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Revista de Folklore número

531



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De pájaros y de músicos. Sonidos expresivos y palabras nemotécnicas en la tradición

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 531 - sumario >



Los pájaros que hablan

«Los pájaros no hablan», dice un filósofo[1], pero los campesinos los han escuchado y han reproducido sus cantos a través de voces que los imitan, intentando asimilarlos a sí mismos, a la sociedad humana con la que muchas especies han convivido estrechamente. Entre estas, habría que destacar al gorrión, el pájaro mejor adaptado a la vida urbana (01).

Por ello en Tierra de Campos se le atribuye el carácter paradójico y contradictorio de los humanos. Para la mayoría de la gente, es el pájaro por antonomasia, y su canto de «pío, pío, pío» se considera la onomatopeya característica de los pájaros en general. En invierno, cuando el frío aprieta y la comida escasea, se acercan a las casas y piden comida con su monótono «tío, tío, tío» (02), llamando, amablemente, la atención del primero que pase para que le dé unas migas de pan. Sin embargo, en verano, cuando las eras están llenas de grandes parvas de trigo, se los ve corretear sobre ellas y, si acaso alguien se acerca, gritan con arrogancia: «judío, judío, judío». Claro que, en España, sobre todo en épocas de escasez, se cazaban gorriones con liga y cepos de alambre para comerlos, pero nunca se llegó a la maldad necia que llevó a cabo el comunismo chino de matar millones de gorriones porque se comían el grano. El resultado fue justamente el contrario del que pregonaban las autoridades totalitarias: las cosechas, atacadas con virulencia por plagas de insectos al faltar los pájaros, fueron desastrosas y la hambruna provocó que murieran millones de personas, aunque algunos sospechan que esto no le pareció mal al dictador comunista[2].

De la onomatopeya «pío, pío, pío» procede la voz que se usaba para convocar a las gallinas y los pollitos cuando se les echaba de comer: «pipis, pipis, pipis». Sobre la homofonía de esta voz con el antropónimo Pío, que significa ‘virtuoso’, se permitió Quevedo una humorada en su Buscón:

Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral; yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos y un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir: «Pío, pio» y esto muchas veces. Yo, que oí el modo de llamar, comencé a dar voces, y dije: «¡Oh, cuerpo de Dios, ama! ¿No hubiérades muerto un hombre o hurtado moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir?».

Al final, Pablos le explica al ama, que está muerta de miedo por haberle mencionado la Inquisición, la causa del revuelo: «¿No os acordáis que dijisteis a los pollos «pío, pío» y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la iglesia?» y así consigue su propósito[3].

La gallina doméstica mientras busca comida y escarba la tierra, va murmurando «co, co, coricó» y cuando pone un huevo lo anuncia a viva voz con un «ca, ca, ca, ca ca ra cá», de donde lo de «cacarear» para que se entere todo el mundo. No se queda atrás el gallo, con su potente «qui qui ri quí», por lo que en los cuentos tradicionales suele llamársele «gallo Quirico». Cuando la gallina camina con las alas separadas y suelta su responso de «clo, clo, clo», es que le ha llegado la cloquera, es una gallina clueca, y se dispone a empollar sus huevos.

Junto a las gallinas, las palomas fueron las aves domésticas por excelencia en Castilla y su cría en palomares localizados en las afueras de los pueblos fue una fuente de riqueza y nunca un problema hasta que en algunas ciudades se confundió el amor a la naturaleza con la estulticia, cosa que otras muchas imitaron neciamente, con lo que se convirtieron en una plaga. Nuestro vecino el halcón hace lo que puede, pero no da abasto (03).

La llegada de la primavera

En ciudades y pueblos de Castilla, todo aquel que mira de vez en cuando al cielo sabe que la primavera ha empezado de verdad cuando ve sobre el azul celeste la silueta negra de las golondrinas y de los aviones o vencejos. Al atardecer, en las calles silenciosas, se perciben sus agudos chillidos cuando vuelan tras las nubes de insectos. La golondrina es pájaro sagrado y sus nidos se respetaban escrupulosamente, pues se dice que con sus picos sacaron las espinas de la cabeza de Jesucristo[4]. «Chirrischischis, chirris, chirris…» decían las golondrinas desde que sale el sol agrupadas en los hilos de la luz cerca de la ventana donde dormía yo en el pueblo (04). Ya en el siglo xvii, Gonzalo Correas recoge esta voz y algunos refranes sobre la laboriosidad de las golondrinas, que hacen su casa de barro «sin ayuda de varón»[5], y antes el Arcipreste de Hita ya le atribuye fama de ser «gritadera e mucho gorjeador» en el Enxienplo de la abutarda e de la golondrina, en el que la necia avutarda la rechaza, pues «siempre estas chirlando locura, de mañana», sin hacer caso de los avisos de la golondrina que la hubieran salvado de caer en las redes del cazador[6]. El mito griego lo explica a través de la tragedia de las hijas el rey Pandión, Procne y Filomela, esta violada por su cuñado, quien le cortó la lengua para que no lo pudiese contar, si bien ella se lo narra a su hermana por medio de un bordado. Mito antiguo al que ya Hesíodo hace referencia: «detrás de ella [la estrella Arturo], la Pandiónida golondrina de agudo llanto salta a la vista de los hombres en el momento en que comienza de nuevo la primavera»[7]. Artemidoro menciona la creencia de que «anuncia muertes prematuras, duelo y un profundo pesar» por sus orígenes, pero él no está de acuerdo: «ciertamente, su voz no es un lamento, sino un canto que da la señal e incita al trabajo» pues solo aparece en la primavera y entonces «jamás canta al atardecer, sino al amanecer, en el momento en que nace el sol, recordando a los mortales con quienes se topa que ha llegado el momento de iniciar la tarea»[8].

También aparece en este mito otra ave que llega con los calores de la primavera, pues el agresor Tereo se convirtió en abubilla, ave considerada sucia y maloliente, pese a la belleza de su plumaje y su llamativa cresta. La palabra abubilla[9] se considera derivada del latín upupa, si bien es posible que su origen sea onomatopéyico, pues su canto monótono e interminable se suele representar como «bu bu bu bu», muy insistente cuando hace calor. En la Ribera del Duero, se la relacionaba con las labores de la cava de las viñas y se decía este refrán: «Cuando canta la bubilla, no te pongas a la orilla», ya que canta mucho más en tiempo seco y soleado, y la tierra de la viña, en especial la de los márgenes, estaba muy dura y costaba mucho cavarla.

Otro pájaro muy relacionado con los comienzos primaverales es el cuco, cuclillo o «cuculillo» no solo anunciador de la primavera sino también dispensador de especial buena suerte al primero que lo oye cantar. Sobre esto me narró este cuento tradicional Amado Ezquerro en La Rioja:

En el pueblo de Préjano, había dos hombres trabajando en las viñas a mediados de abril y de pronto oyeron cantar al cuco: «cu cu, cu cu». Y se creía entonces que el primero que oía cantar al cuco tenía la buena suerte para ese año. Eran vecinos y siempre andaban a ver quién era más que el otro. Y dice uno, todo orgulloso: «¡Por mí cantó el cuco!», y así se llevaba la buena suerte para ese año. Pero en seguida salta el otro: «¡No, no, no cantó por ti, que cantó por mí!». Y se pasaron to´l día con el «por mí cantó el cuco». Y ya al día siguiente, deciden ir a ver al abogado pa que les diga por quién cantó el cuco, a ver quién llevaba razón. Bajan a Calahorra, van a casa del abogado, y le plantean la cuestión. El abogado les dice que ponga cada uno sobre la mesa un billete de mil pesetas para que pueda darles la solución: «El cuco no cantó ni por usté ni por usté, que cantó por mí», y se guardó los billetes.

Este cuento es similar a otros recogidos en la tradición oral gallega y en la asturiana, donde el cuco es también portador de buena suerte[10]. Sin embargo, en tierras más meridionales su significado es distinto, negativo, y se relaciona con la costumbre del cuco de poner sus huevos en nido ajeno[11], como aparece en cuentecillos recogidos en obras del Siglo de Oro[12]. En varias regiones del norte peninsular[13], el cuco o cuculillo es denominado también «pecu», pero este nombre se aplica también al sapo o escuerzo, que en las noches cálidas de verano lanza su potente canto, parecido a un golpe metálico, que dice:

Pecu, pecu,

¿vas a la boda?

Yo sí, tú no.

¿Llevas vestido?

Yo sí, tú no»[14].

Pájaros muy familiares en el campo en los días primaverales son las alondras, de las cuales hay mucha variedad. La calandria es apreciada y enjaulada por su canto alegre. Cuando se camina por el páramo, se cierne en lo alto sobre el caminante con su rápido aleteo y comienza su canto; de repente se desploma sobre la cabeza de los paseantes si dejar de cantar y les desafía a imitarla. Cuando el campesino iba con sus animales por un camino, siempre aparecían cucurujadas, otro tipo de alondras, que lo seguían con sus cantos. Correteaban delante de la yunta o de los rebaños de ovejas, iban y venían no muy lejos y subidas a una piedra o un ribazo (05) cantaban:

Pastorcito ruin,

¿dónde está el pan que te di?

Te lo comiste.

Largo es el día, tira, lira[15].

Avanzada la primavera, entre los trigos y las cebadas que se van poniendo ceroyos, se oyen los cantos de las perdices. Los machos cantan con voz potente y con insistencia «conichí, conichí, conichichí» y responden las hembras «conichachá, conichachá, conichachá». Esta conversación que resuena en la campiña era aprovechada para la caza con reclamo, para lo que se criaban ejemplares en cautividad (06), que habían sido capturados cuando eran unos pollitos que corrían tras la madre, y que se perseguían a la carrera. También las codornices se hacen notar en los campos de cereal con su monótono «buen pan hay, buen pan hay», que los campesinos tomaban como augurio de buena cosecha.

Pájaros de mal agüero

Los córvidos han sido siempre pájaros muy relacionados con los humanos, por lo general de forma negativa, pues si bien se los suele considerar como carroñeros, su alimentación era muy variada y, además de incluir gran cantidad de insectos, siempre han mostrado una gran atracción hacia la fruta. Los labradores los consideraban enemigos saqueadores de cerezos, guindales y de las viñas, por lo que los perseguían sin tregua. Entre ellos la urraca, picaza o marica (hipocorístico antiguo de María) es uno de los más bellos e inteligentes, que tiene una notable capacidad para emitir gran variedad de vocalizaciones, mediante las cuales se comunica con sus congéneres. Normalmente es un ave ruidosa y gárrula, que lanza diferentes sonidos roncos y ásperos, una especie de crac o chac que a veces parece un «rac rac» como si repitiera su nombre de «urraca». Ya el Arcipreste de Hita le atribuía fama de charlatana: «si non parlase la picaça más que la codorniz/ non la colgarién en plaça, nin reirian de lo que diz»[16]. En algunos pueblos de la Ribera del Duero, al rabilargo, el córvido de llamativos colores azulados, se le conoce con el nombre de charro, derivado del verbo charrar, variante de charlar usada en la comarca, también en otros lugares de la provincia de Soria y de Aragón. La explicación parece ser que este pájaro a menudo se desplaza en bandadas que emiten sonidos ásperos y repetitivos, molestos (07). En los mismos lugares hay un pajarillo llamado charramplín, que se caracteriza por su canto repetitivo y monótono, y que no es otro que el conocido como tarabilla, Saxicola rubicola, por su canto molesto como el sonido de la cítola o tarabilla del molino o de las personas verborreicas.

Las urracas también son especialistas en recorrer el terreno escarbando con su pico en busca de insectos o semillas, en especial en las tierras recién labradas, y una de las semillas más golosas eran los cañamones. En primavera, cuando se sembraba el cáñamo en los huertos, se mandaba a los niños con una changarra para espantar a los pájaros, en especial a las maricas, haciéndola sonar y repitiendo este conjuro: «Os, os, pájaro ladrón, / cómete la tierra y deja el cañamón»

Entre las rapaces nocturnas, es harto conocida la mala fama de la lechuza, asimilada popularmente a la curuja o bruja, cuyo «uuuuuu» nocturno producía pavor en los niños, pues se relacionaba con el espectro o fantasma conocido como «el bu». Sin embargo, llamábamos sonrientes al mochuelo domesticado que tenía nuestro vecino Tonadas con un repetido «miau, miau, miau», pues se decía que «mayaba» como los gatos, y como tal lo tenía este hombre en un pajar junto a su casa y acudía a su llamada posándose en su hombro. Lo había capturado en el nido y lo había criado dándole de comer trocitos de hígado de cordero crudo que pinchaba con un palo afilado y se los acercaba como si fuera la madre. Por las noches maullaba y decía su dueño que se comía los ratones o al menos los asustaba.

Sonidos expresivos y onomatopeya en la música

Durante siglos, los músicos populares, desconocedores de cualquier tipo de notación musical escrita, se acercaron a la música como cualquier aficionado actual que desconoce la escritura musical, como analfabetos que guardan en su memoria vagos recuerdos sentimentales de algunas melodías que les gustaron especialmente cuando las escucharon, o recuerdos algo más concretos de algunas que han escuchado con asiduidad. Cuando la música va acompañada del canto, la relación entre el lenguaje verbal y el musical es más intensa, su fuerza comunicativa es mayor y también la facilidad nemotécnica. Por ello en muchas danzas tradicionales, en especial en las danzas de paloteo, era habitual acompañarlas de un poemilla que los danzantes iban cantando para seguir el ritmo[17]. En Ceinos de Campos, a finales del siglo xx, cuando no tenían músicos para acompañar la danza, se acompañaban de dicho canto y el chocar de los palos[18]. Por su parte, los músicos recurrían a veces a onomatopeyas para recordar los ritmos de la dulzaina o el tamboril, como me recordaba en Castrillo de la Vega el abuelo Isidoro[19]:

«Mi padre tocaba la caja, díselo al Isaías, verás, que el Isaías cuando vivían allá arriba, onde teníamos nosotros el pajar, que vivían ellos allá arriba, pues íbamos a por paja pa los machos, y iba mi padre con la llave, eso me lo dijo el Isaías, y llevaba un cunacho vacío, y iba con la llave en el cunacho: ta, tacata, taca ta, torrorrotonton, «ya está el tio Barril por ahí», dice el Isaías, «pero qué bien redoblaba en el cunacho con la llave». Sí, hombre, mi padre era tamboritero». (08)

Se está refiriendo al bisabuelo Vicente, conocido como «Barril», quien fue labrador, albañil y tamboritero. En la Ribera del Duero, a lo largo del siglo pasado, hubo muchos y buenos músicos populares, algunos muy conocidos, que eran solicitados para las fiestas y celebraciones, pero dado que las festividades tradicionales se celebraban los mismos días en muchos pueblos («entrada» de los quintos, san Antón, san Sebastián, las Candelas, san Blas, santa Águeda, los carnavales, etc.) en casi todos los lugares había músicos locales, no tan famosos pero que cumplían una función muy importante. Amenizaban el baile todos los domingos, tocaban en bodas, bautizos y demás fiestas, e, incluso, a veces eran contratados en pueblos vecinos. El bisabuelo Vicente, «Barril», y el tío Bueno eran una de esas parejas de dulzaineros:

Fueron a Campillo y les metieron presos. Porque los mozos les ajustaron a mi tío Bueno y a mi padre a tocar el día santa Águeda, y el ayuntamiento había contratao a los Ronchas, de ahí, de Vadocondes. Había dos parejas y luego se juntaron las dos parejas, amos, unos que llevaron los mozos y otros que llevó el ayuntamiento y allí se ponía malo, decía mi padre, ha salido un hombre, que era «el tio Grandón», que le llamaban «el tio Gandul», con un sombrero como una criba de acribar. Pues un mozo de los pequeños dijo, dice, «le voy a sacudir a usté las moscas del sombrero que usté es el que tie la culpa», fue y le pegó un puñetazo y le tiró el gorro abajo. Y luego el alcalde a llamar a la Guardia Civil a Aranda, y estaba todo Campillo revuelto y a la cárcel los llevaron a los mozos y a mi padre y al tío Bueno. Y ya, verdá, pues dijeron que a ver cómo cortaban eso, que eso no se podía hacer, eso de pegar al alcalde… «Que él es el que tiene la culpa, que el baile es nuestro, que pua aquí, que puallí, y que no pue ser». Y ya quedaron de que echaran a suertes, y al que le tocara tocar que se quedara y al que no, pues se marchara. Dice mi padre, que no he cogido dinero más lucido. Fuimos dando una vuelta, que fue cuando pasó eso, y luego nos llevaron a la cárcel a todos y nos tocó a nosotros bajarnos a casa, pero nos pagaron.

Los domingos por la tarde iban a la plaza y tocaban para mozos y mozas:

Tocaban el corrido, los mozos a un lao, las mozas al otro y daban la vuelta sin emparejar. La rueda era en parejas, las mozas por fuera, los mozos por dentro iban bailando alrededor sin dejar a la pareja. Al final valseaban; valsear es bailar agarrao. Sí, en la Plaza, y salían luego a pedir a las parejas, una perra gorda a cada uno, el que les daba y otros echaban a correr cuando salían a pedir, se escondían.

Los dulzaineros aprendían de oído, de otros del propio pueblo o de algunos que procedían de Aranda o de Peñafiel, como los famosísimos Pichilines:

Canciones que cogían, qué sé yo, de los músicos que venían a las fiestas. ¡Coño, mira, el Ruperto cuando cogió eso de la pistola, qué bien! A mi padre, como le gustaban tanto las chapas, se ponía a tocar la caja en el Juego Pelota, que había juego de chapas y ponía mi padre un rial a caras, y salían caras, y se agachaba envede tocar la caja. Iba mi tío y le daba con la gaita en el cocote. ¡Que hay que estar al juego, que hay que estar…! Dice, mira, aquí no pasa más que, al entrar, vas con la caja y vas: rrrro catapló, rrrrooo catapló, catapló, rrrrrroooo y luego ya a la que entras, empiezas así y dices: Que te rompo, que te rompo, que te rompo, que te rompo, y luego yo te contesto con la gaita: ¿Y por qué la vas a romper? ¿Y por qué la vas a romper? Y la caja contestaba: Si se rompe, que se rompa, si se rompe, que se rompa, y luego mi tío cantaba con la gaita: Ya compraremos otrrr… y se tragaba la pipa, ya comparemos otra. ¡Uy qué risas con el invento que se preparó aquel, con la rueda ni el coño la vela!

Aprendían melodías tradicionales para las distintas situaciones en que tenían que tocar. Para bailar al cura y a las autoridades, para la procesión, para el baile de los mozos, para las dianas, etc. Familiares, amigos o vecinos aprendían con ellos las mismas melodías e, incluso, heredaban los instrumentos:

–La caja luego se l´ha dejao pa mi primo, sí, que era cuando tocó mi primo con el Bolilla. Interviene Arturo, mi padre,: -La tendrá en Bilbao.

–Pues sí, que se la mandé yo, se la facturé yo, me la mandó a pedir un martes de carnaval, dice que iba a hacer el carnaval puallí, por Portugalete, y le mandé, me pidió la caja y los calcetines, y se los mandé, sí, y allí se ha muerto.

–¿Se ha muerto ya?

–Sí, y el padre del Balbino también.

–El tio Calcetines le llamaban.

–El tio Calcetines. Después de dejarlo mi padre, entró el tio Calcetines y el Bolilla, como eran vecinos de mi tío, pues los enseñó.

–La caja el Balbino la tocaba, le he conocido yo también,

-Luego mi primo se marchó y el tio Nono también tocaba la caja.

–Y el Ruperto.

–Ese tocaba la gaita con otro bando, luego ya de último».

Y nos cuenta varios sucedidos sobre el Ruperto, de cuando él era joven, es decir, de la segunda década del siglo xx, cuando los mozos de Castrillo, al no haber trabajo en las viñas en verano y todavía no tener regadío, iban a segar a comarcas cercanas, sobre todo a Tierra de Sepúlveda y al Valle, que por antonomasia era el del río Esgueva:

Cuando estuve segando yo con el Ruperto en el Valle, dijo una noche que tenía que dejar a oscuras tol pueblo en Torresandino. Íbamos a dormir a un pajar y se quita las albarcas y empieza a dar con las albarcas al poste de la luz, y coge allí que había dos ladrillos y empieza también a dar, y se fundió la luz, y con aquello se fundieron to los que había en el barrio donde estábamos nosotros y empieza este fulano, el Ruperto, «corran, corran al tiro nacional, corran» y to los vecinos que estaban por allí, todos, «pos qué pasará», «corran al tiro nacional, pasen a verlo, pasen a verlo al hombre sin estórgamo que está a punto de llegar, corran, corran todos que esta a punto de llegar el hombre sin estórgamo, que lo dice papa, que lo dice mama, que tiene uñas como ganchos de romana, corran…» Alborotó a tol pueblo. ¡Uy, que tío más cojonudo! Al otro día por la mañana le dicen al amo, dice «¿Tienes algún loco en la cuadrilla? ¡Me cagüen diez, le teníamos que haber matao, no nos ha dejao dormir!» Era medio venao.

Por otro lado, en Castrillo como en cualquier pueblo había personas que tenían mucha afición y conocían una gran cantidad de cantares: «Mi tio Lion[20] se sabía muchismo, y tenía todas las coplas que vendían los ciegos, todas las compraba. Se sentaba a la vara del carro y no paraba».

–Además, que aquel hombre estuvo en la guerra de Cuba.

–Claro que estuvo allí, por eso decía:

Cubanita de mi alma,

que por ti pierdo la calma,

ya no puedo sufrir más.

Son tus ojos azules,

como las nubes

que brillan al sol.

Y tu cintura se ciñe

como la caña del pescador.

Y allá en las tierras de México

y allá en los mares cantábricos

todas las muchachas tienen

pánico, pánico.

Cuando la chica oyó sus cánticos

entre las sábanas se refugió.

Esta muchacha tiene cáscara

y en la cáscara me refugio yo.

¡Ay cubana, yo te quiero,

te idolatro y te venero,

si tu amor es verdadero

mulata dame tu amor!




NOTAS

[1] J. L. Pardo, «Los pájaros de la lengua», en Estética de lo peor, Barataria, 2011, p. 265. Pero no todo el mundo está de acuerdo: «Los pájaros son los grandes comunicadores del reino animal. Hablan mientras cortejan y mientras luchan, mientras forrajean y mientras viajan, mientras rehúyen a los depredadores y mientras crían a sus pollitos. Hablan con la voz, con el cuerpo y con las plumas. Puede que no tengan la musculatura facial que tenemos los primates para expresarnos, pero son capaces de comunicar convincentemente su estado interno con la cabeza y el cuerpo, con las plumas faciales, las crestas, los gestos, y desplegando las alas y la cola», J. Ackerman, La conducta de los pájaros, Barcelona: Ariel, 2021, p. 46.

[2] S. Moss, Diez aves que cambiaron el mundo. La historia de la humanidad a través de las aves. Barcelona: Salamandra, 2025, pp. 267-295.

[3] F. de Quevedo, Historia de la vida del Buscón, ed. de F. Ynduráin, Madrid: Espasa Calpe, 1979, p. 68-69.

[4] En nuestros pueblos abundan tanto Delichon urbica, que hace sus nidos en el exterior, en aleros o cornisas, como Hirundo rustica, que los hace en el interior de las casas y se distingue por su corbata roja.

[5] G. Correas, Vocabulario de refranes y frases proverbiales, Madrid, 1924, pp. 220 y 243.

[6] J. Ruiz, Arcipreste de Hita, Libro de buen amor, edición de A. Blecua, Madrid: Cátedra, 1992: 746-753.

[7] «Trabajos y días», 568-570. Obras y fragmentos, Gredos, 2000, pp. 92-93.

[8] Artemidoro, La interpretación de los sueños, Madrid: Gredos, 2002, II-66, pp. 234-235.

[9] En algunas comarcas se oye «bubilla», y también variantes con la vocal o: «bobilla» y «abobilla».

[10] J. L. Pérez de Castro, «El cuclillo en la tradición asturiana», II Congreso Nacional de Artes y Costumbres Populares, Zaragoza: Institución «Fernando el Católico», 1974, pp. 206-207.

[11] J. M. Pedrosa, «. Los augurios del cuco: Paremias, creencias, ritos», en J. E. Gargallo, Paremiología romance. Los refranes meteorológicos. Barcelona: UB, 2010, pp. 33-49

[12] Por ejemplo, en Timoneda, El sobremesa y alivio de caminantes, cuento 70 de la primera parte.

[13] En mi Vocabulario de la Ribera del Duero, documento pecu con el significado de ‘cuclillo’ en una amplia zona: Burgos, Palencia, Álava, Cantabria, Navarra y Rioja.

[14] Isidoro Criado.

[15] Isidoro Criado.

[16] Juan Ruiz, Libro de buen amor, ed. de A. Blecua, Madrid: Cátedra, 1992. 881 a-b, p. 215.

[17] J. D. Val, L. Díaz Viana y J. Díaz, Catálogo folklórico de la provincia de Valladolid, III. Dulzaineros y tamborileros, Valladolid: Institución Cultural Simancas, 1979, pp. 152-156.

[18] A. Martín Criado, ««La entrada del moro» y las danzas de Ceinos de Campos», Revista de Folklore, 102, 1989, pp. 214-216.

[19] Toda la conversación que sigue la grabe en Castrillo de la Vega en febrero de 1986.

[20] Pronunciación popular, ambas palabras como monosílabos, de «tío León», que era su nombre digamos oficial.



De pájaros y de músicos. Sonidos expresivos y palabras nemotécnicas en la tradición

MARTIN CRIADO, Arturo

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 531.

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