Revista de Folklore

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Demetrio Díaz Gilarranz, un desconocido para los vecinos de Bernuy de Porreros (Segovia) (y II)

GONZALEZ GALINDO, Pascual

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 445 - sumario >

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Escribir sobre lo cotidiano de un pueblo y sus gentes precisa, cuando menos, un estado de ánimo especial que desvela interés y atracción por lo hacen y dicen sus convecinos, en definitiva por lo que indudablemente viven o han vivido.

Dejemos hablar a nuestro héroe, Demetrio Díaz Sanz, no habiendo mejor forma de hacerlo que transcribiendo lo dicho por él al secretario del Ayuntamiento de Bernuy de Porreros, D. Pascual Cardiel, quien, a su vez, lo plasmó en un artículo publicado en el Semanario Independiente Heraldo Segoviano, de fecha 29 de marzo de 1936.

[...] Estos dos segovianos (Demetrio Díaz Gilarranz y Dº Gregorio García- natural de Matabuena-) con otros varios, pertenecieron a la columna que al mando del capitán de navío Don Julio del Río, fue agregada a los barcos de guerra americanos «Raleig» y « Bortón» en 7 de julio de 1898, y entregados de manera inexplicable por ambos comandantes a los revolucionarios filipinos.

Distribuidos los individuos que componían la columna Ríos en los pueblos de la provincia de Zambales, a estos segovianos los correspondió el pueblo de Santa Cruz y allí, al servicio de algunas familias pudientes, llegaron a hacer más llevadero su penoso cautiverio[1], hasta que el día 25 de marzo de 1899 convinieron nueve de los prisioneros fugarse, efectuándolo aquella misma noche.

Diversos testimonios desvelan el maltrato que recibían los que habían tenido la desgracia de quedar en manos de los tagalos. Así, Moreno Jerez indica que los prisioneros eran despojados de cuanto poseían, aunque excepcionalmente les respetaron las cantidades que tenían en metálico cuando alegaban que les eran precisas para su sustento[2].

A las once aproximadamente de la noche, ocho de los evadidos, ignorándose por qué causas no acudió el otro compañero, embarcaban en un débil baroto, hábilmente arrebatado a sus tripulantes y decididos a morir o ganar la libertad lanzáronse al mar sin temor alguno y sin armas ni alimento de ninguna clase.

Frágil juguete del mar y del viento que arreció durante largas horas, casi inunda la pequeña embarcación, fueron durante dos días las cuatro tablas en las que los ocho náufragos aseguraban la libertad y la vida.

El negro recuerdo de su cautiverio, la proximidad de la muerte con que parecía el cielo gris y las oscuras olas amenazarles, y los horrores de la sed, que ya empezaba a atormentarles, dieron a los desventurados náufragos las fuerzas necesarias y el ánimo indispensable para ganar la deshabitada playa de Silang.

En esta playa desembocaba un arroyo de agua dulce y allí saciaron su terrible sed y después, como no tenían provisiones, acordaron dirigirse a unas chozas inmediatas, donde unos tagalos se dedicaban a la extracción de sal del agua del mar, al objeto de que les facilitasen o vendiesen algún alimento.

Sólo dos hombres y un niño, cómo de unos doce años, dormían a la puerta de la choza, a los que despertaron. Negáronse a facilitarles ninguna provisión, pero ante la fuerza numérica de nuestros héroes decidieron venderles la mitad de las provisiones de que disponían y cuando estaban a punto de retirarse se vieron rodeados por otros diez tagalos creyéndose habían sido avisados por el niño, que sin darse cuenta los náufragos había desaparecido.

Tras muchas vacilaciones por parte de los tagalos y regateos por nuestros héroes, les dejaron en libertad mediante la entrega de treinta pesos que pudieron reunir, dándose a la mar nuevamente, quedándose cuatro al cuidado y dirección del baroto mientras los otros cuatro descansaban, para luego relevarse en el manejo de los recursos sabiendo que de ella dependía su salvación.

No habían transcurrido tres horas cuando se vieron abordados por un baroto en el que venían en actitud hostil los tagalos que poco tiempo antes les habían dejado en libertad, entablándose un desigual combate que los nuestros supieron ganar con fuerzas desiguales, pero que centuplicaba la perspectiva de su salvación, huyendo el enemigo maltrecho, sin que afortunadamente los españoles tuvieron más pérdidas que la rotura de un remo ( ya que con estos se defendieron) quedando la embarcación con un solo remos y la pequeña vela.

Afortunadamente para nuestro náufragos se levantó un viento en popa que el barco salvaba con velocidad vertiginosa, pero lo que les sirvió de ayuda se convirtió en un nuevo desastre, ya que la vela fue destrozada por el viento, quedando a la deriva pues con un solo remo no podía navegar.

Tras una noche de angustia e incertidumbre inaudita, atormentados por la sed y el hambre, pues llevaban tres días en el mar amaneció el día 29 de marzo y, cual no sería la alegría de nuestros héroes al ver que estaban en la bocana del puerto de Manila, y allí, sin poder avanzar una sola milla, estuvieron hasta las cuatro de la tarde, en que con el natural júbilo vieron un barco que se dirigía al puerto.

La alegría de nuestros náufragos no tuvo límite, y despojándose las camisetas y los pantalones hicieron señales al barco para que los recogiese.

A un par de millas el barco detuvo sus marcha, pero cambiando de rumbo, se alejó, dejándolos abandonados y sumidos en gran desesperación, pues temían que llegase la noche y no tenían fuerzas para resistir tan angustiosa situación. Pero nuevamente renacieron sus esperanzas al contemplar que el barco volvía a aparecer en el horizonte, resultando ser el «Roandke», desde donde se les tendió un cable que los nuestros se apresuraron a sujetar a la barca o baroto, siendo remolcados hasta el puerto.

Una vez en el puerto, en vez de haberles subido a cubierta donde hubieran sido atendidos como su estado exigía, les arrojaban agua a chorro, que ávidamente bebían cual sedientos pajarillos como igualmente se apoderaban de los pedazos de pan que les echaban al agua salada, devorándola como si fuese suculentos manjar, entretenimiento que encontraron aquellos desalmados, que les arrojaban de tal forma los alimentos.

Entre los prisioneros que el 29 de Marzo de 1899 se presentaron al general Ríos, en Manila, se encontraba el que fue cabo del 8 de cazadores Demetrio Díaz Gilarranz y otro segoviano D. Gregorio García, natural de Matabuena.



NOTAS

[1] Era tanta la satisfacción de los rebeldes de la Provincia de Cavite cuando tenían a su servicio algún castila, que, muchas familias, por exhibir al nuevo sirviente peninsular, paseaban todo el día por las calles. Vid. Sastrón, «La insurrección», p. 430.

[2] MORENO JEREZ, Luis: «Los prisioneros españoles en poder de los tagalos».pp. 28-30.



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Demetrio Díaz Gilarranz, un desconocido para los vecinos de Bernuy de Porreros (Segovia) (y II)

GONZALEZ GALINDO, Pascual

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 445.

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