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Revista de Folklore número

479



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Cóndores a la orilla del mar

LORENTE FERNANDEZ, David

Publicado en el año 2022 en la Revista de Folklore número 479 - sumario >



La visita de los cóndores andinos a las playas peruanas es una costumbre poco abordada por la etnografía y, sin embargo, un motivo de interpretación cultural para los habitantes de la costa y, también, para los pobladores de los Andes que conocen y han observado el fenómeno.

La primera ocasión en que oí sobre esta curiosa costumbre fue leyendo una crónica de Gregorio Martínez, se titulaba «El bañadero del cóndor». Este escritor afroperuano rescata y reelabora las tradiciones orales de Coyungo, Ica, región de la costa central del Perú, y en el texto referido ofrece una mezcla de literatura, anécdota y estampa costumbrista, pero también de información verídica.

El cóndor, soberano de los Andes, también baja a la mar. La mar, como dicen los pescadores con razón y conocimiento de causa. Desde tiempos inmemoriales que nos recuerdan al prehistórico hombre de Chilca, al desmesurado hombre de Ancón, el ave rapaz más grande del mundo tiene sus bañaderos en las playas de la costa y baja hacia ellos con todo el empaque de un buen veraneante.

Dichos lugares, unos pocos en el extenso litoral peruano, parece que hubiesen sido escogidos con precavido esmero. No son parajes inhóspitos ni solitarios sino más bien remansos colmados por la naturaleza con inigualables atributos. Porque, sin duda, el cóndor es un ave de gustos mayores y la inmersión en lagunas y abrevaderos del Ande no le interesa, en cambio lo cautiva la arrogancia del mar, el bregar incesante de las olas.

Aunque nacido en la frígida cordillera, en la jalca de atmósfera enrarecida, el cóndor es un adicto empedernido de los baños en la mar. Le encanta el solaz a la orilla de playa y, en definitiva, como buen carnívoro, le resulta agradable toda forma de desbande placentero, de hedonismo goloso.

Debido a esta proclividad del cóndor al goce desmedido, es que el hombre andino puede capturarlo y, luego que lo emborracha con aguardiente, amarrarlo en el lomo del toro para celebrar el yawar-fiesta. Pues al cóndor lo capturan por tragón. Le ponen a la vista un festín y él baja ansioso y traga hasta que ya no puede volar porque se ha embutido en el buche dos arrobas de carne de oveja. Entonces le caen encima, con mantas, los propios encargados de capturarlo. Aunque no sabemos si es por su voluntad que, este dios tutelar, se deja llevar a la celebración de la fiesta.

La desembocadura del río de Coyungo, muy al norte del puerto de San Juan-Marcona, es uno de los bañaderos predilectos del cóndor. Llega luego de atravesar, a gran altura, los contrafuertes del ramal occidental de los Andes. Llega solo, muy raras veces en pareja, nunca en bandada. El cóndor no forma bandada. Esa afición de chilindrinas se ve mejor en los pichingos, en las cochucas, en los gorriones de la mar. Pero ya en el bañadero se junta con sus congéneres que han bajado de las alturas de Toro Muerto, de Huacsahuacsa, de Saisa, de Uchumarca, de Tambo Quemado, de Sondondo, de Huaycahuacho, de Morjolla, de Saramarca, de Otoca, de Laramate.

En la época prehispánica todos sabían que esas aves grandes que retozaban en la desembocadura del río de Coyungo eran cóndores, pero ahora la gente profana, en especial los veraneantes que llegan de la ciudad, creen que son buitres y han rebautizado el lugar como “El Peñón de los Buitres”. Sin embargo, ese lugar de la boca del río siempre se llamó, y seguramente que antes en quechua o en lengua yunga, El Bañadero del Cóndor, y fue eso, un bañadero del soberano de los Andes, así como la pampa de Montegrande fue un cementerio de llamas, no porque estas bajaran desde los Andes a morirse ahí, sino que en ese entonces también había llamas en la costa.

Entre los campesinos de Coyungo hay mucho Huarcaya, Callalle, Mayhua, Quispe, Huamaní, Sihuas, Choqara, Noa, Apari Poma, gente aclimatada desde muy joven en la costa y que nunca más ha vuelto a subir a los Andes por temor a que les choque el cambio y los agarre la pulmonía. Ver retozar a los cóndores, ahí en la mar, es para ellos un verdadero reencuentro con sus propias raíces.

Cumplida la temporada, acicalado y limpio, despojado de viejas costras y escamas, con las plumas brillantes y alisadas, con olor a mar, entonado de fósforo y yodo, el cóndor, personaje majestuoso de los Andes, emprende el regreso, la vuelta a las duras y gélidas cumbres. Pero siempre recordará, él y sus descendientes, la travesía más corta para llegar a la mar (Martínez 2015: 138-140).

El relato no pretende ser un registro de información obtenida mediante el método etnográfico. Pero, más allá de algunas imprecisiones –el cóndor es un ave carroñera y no una rapaz; etc.–, y de distintas licencias literarias, el hecho que describe el relato es cierto. Los cóndores (Vultur gryphus) descienden al litoral desde las lejanas alturas de la cordillera. Siendo un ave andina por antonomasia, identificada por quechuas y aymaras con las deidades de las montañas, con los apus, wamanis o mallku, los cerros tutelares de la cordillera, su desplazamiento hasta el mar y su comunión con el océano pareciera requerir de una explicación en términos culturales.

Se sabe por diversos estudios que el kuntur o cóndor andino constituye el animal privilegiado de los apus –las montañas sagradas– para manifestarse ante los seres humanos[1]. En la vida cotidiana de las comunidades andinas, el cóndor es descrito como un animal doméstico propiedad del apu: distintos relatos orales presentan al cóndor, desde la perspectiva del apu, como «su gallina»[2]. En otras ocasiones, sin embargo, como en los contextos ceremoniales, se suele afirmar que el mismo cóndor es el apu, el ánimu o espíritu del cerro, una forma de objetivación, materialización o expresión ornitomorfa de la entidad tutelar[3]. En un estudio acerca de los animales de Apurimac, Cayón Armelia escribe sobre el cóndor: «Representa al apu cuando sobrevuela una comunidad, y la gente saca su piska [bolsa] con [hojas de] coca y soplando la alza en la dirección en que viene, a manera de ofrenda»[4]. Bastien explica esta identificación del ave con la montaña por su coloración, su morfología, y el hecho de nacer de huevos depositados en la cumbre de la misma montaña[5].

El relato de Martínez se hace eco de interpretaciones costeñas que indagan en esta atracción que ejerce el océano sobre el cóndor y le atribuyen al ave, además de un carácter hedonista, una búsqueda de los beneficios del agua salada. El cóndor no se bañaría en las lagunas andinas, sólo en el mar. Lo cautiva «el bregar incesante de las olas» y el mar le reporta beneficios físicos, plasmados en el embellecimiento de la piel y el plumaje: «acicalado y limpio, despojado de viejas costras y escamas, con las plumas brillantes y alisadas, con olor a mar, entonado de fósforo y yodo», retorna a las alturas. Destacar el contacto con las aguas y la manera de caracterizar el litoral enfatizando las olas tal vez revele alguna interpretación subyacente que apunte a la importancia simbólica del océano, al contacto del ave con esta deidad-elemento.

Otra mención acerca de esta costumbre la encontramos en los registros de un piloto de avionetas familiarizado con los vuelos practicados sobre las líneas de la pampa de Nasca. Eduardo Herrán, en un libro fotográfico sobre los geoglifos del desierto de Palpa y de Nasca, recoge aspectos de la mitología popular costeña acerca del cóndor basándose en su experiencia entre los pobladores de la región. Escribe:

Según las creencias populares, estas aves, durante sus vuelos desde los Andes hasta la costa, «anunciaban la llegada de las aguas a los oasis costeños, cuyos habitantes se regocijaban e iniciaban la limpieza de las acequias». Se trata del ave voladora más grande del mundo: llega a medir hasta cuatro metros de largo con las alas extendidas y pesa 14 kilos. En los años sesenta del siglo pasado hubo una caza indiscriminada de estas aves en la zona de Nasca, lo cual provocó su casi total desaparición. Hoy, después de medio siglo de protección (labor emprendida por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado – Sernanp y los comuneros de la zona de Puquio), se pueden ver más de 40 ejemplares que constituyen un gran aliciente para la conservación de esta especie (Herrán 2018: 59, pie de foto, énfasis añadido).

Y añade describiendo con más detalle esta concepción acerca del ciclo del agua que, expresado por el descenso del cóndor desde las cumbres de la cordillera andina, y originándose en las alturas, llegaría después de un largo recorrido geográfico a los valles costeros para irrigar los sembríos:

Los cóndores, que entre los meses de abril y diciembre viven usualmente en la parte alta de los Andes, a 3.500 msnm, a partir de diciembre bajan a los valles de la costa. Esto debido a que en ese tiempo en la sierra se inicia la temporada de lluvias, que comúnmente es acompañada por grandes tormentas, rayos y truenos, que hacen difícil sobrevolar la zona. Por estas condiciones climatológicas los cóndores bajan a la costa anunciando «la llegada del agua», tan esperada y necesaria para los lugareños. Por otro lado, los lobos marinos comienzan su período de reproducción en las playas, siendo las placentas de los lobeznos un manjar muy apetitoso para los cóndores. Por eso, según las leyendas populares, es de buen augurio ver la llegada de los cóndores a la costa en los meses de noviembre o diciembre. […] Estas aves, consideradas desde la antigüedad como divinidades en los Andes, sobrevuelan majestuosamente las pampas de Nasca en los meses de verano, anunciando de este modo la llegada de las aguas desde la sierra (Herrán 2018: 34-35).

El registro difiere de las concepciones de Coyungo descritas por Gregorio Martínez. Aquí el cóndor ya no persigue la inmersión en las aguas oceánicas. Su propósito al descender a la costa desde los Andes es doble: evitar las tormentas eléctricas que dificultan sobrevolar la cordillera y alimentarse de las placentas de los lobos marinos al final de su proceso reproductivo. Ambos aspectos explicarían el momento del descenso: durante el verano, esto es, en diciembre en el hemisferio sur. Pero al descenso se atribuye un aspecto más trascendente, que no concierne únicamente al ave. En esta concepción, el recorrido del cóndor implica una dimensión climatológica, en el seno de la cual el ave desencadena el ciclo del agua: desde la lluvia en la cordillera de los Andes a los cauces torrenciales que irrigan los oasis costeños. El ave activa la distribución del agua. Su vuelo desde los Andes al litoral se corresponde con el descenso de las aguas que, en forma de lluvia en las altas cumbres, se precipita a lo largo de la geografía peruana hasta las estribaciones finales de la cordillera, en la zona costera. El descenso zoomorfo de las deidades de las montañas –los apus-cóndores– propiciaría, acompañando, el recorrido del agua. Conforme a esta concepción, pareciera extenderse la jurisdicción de las deidades tutelares andinas –dispensadoras de lluvia, agua y fertilidad- a las zonas costeras. Un gran ciclo meteorológico, protagonizado por el cóndor, enlazaría a ambas regiones.

Una tercera concepción referida a la presencia del cóndor en el litoral peruano pude obtenerla personalmente en una breve investigación de campo efectuada en Ica[6]. Un hombre de esta ciudad, Ernesto Cabrera, me refirió acerca de los cóndores que había contemplado en Paracas, a un costado del balneario, encaramados sobre el acantilado donde rompe el océano. Se refirió a estas aves como «cóndores playeros» y me explicó que reposaban con las alas desplegadas, mostrando una envergadura de más de tres metros. El motivo de la presencia de los cóndores en la costa no respondía a ninguna de las dos concepciones anteriores. Los cóndores descendían al litoral con el propósito de «jugar con el viento del mar, con los vientos playeros», muy distintos de las corrientes de aire que se desplazan en las alturas de la cordillera. Buscaban, pues, en el litoral algo que no encontraban en los Andes, la posibilidad de batirse con un tipo de fenómeno característico de la zona, lo que podría ser considerado desde un punto de vista simbólico, dadas las profundas implicaciones mitológicas asociadas con el viento en la costa. En efecto, de acuerdo con el narrador, lo característico del viento era el proceder del mar, el ser un viento marino, metonimia, en suma, de este elemento. Dominaba también, como en el relato de Martínez, las alusiones a la dimensión lúdica de las visitas de los cóndores a la costa, quizá un aspecto compartido en el imaginario de los pobladores costeños.

Conclusiones

Aunque, de las tres fuentes examinadas, sólo una es de naturaleza etnográfica, las dos primeras revelan un interés explícito en referir concepciones locales a partir del registro de las mitologías y tradiciones orales costeñas, por lo que, como fuentes de información, y a pesar de figurar ésta en forma indirecta, no deberían por entero descartarse. Las tres contribuyen a ofrecer interpretaciones referidas al descenso de los cóndores a la costa, y describen lugares diferentes de la presencia de estas aves: la desembocadura del río de Coyungo, las pampas de Nasca (aquí sólo se reporta su presencia en los valles) y los acantilados de Paracas, tres enclaves del departamento peruano de Ica. En los tres casos –no tan claramente en el primero, en el que se alternan las visiones del litoral y la sierra, y se sugiere el origen andino de los campesinos locales– las interpretaciones proporcionadas pertenecen a la tradición cultural costeña.

Cuadro: Interpretaciones culturales y lugares de descenso del cóndor a la costa desde los Andes

(Elaboración: D. Lorente)

Fuente y tipo de registro

Motivo atribuido al descenso del cóndor desde los Andes hasta la costa

Aspectos asociados

Lugares de arribo en la región costera del departamento de Ica (Perú)

Martínez (2015)

Elaboración literaria de tradiciones andino-costeñas de Coyungo

Efectuar baños en el agua de mar, que se traducen en la limpieza de la piel y el plumaje

Se considera al cóndor como hedonista y se le atribuye un carácter lúdico

Desembocadura del río de Coyungo, al norte de San Juan Marcona

Herrán (2018)

Referencias a la mitología costeña de la población de Nasca

Evitar tormentas eléctricas en los Andes

Alimentarse de placentas de lobos marinos

Desciende en diciembre, durante el verano del hemisferio sur (época de lluvias)

Se asocia con la llegada del agua desde las montañas de los Andes a los valles de la costa

Activa y preside el ciclo de circulación del agua

Su avistamiento marca el inicio de la limpieza de acequias

Pampas de Nasca

Lorente (2021)

Entrevistas etnográficas, Ica

Jugar con el viento del mar, «viento playero»

Se atribuye al cóndor un carácter lúdico

Acantilados de Paracas




BIBLIOGRAFÍA

Bastien, Joseph W, 1985 [1978], Mountain of the Condor. Metaphor and Ritual in an Andean Ayllu. Illinois: Waveland Press.

Casaverde, Juvenal, 1970, «El mundo sobrenatural en una comunidad», Allpanchis Phuturinqa, vol. 2, pp. 121-240.

Cayón Armelia, Edgardo, 1971, «El hombre y los animales en la cultura quechua», Allpanchis Phuturinqa, vol. 3, pp. 135-162.

Flores Ochoa, Jorge, 1977, «Aspectos mágicos del pastoreo. Enqa, enqaychu, illa y khuya rumi», en Jorge Flores Ochoa (coord.), Pastores de puna. Uywamichiq punarunakuna. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, pp. 211-237.

Gow, Rosalind y Bernabé Condori, 1976, Kay Pacha. Cuzco: Centro de Estudios Rurales Andinos ‘Bartolomé de las Casas’.

Herrán, Eduardo, 2018, Líneas de Nasca. De los hombres que dibujaron el desierto. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de San Martín de Porres.

Lorente Fernández, David, 2014, «El vuelo nocturno de los cerros-pájaro. Ceremonias de llamada a los apus en el Sur del Perú», en Óscar Muñoz y Francisco M. Gil García (coords.), Tiempo, espacio y entidades tutelares. Etnografías del pasado en América. Quito: Abya-Yala, pp. 229-272.

Lorente Fernández, David, 2015, «Cerros y halcones en los Andes peruanos», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 779, pp. 106-118.

Lorente Fernández, David, 2021, «Notas de campo en el departamento de Ica», mecanuscrito.

Martínez, Gregorio, 2015, «El bañadero del cóndor», en Gregorio Martínez, Embrujos y otros filtros de amor. Lima: Peisa, pp. 138-140.

Molinié, Antoinette, 2012, «El toro y el cóndor en lidia. Una corrida en los Andes peruanos», en Patricia Martínez de Vicente (coord.), Ritos y símbolos en la tauromaquia: en torno a la antropología de Julian Pitt-Rivers. Barcelona: Ediciones Bellaterra, pp. 237-260.

Reinhard, Johan, 1996 [1988], The Nazca Lines. A New Perspective on Their Origin and Meaning. Lima: Editorial Los Pinos.

Ricard Lanata, Xavier, 2007, Ladrones de sombra. El universo religioso de los pastores del Ausangate (Andes surperuanos). Lima, Cuzco: Instituto Francés de Estudios Andinos, Centro de Estudios Regionales Andinos ‘Bartolomé de las Casas’.

Tomoeda, Hiroyasu, 2013, El toro y el cóndor. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.




NOTAS

[1] Véanse, por ejemplo, Bastien 1985, Lorente 2015, Ricard Lanata 2007, Molinié 2012, Tomoeda 2013, Reinhard 1996, entre otros.

[2] Entre otros: Casaverde 1970: 143, Gow y Condori 1976: 45, Flores Ochoa 1977: 230.

[3]Lorente 2014, donde aparece un análisis de las sesiones nocturnas de adivinación y curación en los Andes sur-peruanos.

[4] Cayón Armelia 1971: 144.

[5]Bastien 1985 [1978]: 63.

[6] La información fue recogida el 15 de agosto de 2021 en la ciudad de Ica (Lorente, notas de campo, 2021).



Cóndores a la orilla del mar

LORENTE FERNANDEZ, David

Publicado en el año 2022 en la Revista de Folklore número 479.

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