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Revista de Folklore número

536



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Sobre los orígenes de la desigualdad. Rasgos de advertencia en los cuentos populares

RODRIGUEZ ALMODOVAR, Antonio

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 536 - sumario >



El 14 de enero de 2026, un informe del Laboratorio Mundial de la Desigualdad proporcionaba un dato escalofriante: «El 1% de la población global posee más riqueza que el 90% más pobre». Seguro que muchos lectores se hicieron la misma pregunta: ¿Y cómo hemos llegado a esto?

Por extraño que parezca, la humanidad se ha alertado a sí misma de que tal cosa podía ocurrir, y ocurrió. Pero lo hizo de una manera que puede parecer increíble: a través de los cuentos maravillosos, antecesores de los llamados «cuentos de hadas». Claro que estos últimos no son más que un subproducto ideológico de los primeros, tras una larga tarea de manipulación que sobre ellos fue haciendo la cultura hegemónica, empleada a fondo contra un acervo popular mucho más rico y más antiguo. Tan rico como que hay centenares de esos cuentos moviéndose por el mundo desde tiempos inmemoriales, burlando toda clase de fronteras, incluidas las lingüísticas. Y tan antiguo, como que dos investigadores de la llamada escuela filogenética, J. J.Tehrani y Sara Graça da Silva (Universidades de Durham y Nova Lisboa, respectivamente) publicaron en la Royal Society, en 2016, un asombroso artículo que certifica el carácter proto-indoeuropeo de esas historias, y lleva algunas de ellas hasta el Calcolítico. (Yo creo que podemos llegar al Bajo Neolítico). Exactamente, examinaron 275 magic tales, cuentos maravillosos, o «de encantamiento» entre nosotros. Los han analizado, repetidos en 50 poblaciones de habla indoeuropea, que van desde las balto-eslavas a las germánicas e italo-celtas, de las indo-íraníes a las romances, incluidas aquí las hispánicas. En esa perspectiva, un cuento como Pulgarcito (en España Miguelín el valiente y otros nombres) puede rondar los cuatro o cinco mil años de antigüedad. Comprendo que esto también puede parecer inaudito. Pero hay que detenerse en el solvente artículo de los dos investigadores citados: http://rsos.royalsocietypublising.org/3/1/150645.

Ahí pueden localizar a nuestro pequeño héroe con el número 328 del índice internacional de cuentos (ATU), compartiendo la cúspide del primer árbol de datos con otros tres: «El herrero y el demonio» (330), de mucha tradición en el País Vasco, «La novia animal» (402) y «Los animales agradecidos» (554), este último, de honda raigambre en numerosas tradiciones indoeuropeas, incluida la hispana. El motivo básico del primero es »El niño roba el tesoro del ogro», que también es nuclear en nuestras versiones[1]. En cuanto a la antigüedad de esos relatos, los autores del artículo son taxativos: «Reflejan profundos patrones de ascendencia común, que se remontan a cientos e incluso miles de años»[2].

Pero si quieren consultar mis observaciones de hace tiempo sobre los auténticos cuentos españoles de tradición oral, acerca de ritos de iniciación, culto a los muertos, prohibición del incesto, del canibalismo, del rapto, de la violación, la protección del fuego como algo sagrado…, etcétera, en artículos, prólogos y apéndices de mis estudios, verán que esa notable antigüedad de motivos ya era percibida en una lectura atenta de colecciones españolas. Un trabajo, como si dijéramos, hecho a mano, y en el que sigo profundizando.

Veamos, de forma resumida, algunos de esos rasgos detectados, entre los más extraordinariamente antiguos.

1. «La asaúra del muerto»

Este tenebroso cuento, que hoy todavía recuerdan muchas personas, con escalofrío, se basa en la sustracción del hígado de un recién fallecido, para alimento inconsciente de la familia. Esto puede situarse entre las prohibiciones fundamentales que configuran nuestra civilización, al mismo nivel, o incluso anterior, a la prohibición del incesto. La humanidad ha superado todas las formas de la antropofagia, rituales o alimenticias, que se suponía transmitían a los vivos las cualidades del patriarca o jefe del clan. (Creencia extendida en otras partes del mundo, entre los llamados «pueblos primitivos»). Esa prohibición marca un objetivo superior, cual es procurar el descanso completo y definitivo de los difuntos; de paso, establece una porosa frontera entre este mundo y el otro. Es entonces cuando cobra sentido el culto a los muertos, como religión «natural», que llega a nuestros días –o llegaba– en la forma del rezo a las «Ánimas del Purgatorio», del mes de noviembre, que muchos también recordamos de nuestra atemorizada infancia, como uno de tantos logros de la religión católica de apoderarse de un antiguo rito, ya residual, propio de las religiones arcaicas o prehistóricas[3]. (Hoy, casi desaparecida esa antigua creencia popular, la Iglesia católica parece haber dejado de interesarse por ella, como del mismo Purgatorio, en su enrevesada teología punitiva).

Más residuos de antropofagia se encuentran en otros cuentos muy conocidos, incluso en formas estereotipadas muy extendidas. Así, el deseo de la suegra de La Bella Durmiente de comerse a sus propios nietos, o el de la madrastra de Blancanieves, empeñada en devorar el corazón de la heroína. Y aún puede deducirse en cuentos menos divulgados, como la falsa inculpación de haber cometido canibalismo familiar, como si eso fuera todavía posible[4]. Y volviendo a Pulgarcito, en nuestra misma versión[5], el gigante y sus compinches se meriendan a la giganta, «con muchas patatas», por una artimaña del pequeño héroe.

2. El incesto

Con Lévi-Strauss aprendimos que es esta firme prohibición la que señala el origen de las sociedades. Su proximidad al elemento anterior ha hecho que una corriente del psicoanálisis identifique el sueño antropofágico con el deseo inconsciente de cometer incesto. Sea o no así, existe una diferencia radical entre la presencia de una pulsión y otra; de la primera ya no quedan rastros en las prácticas sociales, mientras que de la segunda son muchos los casos que, por desgracia, llegan todavía a los juzgados actuales, entre otros factores de regresión del momento histórico actual.

3. La «canilla» (flauta hecha de hueso humano)

En el cuento «La flauta que hacía a todos bailar»[6] (forma masculina de «Cenicienta»), el chico maltratado por la madrastra tiene que sacar a pastar un rebaño de ovejas, en lugar de ir a la escuela, como sus hermanastros. Por el camino le sale una viejecita, que le pregunta que por qué llora. El muchacho le confiesa su situación y ella le dice: «Mira, te voy a dar esta flauta de hueso, que la hice con una canilla [tibia] de tu pobre madre, para que te entretenga y para que no te pase nada».

La confección de flautas mágicas con hueso humano está acreditada en numerosas culturas antiguas, incluida la romana, donde se llamaba simplemente tibia. Todavía puede verse en exposiciones y museos de culturas subsaharianas.

De paso, interesa fijarse en que el mencionado es un cuento muy poco frecuente, contrario a la más extendida versión femenina. A su vez, el caso de El príncipe durmiente en su lecho[7], versión «masculina» de La bella durmiente, es igualmente raro. La propia tradición oral, por clara influencia ideológica, prefirió las versiones donde se ejemplificaba el castigo y la redención de la parte femenina de la especie, y fue abandonando las de heroínas activas, que se valen por sí mismas[8]. En esa misma tendencia culturalista acabó desapareciendo la segunda parte de La bella durmiente, donde la princesa, ya despierta, ha de afrontar valerosamente la salvación de sus dos gemelos, que una suegra edípica, la madre de su esposo, sencillamente se los quiere comer. El marido, mientras, está en la guerra.

3. La preservación del fuego

Las versiones hispanas de «Blancanieves» (siempre con otros nombres, comúnmente Los tres [o siete] toritos), incluye a menudo la advertencia que le hacen a la heroína sus tres hermanos del bosque (nada de «siete enanitos»), consistente en que cuide del fuego, mientras ellos salen a sus correrías de bandidos. Especialmente ha de proteger la chimenea, de la costumbre de una perrita que dejan con ella, que es orinarse en la candela, hasta apagarla, si la niña no le da a compartir de su propia comida.

4. «Juan el Oso», en la estirpe mitológica de Ulises

Entre los rasgos más arcaicos de estos cuentos, figura la ascendencia familiar de «Juan el Oso», el héroe del cuento maravilloso del mismo nombre, que comparte linaje mítico con el abuelo de Ulises, Arcisios, que ya era conocido como «El hijo del oso». El parangón del cuento con el mito clásico se extiende a otros elementos narrativos, como la fuerza descomunal que ambos aplican a sus aventuras, y el uso de una gran maza (cachiporra en el cuento) con la que vencer en muchas de ellas. También en el final de la historia coinciden en que han de ser reconocidos por algo que solo ellos saben: tensar el arco, en Ulises; mostrar al rey el anillo de la princesa, que esta le entregó a Juan el Oso cuando la rescató en la cueva del inframundo.

Este cuento debió de ser extraordinariamente popular en España, todavía en tiempos de Cervantes, que alude inequívocamente a él en la Aventura de la Cueva de Montesinos. (Dato que han ignorado la mayoría de los cervantistas, y de ahí sus intrincados extravíos, a la hora de interpretar este singular episodio de Don Quijote).

5. Enterramiento de huesos humanos para fertilizar la tierra

Otro tenebroso cuento que aún se puede recoger en colecciones folclóricas de confianza, es el de «Periquín y Periquina». En este, dos hermanos son sometidos por sus propios padres a pruebas de habilidad, de modo que el que pierde –siempre el niño– es devorado por ellos, poco a poco, mientras la hermanita se niega a participar de tan macabro festín, en medio de un mar de lágrimas. Es más, irá recogiendo en una bolsa los huesos de su hermano, para enterrarlos en el corral. Ahí brotará un naranjo, o un manzano, que dará ricos y abundantes frutos. Cuando los padres van a cogerlos, el árbol habla: «No, que me matasteis, me enterrasteis y no me llorasteis». En cambio, se lo permitirá a la hermana: «Sí, que me guardaste, me enterraste y me lloraste».

Cualquiera que sepa de mitos antiguos, relacionará esta historia con la de Isis y Osiris, los dos hermanos gemelos de la mitología egipcia, que, tras cometer incesto ya en el vientre de la madre, darán lugar a una infinidad de peripecias, cuyo final es el continuo resucitar de Osiris, enterrado por su hermana, Isis, que le llora interminablemente, con lo que da lugar a los desbordamientos anuales del río Nilo.

Harán ustedes muy bien en preguntarse, como hice yo, por qué los iletrados campesinos españoles seguían repitiendo esta historia, tan antigua como la humanidad misma, que ellos no habían leído en ninguna parte, entre otras razones porque no sabían leer.

No es el único cuento que recoge esta práctica de enterrar los huesos de familiares, como fertilizante mágico. En muchas versiones de Cenicienta, la hija va a llorar sobre la tumba de su madre, de donde surgirá un hermoso árbol de flores blancas, del que el padre, que ha vuelto a casarse, cortará una rama y se la entregará a su hija como «varita de virtud», esto es, prueba de castidad de la joven. Es este uno de los rasgos más elocuentes de que al fondo de los cuatro cuentos que tratan del incesto (La niña sin brazos, Cenicienta, Blancanieves y Piel de Asno) se halla este símbolo, «La varita de siete virtudes» en algunos casos, expresión que en español encierra el doble significado de «virgen» e «inocente». En el caso del primero de estos cuatro relatos, la niña ha sido forzada por su padre, aunque ella ha querido repelerlo mediante la automutilación. De esa violación tendrá dos gemelos. La recuperación de la «virtud» se produce cuando a ella le vuelven a salir los brazos, en el intento desesperado de salvar a sus recién nacidos, que lleva en unas alforjas, de ahogarse en una fuente, cuando ella se inclina a beber.

La evolución posterior de este cuento convirtió al violador en el Demonio, cuyo símbolo ya perduró como el de cualquiera que viole a una niña. De todos modos, es un cuento que se perdió de la tradición oral hace tiempo. Su recuperación para el análisis sirve, no obstante, para dar consistencia a una de las preocupaciones más antiguas de la humanidad. También al sentido más profundo que tienen los otros tres, como derivados de una misma matriz estructural, en un aspecto concreto, verdadera motivación que pudo tener la madrastra, desacreditada en el estereotipo, para despreciar a Cenicienta y a Blancanieves: la sospecha de que podía haber sido «manchada» por una anterior relación con el padre, cuando este se quedó viudo, en el caso de Cenicienta. En el de Blancanieves el asunto es aún más crudo, pues en la mayoría de las versiones hispanas es la madre de la niña la que tal vez alberga, o sencillamente conoce, esa oscura relación. Es difícil aceptar la explicación de mera envidia estética en un odio tan profundo como el que alberga la madre (convertida en madrastra en las tradiciones letradas), hasa el punto de querer envenenarla.

Dos propósitos civilizadores pudiera indicar la actitud de la madrastra o de la propia madre: impedir que esa práctica pudiera continuar a escondidas de ella, y producir en la niña un proceso de purificatio: purificación mediante el castigo y el dolor, que la hiciera recuperable para la sociedad.

En el caso de las versiones orales españolas, es todo más claro. En Blancanieves, el reencuentro de la niña con sus hermanos en el bosque provoca de inmediato la prohibición del incesto: «¡A esta ni tocarla, que es nuestra hermana!», dice el que hace de capitán de los bandidos. Y en una Cenicienta andaluza, el encuentro con tres bandoleros en la cabaña del bosque, da lugar a una generosa entrega de tres objetos mágicos a la víctima indefensa[9].

En el cuarto cuento, «Piel de Asno» (en español lo hemos llamado Burrita de plata[10]), la evolución del relato arcaico ya ha llegado al hecho de que la víctima, la hija del rey, rechaza los asedios de su padre, con la ayuda de una verdadera hada madrina, que la transforma en ese animal, como recurso para repeler al padre. Aquí, el propio parentesco léxico entre madrasta y madrina está revelando la transformación del sentido del cuento, del maltrato materno, al cuidado mágico de una tercera mujer. Cabe preguntarse cuál de los dos representa más acertadamente el arduo camino de la emancipación femenina, si el de la madre-madrasta o el de la mágica madrina.

La repulsión al padre, en el primer relato, lo produce la propia niña, cortándose las manos (o los brazos); luego será el diablo el que infrinja este horrible castigo a su víctima, por no ser aceptado en el intento de violación. Con todo, conviene tener en cuenta que también en todas estas transformaciones de la historia, conforme avanza la civilización, tienen carácter simbólico. Basta pensar que la doble automutilación es imposible, pues nadie puede amputarse a sí mismo las dos manos, o los dos brazos. Es el poder de lo simbólico lo que arraiga en la mente de los oyentes. La presencia de niños en la tertulia campesina también pudo ayudar a la formación del símbolo, en evitación del crudo lenguaje que sería contar las cosas como eran… O como quizás vuelven a ser en los secretos de las relaciones incestuosas regresivas.

6. La «isla» de la «Peña de los Enamorados»

Este rasgo, asimismo de una gran antigüedad, lo descubrí fortuitamente en una relectura del cuento titulado así, La Peña de los Enamorados, de la colección de Alfonso Jiménez Romero, escritor de Morón de la Frontera, que hizo una estupenda recolecta en 1971, con sus alumnos de entre diez u once años en el Instituto de Enseñanza Media de Arahal (Sevilla)[11].

En ese cuento, la referencia al lugar donde sucede la historia es denominado por la narradora que se lo dictó a su nieta como «la isla». No le di mayor importancia, hasta que me volví a acordar de esa historia, con motivo de mi nombramiento de académico de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera, en 2017. Al hablar del maravilloso monumento natural que constituye la renombrada Peña, volví a acordarme de aquella exraña narración, y me pregunté entonces por qué circunstancia la narradora lo llamaba repetidamente así, «isla», cuando la evidencia del paisaje que envuelve a la gran roca antequerana es una fértil llanura , y no una masa de agua. Consultando datos geológicos de ese hito natural, supe que sí había sido una isla en tiempos muy remotos -no menos de diez mil años atrás-, cuando estuvo rodeado por dos grandes lagunas. El aspecto insular, sorprendentemente, había quedado grabado en la memoria de un cuento maravilloso de la zona. Tan increíble como cierto.

7. La pulsión cinegética

De mucha trascendencia, desde tiempos igualmente lejanos, es la pulsión a cazar animales no domésticos, como signo polisémico: en los pobres, para aprovechar lo que puedan de los productos naturales del bosque, movidos por el recuerdo colectivo de cuando todos eran recolectores-cazadores en una sociedad más igualitaria, que heredaba de esas prácticas la inercia milenaria de repartirse lo que de manera espontánea otorgaba la naturaleza. (No se pierda de vista que la humanidad ha vivido en ese estado mucho más tiempo que el que sobrevino con la llamada «Revolución Neolítica»). En los ricos, en cambio, derivó en una expresión más de su poder sobre la tierra, conforme crecía el de la agricultura, principalmente la cerealista; un poder que se fue concentrando en pocas manos, y de manera absoluta, como propiedad hereditaria. (Lo veremos detenidamente más adelante).

Se estableció así una desigualdad radical entre poseedores y desposeídos, que ha llegado a nuestros días, de forma cada vez más aguda, hasta el punto que expresa el dato estadístico con el que se inicia este artículo.

La concentración del poder fue de tal magnitud, que los poseedores de la tierra fértil llegaron a adueñarse también del bosque, e hicieron alarde de ello, aunque permitieran que los pobres entraran en sus dominios silvestres a recoger leña, yerba para sus animales domésticos y plantas comestibles, pero solo para uso particular. En realidad, con eso aliviaban el campo de los residuos de la tala, o lo despejaban para la siguiente siembra. En tiempos actuales sobrevive en algunos lugares la rebusca; esto es, dejar entrar a los desheredados a recoger lo que ha quedado en el suelo de la cosecha de la aceituna, la castaña, etcétera. Hasta los ejidos (en Andalucía ejío) donde todo el mundo podía llevar a pastar a sus cabras u ovejas, o a coger espárragos, fueron desapareciendo. Como también es ahora cuando en España las grandes propiedades de la tierra se están convirtiendo en enormes cotos privados de caza (casi del tamaño de provincias enteras en Andalucía y en la España central), para multimillonarios de todo el mundo, que vienen aquí «a darle gusto al gatillo», por usar la expresión popular. En algunos de esos grandes territorios, los habitantes del medio rural combinan el trabajo en esas heredades con su participación en modestas sociedades de cazadores, toleradas por el poder, con severos controles.

En una reciente crónica de televisión, se pudo ver cómo una prometedora jornada de caza, organizada para multimillonarios extranjeros, se iniciaba con el rezo cristiano, para impetrar que todo se diese bien y sin accidentes. Ya ven, no hay que irse muy atrás para presenciar, in situ, la protección religiosa a la propiedad concentrada de la tierra.

La desigualdad fue adquiriendo así relevancia en numerosos cuentos populares, donde los pobres recogen lo que se les permite; más todos los cuentos de pícaros, desheredados listos que tratan de sobrevivir burlándose de los ricos. Así los cuentos de Pedro Urdemalas, Perico Malastrampas, que han proliferado incluso en la América Hispana[12]; los del tipo Alí Babá, donde la pugna es entre dos hermanos, uno rico, otro pobre; los del Sastrecillo Valiente (en España Juan Grillo el Adivino). Algunos cuentos de la serie El príncipe encantado se inician con la variante del humilde campesino que ha de mandar a una hija al palacio del «Príncipe lagarto», que está en la matriz de «La bella y la bestia»; también los del grupo de la «La princesa y el pastor», divertida sátira de la heredera tonta e inútil. Etcétera. Y, para remate, el Cuento del rey Pobre, que aún pudimos recuperar en nuestros trabajos de campo, cuando ya solo quedaban retazos desilvanados de una historia fundamental en la crítica popular a los poderes del rey rico[13].

La desigualdad social quedaba así constituida como fundamento «natural» de la sociedad capitalista. Pero los cuentos populares, desde muy pronto, hicieron la crítica y el escarnio, a veces despiadado, de ese sistema, y de las consecuencias que podía acarrear a la sociedad dividida.

Los ricos situaron entonces al rey como gran cazador. No hay cosa que más deleite a un monarca que figurar, en cuadros o en fotografías, como si fuera, en efecto, un experto en liquidar animales salvajes, cuando en realidad no es sino el mayor guardián del bosque, de parte del clan de los ricos, que impide que se desarrolle en los desheredados la nostalgia de la etapa anterior, ahora sometida a la forma suprema del poder.

La manera de expresar esas advertencias primordiales es muchas veces mediante otros símbolos narrativos. Así, cuando un cuento dice «rey» lo que en realidad está diciendo es «propietario viejo que tiene problemas para legar sus grandes posesiones a descendientes probadamente suyos, mejor si son hijas, más fáciles de controlar en su doncellez, como precio altamente cualificado». Esto es, garantizarse la transferencia simultánea de bienes y genes, en una dinastía de grandes propietarios. De ahí tantos cuentos de esta clase, donde el rey y la reina se desesperan por no tener descendencia. Aparte el deseo y la frustración personal, ello pone en crisis al sistema completo, creado sobre la base de la propiedad privada hereditaria. Así que los monarcas buscarán las formas más extremas de tener un hijo, incluso comprometiéndose a que a los quince años de edad se lo lleve el Diablo (Blancaflor, la hija del Diablo, uno de los relatos más bellos de nuestro acervo), o aunque sea como un lagarto (El príncipe encantado, independiente del mito de Amor y Psique) En el caso femenino, una hija única será necia de solemnidad, o extremadamente caprichosa, o solo sabrá decir una frase…, todo ello a causa de la «educación» recibida (reclusión y control absoluto sobre su virginidad), o porque ha nacido con taras derivadas de una progenie incestuosa. Solo entonces el rey promulgará una convocatoria entre príncipes, para refrescar la genética familiar; aunque, queriendo o sin querer, se acogerá a un protocolo nuevo, el del matrimonio concursal, como un paso más del todavía concertado, pero solo alejando a los pretendientes consanguíneos. (Por cierto, el concertado, y con niñas, está creciendo alarmantemente en muchas sociedades actuales, como otro rasgo de regresión).

En paralelo, ese sistema de narraciones precautorias producirá relatos de contraste con el «nuevo» sistema establecido; cuentos de pobres que no tienen con que alimentar a una extensa prole, hasta el extremo de abandonar a sus hijos pequeños en el bosque, de nuevo Periquín y Periquina, nuestro Hansel y Gretel. No obstante, entre los hijos que prosperan, mal que bien, aparecerá ese pícaro pastor, o jornalero ingenioso, que se cuela en el certamen real, para casarse con la princesita, variante que no deja de ser otro paso, aunque no deseado por el poder, en el camino del matrimonio interclasista, como modo de desbaratar los cálculos del sistema. Modalidad que todavía hoy cuesta mucho llevar a cabo, pues «lo normal» es el matrimonio de clases, cada uno en la suya. De ahí que el interclasista haya dado lugar a infinidad de nuevas Cenicientas, en el cine y la televisión), como triunfo del amor sobre lo previsto. (No deja de ser un vistoso consuelo).

A veces –volvamos a los cuentos orales–, el desplante final del intruso es despreciar a la princesa, una vez conseguida, por insufrible; lo cual constituye, definitivamente, el epítome de la crítica a todo el sistema de la propiedad hereditaria y, de paso, un gesto supremo de la dignidad y la libertad en la pobreza. («En mi hambre mando yo», cuenta Madariaga que le dijo un jornalero andaluz a un terrateniente que quiso comprarle el voto en 1931).

En el extremo de esa rebeldía, surgirá un cuento de humor descacharrante: La niña que riega las albahacas (con el que García Lorca escribió un precioso juguete lírico de solo la primera parte), que ha habido que sacar íntegro del secreto de la tertulia campesina. En él, una rebelde modistilla proporcionará a un príncipe acosador un duro escarmiento por la parte que más duela a su honorabilidad. Solía ser el cuento que la tertulia demandaba al final de la sesión, para desatar la risa a carcajadas.

Po ir resumiendo, en el más lejano origen de esta tradición todo ese sistema narrativo nace de una alta concentración de riquezas, que al menos en esta parte del mundo empieza a producirse en la transición de la sociedad de cazadores-recolectores a la de agricultores-ganaderos, por la ya mencionada Revolución Neolítica, o Agraria; un proceso mucho más largo de lo que sugiere la palabra «revolución». A grandes rasgos, esa etapa viene a coincidir con la fragmentación y dispersión de la cultura indoeuropea, incluidos en ella los cuentos de tradición oral, como vimos al principio. El hecho es que no ha habido un cambio cualitativo más importante en la historia de la humanidad, como base del poder absoluto. Y siempre, con el aval de las castas sacerdotales, poniendo aquí y allá lo que faltaba: una supuesta condición de sagrado. Sagrada, pues, la propiedad, sagrada la herencia, sagrada la virtud de la mujer, sagrado el poder, sagrado el Más Allá.

Hoy ese modelo configura y alcanza a nuestros días, y está dejando efectos lamentables, como si el capitalismo hubiera decidido agotar su propia andadura. El más notorio, la traslación mimética de la propiedad de la tierra a la propiedad de la esposa, con las consecuencias trágicas que vemos a diario. El caso era hacer creer a los desheredados que ellos también poseen algo de su absoluta y sagrada propiedad.

«Eppur si muove», podríamos concluir, con cierta ironía. Tal vez el movimiento de fondo de la humanidad se esté orientando en otro sentido. La misma trayectoria que hemos descrito, someramente, bien pudo ser la contraria, si se hubiera distribuido aquella formidable producción agrícola de la misma manera en que se repartían los bienes en la comunidad de recolectores, y que en algunos sitios se ensayó con la creciente y asombrosa superproducción de cereales. En algunas culturas de la transición a la agrícola, la abundancia de molinos de mano apunta en esa dirección (Los Millares, por ejemplo, en el sureste español). Y todavía se ven funcionar en sociedades actuales de los llamados «pueblos primitivos», que parecen hallarse en plena transición. Pero, al cabo, ese tránsito, con la inercia de lo anterior, duró poco y solo ha dejado una incurable nostalgia en el inconsciente colectivo, alrededor de una misteriosa palabra: bosque; en nuestro discurso, símbolo de la riqueza natural compartida. Nace así la pulsión de retorno a la sociedad anterior, más igualitaria, y la de algunos literatos a ensalzarla, como Cervantes, en el maravilloso parlamento de la Edad de Oro de Don Quijote. Cómo no.




NOTAS

[1] Lleva el número 44 en Cuentos al amor de la lumbre.

[2] Comienzo de la Introducción: «Social behaviours and material culture traditions often reflect deep patterns of common ancestry that can be traced back hundreds or even thousands of years. In this study we explore these relationships in an universally important and richly documented cultural domain: storytelling. (Se refiere a otros dos estudios, uno de Zipes J., de 2006, y otro de Gottshall J., de 2012).

[3] Puede consultarse en número 94 de la misma colección.

[4] En el cuento 150 de Espinosa (Siempre nos referiremos así a la imprescindible colección del profesor de la Universidad de Stanford, Cuentos populares españoles), titulado «El diablo maestro», se atribuye un acto de este tipo a una madre despiadada: Se decía que «la madre se lo había comido».

[5] Nº 44 de Cuentos al amor de la lumbre.

[6] 25 de Cuentos al amor de la lumbre

[7] Cuento rescatado por el folclorista extremeño Sergio Hernández de Soto para la Biblioteca de tradiciones Populares de Antonio Machado y Álvarez.

[8] Quizás el caso más curioso es el de Ceperucita, cuya verdadera versión del centro de Francia, hasta los Alpes y el norte de Italia, era una leyenda de miedo, donde la niña escapa del lobo por sí misma sin intervención masculina alguna.

[9] Ver en Mariquilla ríe perlas, uno de los cuentos más célebres de la «Colección de La Media Lunita», de la que se hizo una serie de televisión para Canal Sur en 1996, donde se dio a conocer el actor Paco León.

En esos años, mediados los 90, se hicieron tres series de cuentos populares en Canal Sur, los tres con gran audiencia y con atores de primer nivel, como Paz Vega, Maria Galiana, Arlos Álvarez, o el ya citado Paco León. La primera fue El príncipe Encantado; le siguió la mencionada Mariquilla Ríe Perlas y culminó con La princesa que nunca se reía.

Doy cuenta de estos detalles, como prueba de que las versiones basadas en la genuina tradición oral siguen interesando al gran público, como la continua reedición de la colección La Media Lunita, desde 1985; también de Cuentos al amor de la lumbre. Es errónea la creencia de que estos cuentos ya no interesan. Son más bien los estereotipos, los llamados «Cuentos de hadas», los que muestran síntomas de saturación en el público. Otra cosa es la presión que hoy esgá ejercienco «lo políticamente correcto», que actúa contra todos los cuentos «tradicionales», sin más distinción. A ello hemos dedicado un largo artículo en el número 311 de la Revista CLIJ, con continuación en el número 314.

[10] Charles Perrault probablemente quiso atenuar este relato, o eligió la variante del disfraz de piel de asno, que la princesa utiliza para escapar de su padre. En español, pudimos recuperar la historia maravillosa de la transformación mágica en un auténtico animal, mientras se producía su viaje iniciático, hasta el encuentro con el príncipe. Curiosamente, en España estaba prácticamente desaparecida, y la hallamos en versiones de Hispanoamérica. Es el número 37 de la colección Cuentos de la Media Lunita.

[11] Ver en La Flor de la florentena, Sevilla 1991.

[12] Es curiosa la manera en que evoluciona el nombre «Urdemalas» ( como lo mantiene Cervantes en su comedia), esto es, el que urde maldades, en la evolución del cuento en Hispanoamérica: Pedro Ordimales (Nuevo Mëxico), Pedro Arrimala (Puerto Rico), Ulimán, Animale (Santo Domingo), Urdimale, Alimán, (Chile), etcétera. Ver mi artículo «Notas sobre la expansión de los cuentos populares españoles en Hispanoamérica», en Revista Hispanoamericana, Cádiz, num. 12, 2022.

[13] N1º 38 de la colección «La media lunita».



Sobre los orígenes de la desigualdad. Rasgos de advertencia en los cuentos populares

RODRIGUEZ ALMODOVAR, Antonio

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 536.

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