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Revista de Folklore número

518



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Las mascaradas invernales de Castilla y León: tradición, identidad y evolución

MOSTAZA PRIETO, Abel

Publicado en el año 2025 en la Revista de Folklore número 518 - sumario >



Resumen

Las mascaradas de invierno de Castilla y León representan una tradición cultural viva que combina raíces ancestrales con elementos cristianos y dinámicas sociales contemporáneas. Este artículo expone su evolución histórica, su simbolismo ritual y resignificación en el contexto actual. Además, aborda cómo las redes sociales han influido en su difusión, tanto las oportunidades como los desafíos que esto supone. La exposición mediática ha permitido visibilizar estas celebraciones a nivel global, pero también ha generado tensiones relacionadas con la autenticidad, la comercialización y la propagación de información errónea. Finalmente, se reflexiona sobre cómo estas festividades dialogan entre continuidad y cambio para preservar su relevancia como patrimonio inmaterial en un mundo interconectado.

Palabras clave

Mascaradas de invierno. Castilla y León. Redes sociales. Patrimonio inmaterial. Resignificación cultural. Difusión cultural. Autenticidad.

Abstract

The winter masquerades of Castilla y León are a living example of cultural resilience, blending ancestral roots with Christian elements and contemporary social dynamics. This article examines their historical evolution, ritual symbolism, and cultural resignification in the modern era. Furthermore, it explores the impact of social media on their dissemination, highlighting both opportunities and challenges. While global visibility has enhanced their appreciation, it has also raised issues of authenticity, commercialization, and misinformation. Finally, the article reflects on how these celebrations balance continuity and change, maintaining their relevance as intangible heritage in an interconnected world.

Keywords

Winter masquerades. Castilla y León. Social media. Intangible heritage. Cultural resignification. Cultural dissemination. Authenticity.

Introducción

Las mascaradas invernales, ampliamente celebradas en Castilla y León, son mucho más que fiestas populares: son expresiones culturales con profundas raíces históricas y significados simbólicos complejos. Estas manifestaciones, protagonizadas por personajes enmascarados que desfilan por las calles de los pueblos, han sobrevivido a lo largo de los siglos como ritos de paso, medios de transmisión de identidad y espacios de resistencia cultural. Sin embargo, su evolución ha estado marcada por cambios sociales y demográficos que han transformado tanto su significado como su forma de celebración.

A través de un enfoque interdisciplinar, este artículo examina las mascaradas desde múltiples perspectivas: sus raíces históricas, su simbolismo y función en las comunidades rurales, su impacto sociológico y los desafíos contemporáneos que enfrentan. En particular, se pone énfasis en las «cuatro caras» de las mascaradas, analizando el papel de los actores, los transmisores de la tradición, los espectadores y los investigadores en la construcción de su significado y su preservación.

1. Raíces históricas y significado simbólico

Las mascaradas de invierno tienen un origen que se remonta a las prácticas religiosas y culturales de las sociedades prerromanas. Según Blázquez (1983, 62), estas celebraciones estaban profundamente vinculadas a los ciclos agrícolas y a ritos de fertilidad. Los rituales que hoy observamos son una amalgama de tradiciones paganas y elementos cristianos, resultado de procesos de sincretismo cultural que se intensificaron durante la romanización y la Edad Media en los que, a ojos de Joaquín Díaz, se buscaba cubrir la desnudez, a modo de pudor cristiano, buscando esa sacralización de la festividad (Díaz González 2009, 99). En este sentido, las mascaradas no solo reflejan creencias religiosas, sino también estructuras sociales y económicas que han variado con la propia historia de las civilizaciones que de ellas se han servido.

Las mascaradas son celebraciones tradicionales que tienen lugar principalmente en invierno o durante el Carnaval, especialmente en el noroeste de la Península Ibérica. Estas festividades se caracterizan por la presencia de figuras grotescas que, mediante máscaras desproporcionadas y atuendos llamativos, encarnan seres demoníacos, animales míticos o personajes de leyendas locales (Callejo Cabo, Las mascaradas de invierno 2022, 300). Estos elementos están profundamente arraigados en un simbolismo que conecta al ser humano con las fuerzas de la naturaleza y las creencias ancestrales. Desde la antigüedad, los ciclos naturales y meteorológicos se interpretaron como expresiones divinas, lo que llevó al establecimiento de rituales y celebraciones que intentaban establecer una conexión entre el hombre y el cosmos. Como afirma sabiamente Calvo Brioso (2009, 38), no puede existir rito sin mito.

Con la transición de la sociedad pastoril a la sociedad agrícola, los mitos evolucionaron. Entre las comunidades ganaderas surgió el culto a divinidades asociadas al cielo y al Sol, representadas en forma de toro, un símbolo de poder fecundador que dotaba de nuevas reses tras el ritual del propio apareamiento en el que el pastor era un agente cooperativo al ayudar al semental en su acción copulativa. Estas creencias rememoran tradiciones más antiguas, como los taurobolios, bacanales o cultos mitraicos donde «el toro encarnaba la fertilidad y la renovación» (Roman y Silva Miguel 2000, 8-17). Paralelamente, en las culturas agrícolas predominaba el culto a la Tierra como una diosa madre, vinculada a la fecundidad y al ciclo lunar que simbolizaba el nacimiento y renacimiento tras el periodo de muerte vegetativa del otoño. Como señala Atienza (García Atienza 1997, 70), estas representaciones pueden evocar incluso figuras prehistóricas como el Chamán de Trois Frères, hallado en pinturas rupestres de la cornisa cantábrica y el sur de Francia donde los eruditos sobre ese llamado «arte rupestre» han querido ver una asociación entre lo espiritual y lo ritual.

Los participantes, usualmente jóvenes de la comunidad, persiguen y asustan a los vecinos al tiempo que generan ruido con cencerros y otros instrumentos, en un simbolismo destinado a purificar y proteger la localidad de males y espíritus malignos. Más allá de su apariencia lúdica, estas fiestas tienen un trasfondo ancestral, relacionado con ritos de paso, fertilidad y mitos locales, muchas veces transformados por la tradición en una forma de exorcizar los miedos colectivos y celebrar la renovación de la comunidad.

En su origen, las mascaradas surgieron como una forma de procesar traumas históricos o eventos desconcertantes, como brotes de peste o la aparición de figuras oscuras, que las comunidades reinterpretaron y mitificaron a lo largo de los siglos. Estas fiestas no solo rememoran leyendas, sino que también integran elementos rituales precristianos, convirtiéndose en una mezcla de teatro popular, catarsis colectiva y celebración cultural que mantiene vivos los vínculos entre lo mítico, lo festivo y lo espiritual. Son auténticos ritos de paso asentados en las comunidades que las celebran (Calvo Brioso 2009, 31).

La riqueza simbólica de las mascaradas reside en su capacidad para conectar a las comunidades con sus raíces ancestrales y con el entorno natural. Como señala Dacosta Martínez (2001, 265), las mascaradas actúan como un espejo en el que las comunidades rurales reconocen tanto su pasado como sus aspiraciones de futuro. Este vínculo intergeneracional es esencial para entender su persistencia y relevancia en la actualidad.

2. Sociología y elementos de las mascaradas

Las mascaradas de Castilla y León son una manifestación cultural rica en simbolismo donde se combinas tradición, identidad y evolución. Tradicionalmente, han sido lideradas por los mozos, quienes asumían el protagonismo en un claro rito de paso hacia la madurez al ser ellos quienes organizan la celebraciones (responsabilidad) y demuestran su fuerza y capacidad en actividades como la confección de trajes, preparación de espacios y actuaciones físicas durante los rituales. Este protagonismo ha ido disminuyendo debido a la migración rural y el envejecimiento de la población, aunque, como veremos, en algunos casos se ha revitalizado con la inclusión de mujeres en roles principales.

Calvo Brioso (2009, 29-31) hizo un análisis detallado de aquellos elementos que integraban las mascaradas. De estos me permito resaltar cinco que son aquellos que, a mi parecer, suponen los rasgos de identidad inherentes a toda mascarada.

El primero de ellos sería su carácter invernal, inscrito originalmente en los «Doce Días Mágicos» entre Navidad y Epifanía, especialmente los días 26, 27 y 28 de diciembre que coinciden con las festividades de San Esteban, San Juan Evangelista y los Santos Inocentes[1].

El segundo elemento sería el uso de máscaras (donde se incluye la pintura facial que también actúa como transformación simbólica) cuyos colores predominantes, negro y rojo, reflejan las influencias demoníacas y fértiles paganas y medievales.

Un tercer elemento sería el sonido de cencerros, esquilas y campanillas. Estos elementos, romperían las vibraciones causadas por las entidades malévolas y alejarían desastres y malos espíritus. No es de extrañar que el ruido de estos esté asociado a conjuraderos, nubero y demás entidades feéricas. Ya Jesús Callejo advierte de esa función apotropaica en varios de sus libros (2002, 369) (2019, 36-37). Su contraparte, los instrumentos fustigadores y el lanzamiento de cenizas, harina o agua tienen una función purificadora y fertilizadora, reminiscente de ritos precristianos como esas Lupercales que antes mencionábamos. De esto se infiere ese caos controlado, réplica simbólica de la desordenada naturaleza invernal, donde ruidos, carreras y desórdenes rituales destinados a provocar el cambio cíclico hacia la primavera.

Un cuarto elemento sería su ámbito de actuación, plenamente local y limitado a calles y plazas de las localidades donde se celebran. Para que exista una idea de comunidad, es necesario entenderse frente al «otro», de ahí la necesidad de limitar su espacio íntimo. Este simbolismo se refuerza en las comidas comunitarias que sirven como espacios de cohesión y reconciliación y que en ocasiones están restringidas a los participantes.

Finalmente, el quinto elemento, vinculado a esa idea comunal del punto precedente, estaría el rol desempeñado por los actores: jóvenes (de los cuales ya he hablado) y personas mayores (guardianes y transmisores de la memoria cultural; los espectadores locales y externos, etc. Sin embargo, esta interacción entre el «nosotros» y el «vosotros», entre el vecino y el visitante; puede generar tensiones cuando los elementos tradicionales chocan con sensibilidades contemporáneas, como ocurre con las prácticas apotropaicas más físicas (Calvo Brioso 2009, 61) que, en pro de suavizarse en tiempos recientes, han transfigurado ese carácter de renovación y protección a favor de lo «políticamente correcto».

A lo largo del tiempo, las mascaradas han mostrado una extraordinaria capacidad de resiliencia y se han sabido transformar a las nuevas dinámicas sociales. La pregunta que debemos hacernos, y a la que difícilmente llegaremos a consenso es si esa transformación altera la identidad de la celebración. ¿Se pierde? ¿Se transforma? ¿Está en peligro por las nuevas prácticas? Su carácter local, los roles de los actores y la riqueza simbólica de sus rituales las convierten en un espejo de las comunidades que las celebran, ¿pero permite esto mantener viva la raíz mientras se dialoga con los retos del presente? Han de ser los etnógrafos quienes sacien nuestras dudas: mientras que algunos actores y espectadores ven su labor como una forma de preservar y dar visibilidad a las mascaradas, otros temen que su intervención pueda desvirtuar o comercializar estas tradiciones. En palabras de Calvo Brioso (2009, 24):

El hombre es el único ser que celebra periódicamente, reflexionando sobre sí mismo y su actividad en una repetición constante que apunta tanto al pasado como al futuro. La festividad, sin embargo, solo puede celebrarse en comunidad, donde todos los participantes intervienen en condiciones de igualdad. Como expresión simbólica y social de esa comunidad, cada festividad tiene una proporción adecuada: si es demasiado pequeña, se atrofia; si es demasiado grande, degenera. En la actualidad, esta última tendencia se ha intensificado hasta límites inimaginables. Desde pequeñas aldeas con escasa población, donde apenas hay suficiente gente para portar al santo patrón y el pendón, resistiéndose a abandonar lo que constituye su última seña de identidad, hasta festividades masivas promovidas por los medios de comunicación, donde las personas solo actúan como espectadores de celebraciones desprovistas de ritualidad. Esta dinámica refleja la eterna pugna entre razón y emoción.

3. Transformaciones contemporáneas

Las mascaradas de invierno en Castilla y León han mostrado una extraordinaria capacidad para adaptarse a los cambios sociales, económicos y culturales que han transformado la vida rural a lo largo del siglo xx y principios del xxi. Sin embargo, estas adaptaciones no han estado exentas de desafíos y controversias. Las transformaciones contemporáneas abarcan desde modificaciones en las fechas de celebración hasta la reconfiguración de los roles de género, la reinterpretación de los rituales y, en tiempos recientes, el impacto de las redes sociales y las dinámicas globales que son una muestra y reflejo de las generaciones actuales, partícipes de la tensión entre la necesidad de innovación y el deseo de preservar la autenticidad cultural (bajo ese paradigmático étimo de «tradición»).

3.1 Cambios en las fechas de celebración

Uno de los cambios más evidentes en las mascaradas es el traslado de las fechas tradicionales de celebración. Originalmente, las mascaradas coincidían con los llamados Doce Días Mágicos, que abarcan desde la Navidad hasta el Día de Reyes o Epifanía. Este periodo era considerado una etapa liminal, marcada por la inversión de roles y el caos como preámbulo a la renovación del ciclo anual. El traslado de estas celebraciones al verano, como se analiza en este apartado, representa una ruptura con este contexto simbólico original que altera su asociación con la fertilidad, el caos invernal y los ritos de purificación. El simbolismo que entendía la pugna entre luz-oscuridad, donde la primera salía victoriosa en el equinoccio de invierno, se ve trasladada a aquellas fechas en las que, al contrario de este, las noches comienzan a ser poco a poco más largas: el equinoccio de verano. Esta transformación antagónica no solo obedece a razones pragmáticas, como veremos, sino que también invita a reinterpretar la conexión entre las mascaradas y las temporalidades del presente (Junta de Castilla y León s.f.).

No desvelo nada si afirmo que la mayoría de nuestros pueblos pierden población, son muchos los jóvenes (y no tan jóvenes) que en busca de un trabajo, una estabilidad económica, familiar u cualquier otro motivo, abandonan el pueblo en el que crecieron o el pueblo que les acogía aquellos veranos de la infancia. Por ejemplo, en localidades como Villarino tras la Sierra, los protagonistas de las mascaradas suelen ser hijos o nietos de emigrantes que regresan al pueblo exclusivamente para estas celebraciones. Aunque este fenómeno ha permitido mantener viva la tradición, también ha generado debates sobre su autenticidad. Para algunos, trasladar las mascaradas al verano supone una ruptura con su esencia invernal, que está intrínsecamente relacionada con los ciclos agrícolas y las festividades cristianas. No obstante, para otros, este cambio es un ejemplo de resiliencia cultural, ya que permite que las mascaradas sigan siendo relevantes en un contexto de cambio demográfico.

Este fenómeno, por lo tanto, obedece a una necesidad pragmática: garantizar la participación activa de personas que asuman los roles de los enmascarados. Dado que gran parte de la población vinculada a estas tradiciones reside fuera de las localidades rurales, los periodos vacacionales estivales se presentan como la oportunidad más viable para reunir a quienes mantienen viva la tradición. No faltaran, aún así, defensores de la «autenticidad» que busquen revertir esta tendencia y restaurar las fechas originales de las mascaradas bajo el argumento, igualmente comprensible, a mi modo de verlo, de que el cambio altera la relación de estas celebraciones con el calendario litúrgico y transforma su esencia misma.

En algunos casos, esta transformación ha llevado a reinterpretar las festividades. Cuando las mascaradas de invierno asociadas a San Juan Evangelista (27 de diciembre) son trasladadas al verano, se intenta dotarlas de un nuevo significado que las relacione con el otro San Juan: San Juan Bautista (24 de junio). Cuando las inocentadas (bromas) que se gastan el día de los Santos Inocentes (28 de diciembre) son trasladadas al 5 de abril (April Fools’ Day), su carácter religioso se pierde en favor de la globalización.

3.2 Inclusión de mujeres en los roles principales

Tradicionalmente, las mascaradas han sido celebraciones dominadas por los hombres, quienes asumían los roles principales y organizaban los rituales con un evidente marcaje de paso (inclusión del joven, ahora adulto, en la comunidad). Las mujeres, por su parte, solían participar de manera indirecta, confeccionando trajes, preparando comidas o desempeñando roles secundarios (que eran, igualmente, ritos de paso asociados a su género). Sin embargo, en las últimas décadas, la inclusión de mujeres en papeles destacados ha transformado estas festividades.

Un caso emblemático es la Zafarronada de Riello, en León, donde las mujeres no solo participan activamente, sino que también interpretan a los Zafarrones, papel históricamente reservado a los hombres. Este cambio refleja una transformación más amplia en las dinámicas de género en las comunidades rurales y ha sido recibido con reacciones mixtas. Mientras que algunos consideran que la participación femenina revitaliza y enriquece las mascaradas, otros argumentan que esta inclusión altera su esencia tradicional[2].

Cabe destacar que la incorporación de las mujeres no es una innovación completamente nueva. Vinculado con el punto anterior (Cambios en las fechas de celebración), estudios como el de Montesino (2004, 131) describen cómo las mujeres han jugado un papel crucial en la preservación y recuperación de mascaradas en peligro de desaparición. Ejemplos de ello son la Asociación de Mujeres “Cruz de los Burbujos» que ha revitalizado la Vaca Bayona de Carbellino, o las mujeres de la Comisión de Fiestas de San Vicente de la Cabeza, quienes han impulsado la recuperación del Atenazador.

3.3 Reinterpretación y adaptación de los rituales

Otra transformación significativa es la reinterpretación de los rituales para hacerlos más accesibles a las nuevas generaciones y al público en general; no olvidemos que ahora ha de primar lo políticamente correcto incluso en la sociedad tradicional. En algunos casos, los elementos más controvertidos o violentos de las mascaradas, como el uso de ceniza o barro para manchar a los espectadores, han sido suavizados o eliminados (Calvo Brioso 2009, 89). Asimismo, algunos ritos tradicionales que implicaban burlas explícitas o críticas personalizadas han sido reformulados para evitar ofensas en el contexto actual. Éstas tenían una importante función fertilizadora y purificadora (Junta de Castilla y León s.f.).

Por otro lado, la creciente atención mediática y turística ha llevado a una mayor teatralización de las mascaradas. En muchas localidades, los rituales se han adaptado para atraer a visitantes, lo que ha generado una mayor visibilidad pero también ha suscitado preocupaciones sobre su comercialización. Esta tensión entre tradición y modernidad plantea preguntas cruciales sobre el futuro de las mascaradas bajo la paradoja de Teseo: ¿hasta qué punto es posible adaptarlas sin perder su esencia?

3.4 La dimensión tecnológica y su impacto

La tecnología y, en particular, las redes sociales, han jugado un papel crucial en la transformación contemporánea de las mascaradas. No cabe ninguna duda de que estas herramientas permiten la trascendencia de estas fiestas más allá de sus contextos locales, y provocan un renovado interés divulgativo nacional e internacional, además de atraer nuevos participantes y apoyos para su preservación. Sin embargo, la masificación de la información también ha generado riesgos asociados a la desinformación, la comercialización excesiva y la pérdida de elementos fundamentales de su esencia comunitaria.

Por un lado, plataformas como Instagram, Facebook, TikTok y YouTube han democratizado el acceso al conocimiento sobre las mascaradas, difundiendo imágenes y vídeos que muestran su riqueza visual y simbólica.

Otro desafío derivado de la visibilidad mediática es la progresiva «folclorización» de las mascaradas; «folclorización» que tiende a simplificar su complejidad simbólica para satisfacer las expectativas de un público externo. En este contexto, elementos fundamentales como el secreto, la interacción directa y la carga ritual pueden desaparecer. La máscara, tradicionalmente un medio para conectar con lo sagrado o lo grotesco, corre el riesgo de reducirse a un accesorio estético desvinculado de su función original. Además, la sobreexposición puede convertir las mascaradas en «productos culturales» descontextualizados, diseñados para el consumo rápido en redes sociales, similares al auge de celebraciones como Halloween, cuya popularidad en España eclipsa cada vez más tradiciones locales como el Olentzero, el Apalpador o los Reyes Magos.

Sin duda, las redes sociales también han generado dinámicas positivas. Permiten documentar las mascaradas y compartirlas con comunidades más amplias, contribuyendo a su preservación y fomentando el interés por el patrimonio inmaterial. Sin embargo, es crucial equilibrar esta exposición con el respeto hacia las comunidades que las practican. El riesgo de convertir a los participantes en actores de un espectáculo dirigido a turistas o audiencias digitales podría alienar a las propias comunidades hasta erosionar la conexión intergeneracional que mantiene viva la tradición.

Por último, tampoco faltará quien, en busca del like o de compartir el contenido, viralizará información falsa en forma de un bulo cuyo daño puede ser irreparable, sobre todo para aquellos organzadores que pierden la ilusión de su fiesta ante la desacreditación de la misma. Un ejemplo claro lo encontremos en «el Colacho» de Castrillo de Murcia. En el año 2024, «el Colacho» fue protagonista en TikTok, Twitter e Instagram cuando se difundió que en esta mascarada «se pisan bebés como parte de la tradición» (Infoveritas 2024). Para quien no lo conozca, y lejos de ser un acto violento, el «salto del Colacho» es un rito de purificación simbólica que busca proteger a los recién nacidos de las enfermedades y el mal. No se pisa ningún bebé. Estos incidentes evidencian cómo la viralización puede tergiversar tradiciones y dañar su percepción pública ante juicios externos basados en desinformación.

4. Significado y resignificación de la mascarada en la era de la red global

A partir de este análisis de las mascaradas tradicionales y sus adaptaciones, podemos reflexionar sobre ellas como un ejemplo palpable de la capacidad de las tradiciones para dialogar con el presente sin perder del todo sus vínculos con el pasado. Este proceso de resignificación asegura su supervivencia en un contexto social cambiante, y enriquece y dota de nuevos sentidos que responden a las necesidades y expectativas de las comunidades actuales.

Las mascaradas han trascendido su función original para convertirse en espacios de negociación cultural. Su flexibilidad simbólica, la riqueza de sus elementos rituales y su profundo anclaje en la identidad comunitaria les han permitido adaptarse a nuevas temporalidades, incorporar dinámicas de género y abrirse al turismo y a la tecnología. En este contexto, el auge de las redes sociales ha transformado profundamente la manera en que las mascaradas se perciben y practican. Atrás quedan los documentales de Caro Baroja o los visionados del NO-DO; ahora, plataformas como Instagram, TikTok o YouTube permiten a las mascaradas proyectarse más allá de sus comunidades locales (Mostaza Prieto y Oteo Oteo 2016).

Esta resignificación plantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la autenticidad cultural. ¿Sigue siendo una mascarada «auténtica» si se celebra en verano en lugar de invierno? ¿O si se teatraliza para satisfacer las expectativas de los turistas? ¿Hemos perdido el mito en favor del rito? ¿Qué sucede cuando los elementos rituales se adaptan para ser más «políticamente correctos»? La respuesta parece residir en el grado de participación y apropiación comunitaria. Extrapolando aquello que me enseñó en sus clases Jose Luis Alonso Ponga: mientras las comunidades sigan sintiendo estas celebraciones como propias y las consideren una expresión válida de su identidad, las mascaradas seguirán siendo auténticas, aunque su forma y contenido haya cambiado. Puede que no sean lo que fueron, pero siguen siendo.

Desde un punto de vista simbólico, las mascaradas resignificadas conservan elementos esenciales de su esencia ritual primigenia: la máscara como instrumento de transformación, los roles duales de orden y caos, y su conexión con los ciclos de la naturaleza y la espiritualidad. Al mismo tiempo, integran narrativas contemporáneas que las convierten en vehículos para hablar de temas actuales como la igualdad de género, la diáspora rural y la globalización cultural.

No obstante, la globalización y el auge de las redes sociales también imponen narrativas externas que a menudo compiten con las tradiciones locales. Un ejemplo de esta tensión se observa en la creciente popularidad de tradiciones ajenas a nuestra tierra que ganan terreno año a año. ¿Ejemplos? Santa Claus frente a los Reyes Magos, o en la transformación del Krampus en una figura casi «pop» que eclipsa a personajes autóctonos como el Apalpador o el Olentzero cuya praxis se asocia con la de aquel: personajes que favorecen a los niños buenos y castigan a los niños malos.

Por otra parte, la digitalización y el acceso a plataformas globales han permitido que habitantes de pequeñas localidades conecten con sus tradiciones desde cualquier parte del mundo y participan en las mascaradas a través de transmisiones en vivo. Este fenómeno demuestra cómo las mascaradas pueden resignificarse sin perder su carácter comunitario, aunque también plantea desafíos relacionados con su comercialización excesiva y la pérdida de elementos fundamentales como el secreto ritual y, sobre todo, la interacción directa entre actores y espectadores.

La resignificación también evidencia cómo las comunidades rurales responden a las tensiones entre tradición y modernidad. En un contexto de despoblación, envejecimiento y migración, las mascaradas actúan como un punto de encuentro intergeneracional y un elemento cohesionador que refuerza los lazos entre los habitantes locales y los descendientes emigrados. Al mismo tiempo, su apertura a nuevos públicos a través de la tecnología y el turismo las convierte en un escaparate del patrimonio cultural de Castilla y León, es decir, gracias a la tecnología las mascaradas se convierten fiestas de interés cultural y generan apoyos para su conservación.

En última instancia, las mascaradas resignificadas son un testimonio vivo de la resiliencia cultural. Aunque enfrentan tensiones entre tradición y modernidad, su capacidad para evolucionar mientras conservan elementos esenciales de su simbolismo ritual las convierte en un ejemplo poderoso de cómo las comunidades pueden preservar su identidad en un mundo interconectado. Su transformación no debe ser vista como una pérdida, más bien ha de verse como reflejo de la complejidad y riqueza de las culturas vivas. Es precisamente en este equilibrio entre cambio y continuidad donde reside su verdadero valor como patrimonio cultural. El desafío para el futuro será encontrar un equilibrio entre la apertura al mundo y la protección de su carácter comunitario y ritual.

5. Conclusiones

Las mascaradas de invierno en Castilla y León son un ejemplo vivo de resiliencia cultural, cuya capacidad para adaptarse a las demandas de un mundo en constante cambio ha permitido preservar tanto su esencia como su relevancia. Lejos de ser simples reliquias de un pasado rural, estas celebraciones constituyen espacios de resistencia, resignificación y cohesión social que conectan a las generaciones con sus raíces mientras dialogan con los retos del presente.

Uno de los rasgos más destacados de las mascaradas es su flexibilidad simbólica que les permite integrar nuevos elementos sin perder su identidad. Cambios como el traslado de fechas para garantizar la participación, la inclusión de mujeres en roles protagonistas y el aprovechamiento de las redes sociales para su difusión son expresiones de su capacidad de adaptación. Estas transformaciones, aunque controvertidas, no solo han garantizado su supervivencia en un contexto globalizado, sino que también han abierto nuevas oportunidades para su resignificación y proyección internacional.

Este proceso plantea importantes desafíos. La creciente visibilidad de las mascaradas a través de medios digitales y el turismo masivo ha suscitado preguntas sobre su autenticidad y el equilibrio entre tradición y modernidad. Por ejemplo, las redes sociales han amplificado tanto su alcance como el riesgo de tergiversaciones. Episodios que destacan la necesidad de encontrar un equilibrio entre la divulgación global y la protección de la esencia comunitaria y ritual de estas celebraciones.

El papel de los actores comunitarios es crucial para mantener este equilibrio. Desde los enmascarados y organizadores hasta los etnógrafos y espectadores, la interacción entre generaciones y la valorización del conocimiento son fundamentales para preservar el significado cultural de las mascaradas. En este sentido, es imprescindible que las políticas culturales apoyen y respeten las dinámicas locales, fomenten la participación activa de las comunidades en la gestión de su propio patrimonio inmaterial.

En última instancia, las mascaradas de Castilla y León son un testimonio del amplísimo patrimonio inmaterial que tenemos en esta tierra, un vehículo de identidad y resistencia frente a los cambios sociales. No creo, y me cuesta mucho encontrar el modo de hacerlo, que su resignificación deba interpretarse como una pérdida de autenticidad, sino como un proceso que refleja la riqueza y dinamismo de las culturas vivas. Siempre ha habido mestizaje cultural, siempre hubo resignificaciones, siempre hubo sincretismo. La dificultad de esta era tecnológica en la que nos encontramos está en encontrar este equilibrio entre continuidad, la resignificación y el detrimento de una tradición. La transformación es el núcleo de su valor como patrimonio cultural y su potencial como puente entre pasado y futuro, pero no debe ser, en ningún caso, una excusa para perder nuestra tradición.

Así pues, las mascaradas no solo sobreviven; evolucionan. Y en esta evolución, nos enseñan que las tradiciones no son estáticas, sino un reflejo vivo de las comunidades que las celebran, capaces de dialogar con un mundo interconectado que no debe renunciar a una esencia difícil de definir. El reto para el futuro será consolidar este equilibrio, garantizar su autenticidad y su capacidad de seguir siendo un espacio de expresión cultural y cohesión social.




BIBLIOGRAFÍA

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https://info-veritas.com/desinformacion-el-colacho-tradicion-bebes/#:~:text=El Colacho, símbolo del diablo,protege de enfermedades y maleficios

(último acceso: 12 de diciembre de 2024).

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https://www.jcyl.es/jcyl/patrimoniocultural/mascaradas/caracteristicas.html

(último acceso: 28 de noviembre de 2024).

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Mostaza Prieto, Abel, y Sandra Oteo Oteo. Ponencia: «El documental etnográfico en España: la música en Pío Caro Baroja.» 8º Encuentro de Etnomusicología Audiovisual. Valladolid: Universidad de Valladolid, 2016.

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Sebastián, Chani. Mascaradas. Antruejos de Zamora y Tras Os Montes. Zamora: Federación Comarcal de Asociaciones Culturales, 2004.




NOTAS

[1] No es casualidad la adecuación de este santo que, junto con San Juan Bautista (24 de junio), establecen el ciclo noche-día en dos semestres bien diferenciados.

[2] Este debate podría extrapolarse a tantísimas tradiciones tales como la imaginería de la Semana Santa castellana en la que la mujer tenía una función exclusivamente de Hermana de Devoción; la prohibición de bajar a la bodega para no agriar el vino, etc. Ruego al lector a evitar toda lectura bajo el presentista rol de género. No era eso, era fruto de una creencia, de una ortopraxia, de un rito.



Las mascaradas invernales de Castilla y León: tradición, identidad y evolución

MOSTAZA PRIETO, Abel

Publicado en el año 2025 en la Revista de Folklore número 518.

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