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Los aspectos más fabulosos y crípticos de los relatos populares suelen alimentarse y mantenerse gracias a la credulidad de la gente corriente. También se avivan con evidencias, como las variaciones fenotípicas o las migraciones de grupos étnicos perseguidos o erradicados. Antes o después de una inevitable aculturación, se atribuía a esos grupos la posesión de unos conocimientos sobrenaturales que les hacían poseedores de determinados poderes. Se decía que tales conocimientos les llegaban por tradición desde tiempos inmemoriales y eran practicados con secreto en ceremonias rituales. El hierro y sus misterios, el dominio sobre metales como el oro, la fabricación en cuevas de monedas falsas y de tesoros inmensos fueron algunas de las causas por las que, al menos en Europa y América, se persiguió y temió a los moros, a los agotes, a los hugonotes, a los bohemios o a los gitanos, por citar solo los casos más conocidos. Las características físicas, tan diversas de las que tenía la gente común, contribuían a separarlos de la comunidad y a confinarlos o incluso a motivar su expulsión. Las leyendas ayudaban luego a fantasear sobre los lugares en que se podían esconder y finalmente se les imaginaba como habitantes de cuevas en las que un toro, un dragón, un decapitado, una dama salvaje que alisaba sus cabellos con púas de oro, una sirena, defendían de los intrusos el acceso a un mundo subterráneo y misterioso. A veces, se veía a esos mismos seres las noches de luna llena cantando o vagando por los alrededores de la oquedad llevando en sus manos las dos llaves de acceso que habrían sido forjadas un día y una hora determinados del año y que solo podrían ser tocadas en esa fecha sin quemarse las manos…
Aunque se atribuye a un escritor casi de nuestros días, Anatole France, la frase «viva la diferencia» –incluso aplicada a la suerte de que existan géneros distintos–, el asunto es evidentemente mucho más antiguo, siquiera su vigencia nos obligue a recordarlo cada poco tiempo y por aspectos que deshonran al género humano. La diversidad cultural o física siempre será positiva y una demostración de la capacidad del ser humano para adaptarse a su entorno en cualquier circunstancia, hasta llegar a convertir en mito lo que solo es un avatar.