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Etnografía y romanticismo en la obra de Jenaro Pérez Villaamil

FIDALGO CASARES, María

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 440 - sumario >

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Revista de Folklore número

440




Jenaro Pérez Villaamil y Duguet, (Ferrol, 1807) fue uno de los grandes de la pintura española y una de las figuras más significativas del romanticismo europeo. Pintor, escenógrafo, decorador, ilustrador, editor… su trayectoria como artista tuvo un claro carácter de pionero, tanto por el género que abordó, como por el valor etnográfico que imprimió a sus obras.

Su biografía aparece repleta de avatares y episodios de amor y guerra, viajes europeos y ultramarinos, destierro, enfermedad, prisión, pobreza y triunfo social, que fueron jalonando una intensa e interesante trayectoria truncada por una muerte temprana.

Síntesis biográfico-artística

Nacido en Ferrol en 1807, Jenaro Pérez Villaamil a los cinco años ya trabajaba como ayudante de su padre, profesor de Topografía y Dibujo[1]. Ingresó en el ejército, y con apenas dieciséis años fue enviado a combatir contra las tropas de los «Cien Mil Hijos de San Luis», que a petición del rey Fernando VII de España llegaron para restaurar el absolutismo y acabar con la época liberal.

Fue herido, hecho prisionero, y trasladado a Sevilla al ingente Hospital de las Cinco Llagas, el hospital más grande de la Europa de su tiempo. Allí sufrió todo tipo de calamidades e infecciones pero conservó la vida y sanó de sus heridas. Esta curación no supuso un alivio, ya que fue enviado de nuevo a Cádiz como prisionero de guerra[2].

Sin embargo, el destierro gaditano fue un acicate que le sirvió para dedicarse en pleno al dibujo, donde las autoridades, fascinadas por las dotes del cautivo, permitieron que asistiera a la Academia de Arte.

El progreso del artista fue tan rápido que al fin de su pena, en 1830, es elegido para pintar los decorados del gran teatro de la ciudad de San Juan de Puerto Rico, todavía español. Hizo la travesía a la isla en el bergantín Amistad[3], donde le sorprenderá una brutal tempestad en la que, aunque peligraba seriamente su vida, no soltaría los lápices, afanado en tomar apuntes desbordado por la fuerza de la naturaleza y energía del mar.

La labor como escenógrafo que emprende en ultramar, dejará una gran impronta en su obra habiendo siempre resabios teatrales en la concepción de sus espacios, proporciones de monumentos, bocetos de escenas costumbristas, puestas en escena de personajes y peculiares puntos de vista en las arquitecturas.

De regreso en Andalucía, reside un tiempo en Sevilla, ciudad en la que conoce al pintor inglés David Roberts (1796-1864). Este encuentro fue providencial. Roberts era un curioso personaje hijo de un zapatero de Edimburgo que se enroló en una compañía de cómicos ambulantes y acabó convirtiéndose en pintor escenógrafo. Muy aficionado a los viajes por Europa y a plasmar sus monumentos, influirá tanto en su trayectoria que puede hablarse en Villaamil de un antes y un después de Roberts. La pintura del gallego se despojará de resabios neoclásicos e iniciará sin vuelta atrás un camino furiosamente romántico.

A la manera de Roberts, comenzará a recorrer España y con gran esfuerzo e irá reflejando en su diario esa peculiar España decimonónica repleta de bandoleros, malos caminos, pésimos hospedajes e inseguridad que serán el marco de la mayoría de sus bocetos y apuntes.

En 1834 se establece en Madrid, y su carrera artística será meteórica. Muy pronto alcanza reconocimiento por crítica y público y será nombrado Académico de Mérito de San Fernando de la que llegará a ser Teniente Director.

Sus relaciones con la corte le harán merecedor de distinciones diversas: pintor honorario de Cámara de Isabel II, Comendador de la Orden de Isabel la Católica, Orden de Carlos III e incluso también en cortes extranjeras como Caballero de la Legión de Honor Francesa o Caballero de Leopoldo en Bélgica, donde residirá algún tiempo exiliado políticamente, y tendrá relación con numerosas personalidades españolas del mundo de la cultura y de la política emigradas en Francia, así como personajes relevantes como Baudelaire, o el arquitecto del Canal de Suez Fernando de Lesseps.

Del 38 al 42 hay pocos datos de su vida, enfrentado políticamente al régimen vigente, se sabe que viajó por Europa y no hay constancia de viajes a Oriente, ni siquiera a Marruecos, pero esto no impidió que se convirtiera en el introductor del paisajismo orientalista en la pintura española decimonónica que gracias a él alcanzó gran predicamento.

Tras la caída de Espartero en 1844, regresa a Madrid y se distingue políticamente como liberal y lleva una vida intensa participando con éxito en exposiciones, dirigiendo la fundación del Ateneo de Madrid y trabando amistad con todos los intelectuales españoles de su tiempo, tan estrechamente con Zorrilla que llegará a decirse que «Para comprender a Zorrilla pintando con la palabra, hay que ver los cuadros de Villamil. Existe entre ambos una exacta correspondencia». También con el pintor Esquivel, al que ayudará económicamente para recuperar la vista que pierde a causa de una enfermedad. Así mismo destacó en la ilustración de libros y revistas, colaborando en el Semanario Pintoresco Español, en el Panorama matritense de Mesonero Romanos, o ilustrando las obras de José Zorrilla.

Prepara lienzo y pinceles,
Yo escribiré tu pintura,
Y conquistemos laureles
Al través del huracán.

Sus ejecuciones se caracterizaban por una extraordinaria celeridad ( algo de lo que el artista presumía sin reparo y que hizo que sus envidiosos oponentes le denominaran «pintor de circo»). De ahí la magnitud de su producción pictórica, más de 2 000 lienzos y 18 000 dibujos. Pero sin lugar a dudas su obra capital será la «España artística y monumental» de la que será promotor. Su tesón le hará conseguir para la obra la financiación del poderoso banquero, coleccionista y mecenas Gaspar de Remisa.

Jenaro Pérez Villaamil muere en Madrid el 5 de junio de 1854, contaba 47 años de edad, a causa de una enfermedad de pulmón, perdiendo la razón los últimos momentos. Tras su temprana desaparición, su figura y obra quedaron olvidadas y las generaciones posteriores, ya aferradas al opuesto realismo, lo consideraron un artista obsoleto.

No sería hasta el primer tercio del siglo xx en que a instancias de su paisano Bello Piñeiro, comenzaría la rehabilitación de su figura.

Hoy está considerado uno de los mejores acuarelistas del arte español, uno de los principales autores románticos universales y es autor del libro ilustrado de viajes más conocido de todas las épocas. Las magníficas estampas de su «España artística y monumental» siglos después, siguen colgando de instituciones estatales y recintos palaciegos europeos y americanos.

No dejó discípulos ni imitadores, y en la actualidad un halo de misterio rodea su figura al haberse encontrado obras datadas con posterioridad a su muerte de su mismo estilo y temática con la autoría de un tal Philip Villamil, británico que firmaba P. Villaamil, al igual que el ferrolano, y que se han atribuído a nuestro artista.

Carácter innovador y pionero: paisajismo, etnografía y carácter mercantil

Un análisis intenso de su trayectoria deja traslucir no sólo su gran valía artística sino sobre todo, su desconocido carácter innovador y de pionero en muchos ámbitos, valores sorprendentemente muy poco reconocidos.

En su momento se dijo que «... era sin disputa el artista más original junto a Goya de toda la pintura española» .Y si el romanticismo, estilo que le define, puede entenderse como la primera vanguardia en la Historia del Arte, en Villaamil vemos también en su obra clarividentes anuncios de un impresionismo y expresionismo que tardaría muchos años en aparecer, por lo que sería un claro antecedente de estos ismos posteriores.

Villaamil tuvo un estilo único y singular en el panorama artístico peninsular. Fue un extraordinario dibujante y colorista arrebatador que se decantó por un paisajismo romántico, arqueológico, de trazos costumbristas con un su valor etnográfico está fuera de toda duda. De hecho, puede afirmarse que es el primer pintor etnógrafo español, y uno de los primeros europeos, en el que hay una voluntad consciente de plasmar las costumbres y paisajes como riqueza patrimonial del país. En la mayoría de sus obras, junto al paisaje urbano o natural, aparecen lugareños ataviados con sus vestiduras identitarias, aperos de labranza, cacharrerías, instrumentos de labor con gran detalle.

Su talento en ello, fue tan espectacular que cambió la concepción del género del paisaje en España, que hasta tal fecha se había considerado un género menor o un mero fondo decorativo para las composiciones de figuras. Dada su destreza, llegó a crearse expresamente para él por primera vez la Cátedra de Paisaje y que adquirirá para siempre carta de naturaleza. Fue el precursor por tanto, del paisajismo romántico español, y dentro del paisajismo, Villaamil será el introductor del paisajismo orientalista en la pintura española decimonónica[4].

También debe añadirse una nueva singularidad más prosaica. En el ámbito mercantil, inauguró una nueva relación entre cliente y artista, cual trato de igual a igual, en la que el artista dejó de ser artesano para ser un profesional liberal.

El contexto: costumbrismo y Villaamil

La paternidad de término costumbrismo se atribuye a Mesonero Romanos como definición de una corriente periodístico-literaria desarrollada en el Madrid de la primera mitad del siglo xix[5]. En la Literatura es poco más que un ejercicio de estilo, mientras que en Historia, Sociología o Etnografía trabajó propuestas de mayor rigor científico.

El término aparece a asociado al «mito romántico» y va evolucionando ligado a la recuperación del tesoro etnográfico (tradiciones y folclore), la amenaza de la Revolución Industrial, el éxodo del campo a la ciudad, y el auge de la clase burguesa.

En el arte romántico español pueden destacarse dos focos: la escuela madrileña cuyo precedente más claro se encuentra en la obra de Francisco de Goya, en concreto, en sus los cartones para tapices y la escuela sevillana, más pintoresca y desinhibida de raíz castiza.

Por esos años en toda Europa, había surgido una gran atracción por el exotismo de España. Los vestigios monumentales e históricos de su pasado y el pintoresquismo de sus costumbres atrajeron a artistas y escritores europeos, que tendrían eco en la pintura española, pero en ningún caso de forma tan intensa como en las obras de Villaamil[6]

Villaamil se inscribe en el contexto de una generación de «pintores-viajeros» que, desde mediados del siglo xix, recorrieron las tierras españolas para plasmar –una preocupación propia del artista romántico– la realidad social y cultural del país. Retratará sus gentes y sus pueblos, sus paisajes y monumentos, con cierta fantasía pintoresca. Pero lo mas reseñable es su profundo interés –relacionado también con los ideales ilustrados– de documentar y salvaguardar las ruinas del deteriorado patrimonio histórico nacional. Aunque el origen y desarrollo del Romanticismo Español ha sido muy estudiado en Literatura, no así la dimensión del patrimonio histórico ni la visión del patrimonio arqueológico español en las revistas románticas.

España Monumental

Un capítulo especial hay que dedicar, por su incalculable valor patrimonial, artístico y etnográfico, y por su gran difusión mundial a la obra La España artística y monumental . Villaamil en 1840 recorrió la península tomando apuntes para lo que sería su obra más conocida. En 1842 estaba en París dándole forma y comenzando «La España artística y monumental». Una obra articulada en tres tomos que se considera toda una joya desde el punto de vista artístico y bibliográfico

Entre 1842 y 1850 la prestigiosa editorial Hauser de París publicó los 36 cuadernos de la obra con textos del reputado Patricio de la Escosura en tres volúmenes que llevaron por título completo «España artística y monumental. Vistas y descripción de los sitios y monumentos más notables de España». El pintor no sólo se encargó de la dirección artística, sino que también fue el autor de la mayor parte de los dibujos que luego fueron litografiados en los talleres parisinos de Lemercier, cuyos litógrafos estaban considerados los mejores del momento. La técnica y el perfeccionismo de los grabadores franceses, dirigidos en todo momento por el maestro gallego asombró a la cultura de su tiempo por su extraordinaria sensibilidad y calidad.

La obra, estaba dirigida a un público cultivado y con posibles que participaba de la idealización y fascinación por el pasado, así como de la curiosidad de conocer otras culturas, algo propio del temperamento romántico. Los exquisitos fascículos, contribuyeron a la difusión de la riqueza del patrimonio arquitectónico, así como a perpetuar entre el público extranjero la idea de una España hermosa, exótica, rica en arte y tradiciones y singular en el panorama europeo.

Entre las vistas de monumentos destacaron por su número las de Toledo y Burgos, seguidas por las dedicadas a localidades vascas, madrileñas, navarras o andaluzas. Lamentablemente la obra no se concluyó.

El estilo de Pérez Villaamil

Analizando su producción, la temática de Villaamil se centra en los paisajes naturales, vistas urbanas, obras arquitectónicas monumentales, e interiores de edificios, pero el pintor no se ciñe a descripciones topográficas, sino a la expresión de puras emociones humanas a través del paisaje. Aunque existe fidelidad y rigor, en ocasiones, presenta una distorsión voluntaria de las proporciones que las dota de cierta irrealidad y que con esa atmósfera de ensueño adquieren dimensiones oníricas. Sus obras de naturaleza son todo un compendio teórico de la pintura romántica, carácter épico, magnificencia de los elementos, grandes cielos nubosos y decrépitas arquitecturas…

En cuanto la expresión, el colorido prevalece sobre el dibujo, que siendo magistral, asume un papel secundario, pero define todos los detalles a pesar de la soltura de ejecución. Los fuertes contrastes de luz y sombra orquestan inimitables juegos de luz, con tonos imposibles nunca vistos hasta entonces en la pintura española. Sus reflejos arbitrarios, transparencias caprichosas hicieron decir a Madrazo que era «el más panteísta de los pintores que hacía hablar a lo inanimado». La pincelada es muy visible, nerviosa, impetuosa con empastes grumosos y espesos, que le hace adquirir una moderna presencia matérica.

Villaamil y la identidad gallega

Los últimos años de su vida Villaamil desarrollará una gran atracción por Galicia e intensificará los viajes a su tierra natal. «descubriendo lo propio al conocer lo ajeno» y dejará pendiente la elaboración de un libro sobre la Galicia y Asturias monumental que hubiera sido capital en la arqueología artística y patrimonial de Galicia, ya que habia manifestado que le interesaban no sólo los monumentos, sino también la vida de los pescadores y la vida rural, como refleja en su «Escena de campesinos, carros y animales». Dejó interesantes dibujos de villas y ciudades y también dedicó un interés especial a las ciudades del Camino de Santiago.

El estilo del ferrolano no tiene ni precedentes ni sello español. Se despegó de lo hispano, buscando las raíces en el Norte. Galicia le ofrecía un panorama perfecto para el ideario romántico, y había una simbiosis perfecta en la significación de Galicia y su propia personalidad. Su romántica manera de sentir y concebir la naturaleza, la vida y al hombre mismo estaba en perfecta consonancia con lo que siempre se ha considerado el Volkgeist o «A Terra Nai», esa especie de depósito intrahistórico de las generaciones de hombres que habitan y han habitado las tierras de Galicia, lo que hizo darle a Murguía la privilegiada categoría de «precursor y descubridor de la Galicia permanente» y al humanista Filgueira Valverde relacionar su amor por la naturaleza con un Rexurdimento en la pintura.

Siempre se ha destacado de Villaamil su vehemencia a la hora de pintar esos paisaje agrestes, cielos nublados, valles y montañas, pero también señalaron que por encima de todo existía un ingente componente melancólico que teñía sus composiciones de una extraña e infinita añoranza.

No se percataron de que estaban ante ese mal metafísico del espíritu, ese oculto mecanismo geográfico, ese extraño sino o fatum que se desencadena en las almas: la saudade: el norte magnético del itinerario espiritual gallego.

María Fidalgo Casares, Doctora en Historia del Arte




BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1] Esto puede explicarse por tres motivos: el talento del niño, la proverbial querencia del gallego hacia el funcionariado o simplemente corrupción.

[2] Ossorio y Bernard, Manuel, Galería biográfica de artistas españoles del siglo xix [1883-1884], Madrid, 1975.

[3] Famoso motín inmortalizado por la película Amistad de Spielberg.

[4] Jenaro Pérez Villaamil (1807-1854), Frente a su «realismo» español cultivó un temprano orientalismo basado en una visión imaginativa y fantasiosa, Un Oriente soñado y, aunque bello, bastante artificial. El sevillano José María Escacena y Daza (1800-1858) sin embargo ofreció un orientalismo basado en la realidad cotidiana de Marruecos.

[5] Lo describe Mesonero en el prólogo de su Panorama matritense: cuadros de costumbres de la capital observados y descritos por un curioso parlante (1835), como «pintura filosófica o festiva y satírica de las costumbres populares

[6] En las escenas costumbristas se observan dos tendencias: una más popular y critica, en la línea de Goya, representada por Leonardo Alenza (1807- 1845) y por Eugenio Lucas (1817- 1870) y otra más etnográfica representada por Valeriano Bécquer (1833- 1870). De ese conjunto de cuadros costumbristas se alimentará la novela del Realismo español en autores como Fernán Caballero, José María de Pereda, Armando Palacio Valdés e influencias en la obra de Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán y Juan Valera y Vicente Blasco Ibáñez.



Etnografía y romanticismo en la obra de Jenaro Pérez Villaamil

FIDALGO CASARES, María

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 440.

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