Revista de Folklore • 45 años

Fundación Joaquín Díaz

Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Revista de Folklore número

533



Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede leer el artículo completo descargando la revista en formato PDF

Las matracas de Quevedo y los pliegos de cordel

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 533 - sumario >



El nombre de matraca rebasa el ámbito de lo literario, ya que se refiere a una costumbre popular caracterizada, entre otras cosas, por el griterío, los insultos y las coplillas vejatorias de que eran víctimas sus destinatarios, hasta tal punto que esta vandálica práctica satírica era denominada así en virtud de que la matraca es un instrumento muy ruidoso, provisto de varios mazos y usado para sustituir a las campanas durante los días solemnes de Semana Santa, y para convocar a maitines en los cenobios.

Covarrubias asimila dar matraca al vejamen, al trato y a dar vaya[1] y explica el tono agresivo y estruendoso de estas brutales burlas al glosar esta última expresión, dar vaya:

La matraca, el trato, el vejamen, que dan a uno para hacerle correr, que vulgarmente se dice dar la vaya. El vulgo piensa haberse dicho de vaya, vaya, pero lo más cierto es ser vocablo italiano de bayare, que vale ladrar, porque al que siguen, dándole matraca, se puede comparar al perseguido de los perros que le van ladrando[2].

En este sentido, creo que también hay que tener muy en cuenta el comentario hecho por Ayala Manrique en su continuación al Tesoro de Covarrubias que empezó a escribir en 1693, donde asegura que en algunas provincias de Castilla la Vieja el término matracas se usaba para referirse a las cencerradas, es decir, para aludir a esas bárbaras burlas que, por lo general, en las localidades rurales, habían de arrostrar aquellas personas que conculcaban algunas normas no escritas, en especial los viudos que contraían segundas nupcias, los que matrimoniaban con un cónyuge mucho más joven que ellos, o los mozos forasteros que se negaban a invitar a los habitantes del pueblo de la novia por habérsela «arrebatado» (CARO BAROJA, 1980, 191-222).

En estos desórdenes ritualizados, y en muchas ocasiones casi convertidos en esbozos de obras teatrales, aparte de la vocinglería y los ruidos horrísonos de cencerros, cacerolas, sartenes o cuernos, se proferían injurias e insultos gravísimos, sin renunciar ni un ápice a las palabras deshonestas y soeces (USANÁRIZ, 2006, 236-244).

Evidentemente, semejantes atrevimientos y desahogos, que a veces desembocaban en grandes disturbios con muertos y heridos, originaron que menudeasen las demandas interpuestas por aquellos que habían sufrido daños en sus personas y haciendas, o se consideraban deshonrados por haber sido el blanco de insultos injuriosos y canciones difamatorias (RUIZ ASTIZ, 2013, 736-754), de manera que Carlos III, fiel a su espíritu ilustrado, promulgó una ley en 1765 prohibiendo tales alborotos bajo la pena de una sanción de cien ducados y cuatro años de cárcel para los que participasen en aquellas algaradas por primera vez, bien sea como protagonistas de las mismas o como meros acompañantes.

No obstante, en el siglo xvii, el vocablo matraca tiene otra acepción, ya que no solo se empleaba para referirse (dar matraca) a la agresión verbal e incluso física de que alguien era objeto, sino también a un intercambio de oprobios entre dos o más individuos que puede terminar a palos y estocadas, tal como se puede apreciar en este poema de Donaires del Parnaso[3]:

Pícase el decidor, y a otros orates

envida disparates,

quiérenle, y entablando una matraca,

que en dos horas de voces no se aplaca,

de lance en lance para en cuchilladas;

y la danza de espadas

como de la sazón del Corpus pasa,

a Leganitos deja por su casa

aquel que en él ha estado

en el tiempo que es más desazonado.

Con esta acepción de ‘riña, trifulca’ reaparece también el término en los pliegos de cordel para dar título a poemas con estructura de diálogo o teatral, donde dos personajes se dirigen mutuamente improperios empleando un lenguaje zafio y desinhibido, sin que falten las amenazas ni las maldiciones, como se puede ver en estos versos de la más difundida, la Matraca de un estudiante a una dama (DÍAZ GONZÁLEZ, 1992, 101-102):

DAMA

Tu lengua sea maldita

y cortada,

en un asador asada,

repicada,

y te den mala estocada

a trascantón,

y des un gran tropezón;

y aquesto sea donde todo el mundo vea

este suceso

y dame en el culo un beso.

ESTUDIANTE

Ea, mi niña,

casquete lleno de tiña

y terfilao,

pescuezo de bacalao,

barca rota,

aún más pesada que corta,

talle de postas,

por ti vino la langosta

y el pulgón,

escarabajo en rincón,

color de cisco,

manga de fraile Francisco,

vil persona,

puerca, cochina y meona,

gallina clueca.

E incluso a veces, como en la anónima Matraca de un hombre y una mujer (Biblioteca Serrano Morales, R-22328, Imprenta de Laborda), la disputa va más allá de las palabras: la requebrada lanza un orinal lleno de excrementos sobre su pretendiente, y este responde arrojándole una piedra, por lo que la mujer cierra la ventana y se termina el poema con los siguientes versos llenos de alusiones escatológicas:

Hasta mañana,

que yo cierro la ventana,

y me recojo,

mientras él se echa en remojo

en una artesa,

que de la conserva espesa

está cubierto,

y no quiero más por cierto

hablar con él,

pícaro, chulo, trainel,

dientes de vaca,

llévate allá esa matraca.

En las matracas de Quevedo (núms.755 y 763) también se adopta la estructura de un intercambio de improperios a varias voces (si bien no están en estilo directo, sino introducidas por un narrador), pero se evita la chabacanería de las de los pliegos de cordel hasta convertirse en unos juguetes cómicos, en un alarde para mostrar ingenio, a base de donaires y agudezas, apelando al uso de unos interlocutores inanimados, que las sumergen en el reino de lo grotesco (PERIÑÁN, 2002, 206). En definitiva, se pueden asimilar a esas sátiras descritas en El cisne de Apolo[4]:

¿Las sátiras en burla o juego, especialmente entre amigos para entretenerse que llaman matracas o apodos son permitidas? Sí son, como no sean con ánimo de ofender, ni de dar pesadumbre, ni maliciosas que llaman purezas, sino solo con intento de entretenerse, mostrar ingenio y dar gusto. Y para esto es menester mucha gracia natural, porque no se han de decir las cosas al descubierto, como decir sois tuerto, o corcovado, sino con cierta cubierta, como tratando de motejar se dice en un librillo de entretenimiento, que un motejador para llamarle a otro corcovado le dijo temprano habéis cargado, y el otro le respondió, y bien temprano, pues no habéis abierto más de una ventana, motejándole de tuerto, así que de semejantes alegorías, comparaciones y símiles se ha de usar en estos dichos satíricos, procurando dar a entender el concepto, que acá tenemos en nuestro entendimiento sin echarlo por la boca.

Ahora bien, la atmósfera de violencia que envuelve las matracas se mantiene por la utilización de expresiones que apuntan al vituperio descarado y lenguaraz (decir los nombres de las pascuas, decir desde una hasta ciento, soltar la tarabilla, soltar la maldita, dar un tapaboca, echar verbos, hi de aforros, hi de túnicas con pasos…), y, asimismo, se conserva la sensación de que estamos ante una batahola, ante una gresca «polifónica» o sarracina gracias a que aparecen en la discusión desgarrada multitud de personajes (flores, hortalizas, en uno de los casos; y, en el otro, un buen muestrario de telas de distinta catadura) siempre dispuestos a proferir los insultos más degradantes e incluso a que la pelea vaya más allá de las palabras, a que llegue la sangre al río[5].

Sin embargo, es difícil encontrar un poema absolutamente burlesco, y la sátira (prodesse et delectare) suele asomar, aunque sea en filigrana. Entre los reproches que se dirigen los participantes en las matracas quevedianas son frecuentes los que reflejan los prejuicios inherentes a la honra y a la casta, en especial a la limpieza de sangre, y, en el caso de la que protagonizan las flores con las hortalizas, las primeras son objeto de crítica por su superficialidad y su hipocresía, porque, a diferencia de las últimas, no sirven para sustentar al hombre, lo que quizás pueda interpretarse como una reivindicación del cuerpo y sus exigencias primarias (PERIÑÁN, 2002, 211).

Pero, en lo que respecta a la «Matraca de los paños y sedas», el narrador en su parte final prolonga más la sátira (nada menos que desde el verso 325 al 376), lanza sus dardos contra el sinsentido del mundo y propone una especie de adanismo (VADILLO, 1982, 391)

Andemos, como la borra,

en pelota, que es barato,

o repelemos la higuera[6],

que fue tienda del manzano.

En algunos poemas ascéticos de Quevedo se cuestionan los valores en los que se sustenta equivocadamente la vida de los hombres, se recusa el afán de riqueza y de lujo productores de desdicha y azoramientos, y se propugna una vida retirada que proporcione un plácido sosiego y una ayuda inestimable para afrontar con serenidad la muerte en concordancia con el planteamiento de los estoicos (REY, 1997, 195-196), tal como se puede apreciar en el soneto que sigue (QUEVEDO, 1990, núm. 68), donde sale a la palestra la púrpura, como símbolo del poder y de la opulencia:

Sin veneno sarrano [púrpura], en pobre lana

que acuerda de la oveja, no de Tiro,

me abrigo, en tanto que vestidas miro

las coronadas furias con la grana.

La pálida ceniza [oro], que tirana

se guarda y se descubre con suspiro,

no encamina la envidia a mi retiro,

ni el sueño y la conciencia me profana.

Las guijas, que el Oriente por tesoro

vende a la vanidad y a la locura,

si no encienden mis dedos, no las lloro.

De balde me da el sol su lumbre pura,

plata la luna, las estrellas oro;

basta que dé la tierra sepultura.

En esta matraca, asimismo, se declara de manera radical la superioridad de lo natural sobre lo artificioso (vv. 357-360):

Sin sastres ni mercaderes

se borda todo el lagarto,

y sin seda de matices,

cualquier jilguero pintado.

Palabras que recuerdan a san Mateo 6, 28-29: «¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos», pero el narrador (quizás contagiado por el clima de agresividad de las matracas) no participa ni de la imperturbabilidad estoica ni de la ataraxia epicúrea, y se dirige al mundo con un desdén y una inquina propios de los filósofos cínicos[7], de manera que lo critica, como ellos, apelando a recursos epatantes y fantasmagóricos, como cuando se imagina (vv. 337-356) que los potentados se quedarían completamente desnudos si las plantas, los animales e incluso las piedras vinieran a reclamar aquello de lo que han sido despojados:

¡Quién viera llegar al lino

a pedir a un potentado

por suya la ropa blanca,

y un carnero, los zapatos;

las vicuñas, el sombrero,

y las ovejas, el paño;

los gusanos, los calzones,

y ropilla de damasco;

el oro y plata, una mina;

los diamantes, un peñasco;

colmenas y cañas dulces,

lo exquisito del regalo!

¡Quién viera martas y micos,

y a los lobos desollados,

pedirles a sus aforros,

sus pellejos, aullando!

Mandáraselo volver,

por hurto calificado,

dejándole en carnes vivas,

cualquier alcalde de palo.

Pasaje que recuerda algunos de los Sueños o de La Hora de todos y la Fortuna con seso (QUEVEDO, 1975, 82-83):

Ahogárase en la caterva que concurrió si no sucediera que, viniendo por la calle rebosando narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y dos teñidos y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la hora de pies a cabeza, y el de las pantorrillas empezó a desangrarse de lana, y sintiendo mal acostadas, por falta de los colchones, las canillas, y queriendo decir: «¿Quién me despierna?«, se le desempedró la boca al primer bullicio de la lengua. Los teñidos quedaron con requesones por barbas, y no se conocían unos a otros. A los calvos se les huyeron las cabelleras con los sombreros en grupa, y quedaron melones con bigotes, con una cortesía de los polvos del Miércoles Corvillo.




BIBLIOGRAFÍA

Alfonso de Carballo, Luis. El cisne de Apolo, edición de Alberto Porqueras Mayo, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1958.

Caro Baroja, Julio. Temas castizos, Madrid: Istmo, 1990.

Castillo Solórzano, Alonso de. Donaires del Parnaso (primera y segunda parte), edición de Luciano López Gutiérrez, Madrid: Universidad Complutense, 2003.

Correas, Gonzalo de. Vocabulario de refranes y frases proverbiales, edición de Louis Combet, Robert Jammes y Marta Mir-Andreu, Madrid: Castalia, 2000.

Covarrubias Horozco, Sebastíán de. Tesoro de la lengua castellana o española, edición de Martín de Riquer, Barcelona: Alta Fulla, 1987.

Díaz González, Joaquín, Coplas de ciegos, Valladolid: Ámbito, 1992.

García Gual, Carlos. La secta del perro, Madrid: Alianza Editorial, 1987.

Matraca de un hombre y una mujer, Biblioteca Serrano Morales, R-22328, Valencia: Imprenta de Laborda, s. a..

Periñán, Blanca. «En el huerto con Quevedo», La Perinola, 6 (2002), 199-224.

Quevedo, Francisco de. La hora de todos y la Fortuna con seso, edición de María Luisa López Grigera, Madrid: Castalia, 1975.

Quevedo, Francisco de. Poesía original completa, edición de José Manuel Blecua, Barcelona: Planeta, 1990.

Quevedo, Francisco de. Parnaso español, edición de Ignacio Arellano, Madrid: Real Academia Española-Espasa, 2020.

Rey, Alfonso. «Vida retirada y reflexión sobre la muerte en ocho sonetos de Quevedo», La Perinola, 1 (1997), 189-211.

Ruiz Astiz, Javier. «Cencerradas y matracas en Navarra durante el Antiguo Régimen: funciones y objetivos», Hispania 73, 245 (2013), 733-760.

Usanáriz Garayoa, Jesús María, «El lenguaje de la cencerrada: burla, violencia y control de la comunidad». En Aportaciones a la historia social del lenguaje: España siglos xiv-xviii», edición de Rocío García Bourrellier y Jesús María Usanáriz Garayoa, 235-260 Madrid: Iberoamericana, 2006.

Vaíllo, Carlos, «El mundo al revés en la poesía satírica de Quevedo», Cuadernos Hispanoamericanos, 380 (1982), 364-393.




NOTAS

[1]También parece hacerlo Quevedo, o González de Salas, su editor, pues el poema titulado «Matraca de las flores y la hortaliza» (QUEVEDO, 1990, núm. 755) comienza con los versos: «Antiayer se daban vaya / las flores y las legumbres». Y el «Vejamen que da el ratón al caracol» (QUEVEDO, 1990, núm. 758) se remata de esta manera: «Pero de matraca baste, / pues yo espero gran respuesta; / y aunque soy más cortesano, / me correré [avergonzaré] más apriesa». Siempre citaré la numeración de los poemas por la edición de Blecua de 1990. Me ha sido muy útil la edición del profesor Ignacio Arellano del Parnaso español (Madrid: Real Academia Española-Espasa, 2020).

[2]Tanto Covarrubias como Correas, por otra parte, relacionan la expresión dar matraca con las novatadas que sufrían los estudiantes en la Universidad de Salamanca. A este respecto, recuérdense también las soportadas por el protagonista de La vida del Buscón en su ingreso en la de Alcalá de Henares acompañando a su amo.

[3]CASTILLO SOLÓRZANO (Madrid: Universidad Complutense, 2003, I, 27, vv. 205-214), edición de Luciano López Gutiérrez.

[4] Luis ALFONSO de CARBALLO (Madrid: CSIC, 1958) 67.

[5] De hecho, ambas matracas acaban con el pronóstico de que el combate está a punto de desencadenarse. Así, el núm. 755 termina con los versos siguientes, alusivos al castigo, consistente en arrojarles hortalizas, que se propinaba a las alcahuetas y brujas: «Y para la batalla / que quieren darse, / aperciben sus flores / tías y madres. / Aperciban los nabos / la puntería / a las alcamadres / y güetastías». Y el núm. 763 se abrocha con los versos reproducidos a continuación referidos a los apedreamientos de los locos: «Dejemos por loco al mundo / en poder de los muchachos; / que, pues su pago nos da, / ellos le darán su pago».

[6]La tradición cuenta que Adán y Eva, después de cometer su pecado, sintieron vergüenza de su desnudez y ocultaron sus genitales con hojas de higuera.

[7] Cf. GARCÍA GUAL, La secta del perro (Madrid: Alianza Editorial, 1987), 21: «Diógenes lleva al paroxismo la contraposición [entre la naturaleza y la convención] y elige libremente atender sólo a lo natural. En su vuelta a la naturaleza, encuentra en los animales sus modelos de conducta». La literatura cínica, en especial Luciano, ejerce un notable influjo en la producción burlesca de Quevedo, lo que no quiere decir que el escritor proponga sus postulados como alternativa en serio a los valores de su tiempo.



Las matracas de Quevedo y los pliegos de cordel

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 533.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz