Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

¡Ay, el saber universal!

30-08-2021



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Confieso que cada vez me cuesta más redactar la sencilla carta que acompaña mensualmente a la Revista de Folklore. Hace más de cuarenta años comencé encabezando la publicación con unos textos breves a los que denominaba «editoriales», pero un descuido en la atribución de la autoría al hacer los índices generales para publicarlos en línea, puso al descubierto –por otro lado no se trataba de ningún secreto– que era yo mismo el autor de todos esos escritos. Mi antiguo y querido profesor Fernando González Ollé me hizo notar que los editoriales –aunque representen el espíritu de una publicación– no deben llevar firma y que por tanto debía denominar de otra manera aquellos pocos párrafos introductorios. Siempre hice caso de González Ollé y respeté su criterio, de modo que cambié el título y denominé «carta del director» a aquellas reflexiones con las que mes tras mes se abría la publicación. Por cierto, aproveché para elegir la temática seleccionándola entre las colaboraciones de cada número, así que el asunto seleccionado me servía de excusa para divagar sobre aspectos complementarios a los que trataba el propio autor en el texto con el que se iniciaba el número. No tardé en darme cuenta de que, por lógica, prefería siempre un tema con el que me sintiese cómodo y del que tuviese algo interesante que aportar. Pues bien, éste es el número en que me hubiese gustado opinar acerca de todos los artículos que se publican, y en consecuencia anduve saltando de uno a otro hasta que me quedé con dos en los que podían más los recuerdos que la doctrina: el dedicado a José Antonio Rubio Sacristán y su amistad con García Lorca (no puedo olvidar que también fui alumno de Rubio Sacristán en la Universidad de Valladolid) y el que trata sobre las opiniones que despertaron en dos famosos literatos las formas de calentarse de los españoles. Sobre este último, desde luego, mucho podría opinar ya que tuve que comprobar y sufrir, mientras recorría pueblos y casas de la España profunda, cuántas penurias padecía la gente sencilla y de qué formas tan ingeniosas se las arreglaban los alarifes –copiando o inventando– para hacer un poco más cómoda la vida doméstica de sus convecinos. Recuerdo las chimeneas pinariegas, con su cono superior encestado, que siempre me traían a la memoria el palacio de Sintra y que se convertían por arte del fuego y de las conversaciones que se generaban al calor de sus brasas, en la única pieza confortable de las casas. Del mismo modo, el hipocausto que templó las termas romanas se había acomodado a la vida castellana y era motivo obligado de conversación en cada pueblo y en cada domicilio al que me llevaba el oficio de indagar y preguntar por la vida de sus habitantes. Que éstos se conformaban con su suerte lo confirmaba una copla popular en la que el práctico sistema de calefacción al que se había denominado «gloria» se combinaba oportunamente con el árbol del paraíso plantado en el corral:

Bendita sea esta casa
y el albañil que la hizo
que por dentro está la gloria
y por fuera el paraíso.

Tan utópica esa casa como el saber universal…