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Hace ahora casi 30 años, llegaban a mis manos desde un pueblecito de la montaña de Palencia unos números encuadernados del Boletín del Obispado de Astorga de los años 1913 y 1914, procedentes a su vez, sin saber a qué circunstancia fuera debida, de Castrillo de Cabrera (León). Así daba cuenta al menos el matasellos sacerdotal de la parroquia de San Juan del citado pueblo y dentro de la diócesis de Astorga.
Abrí el Boletín, que había formado parte de la biblioteca de un desconocido sacerdote en el pueblo de Redondo Arriba, buscando alguna sorpresa pues siempre las documentaciones religiosas aparecen plenas de noticias más que interesantes sobre muchas manifestaciones de la tradición y de la vida. Curioso, pero sin mucha intención y tras atiborrarme de circulares, congresos catequéticos, conferencias morales, capellanías, necrológicas y primicias, llegué circunstancialmente a este texto que de otra manera no me hubiera entrado por los ojos, pues en aquel tiempo, en 1990, mis lecturas formativas veraniegas no recalaban en el discurso académico de un señor cura para la apertura del curso conciliar de 1914-15 del seminario del obispado de Astorga, nada más y nada menos.
Pero entre algunas noticias curiosas leí de soslayo algunos renglones relativos a las indumentarias locales y el cultivo del lino y cáñamo. Volví al párrafo primero y leí todo seguido el artículo, que resultó ser un impresionante estudio que vertía a raudales datos exactos, claros y documentados –entre sarcasmos, crudezas y lindezas folklóricas– de las formas de vida, usos y costumbres, economías, todo un compendio antropológico del pueblo de… Ese era el tema, que de tan amplio e interesante obra en cuestión y de manera consciente en ningún momento quiso citar el autor la localidad que define como «la aldea de mi estudio» y a sus vecinos como «condiocesanos nuestros», sin más. Un pueblo de unos doscientos cincuenta vecinos como dato poblacional.
Han sido años de dar vueltas, de analizar detalles para intentan centrar en áreas o comarcas el estudio y sobre todo pensando que, si el autor había querido faltar a este dato por preservar la intimidad vecinal, posiblemente los otros datos circunstanciales, geográficos o toponímicos podían no ser reales asimismo, empezando por la advocación de la iglesia parroquial, que se acogía al manto de Nuestra Señora de la Asunción y que podía ser efectivamente un dato erróneo que confundiese al lector para disimular el lugar en cuestión. Recordemos también que la rápida consulta que ahora podemos realizar en cualquier plataforma digital no lo era en aquel tiempo ni tan siquiera la del propio Boletín salvo en las bibliotecas episcopales y ojeado a mano. Dejé de lado esta localización, que por estilos «a groso modo» había de circunscribirse a la tierra de las provincias de León, Zamora o de Orense, máxime si se publicaba en el Boletín del obispado de Astorga. Transcribí el texto y lo reservé, esperando que cogiera cuerpo aunque quedó en la mesa habitual de mi trabajo como un enser más durante algunos años.
Cada cierto tiempo, años, revisaba algunas parroquias, arquitecturas o las referencias a las tradiciones e indumentarias –determinantes–, ceñidas poco a poco a tierras tan amplias de Astorga y las cercanas zamoranas. Memoricé detalles y lugares citados y mil cosas siempre que todo ello, incluidas las titularidades de santos y cristos del texto que aparecían y que dadas las tempranas fechas de finales del xix y pp. del xx, podía haberse olvidado y perdido antes de la Guerra Civil, lo mismo que las danzas y ofertorios que citaba. La figura del Cristo patrono de la localidad, la presencia de las mozas cantoras y el ramo nos acercó a diversas localidades del entorno astorgano y benaventano y en especial hasta Morales del Rey donde ya había realizado algunas entrevistas en esos años, pero desestimamos la localidad en cuestión por el tema arquitectónico parroquial nuevamente. La iglesia podía haberse destruido o transformado en los más de los cien años pasados como para estar buscando arcadas, campanarios, cruceros y las hornacinas descritas de santos que pudieron hundirse en tiempos pretéritos. Todo un enigma y con ello, volvía de nuevo a cerrar el Boletín.
Recurrí a los especialistas locales sin resultado, unos veían detalles claramente maragatos otros montañeses y así olvidé otros años el tema. Las referencias del texto a la cañada de Sanabria, el «camino zamorano», una red ferroviaria y una ciudad cercana de cierta importancia que tampoco se nombraba nos llevó a tierras de Benavente, siempre y cuando esos datos no fueran claras vías, insisto de nuevo, como para despistar la atención pues la cruda realidad expuesta en muchos capítulos dudo que gustara de ser leída por los naturales del país y pudiéramos tomarlo como un texto fáctico. Retomé con ahínco el tema tras la pandemia por aquello de ir quitando cosas y con más datos y estudios publicados en los últimos años reduje el espectro de lugares y aldeas a la comarca de Los Valles de Zamora contando con las localidades hermanas de la provincia de León. Ahondando en detalles pude concretar el territorio de acción al Valle del Tera, el Ería y el Órbigo, al Valle de Vidriales, total apenas medio centenar de pueblos tras tener en cuenta las 970 parroquias en la diócesis de Astorga adscritas en 2020 y sobre las 700 que se contabilizaban a pp. del siglo xx, cuando se detalla el texto[1].
Insistiendo en las documentaciones y pendiente de varios detalles sobre indumentaria oídos a unos amigos, buenos conocedores en la prudencia de la rica y amplia tradición zamorana cerqué el radio de acción al Valle Vidriales[2] donde la cartografía fue ayudando en la localización. El uso de internet siguiendo diferentes métodos de consulta para localizar imágenes resultó fallido casi siempre pues muchos de estos pueblos, pequeños, no habían indizado referencias suficientes ni apenas imágenes. Ahora tal vez con el chat GPT y la IA hubiera sido fácil, pero después de todo lo sufrido me negué en redondo a hacer la prueba, y menos a toro pasado. Tal vez de haber perdido más tiempo en ello y haber revisado todo el catálogo monumental de las parroquias benaventanas –cientos de edificios– hubiéramos encontrado hace años la solución del lugar.
Considerado un dato de la distancia indicada en el texto de cierta «ciudad» hasta nuestro pueblo y que, «Situada la aldea a dos kilómetros de una buena carretera, por la que en hora y media se llega a caballo a la estación del ferrocarril de la ciudad, capital del distrito», pensamos hipotéticamente en Benavente y en el entorno inmediato. Y revisamos los lugares sitos a doce o quince kilómetros que un jinete pudiera recorrer en ese tiempo a lomos de un caballo y con las parroquias con la advocación de La Asunción. Volvimos al Valle Vidriales tras un reciente volcado de imágenes en internet que mostraban unas pequeñas esquinas de unos lienzos del altar de Quiruelas, localidad que desde hacía tiempo tenía muchas de las papeletas de premio, donde aparecía lo que pudiera ser un pasaje de la infancia de Jesús junto a una mortecina talla de la Asunción, detalles que daba el autor cuando describía el altar central del pueblo (Foto 1). Revisé la construcción de la iglesia, y la fachada armada a partir de un gran arco como el descrito, la subida a la espadaña, el cementerio y juego de pelota y sorprendentemente coincidían plenamente con los datos descritos cien años antes (Fotos 2 y 3, 4, 5, 6, 7 y 8 ). Por fin.
Todo muy entretenido durante años teniendo en cuenta que lo más fácil hubiera sido haberme acercado en persona al Archivo del Obispado de Astorga –ante las nulas respuestas tras meses y meses de espera, a Dios gracias no era una urgencia espiritual, aunque al final contestaron muy amablemente un año y medio después– para buscar el natalicio del autor, pensando que pudiera hablar de su pueblo o de alguno de sus primeros destinos sacerdotales. No vi tampoco hasta el último día –manque alguno verá la obviedad– la referencia que en su momento pensamos únicamente topográfica de unas lomas o colinas más allá de la aldea, a trasmonte, donde se situaban y excavaban las bodegas del pueblo en cuestión, y que se refería en realidad a una localidad concreta, a la pedanía de Colinas de Trasmonte perteneciente al municipio de Quiruelas. Todos los detalles ha ido cuadrando. Las visitas y entrevistas a algunos vecinos del lugar ya discernido el entuerto nos aclararon y especificaron detalles y usos que se recogían en el texto así como nos mostraron el olvido de mucho de lo aquí contenido[3].
Del autor poco podemos decir y tras la paciente espera del Archivo del Obispado al final nos enviaron estos más que sucintos datos donde se indicaba que era oriundo de Villanázar de Tera y que estaba domiciliado en Quiruelas de Vidriales a fecha de 22 de marzo de 1886 (no se indica que fuera este su día natal, sí posiblemente el de su bautizo) siendo ordenado sacerdote en 1909 (Foto 9). Por tanto no dejarían de ser los recuerdos de su infancia y juventud en Quiruelas a finales del xix y pp. el xx y lo que anotara en el tiempo de preparación del discurso. Todo concordaba la final. La biografía del licenciado Rodríguez, habla de su vida y obra en torno a la catedral y seminario astorgano entre 1913 y 1937 y no consta parroquia a la que fuera destinado. Bienvenido Rodríguez y Rodríguez ocupó la plaza de Canónigo Magistral en Astorga tras la vacante dejada por Enrique Vázquez Camarasa cuando fue nombrado magistral de la catedral de Madrid en 1915 (BOA, nº16, 16/VIII/1915. Pg 288)[4].
Me plantee hacer un estudio social, etnográfico-costumbrista de este texto tan jugoso, datando referencias, contrastando datos, pero al final decidí que lo más interesante y lo que más me iba a rentar era disfrutar de su lectura, que seguramente levantará de su tumba a más de cuatro. Así que es lo que recomiendo. No comentaremos acerca de las opiniones y detalles escabrosos del cura sobre todo ahora que se nos vuelven documentos y recuerdos impagables que aderezan un modo de vida de manera tan clara y dura que debió ser el pan nuestro de cada día en buena parte del medio rural español. En especial de aquel que se fue quedando anclado a un realidad pasada y netamente medieval mientras otros pueblos y comarcas iban, al paso del siglo xx –no antes– cambiando de formas y mentalidades. He aquí el singular estudio que fue el discurso inaugural de la apertura del curso académico de 1914-1915 del seminario Conciliar de Astorga, leído el día 1 de octubre a la diez y media de la mañana tras la celebración eucarística del señor Rector D. José Prats «bajo la presidencia del Ilmo. y Rvdmo. Prelado, los señores profesores, el señor jefe de la zona militar de esta ciudad, varios señores Capitulares, comisionistas de P.P. Redentoristas y Hermanos de las escuelas cristianas, sacerdotes, periodistas y familias de los alumnos». Fue publicado en varias entregas en los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1914 en el Boletín eclesiástico del Obispado de Astorga, año LXII, iniciándose el 15 de octubre (nº 20 al 23) en la imprenta de Nicéforo Fernández de Astorga. Disfrútenlo. (Fotos 10 y 11).
Discurso leído por el Lic. D. Bienvenido Rodríguez y Rodríguez, profesor de Sociología, en la apertura del curso académico de 1914 a 1915.
Iltmo. sr.
Señores
I PROLEGÓMENOS
Origen psicológico del tema
Descansar no es holgar. La holganza es una renunciación inmoral de la vida. La vida está caracterizada por la actividad; la holganza por el torpe abandono de la inacción consciente. El hombre viene a la vida tan obligado a trabajar como a vivir. Por el contrario, el descanso es una necesidad de nuestra naturaleza desde que, en castigo de su culpa Dios le hizo el trabajo penoso. El hombre viene hoy a la vida tan obligado a descansar como a trabajar y a vivir; que actualmente el descanso es condición precisa para su trabajo y para su vida.
El sueño, hermano de la muerte, como la muerte es precursor necesario de resurrección; pero, como muerte debe el hombre restarle tiempo. Prolongar la vigilia es prolongar la vida. Más, para obtener esa prolongación sin perjuicio es indispensable procurarse en el trabajo mismo algún relativo descanso.
Esto se consigue de varios modos: o ejercitando sucesivamente facultades diferentes; o aplicando una misma facultad en momentos distintos a objetos que exijan diverso grado de intensidad subjetiva; o, simplemente, sustituyendo por otro medio de relación de la misma facultad al mismo objeto. Claro es que a todas estas alteraciones en el ejercicio de nuestra actividad, para que nos sean provechosas y a la vez nos proporcionen el descanso intentado, ha de presidir, en cuanto a la frecuencia y al modo, el orden lógico impuesto por la fatiga inicial sentida en una función y el mutuo encadenamiento, armónico, fácil, naturalísimo de las funciones.
Balmes escribe en «El Criterio»: «Descansar no consiste en no hacer nada, sino en cambiar de ocupación»... Y descansé, escribiendo durante las últimas vacaciones de estío mi primer discurso académico. Cambié de medio de estudio. Cerré los libros, y a la luz esplendorosa del sol, de cara a la realidad, me puse a estudiar Sociología en las vidas de labriegos que ante mis ojos se mostraban.
Aunque con facilidad pudiera haberlo hecho, a ningún experimento los sometí. Habríales acaso infundido recelos, y la suspicacia hubiera encubierto con engañosos artificios ladinos el vivir habitual de aquellos siervos de la gleba, tan abundante en humillantes miserias y vergonzosas inferioridades. En busca de la verdad pura, dejé que con toda espontaneidad siguieran viviendo su vida, sin advertir que yo la avizoraba, y me limité a mirarla atento, tal como se me presentaba y en donde se me presentaba: en la Iglesia, en las casas, en las eras, en los campos. Dando satisfacción a la gran curiosidad de ver toda la verdad de aquellas vidas, que a veces furiosamente me acicateaba el alma, de muy buen grado hubiera provocado revelaciones de lo más intimo, desdoblamientos de aquellas entrañas que bajo la carne de bronce se mantenían hoscamente plegadas contra mí; pero pudo más el temor de que la esfinge, en venganza de mi atrevimiento me engañara, que el deseo de abrirle el pecho y la frente, para arrancarle de lo hondo del corazón y del espíritu aquel complejo misterio de su sentir y de su pensar, que burlonamente asomaba a los labios de piedra, eternamente inmóviles, y a los torvos ojos, salvajemente desconfiados.
Observé, anoté, puse en orden mis notas, y, así, sencillamente, compuse este discurso, en el cual he procurado expresar con toda precisión y crudeza las visiones que, de algo de sus vidas, al desnudo, o por tortuosas y angostas resquebrajaduras polvorientas de la vieja máscara humana ofrecieron, sin querer, con absoluta sinceridad, tal como era, a mis ojos unos cuantos aldeanos labradores. La urgencia de la sindicación agrícola, que yo aprendiera antes en los libros, brilló en mi mente con lumbre de evidencia, cuando, mirando triste lo que era este algo real, pensé esperanzado lo que muy pronto podía y debía ser por la sindicación.
Novedad del asunto
No se me oculta que el tema propuesto, para muchos de vosotros, que, como yo, habéis convivido con labradores iguales en iguales aldeas, carece de novedad objetiva; más, aun para los que os halléis en este caso, la tendrá subjetiva, si, o habéis pasado por entre las mismas realidades vivas sin mirarlas, o las impresiones y reflexiones que en vosotros determinaron fueron distintas de las que a mí me causaron y sugirieron, o, finalmente, os contentasteis con sentirlas sin deteneros a pensar en ellas, y, al menos en el interior, reducirlas a clara expresión. Si acertara acaso a expresar ideas y sentimientos que bulleran inexpresados allá en lo hondo de vuestra racionalidad donde la carne parece empañar con su contacto al espíritu ensombreciéndolo, entonces mi discurso os sorprendería con el agrado de una obra de arte; que tal vez en la genial expresión, reveladora de comunes ideales inexpresados, se encierra todo el secreto de la realización de la belleza artística.
Mis aspiraciones
Aparte la novedad, lo que sobre todo me importa es que esta lectura, si no agradable, ni interesante siquiera, resulte de práctico aprovechamiento. Y lo será ciertamente, si con ella se aficionan los alumnos a alternar el estudio de lecciones de libros con el estudio de lecciones de cosas y de hombres, marchando sosegadamente camino de la vida adelante con los sentidos bien despiertos para recibir toda suerte de impresiones, y el espíritu atento a las impresiones de los sentidos para atesorar sin interrupción sabias enseñanzas; que las cosas, creadas por Dios, palabras son de su Verbo a nuestras inteligencias.
Así se explica lo que el inmortal maestro del bien pensar, antes nombrado, consigna en su citada obra: «No hay nada, por insignificante que parezca, que no nos pueda instruir en algo». «El pensar bien consiste en conocer la verdad». «La verdad es la realidad de las cosas».
Si además por inmerecido favor del cielo lograra yo con esta lectura de personales observaciones mandar un solo rayo más de luz al oscuro problema social del actual vivir de nuestros agricultores, y soplar avivando la lumbrarada de amor hacia ellos, ardiente ya en los corazones cristianos de cuantos me oyen, que hoy o mañana, de un modo o de otro, han de intervenir, cumpliendo con otros generales deberes un santo deber profesional, en la dirección de esas vidas hermanas, entonces del todo habría llevado a feliz término mi alto propósito.
De haberlo intentado me glorío; y dispuesto estoy a aceptar con buen ánimo cuantas censuras mereciere de vuestro respetabilísimo juicio, no por haberlo ni en su mínima parte realizado que aunque muchas veces para poder no le falta al hombre sino querer, no siempre puede lo que quiere. Vosotros diréis.
Criterio adoptado
Elegido el asunto, pensé luego en elegir mi punto de vista, un criterio probado, en el cual situar de modo conveniente e inconmovible mi razón, para atalayar desde allí con certeza la verdad ansiada, y alcanzar desde aquella cumbre luminosa y dominadora la más extensa, distinta y comprensiva intuición en mis pretendidas observaciones.
Menoscabada en el siglo xix la estimación de las verdades filosóficas, de la ciencia ética y de la verdad religiosa, pareció que podían justificarse en el orden individual y social todas las manifestaciones vitales humanas con el criterio de lo útil, y en consecuencia explicarse con la ciencia económica, que es por antonomasia la ciencia de lo útil. Al punto deseché, por absurda, esta manera de mirar la vida adoptada por Engels, Marx, Rogers, Loria, Labriola y demás coautores y secuaces del moderno positivismo y vine a situarme, muy a mi gusto, en aquel altísimo punto de vista, desde donde aprecian el complejo fenómeno del humano vivir la escuela ético–cristiana y esa otra novísima, que, con el nombre de escuela psicológica, acaba de surgir en Sociología. Para estas escuelas, según palabras tomadas a la letra de Toniolo en la «Introducción a su Tratado de Economía Social».... «que en los resultados definitivos –la historia lo atestigua– las condiciones económicas son el producto de las cualidades intrínsecas y de la diversa elevación de la vida intelectual y moral de los pueblos. La razón y Ia experiencia enseñan que ‘el orden de las ideas rige definitivamente el de los hechos’, y análogamente las vicisitudes de los fenómenos materiales de la riqueza no siempre anteceden o son concomitantes, sino que vienen a seguir con frecuencia tardía y lentamente al espíritu en la vida de las naciones».
II VIDA ECONOMICA
Producción
La actividad económica de los labriegos de mi asunto no se aplica de modo exclusivo a la producción agrícola. Se dedican también a la industria pecuaria, cuyo desarrollo favorecen grandes prados boyales, aunque gravados con un pequeño foro de muy discutible legitimidad, que durante los meses de otoño, invierno y primavera fácilmente se riegan; un fresnal, no menos extenso, una verdadera isla tan abundante en pastos que sin salir de allí, engorda una vacada numerosa; y finalmente el libre aprovechamiento común de barbecheras y rastrojeras: crían ganado lanar, algunas cabras de leche, contados ejemplares de la especies caballar y mular, de la asnal un número mayor que el de vecinos, bastantes cerdos, varias docenas de patos, propiedad de ricos, hasta dos centenares de pavos, casi único patrimonio de dos o tres familias de pobres viejos, y no escasas gallinas en los amplios corrales cubiertos de estiércoles orgánicos. Además de agricultores y ganaderos, los obreros y pequeños propietarios o pequeños colonos, son temporalmente, cada año, mineros en Riotinto o en Asturias. Como manifestación rudimentaria de la industria manufacturera, puede anotarse, para cerrar esta serie de aplicaciones del trabajo económico de mis labriegos, el hilado de la lana, del lino y del cáñamo en ruecas primitivas, tarea invernal de mujeres incapacitadas para cualquier otra clase de labor.
Los cultivos, en los cuales, como labradores se ocupan, son el del trigo, cebada, centeno, algarroba, yeros, garbanzos, habichuelas, habas, patatas, nabos, remolacha, berza, lino, cáñamo, maíz, guisantes y el de la viña. De pocos años a esta parte la producción de la habichuela ha venido aumentando en la proporción que ha disminuido la del lino. Dicen que, además de ser el proceso productivo de éste más largo, complicado y trabajoso que el de aquella, aquel producto es de mayores rendimientos que este. Por análoga razón he visto sustituidas en otra vega de la misma comarca las antiguas plantaciones extensísimas de lino por las actuales de pimientos y cebollas. El cultivo del cáñamo al cual se dedicó siempre atención muy remisa, esta hoy a punto de desaparecer. Por excepción se ve una reducida parcela de tal planta. En cambio, si el cultivo del tabaco se declarara libre, acaso fueran en ese sentido muchos afanes. Así, al menos, lo hacen presumir las aficiones de que no pocos dan con frecuencia escondidas muestras. La viticultura y vinicultura tuvo para ellos en tiempo no muy lejano grandísima importancia. Buena prueba de esto da todavía Ia multitud de «cuevas», bodegas subterráneas, abiertas a lo largo de una extensa derivación arcillosa, descendente de las colinas de trasmonte hacia el valle feraz donde Ia aldea está enclavada, a la cual limitan por el sudeste y en la cual entran ramificándose en forma de cruz. Fue entonces, cuando dicen los viejos que el pueblo era rico, y las vendimias bacanales, y las «cuevas» lugares de regalada ociosidad y de orgiásticos hartazgos cotidianos. Pero la filoxera y el prematuro abandono de las viñas afiloxeradas dieron al traste con toda aquella riqueza. En unos años las bodegas no les sirvieron mas que de pajares; paneras, despensas… Se cerraron para su originario y natural destino, y, como expiatoria compensación, se abrieron tabernas, en donde los bebedores impenitentes hubieren de saciar su sed en vino malo y caro, pagándolo muchas veces a costa de frecuentes hurtos, familiares y extra-familiares. Multiplicándose los rateros, y las bodegas, en las cuales tan a su gusto maniobraban con impunidad absoluta, vinieron a ser, en definitiva, como si sobre ellas pesara una maldición por los pasados abusos, enteramente inútiles. Ni paja podía encerrarse en ellas. Solo algún que otro día señalado los individuos del concejo, después de otro día de pesca y de concejil merienda pantagruélica a orillas del río, se permitían el lujo de reunirse en la del alcalde o en la de cualquier munícipe prestigioso y pasar allí toda una tarde ofrendando impúdicamente a Baco buena parte de distraídos fondos municipales. Al salir, entrechocándose como pellejos mal sujetos en carromato, por vereda, iban de ronda. Hoy, gracias a las iniciativas ejemplares de algunos convecinos, no labradores, más ilustrados, y a la facilidad que les ofrece un gran gran vivero de vides americanas, que no muy lejos de allí dirige con gran acierto un sacerdote, por rara casualidad propietario, van poco a poco restaurando el perdido viñedo con plantas de la clase indicada, inatacables a la filoxera. Si todavía no pueden exportar vino, ni venderlo, salvo contadas excepciones, y esto en no muy grandes cantidades, muchos de ellos, casi todos, lo cosechan ya en cantidad que sería suficiente para el propio consumo, si hubieran aprendido con las pretéritas privaciones a prevenir futuras indigencias análogas poniendo en el consumo una ordenada sobriedad. Mas, por desgracia, con las antiguas viñas vuelven las antiguas desordenadas costumbres corruptoras. La replantación actual, aunque por ahora mucho menos extensa que la plantación anterior, se hace con arreglo a más racionales procedimientos que los empleados en esta, si bien aún no se han adoptado los últimos adelantos en la materia, y está mejor situada, en terrenos muy a propósito para eso y que poco más que para eso sirven, habiendo dado margen la insinuada traslación de sitio a que un crecido número de tierras descepadas se aprovechen en la actualidad, lógicamente, para el cultivo del trigo y de algunas legumbres. Solo he oído decir a los paisanos que las uvas y los mostos de estas vides, injertos indígenas en exóticas cepas americanas, con ser las primeras mas abultadas y numerosas, y los segundos mas abundantes, son de peor gusto aquellas y de inferior calidad estos, que las uvas y los mostos, fruto de vides netamente del país. Con el replanteo de la vid han entrado de nuevo en funciones las ancestrales alquitaras clandestinas destiladoras de aguardiente. Todas las precauciones son pocas para burlar la vigilancia de los carabineros, a quienes innobles enemigos suelen dar precisas noticias; más nunca falta en casa del labrador un tabuco recóndito en donde, a deshora, arda la leña, hierva la alquitara y corra del tubo milagroso a la vidriada jarra en parábola de luz el hilillo embriagador que ha de proporcionar a sus dueños el divino placer de la parva todas las mañanas. En apurando una copa de aguardiente a sorbos, alternados con otros tantos mordiscos en un pedazo de pan correoso, se sienten del todo despiertos, completamente desentumecidos, ágiles y fuertes para cualquier trabajo. No sé por qué siempre que veo hacer aguardiente en tal guisa y al aguardientero, desmedrado, ebrio, acurrucarse junto al fuego, o ir y venir, tambaleándose medio asfixiado, entre la humareda, los mareantes vapores de las heces en ebullición, mareándome, dibujan en mi fantasía delirante la supuesta imagen de un químico brujo de la edad media buscando en el antro misterioso de sus diabólicos estudios la piedra filosofal. A veces el arcaico investigador háseme presentado con manteo pardo, remendado, chambra de percal, muy ceñida al busto, y pañuelo de estambre, anudado sobre la frente, a cuyos lados colgaban lacias las puntas de el, a manera de ligeros y movibles cuernos. Fue que la mujer del aguardentero, larguirucha, acecinada, sin pestañas, sustituía al marido en los menesteres profesionales. Del matrimonio nació una hija que suple ya con ventaja a sus padres. Enumeré, arriba, entre los cultivos local el de la remolacha; y, por las menguadas proporciones que alcanza a pesar de que disponen de suelo tan apto para el como el que lo sea mas, apenas si merecía mencionarse. El trust azucarero no recibe de allí ni un kilo de esa primera materia. La poca que se recolecta se consume, como pienso complementario, en la alimentación del ganado vacuno. En fin, la utilidad y los encantos del árbol son casi por completo desconocidos por aquellas gentes, que sufren, en justo castigo, los rigores de un clima destemplado e irregular. Talaron un encinar, hasta dejarlo sin una mata de jara, ni un mal carrasco; ahora todos se ven forzados a comprar en las próximas dehesas, a los precios que los dueños de estas quieren imponerles, agradeciéndolo adomás como un señalado favor reservado para los amigos políticos, la leña que, con los manojos de sarmientos, constituye el combustible único de sus hogares y de sus hornos. Tan pronto como entraron en posesión de un pinar, adquirido en común por un cierto número de ellos no ha muchos años, se dieron prisa, desusada, en arrancar los pinos. A los fresnos y támaras de la preciosa finca comunal, a que antes aludí, los tratan como a enemigos.
Sin tener para nada en cuenta las ordenanzas municipales, la saquean a toda hora; para cortar una vara, de que tienen momentáneo placer o poco más duradera conveniencia, no reparan en destrozar un árbol. Los gitanos trashumantes completan la obra destructora de los vecinos, que con bárbara indiferencia se lo toleran. Yo mismo he escuchado a más de una caravana astrosa de hampones semejantes que aquello es «su paraíso». Allí está la choza del vaquero donde guarecerse y el corral del ganado del pueblo donde recoger «sus bestias»; allí innúmeros troncos de fresnos, medio secos, a que prender fuego, sin tomarse siquiera el inútil, y para ellos, como todos, odioso trabajo de derribarlos; allí pastos, y agua, y caza, y pesca abundante y a dos pasos los que aún hoy, aunque sin razón ya, se llaman «linares», las tierras bajas de regadío que les brindan durante la noche toda suerte de sazonados frutos alimenticios; allí finalmente, sombra y támaras mimbreantes; que crecen junto a las zarzamoras, para que sus mujeres puedan tejer con sin igual comodidad cestos y canastillos de todas clases, blanquísimos y recios que luego venden públicamente a maravilla. Conocidos todos estos hechos al arbolado relativos, se aminora la extrañeza, aunque la pena con la fundada desesperanza aumente, que causa en el ánimo del observador el encontrarse en aquel término municipal con bastantes campos, yermos, abandonados, que debieran estar poblados de castaños y de pinos; y los bordes de los caminos, y la muchedumbre de lindes, y las márgenes del río y de la complicada red de regatos, y los confines del prado, donde, con solo plantarlos, prosperarían incontables y diversos árboles, sin que sobre ellos destaque su hermosa y benéfica silueta ni uno solo. En el vacío cayó la lección práctica dada acerca del particular por el señor Maestro de niños, quien, su manera, celebró un año la fiesta del árbol, regalando a sus pequeños alumnos plantones de frutales varios para que, cuidándolos por sí mismos, les cobraran cariño y estima. Nada han aprendido tampoco en el caso, verdaderamente alentador, de un gran predio, que un hacendado de la tierra tuvo la feliz idea de plantar de almendros. Únicamente en las nuevas viñas, propiedad de algunos más cultos que el resto de sus convecinos se crían unos pocos árboles, de sabrosos y envidiados frutos.
En cuanto a útiles de trabajo y procedimientos de explotación del suelo, el atraso de los agricultores de mi referencia es evidente. No puede decirse que permanezcan en esto estacionarios; pero progresan de modo tan lento y retroceden por atavismo, con tal frecuencia, que resulta en extremo difícil notar y, más aún, dar por firmes sus pasos hacia adelante. De sus anuales emigraciones a Tierra de Campos, a Extremadura y a la Rioja, en donde la agricultura tan adelantada se muestra, no importan los obreros, que allí han practicado los modernos métodos de cultivo con novísimos instrumentos de trabajo, si no sus míseros ahorros y alguna que otra perniciosa novedad en las ideas, en el lenguaje, en las costumbres, en el vestido, juntamente con una insoportable presunción de hombres de mundo en el más bajo y peor sentido de la palabra. Es indudable que de ahí, principalmente de Tierra de Campos, viene el impulso progresivo apuntado; mas la ignorancia y la rutina de los que lo transmiten y lo reciben menguan en tanto grado su caudal y eficacia, que lo hacen imperceptible. Parece una profunda corriente subterránea que solo después de mucho tiempo de insensibles ascensiones capilares llega a manifestarse tenuamente en fertilizaciones de la superficie.
Al antiguo arado romano, del cual quedan todavía vergonzosos ejemplares, lo han sustituido los más por el de vertedera: pero no les he visto emplear ni un bisurco, ni una sembradora. El año pasado llegó al pueblo un ingeniero agrónomo con un perito mecánico y un excelente arado de desfonde. Iba con ánimo de dar una conferencia y realizar con el arado practicas integrales, decisivas. No sé si logró su propósito en cuanto a la conferencia. Lo que si sé cierto es que con dificultad pudo encontrar un labrador que, por puro compromiso y mascullando suspicacias y recelos, en atención al cacique político que al ingeniero acompañaba, se prestara, al fin, a que en terrenos suyos y con sus bueyes se abriesen con el arado de desfonde hasta media docena de surcos. ¡Le echaban a perder la tierra, le mataban las parejas...! Los labriegos presenciaron boquiabiertos la operación y nada más. Aún contra el arado de vertedera lanza de vez en cuando la vieja rutina en rebeldía por boca de los mismos que lo usan, sin haber conseguido acallar del todo la desconfianza que les muerde en la entraña, torpes acusaciones. Los pastores se lamentan de que, por arar así, no haya ni una brizna de hierba en el barbecho; ellos de que, por culpa de tal arado, abunde en los sembrados más que antes la hierba, y tímidamente dejan traslucir sus ignaros antojos de que, por eso mismo son menores que antes las cosechas y con mayor facilidad que antes se malogran. Rompen los terrones a mazazos y, cuando necesitan pulverizar más una tierra, y nivelarla, por exigirlo así la planta, a cuya producción la destinan, en vez del rodillo mecánico usan de un tosco tabladillo rectangular plano, que sujetan al yugo con cuerdas y sobre el cual, puestos en pie dos o más hombres o mujeres indistintamente; supliendo de este modo con el propio peso la fuerza de presión que al armatoste falta, se dejan arrastrar por la yunta. Con todo, se ríen de los labradores de la margen derecha del río, que utilizan para idéntica labor un grueso tejido de támara o unos palos, de igual manera que ellos, y en igual forma dispuestos que sus tabletas. Al escardillador, de tan múltiples y provechosos efectos, lo juzgan peligroso, ciertamente perjudicial, y no se avienen a aplicarlo de manera alguna. Siegan con guadaña y las más veces con hoz. Entre los doscientos cincuenta vecinos uno solo, desde hace dos años, tiene maquina segadora, y este se sirve de ella con tiro de bueyes. Bien es verdad que vive en el país «El Tonto»; a quien han visto gastar coche con tiro de vacas. Atan las mieses en haces y las transportan a las eras en carro sin mallas. Justo es reconocer, sin embargo, que el sistema de «morenas» va ganando de año en año campo al de haces; que ya se emplea algún carro con malla para ese servicio, aunque muy mal acondicionada; y que los carros, si no del modelo más perfeccionado, son grandes, bien construidos, seguros y de fácil rodar alegre: no chirrían, cantan. En la era siguen la ralgada (sic) costumbre de reunir en grandes rimeros de caprichosas formas, que llaman «medas», multitud de mieses hacinadas, de los cuales las van sacando para las trillas, siempre de excesivo grosor. Como todas las otras labores, también esta la efectúan con parejas de reses vacunas. Más adelantados que en otros muchos pueblos de esta diócesis donde todavía se mantiene en vigor la práctica de las «majas» para el desgrane de cereales, usan los de Ia aldea de mi estudio de trillos de madera tachonados de menudos pedernales prismáticos; pero ni uno solo, con dientes de acero, y palas de hierro para el volteo, ni menos de una sola maquina trilladora.
Para «emparvar» o «aparvar», que es recoger Ia trilla acabada, se valen de un palo cilíndrico sin labrar, el «parvón» o «aparvador», amarrado por sus extremosa al yugo. Sobre el palo en toda su longitud, van de pie hombres, mujeres, muchachos, encorvados los cuerpos hacia adelante, sosteniendo y empujando así el panzudo montón de mies, que el palo de tal suerte oprimido y tirado, levanta una vez que llegan al sitio prefijado para la parva, a una voz del que dirige la operación se alzan todos, el palo sube, y la miés queda allá amontonada. Luego proceden a dar forma, menos irregular y más apretada, al montón, disponiéndolo o en sentido longitudinal, a la manera de un largo prisma, que es la parva, propiamente dicha; o sobre un plano circular, al modo de un cono, de ancha base y poca altura, que conserva el nombre genérico de montón. Esta segunda forma reúne mucho mejores condiciones para «la limpia» que la primera. Sin embargo, como ésta es mas vistosa y finge mayor cantidad, han dado en la fachenda de multiplicar a troche y a moche las parvas, algunas de las cuales, aventadas, arrojan la cifra ridícula de tres cargas de grano. No hay en la aldea, al menos que yo sepa, maquinas aventadoras. A palos, con recios varales, desgranan los garbanzos y las habichuelas. El desgrane del lino es curiosísimo. Tienden la planta ordenadamente, con todas las cabezuelas a un mismo lado, sobre una cuerda. A lo largo de la hilada, que van a «derripar», se colocan por parejas, uno frente a otro, los «derripadores», y alternando rítmicamente los movimientos y los golpes de sus «derripanzos» sobre las frágiles cabezuelas en peligrosa y difícil combinación, van y vienen por el lado respectivo del trozo de hilada, que a cada pareja corresponde, sujetando con el pie las hebras el que trabaja por la parte de las raíces. Como las hiladas son lo suficientemente gruesas, para que los golpes no lleguen de una vez a las cabezuelas que quedan debajo, cuando les parece conveniente, cogen dos de ellos los extremos de la cuerda, y, a pulso, para que la hilada no se desordene, la levantan y vuelven con ella la hilada de manera que, sin cambiar de lado cabezuelas y raíces, cambian aquellas de posición, de alto a bajo y viceversa. Cuando el lino es mucho, se trabaja a Ia vez en cuatro hiladas dispuestas en rectángulo, la «derripa» se anima extraordinariamente y el estruendo es formidable. Retiembla el suelo y, a un kilómetro de distancia, suena el acompasado, seco y firme golpeteo numeroso, como una música, triste y monótona, de prehistórica horda troglodita. El «derripanzo» es una maza de poca altura, ancha placa rectangular y corto mango parabólico algún tanto flexible. Con él, además, hacen saltar los mozos, en duras faenas invernales, sobre la piedra de la portalada, la cascarilla, que envuelve los filamentos tan codiciados del lino.
En las tierras de ínfima calidad practican el sistema de barbecho; en las de calidad mediana el de alternativa de cosechas, cultivando en ellas legumbres un año y cereales otro; y, sólo en las feracísimas de la ancha vega, en las cuales la capa de humus, de inagotable fecundidad alcanza un espesor de veinte a treinta centímetros, intensifican el cultivo logrando dos, y hasta tres, cosechas anuales.
Pudiendo regar la mayor parte de su territorio, solamente esta porción de él ha conseguido de la incuria secular de aquellos labriegos, faltos de toda iniciativa inteligente, el privilegiado beneficio del riego. En el momento que la naturaleza no les pone su productividad en la mano misma, sino que se la presenta ligeramente esfumada en lejanía no muy remota, ya no la ven, o, si la ven, se cruzan de brazos, rinden la cabeza bajo la pesadumbre que carga sobre sus cervices una errónea conciencia de miserable impotencia, y se contentan con enseñarla como un apetitoso ideal, inasequible para sus menguadas fuerzas, atomizadas por ingénita desconfianza mortal. ¿Ni cómo han de pensar en extender la canalización, si tienen la red actual de cauces para el riego, legado del trabajo de sus padres, en lastimoso abandono? Están las acequias, con los fondos desiguales, llenos de lodo, y las márgenes, cubiertas de maleza, arbitrariamente rotas en muchas de sus partes; su estrechez e insuficiencia numérica ocasiona el que, para llevar el agua a buena parte de los predios de regadío, se hayan de utilizar los caminos, convertidos por esta causa en verdaderas vías fluviales, por las cuáles, sin embargo, se efectúa paradójicamente el tránsito de modo exclusivo por medios de locomoción terrestre; el nivel de las aguas en ellas es a trechos más bajo que el nivel de las tierras colindantes, y, entonces, se ven forzados los regantes, hombres o mujeres, a meterse en la acequia próxima medio desnudos, y, en ruda faena de horas y horas, echar a los surcos el agua con herradas. Los pontones son tan rudimentarios, que no consisten en más de una piedra sin labrar, o en unos cuantos palos curvos, con la convexidad hacia arriba, que soportan un delgado y ruinoso caparazón de ramaje y tierra, casi siempre resquebrajado en peligrosos boquetes. La presa de derivación de todo el sistema de riegos es de cantos rodados y césped, amontonados a la manera ciclópea, sin argamasa, ni cemento de ninguna clase. En vano dedican a sus reparaciones los más de los días de «yera», en que los vecinos a toque de campana, han de acudir a prestar su trabajo personal y el de sus yuntas de labor, a donde la alcaldía mande: el río sigue escapando por entre las guijas en quebrados chorros maliciosos, que se burlan, y ríen su burla, además, zumbones. Los labriegos, en tanto, echan a la presa morrillos, a cestos, y céspedes a carros, reparando de cuando en cuando sus fuerzas con algún que otro trago de vino, con que el municipio, pagándolo ellos, paternalmente les regala. Diríase que el estrépito de los cantos, y el ruido de los carros, rodando por los pedragales contiguos, y la propia alborotada algarabía, y el mosto de los barriles municipales los aturden de manera, que ni a su alma, ni siquiera a sus oídos llegan las carcajadas y menos las malicias del río.
De algunos años a esta parte no es raro verlos traer de los almacenes de la ciudad próxima sacos de «mineral» como ellos dicen, para abonar sus tierras. Emplean, pues, abonos químicos; pero de modo tan irracional, que, ni analizan previamente las tierras, a que los destinan, ni tienen para nada en cuenta las plantas, que con ellos pretenden fomentar, ni exigen del almacenista garantía de análisis que les asegure de la pureza de los productos pedidos. El almacenista, intermediario, va de ordinario exclusivamente a su ganancia y, en precio y calidad de la mercancía, solo a lo que más le convenga a su negocio se atiene: los labriegos van al almacenista, le piden lo que saben, sin saber lo que piden, reciben lo que quieren darles y pagan por ello lo que al vendedor se le antoja dentro de los límites que la libre concurrencia en cada año señala.
Mucho más, sin comparación, que de los químicos, usan de los abonos orgánicos animales y vegetales. Nada saben de los nuevos métodos acerca de la producción y acondicionamiento de estercoleros de esta clase de abonos. En esto, como en su aplicación, son para ellos normas únicas, definitivas, las férreas prescripciones de, la rutina local. Integran la acción de los abonos orgánicos y químicos con otro, que en realidad, es mixto. A golpes de pala, de pico y de azadón, desfondan regatos y charcos, que los calores estivales dejaron en seco; extraen aquellas tierras impregnadas de sustancias vegetales y animales, descompuestas durante el estancamiento de las aguas; y las llevan a los campos, cuya productividad desean mejorar.
Incumplimiento de la ley general de la producción, relativa al modo
Ni la «cantidad», ni la «calidad», ni la «tendencia de la producción» están allá reguladas, si no por las libérrimas decisiones de la voluntad individual autónoma. Sin atender a ninguna de las leyes, que a esos tres aspectos de la producción se refieren, estas decisiones suelen conformarse con ellas, merced al instinto de vida económica, que empuja aquellas voluntades, casi con exclusión de cualquier otro más elevado impulso, en todos sus actos. Por el contrario, esta exclusión es, a mi juicio, una de las causas, por que la ley general, relativa al modo de la producción, queda allí mismo habitualmente incumplida.
He aquí la fórmula de esta ley, tal como la he visto enunciada en los tratados de Sociología: «la producción no debe hacerse de modo que sea incompatible con la vida de familia, instrucción elemental de la niñez y ejercicio de la religión y demás derechos individuales». En la aldea de mi referencia todos los individuos, que son miembros de familias labradoras, se ocupan, sin distinción de sexos, ni de edades, en la faenas agrícolas: Las mujeres, de todo estado y en todo tiempo, trabajan tanto como los varones. Ni hay trabajos especiales para varones y trabajos especiales para mujeres: unos y otras se dedican por igual a toda suerte de labores. Las mujeres aran, cavan, rompen terrones, siegan, componen las mieses en los carros, y en carros y pajares encalcan Ia paja.... Antes que madres son labradoras; y en los períodos de gestación y de lactancia, a la agricultura consagran, como siempre, sus afanes y sus energías, sin reservas. De una sé yo que dejaba los días de verano cuatro niños, todos menores de seis años, encerra–dos en casa, provistos de otros tantos mendrugos de pan y un jarro de agua. A otra la he visto segando, mientras un niño de pecho lloraba, tumbado en uno de los surcos sobre una gavilla y con otra gavilla, puesta en pie, de sombrajo. Así se explica que de ordinario no lamenten y aún algunas veces celebren como un alivio la muerte de sus pequeñuelos. Cuando están enfermos, no son más pródigas en cuidados con ellos, que cuando están sanos. Allí solo causa pena la muerte de los útiles para el ejercicio de la común profesión: y de ella, al día siguiente de ocurrida, se consuelan, sí, al día siguiente, le encuentran al muerto sustituto. En general se cuidan más de las bestias de su propiedad que de las personas de su familia; y cualquier desgracia, que a aquellas acaezca; les da mayor pesadumbre que la muerte de cualquiera de estas.
Consignada la igualdad absoluta de los dos sexo el trabajo, réstame añadir la razón que en pro de ella he oído alegar a más de un hombre: mi mujer come como yo, que trabaje también como yo. Brindo el razonamiento a los sufragistas con la nivelación sexual, a que sirve de base lógica, para si les place realizar una apropiada inversión de los términos de aquel e incorporar esta a las numerosas reivindicaciones igualitarias de su feminismo turbulento. Y, si les pareciere poco, en su manía de revancha, el igualarse en esto al sexo fuerte, y pretendiesen superarle, tomen nota de lo que según testimonios fehacientes, era en aquella comarca cincuenta años ha, el trabajo de la mujer en relación con el del hombre: los hombres se estaban en la taberna «jorobando ruecas» o haciendo calceta y las mujeres se iban a arar entre tanto. El gran desorden familiar, necesaria consecuencia del desnaturalizamiento de las funciones de la vida femenina, expuesto, viene a agravarse y a extenderse más en las familias obreras y de pequeños propietarios, por la frecuente separación de las personas que les constituyen. A veces el marido se pasa años y años en América: la mujer permanece en la aldea con los hijos menores, ganando jornales de casa en casa; los hijos mayores se marchan a las minas y las hijas están en el pueblo o fuera de el, prestando sus servicios a diferentes amos. Lo poco suyo que tenga que labrar y recoger es un cargo más que la esposa, por el privilegio de quedarse en casa criando a sus hijos, ha de desempeñar, cuando no se le ofrezca oportunidad de ganar un salario, mezquino siempre, trabajando por cuenta ajena. Es tanta la penuria, aún de los llamados ricos, que estos mismos se ven forzados a hacer ellos cuanto tienen que hacer; y, por eso, los que no disponen de otra hacienda que la de los propios brazos, temporal o perpetuamente emigran. La indicada concentración del trabajo agrícola con todas sus múltiples atenciones y las generales de la vida humana en manos de los poseedores motiva además el abandono de las prácticas religiosas por parte de todos, propietarios y obreros, hombres, mujeres y niños. A todos les falta tiempo creen, y ocasión también para asistir a la iglesia y cumplir los deberes que la propiedad y la religión les impone. ¡Pobres niños! Tan pronto llegan a tenerse en pie y a andar solos, se les obliga ya a trabajar, siguiendo los pasos de sus padres y de sus hermanos adultos. Si hay algo que mandarles, por mínimo que sea, pierden la escuela; y, en casa, jamás les pasa a sus padres por las mentes que deben concederles espacio para el estudio de las lecciones, ni menos completar ellos la instrucción elemental que en la escuela reciben sus hijos.
Finalmente la producción se hace de modo que, aparte raras excepciones; todos son en ella esclavos de alguno que, o les da tierras, o les adelanta dinero, o les fía artículos de consumo, o les dispensa favor; con lo cual todos viven supeditados en el ejercicio de sus derechos individuales al antojo del respectivo déspota. Así ejercen los más de ellos la parte que en la soberanía popular les corresponde, el derecho del sufragio, el de jueces de hecho, el de testigos... Ved aquí una de las enmarañadas raíces del caciquismo.
Distribución
La distribución económica adolece en todas sus formas de injustas anormalidades. Antes de la desamortización la iglesia parroquial, como de los libros de su archivo consta, poseía muchos y valiosos predios. La renta de la tierra, a que la Iglesia, el mayor y mejor propietario, daba la norma, jamás rebasaba los limites de lo justo, y aún se quedaba las más veces en los menos exigentes de la caridad cristiana; el capital se prestaba sin interés; el arrendatario obtenía gran provecho; el obrero en sociedad heril tenía asegurado de por vida el salario familiar suficiente; y, por último, el Estado, atendida la mayor sencillez de la vida social e influido por los ejemplos y las enseñanzas de la Iglesia católica, mermaba en lo posible los tributos. Mas, luego que los bienes eclesiásticos, desamortizados, dieron en poder de unos pocos avaros sin fe, ni conciencia, que aumentaron su haber con otras compras de toda suerte de bienes de los llamados nacionales, y continuaron enriqueciéndose con las más escandalosas usuras; aumentó, hasta convertirse a veces en brutal exacción, la renta de la tierra, cuyo tipo fijaban tales propietarios; los préstamos se hicieron a interés tan crecido y por tan sórdidos procedimientos que los ladrones prestamistas llegaron a ser dueños de la mayor y mejor parte de los ganados, y de las propiedades urbanas y rústicas; los colonos, que muchas veces en pagar el arrendamiento y los intereses devengados a causa de su morosidad, hubieron de invertir el producto total recolectado y agenciarse un préstamo para poder sembrar, se vengaron esquilmando, desapoderadamente las tierras; los obreros, rota la sociedad heril y conceptuado su trabajo como mercancía, ganaron tan míseros jornales, que ni reunidos con los de sus hijos y con los ínfimos de sus mujeres, pudieron bastarles para el cotidiano mantenimiento; estalló el odio y con el odio la lucha de clases; ellos exigieron cada vez mayores salarios, menos horas de jornada, mejor alimentación, reparto de bienes comunales y comenzaron a trabajar, cuando eran contratados, todo lo menos y peor que podían; a estos contestaron sus patronos con una especie de lokut implícito, haciendo por sí mismos, como se ha dicho, todos sus trabajos y abandonándoles al paro forzoso; las puertas de los favores gratuitos se cerraron: emigraron los obreros en busca de ocupación para sus brazos y de pan para su vida; prendió en sus almas de desheredados la planta maldita del socialismo y, de vuelta a sus hogares, atizaron los enconos y agudizaron la crisis social; el Municipio, compuesto en su totalidad de patronos, cargó sobre ellos desmedidos y desproporcionados impuestos; y el Estado, en fin, perdido el rumbo, que la Iglesia católica, contra la cual se declaró en rebeldía más o menos franca, le marcaba, y erigido en Dios monstruoso de voracidad insaciable, anquilosó a todos, patronos y obreros, a fuerza de contribuciones y confiscaciones, impuestas y realizadas en nombre del progreso, y del mayor número de atenciones públicas y de la creciente complejidad de la vida moderna de los pueblos y de los individuos.
La nota característica de la distribución, por lo que al reparto de la propiedad del suelo en especial atañe, es el parcelamiento excesivo, frecuentemente, hasta el ridículo. Parcelas hay que no pueden ararse, sin que al menos las bestias de la yunta vayan constantemente marchando por la parcela de al lado.
Circulación
Situada la aldea a dos kilómetros de una buena carretera, por la que en hora y media se llega a caballo a la estación del ferrocarril de la ciudad, capital del distrito, de bastante importancia comercial e industrial, especialmente en lo que a industria harinera se refiere, la circulación resulta en ella de prontitud, facilidad y seguridad relativas. El camino que la une a la carretera no es malo: pero, a muy poca costa, con unas cuantas «yeras», podían convertirlo en vecinal, levantándolo un poco, dándole mayor firmeza y construyendo las dos alcantarillas, insignificantes, que le faltan. Así, en todo tiempo estaría libre de peligrosos roderones, y en el invierno, exento de avenidas y de parciales encharcamientos, no se haría, como ahora, poco menos que intransitable. Por idéntico procedimiento no les sería difícil mejorar las pésimas condiciones actuales de los numerosos caminos que van a los pueblos comarcanos, en particular las del llamado «zamorano», que antiguamente era el obligado para los habitantes de todas las municipalidades del valle en sus viajes a la capital de la provincia, y aún hoy conserva gran parte de su interés. Menos interesante es ya, sin duda, para las comunicaciones locales la vieja «cañada» real, de noventa varas de anchura, que atraviesa la aldea en toda su longitud y por donde en lo antiguo rodaban las «diligencias» legendarias, y se efectuaba por aquella parte todo el tráfico mutuo de Castilla y Galicia. La carretera la sustituyó con ventaja. En la actualidad sólo pasan por la «cañada», de que el Estado para nada se ocupa y en que los particulares, dueños de fincas colindantes, hacen frecuentes incursiones con el arado, los hatos de ganado cabrío y lanar, procedentes de Sanabria y destinados a la venta en el mercado semanal de la ciudad próxima.
Con todo, sería conveniente que el Estado y particulares le dispensaran un poco más de atención; que algo ganarían en ello las comunicaciones regionales, de provechosa redundancia para la circulación local. Comprende ésta la exportación al mercado aludido, de cereales, legumbres, aves de corral, ganados, importación de cuantos elementos de subsistencia necesita el vecindario y no se producen; o se producen solo en cantidad insuficiente en el término donde vive. Es, de notar una muy señalada diferencia entre la exportación y la importación: aquella suele realizarse sin intermediarios; esta, sobre todo en tratándose de artículos «de primera necesidad», rara vez se hace sin intervención de estos. Compran los labriegos a los comerciantes establecidos en el pueblo todos los géneros que estos les ofrecen en sus tenduchos, porque, faltos siempre de dinero, se encuentran en la precisión de efectuar sus compras al «por menor» y «al fiado» de Septiembre a Septiembre, venden en el mercado de la ciudad, por huir de acreedores, por vender «al contado», por desconfianza de que los precios a que se les pagan los productos en la aldea sean inferiores al precio corriente, por serles más hacedero dar allí salida a las mercaderías en malas condiciones y por costumbre. Los comerciantes del pueblo se enriquecen con el tanto por ciento; y los labriegos cada año disponen de menos dinero con que saldar definitivamente sus atrasadas cuentas, y están más arruinados. En el mercado les sucede a veces que, después de pagar el «impuesto de consumos», y perder un día de trabajo, y gastarse unas monedas en comer y beber, allí, y en todas las ventas del trayecto, no venden, o venden más barato que lo pudieran haber hecho en su misma casa. No escarmientan, sin embargo y, a la semana siguiente, vuelven a sus ruinosas audanzas.
Consumo
Dados los antecedentes económicos descritos, no son de extrañar las deficiencias y el desorden que en el término final de toda la actividad de esa índole, constituido por la aplicación de los bienes materiales a las necesidades de la subsistencia, se advierten. El consumo «improductivo» no está, como debiera, regulado por la doble ley de la «necesidad razonable» y la «condición social del consumidor».
Viviendas
Las casas de los «labradores» –así llaman en el pueblo sólo a los dueños de una o más «parejas», yuntas de bueyes– se levantan sobre extensos solares de irregulares formas, y con no menos irregular edificación. Por anchas puertas «carreteras», de doble hoja vertical que bate contra un pedrusco hincado en el suelo desprovisto de umbral, de jambas de madera y dintel de madera y césped sobre el cual carga la «tenada» de «manojos» de vides y ramas de encina, se entra en el amplio corral, tapizado de estiércol, a lo largo de cuyas paredes se abren una o dos cuadras, un pajar, una pocilga, un gallinero, un horno y el paso para la huerta. Al extremo del corral se alza la fachada de la casa, con corredor de madera, y emparrado que hunde sus raíces junto al pozo. La primera pieza de la vivienda es el «astro», una especie de vestíbulo interior, que da acceso a la cocina, a los cuartos bajos y a la escalera por donde se sube al «doble» o «sobrado»; sirve, durante los meses de calor, de comedor y de sala de recibir, cuyo piso de tierra, con más hoyos que la cara de un varioloso, refrescan con riego abundante, y es lo más espacioso y adornado del edificio. Ocupa su centro una gran mesa, lustrosa en fuerza de los cotidianos restregones que las manchas diversas, procedentes de los familiares condumios, hicieron precisos; en torno de la mesa hay uno o dos bancos, del mismo color y lustre que ella por idénticas causas, cuatro o cinco taburetes, y dos o tres sillas, con asiento de espadaña enrollada en forma de cable; en la pared del testero está el vasar, provisto de estriados vasos de cuartillo, panzudas jarras de barro de blanco vidriado y flores azules: alguna que otra copa, y, al lado, su botella, que fue, un día de fiesta, de «aceite anís» y es ahora de aguardiente para la parva mañanera; de la pared dicha, como de las laterales, cuelgan religiosos cuadros en marcos cuadrados o romboidales de pajas de centeno y rosas de papel, retratos de los que «sirven al Rey», tarjetas postales y retratos de emigrados de la familia o amigos, y llaves de diferente destinos... Estos «astros» me producen siempre una plácida impresión de alegre rusticidad. Durante los meses de invierno es la cocina lo que en los restantes del año el «astro». Una gran piedra, como piedra de molino, casi del todo enterrada constituye el hogar. Dos escaños, bajos, de ancho asiento y ancho y alto respaldo elipsoidal con toscas molduras curvas, ocupan los lados. Completan el mobiliario algunos pequeños «tajos» de encina sin labrar sobre tres pies de palo, que sirven de asientos, y a las horas de comer, cualquiera de ellos, de sostén a la cazuela o fuente común; un vasar para cazuelas y pucheros; calderas de distintos tamaños descansando sobre rollos circulares de paja, y barriles, con delgadas mimbres hábilmente tejidos, que un revestimiento interior de pez hace impermeables. La cubierta de este estrecho y oscuro recinto, lleno de humo cuantas veces en el hogar arde la leña, está formada en su mayor parte por la chimenea «de campana», atravesada por gruesos palos de los cuales penden las «llares», que remata en un tejadillo sobre soportes prismáticos, y que a su vez soportan la veleta terminada en cruz. En los cuartos bajos están los dormitorios con camas «de tijera» y jergones de paja. El «sobrado» o doble es también dormitorio y panera, y desván, y despensa, y ropero... Guardan las ropas y los caudales en grandes arcas; colocadas cerca de las camas. Las ventanas son pocas en número y tan angostas, que ninguna pasa de «tragaluz»; las paredes de tapia; y la techumbre de palos, ramaje, tierra y teja. El interior de la vivienda, a pesar de todos los inconvenientes dichos, muestra siempre un agradable aspecto de limpieza. Las mujeres son tan aficionadas al «encalijo» (Fotos 15 y 16), que extienden el blanqueo hasta los marcos de las puertas y de las ventanas, y en las hojas mismas de las grandes puertas de la corralada dibujan de fiesta en fiesta con cal caprichosos ramos de fantasía.
Las casas de los «obreros» se diferencian de las de los llamados «labradores» en que su puerta de calle es de una sola hoja, su corral un callejón y su «huerta» huerto. No hay en ellas «doble» y en muchas ni cuartos bajos: el «astro» lo es todo, menos cocina. Los «tajos» anteriormente descritos son el único asiento y la mesa única.
Alimentación
Ni «labradores» ni «obreros» comen de ordinario carne: aquellos se contentan con añadir a la clásica pucherada de garbanzos un pedazo de tocino; a estos con la sopa les basta. Los «labradores» cenan patatas, habichuelas, ensaladas de lechuga, de «fréjoles»; los «obreros», muchos días no cenan si no lo mismo que comen, o un trozo de pan seco. Alegran los «labradores» sus comidas con vino; los «obreros» mantienen la elasticidad de sus fauces y ayudan la digestión de sus estómagos con agua del pozo. Estos se desquitan del ayuno y abstinencia habituales, cuando sus patronos se encargan de mantenerlos; aquéllos en día de matanza, en los de las fiestas del pueblo, en los de siega, de vendimia, de monte, de bautizo o de boda; unos y otros en la temporada que precede a alguna elección; en la cual el hartazgo y la borrachera previos a cuenta de los candidatos son siempre elementos decisivos. En casos semejantes a «obreros» y «labradores» toda la carne y todo el vino que se les dé les parecen poco. Con iguales extraordinarios celebran los «remates», en que dan fin a alguna de las operaciones agrícolas anuales. Las comidas de las fiestas absorben hasta tal extremo su atención que, a principios de año, cuentan ya las que durante él tienen como dicen, que «comer»; y las estiman en tanto, por solo eso, que, si son convidados a alguna, por encima de todas las urgencias en contrario, van la víspera y no regresan, si no después de la cena del segundo día, cuando han consumido el último trozo de carne y apurado el postrer vaso de vino.
Vestidos. Lujo
Aún conservan los más viejos el típico traje del país. Visten los hombres chaqueta de «pardo» y estrechas bragas de lo mismo; chaleco azul cruzado, botonado, como las mangas de la chaqueta y la braga, con doradas monedas del Rey Fernando; bordada camisa de alto cuello y botones de hilo; medias de lana negra y polainas, de igual paño y botonadura que braga y chaqueta, sujetas por bajo de la rodilla con cintas de color. Cubren su cabeza con inflexible sombrero negro de ala redonda y levantado borde, y calzan sus pies con herrados zapatos de becerro. Como prenda de abrigo y de etiqueta, usan de amplísima y peluda «anguarina» de «roble», con esclavina corta de borde en «arquería». Las mujeres gastan manteo, también de «pardo»; jubón de paño azul, que deja ver el cuello de la camisa y las mangas de apretados puños, bordados, como el cuello con hilos azules, encarnados y verdes; «dengue» de paño más fino, cruzado sobre el pecho y atado atrás; mandil de estopa teñida, medias de lana y zapatos bajos «de oreja», que cierra dorado clavillo. Tocan su cabezas con pañuelos de percal azul floreado, anudado, sobre la frente, adornan su cuello con sartas de corales, de las que pende el «agnus Dei», y sus orejas con «arillas» de desmesuradas proporciones. A la iglesia van veladas con mantilla de igual tejido que el «dengue», y como este, ribeteada con cinta azul y embellecida con una borla del mismo color que les cae sobre la nariz, correspondiendo a la del «dengue» sobre la cintura, ceñida de rojas cintas. En el color de las medias, muy visibles por lo corto de los «rodaos», se distinguen las mujeres casadas o viudas de las solteras: son encarnadas las de aquellas y las de éstas blancas.
Los mozos han roto por completo la tradición en el particular. Calzan botas; llevan pantalón, faja, chaquetilla corta o blusa, muy ceñidas ambas, camisa planchada; y cubren la recia pelambre de desmesurado tupé con boina bilbaína o sombrero andaluz. Para las fiestas tienen chaquetillas de rizo, camisolas de brillo, chalinas y fajas toreras de variados colores chillones, mantas jaques y pintureros zapatos bajos charolados. Adornan sus dedos con numerosas sortijas de bajo precio; el cuello, como si la chalina no fuera bastante, con uno y hasta con dos pañuelos de seda; y el sombrero, de lado sobre una de las cejas, con plumas de pavo real. No hay uno solo que no presuma con el reloj, con lo ceñido del pantalón y con el abultamiento de la faja en su parte media anterior, donde además del pañuelo para la nariz, guardan, como en amenazante preñez, la pistola, el revólver, el puñal, la navaja de tres muelles... He dicho que llevan pañuelo para la nariz, pero lo llevan solo para dejarlo asomar y lucirlo, porque en la aludida limpieza no emplean, si no los dedos pulgar e índice de cualquiera de las manos, y cualquiera de las mangas, como obligado complemento. En cuanto a las mozas, sólo conservan como reliquia de lo tradicional en el vestir, la forma de «rodao» en el manteo, que ya no es de «pardo», sino de fino y costoso paño, azul, negro, amarillo o verde, con muchas cintas de terciopelo y cuentas de abalorios, y más largo que el antiguo. El «rodao» verde es hoy el ideal de las elegantes. Han sustituido el zapato «de oreja» por uno muy escotado con aplicaciones de charol y complicados pespuntes; y la media blanca de lana o lino por otra negra de algodón o hilo sutil; hilado y tejido, no en casa, sino en la fábrica; y el mandil de estopa por el de encaje, de moderna factura; y el jubón por la chambra o blusa, de vaporosa tela; y el «dengue» por la toquilla o el mantón «de ramo», de «ocho puntas», de «crespón» o de Manila; y el pañuelo de percal por el de seda; y las «arillas» por menudos pendientes de feria; y la mantilla, basta y lisa, para ir a la iglesia, por otra más cara, finísima, con cintas de terciopelo y abalorios, como el manteo. Este es el traje de fiesta. El de diario no se diferencia de él más que en su mayor uso y menor precio. No usan guantes, porque arando les durarían muy poco, y dejan ver, saliendo de las putillas [sic. por puntillas] con que revisten los puños, negras manos rugosas de cavador. Tampoco usan velo, pero suplen su defecto, rebosando en el trabajo la cara con el pañuelo de la cabeza hasta la altura de los ojos, a guisa de antifaz de mujeres turcas. Lo que sí emplean, y por cierto abundantemente, es coloretes y esencias de lo barato.
En resumen: en vestir y emperifollarse gastan mozos y mozas, sin distinción de situaciones económicas, todo su peculio, y el de sus familias. Va un mozo a las minas y no piensa en traer unas cuantas pesetas, para poder, él y los suyos, vivir mejor; sino en ganar, para comprarse una manta, y unas botas, y una faja, y un reloj y una chaquetilla de rizo, y una pistola. Se pasa una moza todo un verano levantando gavillas y espigando en Tierra de Campos, y, de vuelta, a su paso por la ciudad vecina, antes de llegar a la aldea, invierte todo el salario en comprar un mantón o el alucinante «rodao» verde. Con idéntico destino hurtan los hijos de los «labradores», de las paneras y casas de sus padres, lo necesario. Para mozos y mozas nada importa que hayan de comer un mendrugo de pan, sin más aditamento, todo el año, con tal de llamar la atención pública con sus galas y rivalizar en lujo de vestido con el más pintado o la más peripuesta. En el consumo, el vestido lo es todo. (Fotos 12, 13 y 14).
Ahorro. Previsión. Asistencia
El lujo, esta irracional demasía en el vestir, que, además de ser inmoral, económicamente es reprobable, les incapacita de todo punto para el ahorro «aconsejado –como enseña León XIII– por la misma naturaleza, que ha dotado al hombre de previsión».
Aparte la dificultad para el ahorro, que de ahí procede, la idiosincrasia de los labriegos ofrece otras no menores para cualesquiera instituciones de ahorro y de crédito, limitadas, en el funcionamiento, a su localidad. Ni se avienen a que sus convecinos sepan los fondos de reserva por ellos depositados en la Caja de Ahorros, ni que los han depositado, ni menos que han acudido a la Caja de Crédito por un préstamo, de tanto o cuanto, con tales o cuales garantías de solvencia. Por otra parte, no hay Cajero, ni Consejo de Administración que les inspire confianza. No hay en el pueblo ninguna institución de ahorro, ni de crédito, ni la habrá en mucho tiempo.
Hay sí un «ínfimo instituto de previsión», una especie rudimentaria de seguro de ganado vacuno. Todo el reglamento de esta asociación es una escritura, firmada por los socios, por la cual se obligan, para caso de muerte de una res accidentada, propiedad de cualquiera de ellos, a comprar, cada uno, las libras de carne que, en sentido proporcional al número de reses que, al firmar declaró poseer, le correspondan. El alcalde es el encargado de hacer cumplir la escritura.
Pocas veces dejan de aprovechar la carne que compran; pudiendo en ellos más el deseo de romper la cotidiana abstinencia con un guisote, que el temor a cualquiera infección. El «carbunco» es la que de ordinario padecen, y de «carbuncos» están en su mayoría señalados «por manos de barbero»; que un barbero es en efecto quien, gracias a la eficacia de un parche brujo, producto de misteriosa fórmula, transmitida en la familia con el mayor sigilo de generación en generación, los cura de tan malignos granos, sin otro deterioro, que el estigma del eterno hoyo consiguiente en la piel, y el de las cinco pesetas que el parche cuesta. ¡Si serán previsores! Dan por perdidas los dos pesetas que entregan al consocio desgraciado, si no comen la carne que le compran y luego gastan cinco en curarse.
Fuera de esta primitiva manifestación de mutualidad organizada, para seguro de animales, no conocen, ni practican género alguno de asociación económica permanente. Lo demás en lo que a servicios mutuales y de cooperación, exigidos por la insuficiencia individual dentro de la convivencia municipal se refiere, lo dejan a la beneficencia o asistencia voluntaria, con la caridad por base única.
III VIDA INTELECTUAL
Cultura profesional
Revelada queda toda la cultura profesional de mis labriegos en lo dicho de su vida económica, principalmente en lo anotado acerca de la producción. Con destino a esa clase de cultura, no existe en la aldea ningún centro especial de enseñanza, ni a ninguno de los aldeanos se le ha pasado por las mentes, ni en sueños, frecuentar alguno de tales centros, de los que fuera de su pueblo funcionan. ¡No saben si existen! Unas cuantas lecciones de agricultura y ganadería que, de niños, aprendieron de memoria en la escuela de instrucción primaria, se les olvidaron el mismo día, al salir. El ejemplo ciego, y a ciegas seguido, de los mayores, y las prescripciones de estos, han sido, en la materia, el único Maestro de todos ellos. Tan aferrados están a la rutina sabia y tanto presumen de ella, que ni de las duras lecciones intuitivas de la propia experiencia hacen caso, ni mucho menos admiten de nadie instrucciones, que a sus conocimientos contradigan, o simplemente los amplíen o esclarezcan.
Instrucción primaria
Algo mejor atendida que la profesional está la instrucción primaria, merced a la intervención en ella del Estado, que les obliga a mantener dos escuelas, una de niños y otra de niñas, y una tercera para varones adultos.
Unisexualismo escolar
Únicamente en la separación de los sexos, para su respectiva formación intelectual, lleva la aldea ventaja, a otras aldeas españolas, por cierto muchísimas en número en las cuales, para vergüenza pública, aún perdura la escuela «mixta», bisexual. Aparte la acción corrosiva del bisexualismo escolar en la moralidad, tanto más si se tiene en cuenta que no vivimos en países del norte, « ...la conveniencia de una instrucción, acomodada a las condiciones de cada sexo justifica, como asegura Albó en su libro, El Presupuesto de Cultura, el acuerdo, casi unánime, del Congreso Pedagógico de Colonia, condenando el bisexualismo».
Enemigo del monopolio escolar, postulado del liberalismo y convencido partidario de la libertad académica que el catolicismo social reclama, creo, sin embargo, que el Estado español cumplió sus deberes de tutelar el derecho de los niños a la instrucción, y el de los maestros a cobrar normalmente su personales haberes y los de sus escuelas, y de suplir las deficiencias de padres y municipios en su obligación de instruir a sus hijos, al nacionalizar como lo ha hecho, las escuelas municipales. Es innegable que, desde entonces, la instrucción primaria, en algunos de sus múltiples extremos, ha progresado notablemente. Ni padres, ni municipios, en una gran mayoría, estaban, ni todavía están capacitados, para el cabal desempeño de esta difícil función docente, que les es propia. En cesando de modo notorio esta incapacidad, debe cesar aquella nacionalización que es merma, solo transitoria y circunstancialmente legítima, de la autonomía municipal, y de los derechos, aún más inviolables de la paternidad, y que contribuye al desarrollo, pernicioso siempre, de la burocracia. Más, por el hecho mismo de intervenir el Estado de la manera mencionada en la enseñanza, ha asumido para sí, casi exclusivamente, la responsabilidad de cuantos vicios afean la actual organización oficial de la instrucción primaria en las que llama y hoy son sus escuelas. Nuestro Estado que tiene en muchísimas aldeas, sin otra razón que el escaso vecindario de éstas, con un solo profesor o profesora al frente de ellas, para que la inconveniencia sea mayor, escuelas bisexuales, es reo de ilógica prevaricación en el ejercicio de su tutoría y acción supletoria; que el bisexualismo escolar es evidentemente, como antes insinué, germen cierto de precoces inmoralidades, y un absurdo pedagógico además. ¿O es que el bisexualismo pierde su reprobable condición fundamental, cuando en la escuela se reúne un corto número de alumnos de ambos sexos? Municipios y padres de familia, que en todos los pueblos debieran asociarse en juntas parroquiales de defensa, harían muy bien en recabar de los Poderes públicos, hasta conseguirlo, que provean a la instrucción primaria de niños y niñas de manera, que no quede en el suelo de lo patria una sola escuela mixta.
Mentira oficial
Por el ridículo motivo de ser doscientos cincuenta vecinos, gozan, los labriegos, cuya vida intelectual estudio, del privilegio indicado de dos escuelas para la infancia, de las que el lenguaje oficial, «fermosa cobertura» de tantas halagadoras ficciones y lamentables inexactitudes, pomposamente llama completas. ¡Completas! ¿en qué? Ni tienen muchas cosas de las que habían de tener, ni en las que tienen lo son.
Locales escolares
Los locales en que están instaladas son pequeños, viejos, mal construidos y peor situados, sin la luz, ni la ventilación convenientes, de imposible limpieza y utópica higienización.
El destinado a escuela de niños fue primero ermita, después panera; su techumbre y dos de sus paredes estuvieron durante años y años amenazando ruina y sobre el tejado se alzaba, desmoronándose si vale de paradoja, en guisa de pararrayos bárbaro, la torrecilla sin campano de la primitiva ermita. ¿Cómo no ocurrió una catástrofe? El ángel de los niños lo sabe. Poco há, fue objeto este local–escuela de una reparación, tan mezquina, que no se extendió a más de derribar la torrecilla, sustituir la techumbre y las paredes ruinosas, y suprimir la inoportuna baranda que separaba la plataforma presidencial del resto del aula. Solo no fue mezquina la restauración en las ventanas abiertas en la nueva fachada; ahora son de mayores dimensiones que la verde puerta, de cuarterón, practicada en un extremo de aquella. Y la iluminación del edificio escolar, si bien por esa parte copiosísima, sigue tan defectuosamente dispuesta, como antes. Hay un turbio tragaluz, a ras del tejaroz, en uno de los lados, con vistas, nada más que posibles, a una callejuela, no muy limpia. La pared del otro lado, en donde se levanta la susodicha plataforma para el profesor y la del testero están en absoluto taponadas por las casas particulares contiguas. Por «water closet»; y campo de recreo a un tiempo, tienen los chicos de la escuela un muladar, en un ángulo de la calle, solana muy frecuentada además por las comadres del barrio. El local escuela para niñas resulta de muy inferior condición, si con el de niños se compara. ¿Serán acaso las niñas de condición también inferior a la de los niños, y dignas por eso de menores atenciones que éstos? En la planta del edificio cumple su alta y penosa misión la profesora; la planta alta, separada de la anterior por un entarimado, es toda la casa de ayuntamiento, sala–desván de sesiones municipales y de municipales regodeos banqueteriles, calabozo del concejo, manicomio provisional, depósito judicial de cadáveres, en los que se haya de practicar autopsia... y no sé si alguna cosa más. En casa de cualquier labrador del pueblo sería panera, y «la panera», sin eufemismos, con ruda franqueza castellana y labradora, la llaman los aldeanos, sobre todo cuando se la considera como lugar de reclusión para locos o presuntos malhechores. Con la amenaza de «la panera» suelen poner las madres, insensatamente, espanto en el ánimo de los niños que lloran o dan en alguna travesura. ¡A la panera! grita desaforadamente el alcalde a los mozos en días de revuelta, blandiendo el bastón de la autoridad; que, dicho sea de paso, llevó mucho tiempo adornado con las borlas blancas de la sombrilla de una señorita, quien veraneando allí, tuvo la humorada feliz de obsequiarle con tal regalo, cuya oportunidad sube de punto, si se advierte que aquel alcalde era herrero. No obstante, en la terrible «panera» no hay más elementos de prisión que un «cepo» ancestral desvencijado, unos «grillos», que servirían para tener a raya los ímpetus corredores de un caballo en el prado, pero que un muchacho se quita con facilidad, –son caballeres e inútiles en una pieza– una cadena herrumbrosa, en extremo pesada, que no amarra y una puerta, y unas ventanucas, que no resistirían sendos puñetazos de un señorito enclenque, cuanto más los de manos encallecidas con el uso diario del arado, del azadón y del hacha. La escuela de niñas, con luces solo por el frente, cuenta otras tantas y tamañas ventanas, como las de la «panera». En cambio, para sus necesidades y recreo, disfrutan las niñas de un campo más apropósito que el de los niños: la única plaza del pueblo es un water closet y su campo. ¡Al campo!, dicen las infelices criaturas que salen en el descanso de unos minutos que, al mediar cada clase, mañana y tarde, se les concede!
Mueblaje y material de enseñanza
En mueblaje allá se van ambas escuelas, y son muy incompletas ambas. A lo largo de la clase, como a unos cuarenta centímetros de altura, está colocada una serie de tabloncillos, anchos, hasta doce, con unos informes tarugos de madera clavados en el suelo y distribuidos de trecho en trecho «a ojo de buen cubero y pésimo carpintero», por soportes. Ocupa el centro hasta media docena de mesas, cada una de las cuales lleva sobre sus mismos pies el respectivo asiento, formado por una tableta igual a la que corre a lo largo de las paredes. La tabla, que constituye la mesa, propiamente dicha, a diferencia de la del asiento, ofrece un plano algo más ancho y ligeramente oblicuado, de pintoresco aspecto: arriba en la parte anterior, sujetas a ella con dos puntas «de París», destacan su contorno rectangular dos o tres diferentes «muestras» de escritura, resguardadas por su marco de palo y su vidrio, que; en las más, pierde muy pronto su transparencia, en fuerza de ser fregoteado por los chicos con el índice humedecido en saliva; con las «muestras» alternan en línea recta otros tantos tinteros de plomo, puestos en los huequecitos cilíndricos: a ese propósito practicados en la tabla, cuyo espesor rebasan, con el borde por la parte superior, y por la inferior con el fondo, dando con esto a los pequeños todas las facilidades, para que, en cansándose de escribir los vuelquen bonitamente, y emborronen «planas», mesa, manos, ropas, labios y cara. No menor riqueza ni menores conveniencias se atesoran en el estrado de la presidencia, que ofrece en su estrechez a los ojos curiosos todo un museo de antigüedades: un reducido armario–estante, un reloj primitivo, muy enfundado en su caja de chopo, lisa, y sin otro decorado, que el que las moscas y el tiempo quisieron poner en ella, y, a su lado, la escalerilla por donde es menester trepar, para darle cuerda; un sillón, con forro de hule y relleno de crin, tras la mesa–escritorio, coloreada de negro y verde, y dos o tres sillas, con asiento de espadaña. Ningún pintor podría idear fondo más adecuado para un cuadro, en que las figuras principales hubieran de ser, como allí son, un crucifijo, una bandera española, un maestro de escuela español y un gráfico de la tuberculosis.
Gracias a las sutilezas financieras, que inventan los maestros, acuciados de consuno por su amor a la enseñanza y lo insignificante de la cantidad para «material» de ella, consignada en el presupuesto, que parece de avaro pobre, mueblaje y «material» van siendo cada año menos incompletos. Desde luego, en las escuelas de que me ocupo, con no ser completo el «material» de enseñanza, presenta menores deficiencias que el mueblaje y los edificios escolares. Fórmanlo numerosos carteles, con máximas religiosas, morales e higiénicas, y otros para la enseñanza gráfica de letras y sílabas; abundantes colecciones de láminas cromolitografiadas, representativas de los más culminantes pasajes de la Historia Sagrada, y de mapas diferentes, geográficos, históricos, de pesas y medidas, geológicos, de agricultura, de botánica, de zoología, de fisiología; tableros encerados para estudios matemáticos y de escritura al dictado; pizarras para lo mismo; papel y plumas de todas clases; finalmente, libros para aprendizaje de toda suerte de primarias disciplinas, entre los cuales he visto con particular agrado unos ejemplares paleográficos de trozos selectos de nuestra literatura, en facsímiles muy bien editados, que alcanzan hasta el siglo xii.
Profesorado
Todos los cursos se matriculan en cada escuela de estas, más de noventa. Sin embargo, y a pesar de su carácter legal, tantas veces notado, de escuelas completas, el personal docente en ellas se reduce a un solo profesor para la de niños y una sola profesora para la de niñas. ¿Ignorará el Estado, erigido por propia iniciativa en único moderador competente de todo lo relativo a instrucción pública, las conclusiones evidenciadas por la pedagogía moderna acerca del particular? Además que una dosis normal de buen sentido basta, para comprender la insuficiencia, verdaderamente insuperable, de un solo instructor para tal número de discípulos; no ya habiendo de extender su acción a toda la multitud de asignaturas, prescritas en el plan oficial vigente de primera enseñanza, sino aún limitando su atención a una sola de ellas cualquiera. Y la maestra ha de aleccionar también a las alumnas en las labores propias de su sexo, y llevar sus hombros femeniles toda esta carga, excepcionalmente abrumadora, en todos los periodos de su vida de mujer y madre!
Asistencia de los adolescentes
a las escuelas de niños
Los maestros, por escasez de sueldo y sobra de horas de trabajo, y los padres, por el estado incompleto de instrucción primaria, en que de ordinario salen sus hijos de tales escuelas completas, dan en una mezcla abusiva de púberes e impúberes, poco menos perniciosa en mi juicio, que el bisexualismo y que la inspección oficial, sin reparar en ello, ni en la contradicción que supone con lo legislado acerca de la edad, o al menos con la razón que de lo legislado se me alcanza, consiente. Mediante el pago de cierta cantidad, que padres y maestros libremente estipulan, siguen aquellos mandando a sus hijos e hijas, púberes ya, a las escuelas de niños y niñas, impúberes.
Escuela de adultos
Este abuso tiene menos disculpa, en tratándose de varones, que cuando de mujeres se trata. Los varones adultos pueden dentro de la legalidad, continuar su instrucción primaria durante el invierno en la escuela nocturna, que, para ese fin, ha instituido el Estado; pero las mujeres no; que el Estado, marcando una diferencia absurda entre los dos sexos, depresiva e injusta para la mujer, no ha instituido escuela para mujeres adultas. La escuela nocturna de adultos funciona en el mismo local que la de niños. Más aún que en ésta, resaltan en aquella las malas condiciones del local. El mismo maestro está encargado de una y de otra. Por si fueran pocas seis horas de clase diurna, se le obliga a otras dos horas de clase nocturna. Con menos de dos pesetas, se retribuye tal jornada!
Cultura general
Después que salieron de la escuela, ni hombres ni mujeres asistieron más a ningún centro de cultura. Las mujeres en su vida han vuelto a leer, ni a escribir una sola letra; ni leer, ni escribir saben ya; los hombres, desde entonces, tampoco volvieron a tener un libro en las manos; leyeron, sí, y escribieron algunas cartas, de otros y a otros tan rudos, como ellos; deletrearon algún periódico socialista, importado por los mineros, o alguno americano, envío fanfarrón de emigrantes; saben aun leer y escribir; pero escriben y leen tan mal, que ni se les puede leer, ni se les puede oír. En las pequeñas cuentas, que la práctica de la vida hace inevitables, hombres y mujeres se las arreglan a su manera, contando, como quien dice, «por los dedos». Es una aritmética la suya, rudimentaria, personalísima, tarda; pero de asombrosa seguridad: nunca se equivocan en perjuicio propio. En las cuentas ponen toda su miseria y su desconfianza. Respecto de otras materias, de las que en la escuela adquirieron elementalísimo conocimiento, ni el nombre recuerdan. Si alguna vez hablaron con persona instruida, y pudieron aprender en la conversación ideas, y maneras, y lenguaje, se alejaron, riendo, sin entender nada de cuanto acababan de oír, los desusados razonamientos y modo de hablar del «señorito». Son tan presumidos, como ignorantes; y, cínicamente a veces, y en su interior, con disimulo perverso, las más se burlan de todo el que no sea como ellos y hable como ellos. Uno conocí, a quien sus convecinos tenían por adivino y daban el expresivo apodo de «Berrunta», que leía y citaba una «Biblia», protestante, retando a singular discusión a todos los Doctores de la Iglesia, y a los ángeles «del cielo». «Él sabía más». ¡Y en silabear un versículo invertía afanosamente una hora! Conozco otro, muy aficionado a leer libros, «de medicina rusa», según él dice con ufanía de sabio. Atribuye todas las enfermedades a «ñudos en las tripas», de cuya solución posee el secreto ignorado de los médicos.
Habla de los «crises de sol y de luna», como Flanmarión, y sostiene, muy serio, que no existen «inundaciones de agua», «solo lo son las del fuego de los volcanes». Por último, el lenguaje usual de la mujer y del hombre está plagado de incorrecciones e impropiedades. Ni siquiera tiene el sabor castizo del arcaico decir, en que actualmente se expresan los habitantes de otras muchas aldeas españolas; es el Castellano de hoy, en la mayoría de sus voces corrompido. Son en esto tipos de transición, semicivilizados, que, cuantas veces se las quieren «echar de finos», otras tantas dejan al descubierto su barbarie. No há muchos días se acercó uno, en mi presencia, a una excelentísima señora condesa, de venerable ancianidad y vasta ilustración; iba a pedirla un favor, y comenzó por decirla, alargando cuanto pudo la cara hacia ella, con sonrisa que quería ser lacayuna: «¿V. no tendrá el honor de conocerme, verdá?».
IV VIDA MORAL Y RELIGIOSA
Insinuación
No andan en el pueblo muy sobrados de carácter, ni de ingenuidad, ni de recato. Tampoco se distinguen sus moradores por la gratitud, ni por el desinterés, ni por el alto concepto de la dignidad personal. En la hospitalidad no se exceden; y, en mutuos respetos y delicadeza de conciencia otros les aventajan. Dispersos en mi discurso encontraréis los datos que aquí faltan, para formaros idea aproximada del consiguiente estado moral. Es el que principalmente corresponde a su vida religiosa que voy a presentaros, como antes lo he hecho con la intelectual y económica, y prometí al principio, sin velos de ninguna clase.
La Iglesia parroquial
Sobre una altura, que domina por el sudeste a la aldea, está situada su iglesia parroquial, de planta rectangular y una sola nave, con dos capillas laterales marcando los extremos de un crucero teórico. La bóveda, que en la nave es «por arista», en la parte absidal es de crucería, con forma de «rincón de claustro», y en las capillas adopta la de cúpula hemisférica. El retablo del altar mayor es del Renacimiento, con los paneles de los lados elegantemente decorados por cuatro tablas al óleo, del mismo estilo, representativas de los principales misterios de Jesús Niño. Los seis altares restantes, eurítmicamente dispuestos a lo largo de las paredes del sagrado recinto, pertenecen, dos al llamado «estilo severo de Herrera», y cuatro a la peor especie del Churriguerismo. En la parte interior de la fachada está el «coro», un ancho y recio tablado, con gruesa y alta baranda o antepecho de madera. En el exterior contrastan rudamente el imafronte y el cimafronte. Constituye el imafronte un arco de medio punto, de raro atrevimiento y anchísimo intradós, en absoluto desprovisto de archivoltas y molduras, que un día debió sustentar una altísima torre de espadaña. Hoy solo sirve de paraguas en invierno y de sombrajo en verano a los fieles, que bajo él aguardan el comienzo de las funciones religiosas, y bajo él, se entretienen, charlando a gritos en numerosos corros, cuando la función, religiosa ha terminado. Un señor rico, viejo, descreído y ferviente partidario de «Melquiades», el funambulesco heterodoxo a quien cabe la distinción de haber prendido en el ojal de la raída y remendada levita política de España «él crisantemo del reformismo», que dijo Mella, este señor; digo, que al pueblo ha solido venir a «secarse», según su palabra, durante los rigores estivales, se aprovecha como nadie del «Arco» para tomar por las mañanas el fresco, leyendo «El Liberal», su único credo, como el amigo Melquiades es su único Dios. Nulo es el mérito arqueológico del «Arco», y su utilidad como soporte nula también. En la actualidad no soporta nada. Al aire está, rompiendo la unidad de perspectiva de lo que pudiera ser sencillo, pero congruente frontispicio, el saledizo socavado por la lluvia y el viento, que forma sobre él el plano superior de sus estribos, antas y enjustas, y que más de una vez ha sido peligroso «corredor» de niños y de locos. A la altura de este saledizo y detrás de su línea, sobre la correspondiente pared de la Iglesia, arranca la «espadaña» actual, el cimafronte, una torrezuela encalada y corcovada, con los huecos paralelos para las «campanas» y otro más pequeño y más alto para la «esquila». La torrezuela que por inartística no puede llamarse torre siquiera, rematada en un picacho angular romo, donde clava su astil una menuda cruz de hierro, tosca, como forjada en la fragua del lugar, más hecha a forjar rejas de arado que cruces. No hace mucho que fue colocada allí esta cruz en sustitución de otra, más esbelta y con más arte trabajada, fundida en mal hora por un rayo. He oído decir que en aquel mismo sitio y con los efectos idénticos han descargado repetidas veces su fluido devorador las tempestades. No me extraña; lo extraño sería que no hubiera sucedido así. Imafronte y cimafronte, en conjunto, dan la desagradable impresión de un conglomerado inarmónico, de rebajada silueta ridícula, en que muy sólidos y cuantiosos materiales se presentan en arbitrario y confuso amazacotamiento. La airosa elevación del suelo, base, contribuye a hacer resaltar sus mezquinas y torpes proporciones. Dos medios conozco de fácil arreglo: derribar el arco, arquear el dintel de la puerta y elevar la torrezuela, o construir sobre el arco una torre proporcional. El segundo, aunque un poco más costoso, me parece de mayor oportunidad y eficacia que el primero. Por el lado norte de la Iglesia, cargando sobre el estribo del mismo lado del arco descrito, sube al campanario una rampa en zig–zag, escalonada con piedras, rotas unas, hundidas otras y gastadas las más en su parte media a golpes de bien herrados zapatos y por acción demoledora de la intemperie. La pared del lado opuesto sirve de frontón para el juego de pelota, que tiene por piso el solar del antiguo cementerio, donde todavía quedan señaladas con piedras algunas sepulturas.
Imágenes
Ocupa la hornacina central del retablo mayor una estatua de la Asunción de la Virgen Santísima, Titular y Patrona de la parroquia. Es una talla, de bizantino aspecto, en madera de peral, maciza y de mucho peso, aún con la profunda y ancha estría practicada, para aligerarla sin duda, en su espalda. No sé cómo sería la primitiva coloración de su rostro; lo que sí sé es que, desvaída por el tiempo, antojósele un año, en vísperas de la fiesta del Glorioso Misterio, a la hija del sacristán devolverle la perdida intensidad y originaria viveza por un novísimo y nunca imaginado procedimiento: dio primero a todo él una mano de cal, de la destinada al blanqueo de las paredes del templo; le dibujó luego ojos y pestañas y cejas con carbón; y tiñó, por último, sus labios y mejillas con zumo de amapolas. Así estuvo hasta que un artista pueblerino, que había tenido la habilidad suficiente para hacer allí mismo de un hipotético San Agustín antiguo, una flamante Santa Bárbara, todavía más hipotética, la retocó, dejándole la «facies», no radiante de la luminosidad de gloria que a la Virgen–Madre de Dios resucitada y elevada a los cielos conviene; sino cubierta de la amarillenta palidez de una muerta, que llevan a enterrar. Por los inconvenientes que esta imagen ofrecía para que las jóvenes, como es costumbre en el pueblo siempre que de imágenes de Santas se trata, pudieran llevarla sin fatiga sobre sus hombros en las procesiones, el artista aludido proveyó a la Iglesia de otra imagen de la Asunción, para vestir, con las manos y la cabeza talladas, ajustadas convenientemente a un ligerísimo tinglado de pequeños listones ocultos bajo la falda y el corpiño de raso blanco y ceñidor y manto azules. Más que de la Asunción, en modo alguno expresada en ella parece imagen de la Virgen–Niña en el templo de Jerusalén. La índole de la religiosidad de los labriegos más sensible que espiritual, que ve en las sagradas imágenes, no ficticias representaciones, sino encarnaciones vivas de personas e ideales personificados, vinculando a ellas, al menos prácticamente, su devoción como a ídolos o términos absolutos de culto, ha esterilizado por completo la sustitución indicada: concentrado su piadoso afecto en la imagen vieja, se resisten con férrea terquedad invencible a usar para nada de la nueva, en que «no creen» porque la vieron nacer y vieron también sus «palitroques interiores desnudos».
Con la efigie de Nuestra Señora de la Asunción comparten la piedad de la feligresía las de la Virgen del Carmen y del Rosario, la de San Antonio, y la del Cristo de la Salud, cada una de las cuales tiene dedicado su altar propio entre los laterales. De todos ellos cuelgan con frecuencia ex–votos de cera y de telas, de poco precio y variadas formas, vulgarísimas, en cuya presencia sólo la consideración de su destino y del buen ánimo con que se han hecho puede detener la risa, en labios no atacados de volterianismo. Al culto de la Virgen del Carmen atiende de modo especial una antigua cofradía, instituida para eso, y al del Cristo de la Salud otra, con tal propósito establecida, tan antigua como la anterior. También existe una cofradía de Animas. Todas obligan a sus socios, bajo no sé qué multas, a concurrir al entierro y funeral de quien a ellas, en su última hora, pertenecía o bien fue inscrito en sus registros por la familia después de muerto. En ciertos toques, agregados al doblar ordinario de las campanas, se conoce si el difunto era cofrade, de qué cofradía, y de cuántas era miembro. En todas se practica el aditamento de repartir pan y vino entre sus cofrades, cuando se reúnen para rezar. Es una comunión de bienes y comida en común de hermanos, originariamente inspiradas en la cristiana caridad, pero que hoy se realizan con muy otro espíritu que el originado.
Llama, en fin, poderosamente la atención, entre las imágenes que en el templo parroquial se veneran, la de un Cristo en la Cruz, con una banda blanca arrollada a los brazos y pendiente en dos largos extremos, y un faldellín de percal, de fondo blanco y pintas moradas, sujeto a la cintura con hiladillos del último color.
Profanas costumbres vinculadas al templo
Las campanas se usan allí para todo. Avisan al pueblo, con diferentes sones, de la salida de la vacada, de la burrada, de la porcada: intiman el pago de la contribución, del consumo y de la cédula personal, previenen a los vecinos de la «yera» al que al siguiente día han de acudir; difunden la alarma en caso de fuego, de inundación o de ladrones; y notifican la muerte de las reses, aseguradas en la mutual, de que antes hice mención para que los labradores vayan por la libras de carne que les correspondan: mientras haya carne que despachar siguen las campanas, con breves intervalos, repitiendo la notificación. Tocan las campanas a la entrada en el pueblo de candidatos a diputados; y con largos repiques alternados con lentos tañidos a muerto, por los vencidos celebran siempre los victoriosos en cualesquiera elecciones populares sus triunfos de soberanía. Con estruendoso volteo de campanas se despiden del vecindario los emigrantes de toda clase y con otros de no «menos ruido» anuncian su regreso. En desaforado campaneo intempestivo paran invariablemente las correrías nocturnas de los quintos de cada año no contentos con su alboroto característico de silbidos y mugidos y aullidos, ni con el berrear incesante de los carneros, que, muy encintados con las mozas de sus amores, pasean por las calles, ni con el ronco zumbar de los enormes cencerros que aquellos mismos llevan colgados de las propias cervices y hacen sonar con la propiedad que suelen sus bueyes unidos a carro en romería. Para terminar: no hay barbaridad de mozos rondadores, ni concurso de muchachos traviesos que no finalicen echando «al vuelo» las campanas. El darse tres vueltas a las muñecas con las cuerdas de los badajos y dormirse repicando es una de las mayores fanfarrias moceriles, que la fama del lugar comenta con admiración y envidia.
«La noche de san Juan» cuando los enamorados destrozan los guindos de los ajenos huertos para clavar un ramo en lo más alto del tejado, que guarda el sueño de la señora de sus respectivos pensamientos, despiertas siempre en tal hora, en el vértice del ábside de la iglesia colocan uno de los mejores, ofrendando al templo análogos presentes, como medievales caballeros, a Dios y a su dama.
Al salir de misa los días festivos, el alcalde, si hay algún asunto que tratar en asamblea plebiscitaria de vecinos grita desde el umbral: «¡que esperen los vecinos!». Esperan efectivamente los que quieren, se reúnen en el juego de pelota antes dicho y allí, pidiendo la palabra como señorías deliberan alborotadamente con elocuencia de consejo de horda. Nunca faltan en las distintas «parrafadas» «los refuerzos» de las habituales interjecciones callejeras.
En señal de «Misa nueva» se iza sobre el picachón de la torre y se ata fuertemente a la cruz como bandera blanca, con un palo sin labrar por astil. El tiempo es el encargado de arrancar a girones el lienzo de la bandera y quebrar y derribar el palo.
Prácticas religiosas
Desgraciadamente ha habido siempre en la aldea alguna y aún algunas personas de significación social más instruidas y ricas que la generalidad, las cuales, con la palabra a veces y más frecuentemente con el ejemplo, han venido ejerciendo funesta influencia antirreligiosa en las almas rudas de sus convecinos labriegos. Ya son muchos los hombre que no cumplen el precepto pascual, y muchos más los que cumplen a instancia de las mujeres, faltos en absoluto de religioso espíritu. Las mujeres no frecuentan los Sacramentos. Lo intentaron las jóvenes, «Hijas, de María», y muy pronto desistieron de su santos propósito ante, las burlas y groseros insultos de que los jóvenes en especial las hicieron objeto, amenazándolas además con romper con ellas toda suerte de relaciones. Para evitar el pago de lo estipendiado por la bendición de la mujer «post partum» se contentan algunas con tomar agua bendita de mano de otra, cualquiera, al entrar en la Iglesia el día de su purificación. Hombres y mujeres regatean, como si estuvieran ajustando patatas de que no hubieran gran necesidad los derechos arancelarios de bodas, bautizos y entierros. «Si nos lleva más», le dicen al Sr. Cura, tan frescos, dejamos al chico sin bautizar, o «nos amontonamos», «o lo enterramos en la huerta», según los casos. Consideran al cura, como a un rico holgazán, que lo gana «cantando», para quien cualquiera retribución les parece excesiva, y a quien, en cambio, conceptúan obligado a darles en todo caso lo que le pidan, y cargan, cuanto pueden, en los repartos municipales. Son muy contados los que disponen; al morir, que se apliquen misas en sufragio de sus almas, y pocos menos los que mandan aplicarlas durante su vida. No es tan raro oírles blasfemar y verles trabajar en día festivo. Con frecuencia faltan contra el precepto de oír misa y cuando asisten a ella, los hombres en general y los mozos en particular, no guardan la debida compostura: pocas veces dejan de oírse murmullos de aquellos, y dejan de hacer éstos alguna salvajada en el «coro». Al coro suben a cantar «la misa» y en cantarla a todo pulmón invierten tres horas. El distinguirse cantando en la Iglesia y en las procesiones es otro de los alardes jaque de los mozos de pró. Sus piezas de lucimiento son «la Epístola», el «Incarnatus», el «Parce», el «Nunc dimittis», la «Letanía» en los Rosarios que se cantan por las calles, de que son muy devotos, y el «Sacris solemniis» en la función sacramental; la del cura es, sobre todas, el «Prefacio». Con cantar a gusto de ellos le basta al cura para ser querido y tenido por sabio; y con cantar de otra manera, para ser despreciado y tenido por hombre de pocas o ningunas luces. Se entusiasman con las voces atipladas, lánguidas, gangosas, de muchos y complicados gorgoritos. En cuanto a las mujeres, su recogimiento en los divinos oficios es mayor. Van a ellos con la cestilla de la ofrenda en la mano, se descalzan al llegar a su sitio de costumbre, «su sepultura», y colocan a un lado los zapatos; al salir besan todas, antes de tomar agua bendita, la cruz conmemorativa de la última misión.
Dos o tres veces al año, en determinadas solemnidades, cantan las mozas el «Ramo» y danzan, trenzando y destrenzando en «Reparo» cintas de colores en torno de un palo vertical, que sostiene con estudiada y retadora gallardía el mozo preterido para acompañarlas. Los versos son disparatados, y la música, que el primer coro canta con octava alta y el segundo repite en octava baja o viceversa, monótona e inaguantable. Terminado el cántico proceden a la subasta de las «Roscas», obligado adorno del «Ramo» (Foto 17), de las cuales el menor y más duro pedazo, regalado, se estima como delicadísima atención.
En la procesión eucarística de la fiesta principal del pueblo acostumbran alfombrar «la carrera» por donde ha de pasar el Señor, con colchas y largas bandas de lienzo casero.
Durante la Cuaresma, y por Semana Santa, rezan en distintos pelotones, dirigidos por un hombre que sepa el «Calvario», marchando de estación en estación por el camino y el cerro, llamados «de las cruces», de las que ni una sola queda ya en pie: solo se ve por allí alguna que otra piedra, de los viejos pedestales, con el hueco cilíndrico vacío en medio del musgo y de la pátina que las cubre, como la boca de un muerto abierta para maldecir. Así es la vida religiosa de mis labriegos.
CONCLUSIÓN
Como acabáis de oír, es toda la vida actual de aquellos labriegos, condiocesanos nuestros, no sindicados, objeto, durante las últimas vacaciones de estío, de mi observación inmediata. Ni la intervención del Estado, cuya finalidad propia en el orden social no es sino procurar ambiente y estímulos adecuados para el desenvolvimiento de toda legítima actividad de los ciudadanos en general; ni la emigración al «Nuevo Mundo», en la cual han fracasado cerca de dos centenares de los más arriesgados de ellos; ni nadie, si no ellos mismos, vencida la insuficiencia individual con la asociación, bastará jamás a remediar la extrema indigencia, que de progreso económico intelectual, moral y religioso padecen, callando, con pétrea inmovilidad de labios, de brazos, de corazón y de alma. «La urgencia de la sindicación agrícola, que yo aprendiera antes en los libros, brilló en mi mente con lumbre de evidencia, cuando, en acabando de mirar triste lo que era está miserable realidad, pensé esperanzado lo que muy pronto podía y debía ser por la sindicación». HE DICHO.
NOTAS
[1] La diócesis de Astorga, extensa por demás, se redujo durante la Edad Media tras crearse los obispados de León, Palencia, Zamora y Orense. Tras el concordato del año 1953 conservó las demarcaciones leonesas en su mayoría, junto con algunas zamoranas y orensanas, perdiendo algunas lucenses. En la actualidad «su jurisdicción coincide aproximadamente con los viejos partidos judiciales del Barco de Valdeorras, Puebla de Trives y Viana del Bolo en Orense, Puebla de Sanabria y gran parte del partido de Benavente en la de Zamora, los de Astorga, la Bañeza, Ponferrada y Villafranca del Bierzo, en la de León» como indica M. Martínez Fernández en «La organización del espacio diocesano en Castilla y León» (Investigaciones históricas de Época Moderna y Contemporánea, nº 14, 1994, pg 121, UVA). Los arciprestazgos de esta diócesis (que se extendía toda ella por las provincias de León, Zamora, Orense y Lugo) eran: Valdeorras, Viana, Sanabria, Robleda, Ribera del Urbia, Carballeda, Trives y Manzaneda, Rivas del Sil, Boeza, Páramo y Vega, Cepeda, Vega y Ribera, Cabrera Baja, Villafranca, Bierzo, Somoza, Valduerna, Vidriales, Órbigo, Quiroga, Omaña, Tera y Valverde, Villafáfila, Páramo, Decanato, Cabrera Alta, Tábara y Valdería (Boletín del Obispado de Astorga. Nº11, 1/VI/1914, pg 194-95).
[2] Los detalles que oí en tiempos a Pedro Barrio e Ignacio Prieto de Almaraz de Duero sirvieron para determinar con buen tino que íbamos acercándonos a la localidad en cuestión. Las citas de nuestro texto de la indumentaria local y el detalle del uso de las medias encarnadas coincidía con lo que Pedro nos había referido muchas veces sobre su abuela Pilar Nistal Llamas (n. en 1932) quien contaba que la abuela de ella, Pilar Alonso, casada en Olleros de Tera hacia 1899 y fallecida también allí siempre gastó las composturas del vestir del Valle, sayas y manteos y las medias rojas de la casada. Y contaba cómo en las visitas a Villaralbo donde ella (Pilar Nistal) y su madre Sinforosa Llamas se habían desplazado a vivir, aún aparecía la abuela desde Olleros con este acomodo y nunca dejó el uso de las dichas medias hasta su fallecimiento en 1960. Este detalle aún es recordado por las más mayores del lugar.
Las medias rojas en Zamora, como en tantas partes, han sido de común uso para distinguir las muchachas solteras de las casadas y no son pocas las citas de los cronistas de finales del siglo xviii y xix sobre este detalle:
Entre las labradoras la sayaguesa es alta y esbelta como el centeno que produce su tierra. Es notable por el traje serio y elegante que viste, compónese de manteo de vuelta, prenda que tiene el corte de un cucurucho o pantalla y es de paño negro adornado con franja de terciopelo; del mismo color, justillo, que deja al descubierto la manga y pechera de la camisa de lienzo blanco bordado de negro, pañuelo bordado también, dengue o parlamenta negra, medias de pedal, zapato con adorno picado en la piel y tacón alto y una toca llamada brisa (sic) o rostrillo. Conserva el tratamiento de vos y los saludos ceremoniosos que no se excusan ni aún en la familia. La charra o sayaguesa lindante con la provincia de Salamanca tiene algunas diferencias en este traje que adorna profusamente con lentejuelas y recarga de bordados.
También usó de aquellas la carvajalina en el pañuelo y las cintas del moño, en lo demás varía tanto como en el tipo más robusto y de estatura menor, gasta manteo redondo de bayeta o paño de colores, jubón de pana con grandes botones de plata, rizos en las sienes, zapato bajo con hebilla de plata, gargantillas y arracadas con todo el peso que tiene que sostener, las últimas, con una cinta por encima de la oreja, medias blancas las solteras, rojas las casadas y azules las viudas bien que esta costumbre puede decirse general en las Tierras del Pan y del Vino como también la de llevar dos zagalejos de distinto color y echar el superior por encima de la cabeza a manera de mantilla…
(Las mujeres españolas, portuguesas y americanas, tales como son en el hogar doméstico, en los campos… Imp. M. Guijarro, 1872).
Repiten la documentación de las encarnadas medias zamoranas los textos relativos a Vezdemarbán de Gómez de la Torre: «en las mugeres es común el uso de medias encarnadas y mantillas negras» (Corografía de la comarca de Toro, 1802, pág. 174) e insiste el viajero Richard Ford en A Handbook for travellers in Spain and readers at home (Manual para viajeros por España y lectores en casa, 1830-1833. Ed. Turner, 1983. Pag. 65) a propósito de Corrales y El Cubo:
Entorno al Cubo el paisaje mejora y aquí en un valle protegido se encuentra en Val Paraíso el vasto convento de la fe Fernando el Santo (…) Los campesinos que viven por aquí se vuelven tan hoscos como la comarca misma y no saludan al forastero, como el estremeño (sic) o el charro. Suelen llevar monteras y sombreros de tipo irlandés y muy mal aspecto. Las mujeres con medias rojas, se cubren las cabezas con pañuelos y todos ellos parecen paupérrimos…
Y para el caso de Benavente y comarca también los escritos hablan de medias de diversos colores:
Curioso y originalísimo es un canto y baile que he presenciado en la provincia de Zamora (en un pueblecito del partido de Benavente) llamado baile de los trajes. El día anterior, el fijado para los desposorios y bendición nupcial, organizan las amigas de la novia un clásico baile de canto y pandero éste se realiza en la plazoleta más próxima a la casa de los padres de la novia. Presiden los padres de la novia y padrinos; sentados en un largo banco de madera el novio y sus amigos detrás de la presidencia y un grupo canta alternando con otro grupo de doncellas que se colocan en la parte opuesta. La novia baila primeramente sola, usando para cada baile un traje típico de distinto color, incluso las medias, acompañándola los compañeros a vestirse y desnudarse a la casa más cercana los distintos trajes y mientras, bailan todos los demás convidados. El último baile pertenece a los novios, quise tomar nota de los curiosísimos cantos alusivos al acto y no pude conseguir porque se avergonzaban aquellas sencillas jóvenes al proponérselo.
(Gonzalo Castrillo. Estudio sobre el canto popular castellano. Imprenta de la Federación Católica Agraria de Palencia, 1925. Pg. 93).
En lo tocante a otros detalles del texto en el apartado de la vivienda nos referían, cómo el vestíbulo que daba paso a las habitaciones y la cocina se llamaba «astro» del mismo modo que en el Aliste, cita que refiere al artículo en cuestión. Con ello centré definitivamente el estudio en el Valle de Vidriales, una zona que siempre me pareció más que interesante desde el punto de vista cultural y que debiera haber figurado en los estudios entre las más cuidadas de la provincia como las contiguas comarcas leonesas, frente al injusto y desairado solar que muestran ahora en las póstumas recreaciones.
También busqué referencias citando este trabajo o a su autor y solo encontré y muy recientemente un artículo acerca de una «cruz del ferro» que pudiera documentarse en el artículo que traemos a colación y que sitúa el texto en Sanabria (Josemi Arriba Lorenzo «Hipótesis sobre la cruz de fierro de Foncebadón expuesta en el Museo de los Caminos (Astorga) y reflexión sobre su nombre» en Estudios Humanísticos. Historia. Nº 19, 2024, pp. 9-27). Otrora el autor, el Presbítero Bienvenido, habla en su discurso que estudió la sociología «en las vidas de labriegos que ante mis ojos se mostraban» pensando pues, en un pueblo de las inmediaciones de Astorga, su residencia en ese tiempo.
[3] Quiruelas adolece del común de pueblos (y ciudades), un olvido y abandono de lo propio. De los seis altares que cita el canónigo ninguno queda salvo las dos capillas y el principal, que marcan el crucero de la iglesia. Se conservan las imágenes antiguas de San Antonio, de Santa Bárbara y las losas de enterramiento de las que habla están a su vez enterradas por el cemento que allanó el juego de pelota, situado en el lateral de la parroquia. Los detalles aquí contenidos y perdidos dan todavía mucho más valor al texto guardado y publicado. De las costumbres citadas solamente el canto del ramo se ha vuelto a recuperar ocasionalmente aunque del tejido de las cintas de las mozas nada queda. Preguntamos también por el trabajo en las minas, que nadie recordó y la costumbre de la Yera, esa reunión concejil que obligaba a un vecino de cada casa a colaborar y contribuir en beneficio del pueblo con un día de trabajo para bienes comunes. Andando el tiempo, esta costumbre quedó referida a los días de carnaval donde el Ayuntamiento invitaba a vino y escabeche y reunían a los vecinos para aligerar algunos de los problemas urbanísticos del pueblo, tales como reparar baches de las calles o quitar las zarzas del entorno de la iglesia como nos dijeron. Del recuerdo de los hombres en la taberna «jorobando ruecas» esto es, abriendo por un extremo de la vara las costillas que sujetarán el copo y del trabajo de la calceta, ni asombro de ello queda.
[4] Aparte de su labor docente como profesor de sociología debió destacar como orador pues se reclamaron sus servicios en la Catedral de Valladolid en 1917 para la coronación canónica y pontificia de María Santísima de San Lorenzo y en la de Málaga en 1937 en la novena a la patrona de Málaga como canónigo magistral. Escribió algún artículo en la revista La luz de Astorga, «Et mortus est», como Maestrescuela y Vicario Capitular del Obispado.
Nuestro Cristo de la Agonía» como magistral de esta Santa A.I.C. 1928. A partir de esa fecha poco más hemos buscado.