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Las Carantoñas de Acehúche (I)

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 454.

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Algo de historia

Acehúche es una localidad cacereña perteneciente a la comarca de Brozas, situada al Norte del río Tajo. Su nombre, un fitónimo, viene de acebuche –olivo silvestre muy abundante en la zona–, derivado del árabe hispano azzabbúg, zabbiko, zabuja, en andalusí, o del berebere al-sebuch. En documentos antiguos aparece con diferentes grafías: Açabuche, Açeugeo, Acauçgey Acebuche. Incluso hoy día en algunas localidades próximas se refieren a él como «el Acebuche». El territorio fue reconquistado por leoneses en la segunda mitad del siglo xiii, o tal vez antes, época en que –según dicen en el pueblo– había cristianos en la margen derecha del río Tajo –Acehúche– y moros y gentiles en la parte izquierda, poblado de Los Lucillos, ahora cubierto por las aguas del pantano de Alcántara. Hacia el año 1300 los acehucheños erigieron una ermita dedicada a San Salvador en la confluencia del Tajo y la Rivera Fresnedosa, en agradecimiento por haberse librado del hostigamiento de los lucillenses. Igualmente fundaron una cofradía, encargada de su mantenimiento. A finales del siglo xvii todavía era visible la ermita, hoy sumergida también bajo las aguas.

Tras la Reconquista, Acehúche y su término pasaron a depender –según se menciona en documentos de 1251– como encomienda de la Orden de Alcántara, que era la encargada de cobrar los impuestos, de administrar justicia o de atender cualquier tipo de requerimiento o demanda presentada por los acehucheños. Aunque con anterioridad –año 1244 –se cita su iglesia en una concordia entre el maestre de la Orden y el obispado de Coria, que percibía un tercio de los diezmos locales. La economía del lugar se basó preferentemente en la ganadería, para aprovechar los pastos de las dehesas circundantes.

En un principio, los pobladores sólo debieron construir una pequeña iglesia, bajo la advocación de San Juan Bautista, pero con el tiempo y debido al aumento poblacional, aquélla se fue quedando pequeña, circunstancia que motivó que debiera ser ampliada a mediados del siglo xvi. Según Frey Pedro de Valencia y Rico, que contestó en 1793 –22 de octubre– al cuestionario del geógrafo real Tomás López (Extremadura, por López, año 1798), la villa de Acehúche tenía «... alrededor de ella, tres santuarios que se veneran con mucho culto: como a distancia de dicha villa el Santísimo Xripto de la Ynspiración, 100 pasos a oriente; la Virgen del Carmen, al mediodía, otros 100; al occidente los Santos Mártires San Fabián y San Sebastián, otros 100». Y añadía que tenía una sola parroquia cuyo titular era San Juan Bautista, aunque el patrón era San Sebastián. Madoz (1848) menciona una parroquia y dos ermitas «extramuros», que son las existentes actualmente: la del Cristo de la Cañada –de estilo preferentemente barroco –y la de Santa María, popularmente conocida como la del Cerro, de construcción popular, existentes ya en el siglo xvii. De la ermita de los Mártires, construida con piedra y cal y con tejado en tejavana, y situada en el Ejido local, ya no queda rastro alguno. Empero, se sabe por documentos antiguos que esta ermita contó con una cofradía a la que se había concedido bula y jubileo por tiempo limitado. Cada año la cofradía nombraba dos mayordomos, encargados de cobrar la cuota estipulada a los cofrades. Con el dinero aportado se mantenían dos hachones o velas grandes de cera y grasa que colocaban en los entierros de los cofrades difuntos. Hubiera sido de gran importancia tener reseña de estas fiestas de hace más de trescientos años.

San Sebastián

Sebastián, nombre latino que significa digno de respeto, venerable fue, según el santoral cristiano, un ciudadano romano cuya vida transcurrió entre finales del siglo iii y comienzos del siglo iv. Los datos que se tienen sobre su vida y martirio son muy escasos. Proceden de la Passio o Actas de San Ambrosio, falsamente atribuidas a este santo, pues se cree que el romance hagiográfico donde aparecen los datos conocidos lo compuso un monje anónimo a principios del siglo v. Para empezar, se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, de ahí que la asignada para su conmemoración es un añadido aleatorio de la Iglesia, destinado a camuflar otras conmemoraciones más antiguas de origen pagano. Su padre, al parecer, procedía de Narbona, en la Galia romana, y su madre de Milán, ciudad ésta donde Sebastián recibió una esmerada educación. Y así reza en el ramo popular que Cadalso dedicaba al Santo:

Vuestro padre fue francés,
vuestra madre de Milán,
y vos sois del cielo Empíreo,
glorioso San Sebastián.

Desde muy joven se sintió inclinado hacia la vida militar, llegando a ser capitán de una de las cohortes de la Guardia Pretoriana –centurión–, condición otorgada principalmente a las personas de condición ilustre o noble. Igualmente se desconoce el momento en que contactó con el cristianismo o el de su conversión; conversión que mantiene en secreto para predicar la fe de Cristo entre el pueblo, consiguiendo numerosas conversiones.

Por aquel entonces el Diocleciano decide acentuar el carácter divino que ya ostentaban los emperadores romanos y, persuadido por su yerno Galerio, ordena reanudar las persecuciones contra los cristianos en el año 303, y precisamente por los militares, lo que demuestra lo difundido que estaba el cristianismo en el ejército romano. Sebastián no va proclamando abiertamente su fe, lo hace de modo clandestino, consiguiendo así poner a salvo a numerosas víctimas de la persecución. Pero su conducta termina levantando sospechas entre sus mismos compañeros, lo que le lleva a olvidar su anterior discreción y a confesar su condición de cristiano.

En una primera sentencia, Diocleciano le condena a ser asaeteado, para lo cual es conducido al Estadio del Monte Palatino. Una vez cumplida la sentencia los soldados, que le dan por muerto, abandonan allí su cuerpo, atado a un árbol. Mas pese a la gravedad de las lesiones sufridas no murió, y así, los cristianos que acuden al lugar para proceder a su enterramiento, descubren que sigue con vida. De su cuidado y convalecencia se encargará una ilustre viuda cristiana, la matrona Irene, que le oculta en su casa. Aunque según el Santoral este primer martirio ocurrió en el Circo, no en el Estadio, pero como las fieras no le atacaron, sus verdugos debieron recurrir a las saetas.

Una vez recuperado totalmente, Sebastián se presentó de nuevo ante Diocleciano y denunciándolo por su crueldad. El Emperador reacciona violentamente y ordena que sea ejecutado de nuevo; segundo y definitivo martirio que tiene lugar el año 304, y que consistió en someterlo a flagelación hasta su muerte. Según opinión del pueblo, este definitivo martirio tuvo lugar en el Circo. Aunque igualmente hay quienes creen que no fue azotado, sino sometido a lapidación, y su cuerpo arrojado posteriormente a la cloaca máxima de Roma, de donde fue rescatado por almas piadosas para entrar luego su cuerpo en la catacumba que lleva su nombre, bajo la Vía Apia, según la cronología del Depositio Martyrium.

Curiosamente, en el más antiguo mosaico que representa a San Sebastián –muy probablemente del año 682– se le muestra como un hombre barbado con vestimentas de corte, pero sin señal alguna de flechas. Fue el arte del Renacimiento el que añadió las saetas al cuerpo del santo.

Por su carácter heroico como defensor de la fe y por su carácter militar tuvo gran devoción y culto en la Edad Media, siendo las Órdenes Militares valedoras de su advocación, patronazgo y devoción en pueblos como Acebo, sin olvidar su culto en San Martín de Trebejo, Robledillo y el mencionado Cadalso, en Sierra de Gata y otros lugares que serán posteriormente mencionados. Igualmente, en la comarca serragatina hubo antaño procesiones para librar a los pueblos de la peste; o peticiones de salud y buena mili. (Domingo Frades Gaspar. Fiestas populares de Sierra de Gata. Adisgata. Hoyos).

Juan J. Camisón, en sus Reflexiones sobre el Jarramplas de Piornal –pg. 2– al hacer referencia a Hernán Pérez, escribe: «… que para conjurar el sol y espantar las oscuridades invernales, la víspera de San Sebastián… salía por las calles del pueblo, ya de noche, el Hombre de la Anguarina con una vara de tres metros, en cuyo extremo iba pinchada una bola de estopa embebida en productos inflamables, convertida en fulgor ardiente, mientras escopeteros apostados aquí y allá disparaban tiros en las oscuridades».

Las Carantoñas

La localidad de Acehúche celebra los días 20 y 21 de enero –dentro del ciclo que se conoce como de pre-carnaval– las fiestas patronales en honor a San Sebastián; fiestas que se conocen con el popular nombre de «Las Carantoñas».

Etimológicamente, carantoña coloquialmente es –según el Diccionario de la Real Academia– halago y caricia que se hacen a alguien para conseguir de él algo; persona mal encarada; y mujer vieja y fea que se aplica afeites y se compone el rostro para disimular su fealdad. Para Joan Corominas (Diccionario crítico etimológico castellano hispánico, I, p. 854) –que recoge este término refiriéndose a los protagonistas de la fiesta acehucheña– es un derivado de carátula, con el significado de máscara; con el de careta aparece en Lebrija y Covarrubias y como disfrazas en el judeoespañol de Bosnia. (Corominas, ibíd., pp. 671-672). En Portugal es carantonhas.

La carantoña o carantamuela es siempre un hombre, que en la década de los cincuenta no eran más de seis u ocho y todos hombres ya maduros –no se conoce ningún caso de carantoña femenina, aunque sí puede serlo un forastero devoto de San Esteban, puesto que el vestirse se hace por promesa– disfrazados con pieles de cabras y ovejas sin curtir, que se ciñen o ajustan a la cintura con una cincha bien apretada. A la vez, cubre su cabeza con una máscara igualmente de piel, caperuza o gorro de la que cuelgan pimientos, orejas de animales y colmillos auténticos, entre otros aditamentos, pero nunca cuernos; algunos rocían sus fauces con sangre. Antiguamente portaba una vara larga o palitroque retorcido, como de un metro, «... con más puntas que un cuerno de venado» (Hurtado, Publio: Las Carantoñas de Acehúche, p. 23). Al presente lleva un ramo seco, igualmente de acebuche, rematado con diferentes ramificaciones o puntas, a modo de garra o de instrumento bélico de ataque. Tanto la vara como el actual ramo reciben el nombre de tárama, cuchillo o espada.

Pero sigamos el desarrollo de la fiesta con las indicaciones de Publio Hurtado, a quien debemos la primera descripción de la misma. (Ibíd. pg. 23 y ss.).

Con el repique de campanas llamando a la fiesta, sale la procesión. Las carantoñas, que suelen ser ocho y aguardan en el atrio, se colocan en fila de dos en dos delante de la imagen de San Sebastián y de tiempo en tiempo, durante toda la carrera, se van volviendo por parejas de cara al santo y le hacen tres reverencias muy ceremoniosas, acompañadas del selvático e inarmónico gú gú, haciendo a la tercera ademán de arrojar el cuchillo o tárama contra la imagen o de propinarle con él un golpe, o simulando el gesto de disparar una saeta contra el santo mártir.

Al llegar frente a la casa del mayordomo, cuya fachada está engalanada con colchas, cortinas, pañuelos, etc., la procesión se detiene y colocan la imagen sobre una mesa revestida para la ocasión. Aparece entonces una persona encargada de recitar lo mejor que puede una loa en honor al santo, a cuya terminación se disparan escopetas, pistolas y toda clase de armas de fuego, mientras las carantoñas, asustadas y como heridas o vencidas, se tiran y revuelcan por el suelo, procurando caer en los charcos cenagosos para salpicar a los concurrentes. «¡Es una de sus gracias!», asevera Hurtado.

De nuevo en marcha la procesión, se dirige a la iglesia y así que entra en ella, aparecen en escena otros dos personajes: el Galán y la Madama. Viste el primero de blanco, con un pañuelo de colores atado a guisa de gorro, cuyas puntas, las del pañuelo, forman un lazo «que quita penas» y lleva pendiente de un tahalí una espada. Por su parte la Madama –en realidad un hombre –va vestida con faldas igualmente blancas, con un pañuelo de color ceñido al torso y un gorro montehermoseño de paja, de tendida y enorme visera. En una de sus manos lleva una lima o una manzana. Ambos toman el camino que ha seguido la procesión, llevando de cortejo a las carantoñas, con las que la Madama coquetea, ofreciéndoles entre dengues y melindres el fruto prohibido. Cuando aquéllas pretenden cogérselo, ella lo retira prontamente, dejándolas burladas. Esto hace que las carantoñas, «encendidas con las gazmoñerías y escorrozos de la buena moza», le levanten las sayas con los cuchillos para tocarle y hacerle cosquillas en las pantorrillas. «¡Váleles el sexo de la remilgada –escribe Hurtado–, para no pasar adelante en sus desmanes!». Y añade en nota a pie de página que estos actos –tan poco edificantes– fueron suprimidos, no sin gran trabajo –durante la procesión al menos– por su amigo el ilustre párroco que fue de la localidad, D. Lorenzo Díaz.

El Galán, al ver los devaneos de su pareja y las libertades que se toman las carantoñas, tira del sable y la emprende con ellas a cuchilladas, acabando por ahuyentarlas entre la algazara, corridas y atropellos de los curiosos. Y libres ya de moscones inoportunos, Galán y Madama se refugian muy amartelados en una rinconada que hacía la ya desaparecida casa del duque de Alba «á comerse la manzana». Por cierto: En ninguna parte del libro sagrado se dice que ese fruto fuera una manzana. Todo se debió a un error de traducción de Jerónimo de Estridón, que –según expertos bíblicos– confundió el sustantivo mālus –manzano– con el adjetivo malus, malo. Después, como si en unos momentos hubiesen pasado nueve meses, aparece en el atrio de la iglesia un muchacho de ocho a diez años, fruto sin duda de los amores entre el Galán y la Madama, vestido igualmente con pieles y metido hasta la cintura en un arna o corcho de colmenas, al que llaman carantoñita. Las carantoñas la consideran como propia y de la casa del mayordomo le llevan una gran caldera llena de puches o gachas para alimentarla con un enorme cucharón de madera. Cuando la carantoñita queda ahíta, sus «zafias niñeras» tiran a diestro y siniestro cucharadas del azucarado churre contra los curiosos, embadurnándolos.

Pero ¡qué diversión aquélla! –continúa Hurtado, pg. 24– ¡Con cuánto alborozo se huye de las puches ó se recibe un plastón en la cara ó en la ropa de aquel engrudo almibarado! Las carantoñas se confunden con los espectadores, y á éste empujan, al otro pellizcan, á ésta abrazan, á aquélla dan en la cofa dura manotada, mientras todos chillan, aúllan, chocan, se empujan, caen y se contusionan… el pueblo adquiere el insoportable aspecto de un manicomio al aire libre ó un aquelarre á plena luz del día.

Y tanta barahúnda aumenta –«si aumento cabe»– con la aparición de la vaca-tora. Se trata de un hombre que lleva sobre los hombros unas varillas de cernir harina rematadas en sus extremos delanteros con astas de vaca, quedando su cabeza metida entre ambas. Por uno y otro lado le cuelgan pellejos de buey y un descomunal y sonoro cencerro de lo que semeja ser el cuello del astado. El nuevo personaje acomete a quien se encuentra a paso o a quien se le pone por delante y como si en efecto fuese «... un toro jarameño, derriba y patea al desdichado que alcanza, dejándole mal parado». (Hurtado, p. 25).

La actual fiesta acehucheña, sin embargo, ha incorporado nuevas motivaciones, a la vez que ha relegado otras al olvido, por considerarlas «poco edificantes», tal y como señalaba anteriormente Publio Hurtado.

Los preparativos comienzan el día 19 –aunque el primer acto de los festejos comienza el día dieciocho con un novenario–, cuando el mayordomo y sus familiares salen a la finca El Piojo a buscar el romero con que cubrir tanto las inmediaciones del domicilio del mayordomo como el trayecto que une la iglesia con su casa, las calles por donde ha de discurrir la procesión o la plazuela frente al templo parroquial.

Salen desde la plaza despedidos con sonar de cohetes. Todos juntos comerán en el campo, donde hacen una hoguera donde asar carne, que acompañan de buen vino, a cargo de la cofradía. Mientras, las mujeres se encargan de preparar al santo, acción que se completará con la llegada de los hombres al atardecer, que colocarán el ramo de laurel y las manzanas en las andas. La llegada de aquéllos al pueblo con la carga ha sido anunciada con anterioridad con el lanzamiento de cohetes y con repicar de campanas. Los mayordomos son los encargados de organizar y sufragar cuantos gastos ocasione la fiesta, desempeño que también se conoce como «servir al Santo», y que generalmente se debe a una promesa hecha a San Sebastián como agradecimiento por algún favor recibido del mismo, especialmente relacionado con enfermedades. Así, por ejemplo, cuentan en Acehúche que durante la Guerra Civil fueron muchas las familias de cualquier clase social que se ofrecían a servir como mayordomos para pedir al patrón que sus hijos regresaran pronto del frente, sanos y salvos.

Al atardecer del mismo día entra en escena el tamborilero –personaje imprescindible– pues participa en todos los actos festivos en honor a San Esteban, y al que numerosos acehucheños acuden a recibir al lugar conocido como Gorrón Blanco, sito en las afueras, como a un kilómetro de la localidad. Se lanzan cohetes, explotan petardos, suena música de flauta y tamboril y el recién llegado se encamina a casa de los mayordomos, donde será obsequiado con dulces típicos y aguardiente. Ello no le impide que durante trayecto no haga alguna parada para atender la invitación de algún vecino obsequioso.

Pero la fiesta propiamente comienza al amanecer del día 20 con la alborá, protagonizada por el mayordomo y el tamborilero, que van recorriendo las calles para despertar a quienes han de vestirse de carantoñas, a la vez que el ruidoso restallar de los petardos, colocados en los umbrales de las puertas, levanta de sus lechos al pueblo para que asista a tomar migas con café negro que ofrecen los mayordomos. Luego, éstos inician lo que en Acehúche se conoce como «regar el romero» que en compañía de sus familiares acarrearon la víspera y que consiste en alfombrar con este arbusto la calle que une la iglesia con su casa y las que ha de recorrer la procesión, mientras las mujeres acuden a casa del mayordomo para engalanar la casa del mayordomo para la loa. A su vez, las carantoñas –cuyo número es variable, aunque siempre en número par– tornan a sus domicilios para iniciar el complicado ritual de vestirse, acción que realizan con la ayuda de dos o tres amigos, pues las características de la vestimenta no hacen posible hacerlo solos. El «traje» en cuestión consta de seis pieles, normalmente de oveja, cabra o zorra, y a ser posible de pelo largo, que se seleccionan entre las mejores, aunque pueden usarse también de otros animales, que han de comenzar a ponerse por las piernas, donde se colocan dos, bien sujetas con cuerdas; se sigue por los brazos, donde van otras dos, que se atan con la misma cuerda utilizada para las piernas, evitando así que las pieles se caigan. En el cuerpo se colocan otras dos pieles, conocidas como zamarrones, de mayor tamaño, que se aseguran con una cincha bien apretada. Y, por último, se coloca la careta, de cartón forrado con pieles. Pueden o no llevar guantes, aunque a una carantoña se considera bien vestida sólo cuando no muestra al descubierto ninguna parte de su cuerpo. Por cierto, las más codiciadas son las de los «machos corridos» en Navidad. Igualmente, las botas han de ser de cuero o piel. También se colocan jorobas y otros elementos que den a la carantoña un aspecto fiero y deforme.

Una vez terminado el proceso, la carantoña cogerá su tarma o tárama, o cuchillo, de acebuche, y saldrá para reunirse con sus compañeras, no sin dejar de asustar a los niños que se encuentra a su paso con el clásico gú gú.

A las carantoñas se van uniendo los tiraores y las regaoras o patamas. Los primeros son jóvenes armados de escopetas y cartuchos de fogueo que esperan al santo a la salida de la iglesia para iniciar la procesión y que luego irán de esquina en esquina, o de bocacalle en bocacalle por donde, para disparar al unísono salvas en honor al patrón. Las regaoras son mozas del pueblo ataviadas con el traje llamado «de bayeta», típico del lugar, que siguen a la imagen de San Esteban regándolo de confetis multicolores y de confites, que llevan en cestas de mimbre, y entonando cantos en loor al santo.

Sobre las once, con el ambiente ya animado, las carantoñas se acercan al tamborilero, amansadas por la música y comienzan a bailar en torno a él, uniéndoseles más tarde las regaoras. Pero aquel revolcarse por el fango de las carantoñas al que hacía referencia Publio Hurtado, así como la aparición del Galán y la Madama han desaparecido de los actuales festejos, aunque según parece en 1929 aún seguían apareciendo. Luego se encaminan a casa de los mayordomos, para luego volver todos juntos a la iglesia, donde se celebrará una misa solemne. Sólo las carantoñas se quedan fuera del templo, pues al son máscaras, no les está permitido el acceso. Aunque hay quien dice que antaño también les estaba permitido asistir a la misa. Actualmente, mientras se celebra la misa, se acercan a algún bar a refrescarse y a prepararse para su actuación tras la eucaristía.

Terminada la misa entre cánticos y alabanzas al santo, comienza la procesión. Con anterioridad, los escopeteros se han colocado a ambos lados de la puerta del templo por donde va a salir la imagen, al que reciben con una atronadora descarga de sus escopetas entre un ensordecedor griterío pleno de vivas a San Sebastián, que hace inaudibles los sones del omnipresente tamborilero. Y comienza la procesión con San Esteban atado a un tronco, como recuerdo del poste donde fue asaeteado, pero al que se ha colocado una rama de naranjo, símbolo de fertilidad. A ambos lados de la imagen, las regaoras no cesarán de cantar durante todo el recorrido.

Himnos que entonan los acehucheños durante toda la procesión en honor a San Sebastián.

Primer himno
Gloria a ti, Sebastián,
soldado de la guerra de Dios.
Tú, que supiste ser capitán
por coraje y amor
haz militar a este pueblo
en la legión de los fuertes
y ármalos con el yelmo
de tu fe y tu valor.
Sebastián, en la historia de Acehúche
eres guía inmemorial.
Eres luz y eres herencia
de los más puros valores
anidados por los años
en el alma de este pueblo
que te invoca sin cesar:
No nos dejes de la mano,
no nos dejes, Sebastián.
Sebastián, en el alma de este pueblo
siempre vives, siempre estás.
Tú presencias sus dolores
y conoces sus angustias.
No desoigas las plegarias
del amor de este tu pueblo
que te canta sin cesar:
No nos dejes de la mano,
no nos dejes, Sebastián.

Segundo himno
Defensor sois, glorioso Sebastián,
de la iglesia y capitán
de este pueblo que viene a ensalzar
los esfuerzos guerreros de vuestro valor
y el martirio dichoso que al cielo os llevó.
Los cristianos que vengan a imitar
al glorioso Sebastián.
Por su patria luchó con honor.
El tirano sus carnes hirió
con saetas cruel.
Mas la muerte horrorizada huyó de él
y salvo fue.
La perfidia y la rabia
vencidos están en Sebastián.
Por la gracia de Dios y poder
en su regio arnés
se dejó ver por timbre real.
Viva Jesús y su escuadrón,
tropa marcial, marcial,
que rendidos te aclaman sin cesar:
¡Viva San Sebastián!

Antiguamente, en vez de un naranjo, en las andas se colocaba una rama de laurel, tal vez símbolo o corona del martirio sufrido por Esteban; pero fue sustituido por aquél hace algunos años, cuando un forastero que acudía al pueblo a vencer naranjas hizo la promesa de regalar al santo un naranjo si salía indemne de una tormenta que le sorprendió en el camino. Como pasó la borrasca sin sufrir daño alguno, volvió a Acehúche con un naranjo para el santo, que desde entonces sustituyó al laurel. Según algunos acehucheños esto sucedió hace sesenta años o más.

En el canto de la ‘rosca’, de Piornal, hay un canto que alude a este extremo:

Le amarraron a un tronco
y allí le dieron
la muerte con saetas
verdugos fueron.
Ha florecido el árbol
donde te amarraron,
florece con el fruto
de tus espaldas.

Las carantoñas preceden a la imagen y de cuando en cuando, y de dos en dos, se dan la vuelta para acercarse al santo arrastrando sus táramas y dando tres pasos le hacen una reverencia acompañada del clásico –y selvático, según algunos– gúgú, para volver otra vez a la cola y repetir el rito una y otra vez. Mientras, las regaoras y el pueblo entonan himnos para ensalzar la figura del soldado mártir. Así, hasta llegar a casa de los mayordomos, cuya fachada estará engalanada de colgaduras y macetas. Entonces, se deposita a la imagen en una mesa revestida para el caso, mientras desde el balcón de la casa va a procederse a «echar la loa» o alabanza al santo que suele constar de dos elementos: referencias a su vida y martirio y el favor concedido por el cual el mayordomo le sirve. Aunque no siempre el echador de la loa –generalmente el propio mayordomo o algún familiar–, tiene por qué ceñirse a este patrón. Pero aquél revolcarse por el fango de las carantoñas al que hacía referencia Publio Hurtado, así como la aparición del Galán y la Madama han desaparecido de los actuales festejos. Aunque según me contaron, antiguamente la Madama salía a bailar con las carantoñas en presencia de todos los hombres del pueblo, y que luego aparecía el Galán quien, jugueteando con una naranja, se acercaba a la dama entre embelecos e insinuaciones, y tras ser desdeñado al principio por ella, desaparecía por la calleja del Río, seguido por la Madama y los mozos del lugar. Poco después, aparecía entre las carantoñas un niño, el más pequeño de ellas, con una panera de corcho en la mano porque no cabía en ella, como símbolo del papel de recién nacido que representaba en la celebración.

La misma carantoñita representada por la más pequeña de ellas, tiene actualmente un sentido distinto al que tuviera a principios del siglo xx, cuando el ilustre investigador cacereño visitó el lugar.

Después vuelven a atronar el ambiente las armas de fuego y a volar un diluvio de confetis, y la procesión retorna a la iglesia para, a continuación, y a los sones del tamborilero, bailar las carantoñas y las regaoras en la plaza; aunque antiguamente sólo bailasen entre sí las primeras. Y mientras aparece la vaca-tora, las carantoñas reparten o arrojan a los curiosos las «papas» que los mayordomos han hecho con harina, leche y azúcar.

Y, por fin, aparece el astado, embistiendo contra las carantoñas, a las que dispersa entre carreras y revolcones. Su misión no es otra que poner fin a la fiesta. Aunque antes, y de la unión de este animal y de una carantoña nacerá la carantoñita. Y tras este simbólico acto todos acuden a casa del mayordomo para asistir al convite, consistente en dulces y vino de pitarra, al que acuden las carantoñas ya sin su disfraz.

Al día siguiente –veintiuno– se celebra el día de «San Sebastián Chico» o «San Sebastianino» y la fiesta se repite, con la única variante de que es otro mayordomo el comisionado para servir al santo patrón. Si no lo hubiese se encargaría la juventud del pueblo y, en última instancia –si a ésta no le fuera posible– lo haría el Ayuntamiento. Pero desde que se constituyó la cofradía de San Sebastián, es ésta la encargada de organizar y sufragar el festejo, eligiendo por sorteo entre los hermanos cofrades a la persona que ha de ostentar el cargo de mayordomo.



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