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Una nota sobre el concepto de cercanía en la mentalidad religiosa: de la religiosidad popular a un detalle de Calígula transmitido por Suetonio

MARTINEZ ANGEL, Lorenzo

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 446 - sumario >

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El tema de la mentalidad religiosa es fundamental para entender ciertos aspectos de la historia y de la etnografía, con clara aplicación en el análisis de la religiosidad popular, término este, por cierto, de gran complejidad[1], y que sigue generando un interesante número de investigaciones[2]. El citado tema es, en nuestra opinión, fascinante, por las múltiples facetas que su estudio presenta.

Una de ellas, sin lugar a dudas, tiene que ver con el concepto de la cercanía a lo que se entiende como santo o sagrado. La cercanía a las reliquias, por ejemplo, constituye una rama de análisis muy amplia, en relación a la cual se encuentra un concepto de tanta trascendencia histórico-cultural como el de la peregrinación (basta recordar todo lo que ha significado el Camino de Santiago). Pero también se observa en otros reflejos de la mentalidad; así, por ejemplo, muchas personas, a lo largo de los siglos, quisieron ser enterradas cerca de determinados altares y de reliquias de santos, algo a lo que la Iglesia, primeramente, se opuso (con excepciones), pero a lo que tuvo que ceder finalmente, estando esto presente tanto en la religiosidad popular como en la de los ricos y poderosos de siglos pasados[3].

Sin embargo, hay un caso bastante antiguo y asaz importante que muestra la enorme y generalizada pujanza de tal anhelo. Nos referimos a la tumba del emperador Constantino, en Constantinopla, al que, por obvias razones, la Iglesia no opuso resistencia. Al respecto de ello se ha escrito:

Eusebio de Cesarea en su Vita Constantini nos habla, con bastantes pormenores, de la construcción, en Constantinopla, del Martyrium en honor de los doce apóstoles. […] Llama la atención el biógrafo sobre la sagacidad y los planes del emperador en la construcción de este martyrium. Aparentemente la cosa era sencilla y los propósitos claros: levantar una gran iglesia a honra y memoria de los santos doce apóstoles; pero las miras de Constantino era muy otras y […] al fin se hizo claro y manifiesto que el primer emperador cristiano estaba construyendo un digno mausoleo para reposar después de su muerte. Y en efecto, allí fue sepultado […], quiso pasar por el decimotercero apóstol τρισκαιδέκατος ἀπόστολος, para ser confundido con los discípulos del Señor en el recuerdo y en las plegarias. Para ello, construyó en el Martyrium doce tumbas, una para cada apóstol, que colocó, seis a cada lado, flanqueando la destinada a su propio cuerpo[4].

Tenemos, pues, la idea de cercanía a la santidad como objetivo compartido, durante siglos, por los poderosos y las personas del pueblo. Quedémonos con lo primero. Las fuentes históricas nos muestran que no fue esto exclusivo del cristianismo. Si, como acabamos de ver, un emperador cristiano quiso estar cerca de los sepulcros de los apóstoles «para ser confundido con los apóstoles del Señor y en las plegarias», lo cierto es que también un emperador pagano recurrió a un procedimiento similar. Nos referimos a Calígula, quien se colocaba entre las estatuas de dos dioses y era adorado. Suetonio lo recoge así, y recogemos paralelamente el texto latino, citado de la edición de los Oxford Classical Texts, y la traducción castellana realizada por Antonio Cuatrecasas:

… partem Palatii ad forum usque promouit atque aede Castores et Pollucis in uestibulum transfigurata consistens saepe inter fratres deos medium adorandum se adeuntibus exhibebat…*

* C. SUETONI TRANQUILI, De Vita Caesarum Libros VIII et De Grammaticis et Rhetoribus Librum. Robert A. Kaster (ed), Oxford 2016; la cita corresponde a la parte dedicada a Calígula, 22. 2.

Prolongó hasta el foro una parte de su palacio y, convertido el templo de Cástor y Pólux en vestíbulo de su mansión, se exhibía con frecuencia puesto con frecuencia puesto en pie entre los dos hermanos dioses, teniendo que rendirle adoración los transeúntes*.

* SUETONIO, Vida de los doce césares. Traducción y edición Alfonso Cuatrecasas, Madrid 2003, p. 280.

Estar entre dioses y santos, a través de la cercanía «física» –evidentemente de modo simbólico– a ellos, como práctica, pues, de emperadores romanos para recibir sus oraciones como si lo fuesen ellos mismos. Un caso más de continuidad de las mentalidades, más allá del cambio, sin duda enorme, que supuso el paso de las creencias precristianas al cristianismo[5]. Mas cabe preguntarse si en el decurso posterior del cristianismo hubo algo similar, es decir, si el caso de Constantino fue un caso único, excepcional. Para responder nos sirve un ejemplo que, sin necesidad de aplicarle unas palabras que Antonio Buero Vallejo puso en boca de un de los personajes de El tragaluz, «La importancia infinita del caso singular»[6], es ciertamente significativo. Se trata de alguien que no fue ni rey ni emperador, sino uno de los grandes humanistas españoles del Renacimiento europeo, Juan Luis Vives, quien tenía por su madre «tanta veneración que, en sus letanías, hacía seguir el nombre de Blanca Marc al de Santa Catalina y otras santas de su devoción»[7]. El hijo, incluyendo a su madre entre el nombre de santos/as, continúa, en cierta medida, a pesar de las diferencias de los respectivos casos, lo que ya vimos hacer a Constantino.




NOTAS

[1] Oronzo Giordano ha escrito: «La misma expresión de religiosidad popular carece de un significado unívoco, de un contenido precioso, y no siempre es aceptada y compartida pacíficamente por los estudiosos» (ORONZO GIORDANO, Religiosidad popular en la alta Edad Media, Madrid 1995, p. 10).

[2] La bibliografía sobre el tema es grande, si bien no nos resistimos a mencionar, a modo de ejemplo, las muchas aportaciones que se realizaron en un simposio celebrado hace ya algo más de dos décadas en El Escorial, publicadas en dos gruesos volúmenes: Religiosidad popular en España. Actas del Simposium, Madrid 1997.

[3] ENRIQUE CASAS GASPAR, Costumbres españolas de nacimiento, noviazgo, casamiento y muerte. Prólogo de don Julio Caro Baroja, Madrid [1947], 354-355: «Por largos siglos se enterró en las iglesias. Es natural que en épocas de extremada religiosidad cifrase su ideal la gente devota en ser enterrada lo más cerca posible de las tumbas de los santos. Era éste un favor extraordinario, solamente concedido a los bienhechores insignes de la iglesia que habían costeado a sus expensas la erección de templos, monasterios, y a quienes se debían fundaciones piadosas, y también a los reyes, infantes, guerreros y sacerdotes. Ya en el siglo VI el Concilio español Bracarense mandó que no se enterrase dentro de la Basílica de los santos, y, en caso preciso, junto a sus muros, por fuera; y el Concilio Elviritano, el más antiguo de que hay canon habla ya de cementerios. Pero el tesón de los devotos pudo con la oposición tenaz de la Iglesia, y lejos de restringirse los enterramientos en su recinto sagrado, llegó a ser tan general este uso que, en puja de vanidades, fueron invadidos los mismos altares con tumbas».

[4] ANTONIO VIÑAYO, «Las tumbas del ábside del templo paleocristiano de Marialba y el martirologio leonés»: Legio VII Gemina, León 1970, 549-568, concretamente p. 566.

[5] Hablando del cambio del paganismo al cristianismo, de dioses, de santos y de emperadores romanos, cabe recordar que «Divus», que en latín clásico era un término «dado á los emperadores después de su muerte» (RAIMUNDO DE MIGUEL – MARQUÉS DE MORANTE, Nuevo diccionario latino-español etimológico, Madrid 1881, s. v. «Divus»), mientras que en el latín cristiano se utilizó para los santos.

[6] ANTONIO BUERO VALLEJO, El concierto de San Ovidio. El tragaluz, Madrid 1979, p. 213.

[7] J. F. VIDAL JOVE, «Prólogo»: ERASMO DE ROTTERDAM, Elogio de la locura – JUAN LUIS VIVES, Introducción a la sabiduría – MORO – ERASMO – VIVES, Epistolario, Barcelona 1968, p. 146.



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MARTINEZ ANGEL, Lorenzo

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