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Revista de Folklore número

534



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Muertos vivientes en el Siglo de Oro. De los convidados de piedra a los aparecidos nórdicos

PRADO CORONEL, Javier

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 534 - sumario >



1. Los (malos) muertos que vuelven: calaveras burladas y estatuas parlantes de la tradición española

Que los muertos pueden volver del más allá para mostrarse ante los vivos es una creencia prácticamente universal. En la tradición occidental, y más concretamente en los países cristianos, las almas regresaban por motivos que iban desde la resolución de asuntos pendientes o la ayuda de algún familiar a la penitencia por los pecados cometidos durante la vida. Pero también se creía en otro tipo de difuntos con intenciones más aviesas y peligrosas. Muertos dañinos que a lo largo del tiempo y el territorio han recibido diversos nombres (revenant, vrykolakas, upyr, strigoi…) y que hoy podrían englobarse en los homogéneos conceptos de «zombi» o «vampiro». Sus características varían según la zona, pero todos son descritos como seres terroríficos y agresivos, a menudo cadáveres corpóreos que atacan a los vivos y pueden llegar a provocarles la muerte.

Si acudimos a España parece que la figura de este muerto dañino, de haber existido alguna vez, fue combatida y borrada de la memoria popular. Nuestro folclore incorpora una gran cantidad de figuras fantasmales, pero estas suelen ser etéreas e inofensivas. A lo sumo, las apariciones pueden servir como aviso o presagio de muerte inminente, ejerciendo violencia directa contra los mortales en muy raras ocasiones.

Uno de los pocos rastros de difuntos peligrosos en la tradición española lo encontramos en los «convidados de piedra», conservados en la memoria popular gracias a su presencia en la tradición donjuanesca iniciada por Tirso de Molina y Andrés de Claramonte a principios del siglo xvii. En la comedia barroca de El Burlador de Sevilla o Tan largo me lo fiáis se nos presenta a muertos resucitados bajo la forma de estatuas de piedra, efigies del difunto que coronan la sepultura y que cobran vida para vengarse del galán que se burla del muerto ante la propia tumba. Sin embargo esta figura, recuperada en multitud de composiciones posteriores, procede de una tradición oral previa de romances y leyendas populares. La historia arquetípica nos habla, al igual que las obras literarias, de un joven que ofende a un muerto, bien sea burlándose ante la tumba del fallecido o dando una patada a una calavera que encuentra en un camino. En ambos casos, y como chanza final, suele invitar al difunto a cenar a su casa. De este modo, esa misma noche, el difunto se presenta en el hogar del protagonista y se sienta a la mesa, para espanto y horror del galán. Al final de la cena invita al joven a comer en «su casa», normalmente localizada en el sepulcro de una iglesia o cementerio, augurando una gran desgracia si no acude. El galán no tiene más remedio que ir y, una vez allí, descubre que la intención del difunto es matarlo o arrastrarlo hasta el infierno, pero se salva por las reliquias religiosas que lleva encima o por una buena acción realizada durante el camino (dar limosna a un menesteroso, por ejemplo). Esta narrativa aparece en relatos previos al Don Juan de Tirso y Claramonte extendidos por la tradición de todo el continente europeo[1]. En la mayoría de historias, eso sí, el convidado sobrenatural no se presenta bajo la forma de estatua fúnebre, sino directamente como una calavera o esqueleto. El porqué de esta transformación, prácticamente el único cambio entre el relato tradicional y el literario, pudiera obedecer a un intento de «esconder» la naturaleza más descarnada del retornado mediante una imagen suavizada y posiblemente inspirada a los autores barrocos por las estatuas vivientes y autómatas de los textos clásicos[2].

Y para entender el motivo de este ocultamiento hay que aclarar que las creencias en muertos iracundos no solían ser bien vistas por las autoridades religiosas. El medievalista Claude Lecouteux habla de «aparecidos disfrazados», difuntos de la tradición oral cuya naturaleza fue modificada por diversos autores a lo largo de los siglos, convirtiéndose en demonios o monstruos[3]. A este respecto el cristianismo, y muy especialmente el catolicismo, tuvo especial interés en controlar tales creencias paganas asentadas en la mentalidad del pueblo; que los muertos pudieran volver y atacar a los vivos no era algo que se ajustara fácilmente a su sistema de creencias. Por tanto, la explicación que suele darse a estos retornados corpóreos y malintencionados en los antiguos textos europeos es que son cadáveres reanimados, sí, pero por la acción del diablo[4].

Los convidados sobrenaturales españoles no tienen tintes diabólicos, pero su naturaleza sí está completamente cristianizada: resulta revelador que el difunto de los romances diga a veces que posee «licencia de Dios» para hacer lo que quiera con el caballero,[5] recalcando así que la aparición es solo posible por el previo permiso divino. Con este añadido, que no cambiaba un ápice la furibunda determinación del muerto, se logran varias cosas. En primer lugar, el catolicismo justifica los desmanes de los difuntos autónomos ajustándolos a su paradigma: cualquier portento o hecho sobrenatural, por grande que sea, nunca puede superar el poder de Dios y, por lo tanto, este debe estar enterado del mismo y permitir que se produzca. Por otro lado se filtra en la historia la moraleja ejemplarizante del respeto a los muertos y la importancia de seguir los valores cristianos. No es casualidad que tanto el galán de la tradición como luego Don Juan se presente como un hombre disoluto, juerguista e indolente (el romance tradicional suele decir que el protagonista no acude a la iglesia por cristiana devoción, sino buscando intimar con las damas que acuden a misa[6]), por lo que este lance sobrenatural sirve para enderezar su camino y convertirlo en un caballero modélico y religioso.

Fue de esta forma como los convidados sobrenaturales sobrevivieron al paso de los siglos, siendo los únicos aparecidos «peligrosos» que pueden encontrarse en leyendas populares españolas hasta bien entrado el siglo xx. Aunque existen también unos pocos textos, coetáneos a los primeros donjuanes y no especialmente divulgados, que emparentan a estas estatuas y calaveras con esos malos difuntos de otras creencias europeas. Personajes igualmente malintencionados pero enormemente violentos que, aunque sin duda moldeados por el catolicismo, lograron burlar la «poda religiosa» y conservar unas características tan particulares como inauditas en la literatura ibérica.

2. El cadáver del ladrillero (¿1618?)

Hubo en Córdoba una serie de copias manuscritas que narraban hechos raros, curiosos e insólitos. La obra original está datada a principios del siglo xvii y algunos señalan como autor al jesuita Sebastián de Escabias, pero lo único que sabemos con certeza es que estos Sucesos y cosas notables de la ciudad de Córdoba fueron copiados y distribuidos en los siglos bajo distintos nombres: Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba, Casos notables de la ciudad de Córdoba, Casos especialísimos de Córdoba...[7]

El texto de todos ellos presenta mínimas variaciones y da cuenta de más de ochenta sucesos impactantes, macabros o fabulosos acaecidos en la ciudad andaluza: crímenes y muertes, actos de la Inquisición y, lo que más nos interesa en este artículo, hechos sobrenaturales protagonizados por duendes, demonios y almas en pena. Podemos encuadrar esta compilación dentro del popular género de las misceláneas, obras de entretenimiento que abordaban temas y hechos de diversa índole con una estructura de episodios independientes. Más concretamente entraría en la categoría de los llamados centones, de similar concepción pero centrados en un territorio o localidad concreta. Sus autores tendían a ser hidalgos o religiosos que ponían por escrito cuentos, rumores y hechos curiosos, generalmente recogidos de boca del pueblo llano o en los sermones en las iglesias, para luego distribuir dichos relatos en libretos de mayor o menor éxito, imprenta mediante en los casos afortunados[8].

De todos los episodios fabulosos recogidos en el centón cordobés, nos centraremos en el relato correspondiente al suceso 22, el cual comienza con el subtítulo «Síguese la conversión de un caballero de Córdoba, nunca vista»[9]. Se habla aquí de Fernando de Cárcamo, hombre que como los donjuanes tradicionales y literarios posee una posición social elevada y unos comportamientos no muy cristianos, pues pese a su linaje noble habitualmente «(...) se entretenía en gustos y pasatiempos paseando de noche con otros maleantes». Cierta madrugada, solo e incapaz de encontrar a alguno de sus compañeros de juergas, Fernando deambula por el campo cordobés, al que ha accedido por un hueco en la muralla cercana al convento de la Merced. De pronto oye «(...) unos gemidos tan tristes y dolorosos, que espantaran al hombre más valiente del mundo, por ser tales y en el peso de la noche y por estar solo y en aquel campo». Venciendo al miedo, decide descubrir su origen y sigue el sonido hasta un corral cercano al convento, donde halla a una mujer llorando desconsoladamente mientras amortaja el cadáver de un hombre. La mujer explica a Fernando que el muerto es su marido, ladrillero de profesión, el cual ha muerto repentinamente durante la noche. Apiadándose de la mujer, el noble la consuela y accede a velar el cadáver mientras ella se dirige a realizar las gestiones necesarias para el entierro.

El cuerpo es entonces sacado al patio «(...) por que no huela mal, que era verano y hacía mucho calor» y la mujer abandona la casa. Y así, mientras Fernando de Cárcamo se encuentra solo junto al cadáver, tiene lugar el hecho sobrenatural:

En este tiempo estaba don Fernando guardando el muerto sentado a la gradilla del corral, que estaba entre el difunto y el aposento, y encomendándolo a Dios. Estando en esto, el muerto se levantó, y comenzó a mirar al caballero; levantóse luego como un viento, y fuése para don Fernando con las manos abiertas. El pobre caballero, más muerto que vivo, hizo lo mismo, y pareciéndole cobardía acometerle con las armas que el otro no tenía, y procurando apartar de sí al difunto, se defendía no dejándole llegar a sí, aunque fué en vano, porque el difunto le asió, y de esta manera comenzaron a bregar terriblemente más de una hora, hasta que ya el don Fernando, cansado y molido, comenzó a desfallecer y a faltarle el resuello y el ánimo; tanto, que estaba ya para espirar; y todo esto se hizo sin hablarse una palabra el uno al otro. Duró la lucha una hora, y poco antes que viniera la mujer se apartó el difunto y se fué paso a paso al lugar donde primero estaba. El buen don Fernando hizo lo mesmo, sentóse en su gradilla con harto cuidado si se había otra vez de levantar el difunto. A esta hora eran las tres de la mañana, y llegó la mujer, dejando negociado todo lo que era menester para el intierro. Ella agradeció a don Fernando la buena obra que había hecho, y que Dios se lo pagará, pues ella no tenía fuerzas para ello. El caballero la consoló, y sin decirle nada, la dió todo el dinero que llevaba, para ayuda del intierro; y con esto se fué, porque venía el día [10].

Tras el terrorífico lance, y como viene siendo habitual en las historias y romances españoles, Fernando toma el hábito de san Francisco y se convierte en un religioso querido y respetado por los cordobeses. Su arrepentimiento se tradujo en una vida dedicada a la oración y la penitencia; esta última era tan intensa que sus propios compañeros de convento le pedían suavizarla, pero Fernando

Solía decir, cuando le rogaban que moderase la penitencia, que le dejasen, que era el tiempo leve y no sabía la cuenta que había de dar a tan riguroso juez de sus muchos pecados, con la obligación que debía a Dios por tantas mercedes como le había hecho, y que la causa de tanto rigor como usaba con su cuerpo era el traer siempre aquel difunto delante de los ojos, y que pues Dios le había librado de aquel riguroso trance y le daba vida, le quería ser agradecido a un beneficio tan señalado. Oyendo esto sus prelados, le dejaban en este estado de penitencia tan continua[11].

Termina el relato diciendo que, a la muerte de Cárcamo, el convento se llenó de gente que buscaba besar el cuerpo o conseguir alguna reliquia relacionada con el virtuoso fraile, hasta el punto de que algunos llegaron a recoger tierra de la sepultura en sus pañuelos.

Si el texto fue redactado a principios del xvii es de suponer que la fabulosa historia de Cárcamo, tratado en todo momento como personaje histórico, se situaría en algún momento del siglo xvi o antes. Ramírez de Arellano, quien reproduce el caso de forma lírica en sus Romances histórico-tradicionales de Córdoba, señala el siglo xv. Su versión es idéntica a la ya narrada, con la sutil diferencia de que el hombre no muere repentinamente, sino tras una larga enfermedad de varios meses[12]. El mismo autor añade en otra obra, por si quedara alguna duda del portentoso hecho, que el cura y el médico que acompañan a la mujer del difunto cuando vuelve al corral certifican que el hombre está completamente muerto[13].

Posiblemente Arellano, quien disponía de un manuscrito de los Casos notables, se basó en la fuente escrita para plasmar el episodio en sus obras. Pero tampoco es descartable que la historia aún se narrara de manera oral hasta finales del siglo xix o principios del xx. No sabemos si aportando detalles de tradición popular no recogida en otros textos o inventándolos para embellecer y dotar de mayor coherencia a la historia, Marcos Rafael Blanco Belmonte escribió su propia versión a finales del siglo xix. La sucesión de acontecimientos es más escueta pero casi idéntica a la historia anterior, con la diferencia de que Fernando de Cárcamo habría yacido con la viuda cuando el marido aún vivía, siendo este agravio la razón por la cual el muerto resucita para vengarse. De nuevo, el cadáver está a punto de acabar con la vida de Cárcamo, en este caso estrangulándole, pero se detiene y vuelve a su estado inerte cuando la viuda retorna junto a algunos vecinos. Aquí aparece una prueba fehaciente de la lucha, pues la marca violácea de la mano del muerto queda impresa en el cuello de Fernando, permaneciendo visible hasta el día de su muerte como hombre santo[14].

Analizando los elementos de este relato vemos que el esquema es muy similar a la historia del convidado sobrenatural: un caballero despreocupado y libertino tiene un encuentro nocturno con un difunto en el que se salva por los pelos de morir, lo cual le hace rectificar su rumbo y convertirse en un hombre devoto. La inquietante cena y posterior marcha al sepulcro, donde el muerto aguarda al galán para arrastrarlo al infierno o acabar con su vida, es sustituida por un trance mucho más crudo: una pelea física y brutal, sin discursos por parte del muerto o moraleja cristiana directa. Y curiosamente este no es el único texto donde encontraremos una escena similar.

3. El barón de Ampurde (1626)

En el año 1626 se publica Varia fortuna del soldado Píndaro, escrita por el talaverano Gonzalo de Céspedes y Meneses (1585-1638). Se trata de una novela poco común, pues presenta una historia de picaresca y aventuras rocambolescas bajo la forma de la autobiografía de un soldado ficticio. Su estructura podría recordarnos a las misceláneas y centones antes mencionados, ya que durante el desarrollo de la trama principal se intercalan breves historias paralelas que los personajes rememoran o narran por diversos motivos (algo habitual en la literatura de la época)[15].

Una de estas digresiones relata un suceso sobrenatural bastante similar al del cadáver cordobés, si bien ahora nos situamos en la ciudad de Granada del año 1569, en plena Rebelión de las Alpujarras. El protagonista de la narración es el capitán Alonso de Céspedes, militar histórico que luchó contra los rebeldes moriscos y que aquí se halla en la ciudad andaluza ante su inminente participación en la contienda. Una tarde apacible se topa con una misteriosa mujer cubierta con un manto que se presenta como sirvienta de dos damas que arden en deseos de conocer en persona al bravo caballero. Céspedes no pone objeción y acompaña a la mujer hasta la iglesia de San Cristóbal, en el barrio del Albaicín, donde esta indica al caballero que espere. Lo repentino y extraño del asunto no es suficiente para disuadir al capitán de acudir a tal cita, más aún cuando la ventana de una casa cercana se abre y aparecen dos hermosas jóvenes que le lanzan una cuerda para que suba a verlas.

Pero cuando Céspedes penetra en la casa, todo toma un cariz mucho más oscuro. Como por arte de magia, las paredes se juntan y tapian la ventana por la que el capitán acaba de entrar, dejándole completamente encerrado en una sala sin ninguna otra abertura. El lugar es descrito como una sala larga y ancha, «(...) vestida de presagios funestos, paños y bayetas oscuras»[16]; y esto no es lo más siniestro, pues en el centro hay un ataúd cubierto por un tapete negro y flanqueado por velas encendidas. Ante el lúgubre panorama, Céspedes se dispone a salir de allí por cualquier medio, preparado a usar sus armas para sacar los ladrillos si es necesario. Pero, antes de que pueda hacer nada, se obra otro terrorífico prodigio y del ataúd emerge un escalofriante personaje:

(...) dando tristes gemidos vio que yva poco a poco saliendo della un espantoso hombre, y doile tales títulos no porque su persona fuesse monstruossa o desigual a los demás comunes, sino por el prodigio lastimoso que representavan en su cuerpo infinitas heridas, de las quales venía acrevillado y roto, desde el pálido rostro a la punta del pie. Supenso quedó el animoso Céspedes viendo tan impensado y sangriento espectáculo; pero sin querer impedírselo, esperó a que se levantasse y el fin de su salida. No estuvo mucho tiempo en semejante duda, porque el horrendo güesped, en puniéndose en forma, bolviendo al capitán la encarniçada vista y notando su grande suspensión, con ronca y triste voz le dixo desta suerte:

—¿Qué miras, arrogante español? Abre mejor los ojos y conóceme, que aun tienes causa y obligación de hazerlo. Obras son de tus manos las que tienes delante; golpes son mis heridas de tu inhumanidad y rigor bárbaro. Yo soy, yo soy aquel francés varón de Ampurde, a quien impío y cruel diste en París la muerte. Allí te pedí entonces la vida de merced, y no quisiste dármela; confessión te pedí, y no me concediste término para hazerla. Grandemente irritaste la justicia divina; tales echos y actiones la están clamando siempre por vengança; mas mientras esta llega, librada en las moriscas lanças de las vezinas Alpujarras, no estemos assí los dos ociosos, vengamos tú y yo otra vez a los braços, quizá podrán los míos, despedaçados y sangrientos, executar aora lo que sanos y enteros no pudieron entonces [17].

Este barón de Ampurde es, como él mismo explica, un noble francés que se batió contra Céspedes en París y fue asesinado «crudamente» por el español, tal y como se relata unas páginas antes («(...) y digo crudamente, porque aunque se le rindió y pidió de merced la vida, o tiempo para se confessar, no se lo concedió su indignación y cólera; antes, a puñaladas, dando salida al alma, puso su salvación en contingencia, y en opinión su buen crédito y fama»).[18] En este sentido el terrible cadáver encaja en la categoría de los convidados sobrenaturales, a la manera de muerto vengativo que se presenta como instrumento de la justicia divina para hacer pagar al vivo por sus pecados. Pero ahí acaban las similitudes, puesto que el barón no se limita a aterrorizar a Céspedes o tratar de arrastrarlo consigo al infierno, sino que inicia una brutal pelea física que, como en el caso cordobés, dura un largo rato:

Con esto, dando un terrible salto, le llevó de boleo, al mismo punto que apagándose las achas dexaron en lóbregas tinieblas el aposento, y el coraçón magnánimo de don Alonso no sin algún horror de tan estraña y temerosa empresa. Flacos y débiles estavan los quebrantados miembros del herido, mas no assí le parecieron a Céspedes sus espantosas fuerças; pues con ser las suyas las mayores del mundo, assí se le postraron y envilescieron como si verdaderamente las ministrara un niño de dos años; mas ¡qué mucho, si es el poder humano tan limitado y corto y el sobrenatural tan disconforme! que no se muestre muy pequeño pusilánime y flaco quando se oponen desta suerte esfuerços prodigiosos y sobrenaturales. (...) Mas demos conclusión a este estupendo caso, en quien dexamos a los dos en desigual contienda; bien que tan porfiada, que por más de tres oras la continuaron igualmente; pero no pudo ser tal el tesón de Céspedes, que al fin como mortal no se rindiesse entre los braços de aquel furioso espíritu; el qual dando con él un espantoso golpe, tendiéndole en el suelo, se desapareció, dexándole sin ningún sentido. Avíanle asta esta sazón esperado sus criados a la puerta de San Cristóval, mas viendo su tardança y recelando algún siniestro caso, se resolvieron a buscarle por diferentes calles; pero siendo superflua semejante diligencia, oyendo aora un espantoso estruendo, y creyendo que algún rayo se desenquadernava de su esfera o que algún edificio se venía al suelo, atemorizados y confusos dexaron lo que hazían y corrieron a ampararse a la iglesia. Mas en aquel instante, viendo caer un vulto de lo alto en sus mismas gradas, no siendo tal fracaso para poder sufrirle, tan recios como yvan bolvieron hazia atrás y dudaron la empresa; pero eran quatro y no todos cobardes, y assí, el que quiso tenerse por más brioso, alentando a los otros los incitó a seguirle, y a que, llegando al temeroso vulto, hallassen que era, en vez de la fantasma imaginada, no menos que su mismo dueño, cosa que les dexó sin ningún discurso [19].

Así tiene lugar el desenlace de la pelea, tan extravagante como el inicio, pues termina con Céspedes cayendo, como por arte de magia, sobre las gradas de la iglesia donde le esperan sus criados. Tras varios días en cama el capitán se recupera y, haciendo caso omiso de la fatal profecía del difunto, quien le auguró que la justicia divina le alcanzaría «(...) en las moriscas lanças de las vezinas Alpujarras», parte a combatir a los moriscos. Y Céspedes en efecto muere, en palabras del autor «(...) despedaçado y molido con las piedras y galgas que le precipitavan de lo alto los moros rebelados de las Albuñuelas»[20].

Cabe señalar que esta lucha con un difunto no sería la única que la literatura atribuye al capitán Céspedes, quien en la época ya era casi un personaje mítico o figura legendaria a la que se atribuían toda clase de hazañas portentosas[21]. Si bien Lope de Vega da cuenta de su descomunal fuerza física en El valiente Céspedes (1625), la lucha contra muertos vivientes vuelve a aparecer en dos obras teatrales posteriores: El Hércules de Ocaña de Luis Vélez de Guevara, publicada entre 1629 y 1630, y otra del mismo título escrita por Juan Bautista Diamante en 1670[22].

La escena es idéntica en ambas: Céspedes se enfrenta al cadáver reanimado de un ventero que encuentra al refugiarse de una tormenta en un solitario mesón de la Mancha. Este lance se inserta aún más en la tradición de los convidados sobrenaturales, pues el arrojado capitán comienza a comer en presencia del cadáver, a quien habla socarronamente, dedica un brindis e invita a sentarse a la mesa. Es entonces cuando el cuerpo se levanta y comienza a pelear con el militar, aunque aquí la lucha es con espadas (probablemente un elemento añadido para dar mayor espectacularidad a la representación teatral) y Céspedes sale victorioso[23].

Centrándonos en los ejemplos de los Casos notables cordobeses y Varia fortuna del soldado Píndaro tenemos, por tanto, dos obras literarias con episodios prácticamente idénticos. Un galán lucha, con las manos desnudas, contra un cadáver reanimado y de fuerza prodigiosa durante varias horas, estando el muerto a punto de acabar con él hasta que es salvado en el último momento: el cadáver del ladrillero suelta a Fernando de Cárcamo cuando otros llegan a la casa y, en el caso del barón de Ampurde, el contrincante sobrenatural desaparece de pronto. En este episodio se da a entender que el fantástico suceso ha sido dispuesto por la justicia divina para castigar a Céspedes antes de su muerte en batalla, mientras que en el episodio cordobés el caballero Cárcamo intuye que el muerto, que no parece poseer la capacidad de hablar, es un instrumento de Dios para que abandone su vida pecaminosa.

En cualquier caso, y aunque el resto de elementos nos retrotraen a la historia arquetípica del caballero libertino y el muerto vengativo, esas luchas violentas contra cadáveres reanimados son prácticamente únicas en textos ibéricos. Y también nos hacen pensar que, de haber estado presentes en el imaginario ibérico, dicha tradición solo sobrevivió en unos pocos textos como estos, siendo en obras posteriores quizá completamente sustituida por los convidados sobrenaturales.

Ahora bien: si la existencia de estas escenas de lucha contra cadáveres agresivos parece excepcional en el ámbito hispánico, una mirada más amplia revela sorprendentes semejanzas con textos de otras tradiciones europeas. Y es que para encontrar escenas similares tenemos que cruzar fronteras y siglos hasta llegar a otros muertos enormemente parecidos a estos resucitados españoles: los draugar de las sagas medievales.

4. Los draugar de las sagas islandesas

Si hay un muerto retornado que destaca por su fiereza y violencia, ese es el Draugr (en plural Draugar). Su presencia en el imaginario del norte de Europa ya aparece recogida en las profusas Sagas, escritas principalmente en Islandia entre los xiii y xiv y en las cuales se mezclan hechos históricos y fantásticos, plasmaciones de la tradición oral y las creencias populares de la zona.

Estos Draugar podrían clasificarse en dos categorías. Por un lado estarían los haugbúar («habitantes del túmulo»), difuntos que descansan en sus criptas funerarias, siendo a menudo reyes o guerreros enterrados junto a sus riquezas. Se trata de cadáveres que permanecen inertes hasta que alguien penetra en el túmulo y trata de llevarse sus tesoros, momento en el que cobran vida y atacan con gran violencia al ladrón[24]. Pongamos como ejemplo el caso de la Saga de Grettir (principios del siglo xiv). En ella el héroe proscrito Grettir se interna en el túmulo del guerrero Kar el Viejo e intenta robar su botín; como respuesta, el muerto se levanta y le ataca con gran rudeza y durante largo rato, hasta que el saqueador acaba con él cortándole la cabeza[25].

Pero la clase de aparecido nórdico que realmente nos interesa son los «aptrgöngur» (retornados [de la muerte]), capaces de vagar a voluntad por los contornos donde murieron, atacando con gran fiereza a los vivos. Uno de los primeros registros sobre un draugr, con características de ambos tipos, lo encontramos en el quinto libro de la Gesta Danorum (Historia Danesa), escrito entre finales del siglo xii y los primeros años del xiii. Aquí el resucitado es Asvith (o Aran en otras versiones de la historia), guerrero muerto y enterrado junto a su compañero de armas Asmund, aún vivo, quien es testigo de cómo el cadáver resucita y, tras matar y devorar a un caballo y un perro que se hallaban en el túmulo, le ataca salvajemente[26].

Aunque no existe una explicación clara de porqué algunos muertos se convierten en draugar violentos, a menudo se trata de personas que en vida fueron malvadas o egoístas. La Saga de Harvard del Fiordo de los Hielos o Saga de Hávarðar Ísfirðings (cuyas fuentes escritas conocidas datan del siglo xvii pero probablemente provenga de una tradición oral del xiii)[27] nos presenta a uno de estos aparecidos: Thormod, hombre poco querido y de carácter difícil que vuelve de la tumba para atacar a su viuda por las noches. Esta pide ayuda al héroe Harvard, quien envía a su hijo Olaf a casa de la mujer para que se enfrente al draugr. El resucitado vuelve esa misma noche y la pelea es, de nuevo, brutal:

Thormod saltó sobre un banco, mientras que Olaf, tomando su hacha, trataba de golpearlo, pero ya era demasiado tarde, y Thormod saltó sobre él, oprimiéndolo con todas sus fuerzas. Olaf resistía, pero allí donde Thormod ponía la mano, la carne abandonaba los huesos. A su alrededor volaba todo en pedazos, y de repente se apagó la lámpara que brillaba débilmente, sujeta a la viga transversal del techo. El ataque de Thormod fue todavía más violento [28].

Los combates de los héroes con estos seres son bastante comunes. En la Saga de la Gente del Floi o Flóamanna Saga (finales del siglo xiii o principios del xiv) se relata el enfrentamiento entre Thorgils y el difunto padre de Björn, su anfitrión. Hombre y draugr luchan cuerpo a cuerpo, siendo el combate «tan duro y feroz que se esponjó la tierra bajo sus pies»[29].

Mucho más malvado y sanguinario es el aparecido de la Saga de los habitantes de Eyr o Eyrbyggja saga (escrita entre mediados y finales del siglo xiii). En este caso hablamos de un anciano vikingo convertido en acaudalado campesino, Thórolf el Cojo, a quien describen como «extremadamente injusto y déspota»[30]. Tras morir, el viejo volvería de la tumba para aterrorizar el lugar durante casi un cuarto de siglo y empleando gran violencia contra los vivos[31]. Al pastor Thórir, por ejemplo, lo persiguió y lanzó por los aires, dejándolo amoratado y enfermo, tras lo cual murió a los pocos días[32]. En la Saga de Snorri el Godi (primera mitad del siglo xiii) también se menciona que este Thórolf era especialmente activo cuando se ponía el sol y que mató a numerosas personas; una de ellas fue un pastor de Hvamm, que apareció muerto cerca de la sepultura del draugr con todos los huesos quebrados[33].

La forma de acabar con esta clase de no-muertos suele pasar por cortarles la cabeza o desenterrar y quemar sus cuerpos. De alguna manera parece que a menudo estos seres no son exactamente cuerpos físicos reanimados, sino espíritus que se «desdoblan». Por un lado, el cuerpo del difunto permanece en su enterramiento (normalmente siendo encontrado fresco e incorrupto por quienes abren la tumba) al mismo tiempo que un doble físico comete tropelías sobre la tierra[34]. Quizá esta sea la característica que permite a algunos teletransportarse o desaparecer de repente. Tomemos por ejemplo la Saga de los habitantes del Valle del Salmón o Laxdæla saga (mediados del siglo xiii), donde un personaje hosco llamado Hrapp reaparece tras su muerte «matando a la mayoría de los suyos y causando grandes perjuicios a los vecinos»[35]. Cuando un hombre trata de enfrentarse a él, Hrapp desaparece de pronto hundiéndose en el suelo. El narrador añade que el muerto se va «como había venido», algo presente en otros textos de aparecidos nórdicos[36]. En el caso de este Hrapp, terminan exhumando su cadáver (sin signos de descomposición) y lo queman, acabando así con los desmanes del draugr.

Estos desplazamientos sobrenaturales bien podrían recordarnos al capítulo de Varia fortuna del soldado Píndaro donde el barón de Ampurde, asesinado en Francia, aparece en Granada para vengarse de su asesino, así como a su repentina desaparición cuando aún se halla sobre el derrotado Céspedes. Y no es la única habilidad que el aparecido francés comparte con los draugar nórdicos, puesto que estos son a veces capaces de vaticinar el futuro. Leyendo la Saga de los Habitantes del Valle de Svörfud o Saga de Svarfdæla (siglo xiv) hallamos a Klaufi, quien aparece como espectro decapitado tras ser asesinado por los hermanos de su esposa. En este caso sus intenciones parecen nobles, pues advierte a su primo Karl el Rojo de que sus asesinos también pretenden acabar con él, salvándolo en dos ocasiones. Aunque también ejerce como mensajero de la fatalidad pues, tiempo después, se aparece con una predicción funesta al decir: «¡Primo Karl! Esta noche nos encontraremos». Y en efecto, Karl es asesinado esa misma noche. Tras este crimen, por cierto, Klaufi se convierte en un muerto violento, pues empieza a atacar a los hombres y al ganado y no cesa hasta que incineran su cadáver[37].

Con este desfile de fantasmas nórdicos podemos comprobar que las similitudes entre los cadáveres vivientes del centón cordobés y la novela de Gonzalo de Céspedes son más que notables. Nos referimos a muertos físicos extremadamente peligrosos, que luchan contra los protagonistas con las manos desnudas, haciendo gala de una fuerza sobrehumana y provocándoles grandes daños. Si hablamos del barón de Ampurde, esta conducta está justificada por la sed de venganza, pero en el caso del cadáver cordobés su comportamiento se asemeja más al de los draugar, violentos por naturaleza. De hecho, su repentina puesta en movimiento y ataque a Fernando de Cárcamo es enormemente similar a los ya mencionados haugbúar, esos muertos inertes que cobran vida súbitamente cuando un saqueador se interna en sus túmulos.

Pero, por si todo esto fuera poco, aún queda un último texto que merece la pena analizar en profundidad, el cual entraña sorprendentes similitudes con los dos episodios españoles comentados. Probablemente se trate del más célebre sobre muertos vivientes en todas las sagas, además uno de los más completos y terroríficos.

5. Glámr, el granjero retornado (siglo xiv)

Ya hemos mencionado la Saga de Grettir o Grettis Saga, compuesta en el oeste de Islandia entre los años 1300 y 1320[38]. Esta obra narra la vida y hazañas del héroe Grettir Ásmundarson, personaje pícaro y de gran fuerza que es desterrado durante algunos años de Islandia tras matar a un hombre. A su vuelta, y tras varias aventuras en Noruega, acude al valle de Forsæludalur, al norte de la isla. Allí hay una granja, Þórhallsstaðir, que se ve asolada por los ataques de un draugr especialmente violento.

Este difunto problemático se llama Glámr. En vida fue un pastor que se presentó ante Þórhallr, dueño de la granja, buscando trabajo como cuidador de rebaños en las noches de invierno. Este Glámr es descrito como un hombre fuerte, terco y tosco, el cual despreciaba las tradiciones cristianas y era detestado por todos los habitantes del lugar[39]. Una noche de invierno, concretamente la previa a Navidad (atfangadagr jóla), Glámr desaparece. El ganado que cuidaba aparece dispersado y los hombres del lugar hallan al día siguiente el cadáver del pastor, «(...) negro como el infierno y orondo como un buey»[40]. La causa de la muerte no queda clara pero, por los signos de lucha que rodean el cuerpo, se da a entender que habría sido víctima de un ser dañino, acaso sobrenatural, pues ya advirtió Þórhallr al propio Glámr que muchos pensaban que el lugar estaba encantado[41]. Podría decirse que este pastor ocupa el lugar del ente, pues poco tarda el difunto en convertirse en draugr y aterrorizar a los vivos, causando desmayos en quien lo ve, golpeando los tejados y paredes de las casas durante la noche y logrando, en definitiva, que nadie quiera deambular por el valle para evitar encontrárselo[42].

Día tras día sus acciones se van volviendo cada vez más violentas, como demuestra su brutal ataque a un cuidador de bueyes:

Una vez, pasada la mitad del invierno, ocurrió una mañana que la señora de la casa fue al establo a ordeñar las vacas a su hora. (...) Ella oyó un gran estruendo en el establo y un bramido espantoso. Se metió corriendo en casa gritando y dijo que no sabía qué monstruosidad había en el establo. El granjero salió y llegó donde los bueyes, que estaban embistiéndose unos a otros. Aquello no le pareció bien y se adentró en el cobertizo. Vio que el boyero estaba tendido en el suelo y tenía la cabeza en un pesebre y los pies en otro. Estaba tumbado de espaldas. El granjero se dirigió hacia él, lo tocó y se percata inmediatamente de que está muerto y con la columna partida. La habían roto contra el muro que separa los pesebres. Al granjero no le pareció aquello seguro y se marchó de la granja con todo aquello que pudo acarrear. Pero todo el ganado que quedó allí lo mató Glámr, quien a continuación fue por todo el valle asolando todas las granjas desde Tunga. Þórhallr estuvo con sus amigos lo que quedó del invierno. Ningún hombre podía subir al valle con caballo o perro puesto que enseguida resultaba muerto[43].

Las macabras hazañas de este draugr llegan a oídos de Grettir cuando se presenta en Forsæludalur y decide acabar con él, haciendo oídos sordos a las advertencias de los lugareños. Durante dos noches espera a Glámr en Þórhallsstaðir, aunque este no se deja ver. Eso sí, se las arregla para arrastrar el caballo del héroe fuera del establo y partirle todos los huesos, cosa que enfurece a Grettir[44]. A tercera noche el draugr por fin aparece y ataca al héroe, dando lugar a una de las luchas más memorables de los textos nórdicos:

Y cuando habría transcurrido un tercio de la noche oyó Grettir unos enormes estruendos. Algo había subido a la casa, había cabalgado[45] el vestíbulo y había dado tales golpes con los talones que crujieron todas las maderas. Eso duró un buen rato. Entonces aquella cosa bajó de encima de la casa y se dirigió a la puerta. Cuando se abrió la puerta vio Grettir que el patán introducía su cabeza, la cual le pareció terriblemente grande y de rasgos grotescos. Glámr tardó en enderezarse al entrar por la puerta. Se irguió hasta el tejado, se giró hacia el vestíbulo, colocó un brazo sobre el travesaño y oteó el vestíbulo. (...) Grettir permanecía quieto y no se movía.

Glámr vio que había algo apilado en el asiento, se adentró más en el vestíbulo y agarró la capa (de Grettir) con mucha fuerza. Grettir se apoyó contra el poste y no se desplazó. Glámr dio un tirón por segunda vez con mucha más fuerza, pero la capa ni se meneó. La tercera vez la agarró con ambas manos y con tanta fuerza que levantó a Grettir del asiento. Rasgaron entonces la capa entre ellos. Glámr se quedó mirando el jirón que sostenía y se preguntó quién estaría tirando con tanta fuerza de él. Y en ese momento abalanzóse Grettir por debajo de sus brazos, lo agarró por el medio y lo sujetó por la espalda con toda la fuerza que pudo pensando que Glámr se desplomaría, pero el patán asió los brazos de Grettir con tanta fuerza que éste reculó todo él a causa de tal pujanza. Grettir retrocedió por entre varios asientos. Cedieron los postes y rompióse todo lo que se ponía por delante. Glámr quería intentar salir, pero Grettir se resistía con los pies allá donde podía. Sin embargo, Glámr pudo sacarlo a rastras del vestíbulo. Tuvieron entonces un durísimo enfrentamiento porque el patán pretendía sacarlo de la granja. Pero con lo difícil que era habérselas con Glámr dentro, vio Grettir que era peor luchar contra él fuera y por eso se resistía con todas sus fuerzas a salir. Glámr se esforzó al máximo y enganchó a Grettir cuando llegaron al zaguán. Cuando Grettir ve que no podía resistirse coge y en un único movimiento se precipita lo más enérgicamente que pudo contra el regazo del patán y se apoya con ambos pies contra una roca clavada en el suelo que había en la puerta de entrada. Aquello no se lo esperó el patán. Había estado tirando para arrastrar a Grettir hacia sí y por ello se desplomó de espaldas y salió volando del revés por la puerta de tal manera que sus hombros arrancaron el dintel y el tejado se hizo añicos junto con las maderas y la cubierta helada. Cayó boca arriba y de espaldas fuera de la casa con Grettir encima de él [46].

Aquí tiene lugar el clímax del enfrentamiento, pues resulta que Glámr no es un simple cadáver violento. Tiene la capacidad de hablar y, con una habilidad sobrenatural que ya hemos visto en ejemplos anteriores, profetiza el futuro de Grettir y, de paso, lo maldice. La horrorosa descripción del momento sigue poseyendo gran fuerza tantos siglos después:

Justo en el momento en que Glámr hubo caído las nubes apartáronse de la luna y Glámr clavó los ojos en ella. El propio Grettir ha contado que aquella fue la única visión que había visto que le consternó. Entonces desfalleció por todo junto: agotamiento y porque vio que Glámr le miraba con tanta fiereza que no podía desenvainar su saja y se hallaba casi entre este mundo y el Hel.

Había en Glámr un poder más diabólico que en la mayoría de las demás apariciones cuando habló de esta guisa: “Mucho empeño has puesto, Grettir —dijo— en encontrarme y no parecerá extraño que no recibas mucha ventura de mí. Debo decirte que ya has obtenido la mitad de fuerza y hombría de la que te correspondía si no me hubieras encontrado. Ya no puedo privarte de la fuerza que has adquirido con anterioridad, pero si puedo determinar que jamás serás más fuerte de lo que ya eres, aunque eres bastante fuerte, lo cual muchos advertirán. Te has hecho célebre hasta ahora por tus hazañas, pero a partir de este momento recaerán sobre ti sanciones y asesinatos y la gran mayoría de tus hazañas se te tornarán infortunios y desventuras. Serás hecho proscrito y siempre tendrás que vivir a la intemperie tú solo. Imprécote para que estos ojos que porto estén siempre ante tu vista. Dificil te parecerá estar solo y ello a la muerte te arrastrará”.

Y cuando el patán hubo dicho esto esfumóse de Grettir la impotencia que éste había soportado. Desenvainó entonces su saja y cortó la cabeza de Glámr colocándola junto a sus nalgas [47]. (...) Þórhallr alabó a Dios y agradeció mucho a Grettir que hubiera vencido a aquel espíritu inmundo. Fueron entonces y quemaron a Glámr hasta que las brasas se enfriaron [48].

Si prestamos tanta atención a este episodio es por la cantidad de similitudes que presenta con los dos textos españoles. En el suceso cordobés protagonizado por Fernando de Cárcamo la esposa del difunto explica que «(...) su marido era ladrillero, y que su amo le rogó que viniera a vivir allí, por que mirara por la hacienda»[49]. Del mismo modo que Glámr, se trata de un peón contratado por un tercero para que cuide de sus bienes (rebaños en el caso de la saga de Grettir, aquí una hacienda). En ambos relatos desconocemos la causa exacta de la muerte, pues los dos hombres fallecen repentinamente (Glámr atacado por un ente desconocido, el ladrillero expirando de repente mientras dormía). El enfrentamiento entre el vivo y el muerto es largo y agónico, siendo la fuerza del cadáver tan abrumadora que el héroe se cree a punto de morir. En los Casos notables se dice que «(...) comenzaron a bregar terriblemente más de una hora, hasta que ya el don Fernando, cansado y molido, comenzó a desfallecer y a faltarle el resuello y el ánimo; tanto, que estaba ya para espirar»[50]. El texto islandés usa una expresión similar para explicar que Grettir se encontraba entre la vida y la muerte tras la lucha con Glámr, diciendo que «(...) se hallaba casi entre este mundo y el Hel[51]».

Aunque sin duda el parecido más sorprendente entre el texto cordobés y la aventura de Grettir es el desenlace, pues el siniestro vaticinio de Glámr no solo le priva de volverse más fuerte de lo que ya es, marcando así la vida del héroe hasta su muerte por un hechizo en la isla de Drangey quince años después; según el texto, el aguerrido Grettir se convierte tras la lucha con el retornado en «(...) un hombre tan temeroso de la oscuridad que no se atrevía a ir a ninguna parte solo en cuanto comenzaba a oscurecer. En ese momento se le aparecía todo tipo de espectros y desde entonces se ha tenido por frase hecha[52] que Glámr presta sus ojos u obsequia con alucinaciones a quienes algo se les muestra de forma muy distinta a como es»[53].

Recordemos que Glámr también le había maldecido para que jamás pudiera olvidar su terrorífica mirada: «Imprécote para que estos ojos que porto estén siempre ante tu vista».[54] Fernando de Cárcamo también cambia por completo su carácter tras luchar con el muerto viviente, si bien el enfoque católico da al suceso cordobés un talante positivo, acabando el caballero juerguista vistiendo los hábitos monacales. Pero, incluso así, tras leer Grettir no dejan de resonar las explicaciones de Cárcamo al decir que el objetivo de su constante penitencia «(...) era el traer siempre aquel difunto delante de los ojos, y que pues Dios le había librado de aquel riguroso trance y le daba vida».[55] Resulta sorprendente cuanto menos la similitud entre la constante visión del difunto ante los ojos de Cárcamo y la aciaga maldición del muerto islandés. Si bien en el caso español este imborrable recuerdo de la lucha se presenta como positivo para el protagonista, aparece mezclado con la idea de penitencia y padecimiento, adecuando así una vivencia terrorífica, traumática y casi idéntica a la de Grettir al ideario católico.

Asimismo, que un muerto retornado como Glámr realice una profecía fatal al héroe, augurándole todo tipo de desgracias que culminarán con su muerte, es muy similar a lo que ocurre en la aventura del capitán Céspedes. Recordemos al barón de Ampurde (quien al igual que Glámr es descrito como un cadáver horroroso y espeluznante) pronosticando el final del militar castellano al decir que la justicia divina caerá sobre él «librada en las moriscas lanças de las vezinas Alpujarras». Durante la lucha entre ambos, además, vuelve a insistirse en la violencia de la misma y la agonía del héroe, quien acaba apaleado y derrotado, tanto que sus criados lo toman al principio por muerto.

6. A modo de conclusión. ¿De Grendel al convidado de piedra?

Tras analizar estos textos españoles y compararlos con los viejos relatos nórdicos, las similitudes entre ambos son más que evidentes. A pesar de la narrativa religiosa que los envuelve, parece claro que los cadáveres vivientes del ladrillero cordobés y del barón de Ampurde combinan elementos narrativos del convidado sobrenatural con la naturaleza salvaje de aparecidos de gran antigüedad como los draugar nórdicos.

Cabe decir que los draugar, aunque muy numerosos, no son los únicos cadáveres violentos de la tradición medieval europea; de hecho, se suele citar a varios no-muertos mencionados en textos ingleses de la última década del siglo xii como los primeros «vampiros» o retornados agresivos registrados en la literatura occidental[56]. El grado de violencia empleada por estos, eso sí, no es tan explícito como en los textos nórdicos, pero presentan enormes semejanzas en la manera de eliminarlos (profanando y/o quemando el cadáver). Esto hace pensar que tanto los textos nórdicos como los ingleses están plasmando una misma creencia o historia, quizá transmitida por los hombres del norte establecidos en las Islas Británicas tras los ataques a estas durante el siglo ix [57].

¿Tuvo lugar algún tipo de contacto similar en la península ibérica, que sufrió incursiones similares entre los siglos ix y xi? Podría ser plausible si atendemos a las similitudes de los textos españoles analizados con los relatos sobre no-muertos nórdicos, especialmente con el de Glámr en la Saga de Grettir. Teniendo en cuenta que no hubo traducciones fuera del ámbito escandinavo hasta varios siglos después, podría plantearse que, como en el caso inglés, exista un tronco común, una tradición o historia arquetípica que viajó y se desarrolló en un territorio distinto, moldeándose según la realidad popular y religiosa. Así, y en el ámbito ibérico, el combate del forzudo héroe islandés contra el draugr fue sustituido por el galán vividor haciendo frente a un muerto enviado por la justicia de Dios. Dicho esto, tampoco podemos descartar que estas historias procedan de un imaginario previo y común extendido por todo el continente, teoría que requeriría de un análisis mucho más profundo.

Dejando a un lado el origen, lo que estos textos sí aportan es un indicio de que la creencia en «retornados» o revenants estuvo extendida en España. Teniendo en cuenta que las dos obras españolas pertenecen al mismo periodo y que la aparición de no-muertos similares es escasa o inexistente en textos posteriores, podría aventurarse que estos capítulos son la plasmación por escrito de una tradición moribunda, la cual pudo hallarse propagada en algún momento pero que acabó diluida por los motivos religiosos mencionados, así como por la difusión de El burlador de Sevilla y obras similares donde los muertos eran representados como estatuas de piedra.

Sea como fuere parece claro que en todo momento hablamos de estructuras narrativas de gran antigüedad. Para algunos estudiosos, incluso, la lucha de Grettir contra Glámr podría ser una evolución o reinterpretación de otro relato aún más antiguo: el combate entre Beowulf y el monstruo Grendel, escena con la que presenta un esquema y desarrollo casi idéntico[58]. No en vano autores como Michael Lapidge[59] o el ya citado Lecouteux[60] señalan a Grendel como uno de aquellos «aparecidos disfrazados», figura que en la tradición previa habría sido una suerte de draugr o no-muerto sanguinario y que acabó plasmada en la literatura como un monstruo vivo. De ser esto cierto, estaríamos ante el primer retornado o vampiro de la literatura europea occidental.

¿Son, por tanto, los muertos a los que se enfrentan Fernando de Cárcamo y el capitán Céspedes un eslabón perdido que vincula a los convidados de piedra, amansados y cristianizados, con Grendel, Glámr y los fieros seres de ultratumba nórdicos? A la espera de la localización de otros textos que puedan aportar más datos, la teoría resulta difícil de demostrar, y este artículo no pretende ser más que una primera comparativa entre personajes con nexos comunes de dos tradiciones muy lejanas entre sí. Aunque quién sabe cuántos cadáveres aguardan aún entre las páginas de obras barrocas olvidadas, relaciones de sucesos y textos medievales castellanos, esperando el momento justo para ponerse en pie y llenarnos de pavor.




BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1] Armando CINTRA. «El motivo del “convidado difunto”. Una mirada a los antecedentes de ‘el convidado de piedra’ en los dramas donjuanescos». En Conciliábulo sobrenatural. Seres fantásticos y extraordinarios de la tradición (San Luis Potosí, Ed. El Colegio de San Luis, 2020), 302.

[2] Ibídem, 292.

[3] Claude LECOUTEUX. Fantasmas y aparecidos en la Edad Media (Palma de Mallorca, Ed. José J. de Olañeta, 1999), 207

[4] Ibídem, 65.

[5] Víctor SAID ARMESTO. La leyenda de don Juan, Orígenes poéticos de El burlador de Sevilla y convidado de piedra (Madrid, Ed. Espasa-Calpe, 1968), 57.

[6] Ibídem, 32.

[7] Para un estudio y listado pormenorizado de estos textos, véase: Marcos GARCÍA PÉREZ. «Casos notables de la ciudad de Córdoba». En Dialogyca BDDH: Biblioteca Digital de Diálogo Hispánico https://iump.ucm.es/DialogycaBDDH/BDDH382/casos-notables-de-la-ciudad-de-cordoba/

[8] Gerardo GONZÁLEZ DE VEGA. «La literatura fantástica española bajo el Antiguo Régimen». En El demonio Meridiano. Cuentos fantásticos y de terror en la España del Antiguo Régimen (Madrid, Ed. Miraguano, 2015), 61-64.

[9] En este caso utilizaremos como referencia el texto del facsímil de la edición de 1949 (Maxtor, 2020). La historia de esta conversión milagrosa aparece íntegra en los diversos manuscritos y con diferencias mínimas, siendo el número o título del capítulo lo que más puede variar. Sirva de ejemplo el manuscrito titulado Casos raros ocurridos en la Ciudad de Córdoba y fechado en el año 1758, el cual es más explícito al titular el suceso «Conversión de D. Fernando de Cárcamo por haber peleado con un muerto».

[10] ANÓNIMO. Casos notables de la Ciudad de Córdoba (¿1618?). Facsímil de la edición de 1949 (Valladolid, Ed. Maxtor, 2020), 86-87.

[11] Ibídem, 87-88.

[12] Teodomiro RAMÍREZ ARELLANO. Romances histórico-tradicionales de Córdoba (Córdoba, Imp. y Pap. Catalana, 1902), 172-176.

[13] Teodomiro RAMÍREZ DE ARELLANO. Paseos por Córdoba. Tomo III (1877). (Córdoba, Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba, 2017), 41.

[14] Marcos Rafael BLANCO BELMONTE. «La mano del muerto (tradición cordobesa)». En Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos el 11/8/1895.

[15] Juan Manuel ESCUDERO BAZTÁN. «Algunas notas sobre violencia y terror en la narrativa española del siglo xvii». En eHumanista: Journal of Iberian Studies Nº. 58 (California, Ed. Universidad de California, 2024), 190.

[16] Gonzalo de CÉSPEDES Y MENESES. Varia fortuna del soldado Píndaro (Madrid, Ed. Espasa-Calpe, 1975), 176.

[17] Ibídem, 177-178.

[18] Ibídem, 172.

[19] Ibídem, 178-179.

[20] Ibídem, 180.

[21] Marcelino MENÉNDEZ Y PELAYO. Estudios sobre el teatro de Lope de Vega. Crónicas y leyendas dramáticas de España (conclusión), y comedias novelescas (Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2008), 52.

[22] Javier J. GONZÁLEZ MARTÍNEZ. «El Hércules de Ocaña: Una respuesta a Lope de Vega». En Vir bonus dicendi peritus. Homenaje al profesor Miguel Ángel Garrido Gallardo (Madrid, CSIC, 2019).

[23] Víctor SAID ARMESTO. La leyenda de don Juan, Orígenes poéticos de El burlador de Sevilla y convidado de piedra (Madrid, Ed. Espasa-Calpe, 1968), 199-202.

[24] Valentín DAVOINE MORALES. «El pecado que te contamina en cuerpo y alma. Acerca de una epidemia de no-muertos en una saga de islandeses». En Revista de Literatura y Arte de la Asociación de Profesores de Literatura de Uruguay Nº. 27 (Montevideo, Asociación de Profesores de Literatura de Uruguay, 2020), 43.

[25] ANÓNIMO. Saga de Grettir (Madrid, Ed. Miraguano, 2025), 210-211.

[26] Claude LECOUTEUX. Fantasmas y aparecidos en la Edad Media (Palma de Mallorca, Ed. José J. de Olañeta, 1999), 166-167.

[27] Ibídem, 102.

[28] Ibídem.

[29] Ibídem. 98.

[30] ANÓNIMO. Saga de los habitantes de Eyr (Eyrbyggja saga) (Valencia, Tilde, 2000). 12.

[31] Ibídem, 151-152.

[32] Ibídem, 106.

[33] Claude LECOUTEUX. Fantasmas y aparecidos en la Edad Media (Palma de Mallorca, Ed. José J. de Olañeta, 1999), 104-105.

[34] Claude LECOUTEUX. Pequeño diccionario de mitología germánica (Palma de Mallorca, Ed. José J. de Olañeta, 1995), 39.

[35] Claude LECOUTEUX. Fantasmas y aparecidos en la Edad Media (Palma de Mallorca, Ed. José J. de Olañeta, 1999), 99.

[36] Ibídem, 100.

[37] Ibídem, 107-108.

[38] Mariano GONZÁLEZ CAMPO. «Introducción». En ANÓNIMO. Saga de Grettir (Madrid, Ed. Miraguano, 2025), 56.

[39] ANÓNIMO. Saga de Grettir (Madrid, Ed. Miraguano, 2025), 280.

[40] Ibídem, 282.

[41] Ibídem, 280.

[42] Ibídem, 284.

[43] Ibídem, 288.

[44] Ibídem, 293.

[45] La expresión «cabalgar la casa» (at riða húsum) se refiere a la costumbre de los no-muertos islandeses de colocarse sobre los tejados para dar furiosos golpes en estos y en las paredes de la casa, para horror de quienes se encuentran dentro (véase la nota de Mariano González Campo en la pág. 284 de la Saga de Grettir).

[46] Ibídem, 294-296.

[47] Otro ritual habitual para acabar definitivamente con los no-muertos nórdicos era colocar la cabeza del cadáver junto a las nalgas de su cuerpo decapitado.

[48] Ibídem, 296-297.

[49] ANÓNIMO. Casos notables de la Ciudad de Córdoba (¿1618?). Facsímil de la edición de 1949 (Valladolid, Maxtor, 2020), 85

[50] Ibídem, 86.

[51] Inframundo o reino de los muertos en la mitología nórdica.

[52] De acuerdo a Mariano González Campo, el texto se refiere aquí a la palabra islandesa glámsýni (visión encantada o hechizada), de raíz común o similar al nombre del muerto retornado.

[53] ANÓNIMO. Saga de Grettir. (Madrid, Ed. Miraguano, 2025), 299.

[54] Ibídem, 297.

[55] ANÓNIMO. Casos notables de la Ciudad de Córdoba (¿1618?). Facsímil de la edición de 1949 (Valladolid, Ed. Maxtor, 2020), 87.

[56] Véase: Eugenio Manuel OLIVARES MERINO. «El vampiro en la Europa medieval: el caso inglés». En Cuadernos del CEMYR Nº 14 (Tenerife, Centro de Estudios Medievales y Renacentistas, 2006).

[57] Ibídem, 220.

[58] CHAMBERS, R. W. Beowulf. An introduction to the study of the poem with a discussion of the stories of Offa and Finn. Cambridge: Cambridge University Press. 1959. 48.

[59] LAPIDGE, Michael. «Beowulf and the Psychology of Terror». En Heroic Poetry in the Anglo-Saxon Period: Studies in Honour of Jess B. Bessinger. Studies in Medieval Culture XXXII. Kalamazoo, Michigan: Medieval Institute Publications. 1993. 373-402.

[60] LECOUTEUX, Claude. Fantasmas y aparecidos en la Edad Media. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta. 1999. 207-210.



Muertos vivientes en el Siglo de Oro. De los convidados de piedra a los aparecidos nórdicos

PRADO CORONEL, Javier

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 534.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz