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Revista de Folklore número

474



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Ecos de la mentalidad medieval en el imaginario asociado a los seres míticos gallegos

MARIÑO, Lidia

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 474 - sumario >



1. Introducción

Es cosa bien sabida que los cambios a los que las sociedades se ven sometidas –económicos, religiosos, demográficos, etc.– traen aparejados cambios en las mentalidades. Así, las grandes transformaciones que tuvieron lugar en Europa a partir del año 1.000, y especialmente con la llegada del s. xii, dejaron su impronta en el imaginario colectivo.

Con el feudalismo (s. x–xi) como sistema político predominante, el campesinado y el mundo agrario cobraron una gran importancia. Fue una época de expansión económica, gracias a la bonanza climática y a la mejora de las técnicas –como, por ejemplo, la invención del barbecho–, que provocó que se produjese más de lo que se necesitaba para subsistir. Este hecho permitió un aumento de la demografía y, con él, la necesidad de ampliar la zonas de habitación humanas. Proliferaron las aldeas, que pasaron a dominar el paisaje rural. Estas se organizarán alrededor de la iglesia y el cementerio, de forma que la parroquia se configurará como la red de solidaridad.

La Europa medieval partía de un espacio agreste vastísimo, que se verá transformado por la roturación de tierras y la expansión demográfica. Del mismo modo se canalizarán los ríos y se conquistarán espacios, tanto terrestres como marítimos, considerados hasta la fecha peligrosos y, por ello, ajenos a la actividad humana. Todo ello implicará un cambio en la mentalidad, un cambio en la manera de interpretar e interactuar con esos espacios. Así, la naturaleza comenzará a tomar una existencia propia. Dejará de ser el lugar en que se vive para pasar a ser el lugar al que se va, como fuente inagotable de recursos que es. Un lugar imprescindible para la subsistencia, pero un lugar al que que temer, frente a la seguridad que los pueblos y las aldeas transmiten. En palabras del filósofo Gundisalvus[1] (s. xii), comenzará a contraponerse la naturalia a la artificialia.

Esta contraposición humanidad-naturaleza tendrá su reflejo también en la forma de relacionarse con lo sobrenatural. Las creencias medievales sobre la naturaleza tienen un indudable poso precristiano, poso que será filtrado a través del tamiz del cristianismo y adaptado a la nueva fe. Y no solo a la nueva fe sino a las nuevas formas de vida. Sin embargo, el cambio en la mentalidad colectiva es un proceso mucho más lento que los producidos en la sociedad y en la economía. Es un discurrir calmoso que, como el agua en la piedra, acaba filtrándose por capilaridad. Mas, una vez instalado en el imaginario, su persistencia a través de los siglos puede sorprendernos, sobre todo si las condiciones socioeconómicas no sufren grandes cambios.

Es este el caso de la Galicia rural. Su paisaje –configurado en aldeas articuladas alrededor de una iglesia– y su identidad comunitaria – construida sobre la organización eclesiástica de la parroquia– beben de la ordenación territorial medieval. Del mismo modo, el estilo de vida campesino se mantuvo, en su esencia, bastante inalterado hasta hace unas cuantas décadas. Esta ausencia de cambios drásticos en la sociedad se traduce en una persistencia en el imaginario colectivo de las formas de relacionarse con lo sobrenatural. Así, veremos a continuación algunos ejemplos de seres legendarios gallegos que reflejan el tamiz por el que el cristianismo pasó las creencias paganas, los miedos que la naturaleza inspiraba al individuo medieval, así como las esperanzas y anhelos que depositaba en ese mundo maravilloso, situado tan cerca y a la vez tan lejos del nuestro.

2. Las mouras

Dice San Martín de Dumio[2] que en la Galicia del s. vi los paganos aún piensan que en los ríos habitan lamias y en las fuentes ninfas, y que continúan adorando estos lugares y realizando rituales en los que se encendían velas y se echaba pan. Del mismo modo, de la literatura medieval y artúrica se desprende que en estos cursos de agua habitan entidades femeninas de carácter feérico, poseedoras de riquezas y objetos de oro que, en ocasiones, entregan a los humanos.

Antaño había allí numerosas doncellas en los pozos, es decir, en manantiales y fuentes, y los viajeros sabían donde encontrarlas: salían de las fuentes llevando copas de oro y plata[3].

También se nos deja ver que se trata de un espacio liminal, frontera entre dos mundos, que se asocia con los maravilloso, lo mágico, lo milagroso: lo que no puede ocurrir, allí ocurre.

En la mitología gallega tenemos a las mouras, hermosas mujeres de largos cabellos rubios que se aparecen en fuentes y ríos, peinándose con peines de oro y poniendo a prueba a los humanos por ver si son dignos de sus riquezas.

La Fuente de Ceza está en la parroquia de Noceda, en el ayuntamiento de Folgoso do Courel (Lugo).

Un vecino del lugar fue un día a regar un prado próximo a la Fuente de Ceza y se encontró con una moura en la fuente. El hombre llevó a la mora para casa a caballo, se casó con ella y tuvieron un hijo.

La moura le dijo al hombre que si no le hacía hablar en el plazo de un año que le llevaría mucha riqueza para casa.

(…)

Toda la riqueza de la Fuente de Ceza ya te venía debajo del marco de la chimenea.

El hombre miró y vio un montón de cadenas de oro que se venían arrastrando[4].

Comprobamos como el mito de la moura, aunque con mucha probabilidad sea de origen prehistórico, mantiene a día de hoy en Galicia una morfología prácticamente idéntica a los relatos feéricos medievales. Del mismo modo, los dones de la moura siguen expresándose como objetos cotidianos pero de materiales preciosos.

3. Las sirenas

El mar fue un espacio que siempre ha imprimido respeto al ser humano, por su carácter incontrolado y absolutamente indomable. La concepción medieval del mar viene heredando concepciones del mundo antiguo, tanto las positivas –las islas de los Bienaventurados– como las negativas –el Océano Atlántico como Mare Tenebrosum–. La mitología asociada al mar se reflejará en las cartas náuticas hasta época moderna, a través de ilustraciones de serpientes, animales fantásticos y sirenas en los mares inexplorados. Estos seres ponían cara a los temores del ser humano: tormentas, ciclones o deshielos que podían acabar en tragedia.

A día de hoy, en los pueblos costeros, las sirenas siguen considerándose causa de la perdición de los marineros, que no pueden resistirse a su canto hasta llevarlos en ocasiones al naufragio. Como ejemplo, el testimonio etnográfico que hemos recogido de una anciana en la aldea de A Silva (Porto do Son):

La sirena dicen que era la hija de un rey, que su padre la convirtió en sirena porque el padre quería casarla con un príncipe y ella no quería a aquel príncipe, quería a otro, y entonces el padre que la convirtió en sirena y la tiró al mar. Era un cuento que había, y dicen que cantaba muy bien y aún había –mi madre cantaba muy bien, carajo–, eso lo cantaba mi madre muchas veces cuando estaba remendando y cantaba muchas veces y cantaba:

Válgame dios como canta
La sirenita en el mar,
Los navíos dieron vuelta
Para oírla cantar.

Y recuerdo un hombre que anduvo siempre navegando, echó años por ahí adelante, y una vez le preguntó mi madre: «Mira, te voy a preguntar una cosa, tú que recorriste mucho mar, ¿oíste cantar a la sirena alguna vez?» Y le dijo él: «Bueno, mujer, bueno, eso es una leyenda, mujer, eso no existe. Yo anduve en cuantos mares hay y no la oí nunca» Esa sirena anda por esos mares abiertos de sabe Dios dónde[5].

En la misma ría de Muros e Noia se habla de la existencia de una moura con forma de serpiente que hace naufragar a los barcos:

(…) Ésta [la moura] invocó al demonio, quien levantó una tempestad, ahogó a los cristianos y separó la isla de la tierra. La moura se convirtió en una gran serpiente rodeada de fieras que hundían a los barcos. Los cristianos fueron donde un santo hombre que les aconsejó bendecir la isla y erigir la iglesa de Nuestra Señora de A Creba[6].

4. Nubeiros y tronantes

Agobardo de Lyon en el s. ix habla de la creencia en los tempestarii, seres con el poder de dominar la lluvia, el trueno y el granizo y habitantes de una ciudad sobre las nubes llamada Magonia.

Creen y dicen que existe una determinada región, que llaman Magonia, de la que vienen naves sobre las nubes; los frutos que caen por el granizo y que se pierden por las tempestades son llevados en ellas a esta misma región[7].

Para contrarrestarlos existían determinados especialistas, así como fórmulas y bendiciones, como el tañido de las campanas de las iglesias:

Interrogados acerca del significado de «viento levantisco», afirman (…) que se ha levantado por los encantamientos de los hombres que llaman tempestarios (…) Los navegantes aéreos dan regalos a los tempestarios y reciben a cambio los granos y el resto de frutos[8].

En la mitología gallega tenemos a los nubeiros y tronantes, seres capaces de producir los fenómenos meteorológicos adversos golpeando las nubes con tenazas o dándoles patadas con sus zuecos. Mas también hay leyendas que coinciden con esa ciudad en las nubes a la que van las cosechas que se malogran por causa del mal tiempo:

En la torre que en tiempos muy lejanos había en el monte llamado Pico Sacro, quien pasase cerca de ella de noche, podría escuchar los lamentos y quejos de una señora allí encantada por un gigante, y bien guardada sin que nadie pudiese acercarse a ella (…) El gigante del palacio es un gentil (pagano, idólatra, mago, brujo) que por arte de magia derrumbó las paredes del castillo e hizo con sus piedras, y con las de los alrededores, grandes montones que cubrieron la puerta del palacio donde tiene su morada (…) Dicen que los frutos que tendrían que coger los labriegos van todos a parar a las grandes arcas y graneros del palacio del Pico Sacro, ya que nadie sabe donde está porque las rocas lo cubren desde hace muchísimos años[9].

En otra referencia se explicita cómo las cosechas van volando por el aire:

También es común la creencia de que hacia allí vuelan los frutos por arte mágica, a manera de inmensa nube denominada avelaíña (gorgojo alado que se desarrolla prodigiosamente y devora los cereales cuando permanecen mucho tiempo en las eras)[10].

Como vemos, se trata esta de una creencia casi idéntica a la descrita en el s. ix. La de unos seres capaces de hacer volar por los aires las cosechas hasta sus moradas, donde les servirán de alimento mientras condenan a los campesinos a pasar hambre.

Manuel Murguía nos da una explicación de por qué la leyenda gallega refiere la morada del tronante en la cima del Pico Sacro –en lugar de en las nubes, como en la condena medieval–, al tratarse esta de una montaña de cuarzo que produce el siguiente efecto:

Cuando la tormenta se cierne sobre el valle que se extiende a los pies del monte, envuélvese éste en su manto de nieblas, que al ser rasgadas por el relámpago se ilumina y fulgura de tal manera, que no parece sino que en aquella cumbre tiene asiento material la tempestad, y que allí se forman las lluvias que inundan la campiña y cría el rayo que las hiere. Su especial situación y forma, que hace que se le vea desde largas distancias, aumenta su prestigio, pues las rápidas y grandes tronadas que tan frecuentes son en el valle de la Ulla, se las ve formarse, crecer y estallar con estrépito formidable, y como quien dice, herir la cima y los flancos del monte. ¿Cómo no herir la imaginación del pueblo?[11]

También en Galicia se nos dice que estos seres sienten miedo del sonido de las campanas, y que existen determinados especialistas capaces de conjurarlos.

5. Negrumantes

San Agustín, en sus Etimologías, hace una clasificación de los incantators, atribuyendo a los nigromantes la capacidad de hablar con los muertos y retratando a los magi como estudiantes de artes mágicas y observadores de las estrellas, entre otros. En el s. xii ya las denominaciones y atribuciones de cada tipo de incantator habían variado y, del mismo modo, en el folclore gallego se encuentran mezcladas algunas de ella bajo la figura del negrumante.

Se describe como un mago, hechicero, brujo, astrólogo o adivino que ejerce la nigromancia. Al mismo tiempo, es capaz de actuar sobre los fenómenos meteorológicos, confundiéndose a veces con los nubeiros y otras con el especialista que los contrarresta. Se dice que invoca a los difuntos para, a través de ellos, conocer lo que está por venir.

Una historia singular es aquella que relata como el abad Don Lorenzo (s. xiii) del Monasterio de Oseira[12] (San Cristovo de Cea, Ourense) fue en su juventud nigromante, dedicándose a estas artes oscuras junto con un compañero. Tras caer gravemente enfermo, en su lecho de muerte el amigo promete volver del Otro Mundo para relatarle al futuro abad cuanto allí acontece. Así fue, y cuando se le apareció mostró a Lorenzo el tormento al que estaba siendo sometido en castigo por dedicarse a tales hechicerías. Asustado, Don Lorenzo preguntó a su amigo como podía hacer para salvar su alma y librarse de tan horrendo destino. El ánima respondió que solo podría hacerlo en la Orden del Císter.

6. Conclusiones

Podríamos poner muchos más ejemplos alrededor de la idea que queremos transmitir –la Santa Compaña, las leyendas de lobos y lobishomes, etc.–, mas a fin de no extendernos lo dejaremos aquí, considerando que los expuestos son una muestra significativa suficiente.

A través de los casos escogidos, podemos observar la pervivencia de la mentalidad surgida como consecuencia de los cambios socioculturales acontecidos en el medievo. Por una parte, en cuanto a la relación con la naturaleza, que pasa a ser ese «otro lugar»: no el de habitación, sino el que se atraviesa, el que asusta pero que también ofrece riquezas. Así, el miedo queda reflejado en las sirenas, que enloquecen y conducen al naufragio, retrasando ese pavor a lo desconocido la llegada de la Era de los Descubrimientos. Por otra parte, las mouras sirven para ilustrar la vigencia en la Edad Media de ideas precristianas relacionadas con antiguas divinidades y con la idea de un Más Allá al que se accedía a través del medio acuático. El estudio de los negrumantes nos permite analizar los mecanismos que el cristianismo utilizó para enfrentarse a esas ideas paganizantes, condenándolas a los dolores del infierno y mostrando la «fe verdadera» como único medio para salvarse. En cuanto a los nubeiros y tronantes, conforman una de las pervivencias más fascinante de la mentalidad medieval, pues poco o nada han cambiado sus atribuciones que las que por aquel entonces se les dieron. Como hemos dicho, consideramos que la causa de esta continuidad en el imaginario gallego se encuentra en la forma de vida campesina. Una forma de vida, hasta no hace tanto, bastante similar a la surgida tras el primer milenio y, por tanto, aquejada de los mismo miedos y anhelos: el temor al malogro de las cosechas, la reverencia por los espíritus propicios de la tierra, el respeto por lo salvaje y lo indómito, y ese choque entre cristianismo y paganismo tan difícil de reconciliar en una vida que depende directamente de la naturaleza.

Es nuestra opinión, así como la de otros muchos investigadores, que los seres míticos aquí tratados son el recuerdo legendario de antiguas divinidades, precristianas y prehistóricas. Sin embargo, lo que pretendemos con este artículo es llamar la atención sobre la persistencia hasta nuestros días del tamiz por el que la mentalidad medieval pasó este imaginario arcaico. Para sobrevivir y poder seguir siendo útiles a la sociedad, estas ideas debieron adaptarse a los grandes cambios culturales, económicos y religiosos acontecidos en la Edad Media. Sin embargo, cuando estas circunstancias se mantuvieron a grandes rasgos estables –véase la Galicia rural de los últimos siglos– muestran una terca pervivencia, de tal forma que esa religiosidad arcaica ha llegado hasta nuestros días en la forma que el cristianismo y las nuevas formas de relacionarse con la naturaleza un día le dieron.




BIBLIOGRAFÍA

Carré Alvarellos, L. (1983): Las Leyendas Tradicionales Gallegas. Editorial Espasa–Calpe, Madrid.

Chrétien de Troyes, El cuento del Grial.

De Lyon, A. (2018): Sobre el granizo y los truenos. Editorial Siruela, Madrid.

Ferreiro Alemparte, J. (1981): «Historia del clérigo nigromante que, amonestado por su amigo muerto, dejó la nigromancia y se hizo monje. Su pretendida identificación con el abad D. Lorenzo de Osera», en Cuadernos de estudios Gallegos, XXXII, 96–97, p. 407–426, Compostela.

Gundissalinus, D. (1903): De divisione philosophiae. Ludwig Baur, Münster.

Luces Miranda, J. (1888): «El Pico Sacro», En Galicia Diplomática. Año III, no 12, Santiago de Compostela.

Mariño Ventoso, L. (2020): «Ritos e crenzas dunha aldea mariñeira. Unha aproximación etnográfica á relixiosidade da Silva (Porto do Son)» En Anuario de Antropoloxía e Historia da Galiza Fol de Veleno nº9 141–165. Sociedade Antropolóxica Galega, Pontevedra.

Murguía, M. (1888). España, sus Monumentos y sus Artes, su Naturaleza e Historia. GALICIA. Editorial de Daniel Cortizo y Cía., Barcelona.

Parada Jato, J.A. (2007): Usos, costumes e cousas do Courel. Editorial Toxosoutos, Noia.

Risco, V. (1994): Obras completas. Editorial galaxia, Vigo.

San Martín de Dumio, De correctione rusticorum.




NOTAS

[1] GUNDISSALINUS, D. (1903): De divisione philosophiae. Ludwig Baur, Münster.

[2] SAN MARTÍN DE DUMIO, De correctione rusticorum.

[3] CHRÉTIEN DE TROYES, El cuento del Grial.

[4] PARADA JATO, J.A. (2007): Usos, costumes e cousas do Courel. Editorial Toxosoutos, Noia.

[5] MARIÑO VENTOSO, L. (2020): «Ritos e crenzas dunha aldea mariñeira. Unha aproximación etnográfica á relixiosidade da Silva (Porto do Son)» En Anuario de Antropoloxía e Historia da Galiza Fol de Veleno nº9 141-165. Sociedade Antropolóxica Galega, Pontevedra.

[6] RISCO, V. (1994): Obras completas. Editorial galaxia, Vigo.

[7] DE LYON, A. (2018): Sobre el granizo y los truenos. Editorial Siruela, Madrid.

[8]Íbidem.

[9] CARRÉ ALVARELLOS, L. (1983): Las Leyendas Tradicionales Gallegas. Editorial Espasa–Calpe, Madrid.

[10] LUCES MIRANDA, J. (1888): «El Pico Sacro», En Galicia Diplomática. Año III, no 12, Santiago de Compostela.

[11] MURGUÍA, M. (1888). España, sus Monumentos y sus Artes, su Naturaleza e Historia. GALICIA. Editorial de Daniel Cortizo y Cía., Barcelona.

[12] FERREIRO ALEMPARTE, J. (1981): «Historia del clérigo nigromante que, amonestado por su amigo muerto, dejó la nigromancia y se hizo monje. Su pretendida identificación con el abad D. Lorenzo de Osera», en Cuadernos de estudios Gallegos, XXXII, 96–97, p. 407–426, Compostela.



Ecos de la mentalidad medieval en el imaginario asociado a los seres míticos gallegos

MARIÑO, Lidia

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 474.

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