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Demetrio Díaz Gilarranz, un desconocido para los vecinos de Bernuy de Porreros (Segovia)

GONZALEZ GALINDO, Pascual

Publicado en el año 2019 en la Revista de Folklore número 444.

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Resulta siempre agradable la factura de los hechos y proezas de nuestros antepasados, halagándonos tanto más si se aproximan al punto en donde hemos nacido o vivido. Debido a esta predilección que todos sentimos por nuestra patria o tierra en que vinimos al mundo, sentimos un cariño entrañable hacia su historia y los acontecimientos sucedidos en su transcurso, en el que aplaudimos los sucesos de buena ley y lamentamos aquellos que desdicen del buen obrar.

Conocí la historia de Demetrio Díaz Gilarranz, a través de diversos fondos documentales, cuando pretendía recopilar todo aquello que se había escrito en los últimos años sobre la festividad de san Antonino de Padua, en nuestra localidad.

Me llamó poderosamente la atención el artículo que se publicó en la prensa del año 1898, sobre la fiesta de San Antonio en Bernuy, donde se recogía literalmente «habiendo tenido el placer de escuchar el hermoso panegírico que, del referido Santo, nos hizo el hijo del sagrado Corazón de María, Padre Media-Villa, el cual, con una unción y elocuencia difíciles de poder explicar, nos demostró cómo San Antonio había sido, grande en sí mismo y más grande entre los elegidos de Dios». «Terminó con una ferviente súplica al Santo, que hizo asomar las lágrimas a los ojos del piadoso auditorio, cuando, con patéticas frases, le pedía su intercesión para esta desgraciada España, la libertad de nuestros desgraciados hermanos cautivos en Filipinas». Por lo que deduje que quizás había hijos del pueblo combatiendo en dicha guerra.

Cabe también hacer mención especial al artículo publicado por el que fuera secretario del ayuntamiento de dicha localidad, D. Pascual Cardiel.

Este no es un homenaje, ya que los homenajes se tienen que hacer en vida, es simplemente un agradecimiento a un héroe anónimo que vivió en la obscuridad de este humilde pueblo segoviano.

Seguramente, si preguntáramos a los vecinos de Bernuy de Porreros sobre quién era Demetrio Díaz, los de edad más avanzada nos dirían que era el estanquero. Que solía sentarse en una silla en la plaza, frente a la casa de Anunciación, cuando no tenía tarea en el estanco, porque él vivía en el estanco.

Era hermano de Lorenzo y de Felipe Díaz Gilarranz. Durante bastante tiempo fue concejal en el Ayuntamiento de Bernuy de Porreros, así como Juez de Paz.

El día 18 de octubre de 1949, fecha de su entierro, cuando la comitiva se dirigía a darle cristiana sepultura, se produjo un desprendimiento de arena de una de las cuevas de donde se extraía dicho material, situada por encima del juego de pelota viejo, y por desgracia había sepultado a D. Domingo Múñez Sanz, natural de Vellosillo, y residente en Valseca, estaba casado y tenía solamente 27 años.

Pero centrémonos en nuestro héroe. Demetrio nació el día 22 de diciembre de 1874, en la localidad de Bernuy de Porreros, era hijo de Julián y María. Su infancia y adolescencia transcurrió como la de cualquier otro niño o joven, hasta que se produjo el momento en que tuvo que ingresar en el ejército a la edad de 20 años. Tras varios destinos y alcanzar el empleo de cabo es destinado a Filipinas, como consecuencia de los acontecimientos que se estaban desarrollando en esa colonia española.

Los acontecimientos que voy a contar comenzaron a suceder el día 29 de mayo de 1898: habiéndose sublevado los habitantes del pueblo de Morong, perteneciente a la provincia de Bataan, isla de Luzón, y habiendo sido asesinados por los filipinos el capitán de su Compañía D. Vicente Estévez y el primer teniente D. Francisco Carbajo, el cabo Demetrio Díaz Gilarranz tuvo que hacerse cargo de la misma, con cuarenta hombres a su cargo y sosteniendo un asedio de los revolucionarios durante nueve días.

Ese día el cabo Demetrio se encontraba junto con su compañía en un convento en la localidad de Morong, siendo aproximadamente sobre las 18:00 horas, cuando un grupo de insurrectos se acercó al convento donde se encontraba su compañía. Dichos insurrectos portaban una cubierta de una vivienda formada con hojas de la palmera nipa. El emplazamiento de los cambios que a trozos se hacía de esas ligeras y débiles viviendas, no era nuevo para el destacamento. Tal debió ser, no obstante, la alarma, que el centinela hizo fuego sobre la mencionada cubierta, dejándola entonces en el suelo los portadores, hasta entonces ocultos bajo ella, corriendo y dirigiéndose hacia el convento, con la intención de penetrar en dicho recinto, así como la de incendiar el mismo por lo que el cabo Demetrio tuvo que tomar la decisión de cerrar las puertas para evitar la entrada de los insurrectos y al mismo tiempo ordenar retirar de los lugares que iban a invadir las llamas los armamentos, la harina y las municiones. Se entabló por ambas partes un nutridísimo fuego, retirándose sobre las once de la noche los insurrectos. Como consecuencia de dicho enfrentamiento falleció el soldado Juan Guerreiro y fueron heridos el otro cabo y dos soldados. Produciéndose bastantes bajas entre los insurrectos.

El día treinta, aprovechando la oscuridad de la noche, fueron nuevamente atacados. El día treinta y uno careciendo de agua y de víveres, el cabo Demetrio, junto con varios de sus hombres salieron del interior del convento con el fin de obtener el tan preciado líquido y conseguir algo de comida, consiguiendo matar un cerdo. Durante los restantes días tuvieron que repeler diversos intentos de los insurrectos de penetrar en el convento.

El día uno de junio, viendo que era de todo punto imposible permanecer por más tiempo en el convento, el cabo Demetrio decidió retirarse al fuerte que existía en la localidad, por ofrecer éste mejores condiciones de defensa, ordenando llevarse los fusiles, los cerrojos de los fusiles de los soldados muertos, así como las municiones, teniendo que practicar dicha operación bajo nutridísimo fuego del enemigo.

El día dos, a las cuatro de la tarde, mandaron los insurrectos al fuerte dos mujeres con bandera blanca, las cuales le hicieron entrega de un parte en el que se le decía que entregara las armas e instándole a vivir como hermanos, a las que contestó que su destacamento no entregaría las armas. En cuanto los insurrectos recibieron la contestación que había dado a las mujeres, atacaron con más ímpetu que nunca, teniendo que sostener el fuego por espacio de más de tres horas. Tanto el día tres como el cuatro sufrieron diversos ataques.

El día cinco, aproximadamente sobre las tres de la tarde, volvieron a recibir la visita de las mismas mujeres que ya habían estado el día dos, las cuales le entregaron dos partes, el uno tenía impreso el membrete del batallón y venía escrito y firmado por el Teniente Coronel Jefe del mismo D. Bernardo, en el que se le ordenaba entregara las armas. A ese parte contestó «que viniera él mismo en persona para ordenármelo». El segundo parte, firmado por un cabecilla de los insurrectos, le conminaba diciéndole que se rindiera, pues toda la resistencia que hiciera sería en balde, pues toda la provincia se encontraba en su poder, y en prueba de ello, era que no venía nadie en su auxilio, contestándole «que prefería morir de hambre o sed antes que entregar las armas».

Durante el día seis los insurrectos intentaron en varias ocasiones incendiar el fuerte, sin conseguirlo. El día siete a las nueve de mañana se divisó en el mar una lancha, y al reconocer que era española, mandó tocar llamada. Seguidamente, ordenó que salieran diez soldados a la playa para proteger la retirada de los demás. Así se hizo, sin que se produjera ninguna baja de los soldados que estaban a sus órdenes, trasladándolos dicha embarcación a localidad de Olompago.

Una vez en Olompago procedió a dar parte de todo lo ocurrido al Capitán de navío D. Julio del Río. Al mismo tiempo le hizo saber que durante esos nueve días las fuerzas a su órdenes se habían distinguido por su buen comportamiento, decisión y arrojo. Por este hecho de armas se instruyó juicio contradictorio para la concesión de la Laureada de San Fernando al cabo Demetrio Díaz, sin que le fuera concedida.

Pero no acaban ahí las peripecias de quien fue nuestro vecino y héroe Demetrio Díaz, pero las dejamos para un posterior artículo, en el que narraremos su cautiverio como prisionero de los Tagalos, junto con otro segoviano D. Gregorio García, natural de Matabuena.



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GONZALEZ GALINDO, Pascual

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