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Dedicado a la memoria de mi querida madre, Luisa Ángel Rodríguez, a quien debo mi interés por la historia y por la cultura tradicional
Hace unos meses leímos, casualmente, dos textos que nos suscitaron una reflexión relacionada con el estudio de la cultura tradicional.
El primero procede de la historiografía latina. En un pasaje de los Anales de Tácito (I.3), aparece una pregunta acerca de cuántas personas quedarían que hubiesen visto los tiempos de la república romana:
Quotus quisque reliquus qui rem publicam vidisset?
El segundo es la lección inaugural que en su cátedra de literatura medieval y renacentista de la Universidad de Cambridge pronunció C. S. Lewis en 1954. Su título es «De Descriptione Temporum». Es un texto muy interesante (y, de hecho, la anterior cita de Tácito la situó al comienzo del mismo), en el que reflexiona sobre el paso de las edades históricas, sus características, y llega a una conclusión que captó nuestra atención: la idea de que la tecnología es el factor clave para distinguir las épocas:
Between Jane Austen and us, but not between her and Shakespeare, Chaucer, Alfred, Virgil, Homer, or the Pharaohs, comes the birth of the machines[1].
Profundiza C. S. Lewis en la mencionada lección sobre ello, manifestando hasta qué punto, para una parte de la población, los hitos de su vida son determinados por el progreso tecnológico que se va produciendo a lo largo del tiempo.
Nos parece que los citados textos pueden combinarse para reflexionar acerca de la etnografía en el momento presente. En algunos aspectos, en un país como España, que padeció otrora un claro atraso tecnológico respecto a otras partes de Europa, se mantuvieron algunos elementos tradicionales en el modo de vida de amplias zonas que eran estricta continuación de lo que hubo en siglos pretéritos. Sin embargo, en las últimas seis, siete u ocho décadas el proceso de modernización tecnológico ha sido tan profundo, intenso y, sobre todo, acelerado, que ha convertido casi en historia y arqueología lo que hace no tanto era lo cotidiano.
En uno de sus libros de no ficción escribía D. Miguel Delibes:
José Varela Ortega, nieto de Ortega y Gasset, lleva años investigado en la hemeroteca del periódico para su tesis «Política cerealista durante la Regencia». Piensa doctorarse en Oxford. Aparte la colección, ha revuelto cincuenta archivos y recorrido otros tantos pueblos. Hoy, charlando con él sobre el pasado y el presente del campesinado castellano, me ha dicho: «Apresúrate a escribir tus novelas; la Castilla rural desaparece». Y es cierto. Y las razones no son exclusivamente económicas[2].
Así ha sido, y no solo en Castilla. La emigración masiva y el cambio tecnológico han transformado la realidad de las zonas rurales con una profundidad y una extensión tan obvias que resulta innecesario insistir en ello. Mas hay un aspecto que no debe ser olvidado: la desaparición, por el inexorable paso del tiempo, de las generaciones de personas que vivieron al menos una parte de su vida en aquel contexto. Parafraseando a Tácito, cabe preguntarse cuántas personas vivirán dentro de no muchos años que hayan conocido la vida tradicional que caracterizó a tantas zonas de nuestro país. El fallecimiento de las últimas personas de esas generaciones significará que lo que antes era etnografía pasará a ser etnohistoria. Se perderá, al menos en cierto sentido, la perspectiva émica (y matizamos «en cierto sentido», dado que, como bien recordaba desde la filosofía Gadamer, al respecto del concepto de «fusión de horizontes», «el horizonte del presente no se forma pues al margen del pasado»[3], de modo que, aplicando esto a nuestro análisis, las mentalidades y las realidades procedentes de otros tiempos se mantienen, en cierta medida, en lo actual). Y ya recordó hace décadas Joxemarín Apalategi Begiristain cómo, cuando alguno de los puntos «etic» o «emic» «se deteriora o se elimina, ipso facto el proceso de conocimiento se deteriora»[4].
El cambio forma parte de la realidad. Es una obviedad. Pero la experiencia al respecto de las personas que vivieron el mencionado proceso de cambio acelerado desde el punto de vista tecnológico (y también en otros aspectos), constituye un auténtico tesoro antropológico que ha de ser preservado, en la medida posible, en el ámbito de la investigación socio-cultural, porque es único desde distintos puntos de vista. Las personas de la generaciones nacidas en nuestro país durante la primera mitad del siglo xx, principalmente (aunque no solo) las originarias de las zonas rurales, han experimentado un proceso de cambio tan rápido en el lapso de su vida que probablemente haya pocos referentes similares en la historia.
Eugenio Trías escribió:
Las épocas se conocen a posteriori. […] ¿Qué era nos aguarda? Está claro que la transformación es radical y altera valores, formas de vida, modos de ser y de existir[5].
Lo que sucedió a las generaciones nacidas en la primera década del siglo xx podría ser un preludio de lo que podría seguir sucediendo: un cambio intenso y mantenido (o incluso acelerado) en el tiempo. En todo caso, hay algo claro: ya no forman parte de la cotidianeidad muchos aspectos de la cultura tradicional que perduraron durante siglos hasta hace unas décadas. Por ello, el estudio de esta ha de tener en cuenta con mucha mayor intensidad, si cabe, y sin dilación, la aportación de nuestros mayores, esa gran riqueza cultural que guardan en sus memorias. Frente al absurdo, injusto e inhumano edadismo, la etnografía nos recuerda que nuestros mayores son una parte fundamental de nuestra sociedad, un tesoro insustituible para (entre otros aspectos) «la comprensión de la tradición de la que nosotros mismos procedemos»[6], o, dicho de otra manera, para conocernos como sociedad.
D. Julio Caro Baroja escribió en 1974, en «Notas a la tercera edición» de su libro Algunos mitos españoles:
[…] se han realizado muy pocas averiguaciones folklóricas en tierras como Castilla la Vieja, Extremadura, etc., y en un plazo muy corto será ya tarde para hacerlos. Desde que apareció este libro se han perdido treinta años preciosos[7].
Hoy la situación es diferente. Por fortuna, el número de estudios en el citado campo ha aumentado considerablemente (y Revista de Folklore ha realizado, y sigue haciendo, una gran tarea al respecto). Pero ha de incrementarse, si cabe, todavía más, antes de que la desaparición, por edad, de las personas de las generaciones que vivieron y conocieron las sociedades tradicionales conlleve la imposibilidad de recoger todos los datos posibles, a pesar de que la conservación de estos, aislados de las comunidades humanas en los que tenían su contexto, sean, en cierto aspecto, como la rosa tras el cristal de un conocido verso de Vicente Aleixandre:
Tras el cristal la rosa es siempre rosa. Pero no huele[8].
NOTAS
[1] C. S. LEWIS, De Descriptione Temporum. Inaugural Lecture from The Chair of Medieval and Renaissance Literature at Cambridge University, 1954. Es un texto publicado repetidas veces. Aquí citamos citamos según aparece en la siguiente página web: www.romanroadsmedia.com
[2] MIGUEL DELIBES, Un año de mi vida, Barcelona 1979, 56-57.
[3] HANS-GEORG GADAMER, Verdad y método. I, Salamanca 2008, p. 376.
[4] JOXEMARTÍN APALATEGI BEGIRISTAIN, «Cultura vasca (en la vida y obra del antropólogo Julio Caro Baroja»: VV. AA., Julio Caro Baroja. Premio Nacional de las Letras Españolas 1985, Barcelona 1989, 34-67, concretamente p. 41.
[5] EUGENIO TRÍAS, La funesta manía de pensar, Barcelona 2018, p. 172.
[6] HANS-GEORG GADAMER, o. c., p. 376.
[7] Citado en FRANCISCO CASTILLA URBANO, El análisis social de Julio Caro Baroja: empirismo y subjetividad, Madrid 2002, p. 331.
[8]Citado en LEOPOLDO DE LUIS, Vida y obra de Vicente Aleixandre, Madrid 1978, p. 209. No obstante, como complemento a esto, hay que recordar algo expresado por Emilio Lledó: «El lenguaje solidifica de cierta manera las experiencias, pero son éstas las que crean, orientan y determinan al lenguaje». (EMILIO LLEDÓ, Filosofía y lenguaje, Barcelona 2015, p. 17).