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Adaptación del capítulo II.10 del libro del autor «Vadinienses, un pueblo en sus lápidas»
Los cántabros vadinienses fueron un pueblo que vivió en el norte de la península ibérica, en la zona correspondiente en la actualidad con la montaña oriental leonesa, así como la zona de Ponga y Cangas de Onís, en la actual Asturias. Tras la guerra y victoria de Roma contra cántabros y astures esta zona del norte de Hispania pasó a formar parte del Imperio romano, sufriendo sus habitantes un proceso de romanización progresivo, que les llevó a adoptar su lengua, cultura, dioses, etc. Su conocimiento nos viene de la mención de Ptolomeo a Vadinia (II,6,50) como una de las ocho civitates del territorio cántabro, de los escritos, sobre todo de Estrabón, sobre el modo de vida de los cántabros y, fundamentalmente, a partir de lo que aparece en sus lápidas funerarias. Entre las 81 lápidas funerarias consideradas habitualmente como vadinienses se encuentran 12 (14,8%) dedicadas a mujeres, 3 en la zona actual leonesa y 9 en la zona asturiana. De las restantes, 65 (80,2%) corresponden a varones y 4 (4,9%) a restos sin identificar.
En 45 lápidas del total, se indica el origen vadiniense del fallecido o del dedicante, abreviado de diversas maneras: V (1), VA (12), VAD (24), VADI/NI (2), VADINIENS/I/IS/ES (6). En 41 casos es vadiniense el difunto y en 4 casos el dedicante. En todos los casos es varón el que lleva el apelativo de vadiniense, salvo en el caso de Anna de Llenín (Cangas de Onís), mujer vadiniense que pone la lápida a su cónyuge Domitius Flavus de origen orgenomesco. De estos datos se puede deducir que se consideraba conveniente en los varones indicar su origen vadiniense, asunto que no tenía mayor interés en el caso de las mujeres. Solo figura la tribu u origo de la mujer cuando su marido es de otra tribu. Así, en el caso referido de la vadiniense Anna de Llenín, que es la que pone la lápida a su marido orgenomesco; y en el caso de un varón vadiniense, Antonius Flaccus, de Corao que pone la lápida a su mujer Terencia, orgenomesca.
TABLA 1
| Modelos de identificación habitual del fallecido/a en las lápidas | |
Varón | Tridio (nombre) de los Alonges (clan), hijo de Bodero (padre), vadiniense (tribu) |
Mujer | Maisontina (nombre), solo ocasionalmente el clan (2/12) |
Así como es excepcional que en las mujeres se indique el origen vadiniense, es también poco habitual (2 de las 12 lápidas) que se indique el clan, o la unidad suprafamiliar a la que pertenecen, mayoritariamente usando el genitivo plural céltico -un/-um, en lugar del latino -orum (TABLA 1). Por otra parte, en cuanto a la identificación del fallecido, en 51 lápidas aparece la fórmula: «nombre del fallecido» (en todos los casos un varón), seguido de «hijo de» el nombre del padre, nunca el nombre de la madre. La filiación del difunto se expresa siempre por medio del nombre del padre, lo que indica que estamos ante un sistema de filiación patrilineal. Si a esto le sumamos los 7 casos en que es el padre el que pone la lápida, hace a la figura del padre casi omnipresente, siendo así el padre un miembro perfectamente reconocido en la sociedad vadiniense y, desde luego, es evidente que no hay una ignorancia de paternidad. Este interés por indicar el nombre del padre en los varones, quizá para reforzar el origen vadiniense, no parece tener mayor importancia en las mujeres. Las personas del sexo femenino son identificadas simplemente por su nombre, al que solo en alguna ocasión se añade el clan al que pertenecen.
Los epitafios femeninos son puestos fundamentalmente por padres a hijas, hijos a madres y maridos a esposas (Tabla 2). No aparecen otros parentescos, ni tampoco los amigos, que están muy presentes en los epitafios masculinos[1].
TABLA 2
EPITAFIOS VADINIENSES FEMENINOS | |
Fallecida | Texto |
Licinia Abamia | DMM. Lo puso Flao a su esposa querida Licinia Ambata. |
Concordia Barrillos de Curueño | Acario puso este monumento a Concordia, de 30 años. |
Superia Beleño/Ponga | DM. Peregrio y Pompeya de los Arnunimos, a su hija muy piadosa Superia, de más o menos 15 años y nueve meses ?. |
Alla Cármenes | DMSM. Atilia Procula, su nodriza, puso el monumento a Alla de los Viancios, de 20 años. Versión alternativa: a Alla de los Viancos, hija de Atilo Proculo, de 20 años, lo puso su madre Amma. |
Ammia Cofiño/Parres | MPDM. Scorcia de los Onnacos a Ammia Caelionica de los Pentios, de 15 años. Lo puso el padre a la hija, siendo cónsules nuestros señores Postumo IIII y Victorino. |
Cantia Corain | DMM. Puso el monumento Terencio a su hija Cantia de 15 años |
Dovidena Corain | Lo puso Severa a su madre Dovidena de 55 años. Era (consular) 474. |
Voconia Corao | DMM. Terencio Bodo, vadiniense, lo puso a su querida madre Voconia Careca, de 88 años, en el consulado 328. |
Arocia / Terencia Corao | DMM. Puso el monumento Antonio Flaco, vadiniense, a su cónyuge Arocia Materna, orgenomesca de 41 años, en el año consular 338. |
Flavia Gamonedo de Onís | DMM. Puso el monumento Dovidero a su querida hija Flavia de 20 años. Año consular 482. |
Maisontina Liegos | DMMP. Puso el monumento Aliomo padre a su hija muy piadosa Maisontina, de más o menos 19 años. |
Magnentia Soto de Cangas | Magnentia (que) abandonó (este mundo) desde la casa del Señor dentro de sus 25 años. |
Nos encontramos, por tanto, inicialmente con tres asimetrías claras en el texto entre varones y mujeres en las lápidas vadinienses: 1/ Un significativo menor número de lápidas de mujeres. 2/ Una diferente identificación de la fallecida, no siendo habitual la indicación del origen vadiniense, ni el clan al que pertenece. 3/ Los dedicantes son padres, hijos o cónyuges, nunca el amigo/a.
Los adornos habituales de las lápidas vadinienses son los caballos, los arbolitos o palmas, las hederas y el torques. Tres lápidas femeninas tienen caballo frente a 23 masculinas (23 ♂ / 3 ♀) y cuatro arbolitos (17 ♂ / 4 ♀). Ninguna lápida femenina tiene torques (10 ♂ / 0 ♀) ni hederas (9 ♂ / 0 ♀), lo que constituye otra diferencia con las lápidas masculinas. Un aspecto oicomorfo (forma de casa) se observa en 9 lápidas, 6 de mujeres y tres de varones, todas de la zona asturiana, salvo la de Caregius de Anciles.
Una cabecera con dedicatoria a los dioses Manes, en cualquiera de sus formas, aparece en el 35% del total de lápidas vadinienses. Este porcentaje sube al 75% en las lápidas femeninas y al 67% en las lápidas puestas por mujeres. Se podría pensar que las mujeres vadinienses eran más religiosas que los varones; sin embargo, probablemente esta asimetría se deba a la diferente datación de las lápidas. La dedicatoria a los Manes aparece a partir de la 2ª mitad del siglo II y la casi totalidad de las lápidas femeninas están datadas a partir del siglo III (Martino García, 2012).
Igualmente, por las lápidas podemos conocer los nombres de las mujeres vadinienses: Accua, Ambata, Ammia (2), Anna (2), Arnua, Caelonica, Caleca, Cantia, Careca, Concordia, Dacia, Dovidena, Flavia, Jutuda, Labara, Licinia, Madugena, Magnentia, Maisontina, Pompeia, Reburinia, Scorcia, Severa, Terencia, Venus y Voconia. Se aprecia una hibridación progresiva entre la onomástica indígena (Ammia, Maisontina, Ambata, Dovidena, …) y la romana (Venus, Severa, Terencia, ...).
Modo de vida y costumbres
Las informaciones sobre costumbres y modo de vida de las mujeres vadinienses proceden fundamentalmente del historiador griego Estrabón (c. 64 o 63 a. C.- c. 23 o 24 d. C.), que en su obra Geographica dedica el libro III a Iberia. En él se encuentran observaciones acerca de las costumbres y usos de los pueblos prerromanos que habitaban el norte de la Península Ibérica, a todos lo cuales atribuye un estilo de vida semejante. Estrabón describió a las mujeres del norte peninsular, incluyendo a las cántabras, como fuertes, robustas y valerosas. Además, aclara que eran las mujeres las que realizaban las labores agrícolas: «Las mujeres cultivan la tierra...»
Se suele aceptar que la realidad socioeconómica de los pueblos montañeses del norte de Hispania consistía en una ganadería precaria y una agricultura de subsistencia. En la época anterior a la conquista de Roma es muy probable que los hombres se ausentasen de forma periódica para dedicarse a guerrear y al saqueo. Probablemente el peso de la economía agraria era asumido por la mujer, mientras que los varones obtendrían dinero y botín de su actividad guerrera. Este género de vida en que los hombres se dedicaban sólo a la guerra, a las razzias y a la caza, era practicado por los pueblos del Norte de España desde la Antigüedad. De los cántabros y demás gentes de la costa norte peninsular comentan los historiadores que vivían despreocupadamente, sin más apetencia que lo imprescindible y la satisfacción de sus instintos[2]. Piensan los historiadores que los varones cántabros, llegados a cierta edad juvenil, se incorporarían a bandas de jóvenes dedicados al saqueo y la rapiña (Caro Baroja 1977, Peralta Labrador 2003). Quizá con los años, o tras casarse o tener hijos, dejasen esta actividad guerrera y se dedicasen a tareas más tranquilas en los poblados. En cualquier caso, tras la conquista de Roma y la pax romana, es de suponer que las actividades de pillaje y guerra de los hombres se abandonasen y pasasen a dedicarse a la agricultura y ganadería, a la minería, al ejército profesional, al comercio o a los oficios necesarios habituales en la zona (carpintero, herrero…). Las mujeres de la zona seguirían participando en la agricultura y ganadería, como lo han hecho hasta nuestros días.
Sobre otras costumbres y relaciones sociales, de nuevo las informaciones proceden de Estrabón:
Todos los montañeses son austeros, beben normalmente agua, duermen en el suelo y dejan que el cabello les llegue muy abajo, como mujeres, pero luchan ciñéndose la frente con una banda… Danzan en corro al son de flauta y trompeta, pero también dando saltos y agachándose, y en Bastetania danzan también las mujeres junto con los hombres cogiéndose de las manos… Las mujeres van con vestidos y trajes floreados…Todos los hombres visten de negro, sayos la mayoría, con los que se acuestan también sobre jergones de paja. Se casan igual que los griegos… Éste, como he expuesto, es el género de vida de los montañeses, y me refiero a los que jalonan el flanco norte de Iberia: calaicos, astures y cántabros hasta llegar a los vascones y el Pyrene; pues el modo de vida de todos ellos es semejante.
En cuanto a la interpretación del texto original del vestido de las mujeres, los expertos indican que los términos usados en griego (traducidos como vestidos y trajes) tienen varios matices, por lo que su significación exacta no es fácil de precisar. Según estos autores, posiblemente se habla de una ropa interior cerrada, mientras que el otro término designaría a un vestido exterior abierto que se pondría encima. Estrabón especifica que estos vestidos femeninos eran floreados, término que probablemente pudiera interpretarse como teñidos de colores. En todo caso el dato indicaría el empleo de tintes por los montañeses, o bien el acceso comercial, o de otro tipo, a materiales textiles más elaborados procedentes de otros lugares.[3]
También nos proporciona Estrabón alguna información sobre el peinado y tocados de las mujeres cántabras (Figura 1), aunque en este caso lo dice por informaciones de Artemidoro. En realidad, todas las informaciones de Estrabón son por referencias porque nunca estuvo en Hispania.
También podría considerarse de índole bárbara el tocado de algunas mujeres que ha descrito Artemidoro: pues dice que en algunos lugares llevan collares de hierro que tienen unos ganchos doblados sobre la cabeza que avanzan mucho por delante de la frente, y que cuando quieren cuelgan el velo en estos ganchos de modo que al ser corrido da sombra al rostro, y que esto lo consideran un adorno. En otros lugares se colocan alrededor un disco redondeado hacia la nuca, que ciñe la cabeza hasta los lóbulos de las orejas y que va poco a poco desplegándose a lo alto y a lo ancho. Otras se rapan tanto la parte delantera del cráneo que brilla más que la frente. Otras mujeres, colocándose sobre la cabeza una columnilla de un pie más o menos de alto, trenzan en torno el cabello y luego lo cubren con un velo negro.
Más adelante, el geógrafo se refiere de forma despectiva a una observación con la que se pretende dejar bien claro, por medio de un ejemplo, que los usos de estos pueblos distan mucho de una vida civilizada. Para ello Estrabón relata el uso terapéutico y cosmético que los cántabros y sus vecinos hacían de la orina envejecida en recipientes, y lo presenta como un signo claro de incivilización.
Sin embargo, el litoral oceánico del Norte se ve privado de esto a causa del frío, y el resto más que nada por la negligencia de sus gentes y por vivir no según un ritmo ordenado sino más bien según una necesidad y un impulso salvaje, con costumbres envilecidas; a no ser que se piense que viven ordenadamente los que se lavan y se limpian los dientes, tanto ellos como sus mujeres, con orines envejecidos en cisternas, como dicen de los cántabros y sus vecinos. Esto y el dormir en el suelo es común a iberos y celtas.
En cuanto a la alimentación de los cántabros nos dice también Estrabón que la bellota era la base de su sustento. Durante dos tercios del año, se alimentaban de bellotas, dejándolas secar, triturándolas y moliéndolas y fabricando con ellas un pan que se conservaba bastante tiempo. Esta labor de recolección de bellotas presumiblemente sería realizada por las mujeres en función de lo referido con anterioridad. También se recolectarían y almacenarían otros frutos secos, como avellanas, castañas o nueces. Lo mismo se haría con algunas frutas duraderas como las manzanas. En cuanto al consumo de carne, comían principalmente carne de macho cabrío seca, o sea cecina de chivo. Usaban manteca de cerdo en lugar de aceite. La sal que utilizaban era púrpura, pero que se tornaba blanca una vez molida. Comían una sola vez al día, de modo abundante. O sea, que el ayuno intermitente no tenía secretos para ellos. Usaban vasos de madera, como los celtas. Todos los montañeses eran austeros, bebían normalmente agua, aunque conocían la cerveza y solo tomaban vino en raras ocasiones (Estrabón III, 3, 7).
Dejando por un momento a Estrabón, y centrándonos en los hallazgos arqueológicos, nos situamos en el castro de La Ercina, cerca de Cistierna, en pleno territorio vadiniense. Este asentamiento arranca en la Primera Edad del Hierro, siendo su ocupación más visible en la de la Segunda Edad del Hierro, en torno al cambio de Era, en los tiempos del desenlace de las Guerras Cántabras. En un trabajo reciente se menciona el cultivo de cereales en dicho castro, documentado por análisis polínicos que evidencian el cultivo de trigo, cebada, centeno y mijo, así como siembra de legumbres. Los investigadores encuentran que los cultivos, presumiblemente realizados por las mujeres, no eran rudimentarios, sino que el proceso agrícola era más bien complejo, como lo demuestran el hallazgo de hoces, azadas y rejas de arados de tracción animal. De tal modo era eficaz y productiva esta labor agrícola que los autores indican que la producción era excedentaria (González Gómez 2022).
Además de los útiles de labranza, en este castro se han encontrado molinos circulares, cerámicas pintadas de tradición celtibérica, cerámicas impresas, fíbulas de torrecilla, cuchillos afalcatados, monedas celtibéricas y placas decoradas. También se han encontrado fusayolas –contrapesos que se colocan en el huso para hilar– y abundancia cuentas de collar y colgantes decorados con incisiones. De estos hallazgos se puede deducir la existencia de ajuar y adornos femeninos, y que probablemente las mujeres hilaban y tejían. Algunos de los objetos hallados responden a actividades exclusivas del castro, como la extracción y manufactura de talco durante la II Edad del Hierro. El talco es un mineral muy escaso en la Península Ibérica y una de las contadas minas la hallamos en las cercanías del poblado, en Puebla de Lillo. Tras su extracción el material era trasladado en bruto al poblado donde se manufacturaba, por lo que se piensa que algunos vadinienses tenían actividad comercial con el talco. Esta actividad de minería en principio parecería masculina, aunque su comercialización pudiera ser mixta.
Por otra parte, en el territorio cántabro se conocen dos tumbas, sin restos óseos (el ritual funerario habitual era la incineración), de artesanos del metal con ajuar indicativo de tumbas de herrero. Una en el yacimiento de Vegallares (Rueda de Pisuerga, Palencia) y otra en la cueva del Aspio (Ruesga, Cantabria), datados en el Hierro II final. El yacimiento de Rueda de Pisuerga incluía un yunque de hierro y un escudo circular con reborde metálico de bronce, dos singulares fíbulas de doble torrecilla y un bocado de caballo. En el otro se encontraron unas tenazas típicas de herrero y otros objetos metálicos que ponen de manifiesto actividades metalúrgicas. Estos hallazgos y la actividad comercial del talco indican que la inutilidad de los hombres para el trabajo mencionada al inicio era, al menos en parte, una exageración de los historiadores.
Familia y matrimonio
Del mantenimiento de la unión familiar entre los vadinienses habla el hecho de que las lápidas fuesen colocadas por un hijo/a en 8/2 casos, por el padre en 7, por la madre en 5, por esposo/a en 2/2, hermano en 3 casos, nietos en 3 casos, por el avúnculo en 2 y por un pariente en un caso. También, por los datos de las inscripciones en que aparecen los términos cónyuge o marido, así como cuando el padre y la madre son los dedicantes, y por las menciones expresas de padre y madre concretos, se puede pensar que el sistema matrimonial entre los cántabros vadinienses parecería ser de tipo monogámico.
En este sentido, Estrabón enuncia escuetamente que los montañeses «se casan igual que los griegos». Probablemente, con esta afirmación nos está indicando que el matrimonio de los montañeses era monógamo como en los pueblos civilizados, en contraposición a otra serie de modalidades que aparecen a lo largo de Geographica (comunidad de mujeres, promiscuidad sexual, poligamia, prostitución institucionalizada, incesto generalizado, etc.) como señal de la barbarie de diversos pueblos. La valoración que hace Estrabón de las costumbres de los montañeses, al equipararlas en este punto a la de los griegos, es altamente positiva. Para otros autores la referencia de Estrabón no haría alusión a la monogamia, sino a los rituales del matrimonio, que se corresponderían con un matrimonio patriarcal indoeuropeo, en el que el padre entregaba a la hija y ésta entraba en la familia del marido al casarse (Peralta Labrador, 2003)[4].
El hecho de que las mujeres casaran a sus hermanos, como se verá posteriormente, implica que probablemente el hombre cambiaba de residencia al contraer matrimonio. Por tanto, el matrimonio en la sociedad cántabra sería uxorilocal, la pareja recién casada se establecería en la casa de la esposa (la casa de la madre de la esposa o sus inmediaciones) tras casarse. Esta movilidad en el matrimonio es inversa a la que hemos visto que se daba en la cultura griega y romana, donde era la casada la que se trasladaba al hogar del esposo.
Por el análisis de las lápidas vadinienses se puede comprobar que había alguna relación a la hora de casarse con otras tribus cántabras, en especial con los orgenomescos, sus vecinos al norte. No parece ir de acuerdo con la afirmación previa, de que era el varón el que se movía al casarse, los datos observados en la lápida ya referida de un varón vadiniense, Antonius Flaccus de Corao que pone el epitafio a su esposa orgenomesca Terencia, que en este caso parece ser la que se movió a territorio vadiniense, en la zona asturiana de dicho territorio[5]. Sin embargo, en el caso comentado previamente de la vadiniense Anna de Llenín, que puso la lápida a su marido orgenomesco Domitio Flavo, parece que el que se movió con el matrimonio fue el marido.
El tío materno o avunculus
El avunculado (del latín avunculus, tío materno) es una costumbre que aparece en sociedades donde el hermano de la madre ocupa un lugar de privilegio en el sistema de parentesco o en la crianza de los hijos. En todo el Imperio romano se documentan los avúnculos en unas 150 inscripciones. De éstas, 28 han aparecido en la Península Ibérica, lo que supone una proporción muy alta. En la zona habitada en la antigüedad por los cántabros vadinienses se han localizado 5 epígrafes, todos ellos de la zona leonesa (Figura 2).
El avúnculo aparece como el dedicante de la lápida en 2 epitafios, y en 3 como el fallecido. En los 5 casos aparece el sobrino como «hijo de nombre del padre», por lo que parece quedar claro que el avúnculo no quiere ocupar el lugar del padre. Como se ha referido en cuanto al sistema matrimonial y la forma de expresar la filiación, la figura del tío materno o avunculus entre los vadinienses no puede explicarse como pensaba Schulten por la promiscuidad sexual y la ignorancia de la paternidad; sino que más bien, como han señalado otros autores, probablemente como un exponente de una sucesión matrilineal indirecta. También se ha interpretado al avúnculo como una supervivencia de un régimen matriarcal. Sin embargo, es una figura que tiene relevancia tanto en sociedades de tipo matrilineal, como patrilineal. En los índices del Corpus Inscriptionum Latinarum se observa que son numerosas las inscripciones dedicadas por o al tío materno en contextos diversos, sin que ello quiera decir que estemos ante una sociedad matrilineal (Santos Yanguas, 1997).
Sería así una manifestación de las relaciones contraídas entre el marido, el hermano de la esposa y el hijo de la hermana, y en el que, fruto de los intercambios matrimoniales, el grupo del que procede la esposa conserva deberes y obligaciones hacia ella y sus descendientes. Lo que parece documentarse en las estelas vadinienses dedicadas por el sobrino al avunculus, o bien por el avunculus al sobrino, es que era normal que al desaparecer el padre, el niño quedase bajo la protección y tutela del hermano de su madre, o sea que pasaría a depender y/o ser criado por la familia materna. Una reminiscencia del avúnculo podría ser en nuestra sociedad la figura de los padrinos del bautismo cristiano, habitualmente hermanos, parientes o amigos, que adquieren con el recién bautizado ciertas obligaciones más o menos simbólicas, pero muy presentes en algunas zonas del norte de España.
Embarazo y parto en las mujeres vadinienses
Desconocemos las costumbres vadinienses respecto a la edad mínima para contraer matrimonio, si es que la había, pero sabemos que en la Roma clásica era de 12 años para las mujeres y de 14 para los varones, una edad muy precoz según el pensamiento actual. Esta era la edad oficial; en realidad, en la cultura grecorromana estaba muy establecida la idea de que una «mujer» debía casarse y quedarse embarazada lo antes posible, incluyendo aquí edades en las que hoy vemos a una niña, llegando hasta el punto de que, a las niñas, nada más llegar la edad de la menarquia, se las consideraba preparadas para engendrar y traer vida al mundo. Esto acarrearía probablemente muchos problemas de salud tanto para las griegas como para las romanas.
Por la obra Gynaikeia del médico griego-romano Sorano de Éfeso (98-138 d.C) conocemos algunas curiosidades sobre los consejos para la concepción y el embarazo. El consejo fundamental para la concepción era la idea de retener el esperma. Esto fue una creencia bastante extendida durante toda la Antigüedad. Se pensaba que la concepción duraba varias semanas, por lo tanto, intentar mantener el semen en la vagina era primordial para que el embarazo pudiera seguir adelante (Martínez García, 2025). Es muy probable que también existiesen rituales de fertilidad en relación con ciclos lunares, fuentes, ríos, bosques, invocaciones… que de alguna manera se mantienen en algunos ámbitos hasta nuestros días con carácter más o menos folclórico.
Por otra parte, todas las culturas antiguas han utilizado diversos sistemas anticonceptivos para controlar la fertilidad de las mujeres. Los más utilizados fueron la aplicación de ungüentos vaginales, la colocación de tapones textiles vaginales impregnados de alguna sustancia y los amuletos que eran muy usados por las romanas. En la Biblia (Génesis 38, 8-10) ya aparece mencionado el coitus interruptus (Blazquez Martínez, 2003).
Una vez producida la concepción, para llevar a buen término el embarazo, Sorano de Éfeso daba ciertas recomendaciones, algunas de las cuales hoy en día se siguen teniendo en cuenta. Consejos como evitar realizar ejercicios violentos o levantar objetos pesados pueden escucharse en cualquier consulta ginecológica en la actualidad. También aconsejaba a las embarazadas precauciones con la tos y los estornudos. El principal consejo era guardar reposo, algo que en la actualidad sigue siendo posiblemente la recomendación más habitual de todas. Es curiosa la recomendación del «balanceo» que encontramos de forma recurrente en los tratados médicos de la Antigüedad desde, por lo menos, el Corpus Hippocraticum. No solo se recomienda para una mujer embarazada, sino que se extrapola a las mujeres en general. Esta idea está asociada al ejercicio moderado, algo que para los antiguos era más propio de mujeres, en contraposición al ejercicio físico más exigente que estaba asociado al sexo masculino. En cualquier caso, y volviendo a las mujeres embarazadas, esto no es algo que nos pueda sonar lejano, ya que hoy en día se sigue recomendando que el reposo vaya intercalado con un ejercicio físico de baja intensidad. En cuanto al debate de las relaciones sexuales en el embarazo, en general, la mayoría de los médicos antiguos desaconsejaban practicar sexo durante la gestación. De nuevo, Sorano de Éfeso desaconsejaba las «sacudidas» de las relaciones sexuales, en clara contraposición a los suaves balanceos (Martínez García, 2025).
Adivinar el sexo del futuro bebé es un tema recurrente desde siempre. Hoy en día, y en los últimos 40 años, gracias a los avances tecnológicos resulta bastante fácil, con una ecografía, saber si el futuro bebé será niña o niño. Con este fin, nos encontramos que el Corpus Hippocraticum (siglo iv a.C) hace lo que puede e indica que:
… todas las mujeres que se quedan embarazadas y tienen pecas en la cara, dan a luz una niña, y las que conservan su buen color, dan a luz un varón en la mayoría de los casos. Cuando los pechos se les vuelven hacia arriba, dan a luz un varón, y si es hacia abajo, una hembra. Coger leche de la mujer, mezclarla con harina y hacer un panecillo cociéndolo a fuego lento: si se quema por completo, parirá un varón, y si se entreabre, una niña. Poner esa misma leche en hojas y asarlas: si ésta se coagula, dará a luz un varón, y si se disuelve, una niña.
Opiniones semejantes, de madres y abuelas se han comentado hasta nuestros días y es muy probable que las embarazadas vadinienses escuchasen algunas parecidas.
Son escasos los datos disponibles de las condiciones de los partos en la Antigüedad. La literatura clásica fue poco proclive a describir situaciones que eran consideradas puramente naturales, y por lo tanto comunes entre humanos y las diversas especies de animales mamíferos (García García I y Gozalbes Cravioto E, 2010). Una novedad importante que señala Estrabón es que entre los cántabros, como en otras poblaciones diversas del mundo bárbaro (celtas, tracios, escitas), se producía un hecho que no respondía al modelo de actuación de la mujer greco-romana; el valor y la valentía no sólo existía entre los hombres, sino también entre las mujeres, como quedaba de manifiesto en sus partos. «Con frecuencia paren en el momento en el que se encuentran en plena labor, de forma que lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente del arroyo, y lo envuelven luego» (Estrabón III, 4, 17).
No nos parece del todo creíble lo referido por Estrabón. Probablemente pudiera ocurrir lo dicho de modo excepcional, como ahora puede ocurrir un alumbramiento en un taxi, etc. Parece más razonable que las mujeres vadinienses fuesen asistidas en el parto por alguna otra mujer del castro experta en alumbramientos, por experiencia propia o ajena. Por otra parte, les podían llegar informaciones sobre unas y otras cosas a través de los soldados que volvían tras el reclutamiento, así como a partir de lo visto y oído por alguna otra persona del castro o de la zona en algún desplazamiento a Lancia, León o Astorga, donde con seguridad había médicos y comadronas. Sabemos que las romanas eran asistidas en el parto por comadronas y si era necesario, y lo había disponible, por un médico. Así ha sido, por otra parte, lo habitual en nuestros pueblos hasta bien entrado el siglo xx. Parece razonable pensar que a las mujeres vadinienses les sería proporcionada por su familia y entorno la mejor asistencia disponible, dentro de sus posibilidades. En cualquier caso, unas atenciones escasas y muy limitadas.
Es probable que en el poblado hubiera alguna mujer con conocimientos más o menos útiles sobre procedimientos abortivos. Solían consistir en pócimas de determinadas hierbas, en la compresión abdominal, en sangrías y en procesos instrumentales mucho más peligrosos. Otro asunto es si la capacidad de decidir el aborto era de la madre, del padre, de la familia o del jefe del castro.
La edad media de fallecimiento en las lápidas es semejante en mujeres y hombres (30,6 y 30,5 años respectivamente) en el cómputo general. Sin embargo, el 54,5% de las mujeres con lápida fallecieron antes de los 20 años, frente al 19,6% de los varones (Tabla 3). A estas edades tan jóvenes, las causas generales de muerte podrían ser infecciones (serían esperables por igual en ambos géneros) y/o traumáticas o accidentales (probablemente serían más frecuentes en varones); por lo que, este incremento de la mortalidad femenina por debajo de 20 años probablemente pudiera deberse a problemas obstétricos, por embarazos y/o partos a edades muy jóvenes. Esta pudo ser la causa de muerte de Amia de Cofiño, Cantia de Corain y Superia de Beleño, que murieron con 15 años, de Maisontina de Liegos que murió con 19 años y de Alla de Cármenes y Flavia de Gamonedo de Onís que murieron a los 20 años. En resumen, cuando se analiza de modo independiente a las fallecidas del sexo femenino, más de la mitad murieron antes de los 20 años de edad, valorándose como principal posibilidad las muertes relacionadas con embarazo y parto en edades muy precoces y con escasa asistencia (Álvarez Lario 2017).
Se entiende por mortalidad materna la muerte de una mujer durante su embarazo, parto, o dentro de las seis semanas posteriores al parto, por cualquier causa relacionada o agravada por el embarazo, parto, puerperio o su manejo. No hay datos valorables de la mortalidad materna en la época romana. En la actualidad muchos países africanos y países subdesarrollados tienen tasas cercanas o superiores a 500 mujeres muertas por cada 100.000 nacidos, o lo que es lo mismo una mujer muerta por cada 200 partos. De esta cifra de 500 muertas por cada 100.000 partos no se bajó en los países occidentales hasta el inicio del siglo xx[6]. Es esperable que la tasa de mortalidad materna en los primeros siglos de nuestra era, fuesen superiores a las actuales cifras africanas, pues incluso en los países con peores sistemas sanitarios un buen porcentaje de mujeres tienen acceso a algunos servicios sanitarios y hospitalarios, y que estas cifras no fuesen inferiores a 1000 muertas por cada 100.000 nacidos, o sea, una mujer muerta por cada 100 partos, siendo optimistas.
TABLA 3
Edad de fallecimiento en las lápidas
| EDAD | General | Varones | Mujeres |
Menos de 20 años | 15 | 10 | 6 |
21-30 años | 30 | 29 | 2 |
31-40 años | 6 | 6 | |
Más de 41 años | 1 | 1 | |
Más de 51 años | 4 | 3 | 1 |
Más de 61 años | 4 | 2 | 2 |
TOTAL | 62 | 51 | 11 |
Fuente: Elaboración propia. Se incluyen las lápidas de Barrillos de Curueño, Cármenes y Velilla del Río Carrión.
La edad no se puede identificar en todas las lápidas
La covada
El término covada, derivada de la palabra francesa couvade, a su vez procedente de couver que significa incubar o empollar. Consistía fundamentalmente en que, tras el parto la parturienta volvía a sus quehaceres dentro del hogar, en el campo, o donde fuera, mientras el marido se metía en la cama con el recién nacido, recibiendo los cuidados que debían haberle proporcionado y ofrecido a la madre (Figura 4). De esta práctica entre los vadinienses no aparecen referencias directas en sus lápidas, ni hay otros datos arqueológicos. Las primeras noticias nos las proporciona de nuevo Estrabón: «Estos rasgos son comunes también a las tribus célticas, tracias y escitas, y es común también la valentía de sus hombres y mujeres; pues éstas trabajan la tierra, y cuando dan a luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos y los cuidan» (Estrabón III, 4, 17).
La costumbre de la covada no solo era practicada por cántabros y otros pueblos del Norte de Hispania, sino que es un rito documentado en otros pueblos europeos y asiáticos, en principio sin contacto entre ellos, así como en culturas americanas precolombinas y de Oceanía. Avanzando en el tiempo, la costumbre se mantuvo en nuestro país hasta épocas mucho más recientes. Así, estuvo vigente hasta mediados del siglo xvii en el Valle de Pas (Cantabria), en Huesca, en la zona de la Maragatería (León), en las provincias vascongadas, en la zona de Poza de la Sal (Burgos) y en Mallorca. Quizás la pervivencia de la costumbre en estas zonas se debiera a las mismas razones que explicaba Estrabón para los cántabros, es decir, territorios aislados que mantendrían un costumbrismo ancestral, caracterizado por un gran apego a sus tradiciones culturales.
La interpretación de este rito fue estudiada por el antropólogo suizo Johann Jackob Bachofen (autor en 1861 de la primera monografía sistemática sobre el matriarcado), que relacionaba esa práctica con un presunto matriarcado existente en el Neolítico y el paso a un sistema patriarcal, en el que los hombres tratarían de conquistar el poder en manos femeninas. Esta hipótesis está en la actualidad muy contestada. Para otros la función social de la covada sería reafirmar el papel o la legitimidad del padre. Se trataría, en resumen, del reconocimiento público y expreso del padre al hijo como suyo (Ruiz Gutiérrez, 2018).
Para Caro Baroja la covada indicaba que los hombres resaltaban, además del reconocimiento, sus derechos sobre el neonato (Caro Baroja, 1977). En algunas interpretaciones, la madre pasaría así a ser una mera incubadora o nido del niño, frente a la posición generadora de vida del padre. Durante siglos en Occidente se consideró que el esperma era el único y sagrado principio activo de la reproducción, en el que la mujer tenía un mero papel de receptáculo. La existencia y presencia necesaria para la concepción del óvulo (descubierto en 1827 por el biólogo y embriólogo estonio-alemán Karl Ernst von Baer), limitaba a la mujer a ser solo una especie de incubadora, pues toda la generación de vida estaría en el esperma masculino, convirtiendo en básico el reconocimiento por el varón de la nueva criatura.
Sorprende en el mundo actual, y también le llamaba la atención a Estrabón, la renuncia de la mujer a sus cuidados y a su papel social y biológico, por el reconocimiento del hijo por su padre. Serían sociedades en las que, por uno u otro motivo, el reconocimiento del recién nacido por el padre tendría una especial importancia. En este sentido, cabe recordar lo referido previamente en relación con la filiación del difunto en las lápidas vadinienses, que siempre se expresa por medio del nombre del padre y nunca de la madre.
Finalmente, algunos antropólogos consideran como una vuelta a la covada, o un residuo de ésta en las sociedades occidentales, la costumbre actual de los hombres de acompañar a las embarazadas al obstetra y de asistir con ellas a cursos de preparación al parto y al momento del alumbramiento, así como que se den bajas por paternidad a los hombres. La interpretación habitual suele ser más positiva y saludable, señalando fundamentalmente la importancia del acompañamiento y la colaboración en los cuidados del recién nacido.
La ginecocracia de Estrabón
La idea de la existencia de un régimen de tipo matriarcal entre los cántabros y, por extensión, entre todos los pueblos del Norte en época prerromana se fundamenta de nuevo, en buena parte, en el conocido texto de Estrabón (Estrabón III, 4, 18): «Entre los cántabros es el hombre quien dota a la mujer, y son las mujeres las que heredan y las que se preocupan de casar a sus hermanos; esto constituye una especie de ginecocracia, sistema que no es ciertamente civilizado».
Estrabón se sorprendió del poder o la capacidad de decisión que tenían las mujeres cántabras. En concreto, refiere tres prácticas en las que el peso recaía en la mujer, en contradicción con el modelo de familia grecorromano (basado en la supremacía del pater familias). A saber, entre los cántabros los maridos entregaban la dote a las esposas, las hijas heredaban y las mujeres elegían las esposas de sus hermanos. Este planteamiento iba en contra de la costumbre romana que Estrabón considera como el modo civilizado (Ruiz Gutierrez, 2018). En el modelo civilizado romano el pater familias ordena y manda y por la patria potestas tiene poder absoluto y plena capacidad jurídica sobre el resto de las personas de la casa. Según la Ley de las XII Tablas, el pater familias tenía vitae necisque potestas (poder de vida o muerte) sobre sus hijos, su esposa y sus esclavos, todos los cuales se decía que estaban sub manu –bajo su mano–.
En el caso de los cántabros ningún autor especifica la naturaleza ni la cuantía de la dote. Tan solo sabemos por Estrabón que esta era aportada a la futura esposa por el marido, de lo que se deduce que la mujer manejaba bienes y, por lo tanto, tenía algún poder económico. Otro dato que apunta en el mismo sentido tiene que ver con la herencia, pues de las palabras del geógrafo parece deducirse que sólo ellas detentaban la propiedad de la tierra y las casas. Por último, el hecho de que las mujeres casaran a sus hermanos sugiere que probablemente el hombre cambiaba de residencia al casarse, como se ha referido previamente. Estrabón no llegó a afirmar que existiera un matriarcado completo, sino que usó la expresión «una especie de ginecocracia» para describir estas costumbres.
Las teorías evolucionistas del siglo xix sostenían la existencia de un hipotético matriarcado característico del Neolítico, sustituido por el patriarcado con posterioridad. Hoy día la existencia histórica de un matriarcado es ampliamente cuestionada. Los investigadores han abandonado en gran parte estas tesis evolucionistas, considerando que la tesis matriarcal tiene cada vez menos base a la hora de intentar establecer las características de la organización social de los cántabros en época antigua (González Rodríguez MC, 1993).
Estrabón afirma que la organización de los cántabros no era en sí misma salvaje como otras costumbres cántabras –acababa de referirse a la crueldad y heroísmo en la guerra– pero sí poco civilizada. La idea de que las mujeres tuvieran un papel predominante en la sociedad era incompatible con el concepto de civilización de un griego como Estrabón y del mundo romano. Para el geógrafo una sociedad civilizada era una sociedad patriarcal. La descripción que Estrabón hace del tipo de matrimonio entre los cántabros no es suficiente para demostrar la existencia de una «ginecocracia» o matriarcado, puesto que, si bien las mujeres tenían un papel importante en los intercambios matrimoniales (las hermanas dan esposa a sus hermanos), no se debe olvidar que los hombres dotan a las mujeres, lo cual indica que el hombre posee un importante papel económico en la sociedad cántabra. Que eran los hombres los que dirigían la sociedad se aprecia en que éstos eran los jefes guerreros, los representantes de los grupos gentilicios, los firmantes y testigos de los pactos de hospitalidad, etc.
En este sentido, puede tener interés el hecho de que no se encuentre en las lápidas vadinienses femeninas el torques como ornamentación. La mayoría de los autores consideran que el torques no es solo un objeto decorativo sino que representa un señal de nobleza, o una especie de condecoración otorgada a los mejores guerreros. El torques indicaría una posición social elevada del fallecido, manifestando con ello su poder social y económico. Sin embargo, es posible que esta falta de torques en los epitafios femeninos se deba a la diferente datación de las lápidas. El torques adornó las lápidas solo en el siglo ii, y todas las lápidas femeninas son a partir del siglo iii (únicamente la lápida de Concordia de Barrillos de Curueño está datada a finales del siglo ii).
En definitiva, tanto el poder militar como el político estaban en manos de los hombres, aunque la mujer pudiera ocupar una posición significativa y elevada en la sociedad, con respecto a la mujer romana.
Mujeres guerreras
Las mujeres del norte de la península ibérica vivían en una sociedad donde la guerra era frecuente y la supervivencia dependía de la capacidad de defenderse. Su participación en combates no era solo una cuestión de necesidad, sino también de identidad cultural y resistencia frente a las invasiones extranjeras (Figura 5).
Las crónicas romanas mencionan que las mujeres de varias tribus hispanas, incluidas las del norte, participaban en combates junto a los hombres. Así se refiere que en Lusitania y Gallaecia, las mujeres combatían al lado de los hombres, demostrando una gran resistencia y valentía. El historiador romano de origen griego Apiano (c. 95 - c.165), a propósito de la campaña de Bruto del año 138 a. C. en el noroeste hispano, rememoró cómo entre los brácaros (en el norte del Portugal actual, en la zona de Braga) las mujeres acudían a los combates y las que eran capturadas preferían quitarse la vida, e incluso matar a sus hijos antes que caer en la esclavitud.
[…] llegó a otro río, el Miño, y fue contra los Brácaros porque le robaban sus provisiones. Estos son un pueblo cuyas mujeres armadas también luchan con ellos y mueren valientemente sin que nadie retroceda, ni vuelva la espada, ni se queje. De las mujeres que fueron capturadas, algunas se suicidaron y otras decapitaron a sus hijos con sus propias manos, prefiriendo la muerte a la esclavitud (Apiano, Historia Romana. Sobre Iberia).
También se menciona que en el país de los ártabros, situado en el noreste de la Galicia actual, en la zona de las rías de La Coruña y Ferrol, las mujeres iban a la guerra, mientras que los hombres se quedaban en casa. También entre los ártabros las mujeres trabajaban en la extracción de oro de los ríos (Caro Baroja 1977).
Durante las guerras cántabras, es muy probable que las mujeres participaran con los hombres en la defensa de sus poblados. Volviendo a Estrabón, narra acontecimientos que ocurrieron durante las guerras cántabras (con notables semejanzas a lo descrito por Apiano), donde da cuenta de la dureza, valentía y también de la crueldad de las mujeres cántabras, muy alejada de lo que considera un comportamiento civilizado. En realidad se podría interpretar como deseo de libertad y de evitar a toda costa ser hechos prisioneros y esclavos.
Además de estas insólitas costumbres se han visto y se han contado muchas otras cosas de todos los pueblos de Iberia en general, pero especialmente de los del Norte, relativas no sólo a su valor, sino también a una crueldad y falta de cordura bestiales. Por ejemplo, en la guerra de los cántabros, unas madres mataron a sus hijos antes de ser hechas prisioneras, y un niño, estando encadenados como cautivos sus padres y hermanos, se apoderó, por orden de su padre, de un acero y los mató a todos, y una mujer a sus compañeros de cautiverio lo mismo. Y uno, al ser llamado a presencia de unos soldados borrachos, se arrojó a la hoguera.
En definitiva, es muy probable que las mujeres del norte de Iberia, incluidas las cántabras, participaran activamente en combates y defendiendo sus comunidades con gran coraje. Una vez finalizadas las guerras cántabras y llegada la pax romana, podemos asumir que la participación de las mujeres vadinienses en guerras finalizó. Las mujeres no formaban parte del ejército romano.
Sabemos también por Estrabón que los cántabros se preparaban para el combate y la competición: «Realizan también competiciones gimnásticas, de hoplitas e hípicas, con pugilato, carrera, escaramuza y combate en formación». Desconocemos si en esta preparación intervenían también mujeres. Es posible que algunos jóvenes vadinienses aprovechasen sus conocimientos en combates y en la caballería, para la participación en competiciones de todo tipo a las que tan aficionados eran los romanos. En este tipo de competiciones es conocida la participación de mujeres, siendo conocidas varias gladiadoras famosas en el imperio (Pastor Muñoz M, Mañas Bastida A, 2012). En el año 200 d.C. Septimio Severo prohibió los combates de mujeres gladiadoras, por lo que no es esperable que las mujeres vadinienses participaran como gladiadoras a partir de ese año, aunque sí lo podrían hacer en otro tipo de competiciones, como las hípicas. Se ha sugerido que algunos de los vadinienses con lápida, y entre ellos Maisontina de Liegos (Figura 6), cuyo caballo es un semental, podrían haber sido campeones locales en este tipo de competiciones hípicas. También lo apunta la lápida de Flavia de Gamonedo de Onís, en cuyo caballo aparece inscrito FLA VIN (interpretado como Flavia vincas, y traducido ¡Flavia que venzas!). Igualmente sugiere esta actividad de competición hípica, el hecho de que las tres lápidas femeninas con caballo (Maisontina, Flavia y Superia) también tengan ramo o palma. La palma era el simbolo de la victoria en el mundo romano (Figura 7). Muchos hispanos participaron en espectáculos del circo romano, llegando algunos a tener fama en todo el imperio. Quizá algunos vadinienses pudieron encontrar en estas actividades su modo de vida.
BIBLIOGRAFÍA
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NOTAS
[1] En 65 epitafios se indica quién se encargó de poner la lápida, siendo esta puesta por un amigo en 14 casos (trece como un amigo individual y uno como sus amigos). Todos ellos corresponden a epitafios de varones.
[2]Lo mismo comentan Estrabón y otros historiadores de la antigüedad de otros pueblos semejantes. De los vettones (en las actuales Ávila o Salamanca), decía este geógrafo que «no concebían otra actitud en la vida que la de estar tranquilamente sentados o combatir» (Estrabón III, 4, 16). En Pompeyo Trogo (Epítome de Justino, XLIV,3,7) las mujeres celtíberas aparecen dedicadas a la agricultura mientras que los hombres son bandidos: «Feminae res dometicas agrorumque culturas administrant, ipsi armis et rapinis serviunt». Esta mentalidad se describe también entre otros pueblos bárbaros de una base cultural similar a la de los cántabros. Sobre los tracios dice Herodoto: «Permanecer ocioso lo consideran el mayor de los honores y trabajar la tierra la mayor de las infamias; para ellos lo más decoroso es vivir de la guerra y del pillaje» (Herodoto V, 6). En cuanto a los germanos, Tácito asegura que ese era precisamente el género de vida de la clase guerrera: «No se les puede convencer para que aren la tierra o esperen la cosecha tan fácilmente como para que provoquen al enemigo o se expongan a las heridas; es más, les parece de apocados y cobardes adquirir con sudor lo que puede lograrse con sangre»; y a continuación añade que «cuando no guerrean, se dedican algo a la caza, pero pasan la mayor parte del tiempo sin ocuparse de nada, entregados al sueño y a la comida» (Tácito, Ger., XIV, 4 y XV, 1). Esto es lo que había, o lo que nos han transmitido los historiadores romanos que había. Probablemente sea un verdad a medias para resaltar la barbarie del enemigo.
[3] El vestido masculino solía consistir en un poncho de color negruzco, que les servía también para arroparse durante el reposo nocturno. La vestimenta masculina se complementaría con la braccae, un pantalón masculino utilizado extensamente por los pueblos cántabros prerromanos, junto a una túnica de lino, ceñida por la cintura, y cubriendo todo, un sagum o especie de poncho, negro de lana gruesa, que hacía las veces de abrigo y como se ha dicho, de manta para dormir.
[4] Simplificando, las ceremonias nupciales griegas se parecerían a nuestras bodas populares de hace unos años, con pedida de mano, preboda, boda y tornaboda. Antes de la boda se establecía el compromiso matrimonial por medio de la ceremonia de la engyesis y se estipulaban la dote y el ajuar. Algo así como la pedida de mano. Poco tiempo después se celebraba la boda propiamente dicha (écdosis, o entrega de la novia al esposo), que comenzaba la víspera del día en que la novia tenía que cambiar de hogar. Se realizaban entonces unas ceremonias con rogativas y sacrificios a las divinidades protectoras del matrimonio y un baño ritual de purificación de la novia. El día de los esponsales (gamos) se celebraban sacrificios y el banquete solemne en la casa del padre del novio. Al anochecer, los parientes y amigos acompañaban en festiva comitiva a la joven desposada a su nueva casa, cantando canciones de boda y alumbrando el camino con antorchas. Con una de ellas, encendida por la madre en el hogar paterno, encendía ésta a su vez el fuego en la morada de los novios, los cuales cruzaban el umbral junto con sus madres. Al día siguiente los parientes y amigos aportaban sus regalos a la recién casada que, poco después, era recibida en la fratría o confraternidad a la que pertenecía su marido, terminándose la ceremonia con otro sacrificio y un banquete (Flacelière, 1993).
[5] Una revisión reciente del texto de esta lápida propone el cambio del nombre de la fallecida de Terencia a Arocia Materna (Martino, 2020).
[6] Los países con mejores datos en la actualidad tienen tasas inferiores a 10 muertes por 100.000 nacidos vivos (5 por 100.000 en España).