Joaquín Díaz

ESQUILAS Y CARIDADES


ESQUILAS Y CARIDADES

REVISTA LABRANZA

12-04-1994



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Las cofradías y hermandades fueron durante muchos siglos (y en algunos casos continúan siendo) organizaciones sociales entre cuyos fines estaba, principalmente, la preservación y exaltación de un culto -al Santísimo, a la Virgen, a los santos, etc-; en ocasiones tenían un carácter gremial (artesanos, labradores, zapateros...) y a veces venían a representar a todo un colectivo social encarnado por sexos (las de Santa Agueda o Hijas de María a las mujeres y las del Santísimo a los hombres, por ejemplo). Según los diferentes estatutos,sus miembros se comprometían a una serie de obligaciones entre las que estaba -y sigue estando- la asistencia a los hermanos en la agonía y en el entierro;en otras épocas esta asistencia no sólo era física o moral sino económica y muchas veces llegaba al extremo de tener que ir lejos a recoger el cuerpo del hermano difunto si es que había fallecido en una población distante.Algunos de estos menesteres los cubren en la actualidad compañías aseguradoras pero han quedado otros, más emotivos y específicos si se quiere,que aún continúan vivos y se pueden ver en muchos pueblos de nuestra Región. Me refiero al acto de tocar la esquila avisando a los cofrades de la muerte de un hermano y al hecho simbólico conocido desde hace muchos siglos como "dar caridad".

La esquila o campanilla era un instrumento de metal de las características de la campana pero más pequeño y provisto de un mango o asidero; solía utilizarse antiguamente para pedir limosna por las calles o para advertir a los cofrades de algún hecho concreto. La muerte de uno de ellos obligaba al muñidor o monitor a acudir con la esquila a la puerta de cada hermano (de noche o al alba,según la hora a la que hubiese fallecido el miembro de la sociedad) y dar allí tres badajadas de aviso. Tras ello recogía la pendoneta o el estandarte de la cofradía y lo colocaba a la puerta de la casa del difunto como un último testimonio de su pertenencia a la hermandad.




Dar caridad consistía en obsequiar a los asistentes al entierro con una colación que,a veces -y según las circunstancias-,podía llegar a ser un verdadero ágape.Son frecuentes y reiterados los avisos de los obispos en sus visitas advirtiendo de que no se gaste en esas reuniones más de lo necesario, pues de un acto caritativo como el de ofrecer alimento y bebida a los parientes y deudos del finado llegados de otros pueblos,se podía pasar al abuso de darse un banquete a costa de la cofradía. Esto movió a muchas de estas hermandades a regular el gasto máximo al que se debía llegar en este tipo de actos, evitando así males mayores. Todavía hace pocos años -y por haber estado presente casualmente en un entierro en una pequeña aldea de León- la familia del difunto me obsequió con una pequeña cantidad de dinero pues, al no tener confianza conmigo, no podían invitarme a la "caridad" que me hubiese correspondido.

Este tipo de costumbres, al haber quedado encerradas en instituciones minoritarias y regidas por ordenanzas concretas,se han mantenido mejor que otras,más expuestas a los vientos de cualquier cambio provocado por la evolución de las modas y de los usos.