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Revista de Folklore número

535



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El costumbrismo hecho arte: la Fundación Joaquín Díaz y el archivo de la identidad popular

SAN MIGUEL MONTORIO, Jesús María

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 535 - sumario >



A lo largo del siglo xix, la imagen del pueblo –idealizada, colorista y costumbrista– encontró un espacio privilegiado en la zarzuela. Este artículo propone un diálogo visual entre los pliegos de cordel y los grabados de trajes populares que conserva la Fundación Joaquín Díaz, respecto a la pintura de género del siglo y los personajes que poblaron los escenarios líricos de la época. Estas manifestaciones visuales y escénicas comparten una sensibilidad común por lo pintoresco y lo cotidiano, retratando con distintos lenguajes el imaginario colectivo de una sociedad en transformación.

En el siglo xix, España vivió un proceso de transformación profundo: la modernización industrial, los conflictos civiles, las tensiones entre lo liberal y lo tradicional, entre lo rural y lo urbano, marcaron el devenir de un país en busca de identidad. En este contexto convulso, surgió una sensibilidad estética que buscaba fijar lo reconocible y cercano: el costumbrismo. No fue únicamente una corriente artística, sino una actitud cultural: una forma de mirar el mundo desde lo cotidiano, lo anecdótico y lo popular. Y, sobre todo, una manera de convertir lo local en emblema de lo nacional.

El costumbrismo impregnó múltiples formas de expresión: la literatura, el periodismo ilustrado, el grabado, la pintura, el teatro y la zarzuela. Hoy, este legado múltiple puede ser reconstruido y reinterpretado gracias a instituciones como esta Fundación que resguarda una extraordinaria colección de pliegos de cordel y grabados del siglo xix. Estos materiales, lejos de ser simples curiosidades del pasado, constituyen un archivo viviente de la sensibilidad costumbrista, y revelan cómo la cultura popular se convirtió en medio privilegiado para narrar la nación.

Los pliegos de cordel: voz impresa del pueblo

Los pliegos de cordel eran publicaciones populares, impresas en papel barato, que circulaban ampliamente en mercados, ferias y plazas. En ellos se recogían romances, jotas, obras teatrales, noticias de actualidad y relatos moralizantes. Se vendían colgados de cuerdas –de ahí su nombre– y eran leídos o cantados en voz alta para un público que a menudo no sabía leer. El siglo xix fue la «edad de oro» de la literatura de cordel[1].

En una etapa crítica para el teatro nacional, la literatura de cordel desempeñó un papel esencial como vehículo de expresión dramática, dando respuesta al deseo popular de representaciones escénicas. Así, logró preservar en gran medida una tradición teatral amenazada por la creciente admiración hacia modelos extranjeros[2].

La colección conservada por la Fundación Joaquín Díaz incluye pliegos vinculados a zarzuelas populares, en los que la letra de un número musical se imprime como texto poético o dramático. Esta transcripción no es un mero residuo de la representación escénica, sino una forma de fijar la experiencia colectiva de la zarzuela y devolverla al ámbito oral y popular desde el que había surgido.

El grabado costumbrista: vestir la identidad

Complementando esta tradición la Fundación conserva una excepcional colección de grabados del siglo xix, muchos de los cuales representan tipos populares: mozas con refajos bordados, labriegos con su faja y montera, jóvenes engalanados con capa al brazo. Son figuras que parecen surgir directamente del libreto de una zarzuela, o quizás, al revés: son el pueblo real del que se nutre la escena. Estos grabados no son solo documentos de indumentaria; son retratos de actitudes, de formas de estar en el mundo, de un gesto cultural que define una época.

La representación visual desempeñó asimismo un papel clave en la configuración del imaginario costumbrista. Los grabados del siglo xix muestran con especial detalle los trajes populares regionales, los oficios tradicionales y las escenas de la vida cotidiana. Son tipos que encarnan la identidad de un territorio, pero que también fueron estilizados y difundidos como símbolos de lo nacional.

Los grabados de tipo costumbrista no deben entenderse como simples documentos etnográficos. A menudo no reflejan fielmente la realidad, sino una concepción idealizada de lo pintoresco, construida desde una mirada cargada de afectos, nostalgia o exotismo. Transforman lo local en escena simbólica. Simplifican y estilizan gestos, vestimentas, paisajes y costumbres, generando un imaginario compartido que fija arquetipos y alimenta identidades colectivas. El grabado actúa, así, como una forma de teatro visual: selecciona, interpreta, dramatiza. Y en ese gesto conecta profundamente con el lenguaje de la zarzuela.

La zarzuela: ópera del pueblo, espejo de la nación

Género híbrido entre lo musical, lo teatral y lo popular, la zarzuela fue uno de los vehículos más eficaces del costumbrismo en el siglo xix. Desde sus inicios la zarzuela puso en escena no solo historias de amor o de enredos cómicos, sino una visión del país, de sus regiones, de su gente. Con canciones como jotas, seguidillas o fandangos, incorporó melodías populares al lenguaje escénico y ofreció al público una imagen de sí mismo.

En ella confluyen la música, la palabra y el gesto para construir una representación viva de los hábitos, conflictos, valores y aspiraciones del pueblo. Su auge en el siglo xix coincidió con la expansión de un movimiento estético profundamente arraigado en la sensibilidad popular. Su carácter accesible y su lenguaje emocional le permitieron conectar con públicos amplios y convertirse en una forma de archivo sentimental colectivo, como si fuera una caja de resonancia de la sensibilidad popular.

Comparación visual y análisis

Examinamos, a título ilustrativo, dos casos concretos.

GIGANTES Y CABEZUDOS

Pliego de Cordel

En este caso hacemos mención al pliego de cordel «970» de la Fundación relativo a la zarzuela Gigantes y Cabezudos, zarzuela original de Miguel Echegaray y Eizaguirre (1848-1927) con música del maestro Manuel Fernández Caballero (1835-1906). Este pliego fue impreso en Madrid por R. Velasco en 1899. Es decir, con un año de posterioridad al estreno de la obra que fue el 29 de noviembre de 1988. De este pliego incorporamos las imágenes correspondientes a la portada (fig. 1) y la página once (fig.2) que es el preludio de la jota.

Grabado de trajes populares

Como muestra representativa del patrimonio gráfico del siglo xix, hemos seleccionado un grabado del célebre artista francés Paul Gustave Doré (1832–1883). Esta obra forma parte de la publicación L’Espagne, editada por la casa editorial Hachette en 1874. Firma fundada en 1826 que desempeñó un papel clave en la difusión cultural del siglo xix en Europa.

El grabado se inspira en el viaje que emprendieron por tierras españolas el escritor y coleccionista de arte Jean Charles Davillier (1823–1883) y su amigo Gustave Doré en el año 1862. Fruto de esta travesía, ambos produjeron una crónica visual y literaria que capturó con singular sensibilidad escenas costumbristas, paisajes y manifestaciones populares del país. En diversas ocasiones esta obra hizo referencia la jota aragonesa[3]. En concreto, la imagen seleccionada representa la jota aragonesa, una de las expresiones más emblemáticas del folclore musical y dancístico español.

A través de la mirada de Doré, el espectador contemporáneo accede a una visión romántica pero también aguda de la España decimonónica, donde la exaltación de lo pintoresco se entrelaza con una notable precisión etnográfica.

La ilustración (fig.3), tomada del libro citado, fue publicada en facsímil por la Fundación Machado con motivo de una Bienal de Arte Flamenco.

Escena y/o personaje de zarzuela

La jota en la zarzuela –y en especial la jota aragonesa– desempeña un papel clave en la construcción de un imaginario nacional desde lo popular. Como forma musical y coreográfica, la jota fue incorporada con fuerza a los repertorios escénicos del siglo xix, convirtiéndose en emblema de la identidad regional La jota aragonesa, por su potencia rítmica, su expresividad y su asociación con el coraje popular, adquirió especial protagonismo en numerosas obras, desde los sainetes líricos hasta las zarzuelas grandes, donde simboliza tanto la alegría del pueblo como la resistencia frente a lo foráneo. Su presencia escénica se articula a través de danzas, coros y romanzas que condensan el color local, y en ocasiones, actúan como cierre brillante de los cuadros costumbristas.

Pintura de género del siglo xix

«La jota» género popular de diversas regiones de España se caracteriza por su ritmo animado y sus pasos de baile enérgicos, y ocupa un lugar en la iconografía española como se desprende del ejemplo de Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923), a través de su obra Aragón. La Jota. (fig. 4) destinada a la Hispanic Society of América. Este baile ha sido escenificado, en muchas ocasiones, en la zarzuela.

Contemporáneo a la obra de Sorolla es el lienzo al óleo de Gabriel Puig Roda (1865-1919), titulado La Jota (fig. 5). Esta escena costumbrista constituye un magnífico testimonio del vestir y las costumbres populares, resuelta con una paleta viva y luminosa que acentúa el carácter teatral de la composición.

LA VERBENA DE LA PALOMA O EL BOTICARIO Y LAS CHULAPAS O CELOS MAL REPRIMIDOS

Pliego de Cordel

El pliego número 724, titulado «Por ser la Virgen de la Paloma: Bonitas seguidillas» (fig. 6), fue publicado a finales del siglo xix por la Imprenta Universal de Madrid. La ilustración aparece firmada por Blanco, mientras que el grabado corre a cargo de Cilla, nombre que podría aludir tanto a Manuel Cilla como a Ramón Cilla, sin que por el momento pueda establecerse con certeza la autoría exacta. En el grabado se representa a una castañera, figura popular del imaginario urbano.

La zarzuela La verbena de la Paloma, cuya autoría literaria corresponde a Ricardo de la Vega de Oreiro (1839–1910) y la composición musical a Tomás Bretón y Hernández (1850–1923), fue estrenada el 17 de febrero de 1894 en el Teatro Apolo de Madrid. Esta obra constituye una de las expresiones más representativas del costumbrismo escénico del siglo xix, en la que personajes como la castañera encarnan el espíritu popular y festivo de los barrios madrileños.

Grabado de trajes populares

La imagen que nos ofrece el grabado conservado en la Fundación bajo el título de Dos manchegos bailando seguidillas (fig.7), apareció publicado en la Colección de Trajes de España tanto antiguos como modernos que comprehende todos los de sus dominios, obra publicada en Madrid por Casa de M. Copin, 1777. El dibujante y grabador fueron
Manuel de la Cruz Vázquez (1750-1792) y Juan de la Cruz Cano y Olmedilla (1734-1790), respectivamente.

La opinión que muestra Valeriano Bozal, en la reedición de la publicación llevada a cabo en 1981, debe considerarse más como una colección de tipos populares que de vestimentas[4].

Escena o personaje de zarzuela

En el ámbito zarzuelístico este personaje alcanzó incluso el protagonismo titular en Geroma la castañera, estrenada el 3 de abril de 1843 en el Teatro del Príncipe de Madrid, con música de Mariano Soriano Piqueras (1817-1880), que utilizaba el segundo apellido de su padre siendo conocido como Mariano Soriano Fuentes Esta obra temprana demuestra hasta qué punto los oficios populares femeninos no solo eran parte esencial del tejido económico de la ciudad, sino también objeto de atención artística, símbolo de identidad colectiva y vehículo de expresión teatral.

Así, la castañera no es solo una vendedora de calle: es emblema del costumbrismo, figura entrañable de la tradición madrileña y personaje que une, en su humilde puesto, la realidad cotidiana con la representación estética.

Pintura de género del siglo xix

La pintura costumbrista del siglo xix está repleta de imágenes urbanas donde aparecen diferentes oficios, y, entre ellos las castañeras. El oficio de castañera, estrechamente vinculado al paisaje urbano del otoño e invierno madrileños, fue descrito con agudeza por Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) en Los españoles pintados por sí mismos, junto a otros tipos populares como las lavanderas o la nodriza. Esta figura femenina, habitual en las calles y plazas de la ciudad, pasó también a ocupar un lugar destacado en el imaginario artístico y literario del siglo xix.

Una de sus representaciones pictóricas más conocidas es Castañera junto a La Giralda (fig.8) de Antonio Cabral Bejarano (1798-1861). La escena plasma, con sensibilidad costumbrista, la interacción entre personajes típicos del Madrid castizo, con la castañera como eje central de una escena cálida y llena de tipismo. Esta obra pictórica es contemporánea de la zarzuela de referencia.

En resumen

La convivencia de estas cuatro fuentes –el pliego, el grabado, la pintura de género y la zarzuela, permite reconstruir el costumbrismo no como un género aislado, sino como un clima cultural. Un modo de estar en el mundo que dotó de valor estético a lo popular, y que ofreció una forma de resistencia simbólica frente a los discursos dominantes.




BIBLIOGRAFÍA

Bozal, Valeriano. 1981. Prólogo de Juan de la Cruz Cano y Holmedilla. Colección de trajes en España. Tanto antiguos como modernos. Madrid: Ediciones Turner.1981

Davillier, Charles. 1874. L’Espagne. París: Hachette.

Díaz González, Joaquín. 1996. El ciego y sus coplas: selección de pliegos en el siglo xix. Madrid: Fundación Once.

Lorenzo Vélez, Antonio.1982. Una aproximación a la literatura de cordel en Revista Folklore nº 17. Véase: https://funjdiaz.net/folklore/06sumario.php?num=17

(julio, 2025), pp.146-15.




NOTAS

[1] Véase el prólogo de El ciego y sus coplas: selección de pliegos en el siglo xix. Díaz González, Joaquín. 1996.

[2]Lorenzo Vélez, Antonio.1982, p.150.

[3] Davillier, Charles. L’Espagne. 1874, p.402.

[4] Bozal, Valeriano. 1981, p. 9.



El costumbrismo hecho arte: la Fundación Joaquín Díaz y el archivo de la identidad popular

SAN MIGUEL MONTORIO, Jesús María

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 535.

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