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«Las doce palabritas». Transcripción y comentario de un villancico del norte de Extremadura

RAMOS BERROCOSO, Juan Manuel

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 450.

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Introducción

Desde hace más de 20 años varios miembros de mi familia formamos un pequeño coro polifónico: el «Coro familiar Laetare». El 16 de diciembre de 2011, en el festival de villancicos de la Parroquia de San José de Plasencia (Cáceres), ofrecimos una pieza vertida a 4 voces mixtas que se lleva cantando en nuestra familia desde que tenemos memoria. Incluso acudiendo a los parientes octogenarios y nonagenarios que aún nos viven, no hemos obtenido ningún dato preciso sobre su origen. La respuesta era siempre la misma: «Ese villancico, lo cantamos desde siempre».

Entre las versiones documentadas en Extremadura, nuestra letra y su música no son las que transcriben Bonifacio Gil en Fuenlabrada de los Montes y Herrera del Duque (Gil 1956, 64-66, nº 141-142)[1]. Sin embargo, se parece mucho a la letra que se canta Piornal, pueblo del Valle del Jerte en Cáceres (Guerra 2000, nº 150), pero no he podido consultar su partitura musical. Como homenaje a nuestros mayores y a la tradición oral como forma de cultura que está a punto de perderse, vayan estas líneas cuyo objetivo se ciñe al título que las encabeza: transcribir literaria y musicalmente el villancico y ofrecer un comentario explicativo.

En 1930 Aurelio Macedonio Espinosa (*1880-†1958) escribió un artículo que sigue siendo un referente para el estudio de este villancico. Para el erudito profesor de la Universidad de Stanford, California, USA, se trata de un cuento de origen oriental que ha pasado por diversas creencias religiosas y condiciones culturales (Espinosa 1930, 392). Para justificar esos orígenes enumera las versiones zoroástrica, budista, kirguisa y judía (Espinosa 1930, 395-397) y considera que la forma cristiana proviene, dentro de la tradición zoroástrica, de la antigua lengua pelvi (Espinosa 1930, 402), rechazando expresamente que la versión cristiana provenga del judaísmo (Espinosa 1930, 399).

En general, las publicaciones consultadas califican esta canción –y sus variantes– como un villancico, pero Rosario Guerra Iglesias (Guerra 2000, nº 150), en su tesis doctoral inédita que, como dije, sólo he podido consultar parcialmente on line, la encuadra en los cantos de Cuaresma. Creo que se trata de un villancico y, además, me parece que es una forma de pedagogía y, más exactamente, de catequesis. En condiciones materiales precarias, el ingenio pedagógico se agudiza y está demostrado que unir letra y música es una buena solución para transmitir una enseñanza. Así pues, cantar las palabritas una tras otra (la una, la dos, la tres…), servía para que los oyentes escucharan, participaran y aprendieran la canción y su contenido, la música con la letra, las doce palabritas que todo buen cristiano debía conocer.

La normativa eclesiástica recogida en los Sínodos Diocesanos de Plasencia recuerda que los párrocos y los sacristanes, además de los padres, tenían la obligación de enseñar a niños y adultos las verdades de nuestra fe. Por ejemplo, las Constituciones Sinodales de 1687 del obispo José Jiménez Samaniego (†1692) (González 2013, 465-474) están precedidas por:

[...] el texto de la Doctrina Christiana conforme la enseña la Santa Iglesia Catholica Romana, Maestra Infalible de verdad, para que sin peligro de errar la aprehendan, tengan y profesen nuestros Súbditos; y añadimos una breve explicación della para que la tengan mas a mano los que deben enseñarla y declararla (Libro 1, Título 1, Constitución 1 [Jiménez 1692, 1]).

Y ya en el Sínodo de 1534 el obispo Gutierre de Vargas Carvajal (†1559) (González 2013, 149-158) prescribe:

En cada yglesia deste nuestro obispado aya una persona que todo el año, después de comer, a ora congruente enseñe la doctrina cristiana a todos los niños y niñas de dicho lugar […] Y a la persona que así tuviere cargo de enseñar los dichos niños, se le señale el salario que para ello oviere de aver (Constitución 2 [García 1990, 390-391]).

Acudir a esas normas sinodales (podrían ponerse más ejemplos) es una buena forma de comprender el contenido de las letras cantadas que, en mi opinión, nada tienen que ver con misterios de numerología o ciencia oculta (Giese 1935, 628). La realidad es mucho más sencilla: nuestro villancico es un vestigio de cómo se transmitían las palabritas que todo buen cristiano debía conocer.

Algunos autores consultados citan no sólo diferentes versiones, sino también cuentos o poemas latinos (Hergueta 1934, 201-202; Suárez 2009, 247-257). Cuando sea necesario porque lo requiera alguna particularidad notable, esas variantes serán señaladas. El estudio de mayor calado sistemático sigue siendo el de Aurelio Macedonio Espinosa: además de recoger la versión judía (Espinosa 1930, 399), hace inventario de 83 europeas y, dentro de ellas, 19 españolas con sus referencias bibliográficas (Espinosa 1930, 400-402) y reconstruye por su repetición estadística la versión panhispánica primitiva (Espinosa 1930, 409) y la panlatina medieval (Espinosa 1930, 410). Ahora bien, sobre este autor es preciso hacer una precisión metodológica que limita nuestro discurso porque llega a realizar un elenco de todas las variantes cristianas y refiere 11 versiones de la una, 15 de la dos, 13 de la tres, 10 de la cuatro, 15 de la cinco, 22 de la seis, 26 de la siete, 21 de la ocho, 13 de la nueve, 4 de la diez, 17 de la once y 6 de la doce (Espinosa 1930, 404-406). Es imposible comentar aquí las 173 variantes; y tampoco he revisado todos los cancioneros populares publicados en autonomías, regiones y provincias españolas.

La una, que en Belén parió la Virgen Pura

Está claro que la primera palabra es el centro y el origen. El nacimiento del Hijo de Dios (Hergueta 1934, 201), el parto de María (Espinosa 1930, 409 [panhispánica primitiva]), es la alegría de la Navidad y casi nada más hay que explicar. Los relatos de los Evangelios de San Lucas y San Mateo (Lc 2,1-20; Mt 1,18-25)[2] describen el acontecimiento con personajes bien conocidos por todos; y los textos apócrifos han añadido detalles que no faltan en nuestros belenes, como el buey y la mula (Evangelio del Pseudo-Mateo, XIV [de Santos 1999, 205-206]; Ramos 2017a, 177; de la Vorágine 2008, I, 53). Incluso el número –«la una»– puede referirse a la hora en que nació Jesús (Espinosa 1930, 404).

Algunas versiones (Espinosa 1930, 404; Giese 1935, 628; Suárez 2009, nº 49, p. 247) hablan del único Dios (también la judía, la panlatina medieval y la primitiva de Europa: Espinosa 1930, 399, 410, 413). Desde el punto de vista de la teología cristiana, esa variante de la primera palabra no tiene ninguna complicación porque nuestro credo comienza: «Creo en un solo Dios» (Catecismo 1992, nº 200). Y puede considerarse que las versiones de los cuentos asturianos («La una, la Virgen Pura, más es clara que el sol que la luna y la luna más que tú, más puede Dios que tú» [Suárez 2009, nº 49.2, p. 253]; «la una, la Virgen Pura más clara el sol que la luna y la luna más que tú» [Suárez 2009, nº 49.3, p. 255]) unen ambas perspectivas, es decir, el único Dios y el nacimiento de su Hijo.

Otra versión asturiana («el buen Jesús Nazareno, Dios que crió el mundo, crió la gloria para siempre jamás» [Suárez 2009, nº 49.1, p. 251]; cf. Espinosa 1930, 404), aunque no plantea problemas desde el punto de vista teológico cristiano, es diferente porque se fija en Cristo, Dios, Hijo de Dios, que es el protagonista de nuestra segunda palabra[3].

Las dos tablas de Moisés donde Cristo nuestro bien puso los pies

Ésta es una afirmación (como «las dos piedras, los dos testamentos» [Espinosa 1930, 404], «dos testamentos» [Suárez 2009, nº 49, p. 247; Espinosa 1930, 410, panlatina medieval]) de claro alcance teológico que necesita una explicación. Sin ninguna duda se refiere al paso de la Antigua a la Nueva Alianza: Cristo pone los pies, se sube encima de la Ley Mosaica (las «tablas de la ley» en versión judía [Espinosa 1930, 399]; «las tablas de Moisés» en panhispánica y europea primitivas [Espinosa 1930, 409, 410]; «las dos de Moisés» [Hergueta 1934, 199, 200]) porque la transciende (Jn 1,17). Según cuenta la Biblia, Dios e Israel hicieron una alianza en el monte Sinaí que Moisés presentó a los israelitas mediante las tablas de la Ley, el decálogo (Ex 31,18; 34,1). Para nosotros esos son los diez mandamientos, como veremos en la palabra décima; pero ahora lo importante es señalar que Jesucristo superó esa alianza, haciendo con su sangre otra nueva basada en su amor por nosotros (Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11, 23-25; Heb 9,15-22). Según explica el Concilio Vaticano II, Dios

[...] eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo […] Jesús instituyó esta nueva alianza, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1Cor 11,25) convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu, y fueran el nuevo pueblo de Dios (Conferencia Episcopal Española 1993, Lumen Gentium nº 9).

El Papa emérito Benedicto XVI, en la segunda parte de su libro Jesús de Nazaret, dedica unas bellas páginas a comentar la novedad aportada por la sangre de Cristo en la Alianza Nueva (Ratzinger – Benedicto XVI 2011, 150-165). La de Moisés en el Sinaí estaba basada tanto en la sangre de los animales sacrificados como en la obediencia prometida por el pueblo (Ex 24,7-8). Pero la infidelidad, la desobediencia de Israel, la rompió de tal manera que, a partir de entonces, toda la historia de Israel se basa en la esperanza de una alianza nueva no pendiente de la siempre frágil voluntad humana, sino de Dios mismo (2Tim 2,13).

En las palabras de Jesús sobre el cáliz, todo esto se ha reasumido y convertido en realidad: Él da la «nueva alianza sellada con su sangre» […] Éste es el culto nuevo, que Él instituyó en la Última Cena: atraer a la humanidad a su obediencia vicaria (Ratzinger – Benedicto XVI 2011, 159-160).

Por consiguiente, Cristo puso los pies sobre las dos tablas de Moisés, la antigua alianza, y fundamentó la Alianza Nueva sobre su sangre derramada en la cruz. Y creo que esta misma explicación sirve para la versión vascuence (Giese 1935, 628-629) que habla de los dos altares de Jerusalén. Según lo dicho, del antiguo altar, de la antigua alianza, se pasa al nuevo altar, a la nueva alianza.

Y algo similar se puede comentar de la versión levantina: «las dos Marías y Dios» (Ortega 2013, 94). Si antes la mirada se dirigía a Cristo, al Hijo, ahora se atiende a la Madre. Hay una amplia tradición teológica de referirse a María como la nueva Eva (Catecismo 1992, nº 411, 511, 726, 975…). En nuestro caso, no es aventurado pensar que una versión del concepto, esto es, ver a Eva como María antigua, del Antiguo Testamento, de la antigua alianza, ha servido para rimar la canción. Las dos Marías, pues, son Eva y la Virgen, y Dios, por medio de la encarnación de su Hijo, ha remediado el pecado. De hecho, en esta misma línea argumental, San Pablo escribe:

Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo el peso de la ley, para que recibiéramos la adopción filial (Gal 4,4-5); al que no conocía el pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él (2Cor 5,21); donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5,20)…

Se trata, pues, de la misma idea desde otro punto de vista: se transita de una María a la otra, del pecado a la redención, de la ley a la gracia, de la antigua a la Nueva Alianza. Un argumento cercano a la contraposición «Marta y María, Raquel y Lía» (Espinosa 1930, 404), Marta y María, las hermanas de Lázaro (Jn 11,1), frente a Raquel y Lía, matriarcas de Israel, esposas de Jacob (Gen 29,16). De hecho, en la versión judía se citan expresamente las llamadas las madres de Israel: Sara, Rebeca, Raquel y Lía (Espinosa 1930, 399).

Las tres personas de la Santísima Trinidad

Es fácil hacer coincidir el número tres con las personas de la Trinidad (Espinosa 1930: 413 [europea primitiva]) porque «la Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Catecismo 1992, nº 152). Pero también es necesario reconocer que, aunque se trata de nuestra máxima identidad como religión, no siempre la tenemos presente. Es cierto que «la invocación de Dios como Padre es conocida en muchas religiones», pero especialmente la vida de «Jesús ha revelado que Dios es Padre en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único» (Catecismo 1992, nº 238 y 240). El mismo Jesús promete el envío del Espíritu Santo a la Iglesia (Jn 14,16-17) llevando a su plenitud la revelación del misterio de la Santísima Trinidad. Siguiendo el mandato del Señor, todos los cristianos hemos sido bautizados «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

También el número tres, en otras versiones del villancico, está asociado a «las tres Marías» (Espinosa 1930, 404, 409 [panhispánica primitiva]; Hergueta 1934, 199; Ortega 2013, 94). En este caso hay que mirar a la pasión del Señor, porque la crucifixión del Hijo de Dios es contemplada desde lejos por unas piadosas mujeres «que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle» (Mt 27,55). Aunque popularmente se las llama las tres Marías, el conjunto de los relatos evangélicos nombra cuatro mujeres (Ramos, 2011a: 30): María, la madre de Jesús (Jn 19,25); María Magdalena (Mt 27,56; Mc 15,40; Jn 19,25); María, madre de Santiago y José (Mt 27,56; Mc 15,40) y mujer de Cleofás (Jn 19,25); y Salomé (Mc 15,40), madre de los Zebedeos (Mt 27,56) y pariente de la madre de Jesús (Jn 19,25).

Cuando se refieren los tres reyes magos (Espinosa 1930, 404; Suárez 2009, nº 49.1, p. 251) hemos de recordar una tradición apócrifa que ha calado hondamente en España. Se puede atribuir a este texto:

Y los reyes magos eran tres hermanos: Melkon, el primero, que reinaba en los persas; después Baltasar, que reinaba sobre los indios, y el tercero Gaspar que tenía en posesión el país de los árabes (Evangelio armenio de la infancia V,10 [de Santos 1999, 356]; cf. Ramos 2011a, 24, 35).

Recuérdese que, de los evangelios canónicos, sólo Mateo refiere el episodio, pero hablando de unos magos de oriente (Mt 2,1-12).

Respecto de los tres patriarcas Abraham, Isaac o Jacob (Hergueta 1934, 201) o simplemente los tres patriarcas (Espinosa 1930, 399 [judía], 404, 410 [panlatina medieval], 413 [europea primitiva]; Suárez 2009, nº 49, p. 247) ciertamente nos situamos en el Antiguo Testamento, en los inicios del pueblo elegido según la genealogía de Jesucristo que transcribe Mt 1,1-17 (Ramos 2008-2009, 53-54). Los patriarcas en la tradición veteroestamentaria eran los depositarios de la promesa, de la alianza que formalizó la fundación del pueblo de Dios (Catecismo 1992, nº 60-62, 130, 205…). Es decir, que sintoniza con las variantes de otras palabras comentadas más arriba que se refieren tanto a Moisés como al mismo Jesucristo, Hijo de Dios.

Los cuatro Evangelistas

Es fácil hacer coincidir la cuarta palabra con los evangelistas (Espinosa 1930, 409 [panhispánica primitiva], 410 [panlatina medieval], 413 [europea primitiva]). Hasta nosotros sólo han llegado cuatro evangelios canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan (Ramos 2008-2009, 51-53). «Los evangelios son el corazón de todas las Escrituras por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador» (Catecismo 1992, nº 125). A los tres primeros se les llama sinópticos porque siguen un esquema común, mientras que el de San Juan, aunque coincide en lo fundamental con los otros, fue redactado siguiendo otros materiales literarios independientes. Es cierto que hay otros llamados evangelios apócrifos que hoy gozan de gran popularidad y que algunos presentan también como verdaderos. Sin embargo (Ramos, 2011a: 24), basta leer algunos de sus textos para comprobar que el Jesús que los apócrifos describen como vengativo, violento, ¡incluso asesino! (Evangelio del Pseudo Tomás, III, 1-3; IV, 1-2; V, 1-3 [de Santos 1999, 281-283]), es incompatible con el que, por ejemplo, reza en la cruz por sus verdugos: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Igualmente, al Jesús de los evangelios canónicos le entiende todo el mundo, mientras que el de los apócrifos utiliza con toda intención palabras oscuras. Valga este ejemplo:

Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados (Mt 8,27);

Jesús dijo: «Dichoso el león que al ser ingerido por un hombre se hace hombre; abominable el hombre que se deja devorar por un león y éste se hace hombre» (Evangelio según Tomás 7 [de Santos 1999, 690]).

Es fácil reconocer también en la cuarta palabra «las cuatro virtudes cardinales» (Espinosa 1930, 405), es decir (Ramos, 2011b: 44-50), prudencia (elección y discernimiento para el bien [Catecismo 1992, nº 1806]), justicia (virtud religiosa por antonomasia [Catecismo 1992, nº 1807]), fortaleza (firmeza en las dificultades y constancia en la búsqueda del bien [Catecismo 1992, nº 1808]) y templanza (modera, atempera y equilibra la atracción hacia los placeres sensibles [Catecismo 1992, nº 1809]).

Las cinco llagas

La quinta palabra está relacionada con la cruz de Cristo: sus cinco llagas (Espinosa 1930, 409 [panhispánica primitiva], 413 [europea primitiva]; Hergueta 1934, 199). En la piedad popular (Labarga, 1999: 382-383; Labarga, 2000: 178-179, 603-611) esta devoción ha tenido mucho éxito siguiendo un modelo semejante al vía crucis. La práctica de «La adoración de las cinco llagas de Jesús Crucificado» enumera sucesivamente la del pie izquierdo, del derecho, de la mano izquierda, de la derecha y del costado, recitando una oración dedicada a cada una, Padrenuestro, Avemaría y Gloria, con otra oración conclusiva. Algunos pueblos de nuestra diócesis de Plasencia, en las fiestas de su Cristo, conservan textos con música que cantan a las llagas durante su novena. Pero además de esta relación con el crucificado, no debemos olvidar que los estigmas (Fine 2009), es decir, las llagas que aparecen especialmente en las manos y el costado de algunas personas, han sido muy veneradas como signo de santidad. Los ejemplos son muchísimos, y uno de los últimos casos conocidos y aceptados por la Iglesia es el de San Pío de Pietrelcina (*1887-†1968) (Chiron 1999), canonizado el 16 de junio del 2002 por San Juan Pablo II.

La versión latina de los cinco libros de Moisés recogida en Asturias que también aparece en español (Suárez 2009, nº 49, p. 248; «los libros de la ley, los libros de Moisés» [Espinosa 1930, 405; cf. 399 [judía], 410 [panlatina medieval]), es un tanto más erudita. Se refiere a los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) cuya autoría ha sido atribuida tradicionalmente a Moisés (Álvarez 2019, 82-83; García 2003, 15). De otro lado, las cinco piedras de David de una versión latina (Hergueta 1934, 201) no presenta ninguna dificultad porque se refiere a los guijarros que cogió el rey judío para su honda de pastor cuando fue al encuentro del gigante filisteo (1Sam 17,40).

Igualmente son cinco los mandamientos de la Iglesia (Espinosa 1930, 405) y tampoco plantean dificultades. Especialmente las personas de cierta edad los recordarán (Compendio 2005, 230-231): oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar, confesar al menos una vez al año, comulgar por Pascua de Resurrección, ayunar en los días señalados y ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

Los seis candeleros

La sexta es una palabra litúrgica porque muy probablemente hace mención de las seis velas o candelas («las seis luces, las seis lámparas» [Espinosa 1930, 405]; «cirios» [Espinosa 1930, 409, panhispánica primitiva; 413, europea primitiva]; «candelarias» [Hergueta 1934, 200]) que eran necesarias para celebrar la misa según las normas anteriores al Concilio Vaticano II (Aldazábal 2002, 66-68). La Ordenación General del Misal Romano vigente dice:

Sobre el altar, o cerca del mismo, colóquese en cada celebración un mínimo de dos candeleros con sus velas encendidas o incluso cuatro o seis, especialmente si se trata de la misa dominical, o festiva de precepto, y si celebra el Obispo diocesano, siete (Ordenación 2005, nº 117).

En este mismo sentido creo que debe entenderse la variante de las cuatro candelas que sigue con los seis candeleros en la misma versión asturiana de un cuento (Suárez 2009, nº 49.1, p. 251 y 252).

Según Wilheim Giese (Giese 1935, 629), Bonifacio Gil había recogido: «las seis galetitah que ardieron en Galilea». Aunque yo no he encontrado esa referencia, creo que se trata de una corrupción de otra que documentó el músico extremeño en la Rioja (Gil 1987, 338): «las seis candelas que ardieron en Galilea». Es decir, «velitas» debe ser el original y «galetitas» o «galelitas» es la variante relacionada con lo dicho. Esto es, hacen referencia a la institución de la Eucaristía durante la última cena (Mt 26,26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22,19-20; 1Cor 11,23-26), porque la mesa –el altar– de esa primera misa en el cenáculo de Jerusalén, en Galilea, también debía estar alumbrada.

Creo que también existe una relación entre «los seis cirios o candelas o candeleros que velan el cuerpo de Jesús» (Espinosa 1930, 405) con «las cuatro candelas que velan el cuerpo de nuestro señor Jesucristo» (Espinosa 1930, 405). Ambos casos están referidos al velatorio de la muerte de Jesús, un episodio que no aparece así en los evangelios canónicos, ni tampoco lo he encontrado en los apócrifos. Esto es, no hay ninguna escena en que sus familiares y allegados velen el cadáver del Señor iluminado por unas velas. Sin embargo, es una imagen típica que sigue vigente entre nosotros: basta acercarse a un tanatorio para ver un ataúd alrededor del que se han colocado cuatro o seis lámparas eléctricas imitando velas para alumbrar. Incluso algunas procesiones de Semana Santa tienen ese paso: Cristo muerto y sólo alumbrado por cuatro hachas o velones en las esquinas.

Por su parte la que dice «las seis oraciones» (Gil 1956, nº 142, p. 65) probablemente no se refieren a las formas principales de la oración cristiana (padrenuestro, avemaría, salve…), sino que su origen puede estar mucho más lejano. El nombre de «Oficio de las seis oraciones» se aplica en la historia de la Liturgia al rezo de los monjes del siglo iv en Egipto que organizó y sistematizó San Pacomio (Fernández 2002, 83-86). Igualmente, seis eran las horas litúrgicas del día hasta la reforma del Concilio Vaticano II (Fernández 2002, 240-248): laudes, prima, tercia, sexta, nona y vísperas, que se repartían entre el amanecer (laudes) y el atardecer (vísperas), siendo la sexta (el mediodía) el centro de la jornada; esto implicaba un reparto de tres en tres horas, aunque las medidas no eran muy precisas, sino que se regían por el ritmo solar que, evidentemente, variaba según la estación del año.

En la versión latina recogida por Domingo Hergueta y Martín se habla de Positae clericae carrera de Galilae (Hergueta 1934, 201). Se trata de un latín muy corrompido y, por eso mismo, difícil de traducir: ¿los clérigos colocados camino de Galilea? Hergueta se inclina por explicarla aplicándola a los seis primeros apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé (Hergueta 1934, 198-199), aunque esa opción exige conjugar la tradición joannea (Jn 1,40-51: Andrés, Pedro, Felipe, Natanael-Bartolomé) con la sinóptica (Mt 4,18-22; Mc 1,16-20: Pedro, Andrés, Santiago y Juan). Pero también podría referirse a un asunto conocido en su momento por el autor o autores de la letra: v. gr., una oposición o un nombramiento clerical fallidos entre seis pretendientes. No puedo aportar nada más.

En una versión asturiana en latín se habla de las seis hidras (Suárez 2009, nº 49, p. 248); mientras otra española reza «las seis hidrias (de las bodas de Caná)» (Espinosa 1930, 405; cf. 410 [panlatina medieval]). Efectivamente, como explica Aurelio Macedonio Espinosa, se refiere a las tinajas de piedra llenas de agua que Jesús utilizó para el milagro de las bodas de Caná recogido exclusivamente por el IV evangelio (Jn 2,6). De hecho, el Diccionario de la Lengua Española vigente (Diccionario 2015: in loc.) recoge el sustantivo hidria con ese significado.

La versión judía que cita los seis libros de la Mishnah (Espinosa 1930, 399) requiere una explicación particular. La Mishnah o Misná (Trevijano 1996, 53-54) es una recopilación de textos elaborada en el siglo iii d. C. con las enseñanzas de los tanaítas de los siglos i y ii d. C; éstos eran los sabios transmisores y comentaristas de la Ley en el judaísmo rabínico (Trevijano 1996, 41). Y, efectivamente, la Misná estaba dividida en seis libros generales, aunque presentaba 63 prolijos tratados sobre el comportamiento económico; fiestas y estaciones; situación de las mujeres; legislación comercial, civil y criminal; culto del Templo; y reglas de pureza ritual (Trevijano 1996, 53).

Los siete dones

La palabra del número siete, tan simbólico en la mentalidad judía (por ejemplo, perdonar setenta veces siete: Mt 18,22; o los siete días de la semana según la creación: Gen 1,1-2,4 [Espinosa 1930, 399, judía]), tiene varias versiones. Nosotros cantamos «los siete dones», pero también hay canciones con «los siete dolores» (Espinosa 1930, 405), «las siete virtudes» (Espinosa 1930, 405), «los siete coros» (Gil 1987, 338), «los siete cielos» (Gil 1956, nº 142, p. 65), «los siete sacramentos» (Espinosa 1930, 410 [panlatina medieval]; Hergueta 1934, 201; Giese 1935, 629), «los siete gozos» (Espinosa 1930, 409 [panhispánica primitiva]; Hergueta 1934, 200) o los siete dones portugueses (Hergueta 1934, 202). Algunas de estas palabras serán comentadas más adelante, en otros epígrafes, si bien los dones portugueses parecen un enigma.

En la tradición cristiana los dones, es decir, las «disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo […], son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios» (Catecismo 1992, nº 1830 y 1831; cf. Compendio 2005, 230). Durante el sacramento de la Confirmación, el Obispo, con las manos extendidas sobre los confirmandos, ora al Espíritu para que les santifique con esos dones. Y no está de sobra decir sobre ellos que, además de su indudable dimensión cristiana, constituyen una serie de valores humanos y sociales cuya práctica efectiva llevaría a nuestro mundo por otros caminos no tan angostos y críticos como los que ahora, desgraciadamente, tenemos que recorrer.

La versión con «los siete dolores» (Espinosa 1930, 405; Ortega 2013, 94) evidentemente está relacionada con los siete dolores o las siete angustias de la Virgen, una escena mariana tan directa y entrañablemente relacionada con la Semana Santa. Es bien conocida la imagen de la quinta angustia, es decir, Jesús muerto en el regazo de su Madre, como relata Santa Teresa de Jesús en una de sus Cuentas de conciencia fechada en Sevilla el 8/11/1575: «el mismo Señor, por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera como se pinta la Quinta Angustia» (Cuentas de conciencia, 44ª, 4 [de la Madre de Dios y Steggink, 1982, 472]). La enumeración de los siete dolores es ésta (Torres 2006, 468-469): la profecía de Simeón (Lc 2,34-35), la huída a Egipto (Mt 2,13), el niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lc 2,41-50), el encuentro en la calle de la amargura (aunque no habla de María Lc 23,31), la crucifixión (Mt 27,55-56 y paralelos dicen que de lejos miraban unas cuantas mujeres, pero no citan a la Virgen), el descendimiento de la cruz (Mt 27,57-58 y paralelos) y la sepultura de Cristo (Mt 27,59-61 y paralelos). La versión más antigua de las cinco angustias quita las escenas de la calle de la amargura y la sepultura de Jesús.

Sobre «las siete virtudes» (Espinosa 1930, 405), de entrada, lo más razonable sería pensar que se refiere a la suma de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad: Catecismo 1992, nº 1812-1829), y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza: Catecismo 1992, nº 1805-1809). Pero también la letra puede referirse a las siete virtudes que se contraponen a los siete pecados capitales (Compendio 2005, 231). Es decir, contra la soberbia, humildad; contra la avaricia, liberalidad; contra la lujuria, castidad; contra la ira, mansedumbre; contra la gula, templanza; contra la envidia, benevolencia; y contra la pereza, diligencia. En cuanto a la versión de los siete sacramentos (Espinosa 1930, 413 [europea primitiva]; Hergueta 1934, 201; Giese 1935, 629), no parece que haya que explicar nada:

[...] los Sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano (Catecismo 1992, nº 2110).

Los ocho gozos

Tal como está escrita, la letra nos plantea una cierta dificultad porque los gozos o frutos del Espíritu Santo son nueve o doce, según diferentes tradiciones (y tampoco encaja con «los siete gozos» [Hergueta 1934, 200] antes referidos). El Catecismo de la Iglesia Católica dice de ellos:

[...] son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (Gal 5,22-23, vulg.) (Catecismo 1992: nº 1832; cf. Compendio 2005, 230).

Pero la nueva Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, que no sigue la Vulgata de San Jerónimo, escribe: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia y dominio de sí» (Gal 5,22-23). La necesaria exégesis de los textos para explicar esa divergencia se escapa a este comentario y, además, quizás la explicación de esta octava palabrita puede ser más sencilla si entendemos gozo como sinónimo de Bienaventuranza («Beatitudines» [Espinosa 1930, 410, panlatina medieval; 413, europea primitiva]).

En el evangelio de San Mateo el conocido Sermón de la montaña comienza con las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12; cf. Compendio 2005, 229), como explícitamente dice alguna versión (Hergueta 1934, 201). Se trata de un género literario, el macarismo, muy presente en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, el Salmo 144,15 proclama: «Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor»; o a Jesús una mujer de entre el gentío según Lc 11,27 le grita: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Precisamente éste último texto nos permite entender las bienaventuranzas como una especie de piropo: se alaba a quienes vinculan su felicidad a unas exigencias que, más que mandatos impuestos, revelan actitudes profundas que nacen de la aceptación de la fe en Dios y en su enviado Jesucristo. En la versión de San Lucas (6,20-26) se ponen en paralelo cuatro bienaventuranzas con sus correspondientes malaventuranzas: pobres-ricos, hambrientos-saciados, llorosos-alegres y los que sufren por Cristo frente a quienes sólo saben adular falsamente. Pero el texto que más se ha popularizado es el San Mateo: bienaventurados los pobres en el espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia del Reino de Dios. El colofón del texto sigue teniendo una gran actualidad: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11-12).

Creo que las versiones de los ocho coros (Díaz 1980, 3; Espinosa 1930, 405, 409 [panhispánica primitiva]; Hergueta 1934, 200; Ortega 2013, 94) están relacionadas con todas las horas canónicas del oficio divino, según lo antes comentado (y aunque no cuadra el número, también encajan aquí «los siete coros» [Gil 1987, 338]). Es decir, a las seis horas diurnas, se unen las dos nocturnas: completas, antes de dormir, y maitines, de madrugada. Y se les llama «coros» porque en las antiguas distinciones entre las diversas categorías de fiestas litúrgicas (Ramos 2017b, 46) éstas se celebraban in foro, in choro o in foro et in choro, es decir, con asamblea o sólo con el coro formado por los que estaban obligados a acudir, por ejemplo, unos frailes o unas monjas, o por ambos. En otras palabras, para las celebraciones menos solemnes bastaba la asistencia de la asamblea con el sacerdote, mientras que para las más principales debía unirse también todo el coro de clérigos, frailes, monjas… Y algo similar puede decirse de la versión de los ocho cielos (Giese 1935, 629), aplicados a los coros de los ángeles que se unen a la liturgia terrenal en la oración de la Iglesia (Catecismo 1992, nº 1090, 1111, 1136, 1137-1139, 1195, 1326, 2642, 2855).

La forma judía de los ocho días de la circuncisión (Espinosa 1930, 399), señal de pertenencia e identidad del pueblo judío, está relacionada también con vida de Jesús porque según el evangelio de San Lucas, el Señor fue circuncidado a los ocho días del nacimiento cumpliendo la ley mosaica (Lc 2,21).

Los nueve meses

Tampoco la novena palabra plantea dificultad (Espinosa 1930, 405, 409 [panhispánica primitiva], 399 [judía]; Hergueta 1934, 200). Los nueve meses de la gravidez de la Virgen María son la justificación suficiente de esta palabrita. En el antiguo calendario litúrgico, durante la última semana del Adviento, se celebraba de manera especial la conclusión del embarazo y el feliz alumbramiento. El día 18 de diciembre estaba señalada la fiesta de la «Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María», de gran tradición en España (Núñez 1981, 410-414). Desde ese día y hasta el de Navidad, se rezaban –y se rezan– las antífonas del Magníficat durante las Vísperas, la oración de la tarde, que empezaban con la interjección «oh»; y de ahí viene el nombre de María de la O. La secuencia de estas antífonas que ensalzan tanto a la madre como al Hijo, sigue vigente en la liturgia actual: Oh Sabiduría, Oh Adonai, Oh renuevo del tronco de Jesé, Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, Oh Sol que naces de lo alto, Oh Rey de las naciones, Oh Emmanuel.

La versión con las nueve órdenes (Espinosa 1930, 405; Giese 1935, 628) tiene su explicación en la angelología. Un autor conocido como el Pseudo Dionisio Areopagita en su obra De coelesti Herarchia, escrita hacia el siglo v, organiza nueve órdenes angélicas (Espinosa 1930, 410 [panlatina medieval], 413 [europea primitiva]) en tres coros: la primera jerarquía está formada por serafines, querubines y tronos; la segunda por dominaciones, virtudes y potestades; y la tercera por principados, arcángeles y ángeles (González, 2018: 244). Esa representación es seguida, corregida, ampliada por otros autores medievales como San Bernardo de Claraval (*1090-†1153), Hildegarda de Binden (*1098-†1179) o el gran Santo Tomás de Aquino (*1224/1225-†1274) (Ávila 2013, 20, 23; González 2018, 245). Y después, durante el renacimiento y el barroco, las publicaciones se multiplicaron extraordinariamente (Ávila 2013, 23-33). Según lo dicho, se explican fácilmente los nueve coros de los ángeles de una versión latina (Hergueta 1934, 202) y otra española (Espinosa 1930, 405).

Los diez mandamientos

Como ya se anunció antes, el decálogo, los diez mandamientos, explican sin problemas esta décima palabrita (Espinosa 1930, 399 [judía], 409 [panhispánica primitiva], 410 [panlatina medieval], 413 [europea primitiva]; Hergueta 1934, 200, 201). Según explica el Catecismo de la Iglesia Católica

[...] desde San Agustín, los diez mandamientos ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo xv se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy (Catecismo 1992, nº 2064).

Y añade: «Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo» (Catecismo 1992, nº 2065). En efecto amar a Dios, no tomar su nombre en vano y santificar sus fiestas, expresan nuestra reverencia al Supremo Hacedor; pero no le van a la zaga honrar a los padres, no matar, no cometer actos impuros, no robar, no mentir, no consentir pensamientos ni deseos impuros y no codiciar los bienes ajenos. Como dijo Jesucristo, el amor a Dios y al prójimo son dos preceptos inseparables: «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40); «haz esto y tendrás la vida» (Lc 10,28).

El artículo ampliamente citado de Aurelio Macedonio Espinosa sólo recoge cuatro variantes, la que menos. Ahora bien, su contenido es enigmático porque al lado de los diez mandamientos y los diez coros, ciertamente relativos a los coros de los ángeles ya explicados antes, añade: «decimina (?) de Cristo, décima parte de Cristo» (Espinosa 1930, 406). La única explicación que se me ocurre de esta palabrita es relacionarla con el diezmo, es decir, aquella imposición recogida en el Antiguo Testamento que obligaba al pueblo de Dios a contribuir al bien común con la décima parte de los frutos de la tierra y del ganado (Gen 28,22; Deut 12,6.11.17; Am 4,4). Un texto muy particular sobre este asunto es el encuentro entre el patriarca bíblico Abraham y Melquisedec, el rey-sacerdote de Salem, de Jerusalem (Gen 14,18-20) a quien le entrega el diezmo de todo (Gen 14,20). En el Nuevo Testamento Melquisedec es invocado como fundamento del nuevo sacerdocio instaurado por Cristo en la Pascua (Heb 5,1-10).

Las once mil vírgenes

La presencia de las once mil vírgenes parece rebuscada (Espinosa 1930, 409 [panhispánica primitiva], 413 [europea primitiva]; Hergueta 1934, 200, 201). Para nosotros la explicación es bastante lejana, pero Santa Úrsula y las 11.000 vírgenes que fueron martirizadas junto a ella gozaron de una gran devoción en la Iglesia desde la Edad Media (Robertini, 2000: 2163-2164). La Leyenda Dorada del Beato dominico Santiago de la Vorágine (*1230-†1298) (de la Vorágine 2008, II, 677-681) explica, con muchos detalles, que era hija de un rey de Bretaña. Su padre recibió para ella una ventajosa propuesta de matrimonio con un príncipe pagano; pero Úrsula consiguió que, antes de la boda, su padre le permitiera iniciar una peregrinación a Roma junto con once mil vírgenes. En el transcurso de ese viaje, la comitiva fue atacada y todas murieron martirizadas. A mediados del siglo xii, los ciudadanos de la ciudad alemana de Colonia, al cavar unos cimientos cerca del cementerio de la antigua urbe romana, encontraron huesos que fueron declarados reliquias de las vírgenes. Úrsula se convirtió así en la santa patrona de las doncellas y de la propia ciudad germana. Su fiesta litúrgica es el 21 de octubre.

La variante vascuence de los once arcángeles (Giese 1935, 630), de nuevo nos pone en relación con la angelología medieval y barroca que contempla este número. Por ejemplo, ha sido documentada una serie de pinturas con once ángeles en el monasterio de San José y San Roque de Aguilar de la Frontera, Córdoba; sus nombres han sido borrados (Ávila 2013, 10, 189, 407, 495). Hay otra serie en el Hospital del Pozo Santo, Sevilla (Ávila 2013, 274) que coincide con diversas piezas sudamericanas (Ávila 2013, 505) en nombrar a los ángeles según la literatura apócrifa judía. Por fin, en el Santuario de Nuestra Señora de la Encarnación de Peñarroya en Argamasilla de Alba, Ciudad Real, en una pintura mural once querubines rodean a San José (Ávila 2013, 447) y en el camarín de la Virgen otros once angelotes desnudos portan símbolos marianos (Ávila 2013, 449).

De otro lado, la versión latina recogida en Asturias habla literalmente de «Undecim stellae a Josepho visae» (Suárez 2009, nº 49, p. 249; Espinosa 1930, 410 [panlatina medieval]), lo mismo que otra española («las once estrellas de José» [Espinosa 1930, 406]) y la judía (Espinosa 1930, 399). Se trata de un episodio de la vida de José, hijo de Jacob: un sueño que José cuenta a sus hermanos en el que «once estrellas se postraban ante mi» (Gen 37,9). Sus hermanos lo envidiaban (Gen 37,11) y lo vendieron a unos mercaderes madianitas que le llevaron a Egipto como esclavo (Gen 37,28).

Los doce apóstoles

Por fin, nos encontramos con los doce apóstoles (Espinosa 1930, 406, 409 [panhispánica primitiva], 410 [panlatina medieval], 413 [europea primitiva]; Hergueta 1934, 200, 201). También es una palabra clara porque los Evangelios relatan tanto su ministerio como sus nombres (Ramos 2008-2009, 47-51). Fueron elegidos por iniciativa del Señor («llamó a los que quiso» [Mc 3,13]), «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar y que tuvieran autoridad para expulsar demonios» (Mc 3,14-15). Y su nómina está recogida completa (Mc 3,16-19 y paralelos): Pedro, Santiago el Mayor y Juan, Andrés, hermano de Pedro, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el menor, Judas Tadeo, Simón cananeo y Judas Iscariote, el traidor que posteriormente sería sustituido por Matías (Hch 1,15-26). En la poética visión del libro del Apocalipsis, la muralla de la Jerusalén del cielo tiene «doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Ap 21,14), los doce apóstoles de Cristo. En el Credo, confesamos que nuestra Iglesia es Apostólica, fundada sobre los Apóstoles (Catecismo 1992, nº 750, 811, 857…).

En la versión latina, al número doce le corresponden las tribus de Israel (Espinosa 1930, 399). Tradicionalmente éstas se corresponden con los doce hijos de Jacob (Catecismo 1992, nº 2573): Rubén (Gen 29,32), Simeón (Gen 29,33), Leví (Gen 29,34) –sobre su tribu recayó el sacerdocio veterotestamentario (Num 1,48-53; cf. Catecismo 1992, nº 1539)–, Judá (Gen 29,35) –determinante en la monarquía israelita (Is 7,14; 2Sam 7) y en la genealogía del mismo Jesucristo (Mt 2,5-6; Lc 1,26-27.32; cf. Catecismo 1992, nº 437-439)–, Dan (Gen 30,6), Neftalí (Gen 30,8), Gad (Gen 30,11), Aser (Gen 30,13), Isacar (Gen 30,18), Zabulón (Gen 30,20), José (Gen 30,24) y Benjamín (Gen 35,18). El libro del Génesis, en el llamado ciclo de José (Gen 37-50), relaciona la descendencia de todos ellos (Gen 46,8-26), una genealogía que fundamenta y da sentido al pueblo de Dios. Así, el paralelismo entre las doce tribus de Israel y los doce apóstoles es más que evidente:

Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22,28-30; cf. Catecismo 1992, nº 765).

Conclusión

A lo largo de estas páginas hemos ido desentrañando el significado de la letra de nuestro villancico y atendiendo también a otras variaciones documentadas. Creo que, en todos los casos, se puede ofrecer una explicación satisfactoria que se mantiene dentro de los contenidos religiosos cristianos. Pero en algunas versiones se añade una decimotercera palabrita: los trece atributos de Dios (Espinosa 1930, 399). En ocasiones se explica que el número 13 es el número del diablo (Ortega 2013, 100), pero aquí hace referencia a un texto bíblico sobre los atributos, los middot de Dios:

El Señor pasó ante él [Moisés] proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación» (Ex 34,6-7).

Independientemente que los exégetas discutan el orden y contenido específico de cada uno de esos atributos divinos (Fernández Sangrador 1997, 80) y lejos de ser un guiño al diablo, el pueblo judío se ha servido «del número trece para formular las verdades fundamentales de su credo respecto a Dios (los trece atributos), respecto a la fe (los trece principios) y respecto a la Torah [la Ley] (las trece reglas de interpretación)» (Fernández Sangrador 1997, 79). Es más, si nos ceñimos al texto bíblico citado, el hombre encuentra su adecuada posición sólo cuando se halla ante Dios, cuando Éste le revela sus atributos de misericordia (Ex 34,6) y así aparecen las verdaderas dimensiones del ser humano (Ex 34,7); de otra manera, la santidad frente a la penuria, la gracia frente al pecado, la misericordia frente a la mezquindad (Fernández Sangrador 1997, 82). Es lo que debe saber un buen cristiano (y un buen judío) cantando y gozando de nuestro villancico.

Juan Manuel Ramos Berrocoso

ORCID ID: https://orcid.org/0000-0002-3381-1630



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Trevijano, Ramón. Orígenes del cristianismo. El trasfondo judío del cristianismo primitivo. Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 1996.



NOTAS


[1] No he encontrado ninguna versión de nuestro villancico en los estudios de Manuel García Matos, Lírica popular de la alta Extremadura (Madrid: Unión Musical Española, 1944); Manuel García Matos, Cancionero popular de la provincia de Cáceres (Lírica popular de la alta Extremadura. Volumen II) (Barcelona: CSIC, 1982).

[2] Para los textos bíblicos utilizo la edición de la Conferencia Episcopal Española (2010). En cuanto a la bibliografía teológica e iconográfica, salvo algunas excepciones que serán introducidas en el texto, me limito a señalar esta breve referencia general que es accesible y suficiente para el lector. Sobre el Antiguo Testamento: Raymon E. Brown (dir.), Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Antiguo Testamento (Estella: Verbo Divino, 2005). Sobre el Nuevo Testamento: Joseph Artienda (dir.), Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento (Estella: Verbo Divino, 2004). Sobre los evangelios canónicos: Rafael Aguirre Monasterio y Antonio Rodríguez Carmona, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles (Estella: Verbo Divino, 2005); Santiago Guijarro Oporto, Los cuatro evangelios (Salamanca: Sígueme, 2010). Sobre personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento u otros santos: Pierre-Maurice Bogaert (dir.), Diccionario Enciclopédico de la Biblia (Barcelona: Herder, 2003); Angelo di Berardino (dir.), Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana. Volúmenes I-II (Salamanca: Sígueme, 1998); José Antonio Martínez Puche (dir.), Nuevo Año Cristiano. Tomos I-XII (Madrid: Edibesa, 2001); Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Volúmenes 1-5 (Barcelona: Ediciones del Serbal, 1999-2001); José Luis Repetto Betes (dir.), Año Cristiano. Tomos I-XII (Madrid: BAC, 2002-2006).

[3] Como dije, no puedo pararme en todas las variantes, aunque abrirían otra interesante investigación. Por ejemplo: «Santa casa o casita de Jerusalén, Sol, Sol y Luna, Luna, Estrella» (Espinosa 1930, 404).



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«Las doce palabritas». Transcripción y comentario de un villancico del norte de Extremadura

RAMOS BERROCOSO, Juan Manuel

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 450.