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Las tormentas revolucionarias de 1848 sonaron con estruendo en Europa y su ventolera derribó tronos y gobiernos; en España, en cambio, tras lo ocurrido en Francia con la conversión del Imperio en República, no sucedió igual porque el general Narváez pidió en febrero a las Cortes la supresión de las garantías constitucionales y así el Gobierno pudo atajar con contundencia los movimientos revolucionarios, de escasa entidad, que se produjeron en Madrid el 26 de marzo y, posteriormente el 7 de mayo. El orden se impuso con una dura represión. Los consejos de guerra dictaron fusilamientos, cárceles y, acaso lo más abundante, deportaciones para presos políticos progresistas. Estas últimas medidas suponían, en unos casos, el alejamiento de Madrid a prisiones de Cádiz, Málaga…en otros, los alejaban con aguas de por medio, África o Baleares e, incluso, los menos afortunados, a partir de agosto, podían ser enviados a los territorios de Ultramar.
La prensa de la época da escuetas noticias de las numerosas cuerdas de presos que hubo a lo largo de ese año. Véase una de ellas: «Parece que en la madrugada de hoy ha salido de Madrid una cuerda de presos sentenciados a presidio. Según hemos oído, todos o la mayoría corresponden a la causa formada por los acontecimientos del 26 de marzo último». (La Esperanza 17/5/1848, página 3).
Unos años más tarde, en 1855, al socaire de la libertad de la «Vicalvarada», un novelista e impresor muy popular por aquel entonces, Ayguals de Izco, narró los hechos y las consecuencias de los avatares políticos del 48 en su novela El palacio de los crímenes que editó en una imprenta de su propiedad. Más que de una novela se trata de crónica documentada de los sucesos y un claro alegato contra algunos personajes claves, como Narváez, Sartorius…; además, hemos de decir que se refiere, con especial saña, a la madre de Isabel II, doña Mª Cristina de Borbón y Dos Sicilias, Regente del reino tras la muerte de su marido Fernando VII.
Si la obra, por ser una novela por entregas, no pasa el filtro de una mediana calidad literaria, sí es muy valiosa para el investigador por la abultada cantidad de documentos históricos que inserta a lo largo de sus páginas, ya periodísticos, ya relacionados con las discusiones de las Cortes y sus votaciones, cartas regias, pastorales de algunos prelados, etc., documentos con los que quiere aportar credibilidad a las múltiples historias novelescas que inserta en la trama.
Por mor a ese realismo, podemos conocer con exactitud el itinerario de una cuerda de presos que es conducida de Madrid a Valencia para embarcar con destino a Ibiza. La fusión de personajes reales y de ficción es una técnica que le ayuda a conseguir más verosimilitud y también da más fuerza a sus dardos críticos por la cercanía de lo narrado con el momento en que escribe, no en vano comienza su obra con las polémicas sobre la expulsión de España de la antigua Regente, en agosto del 55, pese a ser la madre de la reina en el poder.
Al narrar los momentos del traslado hace caminar a sus condenados, personajes reales con la inclusión de algunos ficticios, por la ruta geográfica concreta que siguió una de las cuerdas de presos, aunque menciona que otra siguió un itinerario diferente. Un rastreo por la prensa de la época nos permite deducir que el novelista no inventa, pues encontramos sueltos periodísticos que, al coincidir con lo narrado en la novela, resaltan la historicidad de este relato. Es obvio que, según la tendencia del medio, el periódico incorpora detalles favorables al poder o en su contra dentro de la escasa posibilidad de crítica de que se gozaba en aquellos momentos. Como novedad de la época hay ilustraciones a plumilla con que adorna la obra; alguna de ellas pertenecen a lo relacionado con la cuerda de presos.
Entremos en situación con un fragmento en que un periódico, que se subtitula monárquico, pero de raíz religiosa y que años después se declarará abiertamente carlista. Es un artículo de fondo sobre la situación en el que comenta con elogios los procesos militares tras haber reproducido días antes elogiosas exposiciones de diversas personalidades al Gobierno por haber atajado con rotundidad el proceso revolucionario:
[…] el consejo extraordinario de Guerra formado a consecuencia de los tristes sucesos del 26 de marzo y 7 del corriente trabaja sin descanso en la sustanciación de las causas instruidas contra los arrestados por aquellas ocurrencias, habiendo habido días que han ocupado diez y nueve horas sin interrupción, pasando muchas noches sin recogerse hasta las cuatro y seis de la mañana, reuniéndose dos veces al día sin exceptuar la Semana Santa, Pascua y demás festividades, y procediendo en la sustanciación y fallo de estas causas con el detenimiento y rectitud que demandan unas actuaciones sumamente delicadas y de una naturaleza especial. A tan plausible solicitud y trabajo es debido, según nos han informado, el despacho en tan breve tiempo de más de 250 causas, solo de los presos de la noche del 26, en las cuales han salido absuelto y puestos en libertad más de 190 procesados; como unos doce ó catorce condenados, a la última pena, pena que fue conmutada el 31 por indulto de S. M.; unos quince ó diez y seis, sentenciados a ocho años de presidio en Ultramar; dos o tres, a seis; ocho, a cuatro; uno o dos, a tres años ocho o diez, a dos de presidio correccional; tres a uno, y seis o siete, a varios meses de prisión. Este celo y trabajo extraordinario son dignos del mayor elogio. (La Esperanza, 17/5/1848, página 1.)
El Observador, diario también de Madrid, reproduce este fragmento al día siguiente en la página cuatro y añade un suelto propio: «Ayer al mediodía ha salido una crecida cuerda de presos políticos y por delitos comunes. Un piquete de todos los cuerpos de la guarnición protegía, frente á la cárcel, dicha salida».
El hecho no era puntual, según nos aclara otro medio unos días después.
Hace días que se repite con frecuencia una escena desgarradora. Cada vez que se saca del Saladero una cuerda de presos, como ayer tarde, se agolpan sus deudos, sus amigos, y prorrumpen en ayes que destrozan el corazón. Muchos quieren abrazar a esos seres infortunados que van á poblar los presidios; pero la escolta los rechaza con dureza y esto aumenta el dolor de unos y otros. ¿Cuándo dejarán los españoles de perseguirse mutuamente? ¿Cuándo tendremos un gobierno justo, tolerante y popular, que arranque la raíz de la intolerancia, y siembre la semilla de un puro liberalismo? (El Genio de la libertad. 11/6/1848, página 1).
A esta expedición parece referirse el novelista pues cuenta que salen el día 10 de junio de 1848 y, por supuesto, da, a lo largo de su narración, muchos detalles que el cronista anterior, aunque coincida con él al relatar las duras escenas de separación entre presos y familiares. Por la novela sabemos la medida que el Gobierno tenía estipulada para subsistencia de los traslados. «Dos reales diarios, sin ración ni otra cosa alguna, era todo el auxilio que daba el gobierno a quienes forzosamente trasladaba de domicilio, cargándoles de cadenas y privándoles de ejercer sus profesiones, con las que el que menos es seguro ganaría honradamente un jornal de ocho o diez reales» (I, páginas 412 -413. Las citas se refieren siempre a este tomo). Además cada uno de los infelices tenía que llevar su petate o lío con sus cosas.
La expedición se inicia juntando a los presos, que habían estado antes en distintas cárceles, en el Saladero. El novelista eleva el número a 112 liberales (pág. I, 384) y especifica que 22 de ellos son más influyentes socialmente; da algunos nombres y, entre ellos, los de dos conocidos en el campo de las letras, José María Lallana y Francisco Robello, este último utilizaba el pseudónimo «El tío Fidel». A este último grupo le permite escoger un traslado más cómodo, a sus expensas, ir sin ataduras de ninguna clase y en carruajes. Los demás han de ir a pie y encadenados de dos en dos; también de entre estos mencionará los nombres de algunos artesanos o comerciantes del Rastro. Tras la agrupación en un mismo lugar, el comandante ayudante de Narváez que había estado al frente de la operación con las listas en la mano, entregó el mando de la expedición a un capitán de la guardia civil que era el cuerpo encargado por ley del traslado de presos.
Ochenta civiles de infantería y veinte de caballería eran la escolta de los presos, mandada por un capitán y dos subalternos de la primera arma y un teniente de la segunda, llevando el cargo y responsabilidad de todo el capitán. (El Palacio…., p. 391)
En los alrededores del Prado les dejó media hora para que sus familiares les pudiesen despedir e, incluso, después permitió el capitán que algunos les acompañasen en caballería un trecho de esa primera jornada. Hubo otra parada, más larga, también antes de abandonar Madrid, poco después de traspasar la puerta de Atocha, en el portazgo. Después se comenzó la marcha hacia Valdemoro, que era el lugar previsto para la primera pernoctación; una iglesia de unas monjas les sirvió de albergue. Los acomodados se pagaron unas camas y los demás durmieron en unas pajas extendidas en el suelo, sin que esa noche les sirviesen el socorro que, por ley, les daba el gobierno.
La segunda jornada les llevó, después de hacer dos descansos, hasta Aranjuez adonde llegaron a las cinco de la tarde sin que nadie les saliese a recibir, pese a ser domingo. No obstante, después, un rico propietario de Yepes, les llevó un auxilio generoso y dio una «buena cantidad para que la repartieran entre los más necesitados de la cadena» ( ídem, pág. 413).
La tercera jornada fue corta; dos leguas, de Aranjuez a Ocaña: allí les visita, consuela y asiste el diputado progresista don Domingo Olalla. Se produjo un incidente, la rotura de cuatro cadenas, que, aunque un sargento quiso que las arreglara un herrero, el capitán se opuso y así quedaron cuatro presos de a pie portando cada uno una parte de su cadena. Esta actitud parece que propició que a lo largo del trayecto, se fuesen rompiendo más cadenas de forma que el novelista adelanta que a Valencia llegaron solo dos o tres parejas tal como habían salido de Madrid.
«De Ocaña fueron los deportados a pernoctar en el Corral de Almaguer.» (pág. 415) «En esta villa fueron conducidos a un pósito o Panera en donde a la sazón se había construido un teatro provisional para trabajar una compañía de la legua». (417).
Desde esta localidad fueron a dormir a Mota del Cuervo el día siguiente; allí se les alojó en la ermita de san Sebastián; a los distinguidos en el coro y a los demás en la iglesia. Reseña el novelista que el alcalde y la población se esmeraron en tributarles «todo linaje de cuidados».
De allí pasaron, en otra jornada, a la Venta de Pedroñeras y de esta, a la noche siguiente, a la del Pinar, «donde encontraron muy mal hospedaje; pues todos indistintamente durmieron sobre montones de paja, hallando apenas comestibles, ni aun pagándoles triple de su valor.» (pág. 422) En la página siguiente añade Ayguals de Izco «aquella estancia fue la peor del camino para los deportados».
El panorama cambió en la jornada siguiente al llegar a la Roda. Allí, además, la expedición se detuvo durante cuarenta y ocho horas; les agasajaron los liberales de la localidad con un refresco a la llegada y al señor Lallana le entregaron «mil quinientos reales para que los repartiese entre los menesterosos de la cadena» (p. 424) Los patriotas de la Roda llegaron a ofrecerles veinte caballos para que huyesen y pudiesen, desde un lugar en la playa, embarcarse para el extranjero, pero renunciaron por las funestas consecuencias que se podían acarrear para los que no pudiesen escapar.
El 19 de junio salieron de la Roda para Albacete, donde se les alojó en la casa ayuntamiento, a los distinguidos en el piso principal y a los demás abajo. Les agasajaron muy bien y les dieron también unos dos mil reales para repartir entre los que los necesitasen. La novedad principal fue que se había recibido la orden de que uno de los distinguidos suspendiese el viaje quedándose en la localidad bajo vigilancia hasta nueva disposición. Por grave enfermedad nos dice el novelista que se quedó en Albacete «el señor Fuster, comandante en situación de reemplazo, y confinado en clase de distinguido; pero esta enfermedad no le privó de ser conducido posteriormente a Valencia y embarcado para la Carraca». (Páginas 428 - 429).
De esta última incidencia tenemos constancia también por un suelto de El Clamor público que titula:
SITUACIÓN DE UN DEPORTADO
El comandante graduado de caballería don Francisco Fuster, que salió de esta corte en una cuerda de presos que iba Valencia, permanece en Albacete a causa de haberse le agravado, hasta el punto de hallarse a las puertas de la muerte, la enfermedad que hacia largo tiempo padecía. Nuestros lectores comprenderán, dice con razón un apreciable colega nuestro, que cuando las autoridades consintieron en que dicho señor no pasase adelante, debió ser por creer altamente comprometida su vida. Así era en efecto; pero lo peor es que apenas se le ha visto un poco restablecido se ha querido de nuevo ponerle en camino; de modo que si esto se verifica es muy seguro que la enfermedad de dicho señor se agrave otra vez, y que vuelva á estar en el mismo antiguo o mayor peligro que antes. El señor Fuster fue, según parece, uno de los que se prendieron sin mediar orden superior, según lo ha manifestado en una exposición que ha elevado a la reina, pidiendo que se le deje permanecer en Albacete hasta que se halle completamente bueno, para que luego se le juzgue por el consejo de guerra, que no podrá menos de hacer constar su inocencia. El señor Fuster ha dejado en la corte su esposa y seis hijos expuestos á la mayor miseria, y creemos que esto le da derecho a que se atiendan sus demandas, ya que tan justo es lo que pide. (El Clamor público. 5/7/1848, página 4.)
La jornada siguiente les llevó de Albacete a Villar, «población miserable donde apenas encontraron que comer». (p. 429); aunque, la noche siguiente la pasaron de una forma muy diferente en Almansa donde fueron muy bien acogidos por los liberales que les proporcionaron agasajo y buenas camas, además de socorro pecuniario.
Las dos jornadas siguientes les permitieron llegar primero a la venta del Puerto y de esta a la del Rey.
El día 24 llegaron a Alcudia de Carlet y allí permanecieron también el día 25.
El novelista cuenta que habían recibido cartas de los familiares en Albacete y Almansa con noticias poco consoladoras sobre la situación en Madrid y de grave preocupación por su suerte pues sabían que los conducidos en otra cuerda habían recibido «inmensas vejaciones y penalidades por parte de su conductor», (p. 430).
En Alcudia se encuentran con una mujer que había acompañado a su marido en otra cuerda y que hubiera pasado a Ibiza pero no la dejaron; ella les confirma el trato de inaudita crueldad que habían recibido los componentes de la otra cuerda; les relató que iban cinco mujeres condenadas con la única diferencia en el trato de que iban sueltas.
El 26 salieron para la venta de Santa Bárbara, a una legua de Valencia y allí permanecieron hasta el 27, sin que nadie se acercase a agasajarles ni a prestarles ayuda sin duda por el miedo que se había sembrado en la ciudad.
Al día siguiente les conducen a los distinguidos a la torre de Cuarte y a otros a la cárcel, sin pasar la cuerda por la ciudad haciéndoles ir por la ronda. Los distinguidos recibirían un buen trato; todos permanecieron un tiempo en esa situación por problemas relacionados con el barco que debía trasladarles a Ibiza, el Blasco Garay.
Una carta del corresponsal de El Clamor público da la noticia, aunque se publica con seis días de retraso:
VALENCIA 5 DE JULIO
Los presos políticos que vinieron en la última cuerda procedentes de la corte, se hallan en la torre de Cuarte, Grao, y presidio modelo. Empero, todos tienen la orden de ser embarcados para Ibiza, y solamente se espera la llegada del vapor Blasco Garay, para que las órdenes del humanitario gobierno que rige los destinos de este desgraciado país, sean cumplidas. Ignoramos cuándo cesarán las violentas persecuciones que está sufriendo en masa el partido progresista. (…) El estado de salud en que se encuentran los señores Alvarez, Sánchez Gata, La Llana, Rodríguez (don Gregorio) Nuñez y Borjas, fue causa que la autoridad política los hubiese trasladado de la torre de Cuarte al presidio modelo. El señor don Manuel Montesinos, comandante de él, hace, según hemos oído, compatibles sus deberes con las consideraciones que se merecen las personas arriba citadas. (…) El vapor Blasco Garay acaba de anclar en la bahía del Grao. Mañana salen todos nuestros amigos, sin excepción ninguna, para Ibiza. (El Clamor público. 14/7/1848, página 4)
El novelista también alude al detalle del traslado de algunos deportados al presidio l modelo y nos concreta que estaba situado en lo que había sido convento de San Agustín. Termina esta parte de su relato Ayguals de Izco con el embarque y salida para Ibiza de los deportados de la cuerda de presos; fue el día 7 de julio de 1848. Vamos a rematar este itinerario con un detalle final:
A las siete de la mañana estaban todos a bordo. Habíase aumentado su número con seis que de de Valencia salían con el mismo destino; cuatro fueron incorporados con los de distinción y a los dos restantes se les incluyó en la categoría de los demás, que por no ser de los privilegiados iban debajo de escotilla en tanto que aquellos ocupaban la parte de popa sobre cubierta. (pág. 481).
Tras diez horas de navegación llegaron a las cinco de la tarde a la isla.
A Valencia llegaron en esos días deportados también de Zaragoza con el mismo destino. Como Wenscelao Ayguals de Izco narra una deportación que tuvo más de real que de imaginada no se le ocurre al autor insertar una aventura similar a la que imaginó Cervantes en su novela. El grupo de guardias que custodiaba a los deportados era numeroso. Se hubiesen necesitados muchos quijotes para liberarlos y, acaso, la condición moral de los que penaban por sus ideas políticas no les hubiese permitido salir en desbandada como los presos condenados a galeras que transitaban por la Mancha en la novela cervantina.
No hemos mencionado el dualismo típico de la novela folletinesca. Baste decir que, al escribir el novelista, como ya dijimos, en plena polémica por la expulsión de la antigua Regente, alude a ella al mostrar el contraste entre quienes sacan grandes fortunas de España, en joyas y dinero, y los pobres, deportados por sus ideas liberales; estos van a parar a una isla en medio del mar, que, aunque resulte paradisiaca y allí gocen de cierta libertad, no deja de ser su situación la de un desterrado que ha de vivir lejos de su ciudad, de sus quehaceres cotidianos y, sobre todo, de su familia.