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Revista de Folklore número

477



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Estaba el señor don gato…

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 477 - sumario >



En alguno de mis escritos he referenciado ya el hecho de que los gatos fueron domesticados desde muy antiguo por el hombre en lo que el arqueólogo americano James Henry Breasted bautizó como Creciente Fértil –región histórica que ocupaba lo que hoy es el Líbano, Israel, Siria, Siria, parte de Turquía y Egipto– como controladores de las plagas de ratas que devastaban los graneros que ya en el hombre del Neolítico supo construir para guardar los productos de sus cosechas. Dicha suposición parece la más razonable, pues no falta quien afirma que mientras otros animales salvajes fueron domesticados como productores de leche, carne o lana –o para servir de ayuda en el trabajo– los gatos no aportaban nada al hombre en los términos señalados para el resto de animales, salvo la protección de los graneros, de ahí que fueran convirtiéndose en los domésticos más próximos al ser humano, ya que al vivir generalmente en la misma casa llegaron a convertirse –puede decirse– en un miembro más de la familia y en muchos casos no solo de compañía, sino también en un juguete para los más pequeños de la casa. Circunstancia que lleva a pensar que se convirtieran en objeto de canciones que animasen primero a los más jóvenes y posteriormente a los de más edad.

De estas canciones –tal vez una de las más extendidas por todo el ámbito cultural hispano (véase Pan-Hispanic Ballad Projet)– sea la del Señor don Gato, que otros titulan La muerte del señor don Gato, aunque el origen de la misma no está del todo claro. Para el filólogo y folclorista luso Francisco Adolfo Coelho –citado por José Antonio Solís Miranda, El libro de los juegos infantiles olvidados– se trata de una parodia originada en Las mocedades del Cid, cuyo verso 1713 comienza:

Sentado está el señor rey

en su silla de respaldo

de su gente mal regida

desavenencias juzgando.

Al parecer, el origen de las leyendas que surgieron en torno a la juventud de Rodrigo Díaz –el Cid– está acreditado al menos desde la segunda mitad del siglo xiii, aludiendo a crónicas medievales relacionadas con el rey leonés Fernando I el Magno, por lo que no es de extrañar que imitando los primeros versos de ese romance, surgieran otros grotescos con letra adaptadas a Don Gato, según recoge en El romance de Don Gato y Doña Reina de Tetuán –Centro Virtual Cervantes– la escritora porteña Reina Roffé de ascendencia sefardí –pues la familia de su abuelo Abraham, como la de su abuela, que vivían en Ceuta, emigraron posteriormente a Argentina–, cuya versión más difundida en España –que más tarde llegó a Marruecos con la diáspora sefardí junto con otras coplas y romances «que las mujeres de la casa cantaban con gusto y gracejo» ya fuera para «divertir a los niños y entretenerlos o en ocasión de algún acontecimiento familiar importante», como boda bautizo, circuncisión del varón…– era:

Estaba el señor Don Gato

sentadito en su tejado

marramiau, miau, miau,

sentadito en su tejado.

En Los titiriteros de Binéfar, Estaba el Señor Don Gato, la canción que se convirtió en cuento de títeres –sin embargo– se reseña que el origen de tan celebérrimo romance infantil no ha sido aún establecido con certeza. Y añade: «Se cree que es hijo del gusto renacentista por las aventuras y desventuras de animales humanizados, del que dan fe el ‘Coloquio de los perros’ de Cervantes y ‘La Gatomaquia’ de Lope de Vega».

Otros investigadores hay –me escribe Félix Barroso– que «lo remontan incluso a una antiquísima canción del siglo xiv, emparentada con el mote que han recibido siempre los vecinos, llamados ‘gatos’. Y que, de modo legendario, engazan el gato del romance con la conquista de Madrid por Alfonso VI en el año 1085», aunque Barroso considera que esta hipótesis «nos parece demasiado alejada de la realidad del Romancero», dando mayor grado de verosimilitud, aunque con reservas, al origen sefardí.

Pero doña Reina de Tetuán –como quería su abuela que la llamasen, de donde Roffé tomó su nombre– tenía su propia versión sefardí del romance o canción, transmitida de generación en generación de forma oral, que reza así:

Estaba el señor don Gato

Sentadito en su tejado

con la mano en la cintura

y la otra en el costado.

Por ahí pasó una gata

con los ojo arrelumbrando.

El gato por darle un beso

se cayó de su tejado,

se rompió siete costillas,

media cabeza y un brazo.

Ya llaman por los dutores,

dutores y cirujanos,

uno le mira la pierna,

otro le mira el costado.

Todos dicen a una boca

¡Señor gato está muy malo!

¡Señor gato está muy malo!

Señor gato ya se ha muerto.

Ya lo llevan a enterrar

por la plaza del pescado.

Al olor de las sardinas

el gato ha resucitado (bis).

Esta misma versión la recoge Susana Weich –«Un poco de historia: los judíos en la Península Ibérica. Expulsión y dispersión. Panorama de la diáspora sefardí». Música y tradiciones sefardíes. Diputación Provincial de Salamanca, 1999–. Escribe que el día de Tis’a be’Av –día de luto en el calendario hebrero, pues se conmemora, la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos, en el año 70 de nuestra era– los niños judíos cantaban el Romance de Don Gato con la melodía de la endecha de La Muerte Personificada –que comienza con ‘Muerte que a todos convidas…’– y que solían cantar las mujeres, tanto en el duelo personal como también entre las endechas de Tig’a be’Av. «Esto funcionaba –añade Susana Weich– como una prueba y, cuando al final de este cante cómico, algún niño o niña se reía, se le decía: ‘Porque te reíste en día de Tisabeá (Tig’a be ‘Av) llorarás el día de Rosaná’ (Ros ha’Saná, el día del año nuevo judío, que cae en el mes de septiembre)».

Uno de los romances españoles con el inicio que reseña Reina Roffé, se recitaba y cantaba en la provincia de Cáceres, que en algunos pueblos se realizaba dando vuelvas en corro, como el de la patata –en Cilleros, por ejemplo– y agachándose los participantes al decir el estribillo. En El Casar de Cáceres se formaba un corro, en el centro del cual se ponía una jugadora y las demás bailaban en torno a ella con las manos en las caderas y balanceándose hacia los lados y cuando llegaba el momento del marramamiau, se le iban acercando mientras se lo cantaban, luego volvían a su antigua posición. En otros se hacía un pasillo y por medio cruzaba una niña con los brazos en jarras y balanceándose dando la vuelta y sustituyéndola otra cuando le parecía; o se paseaban dos, caso de Huertas de Ánimas, Trujillo.

La versión más conocida en la provincia del norte extremeño, era:

Estaba el señor Don Gato

sentadito en su tejado,

marramiamiau, miu, miau,

sentadito en su tejado.

Le ha llegado la noticia

que si quiere ser casado

marramiamiau, miau, miau,

que si quiere ser casado

con una gatita parda,

sobrina de un gato pardo

marramiamiau, miau, miau,

sobrina de un gato pardo.

De contento que se ha puesto

se ha caído del tejado,

marramiamiau, miau, miau,

se ha caído del tejado.

Se ha roto siete costillas,

el espinazo y el rabo,

marramiamiau, miau, miau,

el espinazo y el rabo.

Ya lo llevan a enterrar

por la calle del pescado,

marramiamiau, miau, miau,

por la calle del pescado.

Al olor de las sardinas,

el gato ha resucitado,

marramiamiau, miau, miau,

el gato ha resucitado.

Por eso dice la gente:

«Siete vidas tiene un gato».

Marramiamiau, miau, miau,

siete vidas tiene un gato.

La versión de Trujillo –Cáceres– tiene algunas variantes respecto a la anterior. Por ejemplo, no tiene el estribillo marramiamiau, miau, miau; en vez de le ha llegado la noticia dice le ha venido la noticia; la gatita es blanca, no parda; el verso de contento que se ha puesto se sustituye por el gato, por ir a verla; la calle no es del pescado, sino del mercado.

Según me informa Gabi Delgado Naranjo desde Huertas era una canción cantada e interpretada normalmente por grupos de niñas.

Para realizarla, se dividían las participantes en dos filas paralelas, y se elegían a las dos primeras que comenzarían la canción, las cuales se colocaban en el medio del pasillo que salía de las dos filas, una en frente de la otra mirándose al inicio de cada fila. La canción se acompaña como es normal con las palmas al son de la letra, las que inician el juego, se van cruzando en el pasillo con las manos en «jarra», como popularmente lo conocemos y al llegar al inicio de cada fila, se ponen mirando cada una hacia fuera del corro y cuando compagina la letra del «marramiamiau», se contonean de un lado a otro quietas en el sitio. Y así hasta finalizar la canción, una vez acabada, cada una, elige de entre las del corro a las siguientes participantes.

En la adaptación de Navalmoral de la Mata el gato recibe una carta, se cae del tejado por ir a verla, y la canción se prolonga con dos versos alusivos a las siete vidas de los gatos… «y otras siete un zapatero / que remienda los zapatos», prolongación que –según se advierte en Los titiriteros de Binéfar, más arriba reseñado– vendría «probablemente, por hipálage, de la prolongada vida de los zapatos viejos de los pobres que pudieron cambiarlos por otros se resignan a que revivan como puedan en las manos de un remendón».

El musicólogo y folklorista español Bonifacio Gil García, en el segundo tomo de su Cancionero popular de Extremadura recoge una versión de Castilblanco –municipio badajocense de en la comarca del Cijara– que incluye un final novedoso, referente al juego:

Por eso dice la gente:

‘Siete vidah tiene un gato’:

y lah niñah que lo bailan

tienen que darse un abrazo.

En otras localidades cacereñas al gato «le llegan nuevas / que había de ser casado» y la gatita –además de ser parda– tenía «una pinta en el rabo», y al caerse del tejado solo se ha roto «siete costillas / y la puntita del rabo», no el espinazo.

La versión del romance de El gato enamorado concluye:

Y aquí se acaba la copla

de Don Gato enamorado,

marra ma miau miau miau

de Don Gato enamorado.

En la mancomunidad de Trasierra –Tierras de Granadilla cacereña–, Ahigal recoge el romance o canción con alguna variante: «Al recibir esa noticia / don gato se ha mareado», se ha caído del tejado, rompiéndose «siete costillas y el rabo».

La versión recogida en el pueblo salmantino de Matilla de los Caños del Río –que se integra en la comarca del Campo Charro– es igual a la mayoría de variaciones semejantes a las ya reseñadas hasta el verso decimoctavo, a partir del cual cambia el romance respecto a los antedichos:

Llamaron a siete médicos

y también al cirujano,

marramamiau, miau, miau,

y también al cirujano.

Boticas y sinapismos

los ochos le recetaron,

marramamiau, miau, miau,

los ochos le recetaron.

Mataron siete gallinas

y le dieron de aquel caldo,

marramamiau, miau, miau,

y le dieron de aquel caldo.

Pero el gato se murió

un día del mes de marzo,

marramamiau, miau, miau,

un día del mes de marzo.

Ya lo llevan a enterrar

en una caja de sándalo,

marramamiau, miau, miau,

en una caja de sándalo.

Lo llevan cuatro gatitas,

detrás van ochenta gatos,

marramamiau, miau, miau,

detrás van ochenta gatos.

Cuando pasaba el entierro

por la calle del Pescado,

marramamiau, miau, miau,

por las calles del Pescado.

Al olor de las sardinas

el gato ha resucitado,

marramamiau, miau, miau,

el gato ha resucitado.

Por eso dice la gente,

siete vidas tiene un gato,

marramamiau, miau, miau,

siete vidas tiene un gato.

Y aquí se acaba la historia

de Don Gato enamorado,

marramamiau, miau, miau,

de Don Gato enamorado.

Respecto a las recomendaciones de los doctores y cirujanos, todos coinciden en que maten gallinas –que en Guadarranque, Campo de Gibraltar especifican que han de ser «negras»– y en Salientes –Palacios del Sil– mitad de la «gallina vieja para hacer un caldo muy sustancioso». Y en la variante de La Puebla de la Sierra –Colmenar Viejo, Madrid– médicos y cirujanos amplían el tratamiento:

-A este gato le hace falta

un poco de sopicaldo,

cien barras de longaniza

y otras tantas de adobado,

con un pernil de tocino

que estaba muy mal colglado,

con una alcuza de aceite

hay que hacer el guchifado.

Claro que si no sana con el caldo de gallina –incluida la vieja–, recomiendan otro remedio más expeditivo: En Salcedo, que le dieran «un fuerte testarazo»; en Sarceda «con un gordo palo», remedio que también recomiendan en Salientes y La Seca de Alba donde recetan: «Dadle fuerte con un palo». De una u otra forma el gato debía morir.

Así pues, por primera vez aparecen los médicos y el cirujano intentando salvar al pobre enamorado. Versión ésta que guarda cierta semejanza con la del País Vasco, que tiene algunas variantes. Por ejemplo, en la versión vasca son «ocho las gallinas» las que mataron para hacer el caldo, y ya difunto por la calle del Mercado no lo llevan a enterrar «cuatro gatitas», sino «cuatro gatitos» y detrás no van «ochenta gatos», sino «sesenta». Además en la versión de Chano – León – «llamaron siete doctores / con catorce cirujanos / unos le tentan el pulso /y otros le tentan el rabo» y en la de Paradela de Muches –León– «llamaron un médico / juntamente un escribano».

Pero antes de continuar con otras versiones cabe hacer referencia a dos aspectos de los verdaderos gatos, no de los ficticios del romance: Por qué les gusta tanto el pescado y a su anatomía. Respecto al primer punto es sabido que estos mininos se sienten atraídos especialmente por el olor del pescado crudo fresco al ser más intenso y penetrante, además de por el sabor; lo que «explicaría» que resucitasen al pasar por la calle del mercado o del pescado.

El segundo aspecto de estos animales hace referencia a su anatomía, que les permite modificar su posición corporal para alterarla moviendo convenientemente sus patas y rabo para caer siempre de pie. De ahí la referencia a sus siete vidas; maña que no se da en los romances a él referidos aquí porque entonces no habría historia.

Pero aún hay otra versión diferente a las antedichas sobre Don Gato: Aquélla en la que nuestro personaje, tras caerse del tejado, hace venir un escribano y dicta testamento de sus muchos latrocinios. A continuación, muere y es enterrado, con regocijo de los ratones, que bailan, y luto de los gatos. Testamento que –como el de otros animales, asnos, zorras, caballos, ratones, o incluso de personajes reales o ficticias– fueron recogidas de forma burlesca y anónima en los pliegos de cordel –hermanos de los romances y coplas de ciego–, cuyo origen, según Antonio García de Diego –El testamento en la tradición. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Tomos IX y X, Madrid, 1953-1954]– pudo estar «en los sacrificios de víctimas humanas de épocas pretéritas». En apoyo de esta tesis cita como ejemplo el llamado testamento del cerdito Marco Gruñón Grunnius –Gruñón– Corocotta, fechado hacia el año 350 de nuestra Era, que al no saber escribir de su propia mano, lo dictó para que tomaran nota del mismo. Y entre sus legados «A mi padre, Verrino Lardino, doy, lego le sean dados 30 moyos de bellota, y a mi madre, l Vieja Cerda, doy, lego le sean dados 40 moyos de trio de Laconia; a mi hermana Quirina…».

Al mismo testamento hace referencia Joan Amades –El testamento de animales en la tradición catalana. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. Tomo XVIII. Cuadernos 2 y 4. pg. 34, Madrid. 1962– e indica que fue sacrificado en el monte Licerninas, cuando, según la concepción actual de las costumbres debiera haberlo sido en la intimidad del hogar tal y como se produce la matanza del cerdo por doquier de la vieja Europa. Y añade: «El sacrificio al aire libre, y probablemente en despoblado, recuerda momentos en que se celebraba en el campo mismo, al objeto de que la sangre de la víctima cayera en tierra y la fertilizara por efecto de su condición divina. Las mandas distributivas de sus carnes y órganos responden asimismo a la idea de la distribución del cuerpo, no ya entre personas cual la concepción de la actual sociedad entiende, sino para ser repartida en diferentes partes del agro a fin de fertilizar las semillas y asegurar las cosechas». Rito propiciatorio semejante a los que antaño realizaban los campesinos al concluir las faenas de la siega al objeto de asegurar la fertilidad de sus campos para el siguiente año.

Las variantes de este romance, con relación al testamento son varias. Por ejemplo, en Asturias tienen dos versiones. La primera dice:

Estaba el señor don Gato

en silla de oro sentado,

calzando media de seda

y zapato repicado.

Vino la orden de arriba

de que había de ser casado

con una gata montesa

y con ella cien ducados.

El gato de tan contento

cayó de la silla abajo;

rompiera siete costillas

y la puntita del rabo.

Mandaron llamar al cura

y también al escribano

pa que hiciera testamento

de lo que tenía robado:

siete arrobas de tocino,

otras tantas de pescados

y otras tantas de manteca

para los viernes del año.

Y que cuando lo enterrasen,

que lo enterraran en sagrado

con un letrero que dijera:

«Aquí murió un desgraciado,

no murió de tabardillo,

ni tampoco de costado,

que murió de mal de amores

que es un mal muy desgraciado».

La segunda versión señala que –tras caerse del tejado en bajo– «a las doce de la noche, / mandó llamar al escribano, / que viniera hacer la cuenta / de cuanto había robado», latrocinios que coinciden con los reseñados en la anterior versión, salvo que en ésta se añade «cien arrobas de longaniza, / esto sí que me ha gustado». En la versión de La Coruña Don Gato declara a los doctores y al escribano, que tenía robadas «cien varas de longaniza, / una perdiz y un pavo / y otras tantas de tocino por lo gordo y lo delgado». Tocino y pescado que se repiten con frecuencia en versiones de otras localidades: Por ejemplo en Somaniezo –barrio de la localidad de Aniezo, en el municipio de Cabezón de Liébana, Cantabria–; en Villar de Acero –en la comarca del Bierzo León– se añade al lote de lo robado «morcillas e lilguaizas» que «pasaban de ciento y cuatro»; en Chano –Ayuntamiento de Paranzanes, integrado en la comarca leonesa de El Bierzo – nuestro gato señala que las siete arrobas de manteca robadas eran «para los viernes al caldo», y en el romance de Arborbuena –en el partido judicial leonés de Ponferrada– que los cien kilos de longaniza y otras tantas de pescado las había robado «para engrasar las comidas / todos los viernes del año».

Siguiendo con las variantes del romance –ya con la incidencia del testamento– siguen siendo varias, sea la gata blanca, negra «hermana del gato pardo» –versión de Somaniezo, Cantabria– parda, morena, «morena de otro barrio», –versión Sarceda y Espina de Tremor, La Igüeña–, montesa, o «hija de un gato romano» – versión de Arcos de la Frontera, Cádiz–, «gata rabona» –Santander–, gata morena que, según la versión de Salceda, «costó dos mil ducados». Sin embargo, en la versión de La Coruña, se habla de una gata montesa que «tenía dos mil ducados» –se supone que de dote–; en la versión de La Cuesta –Cabrillanes, León– tenía que casarse con una gata montesa que «valiera cien ducados». Y en Peraleda de Muces –León– la gata era «moza de gran garbo», que en la versión de Calzada de la Valdería –La Bañeza– se aclara que «por muy maja que venía / se venía remirando». En La Seca de Alba –Cuadros, comarca de La Robla, León– la gata montesa «vivía en el mercado». Y en la de Valporreros de Torio –Vegacervera, León– la gata, también morena – era de «don José Sacatrapos».

A esas variantes también se añaden –además– otros detalles que no habían aparecido en versiones anteriores. Por ejemplo, en Sarceda –Tudanca, Cantabria–, «el gato de pura risa / se cayó la silla abajo» cuando le vinieron las nuevas del matrimonio; en la versión de Arcos de la Frontera –Cádiz– es ella la que pregunta al gato «que si quiere ser casado y estando en estas razones es cuando él se cayó abajo y vinieron a recogerlo / en la cesta del pescado».

Respecto al anuncio de matrimonio, en Llerana –Saro, Cantabria– son unos amigos quienes le dicen:

si quería ser casado

con una Misimita la bella

que andaba por el tejado.

En un principio, el gato

se hizo el desentendido

de su rango muy preciado,

pero fue un día tras ella

y se cayó del tejado.

En una versión de Salceda al gato «le vinieron cartas», cartas que en la adaptación de Villar del Acero le venían de lejos; en la de Peradela de Muces «cartas iban, cartas venían»; en la de La Cuesta «le vinieron cien»; en la de Santander «recibió cartas de Indias…» lo que podría tomarse como el interés que había por casar al minino.

Otro detalle a reseñar es la vestimenta del gato que se menciona en algunas versiones. Así –por ejemplo– en la de Llerana, calzaba «medias de seda (y) / zapatos blancos bordados»; en Salientes –partido de Ponferrada– el gato estaba sentadito en su tejado «haciendo punto de media / con su zapato encarnado»; en la de Villa del Acero, vestía «seu fibón de abotonilla / muy largo y abotonado / sombreiro de tres candiles / parecía un gran soldado», igual versión que la de Peradela de Muches, donde nuestro personaje estaba

... sentado en un escaño

calzando medias de seda

y su zapato picado

ibón de colchonilla

muy largo y abrochonado,

sombrero de tres candiles

parecía un buen soldado.

Respecto a las recomendaciones que hace nuestro querido gato cuando va a morir, y a la que ya hice referencia en la primera versión de Asturias en relación con el lugar donde quería ser enterrado, en Saldeda –Ayuntamiento de Polaciones– dice que

... no me entierren en sagrado,

que me entierren en un campo

donde pacen las ovejas

toda la rueda del año.

Igual deseo manifiesta en las versiones de Sacerda, Llerana, Arobuena y Calzada de la Valdería.

Otras recogen también su deseo de ser enterrado en el campo, aunque con alguna que otra diferencia. Por ejemplo, en Chano decía: «Si me llego a morir, / enterraime en aquel campo ,/ que digan los pasajeros: ‘Aquí murió el desgraciado’». En Espina de Tremor quiere que le entierren en el campo, pero «con la cabeza fuera, / bien peinado y bien lavado. / Cuando pasen por allí que digan: / ‘Aquí murió el condenado’». Y en La Seca de Alba – León – se dice:

Ahora le van a enterrar

a la puerta del mercado,

y el que pase por aquí:

‘Aquí murió un desdichado,

no murió de calentura

ni tampoco de costado,

que murió de mal de amores,

porque Dios se los ha dado.’

En la variante de La Coruña donde lo van a enterrar es en la «Plaza del Pescado». Y en la de Escobar del Campo –León– lo llevan a enterrar «por la calle de los Gatos».

Referente al acompañamiento que lleva nuestro minino –como es de suponer– son gatos que van de luto y llorando, mientras los ratones lo que hacen es cantar.

En la versión de Salceda dice que el «otro día a la mañana / ya estaba muerto el buen gato», aunque en Guadarranque, decían que a eso de la media noche ya lo estaban amortajando.

Pues bien: La versión de Salceda continúa:

Las gatas visten de luto,

los gatos de paño pardo,

los gatines chiquitines

van detrás miau, miauruu miao.

Los ratones por el tejado

van alegres y cantando:

‘Ya se murió ese traidor,

ya se murió ese mal gato’.

En Somaniego, Cantabria: Tenían esta otra versión, muy semejante:

Las gatas iban delante,

los gatos iban cantando,

los ratones pequeñitos

delante iban bailando.

-Ya murió nuestro enemigo,

ya murió nuestro contrario,

que nos echaba las uñas,

nos hacía empinar el rabo,

y nos hacía meternos

por un agujero apretado.

En Santander los gatos «iban de luto / y los ratones bailando» y en La Cuesta –León– también van de luto los gatos y «las gatas de hábito negro», mientras los ratones van exclamando «¡muera, muera el desgraciado!» que –al igual que en La Cuesta– y con una pequeña variante textual recuerdan que cuando les hincaba la uña les hacía empinar el rabo y entrar por un «agujerito apretado».

San Martín de Agostedo –Maragateria leonesa– tiene una versión diferente del entierro:

Los gatos iban de luto,

las gatas de mantón largo,

los gaticos más pequeños

detrás iban remiaumiando,

detrás iba la cigüeña

con la oferta reventando,

detrás iba la gallina

con sus pollicos piando,

detrás iba la garduña

que los iba acariciando:

-Andái, pollicos, andái,

pa mi tenéis un bocado.

Igualmente cabe señalar que tampoco los estribillos eran parejos. Aparte del más conocido de «marramiamiau, miau, miau», en La Seca de Alba, es «Lirulatas liruleso lirulero; liolito liolado», en Escobar del Campo, león; «ra miau miau miau» en La Puebla de la Sierra…

Y para concluir hay que hacer mención a la leyenda de la «procesión de las ratas» –también conocida como el «Entierro del gato por las ratas»–, que aparece en un cimacio de la galería sur de la catedral románica de Tarragona.

Según cuenta la leyenda en el palacio de un noble local había gran cantidad de ratas que pululaban por sus graneros y arrasaban sus despensas, sin que los criados fueran capaces de exterminar tan dañina plaga, que incluso osó invadir el comedor donde se celebraba un banquete en honor al rey, motivo por el cual el monarca prometió no volver a dicho palacio hasta que no hubiesen desaparecido todos los roedores.

El noble, viendo que sus criados se veían incapaces de acabar con tamaña plaga, decidió buscar al mejor gato caza ratones de la comarca –Misifuf– para ello. El gato se puso manos a la obra, pero al ver que era incapaz de acceder a sus madrigueras, decidió hacerse el muerto, echándose patas arriba y así aguantó hasta que las ratas –confiadas– lo pusieron en una litera, llevándolo en procesión para darle sepultura. Y cuando los roedores estaban más confiados se revolvió violentamente contra ellas matándolas a todas a zarpazos. En agradecimiento, cuando murió el gato, el noble decidió grabar en piedra el suceso para la posteridad.



Estaba el señor don gato…

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 477.

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