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Revista de Folklore número

535



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¿El folklore de Ávila o el folklore de Francisca? Antonio Machado y Álvarez «Demófilo» y Antonio Valbuena enfrentados ante la recogida de tradiciones populares

SERRANO SERRANO, Joaquín

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 535 - sumario >



1. Estalla el desencuentro

El 14 de julio de 1884 Antonio Valbuena publica, en páginas 1 y 2 del periódico más famoso del momento, Los Lunes de El Imparcial, su primer artículo en dicho medio, titulado «Un cuarto a espadas», donde leemos:

…los artículos a que voy haciendo referencia, limitados a reproducir lo que a Francisca la criada abulense la ocurre contestar a las preguntas que la hacen, no veo que en rigor pueden llamarse el Folk-lore de Ávila, sino a lo sumo el Folk-lore de Francisca.

Con estas palabras, Valbuena provoca otra de sus frecuentes polémicas; en esta ocasión, con Antonio Machado y Álvarez, el padre de los poetas Antonio y Manuel Machado. Polémica que, como vamos a comprobar en este artículo, va a prolongarse hasta la actualidad. ¿Qué había pasado?

2. Antonio Machado y Álvarez y el inicio del folklore en España

Antonio Machado y Álvarez (que usaba el seudónimo Demófilo) suele ser considerado como el primer folklorista, o el introductor en España de los estudios y trabajos de folklore. A corto plazo, no logró todas sus pretensiones; pero a medio y largo plazo, sus proyectos, trabajos y concepción del folclore se han ido abriendo camino, y aun en su corta vida logra echar la mejor simiente para que otros logren los mejores frutos.

Antonio Machado y Álvarez (1846-1893), hijo de un catedrático sevillano, promotor, con otros, de la Institución Libre de Enseñanza, conoció el modelo de Society of Folk-Lore, fundada en Londres en 1878, y, a partir de 1881, quiso repetir en España el modelo inglés, para recoger, difundir y estudiar la cultura popular. En septiembre de 1883 se traslada con su familia a vivir a Madrid, desde donde se propone crear, en cada región española, sociedades para su proyecto de cultura popular. De hecho, en 1884 ya había logrado que funcionaran ese tipo de sociedades en cuatro regiones: la andaluza, la gallega, la extremeña y la castellana.

Creó en 1882 la revista El Folk-Lore Andaluz y colaboró en otros proyectos de revistas en otras zonas. Parecía que los trabajos iban hacia adelante, pero surgieron demasiadas trabas y negativas por parte de personas a las que pidió colaboración y apoyo; y a finales de esa década de 1880 el fracaso parecía perseguirlo. En 1892 acepta un puesto de registrador de la propiedad en Puerto Rico, dejando a su familia en Madrid. Pronto, muy enfermo, regresa a España en los inicios de 1893 y muere el 4 de febrero en Sevilla, sin conocer el deseado éxito en sus empresas[1].

El desacuerdo con Valbuena surgió a raíz del libro de Machado, El Folk-lore de Ávila, publicado antes como artículos en El Progreso, los días 2, 9, 15, 17, 20, 23 de abril; y 19, 20, 23 de mayo de 1884. Tiene forma de diálogo entre el autor y su criada, Francisca, natural de Ávila. El libro es una recopilación de las respuestas que Francisca da a las preguntas que sobre cultura popular le va haciendo el recopilador.

Este método de recoger tradiciones populares está unido a su pensamiento filosófico y cultural. Tras su paso, en los inicios del decenio de 1880, del krausismo al positivismo (LÓPEZ ÁLVAREZ 1996, 69 y ss.), A. Machado y Álvarez abraza las doctrinas evolucionistas que intentará aplicar a sus trabajos. Lo cual significa una metodología basada en los hechos. A partir de esas convicciones, Machado considerará que lo fundamental en el folklore es recopilar fiel y exactamente los datos. Así lo vemos en varios escritos de Machado que recoge López Álvarez:

La misión más altamente científica del F. L. [Folk-Lore] es ‘recoger’: la ciencia seria no quiere hoy especulaciones eruditas ni filosóficas, sino ‘hechos, hechos, hechos’, que aquí se traduce por costumbres, cuentos, adivinanzas, tradiciones, fiestas, pregones, leyendas, usos, etc., etc. (LÓPEZ ÁLVAREZ 1996, 77).

Procuraremos, como principal condición de nuestro trabajo… la fidelidad más completa al sentido y tendencia de la producción popular que presentemos o estudiemos […], la fidelidad a que aspiramos se concreta a no sacrificar en nada el argumento y sentido de las creaciones populares… poniendo en esto nuestro mayor esmero y diligencia (LÓPEZ ÁLVAREZ 1996, 77-78).

En el Folklore no caben prejuicios. Se reconoce todo; lo que sé que es bueno y que es malo. Estamos todavía en la labor primera: la de acopiar los materiales. Luego vendrá la ocasión de distinguirlos y clasificarlos. Finalmente levantaremos el edificio. No se trata de escribir libros de pura imaginación… La verdad, la verdad ante todo, sin desfigurarla con mudos y afeites retóricos (LÓPEZ ÁLVAREZ 1996, 78).

3. Los nueve capítulos de El Folklore de Ávila

De la lectura de las 63 páginas de El Folklore de Ávila (en la edición de las Obras completas, de MACHADO Y ÁLVAREZ 2005, vol. 2, 2055-2118) se obtiene una visión muy positiva de la informante Francisca. Resalta, sobre todo, la cantidad de material que aporta al entrevistador, la privilegiada memoria que tiene, la gran capacidad de recordar versos, costumbres, refranes, supersticiones… e incluso nombres de pájaros, apartado donde llega a citar nada menos que 30 diferentes, y además sabe identificarlos y explicar cómo son.

El entrevistador ha dado un cierto orden a sus preguntas, es decir, a su recogida de tradición. Al ser de Ávila la criada, inicia el interrogatorio con versos o coplas relacionados con Santa Teresa (cap. I); sigue con el tema de las brujas (cap. II); con las coplas (cap. III); las que llama «manchegas», donde incluye cantares y ritos o costumbres relacionados con las bodas (cap. IV); pasa a los juegos de muchachos, en los que incluye el tan conocido del gallo que iba a la boda de su tío Perico y se manchó el pico; y también los juegos de prendas (cap. V); el cap. VI recopila supersticiones sobre días señalados, como San Antón, la Candelaria, el domingo de Ramos, el Sábado Santo. El cap. VII versa sobre remedios contra las enfermedades, donde la informante Francisca va explicando lo que ella sabe que se hace en Ávila contra el dolor de muelas, las anginas, los orzuelos, las almorranas, los granos, el empacho, las quemaduras, las grietas de las mamás al dar el pecho a su bebé… En el cap. VIII recoge vocablos, modismos, refranes, comparaciones, formulillas, adivinanzas y dichos. Y en el IX y último capítulo vuelve sobre las supersticiones, donde cita la oración a San Antonio, o los remedios que se suelen buscar contra las tormentas.

El lector de toda esta información queda sorprendido, asombrado y agradecido ante tanta sabiduría popular en la mente de una joven de Ávila que está ejerciendo de criada en Madrid. Y lo que también sorprende es que Valbuena –buen recolector de tradición, como después diremos, y nacido y criado en un pequeño pueblo– no viera y valorara eso mismo en la rica información que Francisca, capítulo a capítulo, va aportando.

4. Valbuena: «No veo que en rigor pueda llamarse el Folk-lore de Ávila, sino a lo sumo el Folk-lore de Francisca»

Valbuena va conociendo dichos artículos de Machado y Álvarez en El Progreso. Él mismo había publicado en dicho periódico, el año anterior, los 26 capítulos –después libro– de su primera obra de Ripios, y el último de esos capítulos había salido en «setiembre de 1883» (Ripios aristocráticos, 7.ª edic., 1906: 278, nota 1). Al ir leyendo, en el abril siguiente los artículos de Machado y Álvarez, Valbuena se ve en la obligación de ‘meter baza’[2] y publica «Un cuarto a espadas», en Los Lunes de El Imparcial, 14/07/1884, pp. 1-2 (recogido, después en Agridulces, I, 1892, 125-142).

Valbuena conocía, sin duda, la trayectoria de Machado, al que dedica varias alabanzas: «el ilustrado escritor D. Antonio Machado y Álvarez, que es, por decirlo así, en materia de Folk-lore, el que nos ha traído las gallinas. Gracias sean dadas a su talento y a su no poco admirable constancia» (Agridulces I, 126). Alabanzas de Valbuena tanto más apreciables cuanto que acababa de publicar en el mismo periódico 26 artículos (Ripios aristocráticos) censurando duramente –en los poetas de la aristocracia– todo lo que encontraba en su camino. Alabanzas que, por lo tanto, se han de tener en cuenta. Aunque, después de ellas, pasa Valbuena a su oficio o afición más habitual: reprochar defectos o tachas en tales artículos de Machado.

Así va argumentando Valbuena: «El primer pecado del autor […] es el de querer escribir las tradiciones de Ávila sin haber estado allá nunca». Alude, luego, a las explicaciones del folklorista sobre el origen de sus conocimientos: «…dice que ha cambiado de criada, que la nueva es de Ávila y se llama Francisca, y que a ella la debe los datos y las noticias que va a comunicarle. Y en efecto, los nueve o diez artículos son continuado diálogo entre el autor, que va haciendo preguntas, y la criada, que va respondiendo lo que acierta». Y continúa Valbuena:

Desde luego se deja comprender que esto de oír solamente a una pobre muchacha […] no es la mejor manera de estudiar las costumbres y las tradiciones de un pueblo.

Para eso se necesita vivir en él, observar mucho, preguntar a muchas personas de distintas clases y condiciones, reunir, uno de acá y otro de allá, muchos datos de diferentes procedencias, echar luego todos los fragmentos en el crisol de la sana crítica, y, separando con la coladera del buen sentido las escorias y las alteraciones modernas, construir ya de oro macizo el precioso relicario de las tradiciones populares.

Obrar de otra manera es equivocarse o no entenderlo; y por eso los artículos a que voy haciendo referencia, limitados a reproducir lo que a Francisca la criada abulense la ocurre contestar a las preguntas que la hacen, no veo que en rigor puedan llamarse el Folk-lore de Ávila, sino a lo sumo el Folk-lore de Francisca (Agridulces, I, 1892, 126-127).

Antes de esa afirmación, había justificado Valbuena su argumentación: «Porque pasa con esto del saber popular lo que con todas las cosas, aún las más elevadas e importantes, que si se las manosea mucho o se las trata con alguna falta de discreción o sin la madurez y cordura necesarias, pierden su encanto, se hacen fastidiosas y llegan a caer en ridículo» (Agridulces I: 125). E incluso elogia al autor de aquellos artículos y libro: «Inspíranme estas reflexiones […] unos artículos muy eruditos […], publicados ha poco en un diario con el título de El Folk-lore de Ávila, por el ilustrado escritor D. Antonio Machado y Álvarez […]. Dios le premie lo mucho que ha contribuido a despertar el amor a los conocimientos populares» (ib., 125-126).

Y más adelante aún dice Valbuena: «Y aquí podría insistir en la necesidad de buen criterio para recoger y coleccionar conocimientos y tradiciones populares, en la necesidad de distinguir las verdaderas tradiciones, ricas en poesía e idealismo, de las insulseces y bellaquerías del primer tonto o mal intencionado con quien uno tiene ocasión de cruzar la palabra.» (ib., 136).

En esta colaboración periodística, Valbuena va haciendo observaciones, censuras, a unos u otros aspectos de los artículos de Machado, unas veces, más sobre el contenido, y en algunos casos, sobre lo que él dice que son errores o mal uso de la lengua, como con el persistente laísmo. Ponemos algunos ejemplos concretos de dichas censuras:

En este repaso a las críticas de Valbuena, hay que constatar también que introduce algunas –¡muy inoportunas!– apreciaciones contra la informante Francisca. Una persona que se ha ido de criada de Ávila a Madrid, y tiene y es capaz de ir exponiendo tal cantidad de conocimientos populares, es muy digna de ser reconocida y alabada. Y, sin embargo, Valbuena, hacia la mitad del artículo, dice: «Yo comprendo que Francisca si es algo tonta, como me lo está pareciendo desde el principio…» (ib., 132); y algo más adelante: «De suerte que, si realmente Francisca… y aquí se recrudece mi sospecha de que es tonta de capirote…» (ib., 136); y aun después: «Francisca, si no ha querido reírse de su amo contándole bolas, tiene una afición decidida a cambiar los frenos» (ib., 140)[3].

Y acaba su extenso artículo Valbuena: «Ni me he propuesto en este artículo enseñar directamente, sino rectificar, ni creo que el ilustrado autor de el Folk-lore de Ávila necesite más que lo ya escrito para estudiar en adelante por sí las cosas y no volver a fiarse de Franciscas» (ib., 142).

5. Machado y Álvarez (Demófilo) contesta a Valbuena

Tras el artículo de Valbuena –recordemos, el 14/07/1884–, A. Machado y Álvarez (Demófilo), contesta al mes siguiente en El Globo, 16/08/1884, pp. 1-2, con el largo artículo «Folk-lore: No te digo que te mudes sino que ahí tienes la ropa»:

Perdonando al Sr. D. Miguel de Escalada […] las picardigüelillas con que, movido sin duda de la mejor intención, pretende mortificarme porque, en su sentir, no trato los asuntos de Folk-lore con aquella madurez y cordura con que a su juicio se requieren, voy a indicar a mi benévolo consejero las razones que he tenido para incurrir en los errores que su lealtad me advierte y su recta intención me atribuye.

En dichos artículos declaro que mi objeto en ellos no es otro que el de entregar a los entendidos en la nueva ciencia los materiales que me había suministrado una criada, nacida en la ciudad de Ávila, en donde había pasado casi toda su vida.

Si hubiera que preguntarles a todos –sigue argumentando Machado–, sería una «tarea de tal magnitud que a ella, no digo el que suscribe, pero ni todos los folkloristas de Europa juntos pudieran dar cima en el presente siglo».

A este y no a otro objeto, en definitiva, van encaminadas las anteriores líneas, en las que cumplo una vez más la única misión que en el «Folk-Lore» me he impuesto o séase la de mero propagandista, única cosa para que creo servir por la buena fe y el amor a la patria que me animan (ib., 2).

6. El contemporáneo Clarín también dio su opinión sobre folklore

En estos inicios del folklore, de la recolección de los saberes, ritos y costumbres populares, no estaba claro el qué, el cómo, el para qué. Y entre las ‘inteligencias’ del momento –último tercio del siglo xix– queremos hacer una cala en Clarín, que dio su opinión sobre tantos asuntos de actualidad. Desde un principio, Leopoldo Alas mostró poco o ningún interés por los estudios de folklore, no quiso implicarse en las iniciativas que en 1884 se le propusieron, e incluso llegó a ser un «verdadero freno a la iniciativa de crear en Asturias una sociedad de esta clase» [El Folk-Lore asturiano] (cf. J. LÓPEZ ÁLVAREZ 2001, 70 y ss.). Pero hasta una vez pasado aquel primer impulso que Machado Álvarez le estaba dando a la recogida de folklore y en buena medida fracasados los proyectos de fundación de las sociedades de folklore por zonas o regiones, e incluso ya muerto Machado y Álvarez (Demófilo) en febrero de 1893, publica Clarín en Madrid Cómico, el 25 de julio de 1896, un palique con motivo de presentar y alabar el libro Cuentos y chascarrillos andaluces, de J. Valera. En este palique vierte buenas dosis de su pensamiento sobre esa recogida de lo popular. Del libro de Valera, dice que es un «tomito alegre, es decir, oportuno; porque el buen humor castizo es la cosa más oportuna en nuestros días, en nuestra patria». Continúa Clarín en el párrafo siguiente del palique:

Se trata de un libro que, técnicamente, pertenece al famoso folklore, pero hay fagots y fagots, como diría Molière. El folklore de los pedantes, de los eruditos de feria, de los sabios de tienda del aire, es insoportable, una chifladura, inutilidad enojosa y encombrant, como dicen los franceses. El folklore de los ilusos, de los grafómanos, de los que no sabiendo decir nada por su cuenta ni alcanzar a la erudición propiamente literaria, se dedican a recoger escorias, estiércol filológico, nonadas populares […]. Busca el entrometido indiscreto y atropellado sabiduría popular, sin distinguir, haciendo pacotilla de todo; lo colecciona, lo publica entre comentarios indigestos; pero ¿qué cristiano lo ha de leer? ¿Qué consigue? Que aquello antes esparcido, olvidado por menudo, insignificante y demasiado, ahora, amontonado, estorbe más, moleste más […]. Cosa bien diferente es el trabajo del folklore cuando cae en manos del inteligente, del sabio y hombre de gusto. El jugo de los petits faits se avalora; las chispas del ingenio anónimo se aprovechan, en foco que encuentra el talento, para producir verdadera luz y lumbre. […] Todo esto se nota en el libro Cuentos y chascarrillos andaluces. En nada se parece a esas colecciones que la avaricia de un editor pide a un hambriento para que junte, sin ton ni son, joyas del ingenio desconocido con dislates, chocarrerías y aún indecencias del vulgo; aquí, sin asomar ni un momento la pedantería, y sí la más sólida y reposada y añeja erudición, burla burlando, con la elegancia se hermana el serio propósito didáctico, y cúmplese, sin que el lector se hastíe, el fin principal de reducir a muy agradable escritura literaria, lo que en forma tosca anda de lengua en lengua, siempre expuesto a la adulteración y al olvido.

Parece evidente que Clarín defiende la selección y el arreglo en la recogida de la tradición, pues censura que se recoja «sin distinguir, haciendo pacotilla de todo»; y después vuelve a censurar «que junte, sin ton ni son, joyas del ingenio desconocido con dislates, chocarrerías y aún indecencias del vulgo»; y aún más adelante insiste en que, en la obra de Valera Cuentos y chascarrillos andaluces, se cumple «el fin principal de reducir a muy agradable escritura literaria lo que en forma tosca anda de lengua en lengua». Pensamientos no sé si diferentes a los que expresaba Valbuena ya en 1884, quien, para estudiar bien las costumbres y tradiciones de un pueblo defendía que había que «reunir, uno de acá y otro de allá, muchos datos de diferentes procedencias, echar luego todos los fragmentos en el crisol de la sana crítica, y, separando con la coladera del buen sentido las escorias y las alteraciones modernas, construir ya de oro macizo el precioso relicario de las tradiciones populares», como se vio más arriba (y Agridulces I…, 127).

7. Valbuena, buen recolector de tradiciones populares

Para situar y valorar en su punto las censuras de Valbuena, hemos de añadir que él también fue un gran recolector de tradiciones populares, es decir, un buen folklorista. Además de dedicarse intensamente a la crítica de los versos de otros autores (8 libros de Ripios), además de criticar duramente el diccionario de la Real Academia de la Lengua (4 tomos de Fe de erratas) y además de elaborar muchos versos (no menos de diez mil), tuvo también –y muy intensa– su faceta como folklorista, como escritor que recoge tradiciones populares. Y cuando en 1891 publica Capullos de novela, varios de esos relatos cortos son una recuperación, explicación y exaltación de costumbres populares; por ejemplo, los relatos «El bobo de la feria», «Lo desconocido», «La treta de Martinón»; y, sobre todo, «La boda de Isidoro», narración esta donde el autor va relatando paso a paso el inicio de los amores de un chico y una chica en pueblos de la montaña de León, la petición de mano, la preparación de la boda, la misa y todos los ritos y celebraciones en torno a ello, incluidos versos:

Salga, señor cura, salga,

que está la niña en aguarda.

Salga, señor cura, salga,

el del vestido de negro,

que está la niña en aguarda

y también el caballero. […]

Como el agua cristalina

tiene la cara la niña.

Como el agua cristalina,

que corre de losa en losa,

tiene la cara la niña

y un poquito más hermosa (A. Valbuena, Capullos de novela, 1891, 134-135).

O estos otros diálogos que recoge el narrador cuando la comitiva de boda llega a la salida de la iglesia, al acabar la misa. Téngase en cuenta que, en este relato, los novios son de dos pueblos cercanos a Riaño, ella de Los Espejos, y él, de Salio. Escribe Valbuena (ob. cit., 140-141):

En este momento salen de la iglesia y son recibidos con nuevas salvas y nuevos cantares.

Los dos coros de mozas se han convertido en cuatro, y entre todos comienzan una lluvia de flores de que no se libra ni el señor cura.

Del cual la dicen a la novia:

El cura que te ha casado,

el de la ropa de seda

merecía un obispado

por su virtud y su ciencia.

Las de Salio, convidadas por parte del novio, formaban coro aparte; y un tanto atufadas de que las de Los Espejos cantaran tantas divinidades de la novia, comenzaron a alabar al novio como en competencia. A un cantar de las de Los Espejos, que comenzaba con estos versos:

Bien educada la llevas,

da de agradecido pruebas…

Contestaron las de Salio con otro

que empezaba así:

Si la novia está educada,

al novio no le ganaba…

Insistían las de Los Espejos cantando:

Estímala caballero,

que otro la pidió primero.

Estímala, caballero,

bien la puedes estimar,

que otro la pidió primero

y no se la quison dar.

Años después, en su obra Rebojos (1901), se puede calificar de folklore buena parte de los cuentos recogidos, ya que son tradiciones populares, relatos, historias, chascarrillos que se cuentan entre unos y otros en los pueblos de la montaña leonesa. En este sentido, léase por ejemplo «Los maimones», que recoge una broma entre mozos lugareños difundida en varias zonas del país; o «El criado mayor», cuento cargado de sabor popular, costumbres antiguas e incluso el vocabulario de la labranza; o también «El gamonal», relato que trata de la costumbre de recoger esta planta en el monte a principios de julio, destinada a «ir manteniendo los gochos, que no digamos que engordan mucho con ellos, pero se ponen tezosos y lucidos para la venta, si llega el caso» (A. VALBUENA, Rebojos, ILC, 2020, 281). En este relato, leemos fragmentos tan populares, tan hermosos como este:

Al bañar por entero el sol de la mañana las frondosas laderas del valle, el gamonal ofrece a la lejanía un aspecto fantástico. Acá y allá se ven, a través del ramaje, los gamones recién arrancados, cuyas raíces blanquean como la nieve, contrastando con lo verde del fondo… Se ven los bajadores, que en mangas de camisa descienden por los trecheros y vuelven a subir y cruzan de un lado a otro, y aparecen y desaparecen entre la maleza reuniendo los sobacados y haciendo las cargas… Se ven las rozadoras que, habiéndose quitado las galas para no deslustrarlas con el rocío ni hacerlas jirones entre las escobas, quedándose con los zagalejos encarnados, al moverse acompasadamente y erguirse y agacharse sobre el pastazo asoleado y amarillento de las escampadas del monte, parecen amapolas mecidas por el aura en el trigo maduro. Y luego, con la alegría que por todas partes derrama la luz del sol, que en aquellas horas tempranas todavía no sofoca ni quema, la gente se desentumece y se entusiasma, los rapaces se vocean de un cerro a otro, las mozas rompen a cantar alguna tonada nueva, recién traída de otro país, y los mozos sueltan tras de cada cantar un relinchido atronador, que repercute en todos los ámbitos del monte, llenándolos de regocijo y de vida (ob. cit., 285-286).

O unas páginas después, donde aparece el personaje de Antonino y los versos que se le cantan:

Llegó Antonino al sitio destinado por antigua costumbre para tender los gamones, que era donde se reunía la gente para almorzar, y como era el último que llegaba y solo esperaban por él, pues ya estaban allí los almuerzos de todas las demás cuadrillas, comenzaron a sofocarle y a bromear con él, y cada uno le decía la suya. […]

–Ya creíamos que la cocinera se había caído en la lumbre… […]

–O que había ido por vino y había quebrado el jarro, como le decíamos cuando era rapaz…

Antonino

fue por vino,

quebró el jarro

pol camino…

¡Pobre jarro!

¡Pobre vino!

¡Pobre culo

de Antonino! (ob. cit., 290-291).

En Agridulces políticos y literarios II, el capítulo séptimo, titulado «Santiago de Villanófar» (publicado antes en El Heraldo de Madrid, 05/08/1892, 1) es toda una recuperación o descripción de la fiesta o «romería de Santiago, que es casi feria» (Agridulces, II, 87 y ss.):

Por aquí se ven montones de blanca lana, por allí de instrumentos agrícolas de verano, horcas, garios, bieldos; por este lado panderetas y tambores, por el otro quincalla y cristalería; por allá zapatos; por acá cordeles; por esta orilla lienzos y paños, hoces y guadañas; por la otra pipotes de escabeche o cestas de fruta, y por todas partes se oye ese ruido confuso que se asemeja al de una colmena cuando va a enxambrar, formado por el amasijo de las voces desiguales de uno que pregona, otro que regatea, otro que llama, otro que canta. […] Allí lucen las mozas sus sayas de percal rayado, sus chambras blancas con florecillas encarnadas y sus pañuelos de color de rosa. Allí lucen los mozos el traje peculiar de la Ribera: calzón corto de sayal, media de lana blanca como la nieve, cubierta con el botín hasta media pantorrilla, chaleco de estameña azul con ojales negros, desabotonado, y pañuelo a rodete. […] Las castañuelas bien tocadas son el mejor adorno del mozo así vestido, además de ser la alegría del baile. Bien lo da a entender el cantar:

Castañuelas de tejo

con cintas verdes,

más las estima un majo

que un par de bueyes (ob. cit., 91-93).

También en Parábolas (1904) ejerce Valbuena de folklorista, en relatos como «La herencia adelantada», «El río viejo» con ese pastor «viejín» haciendo media mientras cuida el ganado; «El tío Judas», sobre la costumbre de nombrar apóstoles durante la Semana Santa a algunos hombres de los pueblos; o el hermoso «El tamboritero», sobre las tretas de dos tamboriteros para quedarse con el cargo en el pueblo.

Y donde más claramente se dedica Valbuena a la recuperación de tradiciones populares es en su último libro, de 1913, Caza mayor y menor. Podemos pensar en los capítulos «La caza del oso», «La caza del jabalí con nieve», «Las peleas de toros», «Un partido de bolos» y, más aún, «Fiestas y romerías», donde alude a ritos y juegos como la hoguera, la bolera, y donde explica con más extensión tradiciones y costumbres populares como la carrera, el tirar la barra y el aluche, juego este último donde va comentando las principales mañas para derribar al contrario. Y dentro del campo religioso, recoge tres artículos que caben en este apartado: «La Semana Santa en Pedrosa» (publicado primero en La Ilustración Artística, 01/04/1901, pp. 6, 7, 10), «El día del Corpus» (misma revista, 15/06/1903, pp. 4, 6, 7) y «Los Villancicos». Los tres muy en consonancia con el sentir religioso de Valbuena; en los tres actualiza recuerdos de cuando era niño. El que más nos interesa ahora, de cara al folklore y costumbres populares, es el último, «Los Villancicos», pues, además de comentar la tradición, ensayos y narración de cómo se desarrollaba el acto, recoge también varios versos que se cantaban en la Nochebuena. Fiel a su teoría, sí da la impresión de que los versos citados han pasado por la ceranda del recolector, es decir, se ve la mano del redactor, como en su momento comentaba Clarín sobre Valera. En su conjunto, Valbuena, en ese acto de la Nochebuena, recoge 52 versos que vienen a ser un Ramo de Navidad; composición para ser recitada en la iglesia al tiempo que se hace una oferta. Versos entre los que entresacamos:

Alerta, alerta, pastores,

alerta, alerta al momento,

que en un humilde portal

ha nacido el Rey del Cielo

(Caza mayor y menor 2023, 267).

O también:

Alégrense los valles,

oteros y collados,

pastores y ganados,

en grata y dulce unión;

porque sonó la hora

de paz y de alegría,

porque ha llegado el día

de santa redención. […]

Levántate tú, Chamorro;

alza, arriba, Juan Lorenzo…

¿No oís al ángel que anuncia

que ha nacido el Rey del Cielo? […]

Pastores de estos valles,

venid, venid conmigo,

veréis la maravilla

más grande que se ha visto

(ob. cit., 267-269).

E, incluso, Valbuena recoge tradiciones populares asturianas –¡y con qué acierto!– en su única novela larga, de 1899, Agua turbia[4]. En los capítulos IV, V, VI, cuando se está fraguando el atractivo entre los dos ‘enamorados’, la acción discurre en pequeños pueblos del oriente de Asturias, limítrofe con Cantabria, durante los días festivos del Carmen y Santa Marina, al inicio de la segunda quincena de julio. Acuden los jóvenes a las fiestas y romerías, y Valbuena va reflejando los ritos, costumbres y actos de esos días, la vestimenta de las chicas, los tipos de bailes y modo de bailar, los versos que se entonan:

Eres de poco tiempo

y eres hermosa (dos veces).

Para mudar de estado

no hay mejor cosa (dos veces)

(Agua turbia, 54).

O los tan conocidos de «A coger el trébole», o estos otros:

Sal a bailar, buena moza,

menéate, resalada,

que tienes la sal del mundo

y no te meneas nada.

Que la sal del mundo tienes

y menearte no quieres (ob. cit., 56).

[…]

Arriba Manolillo

y abajo Manolé,

de la quinta pasada

yo te liberté.

De la que viene ahora

no sé si podré…

Arriba Manolillo

y abajo Manolé (ib., 57).

[…]

Cantando

los pajaritos

en el verano

de la rama más alta

que tiene el árbol,

decían:

abajo, abajo,

y arriba, arriba,

casarme quiero

contigo, niña;

arriba, arriba,

y abajo, abajo,

casarme quiero

contigo, majo (ib., 58).

O también:

¡Ay! un galán de esta villa,

¡ay! un galán desta casa,

¡ay! él por aquí venía,

¡ay! él por aquí llegaba... (ib., 84).

O este con una verdadera historia incorporada[5]:

Mañanita de San Juan

cayó un marinero al agua,

y el diablo que diera cuenta

de esta manera le habla:

–¿Qué me das, el marinero,

si yo te saco del agua?

–Diez navíos traigo al mar

cargaditos de oro y plata,

y el mejor de ellos te doy

porque me saques del agua.

–No quiero yo tus navíos

ni tu oro ni tu plata;

quiero que cuando te mueras

a mí me mandes el alma.

–El alma la mando a Dios

y el cuerpo a la mar salada… (ib., 85).

¿Que todo esto es folklore, recogida de tradiciones populares? ¿Quién lo va a dudar? ¿Que en ello sí parece intervenir la mano del recolector y del redactor? Es evidente que Valbuena nos da lo que nos quiere dar de esas tradiciones populares. Puede que ‘retocara’ algunas de las cosas que oía o recordaba; pero también es indudable que, en general, se corresponden con la realidad. Incluso en Asturias han visto lo certero de esta recogida de tradiciones de Llanes por Valbuena en Agua turbia, como ya vimos en nota 4: «la descripción que, con mano maestra, nos hace de Llanes y sus fiestas de la Magdalena» (GROSS 1968). Y en la provincia de León, ese arte, esta afición, este acierto de Valbuena al recoger las tradiciones populares está premiado con ser sus libros de relatos (Rebojos, Parábolas, Caza mayor y menor) los más leídos, admirados y reeditados.

8. Volvemos con el tema de las ‘criadas’ como transmisoras de tradición

En la edición facsimilar de Folk-lore de Proaza de Eugenio de Olavarría y Huarte (seudónimo L. Giner Arivau) que en 2009 hace el Muséu del Pueblu d´Asturies, incluye unos interesantes estudios preliminares y unos oportunos apéndices que dan luz sobre varios aspectos de la obra y del folklore. El primer estudio preliminar es de Juaco López Álvarez y se titula «Antonio Machado Álvarez, Eugenio de Olavarría, Rosa Fernández y su Contribución al folk-lore de Asturias»; estudio en el que, entre otros asuntos, habla de cómo se recoge ese folklore.

El problema era cómo acceder a ese pueblo. Los folcloristas eran en su gran mayoría aficionados que ejercían profesiones liberales y que vivían en las ciudades, y, en general, no van a tener tiempo ni dinero para trasladarse al campo a tomar directamente del pueblo los materiales de interés. En cambio, tenían muy próximo el mundo popular urbano y sobre todo tenían dentro de sus propias casas a las criadas, procedentes casi en su totalidad del campo o de los «barrios bajos de las grandes capitales» en los que esa cultura popular estaba muy viva» (ob. cit., XXXI).

Habla, después, Juaco López Álvarez de otras maneras de recoger el folklore, como los cuestionarios y las excursiones folklóricas y recala de nuevo en las criadas.

Siguiendo la idea de que «en todas partes en que haya gente del pueblo, hay Folk-Lore», personas como Machado, que no tenían tiempo ni recursos para moverse más allá del extrarradio de las urbes, ni para hacer un trabajo de campo continuado, recurrirán con frecuencia a entrevistar a las criadas, que serán las informantes por excelencia de los folcloristas europeos del siglo xix (ob. cit., XXXIII).

Y pasa a enumerar «ejemplos de esta relación entre folklorista y criada». Cita, en primer lugar, al folklorista sicialiano Giuseppe Pitrè y la criada Agatuzza Messia (ob. cit., XXXIII). En segundo lugar, dice que «En España […] Aguiló Fuster, recolector de romances populares catalanes, contó en Madrid en 1853 al marqués de Pidal que para obtener romances asturianos «había hurgado en la memoria de una sirvienta de Cangas de Tineo y había copiado de ella varios romances caballerescos que tienen sus similares en los valles pirenaicos»» (ib., XXXIV). Refiere J. López Álvarez, en tercer lugar, el caso de Machado y Álvarez con su criada Francisca (tema central de este artículo). Y habla aún de otro caso, en Asturias: «No es por tanto nada extraño que Eugenio de Olavarría hubiese escrito su trabajo sobre el folclore de Proaza en 1886, únicamente con la información obtenida de una criada. […] Se llamaba Rosa Fernández, era de condición humilde, pues vino a servir a Madrid y solo de lo que sirve se mantiene» (ib., XXXVII-XXXVIII). E introduce, entre esos casos concretos, una opinión general de García Lorca sobre las criadas:

Son las pobres mujeres las que dan a los hijos este pan melancólico y son ellas las que lo llevan a las casas ricas. El niño rico tiene la nana de la mujer pobre, que le da al mismo tiempo, en su cándida leche silvestre, la médula del país. Estas nodrizas, juntamente con las criadas y otras sirvientes más humildes, están realizando hace mucho tiempo la importante labor de llevar el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y los burgueses (cit. por J. LÓPEZ ÁLVAREZ, XXXVI).

Parece, pues, evidente que no era nada anómalo que los folkloristas acudiesen a varias fuentes y métodos de obtener la información que andaban buscando; y una de esas maneras era preguntar a personas de pueblo, a criadas que en algún momento estaban trabajando en sus casas o eran accesibles a las entrevistas o preguntas del recolector. Y también es evidente que García Lorca tiene una opinión positiva, un acercamiento cordial a esas fuentes de información.

El caso es que la polémica de la que venimos hablando está viva actualmente; y sigue levantando rechazo –gran rechazo– la actitud altanera de Valbuena con la criada que informa a Machado y Álvarez. En el BLO, o Boletín de Literatura Oral, n.º extra 1, 2017, 15-77, José Manuel Pedrosa publica «Demófilo y Menéndez Pidal: folclore, antropología y filología (o tragedia y epopeya)». Largo artículo en el que J. M. Pedrosa contrapone las vidas, investigaciones y atención social (y/o política incluso) que se otorgó a Ramón Menéndez Pidal (con sus investigaciones filológicas) y la atención que se dio a Antonio Machado y Álvarez (Demófilo) con sus investigaciones folclóricas. Para Don Ramón – dice el articulista–, todo fueron facilidades y éxito; para Machado, todo fueron desatenciones y fracaso, junto a las muchas críticas.

Y entre esas críticas a Machado, cita J. M. Pedrosa la de Antonio de Valbuena (el artículo de El Imparcial), vertiendo sobre él duras opiniones: «una reseña venenosa», «todo tipo de insultos machistas, de insultos clasistas y de insultos a secas contra la indefensa mujer» (PEDROSA, 48-49). Recoge J. M. Pedrosa una larga cita (una página entera = 8 párrafos); y dice que «Los insultos de Valbuena-Escalada suscitaron afanes emuladores entre algunos desocupados ingenios más». Unas páginas después (ib., 54) insiste:

Para Valbuena-Escalada y sus secuaces, el problema [… es que] una criada no podía ser más que una tonta»; […] en el sistema de valores de Valbuena-Escalada y de los suyos, las condiciones de criada, de mujer, de pobre, de escasamente instruida, eran manchas innatas e irredimibles. Una criada no podía saber nada de nada (ib., 54).

Es evidente que Valbuena, en sus comentarios sobre Francisca, la informante de Machado, escribió algunas expresiones no solo poco acertadas, sino muy inoportunas y ofensivas, como ya antes hemos constatado. De estas desafortunadas expresiones ¿podemos llegar a concluir que «en el sistema de valores de Valbuena-Escalada y de los suyos, las condiciones de criada, de mujer, de pobre, de escasamente instruida, eran manchas innatas e irredimibles»?

Para tratar de entender –que no disculpar– por qué Valbuena aplica a Francisca esas despectivas expresiones («tonta», «tonta de capirote»), es oportuno contextualizarlas, repasando el momento del artículo en el que las utiliza, es decir, el tipo de contestaciones o información que la chica está dando en cada caso al entrevistador.

¡Qué finuras gastan las mozas de Ávila cuando hablan con los folkloristas! Yo comprendo que Francisca si es algo tonta, como me lo está pareciendo desde el principio, diga bacalado, respeuto, diferiencia, y otras cosas al símil, por ponerlo más fino; pero no puedo comprender que ni ella ni ninguna criada castellana hable de sus trenzas de cabello, y no diga trenzas de pelo (Agridulces I, 132).

Donde da la impresión de que Valbuena, cuando dice «algo tonta», a lo que se refiere es a que la chica le parece algo cursi o amanerada.

Es de lo más desdichado que darse puede, ya por la asonancia de cosa, moja y otras de los versos segundo, tercero y cuarto, que ofende al oído; ya porque el pensamiento, en lugar de ser agudo y delicado, es necio, pues no es esencial en las puertas el mojarse cuando llueve, como lo es el cerrarse y abrirse; antes por el contrario, hay muchísimas puertas que aun cuando llueva no se mojan. De suerte que, si realmente Francisca… y aquí se recrudece mi sospecha de que es tonta de capirote, si realmente Francisca recitó este cantar, el autor de los artículos debió de haberle rechazado de oficio.

Ante estas observaciones, el lector piensa que no hay proporción entre lo que dice Francisca (unos versos populares, muy conocidos e incluso ingenuos) y la reacción del crítico (desmedida, exagerada, fuera de lugar). Ahí sí que Valbuena se ha pasado de frenada, como él mismo, en otro momento, dice sobre Francisca. Tenemos la impresión de que la verdadera causa del desasosiego –disgusto, irritación– de Valbuena no está en esos cuatro versos, sino que está en lo que escribe en los párrafos siguientes: «Como debió de haber rechazado o suprimido también, por razones de sana crítica, de buen sentido y de pudor, el cuento o juego de prendas que llama del cura, mamarrachada obscena y sin gracia» (Agridulces I: 136). Juego o cuento que se reproduce en el El Folklore de Ávila (Obras completas, 2087):

Uno de los jugadores hace de cura; otra, del ama del cura; y los demás, cada uno escoge el nombre de una cosa de verdura: uno, por ejemplo, la lechuga; otro, nabos; otros, zanahorias, rábanos, etc.; y luego se dice:

–Una mañana, muy de mañana,

me levanté

y encima del señor cura

me senté.

–Mientes tú (contesta el cura).

–Pues, ¿dónde estaba usted?

(dice la del juego).

–Pues encima del ama.

–Miente usted.

–Pues, ¿dónde estabas tú?

–Pues encima del cogollo.

–Pues mientes tú.

–Pues, ¿dónde estabas tú?

–Pues encima de la zanahoria.

–Pues mientes tú.

–Pues, ¿dónde estabas tú?

Y así continúa hasta que una se equivoca o deja de responder cuando le toca, en cuyo caso da una prenda… (Obras completas, 2005, 2087).

Temática esta que a Valbuena le parecía indecorosa y grosera desde el punto de vista moral, y que ya se venía repitiendo en algunos otros versos citados por Francisca en capítulos anteriores. Como en el cap. III, donde la chica se pone a recordar coplas y dice: «Quién fuera clavo romano, / donde cuelgan el candil, /para verte desnudar / y al otro día vestir». O algo después: «Cada vez que hago la cama, / maldigo la suerte mía; / ¿para qué te quiero, cama, / si no tengo compañía?» (ob. cit., 2066-2067). O esta otra: «Un fraile estaba en su celda / remendando una alpargata; / de cuando en cuando decía: / ¡Si se volviera muchacha!» (ib., 2071). Al puritano y rígido Valbuena le incomodaban e irritaban en gran medida este tipo de versos. Y, sin duda, contra ellos es contra lo que se subleva. Eso es, seguramente, lo que más subyace en el enfado de Valbuena contra la informante Francisca; por lo que, poco después, aclara y reincide:

Y aquí podría insistir en la necesidad de buen criterio para recoger y coleccionar conocimientos y tradiciones populares, en la necesidad de saber distinguir las verdaderas tradiciones, ricas en poesía e idealismo, de las insulseces y bellaquerías del primer tonto o mal intencionado con quien uno tiene ocasión de cruzar la palabra (Agridulces I, 136).

Ese es el pensamiento de Valbuena. Que, por otra parte, no supo valorar el inmenso saber popular y tradicional, y la privilegiada memoria que tenía Francisca; aspectos todos ellos mucho más dignos de alabar y ensalzar que de censurar. Alabanzas a la informante que, sin duda, Machado y Álvarez ve reflejadas y se identifica con ellas, en una de las coplas que le dice la misma criada de Ávila:

Vale más una criadita

arrimadita al fogón,

que todas las señoritas

cuando van de polisón (MACHADO Y ÁLVAREZ, ob. cit., 2095).

Actitud de respeto del folklorista, que mantiene durante todas las entrevistas y diálogos con Francisca. Y si es verdad que hay algunos momentos en que acude a expresiones algo más familiares o coloquiales, lo cierto es que Machado siempre conserva el decoro:

–Vamos, no seas tonta y repite lo que estabas cantando (MACHADO Y ÁLVAREZ, ob. cit., 2055);

–…si Francisca no me ha metido una trola (o dicho mentira)… (ib., 2062);

–Francisca, ya que nos la has pegado, dinos, para consolarnos del fracaso, algunos juegos o algunas cancioncillas… (ib., 2085);

–[están hablando de pájaros; Francisca hace una larga enumeración, hasta que dice]: «…y chorlitos, que anidan en los árboles»; momento en que el folklorista exclama: «–¡No tienes tú mala cabeza de chorlito!» (ib., 2103).

Como dato accesorio pero significativo, se ha de tener en cuenta que Antonio Valbuena tenía motivos para conocer el entorno y el modo de ser de las chicas que ejercían de criadas. Era nacido en un pequeño pueblo de montaña en una familia de pequeños agricultores con algo de ganado. Tenía varios hermanos y hermanas en el pueblo, y sobrinos y sobrinas, y vecinos, y vecinas. Aunque él residiera muchas temporadas en Madrid, tenía su anclaje en el pueblo, donde desde niño conocía a todos los vecinos, a todas las chicas y chicos, y personas mayores, y ancianos. Pueblo donde se crio todo el tiempo los primeros años de vida, hasta irse a estudiar; y donde vivió los últimos decenios de su vida; y a donde volvía cada verano, cada vez que tenía unas semanas de descanso… Es decir, que Valbuena conocía a la perfección la vida del pueblo, la gente del pueblo, el sentir del pueblo, los dimes y diretes del pueblo, las tradiciones del pueblo, las virtudes del pueblo, los defectos del pueblo, todo tipo de personas del pueblo, incluidas chicas que hacían o podían ejercer de criadas en las ciudades… Lo que quisiéramos creer es que Valbuena habla contra una chica, Francisca, pero no contra las criadas en general, ni contra las chicas pobres que, del pueblo, han de ir a servir a la ciudad. Le cae mal Francisca por algunas contestaciones que ella le da a Machado, por un cierto aire de afectación o de sabidilla que le atisba a veces, por los versos –en la mente de Valbuena– algo impúdicos o indecorosos que recita al folklorista; pero no le pueden caer mal las criadas en general, las chicas jóvenes, las laboriosas mozas que van al campo, que laborean en las casas de los pueblos o en las ciudades[6].

De manera que, dando otra vuelta de tuerca, nos parecen totalmente inapropiadas e injustas las palabras (tonta, tonta de capirote) que Valbuena aplica a Francisca, así como también es inadecuado cierto aire de superioridad que se respira en algunas otras expresiones o afirmaciones del crítico. Pero ya con los datos a la vista, dejamos que sea el lector quien forme su opinión sobre la aseveración de J. M. Pedrosa: «En el sistema de valores de Valbuena-Escalada […], las condiciones de criada, de mujer, de pobre, de escasamente instruida, eran manchas innatas e irredimibles. Una criada no podía saber nada de nada». J. M. Pedrosa parte de una concepción y valoración muy diferente de los tipos de saberes populares. Precisamente, él es quien hace la Presentación o estudio preliminar al Cancionero secreto de Asturias, 2005, y empieza con este párrafo:

Secreto de caleya, o a voces, o con chirimías, es el que se hace de lo que es público y notorio. El cancionero popular tiene sexo. El cancionero popular es erótico, lúbrico y concupiscente; pero estas cualidades no se suelen reflejar en los cancioneros al uso. Por razones obvias, las recopilaciones y antologías de los folkloristas y musicólogos que nos precedieron han evitado cuidadosamente aquellas canciones que pudieran ser escuela de destemplanza, incentivo de lascivia y ejemplo de deshonestidad. Sin embargo, y desde una perspectiva actual, difícilmente se puede aceptar que las pulsiones más íntimas e inalienables del ser humano, como la alegría, la risa, el amor, el deseo o el placer sexual, hayan de ser silenciadas de manera sistemática, desterradas de nuestras conciencias y confinadas al cuarto oscuro del folklore (ob. cit., 9).

Y ya hemos visto que Valbuena está en el polo opuesto. Para él, sin duda ninguna, bastantes de los 754 textos o 248 páginas del Cancionero secreto asturiano –que Pedrosa prologa y, sin duda, defiende– hubieran merecido la calificación vista más arriba: «las insulseces y bellaquerías del primer tonto o mal intencionado con quien uno tiene ocasión de cruzar la palabra» (Agridulces I, 136). Son concepciones diametralmente opuestas sobre lo que sí o no se debe recoger del saber popular; y sobre lo que sí o no es conveniente para reflejar en un libro sobre folklore. Desde esos sus puntos de vista, A. Valbuena insulta indebida e injustamente a una criada que no siempre dice lo que él quiere que diga; y J. M. Pedrosa deja al descubierto y abulta las salidas de tono e insultos de Valbuena, al no tratar bien a la criada informante.

9- Conclusión

Sobre la polémica Antonio Valbuena <-> Machado y Álvarez, y todas sus ramificaciones, podemos ir ya resumiendo y anotando algunas conclusiones:

1.- Eran los inicios del desarrollo del folklore. Antonio Machado y Álvarez, gran aficionado a descubrir y divulgar las tradiciones populares, estaba poniendo una enorme ilusión en recoger y difundir todo lo que llegaba a su conocimiento; y, ante la inmejorable ocasión de tener en casa una gran informante de tradición, la criada Francisca, de Ávila, le va haciendo preguntas, a las que ella responde con su enorme saber y sabor popular. Material que Machado va publicando en nueve artículos en el periódico El Progreso en abril y mayo de 1884, con el título El Folk-Lore de Ávila.

2.- Antonio Valbuena, que había colaborado extensamente pocos meses antes en dicho periódico, conoce esta publicación de Machado, y el 14-07-1884 saca a la luz en Los Lunes de El Imparcial un artículo, titulado «Un cuarto a espadas», con algunas alabanzas al folklorista, y también con bastantes censuras: unas de tipo lingüístico y gramatical, otras de tipo cultural, otras de tipo moral, e incluso algunas de tipo personal, contra la informante Francisca. Y llega a afirmar que, al ser producto de una sola informante, dicha obra más que el folklore de Ávila le parece el folklore de Francisca.

3.- A dicho artículo censurador de Valbuena, contesta Machado y Álvarez, con otro en El Globo, el 16-08-1884. En él mantiene un buen tono, agradece los escasos elogios que le había dedicado el crítico, y contradice las censuras exponiendo sus puntos de vista con amplias explicaciones y ejemplos. Y acaba recomendando a su oponente que, en cuanto al tema del folklore, haga más y critique menos. A la vez que se centra en el desacuerdo principal: Valbuena defiende que, de las informaciones que se reciben de los portadores de tradición, hay que elegir lo bueno, hay que seleccionar, y prescindir de lo otro («insulseces y bellaquerías»); frente a lo cual, Machado explica que hay que recoger todo, pues si ya pasa por la selección del folklorista y solo se recoge lo que él decide y como él lo presenta, ¿para qué recoger las costumbres del pueblo?

4.- La cuestión se complica porque, en su artículo, Valbuena vierte algunas expresiones ofensivas contra la informante de Machado, la criada Francisca, a la que llama «tonta», «tonta de capirote» y algunas otras frases poco favorecedoras de dicha chica.

5.- Contra esta postura –con esas insolencias– de Valbuena, se han levantado recientemente algunos comentaristas, como J. M. Pedrosa, quien escribe duras palabras contra el criticador de la criada Francisca: «Para Valbuena-Escalada y sus secuaces, el problema esencial era que no aceptaban que pudiera ser legítimo el conocimiento, ni siquiera el conocimiento del folclore, que pudiera tener una criada, por la sencilla razón, que recalcan sin complejos, de que una criada no podía ser más que una tonta» (PEDROSA 2017, 54).

6.- Ante estas afirmaciones, da la impresión de que el problema se ha polarizado. Frente a la prudencia de Machado y Álvarez en su contestación a Valbuena, en el mismo 1884, el crítico actual lleva mucho más allá su ataque a Valbuena. De manera que si es cierto que Valbuena usó algunas expresiones ofensivas contra Francisca, ahora J. M. Pedrosa realiza afirmaciones no sé si defendibles contra Valbuena.

7.- En todo caso, y como diría Machado y Álvarez, mientras hablamos de ello, hablamos de folklore, que es lo importante. Y, además, con el análisis de la polémica y del tema en general, vamos ampliando nuestro conocimiento del estado de la cuestión en los últimos decenios del siglo xix: inicio de recogida de tradiciones populares, dudas sobre cómo hacerlo, gran ilusión en algunos, censuras en otros. Y conocemos más a los dos protagonistas de este artículo: Machado y Álvarez, heroico (aunque no del todo exitoso) iniciador, propulsor, recogedor de costumbres populares; y Antonio Valbuena, también gran recolector de tradiciones populares en muchas de sus obras, con una concepción distinta de los saberes del pueblo y también con una idea diferente sobre lo que, de esos saberes populares, había que trasmitir al público. Él, con un fuerte componente de rígida religiosidad y de severa moralidad, evitaba y predicaba evitar aquello que tuviese alguna cara menos moralizante. La literatura debía transmitir enseñanzas. Y, para Valbuena, lo que no llevaba ese camino era detestable. De hecho, como vimos más arriba, también Clarín, bastantes años más tarde (cf. Madrid Cómico 25/07/1896), detestaba «las chocarrerías y aun indecencias del vulgo».

8.- Y, además, nos podemos seguir planteando algunas preguntas que flotan en la polémica:

Los estudios sobre folclore y tradiciones populares son muy complejos, en ellos ha habido de todo, y cada vez se tornan más exigentes, siendo fundamental –pero no único– el llamado ‘trabajo de campo’. ¿Pero es siempre posible ese trabajo de campo? ¿Podemos o debemos prescindir de todo otro tipo de información, como las encuestas a distancia, las informaciones epistolares, las preguntas a un solo informante, por muy casual que sea?

La polémica entre Valbuena y Machado Álvarez fue solo un peldaño, un pequeño desencuentro en el largo camino de la recolección de los más diversos testimonios de cultura popular. Y, en todo caso, para conocer el folclore de Ávila, a lo mejor las respuestas de Francisca no eran suficientes, pero sí eran muy significativas. Y leído el libro, los nueve capítulos o contestaciones de la chica, es evidente que era una maravillosa portadora de tradición; y que sabe transmitir sus saberes ante las preguntas del entrevistador o folklorista. Buena labor hizo Machado Álvarez en publicar dicha información. Y ciertamente, ella no era ‘tonta’, y menos aún, ‘tonta de capirote’. Ojalá hubiera muchas informantes como Francisca.




BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1] De Machado y Álvarez hace un retrato muy positivo su contemporáneo y amigo Eugenio de Olavarría y Huarte (el autor de Folklore de Proaza) en El Progreso, 15-10-1884: «Ninguna personalidad literaria más definida que la suya; se sabe lo que quiere y a donde va […]. Quiere hacer el Folk-Lore, obra buena a la cual dedica, no ya sus ocios, sino su vida toda entera. […] Se engañaría profundamente el que creyera encontrar en el mundo un medio que apartase a Machado de su camino: mucha es su fe, pero con serlo tanto, no le cede en fuerza la voluntad. Hay en él gérmenes de tenacidad incalculables. Es de la madera de que salen los inventores, los descubridores, los que traen a la sociedad en que viven una palabra nueva, una nueva fórmula de vida, un secreto robado a la naturaleza o una ley arrancada a la creación. Inaccesible a la codicia, fuerte y enérgico para sufrir contrariedades, no desmaya jamás […]. Optimista por naturaleza y por temperamento, ve solo el lado bueno de las cosas. Cuando alguno lo ataca, no piensa en las heridas que pueda haber sufrido; agradece el ataque, porque cree que sirve a la idea. «Me atacan –dice– pero al atacarme hablan de Folk-Lore y reconocen su importancia. Va bueno”. A un hombre así, que por sacrificarlo todo sacrifica hasta su amor propio, no se le puede vencer» (cit. en Folk-lore de Proaza, ed. facsimilar 2009, el apéndice, de Eugenio de Olavarría y Huarte, «Reseña de “Estudios de Literatura popular por D. Antonio Machado y Álvarez”», p. 40).

[2] Valbuena en estos momentos de 1884 está deseoso de ‘darse a conocer’, de saltar a la fama. Acababa de publicar los Ripios aristocráticos en El Progreso, se había despedido poco antes de El Siglo Futuro donde publicaba «Política menuda» sin firmar, y ahora quiere colaborar en periódicos más importantes, como El Imparcial. Acaso con esta ‘réplica’ al libro de Machado vio la ocasión de ‘dejarse ver’ en medio tan importante. Pronto lo van a fichar (mayo 1885) en ese periódico para su larguísima serie de «Fe de erratas». Y él mismo, en el artículo XXIV contra el diccionario, del 15/11/1886, explica así las cosas: «Aunque el Sr. Gasset y Artime […] solía […] pedirme artículos literarios para Los Lunes, jamás se los hice. Cuando publiqué el primero fue porque necesité enmendar los errores gravísimos que sobre historia, monumentos y costumbres de Ávila había divulgado un apreciable folklorista» (VALBUENA, Fe de erratas I, 241).

[3] Es bastante decepcionante que un hombre como Valbuena, tan amante y conocedor de lo popular, no supiera ver el valor, memoria, inteligencia de esta informante de Machado. No lo supo ver en 1884, cuando escribió ese artículo y estaba empezando su trayectoria de escritor; pero tampoco lo vio mucho más tarde, cuando ya casi la estaba terminando. En Notas gramaticales. El LA y el LE, de 1910, en el Apéndice 2.º, p. 91, todavía insiste Valbuena sobre el libro de Machado: «En aquellos artículos del Folk-lore de Ávila leí la primera vez un le en dativo de plural. La criada del articulista, una Francisca muy imbécil…».

[4] La pintura que en Agua turbia hace Valbuena de las costumbres y tradiciones de esta zona de Asturias ha tenido el visto bueno desde el mismo Llanes, pueblo al que principalmente se refiere la novela. Rodrigo Gross, en el Número especial del Centenario de El Oriente de Asturias, marzo 1968, escribe el artículo «Llanes y las Fiestas de Santa María Magdalena en el siglo pasado»; artículo donde comenta la pintura que Valbuena hace de Llanes y sus fiestas, y donde inserta esta afirmación sobre la novela: «Poco interesante y muy comentada la novela en este Concejo, queremos tomar de ella la descripción que, con mano maestra, nos hace de Llanes y sus fiestas de la Magdalena».

[5] Este poema lo leemos, con algunas variantes, en Folklore de Proaza, 161. «Mañanita de San Juan / cayó un marinero al agua. / –¿Cuánto me das, marinero, / porque te saque del agua? / –Doite todos mis navíos, / todo mi oro y mi plata, / y a mi mujer que te sirva, / y a mis hijas por esclavas. / –Yo no quiero tus navíos, / ni tu oro ni tu plata, / ni a tu mujer que me sirva, / ni a tus hijas por esclavas: / quiero que cuando te mueras / a mí me entregues el alma. / –El alma [pone agua, por errata, sin duda] la entrego a Dios, / el cuerpo a la mar salada, / y el corazón que me queda, / a la Virgen soberana». También lo recoge el Cancionero secreto de Asturias, 196-197; donde aparece al final una variante, con dos versos acordes al sentir general de dicho ‘cancionero secreto’.

[6] Sí hay que reconocer que se encuentran en Valbuena algunas otras referencias poco halagüeñas a criadas. En el Prólogo a Rebojos (2020, 50) leemos: «Un académico de los primitivos tenía una criada muy bestia, que se llamaba Gonifacia, según ella decía…». En el mismo libro, en el relato «El nuevo sistema», aparece una criada que no controla el nuevo sistema métrico decimal, y por ello hace en la tienda pedidos absurdos como un metro de carne. Pero incluso en este caso la llama «afligida muchacha» o «pobre chica» (ib., 280). Por otra parte, también hay que dejar constancia de que hay otros relatos de Valbuena donde las chicas salen muy bien paradas; chicas del pueblo, de pueblo, con pocos estudios o ninguno, y que son habilidosas, divertidas, ingeniosas o también repipis, resabidas o petulantes, pero no «tontas de capirote».



¿El folklore de Ávila o el folklore de Francisca? Antonio Machado y Álvarez «Demófilo» y Antonio Valbuena enfrentados ante la recogida de tradiciones populares

SERRANO SERRANO, Joaquín

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 535.

Revista de Folklore

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