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El lenguaje de las campanas del Órbigo

CARRIZO VALCARCE, Guillermo

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 436.

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El sonido de las campanas es algo habitual –cada día menos– en nuestra vida diaria. No obstante, ha perdido gran parte de su significado de unas décadas a esta parte. Hoy apenas quedan campaneros experimentados y la mayoría de campanas cuentan con un dispositivo eléctrico para regular su funcionamiento. Se realizan los toques de rigor para anunciar el comienzo de alguna ceremonia litúrgica y poco más. La modernidad enterró un elaborado sistema de comunicación, un lenguaje que era comprendido por todos y que abarcaba aspectos de la vida tanto civiles como religiosos.

Las comunidades campesinas leonesas del siglo pasado, tradicionalmente católicas, aún conocieron este lenguaje, identificando claramente los diferentes tañidos que existían. En primer lugar, cabe destacar que, aunque dicho instrumento se alzaba en las torres de las iglesias, la propiedad real del artefacto recaía directamente en los concejos locales. Prueba de ello es que los vecinos costeaban íntegramente su fabricación, asumiendo responsabilidad sobre su funcionamiento. Esto dio pie al tradicional dicho: «las campanas y el pendón, del pueblo son». La campana se convierte así en un símbolo del concejo, en clara disputa con el poder religioso. Un claro ejemplo lo encontramos en la localidad de Foncebadón (perteneciente al ayuntamiento de Santa Colomba de Somoza), donde la última vecina –una anciana de 70 años– se encaramó al tejado de la desvencijada iglesia, en un intento desesperado por evitar que se llevasen las campanas al Museo de los Caminos de Astorga. Armada con palos y piedras, hizo frente a un piquete compuesto por dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles, reivindicando su derecho a que dichas campanas repicasen a muerto cuando ella falleciera[1].

La comarca de la Ribera del Órbigo, en pleno corazón de la provincia leonesa, es uno de los últimos reductos donde pervive a duras penas este ancestral ritual en torno a la campana. Los concejos riberanos acostumbraban a designar a su campanero a principios de año, acordando gratificarle con ciertas cantidades de grano (en torno a un kilogramo de cebada por vecino). El campanero adquiría una gran responsabilidad, comprometiéndose a estar disponible los 365 días del año, estando atento ante cualquier eventualidad (la fiesta del pueblo, la muerte de un vecino, un incendio, una reunión concejil, una tormenta…).

En aquellas poblaciones de la Ribera del Órbigo en que no existía un reloj público en la torre de la iglesia –la gran mayoría– se realizaban una serie de toques ordinarios para marcar el ritmo de la vida local. Al amanecer, el toque de Alborada, anunciando el comienzo de un nuevo día. Era costumbre entre los vecinos rezar varios padrenuestros por los familiares difuntos tras escuchar este tañido matinal. A mediodía, volvían a repicar las campanas, sirviendo de aviso al vecindario para abandonar las labores agrícolas y retornar a casa para comer. Finalmente, al anochecer volvían a tañer las campanas, invitando al recogimiento hogareño.

Las reuniones de vecinos, que solían celebrarse en los atrios de las iglesias, se convocaban con un toque especial. Todos los varones mayores de edad estaban obligados a concurrir a estos concejos, puesto que en ellos se administraba la vida local. Las hacenderas (trabajos comunales) también eran notificadas al vecindario por medio del repique de campanas. No acudir a un concejo o a una hacendera podía conllevar una sanción económica.

A ciertos fenómenos naturales se les tenía especial miedo. El fuego, que solía causar estragos regularmente, era muy temido. Los concejos no contaban con medios adecuados para extinguir los incendios, teniendo que fiarlo todo a la fuerza de la acción conjunta y coordinada del mayor número de personas posible. De este modo, cuando se declaraba un incendio, las campanas repicaban insistentemente a fuego. Ante esta señal de alarma, todo el mundo estaba obligado a abandonar sus tareas y a dirigirse al foco principal del incendio para intentar apagarlo. En ocasiones se daban falsas alarmas, al sonar el toque a fuego a deshora. Solía ser cosa de muchachos jóvenes con ánimo de dar un susto a sus convecinos[2]. Si se descubría a los autores de una falsa alarma de incendio, se les podía apresar en la cárcel del partido[3]. Otro fenómeno natural muy temido era la tormenta, que solía venir aparejada a la destrucción de las cosechas. Tan supersticiosos eran los labradores riberanos que creían que el toque de algunas campanas disipaba las tormentas y esparcía las nubes. Por ejemplo, el pueblo de Turcia fiaba la protección contra las nubes amenazantes exclusivamente a una campana, popularmente conocida como María. Otros disponían de una bajo la advocación de Santa Bárbara, protectora contra los rayos y las tormentas[4].

Estos toques anteriores repercuten en el estamento civil y no guardan relación alguna con la liturgia eclesiástica. En lo concerniente a los oficios religiosos propiamente dichos, las campanas sonaban cada domingo anunciando la misa (entre semana se solía utilizar la esquila)[5].

El día anterior a una festividad religiosa importante –como por ejemplo el Corpus Christi– se tocaba a Vísperas, anunciando el evento. La propia jornada festiva solía de ser de gran algarabía, volteándose las campanas con fuerza durante la procesión. Ahí surgiría el popular dicho: «no se puede estar en misa y repicando». También, de gran solemnidad estaba revestida la Noche de Reyes, en que el campanero cedía su puesto a los mozos, que volteaban las campanas sin orden ni concierto durante toda la noche, anunciando la llegada de los Reyes Magos. Tocar a Gloria era únicamente para ocasiones especiales, como la inauguración de una iglesia, la finalización de alguna guerra[6] o la visita de alguna autoridad importante.

Toques religiosos de índole fúnebre también fueron usuales. La muerte de un miembro adulto de la comunidad era notificada por el campanero, que procedía a encordar (tocar a muerto). En algunas parroquias, los diferentes toques permitían distinguir a los oyentes si el fallecido había sido un hombre o una mujer. Ante el triste aviso, los vecinos acudían a casa del difunto para velar su cadáver junto a la familia. Si era un niño el que fallecía[7], se realizaba un toque especial, repicando a Gloria y anunciando la marcha del párvulo hacía el paraíso. Mientras los niños se peleaban por portar sobre sus hombros el féretro del infante fallecido, las campanas parecían describir con su música un peculiar estribillo: «Vas bien, bien vas».

La segunda mitad del siglo xx fue un torbellino para la provincia de León, arrastrando la modernidad gran parte de estas tradiciones seculares, que hoy en día solo subsisten en un puñado de poblaciones y de manera testimonial. La despoblación vació a los pueblos de gente y la secularización de la sociedad vació al sonido de las campanas de significado. Muchos ejemplares de bronce que arrastraban siglos de historia, quebrados de tanto golpe, se refundirían, perdiendo las peculiares leyendas que tenían grabadas. Estas inscripciones solían proporcionar información interesante sobre las campanas, como el año en que habían sido fundidas.

A pesar de la práctica desaparición del lenguaje de las campanas, la tradición se resiste en cierta manera a morir. Desde 1986, la localidad leonesa de Villavante, a caballo entre el Páramo y la Ribera del Órbigo, organiza cada verano un encuentro de campaneros, al que concurren medio centenar de especialistas procedentes de varias provincias españolas. Esta fiesta, que persigue la preservación de la tradición campanera local, sería declarada en 2013 como Manifestación de Interés Turístico Cultural. De este modo, aunque sea solo por un día, el bronce de las campanas vuelva a sonar, evocando recuerdos de tiempos pasados en que su lenguaje marcaba la vida y la muerte de los pueblos.

Guillermo Carrizo Valcarce

Universidad de León




NOTAS

[1] Llamazares, J. (26 de marzo de 1993). Las campanas de Foncebadón. El País, Tribuna.

[2] Hay que tener en cuenta que, en tiempos pasados, los campanarios eran accesibles a todo el mundo, siendo un lugar en que concurrían niños de corta edad y muchachos jóvenes.

[3] En el año 1822 consta que tres muchachos de Santa Marina del Rey fueron detenidos e internados en la prisión de Astorga, acusados de haber alborotado al vecindario de Gavilanes una noche, tras tocar las campanas a fuego sin haberlo. Fuertes Pérez, F. (2010). Historia de Santa Marina del Rey. León, p.501.

[4] Alonso Ponga, J. (2008). Las campanas. León: Edilesa, p.128.

[5] La esquila es una campana de menor tamaño, que solían tocar los monaguillos de las iglesias por medio de una cuerda atada a su badajo.

[6] Tras el anuncio del fin de la Guerra Civil Española (1 de abril de 1939), los mozos riberanos se aprestaron a subir a los campanarios de las iglesias, repicando a Gloria y celebrando la buena nueva.

[7] La mortalidad infantil alcanzó cifras escalofriantes hasta bien entrado el siglo XX, siendo una realidad con la que tuvieron que convivir habitualmente nuestros padres y abuelos.



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CARRIZO VALCARCE, Guillermo

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 436.