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A lo largo de los años hemos dedicado varios artículos a la comprensión de que los límites entre lo popular y lo considerado como culto[1] son mucho menos rígidos de lo que tradicionalmente a veces se ha considerado[2]. En esa línea se inscribe también el presente trabajo.
Es bien conocido como, entre los variados elementos decorativos que aparecen en los dinteles de puertas en construcciones tradicionales, se encuentran las representaciones de cuerpos celestes. Podemos citar, a modo de ejemplo, uno de 1784 de Baños de Valdearados, donde se representaron tres estrellas en un sencillo escudo[3]. Pero, sobre todo, como motivo enormemente repetido, aparecen las hexafolias[4], «propias de la raigambre popular, quizá heredada del mundo castreño, símbolo solar»[5]. Es más: no solo aparece el símbolo solar como decoración intrínseca en componentes arquitectónicos populares, sino también a modo de elemento naturalista añadido; nos estamos refiriendo a «la flor de sol», el eguzkilore, tan típico a la puerta de los caseríos vascos, con un simbolismo bien estudiado por el P. Barandiarán[6]. Y no podemos dejar de mencionar que no solo aparece este tipo de símbolos en las portadas de casas populares sino también en otro tipo de edificaciones y en otras zonas geográficas de la cultura hispánica (o, quizá mejor, de las culturas hispánicas, en plural), como puede apreciarse en algún interesante ejemplo de arquitectura colonial en Hispanoamérica[7].
En realidad, y sin necesidad de establecer una relación de causa-efecto, lo cierto es que la representación de cuerpos celestes o de símbolos zodiacales (es decir, alusivos a los astros) en puertas (normalmente en los dinteles o sobre ellas) es común en época románica, y no solo en forma de las muy frecuentes representaciones de hexafolias. Hay ejemplos tan conocidos como la Puerta del Cordero de San Isidoro de León, pero también muestras menos famosas, aunque de obvio interés, como el ejemplo conservado en la localidad navarra de Azpa[8], con una estrella y un sol o estrella.
En un país como España, con su gran variedad geográfica e histórica y su enorme riqueza cultural (no en vano se ha hablado durante los siglos de «las Españas», tanto en el ámbito eclesiástico –recuérdese al respecto el título de primas Hispaniarum, primado de las Españas, de los arzobispos Toledo y Tarragona, y también el de Braga, por cierto[9]– como civil –incluso Felipe V, con posterioridad a sus Decretos de Nueva Planta[10]– no sería acertado olvidar si esto podría documentarse también en la España musulmana que existió hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.
Huelga recordar, por ser sobradamente conocido, que la civilización islámica tenía una opinión respecto a las determinadas representaciones iconográficas distinta a la cristiana, de modo que la caligrafía adquirió un desarrollo artístico extraordinario.
Pues bien, en el contexto de la puerta de la Sala de Embajadores de la Alhambra de Granada hay, a derecha e izquierda de la misma, textos epigráficos poéticos en árabe, en referencia a la belleza de la sala. En uno de sus versos hay algo de interés para nuestro tema.
Emilio García Gómez, en su magnífica traducción en verso, lo vertió así al castellano:
«bajan a mí los astros del Zodiaco»[11].
En el siglo xix Emilio Lafuente y Alcántara lo tradujo de la siguiente manera:
«se me inclinan amorosamente los luceros desde el zodiaco»[12].
Y en ese mismo siglo, aunque unos años después, D. Antonio Almagro Cárdenas lo interpretó así:
«los luceros descendieron á mí desde sus elevadas mansiones»[13].
Más allá de las variaciones existentes en las traducciones (de forma, no de fondo), el sentido parece claro. No obstante, nos fijaremos en la literalidad solo de la parte que afecta más directamente a nuestro análisis. Se lee en el original árabe:
«ilayya ash-ashuhub fi al-Abrãj».
Podríamos traducirlo literalmente y tendríamos esto:
«hacia (o «a») mí los astros dentro del (o «en el») Zodíaco» (o, si se prefiere traducir esta palabra todavía más literalmente, «signos zodiacales», dado que «al—Abrāj» es formalmente un plural, alusivo al conjunto o Zodíaco)».
Vemos, pues, también la asociación puerta-cuerpos celestes. Si en San Isidoro de León aparecen los relieves de los signos zodiacales, aquí son mencionados, en el mismo contexto de una puerta, pero en inscripción (ya mencionamos la importancia que adquirió la caligrafía en el arte árabe como elemento decorativo) en verso[14]. El paralelismo es claro, más allá de las diferencias contextuales, que también existen. Paralelismo no significa necesariamente conexión[15], y no es el propósito de este artículo analizar la cuestión. Y lo mismo podríamos decir, por ejemplo, del «cielo de Salamanca» de Fernando Gallego y del techo del Salón de Comares en la Alhambra. Respecto a la citada obra artística salmantina, escribía Francisco Rico:
«En la literatura, las bóvedas estrelladas menudeaban desde los poetas clásicos a los libros de caballerías.»[16]
Este último detalle nos parece particularmente interesante, dado que fue, como es bien sabido, un género muy popular en el Siglo de Oro, a cuyo contenido tenían también acceso las personas que no hubiesen sido alfabetizadas a través de la práctica de la lectura en voz alta. Y este aspecto popular del conocimiento del firmamento enlaza con el hecho de que la naturaleza era el marco habitual de profesiones tan habituales otrora como la de los pastores, quienes, dicho sea de paso, no era raro que conocieran el cielo nocturno, como nos lo recuerda, por citar un solo ejemplo, D. José Miguel de Barandiarán[17].
Y, por cierto, fue el genio de Miguel de Cervantes el que ideó en el capítulo XII de la primera parte del Quijote el personaje de un estudiante de Salamanca versado en «la ciencia de las estrellas» que se hace pastor. Nos muestra, con su excepcional talento para la ficción, algo que en la realidad, de diversas maneras, sucedía: lo popular y lo considerado como culto convivían en la misma sociedad, constituyendo las dos caras intrínsecamente unidas de la misma moneda, pero una moneda en movimiento giratorio, de modo que vemos constantemente a la vez elementos de ambas facetas.
NOTAS
[1] Nos expresamos así porque, como resulta obvio, lo popular también es cultura (palabra que, por cierto, es de la misma raíz que culto).
[2] De hecho, basta con recordar, pensando en los orígenes de la tradición literaria europea, que los poemas homéricos, que acabaron siendo objeto de estudio e investigación en los ámbitos académicos, «eran, en palabras de Eric A. Havelock, enciclopedias orales para los griegos que recopilaban su saber popular heredado» (IRENE VALLEJO, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, Madrid 2019, p. 102).
[3] ARTURO MARTÍN CRIADO, La ornamentación de la arquitectura tradicional en la Ribera del Duero, Ávila 2008, p. 119 y representación en p. 122.
[4] En la obra citada en la nota anterior pueden verse abundantes ejemplos de hexafolias en dinteles de puertas (pp. 140, 141, 142, 146, 153, etc.)
[5] LUIS PUGA ORIGE, Los revocos y esgrafiados en la provincia de Salamanca, Salamanca 201, p. 14
[6] JOSÉ MIGUEL DE BARANDIARÁN, Mitología del Pueblo Vasco, Bilbao 1997, p. 366: «Colocada en la puerta principal de la casa, es considerada por los habitantes actuales como una representación del sol.»
[7] SANTIAGO SEBASTIÁN LÓPEZ ET ALII, Summa Artis. Historia general del arte. Arte iberoamericano desde la colonización hasta la independencia, Madrid 1996, p. 533.
[8] Se puede ver una fotografía en la página web titulada Románico digital.
[9] Permítasenos recordar algo obvio: la Hispania romana (y la visigoda), incluía también a la actual Portugal.
[10] Basta como muestra el comienzo del Concordato de 1738: «Deseando la Magestad Catholica de Phelipe V, Rey de las Españas» (Concordato entre la Corte de Roma, y la de España, Madrid 1738, p. 1).
[11] EMILIO GARCÍA GÓMEZ, Poemas árabes en los muros y fuentes de la Alhambra, Madrid 1985, p. 104. El texto en caracteres árabes aparece en la p. 103.
[12] EMILIO LAFUENTE Y ALCÁNTARA, Inscripciones árabes de Granada, Madrid 1859, p. 106.
[13] ANTONIO ALMAGRO CÁRDENAS, Sobre las inscripciones árabes de Granada, Granada 1877, p. 52.
[14] Para nuestro análisis, poco importa si el simbolismo se refiere propiamente a la puerta o al espacio al que esta da acceso, dada la íntima conexión entre ambos elementos.
[15]Aunque sea obvio, resulta pertinente recordar que las culturas de cristianos y musulmanes, en la Península Ibérica, no formaron compartimentos estancos. Son variados los campos en los que se aprecian influencias y conexiones. Cómo no recordar, por ejemplo, que en los Reales Alcázares de Sevilla, donde en una inscripción en árabe se alude a Pedro I como «as- sulṭān» y «malik Qashtyla wa-Lyūn», se encuentra otro epígrafe que comienza con las palabras «Allāhu Āhadun» y que continúa con lo que prosigue de la sura 112 del Corán (RODRIGO AMADOR DE LOS RÍOS, Inscripciones árabes de Sevilla, Madrid 1875, pp. 143 y 141, respectivamente; aprovechamos para indicar que, no por error sino por mera errata tipográfica, en la página 140 se indica que el texto de la inscripción corresponde a «la sura XCII», cuando es, como indicamos, la 112). En un palacio de un rey de Castilla y León un texto epigráfico coránico: difícilmente se puede imaginar más influencia cultural entre musulmanes y cristianos.
[16] FRANCISCO RICO, Figuras con paisaje, Madrid 2009, p. 100.
[17] JOSÉ MIGUEL DE BARANDIARÁN, o. c., p. 189.