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Resumen
En nuestra vida utilizamos algunos elementos de nuestra indumentaria que debido a los cambios de las modas, o debido a que han dejado de ser útiles cuando cambia nuestra vida cotidiana, algún día dejaremos de usarlos. Sin embargo, y por diferentes razones, algunos de esos elementos permanecen entre nosotros pese al paso inexorable de los siglos, como es el caso de les coricies o corizas, un antiquísimo tipo de calzado asturiano usado en el pasado por los pastores y las clases rurales humildes y usado hoy por todas las clases sociales los días de fiesta.
Palabras clave: coricies, corizas, Asturies, calzado, pervivencia.
Abstract
In our life, we use some elements of our garment that due to the change in fashions, or because they have ceased to be useful when our daily life changes, some day we will no longer use. Howerver, and for several reasons, some of those elements remain with us despite the inexorable passage of the centuries, as is the case of the coricies or corizas, an age-old type of Asturian footwear used in the past by the shepherds and the lower rural clases and used today by all social classes during the feast days.
Key words: coricies, corizas, Asturias, shoe, continuity.
La pervivencia de las cosas
El ser humano se «humanizó» justamente cuando entendió que aquello que le rodeaba –el bosque, las piedras, los animales, el agua, el fuego salvaje…– podía convertirse en otras cosas, las que, tras un proceso más o menos complejo, adquirían otras utilidades diferentes a las que originalmente tenían y además, podían mejorar sus condiciones de vida. Cuando ese conocimiento se comparte con otros individuos y se transmite a las siguientes generaciones, es cuando realmente surge lo que podemos entender por una cultura, y no sólo material, porque transformar la materia implica una idea previa, unas intenciones, una ideología, y aunque la materia se transforme en objetos cotidianos o en objetos incluso sagrados, el artesano o artista deja su impronta personal, su propio estilo, en cada uno de ellos. Compartir cualquier conocimiento –por ejemplo, cómo se fabrica una red para la pesca o un arco para la caza y cómo se han de utilizar para tener éxito a la hora de emplearlos– implica en el fondo un deseo de que dicho conocimiento perviva en el tiempo. Lo mismo podríamos decir si los ancianos de la tribu señalan a los más jóvenes cuáles son los lugares sagrados en un territorio –determinadas fuentes, piedras, cuevas, montañas, determinados árboles…–, o en tiempos más recientes, determinados edificios, monumentos o lugares en los que descansan los restos de los antepasados. La transmisión de conocimientos es precisamente la base de una cultura, o de la pervivencia de una cultura.
Poco a poco nuestros más lejanos ancestros comenzaron a confeccionar herramientas para múltiples tareas, armas, ropa de abrigo, calzado, objetos de adorno con o sin un sentido religioso, rudimentarios instrumentos musicales, y, desde una época muy temprana, nos dejaron grabados en las piedras de las cuevas, de los abrigos naturales o de otros lugares importantes para ellos, y unas pinturas espectaculares de bisontes, ciervos, humanos… que, aunque no hemos acabado aún de entender su mensaje, nos sigue fascinando en nuestros días. Nos fascina porque tal vez conservemos en algún recóndito rincón de nuestra memoria un poquito de aquella mágica cosmovisión.
Hoy, a los que vivimos en eso que algunos tal vez demasiado orgullosamente llaman primer mundo, nos resulta difícil comprender que aquellos humanos y humanas no iban a ningún supermercado ni ferretería, y que tenían que ser absolutamente autosuficientes si querían sobrevivir. Sobre todo si somos urbanitas. Pero si viajamos mentalmente –por los documentos, los libros y la arqueología más cercana a nuestra época– a tan sólo unas pocas décadas atrás, algunos de nosotros recordaremos a gente incluso de nuestra propia familia, que si no era totalmente autosuficiente, le faltaba bastante poco. No estoy hablando de tribus aisladas y sin contactar del Amazonas. En la Asturies rural ese fenómeno era lo más habitual, como en otros tantos sitios.
La cuestión es que durante bastante tiempo se intentó explicar la pervivencia de ciertos útiles, objetos o costumbres en uso en algunos determinados lugares del territorio asturiano por su supuesto «aislamiento» o «incomunicación» en relación a las ciudades y otros territorios, a donde primero llegaban los símbolos de la modernidad en cada momento histórico. Pero la realidad es que hemos de desechar esa hipótesis. De hecho, cuando un adelanto tecnológico llega incluso a una ciudad, no llega a veces en el mismo momento a todos sus habitantes, y en algunos casos esa «modernidad» pasa de largo por delante de muchos ciudadanos por diferentes motivos, por ejemplo, si no se disponen de los recursos económicos para adquirir el producto o el servicio[1], o simplemente, porque las personas no estén interesados en ellos o no desean emplear su tiempo en aprender a dominar las nuevas tecnologías. Cuando, por poner un ejemplo, llegó la televisión a las grandes ciudades, no todos compraron una en aquel momento y muchos siguieron escuchando la radio durante mucho tiempo. A lo que me refiero es que la «modernidad» ha convivido siempre con elementos del pasado.
Pongamos un ejemplo concreto que me resulta, digámoslo así, bastante familiar: Sobrefoz, pueblo asturiano del Conceyu de Ponga, enclavado en lo más profundo de la vertiente norte de las montañas que separan –y unen– el sur asturiano con el norte leonés, ya tenía concedida la instalación de una línea de corriente eléctrica, en su día el mayor símbolo de progreso, en una fecha relativamente tan temprana como la segunda década del siglo xx, en 1928 (La Energía Eléctrica, 1928: 10), pero no por ello sus habitantes, en la segunda mitad del mismo siglo, dejaron de utilizar las velas o los viejos carburos (candiles) para iluminarse allí donde no llegaba la electricidad, como ocurría, por ejemplo, en las cuadras y cabañas de les mayaes (pastos comunales de altura) o los establos del propio pueblo. Mi propio padre, nacido en Sobrefoz en la década de los años treinta del pasado siglo, donde pasó toda su juventud, me relató hace ya unos años que cuando no tenían a mano ni siquiera los candiles, carburos o las velas, algunos elaboraban una especie de antorchas de fortuna con la corteza de algunos árboles enrollada sobre sí misma para alumbrar[2]. En este pueblo también se utilizaron en su día les coricies, como se mencionará más adelante, aunque el calzado tradicional que se siguió usando hasta nuestros días fueron les madreñes, fabricadas totalmente de madera, como ocurrió en muchos otros pueblos de Asturies. Además, por supuesto, del calzado «moderno» que traían vendedores ambulantes. Se comenta que, en los tiempos del estraperlo, venían algunos vendedores incluso desde Galicia a ofrecer calzado «de lo que sacaban de los barcos». En el siglo xx los indianos (de muy diversa fortuna) mandaban ropa principalmente de Argentina, México o incluso Cuba, pero el calzado era más normal adquirirlo o fabricarlo de un modo artesanal localmente, como era el caso de les coricies, les madreñes o los barayones, siendo éste último el nombre que recibían unas raquetas de madera con tiras de cuero para andar sobre la nieve. También, de vez en cuando, pasaban por los pueblos madreñeros asturianos ambulantes ofreciendo sus servicios y fabricaban madreñes para las familias para todo el año si no había alguien que las hiciese dentro del grupo familiar. Hemos de recordar, llegados a este punto, que el Vizconde de Campo Grande, en un libro de 1907 sobre Grau, decía al tratar las industrias de este concejo del área central asturiana:
Una de las más desarrolladas es la fabricación de zapatillas, a la que se dedican varias casas con éxito creciente: ascienden a miles los envíos de este calzado para toda la provincia, en competencia con el que viene de fuera, más estético, pero menos sólido y resistente (Fernández de Miranda, A. 1907: 16).
Serían esos argumentos suficientes por lo que respecta a la supuesta incomunicación o supuesto aislamiento de estos lugares, pero además, siguiendo con el caso ponguetu, se conservan en los archivos documentos que prueban que, por ejemplo, en el siglo xviii algunos arrieros de Ponga pasaban el puerto y se internaban profundamente en Castilla hasta alcanzar la Corte madrileña para realizar sus negocios[3]. Y de mucho antes son los privilegios reales que tenían los ponguetos, del siglo xiv, mediante los que estaban exentos del pago de portazgo y de hervazgo en los territorios de la Corona (Sánchez Rivero, V. 2005:46), lo que demuestra los desplazamientos de un lado a otro de la cordillera en la época. Desde el siglo xviii se ha conservado también documentación referente al arriendo de les mayaes de Ponga a propietarios de rebaños de ovejas merinas, las que conducían pastores en un doble sentido hasta Castilla o incluso Extremadura (Mato Díaz, A. 2010: 79-85 y 330). Recuerdo ahora incluso a la bruxa más famosa del costero Conceyu de Llanes, a Ana García La Llobera, la que, a mediados del siglo xvii, según la Inquisición de Toledo, cuando fue juzgada, ya hacía tres años que andaba con los pastores que ban y bienen a Extremadura (Caro Baroja, J. 1992:151). La acusada, en un momento del juicio dice que había contactado con esos pastores en el territorio de Llanes, aunque en otro momento dice que contactó con ellos cerca de Cuadonga / Covadonga. Son clarísimos ejemplos del gran trasiego de personas, animales, mercancías, conocimientos e incluso algunas artes mágicas prohibidas entre Asturies y el exterior por los puertos de montaña de la cordillera. Y si los puertos de montaña no eran un obstáculo para la interacción con personas de otras latitudes, qué podríamos decir de los puertos de la Mar Océana que baña las costas asturianas, donde están comprobados los contactos, a veces comerciales, a veces no tan amigables, con personas y culturas del más diverso pelaje y procedencia desde la más remota antigüedad. Incluso hasta algunos ríos asturianos fueron en su día navegables, como nos recuerdan algunos autores como Jovellanos o Fernández de Miranda[4].
Perdóneme el lector o lectora que me haya extendido tal vez más de la cuenta en este tema, pero si he conseguido desterrar el mito del aislamiento histórico y la incomunicación de la vieja Asturies, creo que ha merecido la pena. Los asturianos estuvieron en contacto con otras gentes desde la noche de los tiempos, tanto por mar como por tierra.
Por todo ello resulta tan excepcional que aún en el momento en el que escribo estas líneas algo tan arcaico como les coricies se sigan utilizando en Asturies y, básicamente, para aquello que fueron imaginadas: para ponerlas en los pies.
Algunas referencias escritas a les coricies
Me parece de justicia comenzar con el ilustrado asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), el que, describiendo la indumentaria de los Vaqueiros d’Alzada de su tiempo, escribía en el siglo xviii:
Algunos han querido inferir del traje y lengua de los vaqueiros la singularidad de su origen, pero con igual extravagancia. Su traje, compuesto de montera, sayo, jubón, cinto, calzón ajustado, medias de punto o de paño, y zapatos o coricies, por ser el cuero su materia, es en todo conforme a los demás aldeanos, fuera de la casaca o sayo… (De Jovellanos, M.G. 1859:306).
En realidad, Jovellanos trataba de desterrar ciertos mitos creados por la gente que escribía y opinaba sobre el origen de nuestros vaqueiros, algunos tan descabellados, que no merecen ser citados aquí. Si el lector o la lectora están interesados en informarse sobre las discriminaciones que sufrieron los vaqueiros, existe abundante material publicado que les puede iluminar al respecto. Como siempre ocurre, un origen distinto ayudaba a legitimar semejantes atropellos. Jovellanos hablaba de una indumentaria común a los asturianos del campo en líneas generales, precisamente para dejar claro que los vaqueiros eran tan asturianos como los demás, aunque como ocurría en tantos otros sitios, en Asturies existían matices y diferencias en los trajes usados dependiendo de la zona que se trate. Pese a todo, este indispensable autor para conocer aquellos tiempos, nos da dos importantes datos: les coricies estaban hechas de cuero, del que tomaban su nombre, y eran un calzado propio de los aldeanos.
También son del siglo xviii las palabras del benedictino Martín Sarmiento que nos recuerdan que en Castilla se les daba el apellido o mote de Curitos o Coritos a los asturianos, y que:
He vivido algunos meses en el Concejo de Llanes, en Asturias, y noté que los de aquellos contornos (…) hacen vanidad de que solo ellos son los antiguos Coritos[5] verdaderos. Es verdad que el origen le deducen de la voz Corium, y de la derivada Coriza, que es un género de calzado… (Sarmiento, M. 1775: 33).
Y sorprendentemente, les coricies aparecen como corizas hasta en una Real Cédula de 1788 sobre el exterminio de Lobos, Zorros y otros animales dañinos:
(…) para que el lobo viniese bajo le voceen para que camine arriba donde estuviesen los cazadores y todos los buscas vayan calzados en zapatos o corizas (Boza, M.D. 2012: 160).
También aparecen, aún en el mismo siglo, en un delicioso diccionario bilingüe en el que podemos leer la definición en dos idiomas:
Coriza.– Calzado que usan en Asturias y se ataca desde la punta hasta hasta la garganta del pie. Shoes made of raw leather.and laced from the toc to the inflep; and much worn by the common people of Asturias, and other parts (Connelly, T. 1798: 607).
Un diccionario de la Real Academia de 1780 recoge:
Coriza.– Un calzado que usan en Asturias y otras partes en lugar de zapatos; se ataca y desataca con una correa desde la punta del pie hasta su garganta (Real Academia. 1780: 277).
El término coriza aparecerá frecuentemente asociado a los asturianos en numerosos diccionarios del siglo xix, como en el Diccionario de Artes y Manufacturas publicado en 1857, el que al definir las abarcas especifica:
Abarcas.– Antes eran muy usadas y Brihuega ha sido población famosa por su fabricación de de abarcas; todavía las usan algunas comarcas en la Mancha, en la Alcarria, en Aragón. La coriza de los asturianos no es otra cosa que una especie de sandalia o abarca (Laboulaye, M.C. 1857: 398).
Me ha parecido interesante en esta definición cuando dice una especie de, porque podría indicarnos que coriza o coricia, o bien era el nombre con el que los asturianos denominaban en su lengua vernácula a lo que en otros lugares llamaban abarca, o bien que además existían entonces ciertas diferencias entre unas y otras.
La abarca era muy utilizada en la Península Ibérica en el siglo xix. Nos podemos hacer una idea de este hecho leyendo un artículo escrito en 1808, durante la guerra contra Napoleón, en el que un autor anónimo compara el precio de los zapatos que gastan los soldados los seis meses de hibierno, con el precio que se gastaría en calzarlos con abarcas, dando como resultado un ahorro de 89 reales por soldado. Además del ahorro, había otras razones para implantar las abarcas:
(…) las dos terceras partes de nuestros soldados están acostumbrados a las abarcas. (…) como no hay ningún riesgo en que anden por barrizales, se metan en pantanos y vadeen ríos, por espacio de ocho o más días, sin necesidad de quitarse el calzado, porque no le penetra la humedad, se sigue que siempre estarán presentes para cualquier alerta, sorpresa o expedición repentina: que sola esta ventaja debe hacer preferir la abarca al zapato, pues éste hay que dexarle –sic– enjugar a la lumbre… (Semanario Patriótico, 1808: 194-195).
El artículo no sólo nos confirma el amplio uso de la abarca, sino que además nos da pistas sobre la procedencia social de la mayor parte de la tropa que venció a los franceses. Podemos mencionar, además, que en los actuales diccionarios de diferentes lenguas peninsulares[6] – portugués incluido– aparece el término abarca escrito casi sin variaciones, y con el mismo significado, es decir, como un tipo de calzado de cuero que se ajusta a los tobillos mediante unas tiras. El actual diccionario de la RAE[7] la define de este modo:
Abarca.– 1. Calzado de cuero o de caucho que cubre solo la planta de los pies y se asegura con cuerdas o correas sobre el empeine y el tobillo (DRAE: 2023).
Es reseñable que esta definición de nuestros días ya incorpora el caucho como materia prima de este tipo de calzado, cosa que no ocurría en los diccionarios del siglo xix. Si buscamos en el mismo diccionario la voz coriza, leemos simplemente: Ast. Abarca.
Por su parte, el diccionario actual de la Academia de la Llingua Asturiana apunta: Coricia, la.-Pieza de calzáu (fecha de cueru, de pelleyu, que se pon enriba d’un escarpín y que protexe’l pie). 2. Pioyos (muertos)[8]. Y también nos dice que abarca es una pieza de calzáu (fecha xeneralmente de cueru y con correes pa suxetala al pie)[9].
En lengua asturiana, por lo tanto, tendríamos las dos voces. En Sobrefoz cantaban y bailaban una canción que decía: Que tumba la lita, lita, que / que tú coles tos coricies que / que toda la herba trinques que / que tú coles tos abarques que / que toda la herba calques que / que tumba la lita, lita, que / que tumba la litalá[10]…
Isabel Echevarría anota en un artículo sobre el léxico asturiano de Terreros y Pando (1707-1782) que en su diccionario aparece la voz atrevidas, que es como llaman en las cercanías de Oviedo a las alpargatas de cuero, a que en otras partes llaman abarcas, y en otras zatas (Echevarría Isusquiza, I. 2001: 89).
Y Aurelio de Llano nos recuerda otro nombre, zambarcu, que define como coriza muy ordinaria (De Llano Roza de Ampudia, A. 1928: 537).
Una referencia documental antiquísima a les abarques en Asturies la encontramos en un documento de 1380 que menciona Manuel Risco respecto al territorio de Quirós:
Alfonso González de Ricabo jurado, è preguntado por las dichas preguntas, dixo: que oyera a Diego Rodríguez de Quintana, que el Concello de Quirós que daba al Castillo de Genestazo, que solía estar poblado por el Obispo de Oviedo, dos pares de abarcas, è cinco panes de ordio… (Risco, M. 1795: 254).
La hemeroteca digital de la BNE conserva dos hojas del Memorial Literario o Biblioteca de Ciencias, Literatura y Artes en las que se expone que entre los privilegios que el rey Alfonso IX de León (1171-1230) otorgó a los habitantes de Toro (Zamora), estaba la exención del pago de las llamadas Osas, las que eran
(…) el repartimiento o contribución que se echaba para el calzado de los Soldados caligatos, esto es, abarcas de cuero ligadas como las que usan los Vizcaynos, Pasiegos y Asturianos, de cuya contribución exime a los de Toro (s/n, 1803: 92-93).
Aunque tal tributo pudiese tener un origen romano, el calzado del que nos ocupamos tiene un origen y un uso seguramente anterior: el propio término abarca / abarques es anterior a la llegada de la lengua oficial del Imperio Romano a la Península. ¿Pudo ser el primer tipo de calzado que usó en Asturies el ser humano? En realidad, los materiales para fabricarlo han estado al alcance de nuestros antepasados desde la noche de los tiempos, desde la época de los cazadores-recolectores.
En el año 1887, el poeta y párroco nacido en Llanes Ángel de la Moría (Ángel García Peláez), se encontraba el 8 de septiembre en la Hacienda de Coapa (México) festejando el día de la Santina de Cuadonga (Virgen de Covadonga), hoy también Día d’Asturies y allí leyó un poema de su autoría titulado ¡¡Ijujú!!, ¡Viva Cuadonga! ante emigrantes asturianos, los que eran entonces marabunta en aquel país americano. En un pasaje leemos: (…) De corizas armáu y de montera / Dexádeme cantar: dexa que ufanu / Hoy vacie del amor las faltiqueras[11]… (De la Moría, A. 1893: 43). En otro de sus poemas, L’Encargu del Maconeru, dice: Cuando pases pe’l infiernu / Qu’e regular qu’allá vayas / -Los probes no van al cielu– / Si ves a Bastián / Que allí ha d’estar e tan ciertu / Como yo trayo corizas[12]… (Ibíd.: 75).
Les coricies fueron siempre un calzado campesino y pastoril. Y pastores y cazadores que calzaban coricies fueron los guías que acompañaron a los señoritos extranjeros y nacionales que salen en los libros de historia como primeros conquistadores de las cumbres de los Picos d’Europa. Aunque no es la cota más alta, quizás la cumbre más mítica sea el Picu Urriellu. Se cuenta que el guía que llevó al marqués Pedro Pidal hasta la cumbre, Gregorio Pérez (El Caineju) ascendió la mole caliza descalzo. Fue esa la primera ascensión documentada, en el año 1904. La segunda de la que se tiene noticia fue la de Gustav Schulze, un geólogo nacido en México aunque de familia alemana, del que se cuenta que realizó la ascensión en solitario en 1906. Y de la tercera, nos habla la revista madrileña La Esfera en el año 1917, en un reportaje titulado Una excursión a los Picos de Europa:
En la confluencia del Bulnes con el Cares, cerca de Camarmeña, hallamos a Victor[13], que nos cuenta su ascensión al Naranjo[14]. Dice que subió sin aparato alguno ni cuerdas, sino que hasta no se quitó las corizas (albarcas), que tardó una hora en subir, de diez a once de la mañana, y otra en bajar, de cuatro a cinco de la tarde. Que arriba se entretuvo en arrojar las piedras de los castilletes que hicieron Pidal y El Cainejo, y que halló la cuerda que aquellos dejaron colgando de un pedrusco. Afirma que lo único que se precisa para subir es no tener miedo y saber agarrarse como él a la roca con las yemas de los dedos, y por último, que está dispuesto a escalar el Naranjo cuantas veces se lo ordenen. La ascensión la hizo el 31 de Agosto del año pasado (Alonso, L. 1917: 15).
Es fácil que Gregorio Pérez El Caineju, del pueblo leonés de Caín, hábil cazador de rebecos, hubiese llegado hasta la base del legendario Urriellu también en coricies, pero parece que subió descalzo, según han contado él mismo y Pedro Pidal. Por ello, la ascensión de Víctor Martínez, de Camarmeña (Cabrales) sin equipo, en solitario y en coricies merece ser recordada como una de las más míticas hasta nuestros días. No puedo dejar de preguntarme cuántos pastores o cazadores locales en coricies habrán pisado las cumbres de Los Picos tras los esquivos rebecos o las cabras despistadas antes de que otros que venían de lejos decidieran plasmar por escrito sus propias hazañas en las montañas. Quizás sea verdad eso de que la Historia es de aquellos que la escriben. Sea como fuere, el calzado de los pastores y cazadores de los Picos d’Europa, ha dejado honda huella en aquellas cumbres: incluso queda un lugar que llaman La Boca de les Abarques. Y seguro que, semejante topónimo, como tantos otros, tuvo que tener una buena historia, o una buena leyenda, la que desgraciadamente desconozco.
Este calzado había sido un identificador de los pastores y campesinos, pero acabó siendo una seña de identidad de los asturianos en general. Esto explica que cuando, en 1893, el Diario de la Marina, desde La Habana, informaba de la intención de la Diputación Provincial de Oviedo de la época de levantar una estatua al Rey Pelayo en Cuadonga/Covadonga, uno de los proyectos presentados a concurso fuese descrito en estos términos:
Esta representa a Pelayo en actitud reposada, con la vista levantada hacia el cielo, con el estandarte y la cruz en una mano, y la espada en la otra; viste manto, traje de malla y abarcas (Diario de la Marina. 1893: 3).
En 1922 Aurelio de Llano publicó su célebre obra Del Folklore Asturiano y en ella incluye un delicioso relato de nuestra tradición oral sobre el Nuberu, que comenzaba así:
Una vez, el Nuberu andaba corriendo una nube de monte en monte, y cayó con ella en la majada de Merguyines del Puerto del Sueve, y se hospedó en la cabaña de un pastor. Éste le obsequió con leche, queso, pan de centeno y avellanas y le regaló un par de coricies. Al día siguiente, el Nuberu se despidió del pastor diciéndole:
—Si vas a la ciudad de Orito, pregunta por Juan Cabrito.
El pastor tuvo que ir a la guerra y cayó preso. El enemigo lo vendió a un guerrero que lo condujo a la ciudad de Orito. Al pasar por la ciudad vio a la puerta de una casa el par de coricies que él le había regalado al Nuberu la noche que le hospedó en su cabaña. Lleno de alegría, llamó a la puerta de aquella casa y en ella fue recibido por Juan Cabrito. El cual, después de redimir al pastor le obsequió espléndidamente y puso a su disposición un macho cabrío para que cabalgando sobre él le condujera por el aire a su pueblo, antes de que su mujer se casara… (De Llano Roza de Ampudia, A. 1972: 18).
El relato continúa, pero es suficiente lo expuesto para observar cómo les coricies eran un elemento identificador de los pastores asturianos incluso en tierras muy lejanas. El mismo autor recoge otras versiones en las que Orito se sustituye por Egito (Egipto).
Un año antes, en 1921, Acevedo y Huelves, publicó un libro sobre el concejo de Bual /Boal, en el que escribía:
El traje es el corriente y general de los pueblos modernos. El calzón y la montera desaparecieron cuando la coleta, a principios de siglo; y hace treinta años que si un carbonero de Brañavara iba a la villa con calzón, abarcas y montera, o alguna montañesa con solitaria (especie de dengue blanco de lienzo casero) llamaban la atención poderosamente. (…) Lo que allí no morirá, por razón del clima, como no morirá en Asturias, es la galocha o almadreña (Avecedo y Huelves, B. 1921: 70).
En otros lugares de Asturies, sin embargo, no habían desaparecido les coricies o abarques de la vida cotidiana en esas fechas. En la revista Asturias Agraria se hablaba en 1924 de las duras condiciones de vida de nuestros labriegos, los que:
(…) unas veces desnudos de pie y pierna y otras calzados de abarcas o de almadreñas abandonan sus poco cómodas viviendas y se dirigen al campo, y vuelven al hogar y fatigosos después de haber sufrido con paciencia las ásperas inclemencias de los tiempos invernales y las caricias abrasadoras del sol del estío (De Olaso, G. 1924: 52).
Como nos recuerda Ramón Sordo Sotres[15], ese mismo año de 1924, El Eco de los Valles hacía una crónica del viaje de un vecino de Bulnes, el Tíu Casona a la capital asturiana acompañando a un grupo de Cabrales que iba a bailar el Corri-corri a las fiestas de San Mateo. El Tíu Casona, Antonio Campillo, que entonces ya había cumplido los 82 años, causó una gran expectación en la ciudad al vestir el traje tradicional, corizas incluidas. Hasta el punto que, incluso El Carbayón, célebre e importante periódico ovetense, parece que publicó un retrato del personaje Para entonces, las corizas en la ciudad ya debían de ser algo, podríamos decir, exótico. Por otra parte, las ciudades siempre han considerado el mundo rural y labriego como algo de segunda división, pese a ser aquel el que siempre les ha proporcionado, por ejemplo, algo tan esencial como los alimentos para su subsistencia.
Además de estos testimonios de los comienzos del siglo xx, existen fotografías de asturianos en coricies realizadas con anterioridad. En la página web del Muséu Etnográficu del Oriente d’Asturias –ahora Muséu del Oriente d’Asturias– ubicado en Porrúa (Llanes), aparecía una fantástica fotografía de dos porruanos (Xicu Mariana y Juanín Tamés) posando para la cámara en 1880 ataviados con su indumentaria cotidiana, y uno de ellos, calzando corizas.
Dos porruanos vestidos de calzón cortu. En:
https://etnoriente.com/fototeca/dos-porruanos-en-calzon-cortu-1880/
Consultado el 03/10/2023
Baltasar Cué, nacido en L’Arquera (Llanes), se estableció en la capital llanisca como fotógrafo profesional en 1891, y entre ese año y el año 1894 hizo una serie de retratos de personajes populares, conservadas en el Muséu del Pueblu d’Asturies, entre los que aparece alguno ataviado con el cazado que venimos tratando.
Baltasar Cué. Llanes 1891-1894:
El porruanu Paisán. Muséu del Pueblu d’Asturies. En el blog:
https://bajoelsignodelibra.blogspot.com
Consultado el 1/10/2023
Baltasar Cué. Llanes. 1892. Fotografía publicada por el periódico llaniscu El Oriente de Asturias. Andrés Fernández, de Parres (Llanes). Año CXLVI. Número 6.011. 28 de septiembre de 2014. Archivo Digital. Hemeroteca. Ayuntamiento de Llanes. Consultado el 27/09/2023.
También publicó algunas fotos Aurelio de Llano en 1928 de habitantes de Cabrales portando en sus pies corizas en su obra Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente. Uno de ellos era El Tíu Casona, Antonio Campillo, vecino de Bulnes.
Foto de Porrero. El Tíu Casona. En Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente. Detalle. Pág. 42.
Foto de Montano. El Corri-corri. Ibíd. Detalle. Pág. 20. El Corri-corri es, aún en nuestros días, el baile más famoso de Cabrales.
Y además, nos comenta que en el puertu de Las Vegas de Sotres, unos pastores de Arenas, le relataron que los de Arenas habían ganado un pleito a los de Sotres en 1625 que les permitía ocupar ese espacio, y que:
Son muy graciosas las anécdotas que se cuentan en Cabrales acerca de aquel pleito. El pueblo de Arenas nombró a uno de sus vecinos para que fuera a Valladolid a defenderlo. Hizo el viaje a pie, vestido con el traje de sayal, calzado de corices, y llevó en el zurrón una borona y un queso para comer por el camino. (De Llano Roza de Ampudia, A. 1928: 36).
No están mal la borona y el quesu Cabrales para hacer camino, créanme. Poco se pudo haber imaginado aquel esforzado viajero que hasta la revista National Geographic se hizo eco de que, en agosto de 2023, en Arenas de Cabrales, se pagaron 30.000 euros por una pieza de este gran queso, convirtiéndose en el queso más caro del mundo (Duarte, M.C. 2023: s/n). En el año 2024 se pagarían 36.000 euros por un queso[16]. Algunas cosas sobreviven al paso del tiempo, simplemente, porque son buenas.
El fotógrafo alemán Otto Wunderlich visitó Cabrales en unas fechas posteriores a 1917, cuando comenzó a dedicarse a la fotografía, y en Bulnes retrató a una familia a la puerta de su casa. Entre los componentes de la misma, un niño vestido a lo moderno portaba coricies, prueba de que se siguieron utilizando como calzado cotidiano, bastante tiempo después de que se dejaran de usar otros complementos del traje tradicional pastoril y campesino. Es una pena que se desconozca la fecha exacta de la fotografía, la que, por otro lado, es de una grandísima calidad.
Foto de O. Wunderlich. Gruppe vor Ture: http://catalogos.mecd.es/IPCE/cgi-ipce/ipcefototeca/O13094/IDf7f213ab/NT14
Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España. Ministerio de Cultura y Deporte. Gobierno de España. Consultado el 03/10/2023. No consta la fecha en la fue realizada la fotografía.
Podría parecer que estamos hablando de cosas muy pretéritas. Pero en fechas tan relativamente próximas a estos días como el año 2006, en una entrevista para la Red de Museos Etnográficos de Asturias, un informante de La Robellada (Conceyu d’Onís) aún confesaba que «daquella calzaban unas corizas que llamaban de pelleyu[17] (…) eso e lo que calzábamos daquella, y madreñas, madreñas de clavos»… (Suárez López, J. y Sordo Sotres, R. 2010: 56). Es decir, que aunque ya estaba hablando del pasado, el mismo informante había calzado corizas en su vida cotidiana, sin tratarse de un día de fiesta. Como hemos visto, ya a comienzos del siglo xx algunos autores daban por desaparecidas les coricies en algunos territorios asturianos, pero en otros, siguieron calzándose mucho tiempo después.
Mª Felisa Santoveña Zapatero, entre un montón de maravillosas fotografías, y hablando de la indumentaria tradicional asturiana, incluyó en el año 2012 en una investigación una que creo que merece ser analizada con atención respecto a lo que venimos argumentando. Apunta la autora a pie de foto: «Ilustración 67. Fotografía de Rojo Borbolla, en la placa se lee “La tía Anina y los nietos”. Fue tomada en el pueblo de Pandiellu en septiembre de 1912» (Santoveña Zapatero, M.F. 2012: 65). Aparece una familia en la que un hombre porta claramente unas corizas. Hasta aquí, todo normal. Pero, si nos fijamos bien y ampliamos todo lo que nos sea posible la fotografía, entre la falda de la mujer del extremo derecho, aparece, como un fantasma, en uno de sus pies, lo que sin duda parece, también una coriza.
Y, en efecto, aunque hoy en día les coricies han quedado relegadas a la indumentaria tradicional masculina, hubo un tiempo en el que las mujeres asturianas también las utilizaron como calzado cotidiano, como pasó siempre con les madreñes. En el verano de 1858 la Familia Real hizo un viaje, y su cronista apuntó en tierras de Babia (Lleón /León) que las mujeres de aquellos contornos, usaban, entre muchos más complementos, las abarcas, y al acabar la descripción de su indumentaria, añade: «... dejando ver en su airoso conjunto el de las próximas comarcas de Asturias» (De la Rada y Delgado, J. de D. 1860: 207). Ese mismo siglo, otro viajero, refiriéndose a la indumentaria de las mujeres del Valle del Pas (Cantabria), aseguraba que usaban abarcas de cuero (Gil, E. 1839: 203). En el siglo xix, en un Diccionario Geográfico-Histórico de la Real Academia de la Historia, al tratar la provincia de Araba/Álava dice que «... así hombres como mugeres usan comúnmente en toda la provincia el antiquísimo calzado de las abarcas», y cuando se ocupa de Gipuzkoa/ Guipúzcoa, dice que las «gentes del campo calzaban abarcas de cuero muy curiosas, y que, el calzado de las mujeres es también de abarcas» (RAH, 1802: 52 y 326). Resumiendo, las asturianas usaron coricies en su día a día, aunque después no se incorporarían a la indumentaria femenina que vemos actualmente o en fotografías de este siglo y del anterior en los días de fiesta.
Es difícil precisar hasta cuándo se ha usado, sin tener en cuenta los días festivos, este tipo de calzado en Asturies (en realidad, ignoro, incluso, si quedará aún algún romántico que lo siga calzando en alguna ocasión, cuando no hay cámaras ni curiosos delante, aunque parece bastante improbable, pero ya se sabe que todo hay en la viña del Señor). Afortunadamente, a pesar de que les coricies se han dado por extinguidas por algunos de nuestros autores, en realidad, sólo han estado en peligro de extinción afortunadamente.
En las fiestas del oriente asturiano se sigue vistiendo el traje tradicional festivo, y en concreto, es en el Conceyu de Llanes, con una asombrosa cantidad de concurridísimas fiestas tanto en la capital como en los pueblos del municipio, donde hoy podemos ver «en vivo» el mayor número de corizas por las calles en Asturies durante el año (yo diría que en el mundo, si me permiten ustedes especular y presumir un poquito). Tanto los participantes masculinos en las procesiones como los grupos de baile y los músicos tradicionales locales acostumbran a usarlas en esos días tan señalados.
También en los concejos vecinos se viste en las fiestas patronales el traje del país. Se conserva alguna imagen incluso del legendario gaiteru Remis Ovalle –del Conceyu de Cangues d’Onís– actuando en un pasacalles utilizando el traje y calzando coricies.
La verdad es que cuando uno está acostumbrado a algo, no suele ser consciente de la singularidad de algunas cosas. Decía un antropólogo que era muy difícil que un pez se diese cuenta de que estaba en el agua. Algo semejante ocurre cuando, por ejemplo en Llanes, alguien calza las corizas (o lleva orgullosamente el día de fiesta por las calles el palu de porruanu, o en el caso de las mujeres, el espectacular pañuelu repicáu). Pero esas cosas nos conectan mágicamente con algo difícil de explicar. Tal vez es el sentimiento de pertenencia a algún lugar concreto de este mundo cada vez más loco y desnortado, cada vez más virtual, en el que nada es lo que parece (ciertamente, nada hay más «analógico», real y contundente que un buen palu de porruanu…).
Ya ha pasado un cuarto del siglo xxi, y en un mundo que cada vez cambia más rápido y nos hace cambiar también a nosotros inevitablemente, no deja de ser un pequeño milagro que les coricies no hayan ya sido relegadas a las estanterías de los museos y se sigan conservando activas y útiles aunque sólo sea en los días de fiesta.
Es difícil que las volvamos a usar a diario, aunque nunca se sabe, porque las modas, como todos sabemos, van y vienen como las mareas de la mar.
José Manuel Sánchez Sánchez
Doctor en Historia y Licenciado en Antropología
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NOTAS
[1] Comenta Álvaro Fernández de Miranda, Vizconde de Campo Grande en la primera década del siglo xx, que los viajes desde Grau a Madrid duraban quince días, y que «los viajeros de “medio asiento” alternaban en él, yendo a pie la mitad del camino», categoría que también existía cuando en el pasado los viajes se realizaban en mulo (Fernández de Miranda, A. 1907: 22).
[2] Creo recordar que, según mi padre, se trataba concretamente de la corteza del abedul.
[3] Sánchez Sánchez, J.M. (2010). Poder, instituciones, economía y vida cotidiana en Ponga a mediados del siglo xviii. Trabajo de fin de máster inédito defendido en la Universidad de Oviedo. Pág. 54. Se encuentra el documento en los protocolos notariales de Juan Anttonio Muñiz de Rivero del año 1748, en el Archivo Municipal de Cangues d’Onis.
[4] Por lo que respecta al Nalón, llegaban los barcos hasta San Tisu /San Tirso de Candamo, y por el Narcea hasta Corniana/Cornellana (Fernández de Miranda, A. 1907: 43). Y en el Seya/Sella, dice Jovellanos que Pudieran transportarse estos carbones en carros a las Arriondas (Les Arriondes), y de allí, en barcos, a Ribadesella (Ribeseya). A las Arriondas, una legua; costaría una carrada, que se supone 44 arrobas, con cuatro bueyes y un hombre, 22 reales, y un barco con tres hombres, llevaría 88 arrobas por medio real a Ribadesella (De Jovellanos, G.M. 1915: 5). Tanto Les Arriondes/ Arriondas como Corniana/Cornellana se encuentran bastante al interior del territorio asturiano, a una altura cercana a Uviéu/Oviedo desde la costa en línea recta hacia el sur.
[5] En nuestros días, el gentilicio coritos (coritu/corita en singular) se reduce a los que son de Cué, pueblo muy próximo a la villa de Llanes. Otros autores dicen que, según Covarrubias, se llamaba también coritos, además de a los asturianos en general, a los vizcaínos y a los montañeses.
[6] Euskera: abarka. Catalá: avarca. Galego y portugués: abarca. Aragonés: albarca. En la vecina Cantabria llaman albarcas al calzado de madera que en Asturies llamamos madreñes.
[7] Diccionario de la Lengua Española. Versión digital. Real Academia Española. Consultado el 15/09/2023.
[8] Coricia, la.– Pieza de calzado (hecha de cuero, de piel, que se pone sobre un escarpín y que protege el pie. 2. Piojos (muertos).
[9] (…) pieza de calzado (hecha generalmente de cuero y con correas para sujetarla al pie). Diccionariu de la Llingua Asturiana. Versión digital. Academia de la Llingua Asturiana. Consultado el 15/09/2023.
[10] La informante (mi madre), nacida en 1936, recuerda haberla oído y visto cantar y bailar en Sobrefoz a dos señoras ya muy mayores cuando ella era niña. Una de ellas era tía de su padre (nacido en 1905), ambas iban vestidas totalmente de riguroso negro –incluso el pañuelu de la cabeza– como las viudas de la época, y bailaban agarradas como en la danza prima, pero nada más eran dos, Dice mi madre que acabó juntándose al baile, improvisando finalmente un trío artístico (sin ser día de fiesta).
[11] De corizas armado y de montera / dejadme cantar: deja que orgulloso/ Hoy vacíe del amor las faltriqueras.
[12] Cuando pases por el cielo / Que es fácil que allá vayas / -Los pobres no van al cielo– / Si ves por allá a Bastián / Que allí ha de estar es tan cierto / Como yo traigo corizas.
[13] Víctor Martínez, Víctor el de Camarmeña.
[14] El Picu Urriellu.
[15] (15)En http://www.foropicos.net/viewtopic.php?t=27409. Publicado el 12/09/2012. Consultado el 01/10/2023.
[16]https://elpais.com/gastronomia/2024-08-29/por-que-alguien-paga-36000-euros-por-un-queso-al-que-ademas-le-falta-una-cuna.html. Consultado el 8/4/2025.
[17]Daquella: entonces. Pelleyu: piel, pellejo.