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Estaba la rana
con la boca abierta;
le cayó la luna
como una moneda.
Alejandro Casona
1. Elementos lúdicos en el exterior
Si damos un tranquilo paseo por la zona verde de la vuelta del Castillo de Pamplona, a la altura de la Casa Misericordia, justo en la zona de jardines de la residencia de ancianos donde están los aparatos de gimnasia al aire libre, tendremos a la vista una estructura del tradicional juego de la rana. Por supuesto, el divertimento solo está a disposición de los internos, que por su edad parecen ser quienes mejor recuerdan y en mayor medida añoran los buenos ratos que dicha distracción proporciona.
Precisamente, la instalación del juego partió de la demanda cursada en el verano de 2022 por un grupo de residentes a la Meca –denominación popular de la institución, derivada de la abreviatura Mca, de Misericordia–, que manifestó su deseo de ejercitarse en el pasatiempo y poder compartirlo asimismo con sus visitas familiares más jóvenes. En verdad, la iniciativa no era desconocida en este ámbito, dado que otras residencias de la ciudad y su entorno ya habían desarrollado para entonces experiencias similares.
Un poco más apartado del centro urbano, pero accesible por completo a cualquier persona, se encontraba hasta hace poco tiempo otro modelo de este juego tradicional. En concreto, el mueble metálico donde se podía practicar este deporte popular se encontraba en una plaza situada entre los números 36 y 46 de la calle Irunlarrea, en el barrio de Mendebaldea.
La primera adecuación del solar como superficie comunitaria partió de los propios vecinos del entorno. Estos, ante la falta de zonas verdes y alternativas para el ocio, procedieron al acondicionamiento de la parcela e incluso construyeron una pista para jugar a las bochas o a la petanca. A finales de 1999 el Consistorio pamplonés decidió satisfacer la aspiración ciudadana y desarrollo un proyecto urbanístico que, con la inclusión de un resistente juego de rana, mantuvo este aspecto lúdico[1].
Otro punto de la Comarca de Pamplona accesible al público general donde podemos practicar libremente el divertimiento es el Centro de Información y Educación Ambiental establecido en el Molino de San Andrés de Villava, en cuyo recinto cuentan con una de las auténticas y clásicas mesas de rana que combinan madera y forja.
Por lo demás, contamos con otras formas de contemplar el soporte del juego, pues no es extraño que este elemento forme parte de diversas muestras y exposiciones de naturaleza etnográfica. Entre las distintas posibilidades existentes, mencionaremos el caso del Museo Vasco de Bilbao, pues su colección, además de por supuesto físicamente, se muestra también en un catálogo en red[2].
Sin embargo, más en consonancia con su funcionalidad última, no hay duda de que la presencia de tan singular mobiliario recreativo en un espacio abierto, como el señalado al comienzo del texto, ante los ojos de la gente y respondiendo a su original objetivo de servir de entretenimiento, resulta más estimulante a la hora de reparar en las particularidades de este juego, sumamente extendido tan solo hace unas décadas.
2. Evolución local en el tiempo
Desde luego, el juego encajaba a la perfección con la idea de ocio predominante en el pasado reciente, por lo que las oportunidades para su disfrute eran ciertamente altas. Así lo expuso José Joaquín Arazuri (1980, 17) al tratar sobre el esparcimiento de los pamploneses en su tiempo libre a comienzos del siglo XX. Según recogía el médico e historiador de la cotidianidad local, la principal diversión de la población masculina durante los momentos de asueto consistía en acercarse a las ventas de la periferia urbana para jugar a las cartas, la rana y las bochas.
Una realidad idéntica fue transmitida desde el campo de la literatura por el escritor Félix Urabayen (1988, 76) en un capítulo de su novela El barrio maldito. En la descripción del paisanaje predominante en la ciudad en esa época, el escritor incluye una recreación de la expansión festiva encauzada hacia las «innumerables ventas que matizan los aledaños de Pamplona».
Del mismo modo, las tascas y áreas de recreo ubicadas dentro de la capital también ofrecían a su clientela la opción de entretenerse y medir su puntería con el anfibio de forja. Así lo atestigua el anuncio publicitario difundido por el Frontón Moderno de la castiza calle Mañueta, mediante el cual daba a conocer la categoría de sus bebidas y la posibilidad de decantarse por la rana entre las distracciones ofertadas por este «centro de diversión y entretenimiento económico»[3].
Mientras tanto, quienes gozaban de una posición financiera holgada y residían en villas, o al menos disponían de una vivienda con patio o zona ajardinada, estaban en disposición de hacerse con uno de estos juegos para su disfrute particular, pues tanto el coste como el espacio requerido no resultaban excesivos. Tal y como muestra un testimonio fotográfico de la época, los asiduos a la casa de campo Garden House, propiedad de Julio Altadill y situada en el barrio de la Magdalena, tenían el privilegio de lanzar sus propios petancos o chapas a la boca de la rana.
Con todo, el juego alcanzaba su popularidad plena en las numerosas tabernas y ventas diseminadas por el término pamplonés y localidades colindantes. De entre todos estos establecimientos, destaca de forma especial Casa Emeterio por constituir casi un lugar de culto al juego de la rana. Efectivamente, el diversificado negocio –ultramarinos, estanco y bar–, administrado por los hermanos Agustina y Emeterio, representó el último refugio público de los aficionados pamploneses a la rana.
De hecho, hasta pocos años antes de su derribo –llevado a cabo el 1 de septiembre de 1989–, el edificio de dos alturas, ubicado en la confluencia entre las calles Fuente del Hierro y Sancho el Fuerte, tuvo siempre junto a su fachada varios tableros de rana a disposición de los consumidores del local. Esto explicaría que varios entusiastas del pasatiempo, conscientes de la falta de lugares donde deleitarse en su afición y buscando reconocer la oportunidad que les brindaba la tasca de Iturrama, hubieran convocado, en 1975, el I Campeonato de Rana «Gran Premio Emeterio».
De acuerdo con las declaraciones efectuadas por los organizadores a los medios, su intención era «fomentar este juego vasco-navarro, ya decaído, pero que se ha jugado de siempre en Pamplona»[4]. La causa de este retroceso se achacaba a los cambios producidos en la esfera del ocio, cuya principal manifestación era la irrupción de cafeterías, bares, salas de fiesta y discotecas en las cuales no tenían cabida este tipo de diversiones.
Para los impulsores de la iniciativa, una consecuencia directa de las transformaciones acaecidas en este sector era la desaparición de las típicas tascas donde poder entretenerse con la rana y otros juegos tradicionales. Si bien se reconocía el surgimiento de alternativas a esta situación –como el espacio ofrecido por el Centro Aterbea, de la parroquia Corpus Christi, o la nueva Ciudad Deportiva Amaya–, los convocantes lamentaban con pesar el cierre de representativas tabernas en las que recrearse en su pasión. Entre los ejemplos mencionados se encontraban Casa El Rojo (rebautizada después como Toki Zarra y ubicada en el lugar actualmente ocupado por las torres de Urbasa), la tasca de San Jorge, Casa Larrea (al lado del antiguo campo de fútbol de San Juan) y Casa Placido (junto a los corrales del Gas).
Por otro lado, aun cuando la organización del certamen no se apartaba de su talante jocoso –de hecho, los participantes estaban convocados en el «Polideportivo Emeterio»– tampoco renunciaba a la seriedad requerida por las competiciones formales. De ahí que, ante el desconocimiento de la existencia o no de un reglamento oficial, los promotores del evento decidieran, en base a su práctica consuetudinaria, redactar una normativa propia de este deporte, como ya calificaban al entretenimiento.
3. Regulación básica
Hoy en día no se presentan dudas a este respecto, ya que diversos organismos se han ocupado de plasmar por escrito las reglas del juego de la rana, otorgándole inequívocamente la clara condición de actividad deportiva. Las federaciones de deportes autóctonos de territorios donde la rana ha mantenido una mayor vigencia y otras instituciones interesadas en las dinámicas lúdicas tradicionales, como el Museo del Juego, han sido capaces de consensuar una normativa elemental de uso común.
El principal elemento del juego es obviamente la mesa de rana. Aunque existen muebles metálicos y, a decir verdad, estos son los que más se distribuyen en el presente, se recomiendan los de madera por ser menos ruidosos. La tapa superior ha de tener unas dimensiones de 50 cm en todos sus lados, esto es, un cuadrado perfecto, y estar separada entre 80 cm y 1 m del suelo.
El tablero dispondrá de nueve perforaciones regularmente distribuidas, proporcionando cada una de ellas una puntuación distinta en función de la mayor o menor dificultad a la introducción de las fichas. Así pues, la ordenación de las aberturas ha de quedar de la siguiente manera: la céntrica para la propia rana (50 puntos), un molino en la frontal del medio (25 puntos), los puentes en las dos laterales del frente (10 puntos) y el resto, las de los dos lados centrales y las tres del fondo, son orificios plenamente abiertos sin ningún obstáculo (5 puntos).
Por su parte, la pista de juego será de 7 m de largo por 2 de ancho, distando 1,25 del fondo de la cancha a la mesa, y dejando desde esta a la línea de tiro un espacio de 3,5 m. De este reparto resulta una superficie de 2 m destinada a los movimientos del lanzador. En lo referente a las fichas, petancos o tejos, estos serán circulares, de unos 38 mm de diámetro y 7 mm de grueso, y con un peso aproximado de 60 gr. Cada juego de rana estará provisto de diez de estos discos.
La competición podrá disputarse de forma individual o por equipos, en cuyo caso estarán integrados por dos jugadores. Las parejas pueden ser del mismo sexo o mixtas, aspecto plenamente coherente con estos tiempos, pero que contrasta con la monopolización masculina de este tipo de juegos en épocas pasadas.
En los torneos oficiales es imprescindible la figura de los jueces, uno dedicado a supervisar de cerca todas las tiradas y otro a recoger mediante acta las incidencias de la partida. Todos los participantes en el campeonato deberán respetar las decisiones y seguir las indicaciones de los árbitros, quienes en todo momento deberán estar identificados por un brazalete u otro distintivo.
En estos campeonatos formales no está permitido realizar ninguna apuesta que comprometa económicamente a las partes implicadas, incluido el abono de las consumiciones degustadas durante el juego. Sin embargo, los reglamentos estipulados no se refieren para nada a esta cuestión tan estrechamente vinculada al juego de la rana, por lo que se entiende que la ingesta de porrones, con o sin gas, no está considerada como un acto de dopaje.
Finalmente, teniendo en cuenta las distintas modalidades de juego existentes, las normativas propuestas mantienen cierto margen de flexibilidad en cuanto a la disposición interna de las mesas. Por ejemplo, dependiendo de regiones, los orificios pueden presentar obstáculos o no (puentes y molino). Un caso particular es el de la rana maragata, variante del juego especialmente practicado en León, donde la mesa incluye en el panel frontal del fondo un orificio más, en cuyo interior se encuentra una campanilla que suena cuando entra el petanco.
4. Orígenes, variantes y resonancias actuales
Sin duda, estas variaciones en el juego responden a la diferente evolución histórica seguida por este en cada lugar. Diversas teorías sostienen su origen antiguo, pero desgraciadamente las fuentes escritas sobre el particular son más bien escasas. Una de las hipótesis formuladas ve analogías entre la rana y algunas escenas de actividades recreativas representadas en papiros egipcios (VELEDA 2016, 169).
Otros autores han establecido una asociación similar con el lanzamiento de piedras a la boca de un ánfora situada a determinada distancia, pasatiempo con el que se medían tanto en el mundo griego como en el romano. Lógicamente, resultaba vencedor aquel que introdujera en el interior de la vasija la cantidad más alta de guijarros y, por el contrario, quien no lograra embocar o lo hiciera en menor medida, debía convidar al resto (GÓMEZ 2010, 3).
En suma, parece evidente que nos encontramos ante un divertimento universal y continuado en el tiempo. En la Francia de la Edad Moderna tuvo mucho éxito un entretenimiento semejante conocido como Le Tonneau –literalmente tonel o barril– y que a la postre acabó derivando en Le jeu de la Grenouille. La identificación de los franceses con el juego motivó su inclusión en el listado del Patrimonio Cultural Inmaterial del país vecino.
El continente americano participa asimismo de su propia versión del divertimento. Aunque la expresión rana o juego de la rana es utilizada en Chile y Colombia –también denominada bolirana en el territorio colombiano–, mucho más extendido está el nombre de juego del sapo o simplemente sapo, como se le conoce en Perú, Uruguay, Ecuador, Bolivia y Argentina.
En realidad, tal designación es la traslación de la fórmula quechua Pukllay Sapu (jugar sapu), relacionada con un mito inca de veneración a los sapos por sus poderes mágicos. Concretamente, la leyenda daba cuenta de los deseos obtenidos por quienes, en los días festivos, obsequiaban a los sapos de los lagos con piezas de oro. La construcción de un gran sapo de oro, con el cual divertirse, habría sido la forma utilizada por la realeza para agradecer la concesión de tales favores (SARED y VARGAS, 2015 3).
Dejando de lado el mayor o menor crédito que puedan infundirnos estos planteamientos, y al margen de las polémicas entre regiones por atribuirse la procedencia de la rana, es incuestionable la aceptación que el juego ha venido ostentando en numerosos lugares como medio de esparcimiento de la gente de a pie. Esta afición –todavía con una vigencia apreciable en muchos sitios– es suficiente para considerar el entretenimiento como un elemento más de la cultura popular, lo que debe llevarnos al menos a apostar por su conocimiento y transmisión.
Naturalmente, si este trasvase se produce de una forma activa será mucho más enriquecedor. La colocación de las mesas de rana que en particular han servido de pretexto a esta aproximación al juego supone un modelo apto en esa línea, pero, como adelantábamos al principio, no han sido el único ejemplo de este tipo conocido últimamente en contextos similares.
Otras residencias de ancianos de los alrededores –entre ellas la de Multiva y La Vaguada de Pamplona– han ofrecido también a sus asilados la oportunidad de ejercitarse en el juego que disfrutaron en su juventud. A su vez, organismos de personas mayores –como el Club de Jubilados San Esteban (Berriozar) y la Asociación de Jubilados y Pensionistas Erymen (Ermitagaña y Mendebaldea)– han venido organizando ocasionalmente torneos del juego de la rana.
En el caso de la residencia El Vergel esta dinámica fue un poco más allá, pues la rana fue la actividad compartida de los campamentos intergeneracionales, organizados por la Cruz Roja, en los que convergen los internos del centro y la chavalería inscrita. El pasatiempo, además de potenciar determinadas habilidades o capacidades (principalmente, la destreza manual, la puntería y la concentración), cumple una importante función integradora, al favorecer el contacto entre distintas generaciones.
La exposición de estas experiencias puede transmitir la falsa sensación de que el divertimento solo se mantiene activo entre grupos de avanzada edad. A pesar de ser este segmento de la población el último en conocer el auge del juego antes de su regresión, por suerte aún se siguen programando partidas de un mayor alcance social que las mencionadas.
Nos referimos a las competiciones integradas en las programaciones festivas de algunos pueblos. Por ejemplo, así sucede en Zizur Menor, Irurtzun o Eusa, donde los campeonatos vienen celebrándose el primer día de fiestas desde hace décadas. Pero el juego también mantiene una mínima presencia en otras áreas más urbanas. En el caso de Burlada, la peña Aldabea lleva tiempo incluyendo un torneo de rana en la agenda de actos celebrados en el día del socio. Así mismo, durante las fiestas patronales del municipio campanero tiene lugar una liguilla interpeñas en la que participan todas las sociedades de este tipo.
Justamente, en la localidad de Burlada encontramos una curiosa reutilización de las características ranas metálicas de este juego como elemento decorativo. Se trata de su adaptación ornamental como surtidores o bocas de agua de una hermosa fuente emplazada en el parque municipal del pueblo. En concreto, son ocho los batracios de hierro que, a modo de fontana, expulsan el agua: cuatro al vaso principal y otros tantos al plato superpuesto en posición central. Desde luego, el conjunto no puede equiparse en escala y monumentalidad a la fuente de Las Ranas del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso o al estanque de Latona en los jardines de Versalles. Con todo, es preciso reconocer el encanto y la gracia que, por su procedencia y función original, estas piezas más humildes otorgan al diseño del sistema hidráulico.
De forma semejante, el campo de la literatura también ha hecho su particular reinterpretación del entretenimiento. Alejandro Casona (1903-1965), en su composición Encanto de luna y agua (La flauta del sapo, 1930) inserta una emotiva metáfora en la que el petanco de la rana funciona como símbolo figurativo de la luna. El escritor Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) también hace una recreación del pasatiempo en su novela Tirano Banderas. El libro tercero, de la que ha sido considerada la obra maestra de su narrativa, tiene como título El juego de la ranita, debido a que la distracción lúdica conforma el ambiente en el cual se desarrolla la trama del relato en este capítulo.
En definitiva, las cuestiones apuntadas anteriormente nos muestran diferentes facetas de este elemento recreativo tradicional, que dispensó agradables momentos de ocio a nivel popular. Por fortuna, pese al manifiesto declive actual, como hemos comprobado, la rana conserva algunas cotas de validez en determinados dominios generacionales y sociales. Esta permanencia permite valorar, de un modo más activo y directo, las virtudes de estos antiguos juegos como marco de diálogo y convivencia.
5. Referencias
5.1. BIBLIOGRAFÍA
ARAZURI, José Joaquín. Pamplona estrena siglo. Pamplona: Ediciones y Libros, 1980.
GÓMEZ, Jorge. Colección de juegos: el juego de la rana. Madrid: Museo del juego, 2010.
SARED, Anyi y Mónica Lorena VARGAS. Juegos tradicionales en Colombia. La rana. Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2015.
URABAYEN, Félix. El barrio maldito. Pamplona: Pamiela, 1988.
VELEDA, Manuel Jesús. «La rana». En Reglamento de los Deportes Autóctonos de Castilla y León, coordinado por José de Lucas, 166-173. Segovia: Junta de Castilla y León, 2016.
5.2. HEMEROTECA
El Eco de Navarra.
Diario de Navarra.
NOTAS
[1]Diario de Navarra, 23-12-1999.
[2]Museotik: https://museotik.euskadi.eus/coleccion/-/titulo-mesa-de-juego-de-rana/objeto-mesa/museotik-ca-185279/
[3]El Eco de Navarra, 17-5-1913.
[4]Diario de Navarra, 21-9-1975.