Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >


Desde antiguo, tal vez desde que el hombre prehistórico –mono evolucionado– tuvo conciencia o intuición de la existencia de seres superiores que regían los destinos humanos no les cupo la menor duda de que las desgracias personales y las catástrofes comunitarias, naturales o no, ocurrían porque el dios o ser superior estaba enfadado con las criaturas terrestres, bien de forma individual, bien de forma colectiva, y que, por tanto, debía de ser aplacado mediante sacrificios humanos, ofrendas, promesas o sacrificios personales o comunes, según el pecado a reparar.
En el siglo xi –año 1040 concretamente– hubo en Navarra una plaga de langostas tan grande y destructiva que, el monarca reinante, García IV Sánchez III el de Nájera decidió recurrir al Papa –que a la sazón era Benedicto IX– para que le solucionase tan peliagudo problema. El Papa nombró a Gregorio su legado apostólico y lo envió a España, donde durante cinco años recorrió pueblos y aldeas predicando penitencias y organizando rogativas, logrando finalmente acabar con tal calamidad agrícola, por lo que la devoción hacia él llegó a convertirse en veneración en todos los reinos de la España medieval. Y en santidad más tarde… San Gregorio murió en Logroño, consumido por las fatigas de la tarea que se había impuesto. Entre los discípulos que le acompañaron en tan «delicado trabajo» estuvo Santo Domingo de la Calzada.
Según el santoral nada se conoce sobre los primeros años de Gregorio, llamado Ostiense por haber nacido en Ostia, colonia romana en la desembocadura –ostium– del Tíber, ni quienes fueron sus padres. Sólo se sabe que en su juventud ingresó en el convento benedictino de San Cosme y San Damián, en Roma, y que por sus virtudes y consagración pronto se ganó la estima y el respeto de sus condiscípulos y superiores. Además, fueron tales los progresos que hizo en los conocimientos divinos y humanos que a su fama de santo no tardó en unírsele la de docto. De ahí que al morir el abad del instituto todos pensaran en Gregorio para sucederle.
En 1656 hubo una gran plaga de langosta en Mérida, Badajoz; tan grande que los vecinos no podían acabar con ella a pesar de que utilizaron todo tipo de redes o que metieron en los campos a los cerdos para que se comiesen a tan dañinos animalejos. Y como los medios naturales no solucionaban el problema se acudió a un presbítero de Alcuéscar, Cáceres, para que la conjurase con exorcismos. Éste, al objeto de conseguir su intercesión y ayuda, sacó en procesión la imagen de San Gregorio desde la ermita situada bajo lo que hoy es la plaza de toros hasta la iglesia, hoy concatedral, de Sta. María.
Con tal motivo la ciudad hizo un voto o promesa con el santo a cambio de su protección en futuras calamidades. La fiesta del voto a San Gregorio –fiesta de guardar– comenzó a celebrarse en la ciudad en el siglo xvii, tras la desaparición de la plaga y consistía en la celebración de una misa votiva cantada con sermón y procesión. A los actos asistía la Corporación Municipal, con el Gobernador al frente. También había otros festejos como parte del voto, como «el correr toros», que solían ser dos pagados con cargo a los fondos del Consistorio. En los Libros de Acuerdos Municipales del siglo xvii aparecen abundantes referencias a los toros de San Gregorio. El lugar donde se celebraban las corridas era la actual Plaza de España, que se arreglaba y cerraba al efecto. Una vez muertas las reses se vendía la carne y el dinero obtenido se dedicaba a sostener el culto del santo y al cuidado de la ermita.
Según he podido constatar entre quienes con anterioridad indagaron sobre esta celebración, no ha sido posible precisar su antigüedad con exactitud, pero es posible que se remonte a principios de la época moderna, pues con fecha 8 de mayo de 1688 se dice en los Libros de Acuerdos Municipales que tal celebración venía realizándose desde hacía «más de doscientos años». Con el tiempo esta fiesta, de marcado matiz religioso en un principio, terminó convirtiéndose también en profana con la presencia de compradores y vendedores de productos y enseres propios del campo y sus labores. Pero más tarde y por diversos motivos, la fiesta comenzó a cambiar de fecha, en un principio «por no faltar al voto», hasta el punto de disociar la fiesta taurina de la promesa al Santo. A ello se añadirían las disensiones entre el Cabildo Municipal y la cofradía gregoriana, surgidas en 1688 por cuestiones protocolarias, que igualmente contribuirían a su desaparición.
Sin embargo la primitiva ermita, según el historiador Don Vicente Navarro del Castillo, se erigió en honor del obispo San Albín en las postrimerías del siglo xvi y que fue más tarde, en el siglo xvii, cuando se incorporó a ella el culto de San Gregorio. Ermita que según Bernabé Moreno de Vargas – Historia de la ciudad de Mérida, libro 5º, cap. X, pág. 484 – «era buena y tenía sitio de agradable vista sobre el río Guadiana». Empero, dice que la ermita «edificose en nuestro tiempo (1633) por voto de la ciudad y ser estos santos (San Albín y San Gregorio) abogados de la langosta y pulgón y lagarta, de que padecían muchos sembrados y las viñas, huertas y olivares».
Según otras notas se sabe que en 1683 se reparó el portal de la ermita y que en 1698, como los estandartes se hallaban en mal estado, se compró tela de damasco en Madrid para hacer unos nuevos.
Se sabe también que en 1756 la imagen de San Gregorio se depositó en la iglesia de Santa Clara, mientras duraban las obras de reparación en la ermita, y que en 1771 seguía en estado ruinoso, de ahí que el Hospital de Jesús Nazareno, hoy Parador de Turismo, pidiera que se le entregase su campana mientras se reedificaba la misma. Sin embargo, en 1779 seguía en estado ruinoso pues no se pudo hacer frente a los gastos de mantenimiento y remodelación. Igualmente se sabe que otras iglesia y órdenes religiosas quisieron quedarse con parte de sus restos y que la Cofradía del Santo Cristo del Calvario, por ejemplo, había pedido al Ayuntamiento que le diera las puertas para colocarlas en su iglesia. Y que fue el mayordomo de ésta, con intervención del Comisario Sr. D. Matías Vallejo, quien después de presentar en el Ayuntamiento un memorial manifestando que la «ermita de San Albín y San Gregorio» se había arruinado, recibió el permiso de la ciudad para «recoger los materiales de sus ruinas, con debida cuenta y razón».
El nombre de San Albín, o Albín a secas, aparece mencionado en diversas localidades españolas. Así, en la salmantina Béjar se halla la bajada y puente de San Albín; en la badajocense Alburquerque existe una Asociación Deportiva San Albín; en 1576 en Pastrana, Guadalajara, y según las Relaciones ordenadas por Felipe II, en la Iglesia Colegial había más de tres mil reliquias, entre las cuales estaba la cabeza de San Albín. En Fermoselle, en los Arribes del Duero, sudoeste de Zamora, hay una ermita dedicada a dicho santo posiblemente erigida en 1553, desde la cual salían los toros hacia la plaza Mayor en las fiestas patronales de San Agustín, la tercera semana de agosto, llamada «la Semana del Toro». En esta localidad zamorana es tradición que el día de San Albín se vaya a la ermita a comer los típicos hornazos rellenos con «buen chorizo de la tierra». En el pueblo cacereño de Torrejoncillo por el siglo xix hubo una ermita dedicada a San Albín y, actualmente, existe una asociación encargada de promover y preservar el culto a San Albino de Angers, más conocido como San Albín.
En Orbaneja del Castillo, Burgos, los Templarios levantaron el convento y el hospital con el nombre del Santo, que ofrecía albergue a los peregrinos del Camino de Santiago por la ruta alternativa que seguía el curso del Ebro y pasaba por San Martín de Elines y Sta. María de Cervatos. Y podrían anotarse más lugares donde el nombre de este Santo forma parte de la toponimia local.
Sea como fuere, la primitiva ermita emeritense se edificó en honor de este Santo, al que también se ha querido adjudicar poder para erradicar plagas, dominio que no le está confirmado y sí al Ostiense, ya que en aquella época las ermitas solían recibir el nombre del santo al que se dedicaba, y aunque con posterioridad se le incorporó la devoción de San Gregorio, lo cierto es que el nombre de éste ya no se recuerda, o al menos no se le tuvo en cuenta, cuando el cerro donde estuvo ubicada la ermita fue bautizando con «de San Albín», que la plaza de toros sea conocida igualmente como «coso de San Albín» y que las asociaciones tanto vecinal como deportiva de la zona sigan llevando ese nombre, y no el de San Gregorio.
Y llegados a estas alturas, la pregunta es obligada: ¿Pero quién fue San Albín?, un santo que no aparece en el santoral. En el índice del Año Cristiano del francés J. Croisset, en su edición de 1863, se encuentran estas referencias: Santa Albina mártir –Lyon 2 de junio–; Santa Albina, virgen y mártir –Formi-Moya, Italia, 18 de diciembre–; San Albino, obispo en Bressenon, –5 de febrero–; San Albino, obispo de Anjou –1 de marzo– y San Albino, obispo de Lyon –2 de junio–. Además de éstos, en los libros sobre el origen de los nombres aparece: «Albino-Albina. Origen latín. Significado pureza, blancura. Onomástica 1 de marzo. Santa Albina nació en Palestina y murió durante las persecuciones sistemáticas organizadas por el emperador Decio el año 250. Se cuenta que el viento llevó su cadáver a Nápoles».
Como puede verse el sustantivo Albín no aparece, motivo por lo que algunos han pensado que pudiera tratarse de una forma apocopada de Albino. Sin embargo, ninguno de los especialistas consultados reconoce esa posibilidad, de ahí que deba considerarse a San Albín como uno más de los muchos santos que Juan Atienza califica de «imposibles».
Pero consultando los documentos históricos parece indudable que en el lugar donde actualmente se ubica la plaza de toros emeritense, y donde antes se edificó la ermita de San Albín, estuvo en el siglo ii el magnífico santuario dedicado a Mitra, el Invicto Deo, dios persa de la luz, y a los demás dioses orientales, Serapis y Esculapio, cuyo culto se relacionaba con la cura de enfermos, y que, durante el mandato de los emperadores flavios, fue remodelado alcanzando gran influencia.
Los misterios de Mitra se celebraban en las cuevas o en las criptas –mithreum– y se le representa tocado con un gorro frigio sacrificando un toro con un largo cuchillo, ritual que algunos autores identifican con el origen de algunos ritos mediterráneos relacionados con ese animal y su sacrificio, origen remoto de las actuales corridas de toros. ¿Es una casualidad que la plaza emeritense se construyese sobre los restos de la ermita de San Albín que, a su vez, se erigió sobre los restos romanos del mithreum, para sacralizar el lugar, como sucedió con la catedral de Sevilla, erigida sobre lo que fuera una antigua mezquita árabe, o la de Córdoba, rebautizada como iglesia y así ocultar la deidad a la que en un principio estuvo dedicado el lugar? ¿Y no es también casualidad que en Fermoselle se haga salir a los toros durante las fiestas patronales de San Agustín de junto a la ermita de San Albín? Es más: ¿No se ocultará bajo en nombre de Albín la antigua deidad persa? ¿O a una romana? Recuérdese que algunos Padres de la Iglesia, como San Gregorio Magno en el año 595, recomendaron no destruir los templos paganos sino bendecirlos y adaptarlo como cristianos.
Al tratar de Santibáñez el Bajo, Félix Barroso Gutiérrez dice que en un prado de esa población se levantó una ermita dedicada a San Albín que debió arruinarse hacia 1822, como consta en las cuentas de la parroquia. Según referencias, fidedignas dada la solvencia de este investigador, la imagen del Santo se encuentra empotrada en uno de los muros de la iglesia parroquial, detrás de uno de los altares laterales. «La talla –escribe– es pequeña y presenta la curiosidad de que de una de sus manos cuelga un racimo de uvas». Y añade: «Con el cristianismo se imponen innovaciones, y seguramente que el dios pagano se convirtió en San Albín, que siguió desempeñando la misma misión, es decir, la de protector de las viñas». Así al menos consta en las Relaciones Geográficas de Felipe II, donde puede leerse «guárdase en ese lugar el voto al señor Santo Albín y se puso el voto, según oímos a nuestros antepasados para que Santo Albín sea el guardián de las viñas». Y lo mismo que sucedió con el templo romano de Santibáñez, que se terminó convirtiendo «en ermita campestre» dedicada a San Albín –según Barroso– ¿por qué no pudo suceder lo mismo con el mithreum emeritense, rebautizado como ermita de San Albín? ¿Pero quién podría ser ese dios pagano empotrado en la parroquia de Santibáñez? ¿Baco, el dios del vino, puesto que Albín trae una indudable concomitancia con el fruto de la parra? ¿Y por qué no Mitra? Recuérdese que el ágape de los adeptos, con la ingestión del dios bajo las especies de pan y de vino, constituía uno de los principales pilares del mitraísmo. Y recuérdese también que los monjes fueron los principales difusores y defensores de la vid y los principales elaboradores de vino debido a la necesidad que tenían del zumo fermentado de la uva para el sacrificio de la misa.
Mas por lo que ahora se sabe sólo se pueden hacer suposiciones, suposiciones que, en opinión de muchos investigadores, no deben rechazarse a la ligera o por las buenas.
BIBLIOGRAFÍA
ÁLVAREZ SÁENZ DE BURUAGA, José. Materiales para la Historia de Mérida. Foro. Boletín informativo del Consocio de la Ciudad de Mérida.
BARROSO GUTIÉRREZ, Félix. «Cabeza del Moro, yacimiento arqueológico». Alminar, N.º 29. Año III. Institución Cultural Pedro de Valencia y Diario Hoy. Noviembre, 1981.
CURADO GARCÍA, Blas. Hospitales en Mérida. Internet.
GARCÍA ATIENZA, Juan. Los Santos Imposibles. Plaza&Janés. Barcelona.
MORENO DE BARGAS, Bernabé. Historia de la ciudad de Mérida.
MORGADO PORTERO, Francisco. Las ferias de Mérida (1300-2000). Excmo. Ayuntamiento de Mérida. Badajoz, 2001.
NAVARRO DEL CASTILLO, Vicente. Historia de Mérida y pueblos de su comarca. Boysu Ediciones. Madrid 1992.