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Reliquias de la Pasión de Cristo en Extremadura

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 445 - sumario >

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I. Espinas de la Corona

El historiador Gil González Dávila, en su magna obra Teatro Eclesiástico, al referirse a la catedral de Plasencia y señalar sus reliquias más importantes, entre las que destaca «vna Espina de la Corona de Christo», anota lo siguiente:

y con ella tiene España dentro de sus limites en iglesias Metropolitanas, Cathedrales, Parroquias, y Conventos, contadas por mi, de que hazen memoria las Historias destos Reynos, instrumentos y Escrituras publicas 98. sin las que ay fuera del Reyno, y no es grande el numero, porque las que tocaron en la carne de la cabera de Christo fueron 72, y las de mas fueron muchas[1].

Siguiendo su información vemos que el reparto de esta reliquia no parece muy equitativo, sobre todo si tenemos en cuenta que algunas localidades disponen de más de una espina. Nueve le encasqueta a León; ocho le atribuye a Oviedo; cuatro van a parar a Salamanca; dos contabiliza en Cuenca; y rara es la provincia que no custodie alguna en monasterios y catedrales.

Por lo que respecta a Plasencia, junto a la citada de la catedral, se señala otra en el convento de la Compañía de Jesús. Tamayo de Salazar en uno de sus libros[2] se refiere a la primera de las espinas en el apartado que titula «Reliquias que tiene la Santa Iglesia Catedral de Plasencia» con esta escueta anotación: «Alli ay vn relicario de plata con vna Espina de la Corona de Christo N. Señor»[3]. El autor trata esta reliquia como una más de los cientos de ellas que incluye en el inventario, algunas también relacionadas con la Pasión[4].

Ante la escasez de reliquias que tenía la catedral de Plasencia, el obispo Ponce de León, hacía 1566, se vio en la necesidad de solicitar algunas al Papa Pío V. Poco después el Sumo Pontífice atendía la petición y enviaba a la sede placentina huesos de los mártires Justino, Vicente, Timoteo, Policarpo, Lorenzo, Zenón, Anastasio, Fabián, Sebastián y otros santos, acompañados de la Bula que declaraba su autenticidad. A esta colección se unirían las reliquias que por las mismas fechas había conseguido en la corte Diego Gómez, clérigo de Cabezuela del Valle[5]. Pero, aunque carezco de información al respecto, no creo que la espina llegara a la catedral en esta remesa.

Hay quienes piensan que la procedencia de la espina de la corona de Cristo hay que buscarla en las donaciones que hace Sancho Dávila durante su etapa de obispo de la diócesis de Plasencia, en la que morirá en el año 1625. En su gran colección, entre las «Reliquias de I. xº. nr. s.» contabilizaba «Tres espinas enteras de su corona»[6]. Sabemos que una de ellas, en el año 1610, la donó a la Universidad de Salamanca[7]. Cabría suponerse que una de las dos restantes vino a ocupar alguna de las celdillas de los retablos que el propio Prelado mandó construir en la catedral, especialmente para exponer sus legados:

Enriqueció esta santa Iglesia con muchas y muy grandes reliquias que la dio, para las quales hizo en la Iglesia dos grandes relicarios, que adornan dos naues Colaterales al Altar mayor[8].

Cuanto señala fray Alonso en el párrafo que precede lo confirma la escritura generada por un pleito que mantuvo el cabildo con los encargados de restituir el legado del obispo:

… que el señor don Sancho de Ávila y Toledo, Obispo que fue de la ziudad y su obispado de Plasenzia, para adorno del altar colateral de la dicha Santa Yglesia mandó las reliquias de su oratorio para henchir los nichos y vazíos de el dicho altar colateral[9].

Tal vez la confusión podría partir del hecho de que entre las donaciones del don Sancho Dávila se contabiliza una representación en bronce de la corona de espinas. Dando por descontado que no se trata de una reliquia, sería necesario buscar otra procedencia, y de ésta nos informa fray Alonso Fernández. El donante sería el obispo don Enrique Enríquez Manrique, su contemporáneo, predecesor del propio Sancho Dávila:

Dexó a su Iglesia vn dedo de S. Roque engastado en plata con vna espina, y vn poco de Lignum Crucis, que auian sido de la señora doña Ana de Austria Abadesa de las Huelgas de Burgos, nieta del Emperador Carlos Quinto[10].

Pero la catedral de Plasencia dispone de una segunda espina de la Corona de Cristo. La misma se veneraba en el colegio de los Jesuitas de la ciudad fundado por el obispo Gutierre de Vargas Carvajal en el año 1554. Este prelado no solo patrocinó la obra, sino que lo ofreció todo cuanto era necesario para su mantenimiento:

Doto este Colegio de muchas rentas y posesiones para su sustentacion de los Religiosos que allí viue[n], ocupados en Confessar, Predicar, y instruir, assi en la dotrina Christiana, como en letras humanas, muchos moços estudia[n]tes naturales de la ciudad, Obispado de Plasencia, y de otras partes q[ue] alli co[n]curre[n][11].

Muy breve, aunque de interés para el tema que nos ocupa, es la anotación de Gil González Dávila sobre don Gutierre de Vargas, en relación al convento de los jesuitas y la reliquia:

Fundó en Plasencia el Colegio de la Compañía de Iesus, y le dedicó a S. Ana, y a san Vicente Martir, y le dono vna espina de la Corona de Christo[12].

Poco más de dos siglos se mantuvo la Compañía de Jesús instalada en Plasencia, puesto hubo de cerrar el convento a consecuencia de la expulsión decretada en el año 1767. Por este motivo sus reliquias, entre ellas la espina de la Corona de Cristo, pasaron a engrosar los fondos de la catedral.

También la catedral de Coria es poseedora de otra espina, cuya procedencia se pierde en las nebulosas del tiempo y de la leyenda. Quiere la tradición que la misma ya estuviera en la ciudad en los primeros siglos, coincidiendo con la llegada del cristianismo a estas tierras. Con la dominación musulmana, al contrario que hicieron otros obispos y clérigos que huyeron con sus reliquias, el prelado cauriense don Bonifacio optó por esconderla en el subsuelo de la supuesta basílica visigoda que utilizaban para el culto. Tras la conquista de la ciudad en 1142 se procede a la consagración de la mezquita que se había erigido sobre el espacio basilical. Generalmente, y todo apunta que esto no sea una excepción, que la conversión en un recinto cristiano traía consigo la instauración de determinadas reliquias. Aunque resulta imposible saber si estas reliquias pertenecieron a la antigua iglesia cauriense, si fueron adquiridas en el norte o respondían a una donación de la nobleza.

Se ha venido instando de una manera errónea que determinadas reliquias de las que se conservan en Coria relacionadas con la Pasión de Cristo fueron halladas bajo tierra dentro de un arca, entre los años 1370 y 1403. Serían las escondidas a la llegada de los musulmanes. Para ello se alega una Bula emitida por el Papa Benedicto XIII con fecha de de 5 de julio de 1404, bajo el título «Licet is de cuius munere venit». Sin embargo el escrito papal solo indica que en la catedral de Coria se guardan reliquias de santos y un Lignum Crucis. La intencionalidad de la Bula, motivada por el propio cabildo, es evidente: conceder cuatro años de indulgencias a quienes visiten estas reliquias y contribuyan con algún donativo para la ejecución de las obras de la catedral.

Habrán de pasar muchas décadas para hallar una alusión a la Espina de la Corona de Cristo. Aparecerá en el inventario de reliquias que, en el año 1553, lleva a cabo el obispo Diego Enríquez de Almanza. A partir de esta fecha, la Espina de la Corona, junto al mantel de la Última Cena y a un trozo de la Cruz de Cristo, se convertirán en reliquias señeras de la catedral de Coria y motor que durante más de dos siglos atraerá miles de peregrino en la fiesta del 3 de mayo.

Tal vez la primera referencia exterior la encontramos en las Relaciones Topográficas de Felipe II, que especifica sobre el elemento punzante del martirio:

ay una de las espinas de que fue coronado nro señor Jesucristo la qual tiene vestigio de la sagrada sangre del Señor.

A principios de este milenio tomó auge una hipótesis sobre el origen de estas reliquias. Las mismas habrían estado en poder de la Orden del Temple, que las custodiaba y veneraba en la ermita de Santa María Magdalena, sita junto al castillo de Alconétar, enclavado en los territorios de la diócesis de Coria. La desaparición de los templarios trajo consigo la desaparición de sus reliquias, que más tarde las harían aparecer enterradas en aquella catedral. Lo que se pretendía con la invención de este hallazgo era el silenciar que los citados objetos sagrados habían pertenecido al Temple, una orden a la que la iglesia le estaba atribuyendo múltiples herejías:

Reinstaurarles un culto apropiado, libre de toda sospecha, requería desvincularlas de sus antiguos poseedores. Para ello, nada mejor que una nueva «aparición» casual o milagrosa, adjudicándoles un origen «antiquísimo» para situar su ocultamiento en fecha anterior a la creación del Temple. De esta manera, su pasado templario resultaba borrado de un plumazo y quedaban dispuestas para atraer de nuevo a los crédulos fieles y a sus generosas limosnas[13].

Un origen menos antiguo y, por consiguiente, sin elemento tan legendarios es el que se le atribuye a la Santa Espina de Cáceres, al menos en cuanto atañe a la noticia que de ella se tiene. Esta le fue entregada por el obispo de Plasencia y cardenal don Bernardino López de Carvajal y Sande a su sobrino Francisco de Carvajal, junto a otro buen número de reliquias, que permanecieron en un arcón hasta quince años después de su muerte, acaecida en Roma en 1523. Estas reliquias habían ido a parar al cacereño palacio de Abrantes, y en 1704, por decisión de Juan de Carvajal y Sande, se integran dentro de los bienes del mayorazgo que fundaran sus abuelos Juan de Sande Carvajal y Leonor de Saavedra. Sus intenciones eran tanto evitar la dispersión como el que siempre fueran objeto de culto en el citado palacio.

Sin embargo, ante las mentiras propagadas a través de los cronicones de Román de la Higuera, que ya comenzaban a ser denunciados, el obispo de Coria, temiendo posibles falsificaciones, suspende la veneración hasta que no le certifiquen su autenticidad. Pero de inmediato la familia presenta la documentación de las pruebas que se hicieron en su momento:

D. Francisco de Carvajal y Sande, Arcediano de Plasencia y sobrino carnal del Cardenal de Santa Cruz, a los quince años de muerto éste, acudió al Vicariato General del Obispado, cuya mitra ceñía a sus sienes D. Gutierre de Vargas y Carvajal, también sobrino del Cardenal y primo del recurrente, exponiendo: que el fallecido purpurado D. Bernardino, le había dejado cierto número de reliquias, guardadas en un cofre, que presentó, muchas de ellas envueltas en paños y papeles con letreros escritos de puño y letra del Cardenal, expresando lo que contenían; y para que nadie supusiere que eran otra cosa, presentó dos testigos (uno de ellos, otro pariente suyo y Canónigo, D. Bernardino López de Carvajal) ante los cuales el Vicario abrió el cofre y de él sacaron e inventariaron:

1º. Una espina de la corona de Cristo, envuelta en un poco de algodón y liado todo en un papel, en el que se leía: Sex Spini Christi.

Se enumeran un total de siete reliquias, a varias de las cuales, relacionadas con la Pasión de Cristo, nos referiremos posteriormente. Y tras ellas se especifica:

Los testigos reconocieron los rótulos de todas, y afirmaron ser de puño y letra de D. Bernardino, al que muchas veces habían visto escribir[14].

La vinculación de don Bernardino López de Carvajal con la localidad de Torrejón el Rubio es evidente. Su padre era señor de esta villa, y el cardenal no solo procuró el engrandecimiento de su iglesia de San Miguel, sino que la dotó de un amplio catálogo de reliquias, que fueron llevadas por el propio donante en el año 1490, y que «habían sido pedidas y suplicadas de Inocencio VIII». En la enumeración que hace Luis de Toro a mediados del siglo xvi señala que «se encuentra, entre ellas, una espina de la corona de Cristo»[15]. Por desgracia, solo se conserva un hueso del talón de San Blas.

Badajoz, como no podía ser menos, también ha contado con dos reliquias de la Santa Espina en la catedral. Ambas se custodiaban y recibían culto en una capilla del claustro dedicada al Cristo Crucificado, popularmente conocido como Cristo del Claustro. La una se hallaba en el costado del retablo «y otra en el relicario, que trajo el obispo D. Francisco de Rois documentada, que hoy no existe». Esta última se mostraba en un «desaparecido viril de plata que D. Fernando de la Bastida el 1761 mando fabricar en Roma y que le costó más de 700 ducados y en el que se colocó  el Lignum Crucis en lo alto y la Santa Espina en lo bajo que teníamos entre las Reliquias»[16].

De lo anterior se desprende que al menos una de las dos reliquias de la Espina de la Corona de Cristo llegó a Badajoz en la segunda mitad del siglo xvii, puesto que el obispo Francisco de Rois y Mendoza rigió los destinos de la diócesis entre los años 1668 y 1673. De la importancia que a la Santa Espina se le daba en el cabildo catedralicio se deduce del hecho de que la fiesta en su honor, con procesión incluida, seguía vigente en el primer tercio del siglo xix. La celebración tenía lugar el día 4 de mayo, portándose la reliquia hasta el altar mayor de la catedral[17].

También es poco lo que se conoce de la Espina que se conserva en el convento de Nuestra Señora de la Merced, de las Clarisas Descalzas, en la capital pacense. El monasterio sería fundado por el obispo fray Simón de Sousa en el año 1317, si bien las obras no concluirían hasta cuatro siglos más tarde gracias al impulso de otro prelado, Juan Marín y Rodezno. Si son escasos los datos acerca del cenobio, no lo son menos los relacionados con la Santa Espina. La antigüedad y el origen se pierden en la nebulosa del tiempo, aunque se apunta como razón la desaparición del archivo conventual en el siglo xix cuando, obligadas por la desamortización, las religiosas abandonan el cenobio.

En torno a esta reliquia surgió una cofradía en el año 1773 bajo el título de Nuestro Padre Jesús de la Espina, que procesiona la imagen del Nazareno más venerado de toda la ciudad. Al año siguiente el Papa Clemente XIV emite una Bula concediendo indulgencias a quienes el cuatro de mayo visiten la iglesia conventual y recen ante el Cristo de la Encina. Tal bula es considerada como el documento que prueba la autenticidad de una reliquia.

Está muy extendida la creencia que la Santa Espina llegó a este convento de Nuestra Señora de la Merced dentro de una oquedad que presenta la imagen del Nazareno en la parte posterior. De ser cierta tal opinión, las Clarisas Descalzas serían poseedoras de la reliquia desde finales del siglo xvii o principios del xviii, puesto que de esta época data la referida talla.

Todavía en los primeros días de mayo se sigue celebrando en el monasterio con gran solemnidad la fiesta de la Espina, en la que los devotos tienen la posibilidad de besar la reliquia.

Azuaga es una localidad de la provincia de Badajoz en la que también tenemos constancia de la existencia de otra Santa Espina. De ésta y de otras reliquias informa el clérigo Francisco Hernández de la Villa en carta dirigida al geógrafo Tomás López con fecha de 19 de abril de 1798. En la somera descripción que hace de la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación inserta esta anotación:

... se hallan colocadas las reliquias siguientes: una espina de las 72 de la corona de Christo Señor Nuestro, parte de la esponja de su Pasión, parte de la caveza de San Lucas Evangelista y la de San Sevaldo Confesor, de San Favián, San Sebastián y de las once mil Vírgenes, que fueron colocadas el 18 de Diciembre de 1547 y se conduxeron a esta villa por concesión de Su Santidad Paulo 3, sacándolas del convento de Santo Domingo de la ciudad de Morinverg en Alemania, a Don Juan Zapata natural de dicha villa[18].

Si seguimos al cura redactor nos encontramos cómo las reliquias salen de Alemania, concretamente de Núremberg (Morinverg), en tiempos de la reforma protestante, cuando ya se había decretado la prohibición del culto a su patrón San Sebaldo. Y, por otro lado, ha de señalarse que en ningún documento, excepto el reseñado, he localizado alusiones a las indicadas reliquias.

II. Lignum Crucis

Si numerosas son las Espinas de la Corona de Cristo, muy superiores son los fragmentos del madero en el que fue crucificado. De manera un tanto exagerada Juan Calvino arremetía contra la proliferación de esta reliquia en un exhaustivo texto del que traduzco y entresaco unas pocas líneas:

… lo que tenemos hoy en día de la verdadera cruz, es una opinión vana y frívola. Ahora bien, díganos por otro lado cuántas piezas hay por todo el mundo. Si yo quisiera contar podría decir que habría una lista para llenar un libro entero. No existe ningún pueblo tan pequeño donde no haya, no solo en la iglesia catedral, sino en cualquier parroquia. Igualmente no hay una abadía tan desgraciada donde no se muestre. Y en algunos lugares hay algunas grandes astillas, como en la Sainte-Chapelle de París, y Poitiers y Roma, donde hay un gran crucifijo que está hecho de ella, como se dice. En resumen, si quisiéramos recoger todo lo que se encontró, completaría la carga de un gran bote. El evangelio testifica que la cruz podía ser llevada por un hombre. ¿Qué atrevimiento, entonces, es llenar la tierra con tal cantidad de pedazos de madera que trescientos hombres no podrán sostenerlos![19].

La proliferación y la falsificación de las reliquias, de manera especial las del Lignum Crucis, fue objeto de crítica y de burla no solo en el ámbito protestante, sino también entre los escritores cristianos, como son los conocidos ejemplos de Erasmo de Róterdam, Alfonso de Valdés, Luis Vives o Cristóbal de Villalón. Amén de los intelectuales, el pueblo llano motejaba las reliquias mediante cuentos y chascarrillos del tipo del que refiere Gonzalo Correas al explicar uno de sus refranes:

La intención es la que sana, que no el palo de la barca. Dicen que una persona devota encomendó á uno que iba en romería á Roma y la Tierra Santa que le trajese un poco de Lignum Crucis; él se olvidó, y á la vuelta, pasando un río por una barca, se acordó de la encomienda, y como ya no había remedio cortó un poco de un madero de la barca, que dio en lugar del verdadero. Después, como verdadera reliquia aplicándola con devoción á dolores y enfermedades, sanaban. Entonces el romero decía entre sí: «La intención es la que sana, que no el palo de la barca». El Comendador dice, no sé con qué sentido: «Afición es la que sana, que no el palo de la barca», y no hallo que así se use; si dijera: «Devoción es la que sana, que no el palo de la barca», estuviera bien[20].

Tal vez lo mismo podría decirse de gran parte de las reliquias que se mantienen alrededor del Lignum Crucis, puesto que sería extraño encontrar un solo caso en Extremadura donde el fragmento de la Cruz de Cristo no estuviera acompañado de otros elementos pasionales o de restos de santos. La catedral de Plasencia se constituye en un claro ejemplo. Junto al Lignum «tiene la S. Iglesia mas de 500 Reliquias engastadas en oro, plata, evano, y en otros vasos preciosos»[21]. Y, por supuesto, no faltan objetos relacionados con la Pasión y Muerte de Jesús: Sábana de Señor, Coluna de Christo N. S., Sepulcro de Cristo, Vestiduras de Cristo, Lignum Crucis, Santo Sudario y san Longino, las tres últimas repetidas[22].

Ya dijimos al referirnos a la Santa Espina que el Lignum Crucis placentino fue donado por el obispo don Enrique Enríquez Manrique, que a su vez lo había recibido de manos de doña Ana de Austria, abadesa del monasterio burgalés de Las Huelgas.

Y buena parte de las otras reliquias procedían de una remesa del clérigo Diego Gómez y de la colección del obispo Sancho Dávila, sin descartar las dádivas de sus predecesores Bernardino de Carvajal y Gutiérrez de Vargas y Carvajal. Aunque estas últimas no debieron ser muy abundantes, dada la mencionada solicitud de reliquias por parte del prelado Ponce de León al Papa Pío V.

Puesto que la catedral de Plasencia tiene un doble Lignum Crucis, al segundo de ellos cabe atribuirle un distinto origen. Y de éste parece informar el médico Luis de Toro, en la segunda mitad del siglo xvi, cuando en su obra Descripción de la ciudad y obispado de Plasencia[23] hace referencia al palacio de los Zúñiga:

... posee un trozo del madero (cuya autenticidad se manifiesta con el testimonio y con diplomas e sumo pontifice de la Iglesia de Dios, Pío IV) en el cual Nuestro Señor Jesucristo, entregándose por nosotros a la muerte, sacó de la tiranía y poder del diabólico Satanás la puerta del Reino Celestial, durante tantos siglos cerrada y prohibida[24].

Dentro del obispado de Plasencia, en su zona norte, se encuentra la localidad de Cabezabellosa. La iglesia de San Lorenzo de esta pequeña población contó con un amplio muestrario de reliquias desde el año 1601. Estaba formado por un relicario múltiple, de gran tamaño y en forma de cruz, y otro más pequeño conteniendo un hueso de San Bartolomé. Estos le fueron entregados al licenciado Juan Serrano Berrozano por la abadesa de las Descalzas Reales de Madrid, que a su vez los habían recibido de la emperatriz doña Margarita de Austria. Serrano Berrozano, natural de Cabezabellosa, que llegó a ser Canónigo Prebendado de la Catedral de Plasencia, había ejercido como Sacristán Mayor en el convento madrileño.

La donación estaba sujeta a unas normativas que habían de cumplir sus receptores, la cofradía de la Vera Cruz. Estas exigían su especial veneración en determinadas fechas del año: Viernes Santo, Cruz de Mayo o día de los Santos Mártires Fabián y Sebastián. No obstante, la exposición al culto debió ser precedida por una certificación de autenticidad, emitida por el notario de la audiencia de Plasencia, dando «Licencia para que dicha Cruz, y un Relicario en que están con su caja, se ponga en el Altar mayor de la Yglesia de este Lugar, al lado del Evangelio, con toda decencia»[25].

El Lignum Crucis, de muy pequeño tamaño, estaba situado en el centro de la cruz, incrustado en un Agnus Dei de cera. Y lo franqueaban las reliquias de San Sebastián, San Alejo, San Ambrosio, Santa Margarita, San Blas, Santa Anastasia, Santa Cristina, San Frutos, San Dionisio y de «los mil mártires».

Actualmente nada se sabe del paradero del relicario de Cabezabellosa, ignorándose incluso si su desaparición tuvo lugar durante la Guerra de la Independencia o cuando el párroco de la localidad, en la década de 1960, puso a la venta todo el patrimonio histórico-artístico de la iglesia[26]. Aunque la desaparición podría ser anterior, habida cuenta de que no existe la menor referencia a las reliquias en las respuestas a los interrogatorios de la Real Audiencia de Extremadura, de 1790, y de Tomás López, de 1798, firmadas estas últimas por el cura Pedro Servando de Caviedes.

Otro Lignum Crucis en la misma diócesis de Plasencia lo encontramos en el Convento del Cristo de la Victoria, de las Agustinas Recoletas, en Serradilla. Se muestra en un interesante relicario en forma de cruz, cuyas marcas denotan haberse fabricado en Madrid en el año 1711. El Lignum Crucis ocupa la parte central del cruce de los brazos, estando flanqueado en las cuatro direcciones por las reliquias de San Víctor, Santa Elena, San Vicente Ferrer, San Ildefonso, San Agustín, San Buenaventura y de Nuestra Señora[27].

Peor suerte tuvo la localidad vecina de Torrejón el Rubio. Entre las reliquias que a su iglesia de San Miguel donó el cardenal López de Carvajal, amén de la espina que hemos citado, se contaba un fragmento de la cruz de Cristo, también desaparecido. Este Lignum Crucis estaba escriturado como «Un trozo de la cruz en que el Redentor del mundo, Nuestro Señor Jesucristo, se dignó recibir la muerte por la vida de los hombres». De las más de cuatro decenas de reliquias que la acompañaban, entresaco por su interés las directamente relacionadas con la Pasión:

Un trocito de piedra de la columna a que fue atado, cuando se sometió a los azotes.

Un pedazo de la piedra del Calvario, donde se fijó la cruz para la salud de los hombres.

Tierra del campo que se compró con las treinta monedas de plata de la venta de Jesús.

Además, tierra del cenáculo…

Un trozo de la cruz en que estuvo colgado el buen ladrón Dimas[28].

La localidad de Santa Cruz de la Sierra cuenta con un Lignum Crucis adquirido hace varias décadas, compartiendo joyero con una reliquia de San Felipe Neri.

A sus lados, en el retablo-relicario, se encuentran huesos de santos que ya se roturaban en los inventarios de finales del siglo xix: Jerón, Rita, Fulgencio, Antonio Abad, Clemente Mártir y otros no identificados.

Pero el actual Lignum Crucis no ha sido la única reliquia del Santo Madero que se relaciona con la villa a lo largo de su historia. Es tradición, recogida en viejas crónicas, que hasta este lugar se trajeron desde Toledo, al producirse la invasión musulmana, varias reliquias de gran valor y aquí se ocultaron. Juan Gil de Zamora, conocido como Fray Egidio Zamorense, se hace eco de ello en el siglo xiv:

Audiui, Christianos Toletanos in aduentu Saracenorum tulisse in saltum distantem à Trogillo duodecim mille passus, & ibi abscondisse Cathedram, & vnum lignum Crucis, & quamdam Imaginem; & a priscis temporibus in aëre luces apparere.

Como puede observarse, se trataba de un fragmento del sillón o cátedra en el que la Virgen se sentó para entregarle la casulla a San Ildefonso, de un Lignum Crucis y de una imagen indeterminada.

Esta información servirá de base a la anotación que Lorenzo Ramírez de Prado añade al cronicón de Luitprando[29]. De este modo se populariza la opinión de Gil Zamora sobre la salida de las reliquias de Toledo hacia a un lugar situado a doce mil pasos de Trujillo, lo que equivale a poco más de dos leguas, por lo que su ubicación carece de problemas:

Este lugar hoy es llamado por los que allí habitan Santa Cruz de la Sierra, y, como es bien conocido se llama así por razón de este santo Lignum. Y en apoyo hay que decir que una cruz muy brillante, que se sostiene en el aire vacío, y que ha sido vista por muchos, que da testimonio del Lignum allí oculto, y que también ha servido para dar nombre al pueblo y casi lo ha exigido. Antiguamente fue una colonia de romanos, luego un lugar ocupado largo tiempo por los árabes, y finalmente caída en poder del Rey Fernando III, tras conquistar a Córdoba. Ahora, ennoblecida es posesión de Don Juan de Chaves y Mendoza, conde de La Calzada ahora Consejero de nuestro gran Rey Católico de las Españas, Don Felipe IV, en el Consejo Supremo y en la Cámara Real y Presidente con todo derecho en el Consejo Supremo de las Órdenes Militares, que es gloria para toda España por el esplendor de su nobleza y por su esmerada formación humanística. Sobre la antigüedad del lugar y la aparición de tales luces, puede verse una narración breve pero verdadera, en el librito áureo del P. Francisco Portocarrero sobre el descenso de la Bienaventurada Virgen María a la Iglesia de Toledo, capítulo 24[30].

Efectivamente el jesuita Francisco Portocarrero había impreso su libro un cuarto de siglo antes y, en el tema que nos ocupa, parte de la información aportada por Fray Egidio. De ninguna de las maneras resulta parco en sus exposiciones, ya que con bastante amplitud se refiere a las reliquias y a las manifestaciones divinas que confirman su ocultación en esas tierras[31]. El se confiesa testigo de las luminarias que aparecen sobre el cielo de Santa Cruz de la Sierra:

Lo que dize este Autor (Gil Zamora) de las luzes es sin duda, referiré en confirmacion dello lo que yo he visto, y otros muchos.

Afirman los vezinos desta villa, y sus comarcanos, y los forasteros q[ue] vienen a ella, y a mi me lo certificaron, que ha mas de quinie[n]tos años que en el remate del pueblo en la parte mas alta y vltima desta villa se aparece cada noche en inuierno y verano a diuersas horas vna replandeciente luz en el ayre…

Vimos la todos sobre el ayre: es grande y clara, mas no alumbra el medio circunuezino. Pone admiracion a los que la veen, y no poca reuerencia. Dura poco; en inuierno se muestra mas resplandeciente, quando es mayor la escuridad de la noche y la tempestad…

Cauose en aquella parte, y en otras, que es de peñas viuas por si se descubria algun edificio, o cueua donde estuuiesen algunas reliquias… Pero no se halló sino vna fuente que salia debaxo de la peña, sobre la qual se assentó la cruz. A la fama de la luz co[n]currio mucha gente a venerar la cruz, y trahian sus niños enfermos, especialmente los que estaban quebrados, y lauandose con el agua, dizen que sanauan… Dura esta maravilla de la luz hasta el dia de oy, y hase notado que se vee mas resplandeciente en las fiestas de Nuestra Señora[32].

A partir de esta fecha el mismo asunto de la luz en forma de cruz y el milagroso surgir de las aguas fue tratado con interés por otros historiadores, llegando a la conclusión que todo se debía al hecho de anunciar la presencia de algunas reliquias escondidas bajo la tierra[33]. Sobre el lugar de la supuesta ocultación la Orden de San Agustín fundó un convento en el año 1629, quedando en el interior de la capilla la fuente milagrosa. Ello no impidió que las luces pervivieran, como confirmó el cura Parejo Bravo, que pudo verlas a mediados de julio de 1743. El convento fue abandonado a raíz de las desamortizaciones del siglo xix. Y en el pueblo sigue firme en la esperanza de alguna futura revelación, como en su momento reflejara Bernabé Moreno de Vargas:

(…) se entiende son señales de que alli estan escondidos algunos cuerpos de Santos, pues otras semejantes luzes se han visto adonde auia cosas deste genero, su diuina Magestad es el que solo lo sabe, y oculta, y esconde los cuerpos de sus Santos, y los manifiesta en el tiempo que es seruido, para gloria fuya, y exaltación de su Iglesia[34].

Dentro de la provincia cacereña, aunque perteneciendo a la diócesis de Toledo, nos encontramos la villa de Guadalupe, que también custodia en el monasterio un interesante Lignum Crucis, compartiendo su existencia con un incontable número de reliquias. El Lignum Crucis guadalupense se muestra en un relicario del siglo xiv, y se trata de una donación hecha por Enrique IV, rey de Castilla y León, que está sepultado en este monasterio.

Si partimos de la información que nos ofrece la Bula del Papa Benedicto XIII, de 1404, el Lignum Crucis es la reliquia más antigua de cuantas se conservan en la catedral de Coria. Aun dando por inseguro su hallazgo en el subsuelo de la actual catedral, es posible que ésta fuera una de las reliquias que estuvieron presente cuando se procedió a sacralizar la antigua mezquita para convertirla en templo cristiano. El resto de las reliquias que guardan relación con la Pasión de Cristo son posteriores, y de algunas de ellas solamente se tienen noticia a partir del ya citado inventario que mandó hacer el obispo Enríquez de Almanza a mediados del siglo xvi.

Con la llegada a Coria del Mantel de la Última Cena, hecho que debió de ocurrir en una fecha no muy anterior al año 1553, éste forma parte del trío de reliquias de la Pasión que son objetos de una gran veneración en la ciudad de Coria, y que se muestra de forma inseparable junto al Lignum Crucis y a la Santa Espina. Sus historias ya caminan paralelas, y no me detengo en ello, puesto que ya lo hice exhaustivamente en un anterior trabajo al que me remito.

Actualmente en el museo de la catedral se muestran numerosas reliquias, ya retiradas del culto, que atraen por su extrañeza. Llaman la atención la quijada de San Juan Bautista con cuatro muelas, los pañales del Niño Jesús, el maná del desierto, la huella de la pisada de la Virgen o un colmillo de San Cristóbal[35]. Mas si nos ceñimos al tema de la pasión y muerte de Cristo, nos encontramos con varias reliquias que acompañan al Lignum Crucis además de la Santa Espina y «de los manteles en que nuestro Señor Jesucristo ceno el jueves de la cena con sus santos apostoles en los quales instituyo el santissimo sacramento del altar todos enteros». He aquí un par de ellas ya nombradas hace más de cuatro siglos:

Yten ay tierra don nuestro señor estaba quando sudo gotas de sangre en el huerto quando el angel le represento la pasion que avia de pasar.

Yten ay un pedaço de la piedra del santo sepulcro de nuestro señor Jesucristo[36].

Aunque perteneciente a la diócesis de Coria, será un obispo placentino, el ya mentado Bernardino de Carvajal, el que nutra de reliquias a la ciudad de Cáceres. Y entre ellas, una del Lignum Vere Crucis. Como ya dijimos al tratar de la Santa Espina, también el tronzo de la cruz le fue entregado a su sobrino, el arcediano Francisco de Carvajal, y estuvo expuesta con el resto de reliquias en su residencia, conocida como Palacio de los Condes de Abrantes. Con este fin construyó una capilla en sus jardines en la primera mitad del siglo xvi. En este lugar recibió especial veneración durante varios cientos de años, sobre todo en fechas determinadas, como lo eran el Jueves Santo y el Día de la Cruz. Sobre ello abundan los testimonios, cual es este de 1798:

En una casa del Excelentísimo Señor Duque de Abrantes y en capilla pública se venera entre otras preciosas reliquias que contiene una bien labrada cruz de plata, sobredorada de más de vara de alto, un lignum vía de medio palmo de alto, tres dedos de ancho y dos de grueso, se manifiesta en gran culto y solemnidad los días 2 y 3 de mayo, cantando vísperas y missa solemne, concurriendo a su veneración los fieles no sólo de Cáceres sino de otros pueblos.[37].

Junto a la Espina y al Lignum Crucis también fue venerada como reliquia pasional una piedra del Monte de los Olivos. Otras reliquias de menor interés eran:

Una piedra envuelta en un papel, atado con un hilo de cáñamo en que se leía «de lápide quarentene domini», y debajo de la envoltura otro papel que expresaba «de cuarentena Christi».

Un velo y cilicio de Santa Catalina, y el paño con que cubrieron sus llagas.

Una piedra de la celda de S. Jerónimo, bajo el pesebre.

Otra piedra de cabe la zarza que vió arder Moisés[38].

Actualmente todas las reliquias han desaparecido, a pesar del interés que durante siglos mantuvieron los moradores del palacio de Abrantes para que todo el conjunto permaneciera siempre en ese lugar. Pero ello no evitó que el siglo xviii un descendiente directo de Juan de Carvajal y Sande, que se esforzó por materializar este deseo, aun consiguiendo dictados de excomunión para quien lo incumpliera, tratara de trasladar estas reliquias a Toledo. Pero en esta ocasión el ayuntamiento de Cáceres abortó el intento:

En 3 de diciembre de 1704, el corregidor de Cáceres hizo presente a su Ayuntamiento que, por muerte del conde de la Enjarada, resultó vinculada esta preciosa reliquia, según cláusulas de su testamento, con la prevención de que se ganasen bulas apostólicas, para que de ningún modo se pudiese sacar de su capilla y casa en que murió, y teniendo noticia, que el nuevo conde quería conducirla a Toledo, lo hizo presente, para que la villa no permitiese extraer una reliquia tan insigne; y en su vista dio comisión al Ayuntamiento a uno de sus regidores[39].

Pero nada pudo hacer cuando, a finales del siglo xix, la Marquesa de Portazgo, una de las herederas del último Conde de Abrantes, se llevó las reliquias a su palacio de Madrid. Todas ellas estaban insertadas en una gran cruz de plata.

Sobre el origen de este Lignum Crucis existen dos teorías, aunque en ambas el donante es el cardenal don Bernardino. Una de ellas apunta que le fue entregada por el Papa Inocencio VIII en el año 1491, en atención a los muchos desvelos que la familia Carvajal tenía en pro del cristianismo. No obstante resulta más atractiva la opinión que hace a la reliquia fruto de un hurto perpetrado por el propio don Bernardino cuando era cardenal obispo de la basílica romana de Santa Cruz de Jerusalén.

Se dice que en esa basílica de Roma se conservaba el trozo más grande de la cruz que Santa Elena trajo a la capital del Imperio. A ella, con toda la sagacidad posible, le cortó un gran pedazo don Bernardino de Carvajal, lo trajo a España y entregó a su sobrino. De su gran tamaño da cuenta el «Memorial de Ulloa», que en el año escribiera su descendiente Pedro de Ulloa Golfín y Portocarrero un siglo y cuarto después de la muerte del cardenal:

un Gran pedazo de la Preciosissima, y Estimada Reliquia del Lignun Crucis, que con gran Veneración se Conserva en Ella, siendo Vno de los mayores de aquel Divino Madero, que se halla en la Christiandad[40].

Apunta la tradición que hubo intentos por parte del Vaticano, a pesar de la devoción que se le tenía en Cáceres, para que el Lignum Crucis fuera devuelto a su lugar de origen. Ante la imposibilidad de conseguirlo, «el Santo Padre le había impuesto, como penitencia, la obligación de fundar en la villa cacereña y sus contornos, siete ermitas, cuyo culto costearía; como así lo hizo el Prelado»[41]. Aunque es más probable que este castigo fuera consecuencia de la recuperación del Capelo cardenalicio durante el gobierno pontificio de León X, del que había sido desposeído por el Papa Alejandro II, que fue un enemigo declarado. Don Bernardino fue el principal promotor del Concilio de Pisa, en el que se trató de suspender al Sumo Pontífice.

Menos conocida fue otra reliquia de la Vera Cruz que también estuvo en la capilla del palacio de Abrantes. A ella hace referencias en un tiempo bastante cercano un cronista de la capital cacereña:

En la capilla de la Santa Cruz, se veneran dos Lignum Crucis, uno que fue del Cardenal don Bernardino de Carvajal y el otro regalo del Maestre de Malta La Vallette a don Álvaro de Sande, cuando mandando las tropas de Felipe II derrotó a los turcos en el desembarco de Malta[42].

De las investigaciones llevadas a cabo por Corrales Gaitán cabría suponerse que esta reliquia es la que aún permanece en Cáceres, estando en posesión de uno de los descendientes, en línea materna, de la familia Carvajal[43].

Al referirnos a la Santa Espina de la catedral de Badajoz indicamos que tanto ésta como el Lignum Crucis habían desaparecido con el relicario que las contenía. De alguna información se desprende que fueron donadas por el obispo don Francisco de Rois, aunque tampoco descartamos que fueran regaladas por don Bernardino de Carvajal, cuando estuvo al cargo de la diócesis pacense, entre los años 1489 y 1493. De sobra es conocida su dadivosidad:

Siendo Obispo de Vadajoz embió á su Iglesia en el año 1490 muchas Reliquias que se guardan con veneracion en su sagrario[44].

Junto a las reliquias de la Pasión se conservan una veintena de restos de santos, entre mártires y confesores: Fabián, Sebastián, Engracia, Víctor, Bonifacio, Pío, Esteban y Compañeros de Cerdeña, Agapito, Lorenzo, Ceferino, Julián, Crescencio, Bonifacia, Germana, Mauro, Juan de Ribera y Atón[45].

Al noroeste de la provincia de Badajoz se localiza la villa de Alburquerque, lugar de señorío entre los siglos xiv y xix. Dentro de la amplia fortaleza, residencia del alcaide, se alza la conocida como Iglesia de las Reliquias, nombre que le viene de las muchas que atesoró en su interior. La toma de posesión de un nuevo alcaide traía aparejada la revisión y recuento de todas las reliquias, reflejándose en el correspondiente inventario. Los más antiguos corresponden al siglo xvi. En el año 1793 don Pedro Salgado Durán, Abogado de los Reales Consejos y Capitán de Milicias Urbanas de Alburquerque, se refería a una de las comprobaciones de aquella época:

En la yglesia del castillo… hay un relicario como de una tercia de alto de plata, zaumada de oro con quatro caras, que según testimonios, que he visto de primero de diciembre de 1568, se trasladaron al de las cajas en que estaban las reliquias siguientes[46].

En los viejos inventarios sobre los bienes de la Iglesia de las Reliquias solo varían las firmas y el año, puesto que los restos sagrados se reproducen de manera casi literal una y otra vez. En ellos se recogen dos pedazos del Santo Madero, que califican como «Lignum Crucis» y como «verdadero palo de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, es decir la Vera Cruz», encontrándose este último dentro de un relicario de plata.

Sorprende que no exista en el amplio relicario de Alburquerque ninguna Santa Espina. Por el contrario, sí que se reseña «la piedra de la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo»[47]. Y junto a ésta, para hacer compañía al trozo de Cruz, el relicario ofrece un amplio muestrario de objetos emparentados con la Pasión de Cristo:

Pedazo del estelo o columna en que Jesucristo fue amarrado y azotado.

Pedazo de piedra procedente del monte Calvario en que crucificaron a Jesucristo.

Palo de la puerta del Sepulcro de Jesucristo

Piedra de la piedra del monumento de Cristo.

Piedra donde fue hallada la cruz de Jesucristo.

Piedra del Santo Sepulcro de Nuestro Señor[48].

Dos fechas fueron las señaladas para que estas reliquias salieran en procesión: la Ascensión del Señor y Santa Mónica. La razón de ésta se debió a un voto de hizo la villa al librarse de lo que pudo ser una tragedia:

… y la otra el día de Santa Mónica a quatro de mayo, en que se ofreció la villa y beneficia[dos] hacer rogativa, con misa solemne en la yglesia del castillo, a que van procesionalmente dando gracias a su Divina Magestad de no haberse arruinado el castillo y el pueblo en el tal día, año de 1760, en que cayó una centella en la torre del Omenaje en que había un almacén con setecientos y más quintales de pólvora, desmoronando una almena y ladrillos del techo de la bóveda que custodiava la pólvora, saliendo afuera de que quedó señales[49].

El poder que el pueblo le atribuye a las reliquias, que se manifiesta en las múltiples rogativas de que se tiene noticia, lo constamos en un hecho de gran raigambre folklórica:

Criándose una yerba, que se llama Angélica, en los riscos y entre peñascales en que está fundado el castillo y su yglesia, se cojen sus rayzes de olor muy agradable, las que tocadas como es costumbre en el Santo Relicario el día de la Ascensión, quando cada uno la adora se tiene por reliquia, y por muchos estraños y forasteros y aún hasta de las Yndias se solicitan trozos o polvos de las tales rayzes, dimanada tal devoción de la tradición que corre de haver hecho San Pedro de Alcántara, viviendo en el combento de los frayles franciscanos de la segunda fundación expuesta, su súplica a la Divina Magestad, en lo alto de la nombra torre de Omenaje, se apiadara su Divina Magestad del contagio de peste que padecía el vecindario entonces y decir se alcanzó su suspensión con la aplicación de tales rayzes[50].

La custodia de las reliquias, por lo que respecta al siglo xviii, estaba en manos de tres personas, cada una de las cuales disponía de una llave: Arcipreste, Alcalde Mayor y Caballero Regidor Decano. En consecuencia, era necesario un acuerdo común para abrir el relicario. Con anterioridad era el alcaide el único encargado de la seguridad de estos objetos sagrados. Tras la toma de posesión se le hacían entrega de las cuatro llaves de las puertas de la sacristía y de los armarios de las reliquias[51].

No existen documentos que informen acerca de la venida de las reliquias a Alburquerque, aunque parece claro que no todas arribaron en el mismo momento. Es posible que las primeras llegaran en el siglo xiv, teniendo en cuenta que uno de los relicarios, que se conserva en la iglesia de Santa María del Mercado, fue donado por Juan Alonso de Alburquerque, ministro universal de don Pedro el Cruel[52]. Y es muy probable que algunas de las mencionadas reliquias vinieran de la mano de Alfonso Sánchez, bastardo del rey portugués don Donis, cuando fue señor de la villa de Alburquerque[53].

Los capellanes de Medellín Juan Antonio de Ybarra y Juan Joseph Calderón y Cabezas, con fecha de mayo de 1786, dirigían a Tomás López de Vargas y Machucha una información para el diccionario que el geógrafo estaba ultimando. En ella indicaban que «ai un relicario en la yglesia de Señora Santa Zezilia entre cuias reliquias se halla una cruz del madero en que murió Nuestro Redemptor, como de media terzia de alto y media pulgada de grueso»[54].

Nada queda de ésta ni de otras muchas reliquias de la iglesia de Santa Cecilia. Así pudo comprobarlo en el año 1910 el historiador Juan José González, que recibió un amplio dosier explicativo de las que allí hubo merced a las investigaciones llevadas a cabo por el párroco don Eduardo Rodríguez, que comenzaba señalando «que desgraciadamente hoy no subsisten ni se sabe cómo o porqué han desaparecido». Pero sí se conocía el origen. Por escritura otorgada el 10 de mayo de 1625, el jesuita Francisco Portocarrero

.... donó y entregó a dicho Cabildo para que se colocasen en la Iglesia Parroquial de Santa Cecilia, distintas reliquias que se expresarán con cargo y obligación de que dicho Cabildo y los Clérigos que en lo sucesivo fueren, habían de cumplir y hacer cumplir.

Como en otros casos, también aquí el donante marca las pautas que han de regir para su protección:

Que para que dichas reliquias estuviesen con la custodia correspondiente, había de tener tres llaves en el sitio donde se colocases, de las cuales la una había de estar en poder del Abad que es o fuese del dicho Cabildo, otra en poder del Cura de Santa Cecilia…; y otra llave la tendría la personas que nombrase el Ayuntamiento de esta villa; y que en el sitio en que se colocasen las expresadas reliquias, con ellas se había de colocar también los papeles y testimonios auténticos de ella…

El Lignum Crucis, de muy gran tamaño, dentro de una cruz de plata y guarnecido con unos cristales, se acompañaba de una espina de la Corona de Cristo. Al lado de éstas se exhibían un total de trece reliquias, entre las que destacaban las firmas de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier[55]. Las otras respondían a restos de mártires, confesores y vírgenes: Persilio, Sotero, Cornelio, Ceferino, Prisciliano, Sixto, Clemente, Anastasia, Diego, Eusebio y Camilo[56].

La localidad de Villagonzalo también contó con su propio Lignum Crucis, al menos desde el siglo xvi. A él se refiere Bernabé Moreno de Vargas con estas palabras:

... el P. Fr. Iuan Nuñez, de la Orden de fan Francisco, y Custodio en la Prouincia de Lima en el Piru, vino a Roma a vn Capitulo general de su Orden, y traxo algunas reliquias, y en ellas vn pedaço del Lignum Crucis, que estàn en la Iglesia desta villa[57].

Por su parte, Pascual Madoz, aunque sin especificarlo expresamente, da cuenta del Lignum Crucis, señalando que procede de un regalo del Papa:

... en ella (iglesia de Nuestra Señora de la Piedad) se venera un magnífico relicario que donó S. S. al P. Fr. Juan Nuñez , provisor general de la provincia de Lima y natural de esta villa[58].

El conjunto de reliquias que atesora el convento de Santa Clara, en la ciudad de Zafra, goza de un gran reconocimiento y popularidad tanto dentro como fuera de los límites extremeños. Este monasterio, conocido también como Santa María del Valle, fue fundado en 1428. Desde sus inicios contó con el patrocinio de los Condes de Feria, con el primero de los cuales, don Lorenzo Suárez de Figueroa, la iglesia del convento ya se convirtió en mausoleo de la casa nobiliaria. Por lo que respecta al relicario, el impulso le vino dado a partir del II Duque de Feria, del mismo nombre que el fundador de la dinastía. Sirvió como embajador de Felipe II en Roma, coincidiendo con el pontificado de Clemente VIII, del que recibió un buen puñado de reliquias. Estas reliquias, hasta un total de más de doscientas, fueron las que envió a su madre, Jane Dormer, para que las reintegrara al monasterio zafrense y con este objeto fue encargando los correspondientes relicarios. De este modo una gran remesa de reliquias llegó a las monjas de Santa Clara en el año 1603. La Capilla de las Reliquias, abierta en lateral de la nave de la iglesia, data de 1616, corriendo la ejecución a cargo de su nieto don Gomes, III Duque de Feria.

Son varias las reliquias del Lignum Crucis que este convento zafrense de Santa María del Valle poseyó en razón de las donaciones de la casa ducal:

Hasta tres Lignum Crucis, relicarios que contenían trozos del leño de la cruz, encargaron con el fin de albergar otras tantas fracciones, que por sus influencias iban consiguiendo: Uno, de plata y ébano, vino dentro de la remesa de reliquias que enviaron en 1603. Otro, que guardaba en su capilla privada la duquesa Jane Dormer, de oro, cristal de roca, perlas y piedras preciosas, llegó tras su deceso en 1612. Ambos pueden, hoy, contemplarse en la sala dedicada a la Piedad Nobiliaria del Museo. Pero hubo un tercero, espléndido a juzgar por las descripciones que del mismo se conservan, que fabricaban en oro dos artistas italianos y aún en 1634 no estaba terminado[59].

Habría que unir a éstos el que llegó procedente, a raíz de la desamortización, del convento franciscano de San Benito y el conocido como Relicario Carmelitano, que data del último tercio del siglo xviii y que muestra en sus dos oquedades un fragmento del Lignum Crucis y un trozo del velo de la Virgen María.

Sin duda alguna el pueblo que con mayor intensidad venera a sus reliquias es Puebla del Maestre. Esta devoción arranca en los mediados del siglo xviii cuando el Conde de la Puebla del Maestre ordena traer las reliquias a la iglesia parroquial del Salvador del Mundo e instituir la fiesta en torno a ella el 14 de septiembre[60].

Como hemos visto en otras ocasiones, también en Puebla del Maestre, amén de en las auténticas, fían la veracidad de sus reliquias en la procedencia de Roma. El Santo Pontífice, en pago de ciertos favores, las había donado al Duque de Calabritto. Por herencia pasaron a su sobrino, el Duque de San Germán, casado con doña Catalina de Cárdenas y Colón, Condesa de la Puebla del Maestre. Al morir sin hijos cede tanto el título como las reliquias a su hermana doña Lorenza. Será la hija de ésta, doña María Ana Enríquez de Cárdenas, la que teste que, tras su fallecimiento, estas reliquias sean llevadas a la iglesia de Puebla del Maestre. El óbito se produce en diciembre de 1761 y a partir de ese momento comienzan las gestiones para su traslado. El Inquisidor General, don Manuel Quijano Bonifaz, comunica al pueblo la noticia de esta resolución con fecha de cinco de julio de 1762. En su carta hace la descripción de todas las reliquias:

A modo de una pequeña custodia, de una cuarta de alto, en el óvalo, con cristal se halla el Lignum Crucis, con la efigie del Cristo crucificado. En el extremo de la cruz hay un pedacito de la Esponja y otro de los Cordeles o Soga con que ataron a Cristo por nuestro bien; y al lado izquierdo un poco de la Púrpura que pusieron a Nuestra Majestad y otro poco de la Sábana Santa. Todas cuatro reliquias con sus rótulos. Adornando la custodia una corona de espinas trabajada con primor, de plata sobredorada con varias labores. Y de la misma materia es todo el Relicario, en cuyo pie están labradas las armas de la casa. Habiéndose conservado siempre las referidas Sagradas Reliquias en los oratorios de los dueños, que en sus respectivos tiempos las poseyeron.

Años más tarde, concretamente en 1793, el bachiller don Francisco Páez, capellán de Puebla del Maestre nos ofrece un recuento de las reliquias:

… se conservan seis reliquias de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con su auténtica, a saber: una espina entera, un signum crucis, un poco de cordel, un poco de púrpura, otro de esponja y otro de la Sábana Santa, en que fue envuelto el cuerpo de Jesús, y todas inclusas en un decente relicario, que lo dotó a esta parroquia el Conde Calabrelo, como señor que entonces era de este pueblo[61].

Vemos en este documento cómo las cinco reliquias que señalaba el señor Inquisidor son ahora seis, habida cuenta de que la plateada corona de espinas que adorna el relicario se ha transformado en «una espina entera». Las reliquias llegaron a su destino el 26 de febrero del año siguiente, efeméride que sigue conmemorándose con una gran fiesta. Y en el pueblo aún se le confiere el calificativo de hecho histórico a la leyenda milagrera sobre el traslado de las reliquias desde Llerena a Puebla del Maestre[62]:

La mula que las transporta cae muerta en lo alto del puerto desde el que se divisa el caserío. Esta muerte venía a significar el plácet para que los objetos de la pasión de Cristo tuvieran eterno cobijo en la localidad. También aquí una encina se convierte en testigo del prodigio, que cada año se hace patente por medio de las bellotas que nacen con la imagen de las reliquias «pintadas» en su caparazón.

Todas las reliquias de Puebla del Maestre están relacionadas con la Pasión de Cristo y algunas de ellas son únicas en Extremadura y muy escasas en el mundo cristiano: el trozo de manto púrpura que vistió Cristo, el pedazo de cordel con el que le ataron a la columna, un fragmento de la esponja[63] con la que le dieron vinagre y un trozo de la sábana en que fue envuelto su cuerpo[64].

También un Lignum Crucis se conserva en una ermita en la dehesa El Pantano, en término de Montijo, y del que apenas existe documentación.

Hace un lustro la Hermandad de Penitentes del Santísimo Cristo de la Vera Cruz Vera Cruz de Jerez de los Caballeros se convirtió en poseedora de un Lignum Crucis. El mismo fue donado por doña Encarnación Gutiérrez y López de Haro, Dama de San Fernando y de la Orden de Saboya. Y, al mismo tiempo, según refieren las Hojas Informativas de la propia cofradía, también cuenta con un fragmento de roca del Gólgota, del que le hicieron entrega los franciscanos custodios de los Santos Lugares.



NOTAS

[1]Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas, y catedrales de los Reynos de las dos Castillas. Vidas de sus Arzobispos, y Obispos, y cosas memorables de sus sedes. Tomo segundo, que contiene las iglesias de Sevilla, Palencia, Avila, Zamora, Coria, Calahorra, y Plasencia. Madrid. Imprenta de Pedro de Horna y Villanueva, 1647, pág. 417. Estudios más recientes estiman en 800 las espinas que se contabilizan en todo el mundo cristiano: PASCUAL, Carlos: Guía sobrenatural de España. Al-Borak. Madrid. 1976. GARCÍA ATIENZA, Juan: Guía de la España mágica. Barcelona, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1981.

[2]San Epitacio Apóstol y Pastor de Tui, Ciudadano Obispo y Martir de Ambracia, oy Plasencia. Su vida y martirio. Madrid, Diego Díez de Carre[r]a, 1646.

[3]Ibidem., pág. 399

[4]Ibidem, págs. 395-404.

[5] MÉNDEZ HERNÁN, Vicente: «Aportaciones documentales en torno a los retablos de la Virgen del Tránsito y de las Reliquias de la Catedral de Plasencia», en Revista de estudios extremeños, Vol. 56, Nº 2 (Badajoz, 2000), págs. 447-451.

[6]De la veración que se debe a los Cuerpos de los Sanctos y a sus Reliquias y de las singular con que se a de adorar el cuerpo de Iesu Christo nro Señor en el Santissimo Sacramento. Lo inserta en el apartado que intitula: «Memoria de las sanctas Reliquias que estan en mi oratorio y por cuya veneracion me moui á escribir este libro», fol. IV r. El manuscrito, de 1610, está en la Biblioteca Nacional. La obra fue impresa en Madrid, por Luis Sánchez, en el año 1611.

[7] SANZ HERMIDA, Jacobo: «Un coleccionista de reliquias: don Sancho Dávila y el Estudio Salmantino», en Via spiritus: Revista de História e do Sentimentos Religiosos. Porto, Centro de Investigação Transdisciplinar «Cultura, Espaço e Memoria», Facultade de Letras da Universidade do Porto, 8 (2001), pág. 79. CRUZ RODRÍGUEZ, Javier: Salamanca histórico-cultural en la transición del siglo XVI al XVII: música y otros elementos en la visita que realizó Felipe III en el año 1600. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2011, pág. 176.

[8] FERNÁNDEZ, Fray Alonso: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia. Refieren vidas de sus obispos y varones señalados en santidad, dignidad, letras y armas. Fundaciones de sus conventos y de otras obras pías: Y servicios importantes hechos a los Reyes. Madrid, Iuan Gonçalez, 1627. Lib. III, cap. XXXVIII, pág. 323.

[9] Documento fechado el 29 de noviembre de 1629. Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Protocolos de Plasencia. Cit. MÉNDEZ HERNÁN, Vicente: «Aportaciones documentales en torno a los retablos de la Virgen del Tránsito y de las Reliquias de la Catedral de Plasencia», pág. 451.

[10] FERNÁNDEZ, Fray Alonso: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia…, Lib. III, cap. XXXI, pág. 310.

[11]Ibidem, Lib. II, cap. XXVI, pág. 191.

[12]Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas, y catedrales de los Reynos de las dos Castillas..., pág. 497.

[13] ALARCÓN HERRERA, Rafael: «Las prodigiosas reliquias templarias de Alconétar. El Mantel de la Sagrada Cena», en Año Cero, núm. 10-123 (Octubre, 2000), págs. 23-25.

[14] HURTADO, Publio: Ayuntamiento y familias cacerenses. Cáceres, Tipografía, Encuadernación y Librería de Luciano Jiménez Merino, 1918, pág. 248.

[15]Placentiae urbis et eiusdem episcopatus, descriptio (Descripción de la ciudad de Plasencia y su obispado). Manuscrito de la Universidad de Salamanca, de 1563, folio 53). Cit. SANCHEZ LORO, Domingo: Historias Placentinas Inéditas. Primera Parte. Catalogus Episcoporum Eclesiae Placentinae. Volumen A. Cáceres, Institución Cultural «El Brocense», 1982, págs. 212-213.

[16] MATEOS MORENO, Francisco: Libro de Costumbres de esta Iglesia y obligaciones de todos sus individuos y dependientes. Manuscrito, 1786. Archivo Capitular de Badajoz, págs. 55 ss. Cit. LÓPEZ LÓPEZ, Agustín: «Las fiestas en la catedral de Badajoz, en el año 1806», en Actas de los Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2010.

[17] Las tablas festivas fueron editadas por la Imprenta de don Juan Patrón, de Badajoz, en el año 1806.

[18]Estremadura, por Lopez, año de 1798. (Introducción y notas: Barrientos Alfageme, Gonzalo). Asamblea de Extremadura. Mérida, 1991. Pág. 76.

[19]Traité des reliques. Introduction el notes par Albert Autin. Paris, Éditions Bossard, 1921. Pág. 113. La primera edición se imprimió en Ginebra en el año 1543.

[20]Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua castellana en que van todos los impresos antes y otra gran copia que juntó el Maestro Gonzalo Correas, Catedrático de Griego y Hebreo en la Universidad de Salamanca. Madrid, Establecimiento Tipográfico de Jaime Ratés, 1906, pág. 167. Fue escrito en el primer tercio del siglo XVII.

[21] GONZÁLEZ DÁVILA, Gil: Teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas, y catedrales de los Reynos de las dos Castillas..., pág. 517.

[22] TAMAYO DE SALAZAR, Juan: San Epitacio Apóstol y Pastor…, págs. 395-404.

[23] El manuscrito, de 1563, se conserva en los archivos de la Universidad de Salamanca. De él se hizo una versión actualizada a cargo de Marcelino Sayans Castaño, en Plasencia, Imprenta la Victoria, 1961.

[24] Cit. SANCHEZ LORO, Domingo: Historias Placentinas Inéditas. Primera Parte, pág. 171.

[25]Memoria de las Reliquias. Libro de Fundaciones e Inventarios. Siglo xviii. Fol. 34 v. Archivo de la Parroquia de San Lorenzo Mártir, de Cabezabellosa. Cit. LUQUE TALAVÁN, Miguel: «De santos, franciscanos y donaciones. La religiosidad barroca y el culto a las reliquias en el orbe Hispano-Indiano», El Mediterráneo y América: Actas del XI Congreso de la Asociación Española de Americanistas (coord.: Juan José Sánchez Baena, Lucía Provencio Garrigós), Vol. 2. Editora Regional de Murcia, 2006. Pág. 704.

[26] LUQUE TALAVÁN, Miguel: «De santos, franciscanos y donaciones…», pág. 703-704.

[27] GARCÍA MOGOLLÓN, Florencio-Javier: «Catálogo de la Plata del Convento del Cristo de la Victoria de Serradilla (Cáceres)», en Norba. Revista de arte, geografía e historia, Nº 2 (Cáceres, 1981), pág. 38.

[28] Ver lo señalado en la nota 16.

[29] Este cronicón fue escrito por el jesuita Jerónimo Román de la Higuera, atribuyéndolo a Luitprando de Cremona, obispo y escritor que vivió en el siglo x.

[30]Luitprandi, subdiaconi Toletani Ticinensis diaconi tandem Cremonensis episcopi Opera quae extant. Chronicon et Adversaria nunc primum in lucem exeunt, P. Hieronymi de la Higuera Societ. Jesu presbyteri D. Laurentii Ramirez de Prado consiliarii Regii notis illustrata. Antverpiae, Ex Officina Plantiniana Bathasaris Moreti, 1640, pág. 348.

[31]Libro de la Descension de Nuestra Señora a la Santa Yglesia de Toledo, y Vida de San Ilefonso, Arçobispo della. En Madrid, por Luis Sánchez, impressor de su Magestad, 1616. GONZÁLEZ BLANCO, Antonino: «A vuelta con los falsos cronicones». Revista Antigüedad y Cristianismo, XXIX. Realidad, ficción y autenticidad en el Mundo Antiguo: La investigación ante documentos sospechosos. Universidad de Murcia, 2012, pág. 223.

[32]Ibid., cap. XXIV, págs. 67 v - 70 v.

[33] Referimos en orden cronológico. MORENO DE VARGAS, Bernabé: Historia de la ciudad de Mérida. Dedicada a la misma Ciudad. Madrid, por Pedro Taso, 1633. Pág. 93 r – 93 v. TAMAYO DE SALAZAR, Juan: San Epitacio Apóstol y Pastor…, págs. 45-46 y 140-142. JESÚS, Luis de: Historia General de los Religiosos Descalzos del Orden de los Hermitaños del Gran Padre, y Doctor de la Iglesia San Augustin, de la Congregacion de España y de las Indias. Tomo segundo, dividido en tres décadas; desde el año veinte y uno, hasta el cinquenta. En Madrid, por Lucas Antonio de Bedmar, 1681. Cap. IX, apart. XIII, págs. 136-139. LÓPEZ MAGDALENO, Fr. Alonso: Descripción Histórica, y Panegyrica del Capítulo General, que la Religión Seráfica celebró en Toledo este año de 1682. En Madrid, por Iuan García Infançón, 1682, págs. 350-351. PAREJO BRAVO, Ysidro: Carta enviada al geógrafo Tomás López con fecha de 28 de febrero de 1786. Estremadura, por López, págs. 384.

[34]Historia de la ciudad de Mérida…, pág. 93 v.

[35] En las Relaciones Topográficas de Felipe II, de 1575, se lee sobre esta reliquia: «Yten un diente colmillo del gigante sant Cristoval el qual es tan grande de largo como seis dedos travesados y tan gordo como un dedo de un hombre»

[36] MALDONADO ESCRIBANO, José: «Descripción de la Ciudad de Coria en las Relaciones Topográficas de los Pueblos de España, hechas a Orden del Sr. Felipe II», en Norba-Arte, Vol. XXVII (Cáceres, 2007), págs. 319.

[37]Estremadura, por Lopez, pág. 104.

[38] HURTADO, Publio: Ayuntamiento y familias cacerenses, pág. 248.

[39] BENITO BOXOYO, Simón: Historia de Cáceres y su patrona. Manuscrito de 1795. Existe una edición con el mismo título, a cargo de la Diputación Provincial de Cáceres, del año 1952. Ver texto citado en pág. 81.

[40] fol. 27 r. y v. Cit. HURTADO, Publio: Ayuntamiento y familias cacerenses, pág. 246. BENITO BOXOYO, Simón: Historia de Cáceres y su patrona, pág. 81.

[41] HURTADO, Publio: Ayuntamiento y familias cacerenses, pág. 243. Serían estos los oratorios de Los Mártires, San Blas, Santo Vito, San Marquino, San Antón, San Bartolomé y Las Candelas. CORRALES GAITÁN, Alonso José R.: «Cáceres: tierra de reliquias», en Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2006.

[42]Guía Artística de Cáceres y su provincia. Barcelona, Editorial Ariel, 1954.

[43] «Cáceres: tierra de reliquias», sin paginar.

[44] GONZÁLEZ DÁVILA, Gil: Theatro Eclesiástico de la Iglesia y Ciudad de Vadajoz. Vida de sus obispos y cosas memorables de su obispado. A la muy noble y muy leal Ciudad de Badajoz. 1628. Pág. 44.

[45] LÓPEZ LÓPEZ, Agustín: «Las fiestas en la catedral de Badajoz, en el año 1806», en Actas de los Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2010.

[46] Sigue una muy larga enumeración. LÓPEZ, Tomás: Estremadura, por Lopez, año de 1798. Págs. 52-53. Este es el listado que refleja Lino Duarte Insúa en su Historia de Alburquerque. Badajoz, Antonio Arqueros, 1929.

[47] El citado Pedro Salgado alude a una «reliquia de la corona de Nuestro Señor Jesu-Christo como si fuera de piedra». LÓPEZ, Tomás: Estremadura, por Lopez, año de 1798, pág. 52.

[48] Junto a las reliquias de la Pasión de Cristo encontramos algunas muy variadas que ateñen a la Virgen María (velo del parto, palma) y a los santos (Tebeo y sus hermanos, Inocentes, Isabel, Adrián, Primo, Bernardo, María Magdalena, Pedro González, Vicente, Clara, Gil, Francisco, Silvestre, Esteban, Bárbara, Nicolás, Santiago el Mayor, Carlos, Andrés, Tomás, Elena, Juan Bautista, Babil, Antolín, Bernardo, Mónica, Catalina, Pérsime)

[49] LÓPEZ, Tomás: Estremadura, por Lopez, año de 1798, págs. 52-53.

[50]Ibid., pág. 53.

[51] FRANCO SILVA, Alfonso: «Piedras, telas y huesos sagrados. Notas sobre las reliquias que se hallaban en la iglesia de la fortaleza de Alburquerque», en Aragón en la Edad Media. (Homenaje a la profesora Carmen Orcástegui Gros), nº 14-15, 1. Univeridad de Zaragoza, Zaragoza, 1999, pág. 576.

[52] CANO IZQUIERDO, Julián: «Alburquerque: Santa María del Mercado», en Alminar, 49 (Badajoz, 1983), pág. 19

[53] FRANCO SILVA, Alfonso: «Piedras, telas y huesos sagrados. Notas sobre las reliquias que se hallaban en la iglesia de la fortaleza de Alburquerque», pág. 581.

[54]Estremadura, por Lopez, pág. 294.

[55] Señala el documento como prueba de autenticidad que estas «firmas se cortaron de cartas originales suyas que tenía el Rey D. Juan III de Portugal».

[56] GONZÁLEZ, Juan José: «Medellín: algo de Historia», en Archivo Extremeño. Revista Mensual. Ciencia, arte, historia. Año III, núm. 4. Badajoz, abril de 1910. Págs. 97-101. Estos datos sería luego insertado por el propio informante, Eduardo Rodríguez Gordillo, en un posterior estudio sobre la localidad: Apuntes históricos de la villa de Medellín (Provincia de Badajoz). Cáceres, Imp. y Lib. Cª de Santos Floriano, 1915. Lo relativo a las reliquias se extiende de la página 169 a la 175.

[57]Historia de la ciudad de Mérida, pág. 287

[58] Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Tomo XVI. Madrid, 1850, pág. 148.

[59] RUBIO MASA, Juan Carlos: «Lignum Crucis». Museo de Santa Clara. Zafra. Hoja informativa sobre la elección de este relicario como «pieza del mes de septiembre» del año 2009.

[60] ACOSTA NARANJO, Rufino: «Ecología, santoral y rituales festivos en Pallares y su entorno», en Revista de Estudios Extremeños, LVIII, 1. Diputación Provincia de Badajoz. Badajoz, 2002, pág. 266.

[61]Estremadura, por Lopez, pág. 361.

[62] DOMÍNGUEZ MORENO, José María: «Animales guías, 1». Revista de Folklore, 330. Valladolid, 2008. Pág. 185.

[63] Existió constancia de una reliquia semejante en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, de Azuaga. Ver nota 19.

[64] No debe confundirse este fragmento con las sábanas santas que adquieren el calificativo de reliquias por el hecho de haber estado en contacto con la «Sábana de Turín», como son los casos de la de la catedral de Plasencia y las dos del Monasterio de Guadalupe.



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Reliquias de la Pasión de Cristo en Extremadura

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 445.