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El miedo a la bruja en un entorno rural. Dos ejemplificaciones de terror colectivo

PICAZO MUNTANER, Antoni

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 433 - sumario >

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Revista de Folklore número

433




1. Introducción

Tanto la brujería como la hechicería han sido analizadas y estudiados desde varias disciplinas científicas, como la antropología, la historia, la teología, la medicina, la psicología, el folclore, la filosofía,... En definitiva, son muchos los autores que, desde distintos países de Europa y América, se han dedicado a su investigación. Autores como Levack, Macfarlane, Sharpe, Barry, Hester, Roberts, Rosen, Murray, Caro Baroja... han profundizado en esta temática, algunas veces desde escuelas historiográficas diferentes y puntos de vista opuestos, pero siempre con una línea de fondo totalmente convergente en el intento de comprender, explicar y divulgar el por qué del fenómeno. En esta misma línea nuestra intención es la de aportar dos ejemplos de cómo el terror popular, fomentado por rumores afecta a unas determinadas poblaciones de un entorno rural, y de cómo esa misma población demanda la intervención de la autoridad para atajar sus miedos.

2. El terror colectivo ante la bruja: estereotipos populares

La persistencia del miedo a la bruja, a la hechicera, a los sortilegios y encantamientos no fue exclusiva del siglo xvii, aunque sí que en esta centuria tuvo su máximo apogeo. Tanto en el xviii como en el xix continuó subsistiendo, y con mucha fuerza, la creencia en lo sobrenatural, en la brujería y el temor que esta provocaba en la población. Algunos comportamientos de carácter eminentemente antisocial, producido generalmente por mujeres que tenían una vida bastante precaria, prolongaron el temor vecinal en todas sus facetas y vertientes, especialmente a la bruja y a ser hechizados.

En 1778 se dio un caso muy ejemplarizante de cómo el miedo podía afectar a toda una población de la zona rural (GONZÁLES, 2010) del reino de Mallorca y como era posible que debido a ello se desencadenase una histeria colectiva, donde muchos testigos, entorno a los cincuenta, se sintieron gravemente enfermos. Fue el de las múltiples denuncias ante la Inquisición de las actividades que realizaba no ya una hechicera, sino una bruja (como era definida por todos sus vecinos): Magdalena Desideri[1].

¿Pero quien era esta persona? Las informaciones que recopiló el Santo Oficio sobre las actividades, modo de vida y religiosidad de la acusada nos muestran unas actividades y un modo de vida que, a todas luces, se escapa del claro perfil de las típicas hechiceras urbanas de la capital del reino. No estaba sola, era asidua de los ritos católicos, no se dedicaba a la prostitución. Simplemente tenía un carácter duro y un comportamiento enigmático. Desideri era natural de la villa de Pollença, aunque en el momento del proceso residía en Alcudia, por entonces dos pequeñas poblaciones situadas en el otro extremo de la isla, alejadas de la capital. Estaba casada y su marido vivía de la industria, días cazando y días fabricando zapatos. Tuvo dos hijos, uno de ellos fue pescador, el otro se dedicó al servicio en distintas posesiones y casas de Mallorca. Su padre había sido gobernador del castillo de Pollença y un hermano de la acusada era escribano real también de esa población. Desideri iba habitualmente a misa y, presuntamente, cumplía como una buena cristiana, participando en las liturgias y demás actos religiosos que se celebraban en su parroquia. No obstante, su carácter, sus palabras, algunas de sus actuaciones y sus modales la convirtieron, rápidamente, a ojos de sus vecinos de Alcudia, en una verdadera bruja, con la que se debía tener sumo cuidado y, por supuesto, nunca aceptar ningún tipo de regalo, presente o dadiva de ella dado el gran peligro que ello suponía. En este sentido, cabría afirmar que adquiere una importancia capital el rumor y la habladuría.

En su proceso declararon más de cincuenta testigos y personas que, de una forma u otra, creían firmemente que habían sido hechizados, embrujados y lesionados por las actividades diabólicas de la acusada. Algunos porqué habían tenido discusiones con ella, y su ansiedad se vio acrecentada; otros porque el temor popular a la misma hizo mella en ellos. Sea como fuere, la población de Alcudia manifestó los diversos males que habían sufrido como consecuencia del pacto diabólico de la acusada. Estos fueron de una gran variedad tipológica. De todos ellos podemos destacar: muerte de familiares o conocidos; impotencia viril (BUENO, 2011) e incapacidad temporal de mantener relaciones sexuales entre marido y mujer; ahogamiento puntuales e incapacidad momentánea para tragar y hablar; postración en la cama e inmovilidad de miembros; ... Las personas afectadas, muy angustiadas, no solo fueron campesinos, también hallamos una clara muestra de toda la sociedad de la época, tales como soldados, alcaldes, religiosos, médicos,...hombres y mujeres de todas las edades y condición social.

Entre los primeros testigos de la causa encontramos la declaración de un joven, Miguel Cerdà, de 23 años el cual estaba plenamente convencido que la acusada lo había hechizado, «y fui aniquilándome hasta quedar en la piel»[2]. ¿Pero cómo lo había embrujado? Al parecer una mujer del municipio le dijo que la responsable de su enfermedad era la Desideri, y que esta le había dicho que lo había embrujado utilizando una babosa, a la que había clavado tres alfileres. Miguel Cerdà continuó en ese estado de postración y decaimiento hasta que una noche, cuando estaba en la cama durmiendo, pudo ver a una mujer a los pies de la misma y esta le pasó la mano por la cara para desparecer inmediatamente. A partir de ese momento mejoró notablemente y se recuperó del todo.

Otro de los testigos más dramáticos fue Francisca Sureda, de 33 años, casada. Esta afirmó que Desideri era la responsable directa de la muerte de dos hijas suyas. El motivo de ello fue porque habían reñido. De hecho, tras el altercado parece ser que la acusada dio dos higos a una de sus hijas, y a los pocos días cayó enferma, muriendo a los veinticuatro días. Tras esta declaración compareció ante el Santo Oficio Catalina Valls, de 35 años, la cual explicó como un soldado suizo, acantonado en el cuartel de Alcudia, le había dicho que la acusada iba por las noches al cuartel y ahogaba a un militar, el cual quedaba inmóvil, sin poder hablar ni tragar nada. Este caso fue repetido, casi con las mismas e idénticas palabras, por diversos vecinos, entre ellos Guillermo Vives, de 53 años, que explicó que la bruja había hechizado a un joven del campamento. Sin embargo, lo que narró no lo vivió de primera mano, sino que la información se la había proporcionado un amigo suyo llamado Juan Falcones. Al parecer Jaime Ques, destinado al acantonamiento de Alcudia, había amenazado al gato de Magdalena Desideri. La consecuencia de esta pequeña trifulca fue inmediata. Cuando Ques se iba a dormir oyó ruido en la escalera y pudo contemplar como, por un agujero de la puerta, un animal extraño, de larga cola, entró en la casa, y dio una vuelta por toda ella. El animal desapareció cuando Ques invocó a «Jesús y San Antonio».

Para verificar los hechos el tribunal reclamó el testimonio de Jaime Ques, el cual repitió las mismas palabras, no añadiendo nada más al tema en cuestión. Lógicamente también se pidió la testifical a Juan Falcones, soldado, natural de Roma. Falcones contó que una noche estaban paseando con unos compañeros de armas y cantando en alemán, cuando pasaron frente a la casa de la bruja esta salió a la ventana y les recriminó el ruido. Ellos se burlaron, y la respuesta fue que ella les amenazó. Cuando llegaron al cuartel se dispusieron a dormir, empezándose a desvestir. Fue en ese momento cuando un compañero suyo vio como la hechicera subía las escaleras, sacó la bayoneta y la persiguió pero aquella desapareció misteriosamente. Esa misma noche tanto él como algunos amigos suyos empezaron a sentir que los ahogaban, que los asían por la garganta. Ante estas afirmaciones el tribunal tomó declaración a los otros soldados que habían participado en los hechos y que narraron lo mismo. Entre ellos testificaron José Sumer, de Bruselas; Bernardo Keli, suizo y Juan Orza, de Friburgo.

Otra de las múltiples declaraciones que evidenciaron la brujería de Desideri fue la de Catalina Torrens, de 45 años, que manifestó como la dicha bruja había hechizado al hijo de Miguel Cerdó y que una amiga suya, llamada Ana Caimari, vecina y amiga de Desideri, habló con ella sobre el tema, para interceder por el chico. Al parecer la respuesta dejó intranquilos a amigos y conocidos puesto que Magdalena Desideri les dijo que «no tuvieran tanta prisa, que aún no era tiempo para su curación»[3].

En la otra vertiente de la escala social de Alcudia hallamos las declaraciones de varios religiosos, entre ellos la de fray Jaime Mestre, de 53 años, el cual narró como habían embrujado a un hermano de su convento. Este religioso estuvo muy enfermo, hasta el punto que le dieron la unción. Según el parecer de estos testigos la bruja lo tenía apretado, estaba totalmente inmovilizado sin poder hablar ni dar seña alguna. Además, no podía tragar agua ni caldo. El motivo inicial de ese padecimiento fue que Desideri le regaló nueve azufaifas. El fraile se comió algunas, desarrollando a partir de esos momentos la enfermedad. El resto fueron quemadas en el convento por el guardián.

Tras la extremaunción el franciscano mejoró notablemente y se recuperó de golpe. Nos hallaríamos, pues, ante el típico caso –que se repetirá en este proceso otras veces– del denominado en Mallorca «mal bocí». Este se proporcionaba o bien dando a un rival o enemigo un objeto mágico a través del cual quedaba hechizado, o bien incorporando algún tipo de veneno o sustancia en el mismo, especialmente si se trataba de algún tipo de alimento, como el caso que nos ocupa.

Para poder tener una opinión más sensata de todo lo explicado hasta ese momento el tribunal convocó al médico de Alcudia, Pedro Ferrer, que había examinado a varios de los testigos que habían participado en el proceso, entre ellos el de un miembro del convento de San Francisco, Antoni Font, un lego que se encargaba del mantenimiento del convento, y que había sido hechizado por Desideri. Font explicó que el enfermo «presentaba varios síntomas erráticos, ya capitales [generalmente sofocos, calores y sudores], ya angustia, y ya epiléptico-convulsivos»[4]. Preguntado si creía firmemente que tenía un maleficio, no lo concretó, solo afirmó que eso era lo que decían algunos de los asistentes en ese momento en la cámara de Pons. La razón que argumentó para la convicción de los presentes fue evidente, cuando daban alguna reliquia al enfermo este mejoraba notablemente (PANIAGUA, 2003). Añadió que había examinado a otros presuntos afectados por la hechicería de Desideria, como Manuel Cerdò, y que sus enfermedades, según su opinión, eran del todo naturales.

La comparecencia de Jaime Cabanells, de 45 años, dio un giro importante al tema tratado y nos revela algunas de las actuaciones que la población, afectada por la supuesta intervención de la bruja, realizó. Cabanells detalló claramente que la rea era una verdadera bruja. Que el bayle real de Alcudia, Juan Cifré, le pidió que fuera a la casa de la Desideri a interceder por su familia. En concreto debía pedirle que por favor quitase el hechizo que presumía que había realizado sobre su hija. Cabanells se presentó ante Magdalena Desideri con la petición formulada por el bayle, y esta les respondió con un lacónico «váyanse todos al diablo»[5]. Después hubo una reunión en la casa del Bayle, entre este y algunos soldados para dar una lección a esa mujer. Por la noche acudieron a su domicilio con ánimo de agredirla, pero pudo huir por el corral, sin que pudieran darle alcance.

En la otra vertiente de la escala social hallamos las narraciones de varios campesinos, traumatizados por los presuntos hechizos que les había infringido Magdalena Desideri. El común denominador de todos ellos era que, en un momento dado, habían tenido una riña o bien con la supuesta bruja o bien con alguno de sus familiares directos. Así, Simón Salom, de 55 años, alegó que durante varios meses no pudo mantener relaciones con su mujer, culpando a la acusada de ello, y que además de su persona había hechizado a su hijo pequeño, de tan solo dos años. Ante el temor que muriese fue a pedir consejo a su confesor, el cual le derivó hacia la acusada, para que fuera a «pedirle perdón»[6].

También se citaron a Pedro José Llitrá, de 53 años y a su mujer. El hombre también explicó la misma situación, que debido a una riña estuvo un año y medio sin poder mantener relaciones con su mujer y, según detalló, «sin una hora de salud»[7], fruto de un hechizo de la Desideri. Pero a partir de aquí, ni él ni su mujer, Jacobeta Guaita, declararon nada, alegando que «calla por temor»[8]. Juan Tartarell, de 22 años, también campesino, afirmó que un joven al que conocía, concretamente Juan Amorós, una noche soñó con el hijo de la acusada, luego se puso enfermó y finalmente falleció. Lorenzo Llitrá, de 20 años, estaba plenamente convencido que «la rea era bruja»[9]. Catalina Capdebou, no quiso declarar de ninguna de las maneras porque «no sea cosa que la rea hechice a mi sobrina»[10], evidenciando una vez más el temor que la población tenía de la acusada.

La última prueba testifical se realizó en la persona de Pedro Juan Cabanellas, de 28 años. Este explicó que un día estaba apacentando el ganado en una finca próxima a Alcudia denominada «La Soldada». Entonces compareció una mujer y le ofreció tortas de pan, que él rechazó. Apenas quince minutos después tuvo la sensación de que alguien le apretaba la garganta y quedó sin habla. Al cabo de un rato acudieron dos amigos suyos que le tiraron un cubo de agua, pero no reaccionó, sino que fue empeorando rápidamente hasta el punto que temieron su muerte. Por ello reclamaron el auxilio de un religioso para que asistiera a su amigo en lo que creían que eran sus últimos momentos. Al cabo de una hora llegó al lugar el reverendo Antonio Torrens, que le dio la mano, y lo absolvió. La llegada del religiosos cambió notablemente la situación del hechizado puesto que generó su curación inmediata así como todos sus males.

Finalizadas todas estas declaraciones el fiscal elevó su acusación ante el tribunal. En esta, las conclusiones a que se llegaron evidenciaban claramente la relación entre la acusada y el diablo. Así que, concretamente, se la culpó de «maleficios, sortilegios y de ser una hechicera». Visto todo el expediente por la Inquisición, se decretó la prisión en cárceles medias para Magdalena Desideri, el embargo de sus bienes, y que se realizase un cuidadoso registro de su casa para poder determinar si se hallaba traza alguna que sirviera, o fuera conducente, para la elaboración de maleficios.

En el caso de Mahón, el miedo se mezclaba con la necesidad de «saber» a través de uno de los recursos más utilizados por las hechiceras de Menorca: la adivinación a través de las cartas. En 1816 hubo dos procesos, encadenados los dos, por sendas actitudes calificadas de idolatría, invocación del demonio y su correspondiente pacto explícito. Causas que se abrieron contra Micaela Riera[11] y Antonia Mañana[12]. En cierta forma, y como en el caso del anterior, la población sentía un cierto temor por las dos mujeres. Y, en Mahón, la actuación inquisitorial fue idéntica para las dos denuncias formuladas, se ordenó que las detuvieran y que las encerraran en las cárceles públicas de la ciudad, «sin comunicación» hasta recibir órdenes del Santo Oficio.

En cuanto a Micaela Riera hubo multitud de testigos que reconocieron ante el tribunal que la encausada «leía las cartas», práctica esta que realizaba de forma habitual. De hecho, esta actividad era lo que le proporcionaba buena parte de su sustento, lo que se convirtió en su modo de vida. Riera estaba casada con Tomás Carratela, y vivió un tiempo los suburbios de Mahón, concretamente en las Tancas del Carmen. Situación que cambió rápidamente porque abandonó a su marido y se fue a vivir con un amante, con el que mantuvo una relación muy tormentosa y escandalosa. Relación que debía ser muy peculiar puesto que a parte de los gritos y peleas, llegó un punto que los vecinos los denunciaron a las autoridades en repetidas ocasiones por andar en su corral «en carnes desnudas»[13].

Sobre este asunto se practicó el interrogatorio a una vecina, María Llovera, que explicó que desde su casa una noche pudo oír como la acusada se estaba peleando con su amante y que ella, a medianoche, la oyó gritar «O ha de venir, o ha de reventar». De hecho, al día siguiente aquel hombre estaba en su portal, llorando y rogando que lo dejase entrar de nuevo. Por todos esos motivos, y para muchos de los testigos, Riera era considerada una bruja. Y esto fue reafirmado por Lorenza Andreu, casada, de 40 años, a quién la imputada le pidió sí sabía quién era el autor que cada día le tiraba inmundicias frente a su puerta. Riera continuó con una amenaza: sí ella se enteraba de quién era el responsable «le haría pasar tormentos toda su vida con sus artificios»[14].

Pero el miedo que podía inspirar personas de la talla de Riera en ocasiones eran superados por la necesidad, por los recursos que proporcionaban, no solo para saber el futuro o conocer el destino de familiares a través de la lectura de las cartas, sino también facilitando remedios para las doncellas que quedaban embarazadas. Sobre este tema varios testigos denunciaron que Riera tenía en su poder una hierba que hacía abortar. Así, Juan Gomila, un joven de 18 años, barbero, relató que un día entró en la casa de Riera y que esta lo condujo hasta su corral. En su jardín había una flor muy grande y Gomila le pidió su nombre. Riera le contestó que era «la flor de la doncella». Más concreta fue la respuesta que dio Francisca León, de 19 años, soltera al Santo Oficio. La planta que tenía Riera era la famosa «artemisa» con las que se decía que «hacía abortar»[15].

Las informaciones que el tribunal recopiló sobre la vida y las costumbres de Riera la presentan como un persona con una vida totalmente desordenada, de mala fama, y «costumbres no muy arregladas, viviendo y ganando dinero con sus artificios»[16].

Pero Riera también tenía otra cara, la de la persona que también demandaba sortilegios a otras hechiceras de Mahón. Así, acudió al domicilio de Antonia Mañana[17], una amiga suya igualmente de malas costumbres y conocida como bruja, para que le resolviera un asunto amatorio con un amante que la había abandonado (LAGARDE, 1999). Mañana poseía el mismo perfil que Riera, lectora de cartas, provocadora de abortos, conjuros para amantes...

El recurso que Mañana dio a Riera fue el siguiente: debía obtener pelo deshonesto del hombre en cuestión. Después debía hacer un lazo con dicho pelo utilizando seda negra (que simbolizaba tener atado el corazón) y seda colorada (que simbolizaba el amor). Este lazo debía llevarlo tres días bajo el pecho, en contacto con la piel. Al cabo de estos tres días debía presentarse frente a la casa de su amante derramando, gota a gota, un líquido que Mañana le proporcionó (de color verde-azulado). Este acto debía hacerlo a la vez que recitaba tres veces seguidas la oración de Santa Elena.

Algunos testigos afirmaron que Mañana no solo leía las cartas, unas cartas que describieron. Tenían figuras de obispos, jueces, demonios y muertos. El temor que provocaba era que durante la lectura invocaba al demonio: «En bon cor malaltís per al pecat el dimoni dirà la veritat»[18].

Todas estas actuaciones llevaron a que el fiscal considerará las actuaciones de Mañana de actos diabólicos, muy graves, con pacto explícito con el demonio y con la invocación del mismo.

3. Conclusiones

En cierta forma, la gran conclusión a la que hemos llegado es las líneas de fuerza de la hechicería mallorquina vertebraron a toda la sociedad. Eran creencias comunes a todos, formando parte del imaginario religioso de una época marcada por una profundo catolicismo. Cabría destacar esa gran religiosidad que afectó por igual a todas las capas de la población. No se puede entender la hechicería y los conjuros o prácticas que realizaron muchos de los acusados sin tener en cuenta la gran ascendencia que tenía el cristianismo. Las personas que se vieron inmersas en los juicios, tanto acusados como testigos, que utilizaron esos recursos para transformar una realidad concreta eran católicos convencidos, firmemente creyentes y tremendamente devotos. Incluso en el caso de muchas hechiceras llama la atención el hecho que cumplían de forma estricta con todos las prescripciones y actos litúrgicos de sus respectivas parroquias. En principio ello podría suponer una contradicción, pero no es así. En ningún caso se demandó o se intentó utilizar recursos o invocaciones diabólicas, sino que generalmente se optó por emplear oraciones conducentes a la intervención de santos, santas o supuestos místicos de la iglesia, como fueron, por ejemplo, las de Santa Elena o Santa Marta.




BIBLIOGRAFÍA

Bueno Domínguez, María Luisa (2011), «La brujería: los maleficios contra los hombres», Clío & Crímen, nº 8, p. 125-142.

Gonzáles, J.A. (2010), «Brujas en comunidades rurales: identidad, poderes y narraciones en un «pueblo de brujas» del centro-occidente español», Revista de Folklore, (348), pp. 183-187. http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?id=3482

Lagarde, M. (1999), Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, México: UNAM.

Paniagua, Cecilio (2003), «Psicología de la brujería», Ars Medica, vol. 2, p. 160-171.

Spinoso, R.M. (2009), «Pensamiento religioso y poder», Niteroi, (9), pp.153-170.




NOTAS

[1] AHN, Inquisición, 3732, Exp. 256 «Causa contra Magdalena Desideri por maleficios, 1778».

[2] Ibídem, fol. 1.

[3] Ibídem, fol. 3.

[4]Ibídem., fol. 4.

[5] Ibídem, fol. 4.

[6] Ibídem, fol. 5.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] AHN, Inquisición, 3732, Exp. 258 «Proceso de fe contra Micaela Riera, de Mahón, por supersticiones, 1816».

[12] AHN, Inquisición, 3721, Exp. 186 «Proceso de fe contra Antonia Mañana, de Mahón, por maleficios, 1816».

[13] AHN, Inquisición, 3732, Exp. 258, fol. 5.

[14] Ibídem, fol. 3.

[15] Ibídem, fol. 5.

[16] Ibídem.

[17] AHN, Inquisición, 3721, Exp. 186.

[18] Ibídem, fol. 7.



El miedo a la bruja en un entorno rural. Dos ejemplificaciones de terror colectivo

PICAZO MUNTANER, Antoni

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 433.

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