid- es un poco el resultado de aquel desiderátum de mi madre. Lo que los sentidos han ido dictando durante años al sentidillo para que éste se agudizara y prestara atención. Esos sentidos han venido captando a lo largo de unas cuantas décadas lo que una ciudad como Valladolid me sugería. Si la ciudad producía día y noche ruidos -hace poco dediqué una exposición y una conferencia al tema- no era culpa de la ciudad en sí misma, lógicamente, sino de quienes por necesidad, por afición, por egoísmo o por mera descortesía se dedicaban a ocasionarlos. Para la mentalidad de hoy el silencio -es decir el elemento que parece contraponerse al sonido- podría asimilarse a la ausencia de ruido, pero afortunadamente es mucho más que eso. El silencio puede ser el misterio de lo nunca pronunciado, la magia de lo inaudito, el lugar encantado donde el pensamiento mora y trabaja, o simplemente una inequívoca forma de expresión cuando las palabras pierden su dimensión y su sentido. Porque el silencio no es la negación del sonido o la carencia de vida sino la discreción en el uso de la misma. No es claudicación ni cobardía, sino fortaleza o resistencia al inútil verbo que se dispara sin avisar como una escopeta de feria. Paul Simon y Art Garfunkel, en su célebre visión poética compuesta tras el asesinato de John F. Kennedy, percibieron en el silencio diferentes calidades de sonidos que luego, nadie sabe por qué, dejaron reducido a uno solo (the sound of silence). Lo que inspiró al dúo su canción probablemente tenía que ver con otro lugar, con otra dimensión, con otro mundo, en el que se podía comenzar una nueva vida, disfrutar de un cuerpo nuevo sin excrecencias inútiles. Los primeros cristianos que deseaban huir de una sociedad perversa y alcanzar la santidad se desplazaban del lugar en el que vivían para ir en busca de otro más apropiado para sus inefables ansias y solían elegir el desierto como el más adecuado, porque pensaban que la ausencia de personas, de ruidos y de estorbos había de favorecer su noble propósito. El monje Juan Mosco, famoso eremita sirio que escribió en el siglo VI un libro edificante –El prado- para quienes quisieran buscar la solución a los mortificantes problemas humanos, nos dejó algún paradigma en el que el silencio hablaba por sí mismo: Teodosio el solitario, por ejemplo, pasó 35 años sin decir una palabra y si en alguna ocasión tuvo que explicar algo se ayudó con gestos. Contaban sus discípulos que hasta tal extremo llegó su mudez que prefirió dejarse llevar la capa antes que protestar gritando contra unos ladrones que se la robaban.

Para los griegos, armonizar era unir dos cosas –dos notas musicales, por ejemplo-, de forma que no sufrieran rechazo por cualquier causa como incompatibilidad, desajuste o antonimia. Por eso relacionaron el orden del cosmos y de la naturaleza –o sea de la realidad- con la regularidad y el equilibrio del propio cuerpo, comparando los sonidos de los planetas con los sonidos que podía crear el individuo en su afán por expresarse. Los pitagóricos creían que los planetas emitían sonidos más o menos agudos en función de la distancia que los separaba de la tierra y que esos sonidos, combinados ordenada y naturalmente, producían un conjunto agradable de resonancias al que llamaron «música de las esferas». En realidad, aquella armonía musical, tan necesaria para el individuo como para el universo, no era otra cosa que la relación producida por simpatía entre distintos intervalos sonoros que vibraban. Los primeros sonómetros griegos sirvieron para formular las primitivas leyes acústicas, en especial aquellas que relacionaban la matemática con la afinación musical. Cuando Vitruvio describe su interesante teatro ecoico, manifiesta, siguiendo a Diógenes Laercio, que la voz es «un aliento que fluye e hiriendo el ambiente se hace sensible al oído de todos». Según esa teoría, que permitía pensar que la voz se transmitía por infinitas olas circulares, Vitruvio crea un teatro perfecto para la audiencia en el que la voz, libre de incómodos obstáculos, se expanda gradualmente hacia todos los espectadores. Para mejorar, es decir para amplificar y dar eco a esa voz cuando el medio no fuese perfecto, Vitruvio idea unos vasos de bronce o de barro que aumentarían el volumen de la palabra del actor sobre el escenario. La misma función cumplían los llamados vasos sonoros que durante el románico comenzaron a colocarse estratégicamente en los templos para equilibrar dentro de los mismos el volumen del sonido y evitar que los fervorines se convirtieran en confusas barahúndas.

Pero ese era otro cantar, y nunca mejor dicho. Las voces de los cantantes que asombraron a nuestros antepasados en el Teatro Calderón pudieron contar -como en el caso de tantos otros intérpretes románticos-, con la ayuda de una piscina que había bajo el escenario para reflejar hacia los espectadores el sonido limpio y elegante de sus voces. Esta curiosa circunstancia ya la había descubierto y descrito el mencionado arquitecto romano Vitruvio, en sus Diez libros de arquitectura que originalmente se denominaron De Architectura.

No hace falta haber leído a Proust para relacionar el olfato con la memoria y el hipocampo. Los neurocientíficos han estudiado cómo determinados olores estimulan las neuronas sensoriales olfativas y a través del cerebro nos relacionan con el pasado; tal vez con ese pasado casi olvidado en el que momentos y lugares señalaban y marcaban nuestro territorio. Hace poco recordé cómo el aroma del aligustre me situaba en mi juventud en el centro del Campo Grande, pero por razones de tiempo no hablé en ese momento de sensaciones similares, como las producidas por el vivero que el doctor Rodrigo Esteban Cebrián tenía en la parte de atrás de su sanatorio, (llamado muy propiamente de la Esperanza) al lado del colegio de Lourdes, donde en primavera entrábamos con mi madre a comprar los esquejes de geranio, las begonias o las plantas de jazmín que alegrarían luego nuestro hogar. En invierno, el portal de ese hogar se inundaba del olor a polvo de carbón que subía de la carbonera, especie de mazmorra oscura y siniestra a donde tenía que bajar mi madre todas las mañanas para rellenar una herrada con los ovoides que alimentarían convenientemente la caldera. Ese olor se intensificaba cuando los operarios de carbones Isla, con sus curiosas cogullas de yute, bajaban a cuestas a las susodichas carboneras los sacos repletos de cisco. En la década de los 50 del siglo pasado todavía había 60 carbonerías en Valladolid que surtían a la ciudad de hulla, turba, picón o carbón de encina, y eso sin contar los vendedores ambulantes que cantaban por las esquinas las excelencias de sus productos.

Del tacto podríamos hablar también largo y tendido. Exceptuando una época difícil en que el frío vallisoletano nos amenazaba en forma de sabañones, las manos eran nuestras mejores y más fieles compañeras. En los juegos, desde luego, imprescindibles: olvidados ya entretenimientos como la chirumba y la rayuela, nuestros tiempos vieron desarrollarse las carreras de chapas que se acomodaron perfectamente con otros juegos más clásicos como la peonza, el diábolo, el pídola, el burro, las tabas o el balón. Más de una vez perdimos por completo ese sentido del tacto al intentar parar uno de aquellos durísimos balones de cuero, imaginando que éramos como Saso. Saso, Matito, Lesmes y Lolo eran héroes futbolísticos que salían en los cromos pero que además podíamos contemplar a diario sin necesidad de ir a un partido ya que vivían cerca de casa. Mi padre, para compensar nuestra ausencia de los encuentros de primera división por razones económicas, nos llevaba todos los domingos al antiguo estadio Zorrilla y, en el campo de tierra que había nada más entrar a la izquierda, agarrados a la fría barra de hierro que separaba a los jugadores de los espectadores, nos conformábamos entusiasmados con el juego del Arces o con los corners que tiraba Pepín con aquellos balones de gajos con costuras que sonaban como una descarga cerrada de fusilería.

El sentido del gusto presidió nuestra infancia y se acrecentaba cada vez que nos acercábamos a un escaparate de las bien dotadas pastelerías y confiterías vallisoletanas. Alguna vez mencioné mis preferencias por el helado de tres gustos del salón Ideal pero en justicia habría que recordar previamente los dulces de Ramón Freixas en el Horno Francés y a todos los horchateros valencianos que surtían de bebidas y helados el verano de la ciudad y que regresaban en otoño con esteras, para volver a venir en primavera con las palmas rizadas dispuestas para adornar los balcones de las casas por donde las procesiones pasarían en la Semana Santa. Los Aznar, los Ferrández, los Davó, los Iborra, terminaron arraigándose aquí y estableciéndose de forma fija en el comercio ciudadano. En uno de los capítulos de este libro aludo al recuerdo de los célebres establecimientos comerciales vallisoletanos que remediaron la terrible crisis económica de 1864. Philippe Lavastre explicaba muy claramente en su magnífico trabajo sobre Valladolid y sus élites que aquel desastre industrial y financiero fue compensado por la actividad creciente y la sensatez y buen juicio del comercio vallisoletano, integrado por emprendedores recién llegados de Levante (léase estereros y heladeros, jugueteros o propietarios de bazares), de Santander (molineros y comerciantes de harinas) de Cataluña (tejidos y zapatos), del país vasco (fundiciones y maquinaria agrícola), de Cáceres y Salamanca (choriceros y fabricantes de embutidos) o los propios comerciantes locales con sus abacerías, colmados y productos de ultramar. Entre 1865 y 1882, 110 nuevos comerciantes se inscribieron en el registro o Matrícula, siendo el mejor año el de 1873 con 24 nuevas incorporaciones.

Los sabios griegos acuñaron la frase «conócete a ti mismo» para significar algo positivo que puede abordar el ser humano si es capaz de observarse reflexivamente. Pero las miradas sobre uno mismo quedarían incompletas si no existiera la posibilidad de contemplar el entorno y tratar de conocer lo que ignoramos. Observar lo que vemos y analizar cómo se nos ve, es un sistema binario y muy antiguo de llevar a la última consecuencia el aforismo griego. Por medio de algunas vistas panorámicas se pudo, a fines de la Edad Media conocer el desarrollo y crecimiento de las ciudades más importantes de Europa. La obra titulada Civitates orbis terrarum, que se comenzó a publicar en Colonia en 1572, se debió en buena parte, no sólo al interés de su editor, el sacerdote católico Georg Braun, sino a la insistencia de Abraham Ortelius, geógrafo que ya había publicado en 1570 un atlas similar titulado Theatrum orbis terrarum cuya primera edición quiso mejorar con permanentes solicitudes de datos y nueva cartografía que, en el caso de España, le llegó gracias a su amistad con Benito Arias Montano. Aunque tampoco era totalmente original en el aspecto que nos interesa -el de las panorámicas de ciudades-, Georg Braun quiso incluir en algunas de las introducciones a los reinos o a los continentes a ciertos personajes cuya indumentaria podría considerarse como del país al que representaban. Franz Hogenberg fue, hasta su muerte en 1590, el principal grabador de las planchas del Civitates como lo había sido de las vistas de Ortelius anteriormente y fue sustituido en los dos últimos tomos por Simon van der Neuwel.

Los atlas también mostraban a veces vistas de ciudades y entre ellos destacaremos, por su importancia y belleza, el Atlas Maior de Joan Blaeu (iniciado en 1645), quien en la introducción al primer tomo confesaba abiertamente: «Si los lectores buscaran y no encontraran en esta obra su patria o su lugar de nacimiento, al que siempre nos sentimos tan apegados, o desearan la reproducción del mismo de manera más detallada o más completa, les rogamos que, si disponen de sus propios mapas específicos, observaciones o descripciones, sean tan amables de enviárnoslos, contribuyendo así a la finalización de la geografía». El atlas de Blaeu, en efecto, mostraba un verosímil mapa de Europa, por ejemplo, enmarcado por unas parejas de personajes ataviados al estilo de los franceses, húngaros, bohemios, polacos o griegos y, cómo no, los castellanos, probablemente de Valladolid.

Muchas vistas de ese Valladolid desde el siglo XVI mostraron la ciudad desde sus altos más próximos, sea la cuesta de la Maruquesa, sea la elevación natural donde se encuentra la ermita de San Isidro. En el libro también dedico un capítulo a un curioso grabado de la ciudad que había que contemplar en un aparato denominado zograscopio, el cual permitía a través de una lente convexa dar sensación de profundidad. Gabriel Huquier fue el editor de la plancha, que grabó, sobre un dibujo del natural realizado desde el alto de San Isidro, el paisajista Joris Hoefnagel.

En fin, que como podrá comprobarse, los cinco sentidos y el sentidillo que nos demandaba mi madre han sido los culpables de este recorrido por Valladolid que con mucho gusto aporto, pese a ser intermitente y caprichoso, a la historia permanente de la ciudad.