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Revista de Folklore número

472



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Santuarios rupestres de la provincia de Segovia

SANZ ELORZA, Mario

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 472 - sumario >



A Julián Parra Requejo. In memoriam

Cuevas sagradas: la sacralidad de la roca

Desde los más remotos albores de su existencia, el ser humano ha otorgado a la roca valores de sacralidad y divinidad. Los primeros instrumentos y herramientas fabricados por nuestros ancestros eran de piedra. Los primeros habitáculos ocupados con carácter permanentes fueron las cuevas y los abrigos rocosos. Los primeros soportes empleados para la expresión artística y religiosa fueron la superficie de las rocas. Las primeras manifestaciones de las creencias en la trascendentalidad y en la vida post mortem tuvieron también su emplazamiento y su materialización en las rocas, primero como simples sepelios en la profundidad de las cavidades, hasta los grandes monumentos megalíticos (dólmenes, menhires, crómlech, etc.) y las necrópolis rupestres altomedievales. Muchas religiones han elegido las cuevas, ya sean naturales o artificialmente excavadas, como escenario para sus prácticas y manifestaciones, y por ello no es de extrañar que a lo largo de la historia se hayan producido en ellas procesos de superposición de cultos. Podemos sacar a colación como buen ejemplo de lo dicho el Santuario oscense de Santa Elena, situado en el municipio de Biescas, justo en la entrada al valle de Tena. Cuenta la tradición que por allí paso Santa Elena, la madre del emperador Constantino, a la que la tradición cristiana tiene como descubridora de las tres cruces de madera del Gólgota, en siglo IV. El templo cristiano se erigió precisamente sobre una cueva, a la que se accede desde el ábside de la iglesia, y en sus alrededores es evidente la presencia de signos que denotan la anterior sacralidad del lugar, como un dolmen, aspectos del culto recogidos en la tradición oral (ofrendas consistentes en fragmentos de cerámica del antiguo alfar de Biescas, conchas y botones dejados por peregrinos franceses, colmillos y molares de cerdo, etc.) y una surgencia intermitente que el cristianismo asimiló[1].

Desde el Paleolítico hasta la actualidad, el ser humano ha aprovechado las favorables condiciones térmicas de las cavidades y abrigos rocosos para convertirlos en espacio de asentamiento y morada. Capadocia, en el centro de Anatolia, o los más cercanos Sacromonte y Guadix, en Granada, y Chinchilla de Montearagón y Alcalá del Júcar, en Albacete, son ejemplos de habitación troglodítica que han sobrevivido hasta nuestros días.

En un sentido general, el santuario es un lugar físico en el que se venera o se manifiesta lo sagrado. Las nociones de santuario y de sobrenatural han ido siempre inextricablemente unidas, la primera como elemento material, tangible y accesible, en el que puede tener lugar el contacto con lo segundo. La existencia de santuarios está, por tanto, relacionada con el concepto de hierofanía, acuñado por Mircea Eliade[2], y que se refiere a la toma de conciencia de la existencia de lo sagrado cuando éste se manifiesta a través de objetos de nuestro cosmos habitual, pero en todo caso provisto de una naturaleza completamente opuesta al mundo profano. Las hierofanías pueden presentarse de forma simple o compleja. Dentro del primer modo, la manifestación puede tener lugar a través de objetos o elementos del paisaje, tales como una piedra, un talismán, un árbol, una alhaja, un río, una montaña, un astro, etc. Las del segundo implican el seguimiento de un complejo y largo proceso, como el que acompañó al surgimiento de las religiones del libro (cristianismo, islam, judaísmo)[3]. En un sentido más estricto, bajo la perspectiva cristiana, el santuario es un templo, s.l., en el se venera la imagen o una reliquia, de la Divinidad, ya sea Cristo, la Virgen o un santo concreto[4].

En cuanto al emplazamiento de los santuarios más antiguos, nunca fue escogido al azar, pues existen lugares considerados particularmente propicios para esta manifestación de la divinidad, donde la presencia de lo sobrenatural se siente con más intensidad. Es decir, enclaves con especial poder hierofánico. Entre ellos, fueron los preferidos aquellos lugares que tenían una significación simbólica para la comunidad, como por ejemplo las montañas, los cruces de los caminos, los árboles vetustos, las fuentes, las formas geológicas llamativas, la cuevas y oquedades de las rocas, etc[5]. Particularmente estas últimas, han constituido casi un universal, pues encontramos santuarios rupestres en la mayoría de las religiones. Para las más antiguas religiones animistas, totemistas y chamánicas, la cueva era el templo natural donde que simbolizaba el útero materno, y por tanto el lugar más cercano a la madre tierra. Por su inalterabilidad, la roca ha sido capaz de mantener su sacralidad a lo largo de los tiempos, sin sucumbir a la aculturación y a la superposición de cultos provocados por la implantación hegemónica de las religiones actuales[6]. A lo largo del mundo, asombrosos santuarios rocosos se despliegan ante nuestra mirada. Por ejemplo, en la India se encuentran 29 monasterios dedicados a Buda excavados en la roca de Ajanta Ranger, cuya antigüedad abarca desde el siglo i a.C. hasta el vi de nuestra era. En la isla de Elefanta, a unos diez kilómetros al este de Bombay, se excavó entre los siglos vi y vii un conjunto subterráneo de templos, de los que el principal, consagrado a Shiva, dispone de una bóveda de 39 m de altura sostenida por 49 columnas. Gigantescas figuras de Buda fueron talladas en la roca en lugares como las grutas de Guangxi-Zhuang y el templo rupestre de Longmen, en China, o las tristemente desaparecidas esculturas de los budas gigantes del Valle de los Dioses en Afganistán, por causa del radicalismo bárbaro e irracional de los talibanes. En Jordania se encuentra la esplendorosa ciudad rocosa de Petra, construida alrededor del año 1 000 a.C. y que fuera la capital del Imperio Nabateo. Lalibela es una ciudad de Etiopía, situada en la provincia de Amhara, donde se encuentran doce fabulosas iglesias monolíticas, talladas en la roca hacia finales del siglo xii, aunque a este respecto siguen pesando el misterio y la controversia entre los historiadores[7]. Las cuevas de Qumràn, en las montañas de Judea, sin constituir templos propiamente dichos, fueron elegidas por los esenios, ante el avance de las legiones romanas, como lugar de escondite de unos documentos únicos para el cristianismo: los manuscritos del Mar Muerto.

El origen de la mayoría de los santuarios rupestres de nuestro ámbito cultural, entre los que se encuentran los que van a ser objeto de este estudio, tienen su origen en algún evento relacionado con la religión cristiana, sin perjuicio que previamente, como casi con certeza podemos suponer, ya eran lugares de culto para los pueblos precristianos precedentes. De hecho, una manera de representar el triunfo del Bien sobre el mal, de la religión verdadera sobre las creencias paganas, era sacralizar las cuevas por medio de la aparición de un santo, de una imagen o de una reliquia. De esta manera quedaban convertidos en santuarios cristianos. Es por ello, que uno de los atributos que con más frecuencia otorgan carácter de sacralidad a un lugar son las apariciones, ya se trate de la propia deidad, que se muestra explícitamente, de una imagen de la misma, de alguna reliquia relacionada con la divinidad o del lugar de sepultura de algún santo. En casi todos los casos, el proceso sigue un modelo casi arquetípico. El autor del hallazgo o el elegido para recibir el mensaje suele ser un pastor o unos niños, por lo común personas humildes o escasamente instruidas. La permanencia de la imagen en cuevas u otro tipo de escondites la explica la tradición en el hecho de haber sido ocultada en tiempos de la invasión musulmana para evitar que fuera profanada. Pasado el peligro, basta una señal o una revelación para que la imagen sea encontrada. Finalmente, por propia voluntad de la divinidad, que ya se encarga de manifestarla, es erigido un santuario en el lugar del hallazgo, para su veneración futura. Para las apariciones, resulta reiterativa la ocurrencia de cuatro fenómenos simbólicos, que son la luz y el resplandor, la compañía de ángeles, la audición de música celestial y la percepción de perfumes en extremo agradables.

En nuestra tradición mariana, la aparición de la Virgen en cuevas y grutas, ajustadas a este modelo, está profundamente extendida y arraigada. Sin animo de ser exhaustivo, pues los ejemplos son numerosísimos, podemos mencionar el conocido caso de la leyenda de la Virgen de Montserrat, cuya imagen fue descubierta por tres pastores, a resultas de una luz, serena y apacible, que surgía de una cueva existente entre los riscos de la montaña de Montserrat. También, el venerado santuario de la Virgen de Guayente, situado en el municipio de Eriste (comarca de la Ribagorza, en Huesca), tiene su origen en la aparición de una imagen de la Virgen en una pequeña cueva, cuyo descubridor, en este caso, fue guiado por unas voces celestiales que entonaban la salve. El origen del Santuario de la Peña de Francia (Salamanca) se remonta al año 1434, cuando un franciscano francés llamado Simón Vela, en tiempos del monarca castellano Enrique II, a resultas de un sueño revelador, recibió el mensaje de que hallaría una imagen de la Madre de Dios en un lugar llamado Peña de Francia. Tras buscar el lugar infructuosamente, realizó el Camino de Santiago, recibiendo a su regreso noticias de la existencia en la provincia de Salamanca de una montaña con ese nombre. Llegado hasta las inmediaciones, se le apareció la Virgen al tercer día de búsqueda, y al fin el 14 de mayo encontró la imagen en el interior de una cueva en lo alto de la peña.

Ejemplos de anacoretismo fundacional de renombrados santuarios rupestres los encontramos, por ejemplo, en el caso de la Santa Cueva de Covadonga, situada en el asturiano concejo de Cangas de Onís, donde la tradición recoge que el rey Don Pelayo, creyendo que un bandido al que perseguía se habría ocultado en el interior de una gruta, se encontró con un ermitaño que rendía culto a la Virgen María, y que intercedió a favor del malhechor, para el que pidió su perdón al haberse acogido a la protección de la Virgen. Otras versiones hablan más bien de la decisiva intervención de la Virgen en la victoria de las huestes de Don Pelayo refugiadas en la cueva, o del efecto protector de alguna imagen de la virgen que los cristianos portaban y que dejaron depositada en la propia cueva tras su victoria en la batalla de Covadonga.

El hallazgo de reliquias relacionadas o atribuidas a santos mártires también ha sido motivo de sacralización de no pocos enclaves rupestres. Un ejemplo emblemático de esta tipología de santuarios es el conjunto de ermitas de Santa Orosia, situado en la localidad oscense de Yebra de Basa[8]. En este caso, la sacralidad radica en la vida y pasión de Santa Orosia, que recibió martirio por dichos pagos. Leyenda o hecho histórico, el caso es que una joven de quince años hija de príncipes, y natural de Bohemia, llamada Orosia, allá por el siglo ix, iba a desposarse por poderes con el rey de Aragón Fortún Garcés. La pretendiente cruzó los pirineos, pero la noticia llego a conocimiento de los moros que dieron aviso a Aben Lupo, lugarteniente de Muza Abesancín, que ordenó la organización de una fuerza militar para capturar a la princesa. El séquito fue localizado por los sarracenos en Yebra de Basa. Al verse sorprendidos, ascendieron por la montaña llamada Oturia, refugiándose en una cueva. Aislados y sin agua, cuando la sed se hacia insoportable, la joven Orosia salió de la cueva brotando allí mismo una cascada. Finalmente, los perseguidos fueron encontrados y conminados a abandonar la fe cristiana y abrazar el islam, como condición para salvar la vida, además de tener que aceptar Orosia ser desposada con el califa de Córdoba. Ambas pretensiones fueron rechazadas, por lo que Aben Lupo y sus huestes dieron muerte a los nobles bohemios. Orosia fue llevada a la cima del monte Oturia, donde hoy se erige una ermita en su honor. En el llano cimero, pensando que una muerte es poco para tanta insolencia, la princesa fue descuartizada, y sus restos quedaron escondidos en aquellos recónditos parajes por largo tiempo, hasta que por fin un ángel le dijo a un pastor que acudiera a la cueva de Yebra donde habría de recoger las reliquias de Santa Orosia, que allí se hallaban escondidas. Del entusiasmo surgido por el hallazgo brotó la devoción que, hasta hoy, y desde el año 1518 según atestiguan fuentes documentales, se mantiene en torno al lugar, donde tiene lugar una de las más célebres y concurridas romerías del Alto Aragón. La ascensión desde el pueblo de Yebra de Basa hasta la cima de Oturia está jalonada por cuatro ermitas rupestres (San Cornelio, Santa Orosia, San Blas y Santa Bárbara), que constituyen el más bello conjunto eremítico rupestre de Aragón. Las reliquias de Santa Orosia se encuentran repartidas entre la catedral de Jaca, donde reposa su tronco en un arca de plata bajo el altar mayor, y la iglesia de Yebra de Basa, donde se encuentra depositada la cabeza en un busto-relicario del siglo xv. Cada 25 de junio, la cabeza de Santa Orosia es llevada en unas andas por los romeros hasta la ermita de la cima de Oturia, en singular romería, acompañada de cruces y pendones venidos de todos los pueblos del contorno, realizando las pertinentes paradas al paso por cada una de las ermitas rupestres. En la pradera cimera, junto a la llamada Fuente Santa, por ser el lugar donde la tradición sitúa el martirio de Orosia, se oficia la misa y después se celebra con emoción el homenaje a la santa al son de la música tradicional y del espectáculo de los danzantes, poniendo colofón a tan singular romería.

En cuanto a la presencia de santuarios rupestres, nuestra geografía es pródiga en ejemplos de muy variada índole y celebridad. Citaremos, aunque solamente sea como muestra sin ningún ánimo de exhaustividad, algunos de ellos. En la provincia de Castellón, existe un santuario con el nombre de «Cueva Santa», consistente en una gran capilla que aprovecha una cavidad natural, situada a veinte metros de profundidad a la que se accede por medio de una escalera. La cueva está cerrada por un muro artificial y cubierta por una cúpula. En el centro de la cueva se dispone un templete con un altar del siglo xvi que alberga un relicario con la imagen de la Virgen de la Cueva Santa[9]. En la misma provincia se encuentra el Santuario de la Balma, palabra que en valenciano significa precisamente cueva. En la provincia de Zaragoza se encuentran la ermita del Santo Cristo de la Cueva (Remolinos), la ermita de San Benito (Los Fayos), el Santuario de Nuestra Señora de Jaraba y la ermita de la Virgen de Nazareth (Daroca). En Teruel tenemos la ermita del Llovedor (Castellote), fundada también después de una milagrosa aparición mariana. Ni que decir del Alto Aragón, que es sin duda una de las áreas más ricas en santuarios rupestres: las ermitas de San Úrbez de Añisclo y de Cerésola, las ermitas de San Martín de Rodellar y de Lecina, las ermitas bajo advocaciones marianas de Santa María de Gótolas muy cercana al monasterio de San Juan de la Peña, de la Virgen de las Nieves (Benasque), de la Asunción de Santa María (Caserras del Castillo), de la Virgen de la Cueva situada en la solana de la jacetana Peña de Oroel, de Nuestra Señora de las Ventosas (Torres del Obispo) y de la Virgen de la Peña (Santa Cilia de Jaca y Aniés), la ermita de San Antón (Torla), los eremitorios de San Chinés (Vadiello), de San Cristóbal del Barranco (Bolea), la ermita de San Julián de Andría (Lierta), la ermita de San Visorio (Labuerda), la ermita de San Lorenzo de Revilla (Escuaín), los santuarios de Santa Elena (Biescas) y de San Cosme y San Damián (Ibieca), etc. En Cataluña podemos destacar las ermitas de Santa María de Montgrony (Gombrèn, Gerona), la Santa Cueva de San Ignacio de Loyola (Manresa, Barcelona), el santuario de Santa María de Queralt (Berga, Barcelona) y el conjunto de ermitas de la comarca del Priorato, en Tarragona: Nuestra Señora de l’Abellera (Prades), la Cova de Santa Llúcia (La Bisbal de Falset) y el eremitorio de Sant Bartomeu (Ulldemolins). En Euskadi, la ermita de Nuestra Señora de la Peña (Faido, Álava) y la ermita de San Elías (Oñati, Guipúzcoa). En Navarra, la ermita de San Juan Xar (Igantzi) y la ermita de Nuestra Señora de Oskia (Atondo). En La Rioja, la ermita de San Tirso (Arnedillo). En Castilla y León son sobradamente conocidos el santuario de San Saturio (Soria), las ermitas de San Tirso y San Bernabé (Merindad de Sotoscueva, Burgos), la ermita de Nuestra Señora de la Peña (Tosantos, Burgos) y la iglesia de los Santos Justo y Pastor (Olleros de Pisuerga, Palencia). En Cantabria, la iglesia de Santa María de Valverde (Valderredible) y la ermita de Santa Justa (Ubiarco). En Asturias, el santuario de Nuestra Señora de la Cueva (Infiesto) y la ermita de la Santa Cruz (Cangas de Onís), que contiene un dolmen bajo su suelo, ejemplo de cristianización de un santuario pagano anterior. En Galicia la capilla de Nuestra Señora de la Asunción (Pesqueiras, Pontevedra). En Castilla la Mancha la ermita del Santo Niño (La Guardia, Toledo) y el santuario de la Virgen de la Hoz (Corduente, Guadalajara). En Extremadura, la ermita de la Virgen de la Cueva (Esparragosa de Lares, Badajoz). En Andalucía, el santuario de Nuestra Señora de la Peña (Mijas, Málaga). En Murcia, el santuario de Nuestra Señora de la Esperanza (Calasparra).

El anacoretismo: las cuevas como morada de santidad

El sociólogo Max Weber[10] consideraba el ascetismo como el primer gran tipo de religiosidad. A su vez, dividía las religiones ascéticas en dos subtipos: el ascetismo ultramundano, que suponía un conjunto de normas y valores que ordenan a los creyentes no trabajar en el mundo secular y luchar contra sus tentaciones; y el ascetismo intramundano, que no supone un rechazo al mundo, sino que urge activamente a sus seguidores para que trabajen en él de modo que puedan alcanzar la salvación, o al menos signos de ella. Este segundo es característico del calvinismo. Mientras ambos implican alguna forma de autonegación, el misticismo supone contemplación, emoción e inactividad. Weber dividía el misticismo, al igual que el ascetismo, en misticismo de rechazo al mundo consistente en un apartamiento total de él, y en misticismo intramundano que conduce sus esfuerzos contemplativos hacia la comprensión de sus significados.

El anacoretismo, practicado por los llamados anacoretas, eremitas o ermitaños es un tipo de vida relacionado con los anteriores tipos de religiosidad propuestos por Weber, que consiste, en esencia, en el alejamiento de la sociedad y en la renuncia a los bienes materiales, entregándose a la meditación, la oración y la penitencia. Para ello, el practicante se retira a un lugar solitario, al que se denomina eremitorio, que no ha de ser necesariamente rupestre, pero si emplazado en un paisaje extraordinario (montaña, cueva, fuente, bosque, etc.), donde de algún modo se plasme la epifanía de la soledad extrema: in illa vasta solitudine, quae exuta solis ardoribus horridum monachis praestat habitaculum («en aquella inmensa soledad que, abrasada por los ardores del sol, ofrece horrible asilo a los monjes»), decía san Jerónimo describiendo los roquedos de la Cálcis de Siria[11]. No se trata de un modo de vida exclusivo del cristianismo, pues también se encuentra presente a lo largo de la historia de otras religiones, como el hinduismo, el budismo, el sufismo[12] y el taoísmo.

Los anacoretas cristianos aparecieron ya en los mismos inicios de la religión de Cristo, como forma de protección contra las persecuciones, si bien no se considera un movimiento como tal hasta finales del siglo iii y principios del iv, tras el edicto de Milán, promulgado por el emperador romano Constantino, en el que se toleraba la libertad de credo en el Imperio Romano. Al nuevo periodo iniciado se le conoce como la Paz de la Iglesia. A principios del siglo iv se fue consolidando como corriente espiritual, que buscaba la «limpieza de corazón», cuya consecución se lograba apartándose del mundo desprendiéndose de todo lo creado, practicando la caridad y consagrando la practica de la vida a la contemplación divina. Así aparecieron los llamados «Padres del Desierto», considerados los primeros verdaderos eremitas, que abandonaron las ciudades del imperio para retirarse a vivir en el más riguroso aislamiento a los desiertos de Egipto y Siria, sobresaliendo por la profusión de anacoretas el desierto de la Tebaida, situado a unos 1000 kilómetros al sur del delta de Nilo, en torno a la ciudad de Tebas. Se considera fundador del anacoretismo tebaico, y de la incipiente vida monástica, a san Antonio Abad, quien consiguió congregar a su alrededor a un gran número de discípulos, que habitaban en cuevas y cabañas, aisladas o agrupadas en muy bajo número, dedicados de pleno a la oración, la penitencia y el trabajo manual, en un escenario de soledad, silencio y ayuno prolongado. Deslumbrados por las lecturas hagiográficas o por las historias de predicadores, algunas personas en Europa deciden huir del mundo y retirarse a desiertos o cuevas, sin más mobiliario que una sencilla capilla donde orar y honrar la memoria del santo padre de desierto al que trataban de emular. Alejados del ruido en las más ásperas soledades, alcanzaban la paz profunda e imperturbable venciendo las tentaciones y consiguiendo dominar las pasiones, las inclinaciones naturales, los vicios, la ira, la gula y la lujuria.

No obstante, la condición de primer ermitaño, que no de fundador del movimiento, se suele asignar a Pablo el egipcio, que vivió en el desierto en el siglo iii d.C. El dominico italiano Santiago de la Voràgine (1228-1298), en su fabuloso repertorio de hagiografías, dijo de este último que, en efecto fue el primer ermitaño, empujado a vivir oculto en una cueva de un vastísimo desierto, al arreciar la persecución de Decio contra los cristianos, a los que castigaba con toda clase de tormentos[13]. En ella permaneció en completa soledad y alejado de todo trato humano durante sesenta años, muriendo hacia el año 287 d.C. El mismo Voràgine refiere, con respecto a san Antonio, la leyenda de que unos años más tarde se refugió en la soledad creyendo que era él el primero que había adoptado el sistema de vida eremítica. No obstante, una noche, mientras dormía, recibió una revelación por la que supo que en aquel mismo desierto vivió en soledad otro religioso que le antecedía. Al despertar quiso conocerlo y partió en su búsqueda. Un día, al atravesar una selva, se topó con un centauro, que le indicó que si quería encontrar a quien buscaba, debía dirigir sus pasos hacia la derecha. Mas adelante se encontró con un sátiro, y después con un lobo que se ofreció como guía para conducirle hasta la celda de Pablo. Este, celoso de todo contacto con otros seres humanos, al percatarse que Antonio le buscaba, en aras a defender a toda costa su soledad, cerró por dentro la pueta de su celda y la atrancó con un cerrojo. Antonio le suplicó que le abriera, y le hizo saber que permanecería aguardando allí toda la vida en tanto no le concediera una entrevista. Finalmente, Pablo abrió la puerta y los dos anacoretas se fundieron en un abrazo. Tras la visita, y poco antes de llegar a su celda, Antonio vio cómo unos ángeles llevaban sobre sus alas el alma de Pablo, por lo que regresó a toda prisa a la celda de éste. Allí encontró el cuerpo inerte del santo ermitaño, pero no tendido en el suelo sino arrodillado, en actitud orante, ante lo que exclamó: ¡Oh santo varón¡¡Cuán fielmente refleja tu muerte lo que fue tu vida¡ Al ser el suelo que rodeaba la celda tan duro y rocoso que no podía cavar sepultura alguna, unos leones hicieron con sus garras una fosa en la piedra en la que pudo ser sepultado el cuerpo del venerable anacoreta. En su recuerdo, Antonio se llevó consigo la túnica de Pablo, tejida con cortezas y ramos de palmera, poniéndosela desde entonces todos los días de fiesta.

Otros anacoretas fundacionales notables de los siglos iv y v, que hicieron vida eremítica en Egipto y en Siria, fueron Jerónimo de Estridón, san Palemón, san Pacomio, san Macario, san Onofre, Gregorio el Iluminador (evangelizador de Armenia) o Simeón el Estilita. También hubo «Madres del Desierto» como Sinclética de Alejandría, María de Egipto o Sara del Desierto.

El tema de los Padres del desierto ha sido utilizado como motivo en numerosas obras de arte, destacando a este respecto la pintura. Numerosos pintores (El Bosco, Grünewald, Patinir, Teniers, Dalí, etc.) han dejado cuadros donde es tratado el asunto, en particular las célebres Tentaciones de san Antonio. San Antonio, y en concreto su culto, se hizo muy popular con el paso de los siglos. Desde ancestrales practicas precristianas relacionadas con los ritos del fuego y con la protección de los animales, el culto actual a este santo se mantiene, resistente al cambio, como una suerte de conciliación entre naturaleza y cultura, entre lo rural y lo urbano[14].

No obstante, esta forma de vida en solitario no era satisfactoria para todos. A razones de inseguridad y a todo tipo de dificultades que no podían solventarse individualmente, había que añadir los desarreglos mentales que se podían padecer si no se estaba espiritualmente preparado. Así, a partir de enclaves habitados por varios eremitas, comenzaron a formarse comunidades organizadas para que aquellos se reunieran regularmente para orar juntos. Este fue el paso que condujo del eremitismo al cenobitismo, iniciándose la tradición monástica en la religión cristiana. De la reunión para el rezo, se fue avanzando hacia la vida comunitaria, donde el aislamiento de los practicantes con respecto a la sociedad ya no era individual sino colectivo. Aparecieron así los primeros monasterios o cenobios, donde la comunidad de adscribía a una determinada orden religiosa regulada por una regla o conjunto de preceptos. Mientras los eremitas vivían solos en una celda (cueva o cabaña), los cenobitas vivían juntos en un monasterio, consistente en sus inicios en una vivienda compleja donde las celdas consistían en habitaciones separadas que podían ser habitadas por uno, dos o tres monjes. La fundación del monacato cenobítico organizado ha sido atribuida a San Pacomio, ya que fue el primer Padre del Desierto que aprovechó pequeños grupos de anacoretas para juntarlos en un monasterio. Consecuentemente, el origen de muchos de los más célebres y conocidos monasterios de la Edad Media se encuentra precisamente en la imitación de San Pacomio.

A partir de las severas reformas monásticas que tuvieron lugar en los siglos xi y xii (cluniacenses, cistercienses, premostratenses), el eremitismo medieval se transformo más bien en una alternativa a la regla vivida por los monjes en los grandes monasterios, como reacción de índole espiritual a la vida opulenta. Los asentamientos eremíticos del siglo xi se corresponden con la aparición de las órdenes contemplativas de los cartujos y de los camaldulenses, caracterizadas por su extrema austeridad, sencillez, moderación y estricto cumplimiento de las normas morales. En concreto, la orden camaldulense, que seguía la Regla de San Benito, tenia como objetivo la integración de las tradiciones eremítica y cenobítica. La orden camaldulense fue fundada por el eremita italiano san Romualdo, y la de los cartujos por el anacoreta francés Bruno de Colonia. Otro ermitaño célebre del siglo xi fue Pedro de Amiens, más conocido como Pedro el Ermitaño, conductor de la Primera Cruzada o Cruzada de los Pobres, junto con Godofredo de Bouillón. En el siglo xiii, se produce un nuevo giro en la vida religiosa de la iglesia católica, con el surgimiento de las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), cuya característica principal es la renuncia a todo tipo de propiedades o bienes, ya sean personales o comunes, lo que obliga a vivir en la pobreza, con el único sustento de la limosna recibida de los demás. Al voto de pobreza, los hermanos y hermanas de estas órdenes añaden los obediencia y castidad, y además no están ligados a la estructura del monasterio, pudiendo desarrollar una vida activa como la de los clérigos seculares. Ante la fama de franciscanos y dominicos, el papa Inocencio IV accedió a conceder en 1243 una regla a cuatro ermitaños (Esteban de Cataste, Hugo de Corbaria, Guido de Rosia y Pedro de Lupocavo), que se lo pidieron en representación de los grupos de eremitas de la antigua Tuscia, Lacio superior y zonas limítrofes de Umbría, naciendo así la tercera orden mendicante, la Orden de los Ermitaños San Agustín. Se produjo así la unión del anacoretismo y el cenobitismo en una orden centralizada. En el último tercio del siglo xiv, coincidiendo con la crisis que afectó a la cristiandad debida a la epidemia de peste negra y al cisma de Aviñón, con la consiguiente despoblación y degradación espiritual, tuvo lugar la fundación de una nueva orden. Un grupo de hombres españoles e italianos decidieron retomar la vida eremítica siguiendo el ejemplo ya mencionado de San Jerónimo. De ellos surgió en 1373 la orden jerónima, decidiéndose que su ámbito fuera exclusivamente hispano. De los numerosos monasterios fundados, entre ellos el de Yuste, donde vivió los últimos días de su vida el emperador Carlos V, el único que sigue alojando una comunidad de religiosos es el del Parral, situado en la ciudad de Segovia.

En aquellos años de la baja Edad Media, el eremitismo organizado convivía con el anacoretismo espontáneo, que practican ciertas personas, a los que se conocía como «inclusos», que por voluntad propia decidían encerrarse, temporalmente o de por vida, en una celda tapiada cuya única comunicación con el exterior era una claraboya o ventanuco del tamaño justo para la entrada de luz, alimento y bebida por medio de una polea. Esta modalidad de eremitismo fue remitiendo hasta su desaparición en el siglo xvii. Casos paradigmáticos de eremitismo bajomedieval son el de san Celestino (1209-1296), que renunció al papado para terminar refugiado en la cueva del monte Morrone donde previamente había vivido como eremita, o el de Juliana de Norwich (1342-1416), teóloga y mística inglesa que habitó en una celda de anacoreta en la iglesia de San Julián, en Norwich.

Tras la secularización que sobrevino en occidente con las ideas de la Ilustración, el eremitismo cristiano tomó otros derroteros, surgiendo nuevos movimientos eremíticos, como el de los hermanos de la fraternidad de la diócesis Ratisbona, que vivían en comunidad de acuerdo con la regla de la Tercera Orden Seglar de San Francisco de Asís, profesando los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. En el siglo xx, son conocidos algunos ermitaños, pertenecientes a órdenes religiosas, como María Boulding (benedictina) o Thomas Merton (cisterciense), o sin pertenencia a ninguna, como Wendy Beckett o Jan Tyranowski, este último, personaje influyente en la formación del futuro papa Karol Wojtyla. Pero sin ninguna duda, fue el beato Charles de Foucauld el ejemplo más emblemático del resurgimiento del eremitismo en tiempos contemporáneos, cuya vida fue toda una epopeya[15]. Desde su conversión, leyó obras de los padres del desierto.

Nacido en la ciudad francesa de Estrasburgo el día 15 de septiembre de 1858, era hijo del vizconde de Foucauld de Pontbriand, del que heredó el título. Durante su primera infancia recibió una educación piadosa, principalmente a través de su madre, ya que su padre hubo de permanecer ingresado en un hospital psiquiátrico debido a los desórdenes mentales que padecía. Huérfano a los cinco años, quedó confiado tanto él como su hermana, tres años menor, al cuidado de su abuelo, militar retirado. Alcanzada la adolescencia, el joven Foucauld comenzó a perder la fe, entregándose a una vida desordenada y perezosa. En 1876, a la edad de diecisiete años, y descreído de toda religión, ingresó en la academia militar de Saint Cyr, llevando hasta entonces una vida solitaria y bohemia, a la que no encontraba sentido. La muerte de su admirado abuelo arrastró aún más a Foucauld hacia el abismo de la desesperación, abandonándose al derroche y la diversión. Por fin en 1879 termina sus estudios, siendo destinado al 4º Regimiento de Cazadores de África, y llamado a servir a Argelia. Permaneció tres meses bajo arresto en Argel por vivir en concubinato, pero su soberbia le hizo encajar mal la disciplina y decidió retirarse de la milicia con su amante y regresar a Francia. Sin embargo, poco después estalló la insurrección de Bou-Amana, y Foucauld pidió la reincorporación al ejército para combatir al lado sus antiguos compañeros, comportándose como un militar abnegado y entregado a sus hombres. Su contacto con los árabes le provocó una honda impresión, por lo que una vez dominada la insurrección pidió permiso para realizar un viaje de exploración por el ignoto reino de Marruecos.

Con apenas 24 años, se entregó al estudio de la lengua árabe y al aprendizaje de cuantos conocimientos pudieran servirle de utilidad para su empresa. Como la entrada en Marruecos era imposible para un europeo, decidió hacerlo disfrazado de rabino judío. Durante aproximadamente un año recorrió el país, visitando regiones hostiles donde apenas antes había pisado un europeo, sorteando innumerables peligros y tomando notas de todo cuando de interés encontró para la noble empresa de la colonización. El resultado de su trabajo se publicó en un libro[16], cuya calidad fue reconocida concediéndole la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París. Pero para Foucauld aquello fue mucho más que un viaje de exploración. Fue un hito que cambió por completo el sentido de su vida. En Marruecos tuvo lugar su primer encuentro con la fe mahometana y el descubrimiento, por un lado, del islam, llamando su atención la devoción y el fervor con que viven su religión los musulmanes, y por otro del desierto como locus vivendi, lugar de nueva experiencia y vacío. La sencillez de los textos coránicos, su lectura y recitación en los morabitos, el acto de fe que reconoce que Alá es todo, la sumisión que significa el acto de postración en el rito de la oración practicado cinco veces al día en dirección a La Meca, el ayuno para dominar los malos deseos y solidarizarse con los necesitados, despertaron en Foucauld la experiencia religiosa. Así surgió el germen del inicio de un camino que pocos años después le llevaría a la conversión y a un cambio radical de vida.

A su vuelta a Francia, se encomendó al magisterio espiritual de padre Henri Huvelin, coadjutor de la parroquia de San Agustín en París. En su proceso de conversión, no tendrá más deseo que imitar a Jesús, el despreciado en el calvario que quiso entregarse hasta el extremo. En adelante, Jesús será para él el «modelo único», es decir la vida escondida, humilde y silenciosa del nazareno, en que se desenvolverá desde el día de su conversión hasta el día de su muerte[17]. Su cristocentrismo le hará descubrir la vida de contemplación, la adoración silenciosa, el deseo de pobreza, la humildad de la vida sin estridencias totalmente ignorada y puesta al servicio de los humildes y necesitados.

En 1888 Foucauld emprendió viaje a Palestina, visitando Jerusalén y los santos lugares. A su vuelta a París decide seguir la regla de San Bernardo, ingresando en la orden trapense, concretamente en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves, situado en las montañas de Vivarais, convirtiéndose en el hermano María-Alberico. De acuerdo con su ideario, pidió ser destinado al monasterio más pobre de la orden, que era la Trapa de Cheikhlé o Nuestra Señora del Sagrado Corazón, ubicado cerca de Alejandreta, en la actual Turquía. No obstante, el hecho de ser monje era solo el inicio de su camino, rondándole por la cabeza la idea de formar una congregación a su alrededor, creyendo estar llamado a abandonar la orden para seguir una inspiración personal. Para someter la idea a la consideración de su director espiritual, el padre Huvelin, le envió a éste el borrador de un reglamento para la futura comunidad de los Hermanitos de Jesús, a lo que contestó mostrando su escepticismo al respecto, por no creer que fuera aceptada por el Papa. Solamente le autorizó a vivir fuera de la Trapa, una vida completamente escondida en algún rincón de Siria o Palestina, pero antes ha de ir a estudiar teología a Roma como prueba de obediencia a sus superiores.

Cumplido el precepto, en 1897 llegó a Nazaret como un pobre desconocido para servir como sacristán en el convento de las clarisas, habitando en una choza de tablas situada en el patio, sin más mobiliario que dos taburetes, dos listones de madera y un jergón, convirtiéndose así en ese ermitaño tantas veces soñado. Animado por la madre superiora de las clarisas y por el propio padre Huvelin, Foucauld tomó la decisión del sacerdocio, tratando a partir de ese momento de conciliar el sacerdocio con el eremitismo.

Después de la ordenación, empezaron a cursarse los trámites para su marcha al norte de África. Recibido por el obispo de Sahara, monseñor Livinhac, se le facilitaron los permisos para instalarse en el sur de la provincia de Orán, cerca de Marruecos. Así llego, tras largo viaje a caballo, y no sin sortear dificultades y peligros, a Beni-Abbés, oasis a la entrada de Sahara, elegido por Foucauld para su «apostolado de la amistad», debido a que se trataba de un lugar con grandes carencias humanas y cercano a su querido Marruecos. Su morada consistió en una sencilla ermita de barro, decorada con una figura de cristo dibujada por el él mismo en una tela, donde pasó hora y horas, de día y de noche, en adoración y meditación. Alrededor del edificio construyó una pared con el objetivo de marcar los límites de su claustro, de los que no salía a menos de causa fundada e importante. Su clausura fue en todo momento respetada por los nativos, y no la abandonó de no ser para saludar a algún jefe local o para recibir la visita de algún investigador o de alguna autoridad, entre ellas la del propio mariscal Lyautey.

En un rincón del recinto cavó una fosa donde llegado el momento deseaba ser enterrado. En una carta dirigida al prefecto apostólico del Sahara expuso su regla de vida, sumamente severa pues establecía apenas seis horas de sueño cortadas por una vigilia, frugal alimentación, trabajo manual, oraciones, santísimo sacramento y explicaciones de los evangelios a quienes lo deseen. Solo la caridad podía ser causa de alteración. La vestimenta consistía en una túnica blanca, ceñida con un cinturón, con el dibujo de un corazón coronado con una cruz a la altura del pecho, de paño rojo cosido. Sandalias como calzado y para cubrir la cabeza un quepis recubierto con tela blanca que caía sobre los hombros, al que le había quitado la visera. Su primera tarea consistió en ayudar a los esclavos, que eran tratados con extremada dureza, la segunda dar acogida a los viajeros pobres y la tercera escolarizar a los niños. Foucauld siempre actuó solo. Más tarde, solicitó al padre Guerin, obispo del Sahara, permiso para instalarse entre los tuaregs, en lo más recóndito del desierto, con la intención de estudiar su idioma para escribir un diccionario tamacheq-francés, traducir al francés las historias y relatos poéticos que pudiera recoger de la tradición oral, y traducir los evangelios a la lengua de los tuaregs. Empezaba con ello una nueva fase, que empezó ofreciendo, y ganando, su amistad a los tuaregs, y terminando con el sacrificio de su propia vida.

En 1904 se puso en marcha con dirección al territorio deseado, agregándose a un convoy militar. Tamanrraset, en las altas mesetas del Hoggar argelino será su destino. Allí vivió en una choza de estacas, que después amplio con un corredor de seis metros por uno setenta y cinco, destinado a sacristía y capilla, construidos por él mismo, con la compañía de Pablo, un esclavo al que ayudó y que después le sirvió como asistente. Su idea era permanecer en Tamanrraset los meses de primavera y verano, y pasar el otoño y el invierno en Beni-Abbés, dividiendo así su tiempo entre los dos eremitorios. Gracias a su conocimiento del idioma y a su talante humilde, siempre al servicio de los demás, Foucauld se ganó la amistad y el respeto de los tuaregs.

En 1907, el Hoggar sufrió una gran hambruna, ante la que el ermitaño inmediatamente puso a disposición de los pobres todas sus provisiones de trigo. En 1908 cayo gravemente enfermo, sobreviviendo gracias a la ayuda de sus amigos tuaregs, para quienes era el «morabito cristiano». En 1911 partió hacia el Asekrem, un apartado lugar situado a 2900 m de altura en la cordillera del Atlas, para pasar allí al menos un año, en absoluta soledad, y así poder terminar sus trabajos de traducción. Su nueva morada, lo mismo que las anteriores, no era más que un estrecho corredor construido de piedra y barro, con apenas espacio para una capilla y unos cajones con sus libros, sirviéndole uno de ellos de colchón. Durante su estancia en dicho lugar, dedicó la mayor parte del tiempo a sus labores de traducción, y el resto a rezar, trabajar y recibir la visita de amigos tuaregs que acudían a su eremitorio en peregrinación.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. Bandas armadas de Tripolitania, en la actual Libia, favorables a Alemania, penetraron en los territorios del Sahara argelino predicando la guerra contra los franceses. Ante la amenaza, a principios de 1916 se dispuso la construcción de un fortín en Tamanrraset. El día 1 de diciembre, Foucauld se encontraba solo en su eremitorio de Tamanrraset. Pablo había ido al pueblo. En eso que llega una partida de rebeldes sinusitas, que no traían otra intención que secuestrar a Foucauld a los que, empero, confiado, les abre la puerta. Al descubrir la llegada de dos soldados franceses que traían el correo, los bandidos acaban con la vida de ambos y con la de Foucauld, que recibe un disparo en la cabeza, falleciendo al instante[18]. En contra de su voluntad, ya que quería ser enterrado donde muriese, el 18 de abril de 1929, los restos del «morabito cristiano», excepto el corazón que permaneció depositado en un cofre en Tamanrraset, fueron trasladados a El Golea, a los pies de la iglesia de los Padres Blancos en el Sahara, a más de mil kilómetros de distancia hacia el norte y a 950 kilómetros de Argel.

Foucauld siempre pensó que en tanto la conversión no llegara, musulmanes y cristianos podían ser amigos, y que el camino a seguir no era ni el proselitismo ni la evangelización, sino que su apostolado consistiría en mostrar con paciencia mucha amistad a las personas con las que trataba[19]. Era pues, el «evangelio de la amistad», que él mismo explicaba así:

Cuando se quiere convertir a alguien no hay que predicarle. El mejor medio no es echarle sermones, sino probarle que se le quiere.

Puede decirse, por tanto, que fue un precursor del entendimiento y el diálogo entre el cristianismo y el islam.

Tras la muerte de Foucauld en Tamanrraset, la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús contaba con cuarenta y nueve miembros, incluido él mismo, si bien se trataba de una asociación privada de fieles. En la década de los veinte del siglo pasado, surgieron varios grupos que siguiendo su ejemplo desarrollaron actividad misionera en el norte de África. Algunos años después aparecieron las primeras congregaciones religiosas de Hermanitos y Hermanitas del Sagrado Corazón, que con distintos matices quisieron ser comunidades contemplativas y misioneras. A partir de 1950 asistimos a un florecimiento de grupos vinculados al beato Foucauld, vislumbrándose la necesidad de acordar la fidelidad al mensaje del fundador, dentro del respeto de las distintas vocaciones.

A principios de los años sesenta, se formó en Cataluña una comunidad de jóvenes consagrados al Señor en una vida de celibato vivida en pequeñas fraternidades. En la Sierra de Alcubierre, que separa las provincias de Huesca y Zaragoza en pleno desierto de Los Monegros, se encuentran excavadas unas cuevas, al pie de la cima del cerro de San Caprasio. La mayor de ella se conoce como la Cueva de la Salud, habilitada como eremitorio rupestre por monjes de la Congregación de los Hermanitos de Jesús, que se establecieron en la localidad de Farlete (Zaragoza) en 1956. Consta de una larga sala entibada por robustos maderos, bancos de piedra corridos a los lados y un pequeño altar en la cabecera absidial. Contigua a la ermita, en la llamada cueva del «Bandido Cucaracha», se encuentra acondicionada una cocina y una despensa, que se comunica con un refectorio bordeado por catres perimetrales tallados en la roca. Otra cueva se dispone como pequeño dormitorio y aun otra más pequeña alberga un aljibe para el abastecimiento de agua de todo el conjunto. Desde la posición de este santuario se descubre una vista de otro desierto, el monegrino, austero y solitario, como las montañas del Hoggar argelino que contempló Foucauld desde su cabaña.

La práctica del eremitismo también es conocida en otras religiones. Así en el taoísmo, si bien no puede considerarse una forma de vida como tal, la soledad, el ascetismo y la renuncia a los placeres mundanos siempre han sido objeto de admiración para quienes las han llevado a cabo. En el hinduismo, el ascetismo se ha practicado tanto en soledad por monjes que se retiraban a los bosques, como en forma de monacato, del que existen modalidades antiquísimas. Ya en el siglo v a.C., existían en la India numerosos monjes que mendigaban de un lado para otro y peregrinaban a los santuarios, sin que estas costumbres hayan cambiado mucho con el tiempo. En el hinduismo, los monjes ocupan la cuarta posición en el sistema de castas (Sanniasin). En el budismo, el ascetismo se vive en forma de monacato, organizado en comunidades reguladas por una regla de vida, basada en el alejamiento de todo sentimiento de deseo y de las cosas en general, ya sean reales o aparentes, que pueden ser un peligro en el camino de perfección hacia el nirvana. En el jainismo, también se practica en forma de monacato, similar al hindú original, aunque bajo condiciones muy estrictas que obligan a la observación de cinco votos fundamentales (no violencia, verdad, no robar, castidad y desapego), y está considerado como la forma más indicada de seguimiento de esta religión. Otras religiones, como el judaísmo, el sijismo o el zoroastrismo, no lo fomentan, sino que incluso pueden llegar a condenar toda forma de eremitismo o monacato. Mención aparte merece el islam que, sobre todo en su versión mística, el sufismo, profesa devoción a ciertos maestros y personas especialmente piadosas, considerados algunos santos, llamados morabitos, que suelen vivir en despoblados. Sus practicantes, llamados sufíes, eligen la ascesis y la vida espiritual para alcanzar el verdadero conocimiento. El nombre de morabito designa también al lugar donde vive el ermitaño o donde se encuentra su sepultura. Su culto, llamado morabitismo, está bastante arraigado en las zonas rurales del Magreb, e incluye romerías desde las poblaciones situadas bajo su protección, a semejanza de cultos semejantes dispensados a santos católicos al otro lado del Mediterráneo. En los ámbitos donde se profesa, la acción propia del santo, es decir el milagro, ha sido interpretada desde una perspectiva social como altamente beneficiosa para la comunidad, ya que contribuye a vencer la resistencia aislacionista de las tribus y liga a los mejores hombres a la cadena ininterrumpida de la tradición islámica[20]. No obstante, el sufismo es objeto de rechazo por las versiones más esencialistas del islam, como el wahabismo, que propugna un islam conservador y literalista, en el que todos los hombres son iguales ante Alá condenando, en consecuencia, cualquier culto ante las tumbas de santos o profetas. En España, algunas ermitas situadas en las comarcas que formaron parte del antiguo Reino Nazarí de Granada, habitadas después por los moriscos hasta el inicio de su expulsión en 1609, se cree que antes de su conversión en templos cristianos fueron morabitos. Tal sería el caso de las ermitas de San Marcos y de las Ánimas, en Alhama de Almería[21], y posiblemente también el de la llamada Cueva de los Santones, situada en el municipio malagueño de Canillas de Aceituno. Se cree que después de ser explotada como mina por fenicios, griegos y romanos, durante la dominación sarracena fue habitación de tres santones musulmanes que la utilizaban como centro de enseñanzas sufíes[22].

El anacoretismo y los santuarios rupestres en España

Para encontrar los orígenes del anacoretismo cristiano en nuestro país hay que retrotraerse al periodo tardorromano, allá por los siglos iv y v, promovido por Prisciliano (340-385), obispo gallego seguidor de la corriente gnóstica, cuando coexistían aun versiones alternativas al cristianismo oficial romano. Condenado y decapitado por brujo y hereje, algunos sostienen que son sus restos y no los del apóstol Santiago los que se veneran en la catedral compostelana. El gnosticismo priscilianista se fundamentaba en la práctica del ascetismo y de una vida rigurosa, aunque dotada de cierto talante libertario, que permitía la presencia de la mujer en la liturgia y el nombramiento de maestros laicos. Quizá de aquellos tiempos procedan algunos de los abundantes eremitorios rupestres del norte peninsular (Palencia, Burgos, Álava, La Rioja y Huesca). No obstante, es en la época visigótica, tras el tercer Concilio de Toledo celebrado en el año 589, en el que se acordó el abandono del arrianismo y la conversión al catolicismo de Recaredo y de los visigodos cuando, a juicio de arqueólogos e historiadores, el fenómeno del eremitismo se reactivó en nuestro país, alcanzando su máximo apogeo entre los siglos v y viii. La invasión musulmana y la rápida fundación de los primeros reinos cristianos en el norte peninsular, dio lugar a la configuración de una especie de «tierra de nadie», entre los primitivos reinos de Asturias y de Aragón, el Condado de Castilla y al-Ándalus, caracterizada por la ausencia de un poder sólidamente establecido. En ella se establecieron nuevos ermitaños, que vinieron a ocupar los antiguos eremitorios abandonados o a construir otros nuevos. En su mayoría se trataba de mozárabes procedentes de los territorios conquistados tras el avance cristiano. Muy posiblemente, de estos movimientos eremíticos, tanto de los siglos viii y ix como anteriores, procedan los grandes conjuntos de construcciones rupestres que se conservan en puntos concretos del norte del país, como los de Valderredible, en Cantabria, el valle de Valdivielso, en Burgos, la Montaña Palentina (Cervera de Pisuerga, Olleros de Pisuerga, Aguilar de Campoo, Pomar de Valdivia), Las Gobas y Santorkaria, en Laño (Álava), etc. Algunos de ellos considerados verdaderas «tebaidas ibéricas», por el número y concentración de habitaciones.

El paso del eremitismo al cenobitismo incipiente tuvo lugar en época visigoda, durante los siglos vi y vii. Su origen se lo disputan varios lugares y otros tantos fundadores. El paso del eremita, que vive solo, al monje que vive en comunidad, los dos con los mismos fines y con los mismos instrumentos, los dos en la búsqueda de su propia salvación, como ya hemos apuntado, fue un proceso inevitable. Al mismo tiempo que se desarrollaba el eremitismo se observaba que era más sensato tener las celebraciones litúrgicas conjuntamente y no cada uno por separado. Muy habitual en los cenobios primitivos es la presencia de tumbas antropomorfas excavadas en el propio suelo de roca viva de la cueva. Uno de ellos se sitúa en la llama Ribera Sacra, concretamente se trata del monasterio de San Pedro de Rocas, en la provincia de Orense, considerado el eremitorio más antiguo de Galicia, posiblemente existente desde el siglo iv, pues según la lápida fundacional hallada en el lugar, el monasterio fue heredado en el año 573 por cinco monjes anacoretas llamados Ufrasio, Eusanio, Quinedio, Eatio y Flavio, que eligieron este apartado lugar para llevar una vida austera dedicada a la oración. La mención a «heredar» denota que ya existía otro enclave religioso anterior. Es también el único cenobio gallego rupestre. El origen de su primitiva mesa de altar, algunos lo sitúan en el siglo vi, lo que la convierte en el ara cristiana más antigua de España. En 1970 fue trasladada al Museo de Orense, donde también se encuentra depositada la lápida fundacional. El cenobio sobrevivió como priorato adscrito al monasterio benedictino de San Salvador de Celanova. En su suelo destaca, como ya hemos apuntado, la abundancia de huecos antropomorfos excavados en la roca[23].

Otro foco fundacional del proceso de cambio del eremitismo al monaquismo se detecta en tierras de Aragón, en la comarca de Sobrarbe por un lado y en la Sierra de Guara por otro. El artífice del primer escenario fue San Victorián, que pasó a ser Abad del Monasterio de Asán (conocido como de San Victorián de Asán o de San Beturián en lengua aragonesa), erigido al pie de la imponente Peña Montañesa, en la localidad de El Pueyo de Araguás. En dicho lugar se llegó a concentrar un gran número de monjes, entre los que destacan importantes obispos (Vicente y Audeberto de Huesca, Aquilino de Narbona, Tranquilino de Tarragona o Eufrónimo de Zaragoza) y algunos santos aragoneses como San Gaudosio de Tarazona. La presencia en el monasterio de personajes tan notables nos permite valorar la enorme importancia de este monasterio aragonés, que es tenido por muchos historiadores como el primer monasterio hispano. San Victorián fue un santo de origen italiano, nacido hacia el año 478. Recaló en España, tras pasar varios años de su vida en Francia. Existen testimonios de que en el año 551 ya estaba en el monasterio altoaragonés. Murió siete años después, lo que sabemos gracias a la fecha que consta en el epitafio grabado en una lada sepulcral. La historicidad del santo está fuera de toda duda. Aunque iniciado en la vida eremítica, se vio obligado al cenobitismo por los discípulos que lo rodearon. Para la ordenación de la nueva comunidad, llegó a redactar una Regla que no se ha conservado, pero sabemos sirvió para iniciar la andadura de uno de los cenobios más antiguos de España. En el primitivo monasterio se conciliaban el modo de vida el individual, propio del eremita, con el comunitario del monje. Para ello, el edificio disponía de celdas, aisladas unas de otras, alrededor de un espacio común en el que se situaba la iglesia para el culto a Dios y algunas dependencias comunes.

Aparte del monasterio, rescatado recientemente de la ruina, como prueba del paso del anacoreta fundador, existe la llamada «Espelunca de San Victorián» a la que se llega, caminando aproximadamente una hora y media, desde el monasterio. El sendero, antes de llegar al eremitorio rupestre, pasa por una sencilla ermita dedicada a San Antonio Abad, patriarca de los anacoretas. La cueva está cerrada por un muro de mampostería, y está llena de recovecos y pasadizos. A ella acudían romeros de la zona buscando la protección del agua o la predicción acerca de cómo sería el año que se estrenaba. Para ello se valían de pequeños saltamontes que, según su abundancia, vaticinaban el resultado de la cosecha de vino (los de color negro), de olivas (los verdes) y de cereal los más claros[24].

En la vertiente meridional de la Sierra de Guara se emplaza el viejo monasterio de San Martín de la Bal d’Onsera, construido adosado a la roca en el fondo de un barranco, en un sobrecogedor emplazamiento. Su legendario origen se vincula con San Martín de Tours (316-371), patrón de Francia. Según la crónica del santuario, incluida en la hagiografía de San Úrbez escrita por el doctor D. Juan Agustín Carreras Ramírez y Orta en 1696[25], formando Martín Rubico parte de las tropas romanas que al mando de Julián el Apóstata luchaban contra los germanos en la Galias, decidió abandonar la milicia y cruzar los Pirineos rumbo a España, acompañado de un grupo de seguidores. Cercano a la ciudad de Osca, actualmente Huesca, descubrieron un sitio sorprendente, en el fondo de un lóbrego barranco, rodeado de peñas inexpugnables donde apenas penetra el sol, en cuyo fondo había una cueva con una fuente de la que brotaba un agua límpida y fresca, y a cuyo lado se despeñaba una cascada. Allí decidieron Martín y sus acompañantes entregarse a la vida cenobítica, hasta que el santo regresó a Francia, donde tras diversos avatares acabó nombrado obispo de Tours. La pequeña comunidad de discípulos que dejo en la soledad de la cueva altoaragonesa pasó a convertirse en el monasterio conocido como de San Martín de la Bal d’Onsera. Después de la reconquista cristiana, la sede monástica se trasladó al castillo de Montearagón[26]. En el siglo xii los monjes lo abandonaron, pasando a ser habitado por una comunidad religiosa femenina, hasta que lo dejaron definitivamente en 1572. A partir de entonces fue cayendo en el olvido, consumándose su ruina en la Guerra Civil, cuando fue deliberadamente saqueado e incendiado. Afortunadamente ha sido restaurado en tiempos recientes, recuperando su mágico encanto.

En la comarca de El Bierzo, en el noroeste de la provincia de León, se encuentra el Valle del Silencio, donde se instaló una de las primeras comunidades de anacoretas que existieron en España, que después se convirtieron en monjes. El fundador parece que fue un visigodo de origen toledano, llamado Fructuoso, que renunció a los bienes terrenales, buscando retiro en las montañas bercianas. Su ejemplo fue seguido y emulado, de tal guisa, que la zona llegó a poblarse de tan elevado número de protomonjes, que fue bautizada con el nombre de la «tebaida leonesa», por analogía con la tierra del desierto egipcio donde habitaron san Antonio Abad y sus seguidores. Uno de los discípulos de Fructuoso, de nombre Valerio fue el artífice de consolidar, a partir del asentamiento eremítico, el monasterio de San Pedro de los Montes, con el objeto de aglutinar la pléyade de ermitaños instalados en derredor. Valerio murió a finales del siglo vii, coincidiendo con la conquista islámica, que supuso la desaparición de los monjes de la montaña leonesa. Hubieron de pasar dos siglos hasta que otro eclesiástico, de nombre Genadio reactivara la vida monástica en San Pedro de los Montes. En la actualidad, de lo que fue aquel primigenio cenobio no queda más que un conjunto de muros derruidos acompañando a la escueta iglesia.

El origen de algunos de los más célebres e influyentes monasterios españoles, como San Pedro de Arlanza, Santo Domingo de Silos, San Juan de la Peña o Santo Toribio de Liébana, se encuentra también en la agrupación de ermitaños, en torno a un impulsor carismático o a partir de un hecho legendario. San Pedro de Arlanza, asentado entre las poblaciones burgalesas de Cavarrubias y Hortigüela, se vincula con la leyenda de Fernán González (910-970), el buen conde castellano, y con el rey visigodo Recaredo, que eligió el lugar para acoger el enterramiento del rey Wamba. Mayor rigor histórico tiene la vinculación de la fundación del monasterio con los condes de Lara, Gonzalo Fernández y Muniadona, padres de Fernán González. No obstante, cuenta la leyenda que estando el buen conde persiguiendo un jabalí blanco encontró una cueva donde habitaban unos eremitas llamados Pelayo, Arsenio y Silvano. Allí Pelayo vaticinó que el conde castellano derrotaría a las huestes sarracenas. En torno al año 912 parece, según atestiguan fuentes documentales, tuvo lugar la fundación de un primitivo monasterio, situado en lo alto del farallón que domina el valle del río Arlanza, unos metros por encima de la primitiva cueva-eremitorio donde la leyenda sitúa el encuentro del conde con los anacoretas, y que serviría para reagrupar a la población eremítica de los alrededores. La fecha muestra un evidente anacronismo con respecto a la participación en el asunto del conde Fernán González, lo que parece más bien una treta para dotar de prestigio al monasterio. De hecho, fue uno de sus monjes quien en el año 1250 escribió el poema de Fernán González, cuyos versos forjaron la leyenda de este noble. Los restos mortales del conde, junto con los de su esposa, reposaron en el monasterio hasta su abandono consecuente a la desamortización de Mendizábal. Entonces fueron trasladados a la Colegiata de Covarrubias. Del cenobio original quedan las ruinas de San Pelayo de Arlanza. En el siglo xi comenzó a erigirse el formidable monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza, a los pies del antiguo de San Pelayo.

En el valle de Tabladillo, donde se asienta el monasterio de Santo Domingo de Silos, hubo asentamientos eremíticos que se consolidarían hacia mediados del siglo x. Posteriormente se agruparon en un edificio común, dedicado a San Sebastián. En el siglo xi, el cenobio entró en la órbita de la orden benedictina, como tantos otros, en paralelo a la repoblación de unas tierras que los árabes nunca terminaron de dominar. Un antiguo ermitaño navarro y después monje de nombre Domingo Manso, procedente de San Millán de la Cogolla, se vio obligado a huir a Castilla tras enfrentarse al rey de Navarra, recalando en el pequeño monasterio burgalés. Se implicó de tal manera, que acabó siendo abad desde 1040 hasta su muerte en 1073, cambiando la advocación del monasterio de San Sebastián a Santo Domingo de Silos. En el siglo xii terminó la construcción de su celebérrimo claustro.

A los monasterios de Suso y Yuso, en San Millán de la Cogolla (La Rioja), también se les atribuye un origen eremítico. Cuenta la leyenda, más que la historia, que Millán, un pastor nacido en 473, tuvo una revelación a los veinte años que le impulsó a buscar una vida dedicada a la oración y el retiro. Para iniciarse, acudió a los riscos donde había estado asentada la antigua Bilibio, cerca de la localidad riojana de Haro, pues allí vivía un piadoso ermitaño de nombre Felices. Después de tres años, volvió a su valle de origen donde ejerció como sacerdote, hasta que desavenencias con otros clérigos le empujaron a un nuevo retiro troglodítico, en el que permaneció hasta su muerte a la edad de 101 años. Reconocido como santo, su ejemplo fue seguido por multitud de discípulos. A la gruta que habitó se dirigieron numerosos hombres y mujeres, originando una especie de nueva «tebaida», esta vez riojana. Sobre la antigua gruta de San Millán, a finales del siglo x, una vez pacificada la zona de incursiones y razias musulmanas, se edificó el monasterio de Arriba o de Suso y una iglesia mozárabe dedicada al santo. En los comienzos del siglo xi fue parcialmente destruido por Almanzor, aunque su posterior reconstrucción sirvió como reactivación. A mediados del mismo siglo, según la leyenda, el carro de bueyes que transportaba los restos del santo a Nájera, donde se pretendía darles sepultura, se detuvo sin que fuera posible ponerlo de nuevo en marcha. Aquello se interpreto como señal de que San Millán no quería ser enterrado lejos de su tierra, por lo que se decidió levantar allí mismo un nuevo monasterio, en un entorno más confortable que el primitivo, naciendo así el monasterio de Abajo o de Yuso.

El origen del monasterio franciscano de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, también parte de un santo eremita fundador. Cuenta la leyenda que hacia el siglo vi, llego a la comarca de Liébana Toribio, obispo de Palencia, con intenciones evangelizadoras. Ante la negativa de los lugareños a que le ayudaran a edificar un templo, se retiró a una cueva, conocida como de Santo Toribio, a orar. En el bosque inmediato halló un buey y un oso que se estaban peleando. Logró que dejaran de luchar, milagro que convenció a los habitantes del lugar para convertirse en masa. Arrojando su bastón, Toribio dijo: «donde caiga mi cayada, allí será mi morada». En el lugar señalado se edificó el primer templo, bajo la advocación de San Martín de Tours. En el siglo xii, el monasterio pasó a la advocación de Santo Toribio, pero no del mismo santo fundacional, sino de Santo Toribio obispo de Astorga. Ello tuvo lugar cuando unos monjes trasladaron desde la ciudad leonesa los restos de su obispo, junto con un fragmento del lignum crucis traído por dicho santo desde Jerusalén, que pasó a ser una de las reliquias más veneradas de la cristiandad. Desde el siglo xv, Santo Toribio de Liébana comparte con Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela el privilegio del año jubilar.

La leyenda del origen del monasterio jacetano de San Juan de la Peña, en el Viejo Aragón, recuerda a la de San Pedro de Arlanza. Corría el año 720, cuando un noble zaragozano llamado Voto salió de caza con su perro y su cabalgadura por los montes pinatenses. Persiguiendo a un hermoso ciervo, cornúpeta, cazador y corcel se precipitaron por un profundo cortado. Viendo que aquél sería su final, el noble gritó ¡Oh, San Juan Bautista, ¡ayudadme!, y entonces el equino y su jinete comenzaron a descender con la suavidad de una hoja, hasta quedar delicadamente posados en el suelo. Por allí pasaba una senda que conducía a una fuente que brotaba de la misma roca, bajo un extraplomo, en cuyo interior se encontraba una capilla dedicada al santo que le acababa de salvar. Junto al pequeño altar yacía el cuerpo incorrupto de un anciano eremita de larga barba blanca, sobre cuya cabeza reposaba una piedra labrada con la siguiente inscripción: «Yo, primer ermitaño de este lugar, habiendo menospreciado el siglo presente por el amor a Dios, como me fue posible conforme a mis fuerzas, edifiqué esta iglesia en honor a San Juan Bautista, y aquí reposo. Amén». Impresionado por lo visto y vivido, Voto vendió todas sus posesiones, liberó a sus esclavos y repartió el dinero obtenido entre los pobres, decidido a seguir el ejemplo del ermitaño. Convenció de ello a su hermano Félix, viviendo ambos hermanos en la misma cueva del anciano, dedicados a la contemplación y subsistiendo tan solo con lo que el bosque les ofrecía. En tiempos de la invasión musulmana, los cristianos del lugar se refugiaron en esta santa oquedad. Una vez pasados los peligros, los seglares regresaron a sus casas, pero los primigenios monjes ya no quisieron abandonar la sagrada caverna. Así en el año 920 quedaba fundado el primer cenobio de San Juan de la Peña, hoy conocido como Monasterio Viejo. En 1030 Sancho el Mayor introdujo en el monasterio la Regla de San Benito. Cuenta la leyenda, que el Grial, el santo cáliz que ahora se encuentra en la catedral de Valencia, fue antes escondido y custodiado en este recóndito cenobio rupestre. En el año 1675, un destructivo incendio impulsó la construcción de un nuevo monasterio, en lugar mucho más confortable, en la soleada pradera de San Indalecio, situada monte arriba, naciendo así el monasterio Nuevo de San Juan de la Peña, cuya ocupación se inició en 1682.

Los santuarios rupestres segovianos vinculados al cristianismo

Conforme a la perspectiva cristiana, el concepto de santuario se relaciona con un templo en el que se venera la imagen o la reliquia de un santo de especial devoción. A un nivel inferior de importancia simbólica se sitúa lo que llamamos humilladero, lugar devoto que suele haber a las entradas o salidas de los pueblos y junto a los caminos, donde se dispone una cruz o una imagen. Muchos santuarios toman la forma de ermitas, consistentes generalmente en una pequeña capilla, localizada por lo común en despoblado, y sin culto permanente. Los emplazamientos de estas construcciones suelen estar relacionados con el paisaje y las características del terreno, y a menudo proceden de la reutilización de un lugar de culto pagano en época cristiana, tratándose de reconstrucciones apologéticas y edificantes destinadas a ensalzar el triunfo del cristianismo. Para consolidarse, entre los siglos iv y vii, la Iglesia trató de monopolizar en exclusiva el control de las fuerzas sobrenaturales apropiándose el clero cristiano de los lugares de culto donde el acceso al poder divino, por parte de los humanos, tenía lugar de una forma privilegiada[27].

En la provincia de Segovia, el ejemplo más claro de este tipo de aculturación religiosa lo tenemos en las hoces del río Duratón, entorno de enorme interés paisajístico, donde se alza el Santuario de San Frutos. El mismo fenómeno lo encontramos en otros emplazamientos, no tan conocidos, como la ermita de Santiaguito, situada en el valle del río Viejo, entre Torreiglesias y Losana de Pirón. Se trata de un antiguo abrigo, de los numerosos que hay en los roquedos de la zona, que fue cubierto y reconvertido en eremitorio rupestre. Otros lugares con elevado poder hierofánico[28], sacralizados por el cristianismo, en este caso por coincidir con la presencia de enterramientos o de restos arqueológicos relacionados con ritos precristianos, pueden ser la ermita de la Virgen del Castillo (Bernardos), del Cerro de San Isidro (Domingo García) o de la Virgen de las Vegas (Requijada). Aunque a nuestra vista, el paisaje de las hoces se nos presente hostil y poco hospitalario, albergó en tiempos remotos poblados celtiberos, como lo atestiguan los frutos de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo. Las cuevas o abrigos formados en sus paredes fueron albergues para los primeros pobladores, dejando testimonio de ello las numerosas manifestaciones de arte rupestre repartidas por el cañón. Tampoco faltan en la zona restos de la Edad de Hierro (castro céltico en la confluencia del Duratón y el Caslilla, en Sepúlveda) y de la época romana, si bien los más abundantes son los de la época visigoda, destacando las necrópolis de Duratón, Castiltierra, Ventosilla y Tejadilla, Sebúlcor, Madrona, Aguilafuente, etc. Posteriormente, en los primeros siglos de la era cristiana, las hoces del río y sus cuevas, tan propicias unas como otras al recogimiento y la meditación, fueron morada de anacoretas, quedando en la toponimia impronta de ello, tal y como sugieren los nombres de ciertos parajes como el «Recodo del Penitente», la «Fuente del Estoico», el «Remanso de las Levitaciones», las «Cuestas de los Mártires», la «Botadera de los Suspiros» o la «Grieta de las Flagelaciones». Existe un curioso paralelismo, en cuanto a su reseñado poder hierofánico, entre este cañón y el que forman otros ríos, como el Lobos en Soria o el Gallo en Guadalajara. En todos ellos, la influencia religiosa y los elementos esotéricos se encuentran presentes[29].

La ermita de San Frutos, en el río Duratón, se alza sobre un cortado. En realidad, lo que hoy vemos son los restos de un conjunto monástico arruinado, del que solamente queda la iglesia y parte de los muros perimetrales. Es uno de los casos de mayor pervivencia de culto de la provincia, pues su entorno está literalmente repleto de yacimientos arqueológicos, así como de ermitas y monasterios posteriores, como las ruinas del convento franciscano de la Hoz, o las de las ermitas de la Calleja (Sebúlcor) y de San Julián (Sepúlveda), ésta última datada en el siglo xi, de la que se conserva una interesante cripta a la que accedía por medio de escalones tallados en la roca. En el propio cenobio podemos reconocer una lápida funeraria romana, reaprovechada en el ábside central, al exterior, y una necrópolis de tumbas antropomorfas, labradas en la roca, en época altomedieval. La presencia de tumbas antropomorfas parece una circunstancia común en los santuarios rupestres, pues así se observa en muchos de ellos, como en Cervera de Pisuerga, Santa María de Valverde (Valderredible), San Pedro de las Rocas, Las Gobas, etc. Por la misma razón que siglos después las iglesias y sus aledaños fueron el lugar habitual para enterrarse hasta la llegada de las normas higienistas del mundo moderno, los eremitorios y los monasterios que las precedieron fueron lugar privilegiado de sepultura. Si algo es común a las iglesias y ermitas más antiguas es la aparición de sepulturas, en ocasiones talladas en la propia roca. Su tamaño y forma antropomorfa, así como su orientación hacia Tierra Santa, eran verdaderos «trajes a la medida» hechos para el finado. Estas necrópolis rupestres reflejan el anhelo de los devotos de enterrarse cerca de los lugares santos, y cual mejor que aquel donde se encuentra el sepulcro del fundador del eremitorio. El conjunto fue donado a Silos por Alfonso VI, en 1076, y la iglesia fue consagrada en el año 1100. El monasterio quedó de este modo subordinado a la matriz benedictina silense como priorato. Se otorgaba, por tanto, a Silos el lugar en el que, conforme a una tradición secular, estaba sepultado el cuerpo de San Frutos, coincidente con la habitación donde dicho santo llevó su vida eremítica durante los últimos tiempos de la España visigoda. San Frutos es el patrón de Segovia. Fue un anacoreta que vivió en los siglos vii y viii, al que se atribuyen muchos milagros. Su romería, que tiene lugar el 25 de octubre, es una de las más importantes de la diócesis. Sus reliquias, junto con las de sus dos hermanos, San Valentín y Santa Engracia, a excepción de sus cráneos, se encuentran en una urna de plata, situada en el trascoro de la catedral de Segovia[30]. Los cráneos de San Valentín y Santa Engracia se guardan en un relicario situado en una capilla de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, en el pueblo de Caballar.

En los primeros años de la invasión árabe, según la tradición, hacían allí vida eremítica en el desierto del Duratón los tres santos hermanos: Frutos, Valentín y Engracia. El nacimiento de Frutos se remonta al año 642, en el seno de una familia acomodada. Quedó huérfano a los pocos años, por lo que se tuvo que hacer cargo de sus hermanos menores Valentín y Engracia. De profundas convicciones cristianas, tras ser ordenado sacerdote, decidió renunciar a los bienes y placeres mundanos, retirándose a los desiertos del Duratón para practicar una vida solitaria y ascética en el lugar donde actualmente se asientan las ruinas del Convento de la Hoz. Sin embargo, aguas abajo encontró el lugar que sería el de su definitivo asiento, no sin antes regresar a por sus hermanos para instalarse allí los tres. Frutos eligió para su morada la parte superior del cañón, justo donde se edificó años después el priorato benedictino, mientras Valentín y Engracia eligieron sendas cuevas formadas en las paredes del cantil, situadas aguas arriba y abajo respectivamente. Frutos murió en el 715, a la edad de setenta y tres años, y fue enterrado en la misma ermita donde había vivido. Sus hermanos se trasladaron al pueblo de Caballar, donde fueron decapitados por los moros tras sufrir martirio. En el lugar de los hechos se originó el llamado rito de «las mojadas». Los cuerpos de Valentín y Engracia fueron trasladados al lugar de sepultura de su hermano, donde en la actualidad se ha edificado un templete cuadrado sobre cuya puerta de ingreso aparece escrito «tumbas de los santos». Junto a esta pequeña construcción existe un pequeño cementerio destinado a dar sepultura a los hermanos difuntos de la Hermandad de San Frutos del Duratón[31]. Las reliquias, no obstante, fueron finalmente trasladas a Segovia en 1228, año en que se consagró la antigua catedral que se erigía junto al Alcázar. Posteriormente fue sustituida por la nueva catedral, que fue consagrada el 25 de octubre de 1795, colocándose las reliquias, como hemos señalado, en la capilla del trascoro, excepto los cráneos de Valentín y Engracia, que descansan en la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, en Caballar. En dicha localidad se encuentra la ermita de la Fuente Santa, donde supuestamente fueron decapitados los mártires, en una vega próxima al caserío, a la derecha del camino de Turégano, junto al arroyo de Las Mulas. La ermita, como su nombre indica, se edificó junto a una fuente, protegida por un templete abierto por sus cuatro lados. El rito de las mojadas es una tradición surgida a posteriori, relacionada con la agricultura, lo que en cierto puede ser interpretado como uno más de los ritos protectores y propiciadores de la fertilidad de los campos, tan extendidos en el tiempo y en el espacio. Cuando se producía una sequía pertinaz, los pueblos de la comarca se reunían y solicitaban permiso al obispo para sacar los cráneos de la iglesia y trasladarlos en un cesto hasta la Fuente Santa. Allí eran sumergidos en el agua, provocando la aparición de una lluvia instantánea, sorprendente hecho que aparece documentado reiteradamente. La última vez que se llevó a cabo el rito fue en 1982. Entre el 30 de mayo de 1593, primera fecha de celebración del rito de la que se dispone de actas u otros testimonios escritos autentificadores, y el 6 de junio de 1982, se han celebrado 33 «mojadas», con el resultado de que en 27 de ellas llovió[32].

Otro testimonio de la población visigoda, y tal vez mozárabe, que habitó el entorno del Duratón, lo encontramos en la Cueva de los Siete Altares, situada en el término municipal de Sebúlcor, muy próxima al puente de Villaseca. Se encuentra a unos cinco o seis metros por encima del nivel del río. Está dividida en dos capillas. La exterior fue parcialmente excavada en la roca y posiblemente cerrada por una pared de piedra y una cubierta de madera. Conserva un pequeño altar coronado por un arco de medio punto. La interior, netamente cavernícola, dispone en su pared derecha de un altar formado por tres hornacinas cubiertas con arcos de herradura. Esta tipología de arcos la encontramos igualmente en otros santuarios rupestres, como la iglesia rupestre de San Pelayo en Villacibio (Palencia), la ermita de San Acisclo y Santa Victoria en Arroyuelos (Valderredible, Cantabria) o la ermita de San Juan de Socueva (Arredondo, Cantabria), esta última en lamentable estado de abandono a pesar de haber sido declarada Bien de Interés Cultural en 1985. La hornacina central de la cueva de los Siete Altares tuvo delante una mesa de piedra y está exenta de decoración. Las de los lados presentan sus arquivoltas decoradas con molduras policromadas en rojo y negro. Sobre la hornacina derecha aparece una decoración geométrica en la que predominan las formas romboidales. Frente a los altares se dispone una fosa que bien pudo una sepultura excavada en el suelo. De acuerdo con las interpretaciones más consensuadas, se trataría de un centro «litúrgico», de época visigótica y mozárabe, y aun para los tiempos anteriores, donde se reunía la comunidad de ermitaños que habitaba en las diversas cuevas del entorno. La Cueva de los Siete Altares, no sería simplemente un espacio de estancia accidental, sino de convivencia humana. Todo ello implicaría tanto la existencia en el lugar de sacerdotes o maestros de ceremonias, como de un buen número de fieles de vida eremítica que tomaban parte en la celebración litúrgica. La Cueva de los Siete Altares era, en cierto modo, la gran iglesia de aquella región tan preferida para la penitencia o para el refugio, por los primeros cristianos de nuestra provincia[33]. De hecho, no muy lejos de ella, en el tramo del cañón del Duratón comprendido entre el puente de Villaseca y la presa de La Molinilla, sobre el cantil derecho, se encuentran cuatro cuevas que fueron utilizadas como morada de anacoretas, llamadas la Cueva del Cura, la Cueva de la Parra, la Cueva del Santero y la Cueva de Cuarcimalo. En sus aledaños, se disponían los huertos que daban sustento al respectivo ocupante.

El valle del río Pirón, entre Santo Domingo de Pirón y Peñasrrubias de Pirón, constituye otro enclave dotado de un alto poder hierofánico. Existen evidencias arqueológicas de su poblamiento desde el neolítico, habiendo constituido estos pagos posiblemente uno de los lugares de asentamiento de los primeros agricultores, ganaderos y alfareros de la provincia de Segovia. Muy próxima a la desembocadura del río Viejo en el Pirón se encuentra la cueva de la Vaquera, entre Losana de Pirón y Torreiglesias, que contiene la única secuencia estratigráfica completa del neolítico en nuestra provincia y en el interior peninsular. El trabajo de los arqueólogos ha permitido reconstruir el modo de vida y los procesos culturales del primer grupo humano agroganadero del que se tiene noticia en nuestra provincia, a partir del estudio de su industria lítica, de sus cerámicas y de los restos arqueobotánicos y arqueozoológicos que nos dejaron[34].

Enfrente de la cueva de la Vaquera, en el margen opuesto del cantil del rio Pirón, se ubica la ermita rupestre de Santiaguito, adosada a una oquedad abierta en la roca caliza. Se trata de un santuario del tipo solapo o balma[35]. Su origen es incierto, pero muy probablemente con anterioridad a la construcción del templo actual, hubo de ser el abrigo rocoso morada de anacoretas coetáneos a los que habitaron en el entorno de la cueva de los Siete Altares[36]. En el edificio actual la oquedad se cierra mediante un muro de piedra, reforzando su austeridad y su situación la sacralidad del lugar. El acceso se lleva a cabo por medio de unos toscos escalones tallados en la roca de la ladera. El interior es muy sencillo y austero, con las paredes de la roca que hace de techo y muro encaladas y el suelo cubierto de baldosas de barro cocido, disponiendo como únicos elementos muebles de un pequeño altar en el extremo opuesto a la puerta de ingreso, presido por una tosca figura mural del apóstol Santiago, y dos bancos corridos de madera en ambos laterales. El muro solo dispone de cinco pequeños vanos abiertos, uno en forma de arco de medio punto, otro rectangular, otro cuadrado y dos con forma de aspillera, de los que uno se encuentra cegado. El veinticinco de julio tiene lugar la romería, con la subida del santo a hombros desde el río, a la que acuden los devotos de los pueblos del valle. Terminada la misa y besada la imagen, llega la diversión, en la que no faltan el baile y la comida junto al río, colofón habitual a casi todas las romerías, a modo de vuelta al mundo profano, simbolizando la fiesta una compensación al sacrificio que la peregrinación conlleva. Aunque bajo la advocación de Santiago Apóstol, se venera en ella a la Virgen de la Salud, que según cuenta la tradición, se apareció milagrosamente, y desde entonces mana una fuente en el lugar.

Inmediato al convento de Santa Cruz, en el sacralizado valle del Eresma a su paso por la ciudad de Segovia, encontró un enclave de retiro idóneo Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los dominicos. Su llegada a Segovia tuvo lugar en 1218, justo dos años después de que la Santa Sede refrendara la regla de su nueva orden. Para pernoctar, le ofrecieron una casa bajo la que existía una cueva, seguramente una bodega subterránea, en la que Santo Domingo se enclaustro profiriéndose castigos físicos y penalidades varias debidas, según la tradición, a que el demonio le hizo pasar las mismas torturas que sufrió Cristo durante la Pasión, en combinación con la prédica. Con su sangre impregnó las paredes de la cavidad, donde permaneció licuada, hasta el año 1566, según atestiguaron unos monjes que rompieron la entrada de la cueva. Este hecho portentoso, unido a lluvias y curaciones milagrosas atribuidas al santo Domingo, fueron acicate suficiente para ganar la devoción popular, y de este modo facilitar al santo la fundación de una casa de la orden en Segovia, que habría de ser por añadidura su primera fundación hispana. Se trata del convento de Santa Cruz, favorecido siglos después por los Reyes Católicos y donde fue prior el inquisidor Tomás de Torquemada, de infausto recuerdo para innumerables condenados. Lo cierto es que por la Santa Cueva pasaron reyes y santos, como San Vicente Ferrer y Teresa de Ávila[37], donde ésta, según cuentan las piadosas crónicas, experimentó un prolongado éxtasis, en el que habló con Santo Domingo, en presencia del mismo Jesucristo como callado testigo. En la actualidad, la cueva se encuentra oculta tras una puerta tapiada, y adosada a la misma se construyo en tempos de Torquemada una capilla, llamada de Los Reyes Católicos, que antecede a la cueva en sí. En el tímpano de la portada, labrado con increíble finura, aparece Santo Domingo de Guzmán portando la cruz, contribuyendo a sostenerla sendos brazos que salen de los escudos de Isabel y Fernando. La figura del santo pisa a dos alimañas que representan a los herejes, acosados por una pareja de perros, los domini canes (perros de Dios), que flanquean a la figura central. En interior, se encuentra una antecapilla presidida por un retablo realizado en madera policromada que acoge un calvario del siglo xvi. A través de una puerta clasicista se accede a otra capilla interior de planta rectangular, de 9,80 por 4,20 metros cubierta por una bóveda de cañón con una armadura de madera de estilo churrigueresco. El altar, del mismo estilo, cuenta con una hornacina que representa una gruta con el santo frente a Cristo crucificado. Próximo al altar, a la derecha, se abre otra hornacina que acoge una figura de Santo Domingo de Guzmán vestido con el hábito de fraile dominico. La verdadera cueva se encontraría detrás de esta hornacina, condenada por un muro. El convento de Santa Cruz alberga hoy las dependencias de una universidad privada.

En el mismo valle del Eresma a su paso por la ciudad de Segovia, aguas abajo, se localiza el convento de los Carmelitas Descalzos, fundado por San Juan de Cruz. Dentro del recinto monástico se ubica una ermita adosada a la roca conocida como Peñas Grajeras, delante de un abrigo rocoso de escasa profundidad que utilizaba el santo místico para orar y meditar. Se trata de un edificio de planta cuadrada, de dos pisos, el superior dedicado al alojamiento de practicantes de ejercicios espirituales y el inferior destinado a proteger la propia oquedad[38].

En la localidad de Sacramenia se encuentra el monasterio cisterciense de Santa María. Su fundación se remonta al año 1141, cuando Alfonso VII, gran protector de los monjes del Císter, introdujo una comunidad de estos religiosos que trajo del monasterio francés de Scala Dei. Cuenta la tradición que por los montes de aquellas tierras vivía un anacoreta penitente, con fama de taumaturgo, habitando una cueva, que todavía se conserva. De nombre Juan, su alimentación era tan frugal que las gentes del lugar lo llamaron San Juan de Pan y Agua. Extendiose su fama de tal manera, que se tuvo en cuenta la existencia del eremitorio para elegir el emplazamiento del futuro monasterio[39]. Incluso se dijo que fue él quien guio a dos frailes venidos de Scala Dei hasta el lugar donde se construyó el convento. La cueva-ermita de San Juan de Pan y Agua se ubica cercana a la cumbre de una loma situada al norte del monasterio, no siendo fácil de encontrar si no se va acompañado de alguien que la conozca. Dispone de dos aperturas para el acceso, opuestas longitudinalmente. La entrada principal se encuentra cerrada por un muro de mampostería en el que se abre un vano enmarcado por jambas y dintel de sillarejo para facilitar el acceso al interior, donde solamente podemos encontrar un rústico altar de mampostería con una pequeña talla del santo, cuya compostura es inequívocamente reciente. Refiriéndose al monasterio de Sacramenia, el padre Bernardo Cardillo Villalpando envío al cronista Diego de Colmenares la siguiente glosa: «Oy día persevera la Cueva en un alto cerro en que ay antiquísima tradición se recogió a hacer particular penitencia; atraviésase de parte a parte, la boca corresponde a Oriente, la otra a Occidente y algo a medio día por estar al sesgo. Tuvo hermita edificada encima de la misma cueva, aunque agora ya está cayda». El monasterio de Santa María de Sacramenia, y todo el terreno que lo rodea, incluyendo la ermita de San Juan de Pan y Agua, actualmente es de propiedad privada, y su visita resulta muy complicada. En el año 1925, el magnate de la prensa y coleccionista de obras de arte norteamericano William Randolph Hearst compro por 40.000 $ el claustro y la sala capitular del monasterio, trasladándolos piedra a piedra a Estados Unidos. Tras diversos avatares, acabaron reconstruidos en la ciudad de Miami.

En el municipio de Armuña se encuentra el cerro del Tormejón, lugar emblemático para sus habitantes, y dotado también de un fuerte poder hierofánico[40]. Parece que dicho cerro fue objeto de ocupación humana al menos desde entre los siglos viii y vi a. C., tal y como señalan los materiales cerámicos hallados en las partes más altas. Justo en su pinto más elevado se encuentra la ermita de la Virgen del Tormejón. Es posible que se construyese en el mismo emplazamiento que ocupó un templo paleocristiano existente entre los siglos v y viii, posteriormente arruinado, hipótesis que cobra verosimilitud por el hecho de encontrarse el suelo de la ermita por debajo del nivel de la rasante del terreno. En su ladera meridional se encuentra la llamada Cueva del Moro[41]. Se trata de una pequeña oquedad de escasa profundidad, entre lo que sería un abrigo y una cueva propiamente dicha, en la que se observan indicios razonables (cruces grabadas en la roca, pila para la recogida de aguas, banco corrido tallado en la roca) de haber servido de eremitorio.

En el término de Fuentesoto, apenas a dos kilómetros del caserío, en el valle por el que discurre el arroyo que nace en el mismo pueblo, nuestro informante Julián Parra Requejo nos dio noticia de la existencia de las Cuevas de Peña Colgada, formadas al pie del cantil calizo que flanquea el valle, en las que se reconocen signos de uso religioso y eremítico. En una de ellas se distingue en su interior una hornacina claramente tallada en la pared, con apariencia de haber sido utilizada como oratorio. La sacralidad del entorno se manifiesta más explícitamente por la existencia en sus proximidades de la ermita de San Vicente Mártir, que en su origen fue la iglesia de una aldea que debió despoblarse a finales del siglo xiii. Lo que hoy podemos ver es un edificio restaurado recientemente por la Junta de Castilla y León, que conserva la cabecera y parte del hastial meridional del primitivo templo románico.

Los santuarios rupestres segovianos de origen legendario

Los moros han desempeñado un papel destacado en nuestro imaginario legendario, remoto y a veces no tanto. Entre el amplio repertorio de leyendas que han sobrevivido al paso del tiempo, aquellas relacionadas con los moros ocupan un lugar destacado. Cuando un hecho o una historia conservada por la tradición oral se pierde in illo tempore, se acostumbra a situarlo «en tiempos de los moros», «cuando los moros» o «lo hicieron los moros». Muchos fenómenos y restos materiales del pasado, para los que la historiografía o la arqueología todavía no había dado explicación, se atribuían a los moros. Así, por citar solo unos ejemplos, en el Altoaragón[42] dólmenes (Losa de la Mora, en Rodellar)), ibones (Basa de la Mora, en Saravillo), montañas (Pico de los Moros o Balaitús, Paso de Mahoma[43] en el Aneto) y eremitorios (Cueva Iglesieta de los Moros, en Bergua) cuentan en sus leyendas con la participación de moros y moras. En casi ningún caso, aparece justificada la presencia de moros en el relato asociado. Entre los escenarios de estas leyendas, las cuevas aparecen con particular profusión. Entre las posibles razones, la primera podría tener sus raíces en reminiscencias de creencias y cultos paganos, heredados incluso del Paleolítico, donde la cueva era la morada imaginaria de dioses y espíritus, no siempre benignos. Luego, con la difusión del cristianismo se convirtieron en algo más cercano y tangible: los moros. La segunda obedecería al miedo secular que estos espacios oscuros y tenebrosos inspiraban al pueblo llano[44]. No pocas veces, las prospecciones espeleológicas han convertido insoldables abismos en modestas cavernas de no más de unas decenas de metros de profundidad. La provincia de Segovia no se ha quedado a la zaga en lo que a historias de moros compete. Pensemos en la conocida leyenda de la «Cuchillada de San Frutos». Mas concretamente, con referencia a cuevas, en el municipio de Cuevas de Provanco, cuyo nombre ya alude a la abundancia de ellas, existe una cavidad conocida como la Cueva de Mora. Se sitúa a unos dos kilómetros del caserío, al pie de un cantil calizo. Según fuentes orales recabadas por el autor, en lo que hoy es una gruta formada por la disolución de las calizas miocenas de los páramos del norte de nuestra provincia, y utilizada como alojamiento de ovejas, en tiempos remotos, de «cuando los moros», habitaba en ella una mora de vida ejemplar. La cueva en sí consta de varias estancias en su parte más exterior, lo que la hace adecuada para su ocupación por varios eremitas. Aparte de algunas oquedades que pudieran haberse utilizado como hornacinas para albergar imágenes, o bien como pequeños oratorios, nada más ha llamado nuestra atención acerca de un posible uso eremítico de la cavidad. Uno de nuestros informantes nos refirió que la exploración de la Cueva de la Mora siempre fue un anhelo pretendido por los jóvenes de la localidad, y que en numerosas ocasiones entraron en ella provistos de teas, no consiguiendo prosperar por su interior largo recorrido, a causa de su precaria impedimenta. A falta de un estudio espeleológico y topográfico como es debido, que nos permita conocer su morfología y dimensiones con exactitud, más con tintes legendarios que reales, se le atribuye una longitud extraordinaria, con lejanas salidas a muchos kilómetros de distancia. También en Cuevas de Provanco existe otra cueva, en una ladera apenas a quinientos metros del pueblo, conocida como la Cueva de Santa Penta. Aquí la leyenda[45] cuenta que un rey moro que habitaba en el castillo cuyas ruinas dominan el caserío actual, se casó con una cristiana, y del matrimonio nació una hija a la que llamaron Penta. Su extraordinaria belleza era motivo de atracción para nobles y príncipes que acudían a pedir su mano. El padre, ante semejante elenco de pretendientes le apremiaba a elegir marido, pero la muchacha seguidora de las enseñanzas cristianas aprendidas de su madre, entre las que figuraban las historias de piadosos ermitaños que renunciaban a la vida mundana, solo deseaba retirarse a la soledad de una cueva para llevar una vida piadosa. El padre, que no encajó de buen grado la decisión tomada por Penta, ordenó que se le negara en su rupestre retiro todo alimento, con la esperanza de que el hambre le hiciera desistir de su vocación. Pero entonces se produjo el milagro, y durante años las palomas del valle se encargaron de alimentar a Penta con el trigo y los frutos que portaban en sus picos. Así permaneció la santa hasta el final de sus días, concluyendo la leyenda que, tras la muerte del rey moro, el castillo quedó vacío y sus torres venidas abajo por el paso del tiempo.

En los montes de Valsaín se encuentra una curiosa formación geomorfológica conocida como la Cueva del Monje. Realmente no se trata de una cueva propiamente dicha, sino de una caprichosa forma originada por la erosión de la roca granítica. Su aspecto es el de un enorme dolmen. Ello ha dado lugar a interpretaciones muy imaginativas, como creer que se trata de un monumento megalítico construido por los druidas celtas «para celebrar las fiestas de los plenilunios»[46], y también a diversas leyendas fantásticas. Una de ellas, de origen romántico e inspirada en Fausto, de Goethe, la ha recogido y reescrito Jesús Pastor en una antología de leyendas populares segovianas[47]. Alla por el siglo xvi, no muy lejos del palacio de Valsaín, existía una ermita de monjes jerónimos dependiente del monasterio de El Parral. En sus alrededores, algunas familias se instalaron buscando empleo como sirvientes o jornaleros al servicio de los religiosos o de los cortesanos. Uno de aquellos desdichados, llamado Tomás Segura, llego a estas tierras acompañado de su enfermiza esposa, que acabó muriendo. Para enterrarla, solicitó la ayuda de un joven al que apodaban el Alemán, por ser hijo de alguno de los caballeros del séquito que acompañó en su día al emperador Carlos I. Tras darle sepultura, Tomás le dijo a su acompañante que se iba hacia Peñalara, inhóspito lugar donde buscar una muerte rápida con la ayuda del diablo, al sentirse abandonado por Dios. Alemán le advirtió de lo desaconsejable que es hacer tratos con satán, ya que este nunca miente, pero engaña y guía por caminos equivocados. Le habló del caso de un paisano suyo, de nombre Fausto, que pactó con un demonio llamado Mefistófeles entregarle su alma a cambio de juventud y poder. Tomás le confesó entonces que vendería su alma al maligno por treinta años de dinero y juventud. Sin pensarlo, Alemán extrajo un trozo de pergamino de su morral para formalizar el pacto, que se firmaría con la sangre de Tomás, y como pluma se arrancó un colmillo de su propia boca. Alemán guardó el pergamino y arrojó el colmillo sobre una roca, para marca el lugar donde habría que rendir cuentas pasados los treinta años. Allí durante la noche, creció una enorme roca con forma de pirámide, a la que llamaron el Diente del Diablo. Pasados quince años, convertido Tomás en apoderado del emperador, denuncio por brujería ante el Santo Oficio a un alarife y a su hija, como venganza por la negativa del padre a entregarle a la doncella para satisfacer sus impulsos carnales. No obstante, el inquisidor, que se mostró suspicaz, le preguntó si estaba completamente seguro de la veracidad de lo denunciado, a lo que Tomás contestó que daría su alma en prenda de lo dicho. Entonces, el inquisidor le dijo que no prometiera lo que no era suyo, cayendo acto seguido Tomás de su caballo al mirar al rostro del inquisidor y darse cuenta de que le faltaba un colmillo. Quince años después, la gente ya no llamaba Diente del Diablo a la intrigante roca, sino la Cueva del Monje, por habitar en ella un ermitaño de nombre Arcadio. Aunque su aspecto era espantoso, se había distinguido como taumaturgo. Sintiendo próxima su muerte, pidió confesarse ante el abad de La Granja. El confesor dudó de que un anacoreta bondadoso pudiera tener muchos pecados, pero Arcadio le insistió en que los suyos eran los peores: renegar de Dios, vender su alma a cambio de poder, jurar en falso y ser culpable de la muerte de un buen hombre y de su hija. Si ahora quería confesarse era porque solamente había sido feliz en los últimos años de su vida dedicándose a hacer el bien. El abad le contestó que el diablo nunca miente, solo engaña, y que son las personas las que se dejan engañar porque entienden lo que quieren entender. Él prometió juventud y dinero, y cumplió. Para asombro de Arcadio, el abad le reveló que era su viejo amigo Alemán, y que precisamente ese día se cumplían treinta años del pacto y que, por tanto, lo que haya de ser de su alma ya no era de su incumbencia. El abad se marchó y la vida de Arcadio serenamente se fue acabando. Para el autor de Fausto, el mal, lo mismo que el error, son productivos. «Si no cometes errores, no obtendrás la comprensión», dice Mefistófeles al Homúnculo, y en una de sus máximas anotaba «a veces no comprendemos cómo un error es capaz de movernos e incitarnos a la acción con la misma fuerza que lo haría una verdad»[48].

Otra leyenda vincula la Cueva del Monje con los templarios. Cuenta la historia que un caballero de la Orden del Temple, de nombre Hugo de Marignac, partió de Francia con la secreta misión de esconder un tesoro en la montaña que llaman Siete Picos, en el valle de Valsaín. En la Corte, quedó prendado de la Condesa Blanca, pero ésta no le correspondía. Como último recurso para conseguir el favor de su amada, el templario requirió los servicios de un monje llamado Oriel, que vivía como ermitaño, en un lugar conocido como la Cueva del Monje. Oriel le exigió cometer algún acto monstruoso para satisfacer a Satán. Al día siguiente Hugo volvió a la Cueva del Monje con una criatura para su sacrificio. No siendo suficiente, el ermitaño le pidió también que le entregara el tesoro escondido en Siete Picos. Hugo le engaña haciéndole creer que así lo hará, por lo que pensando que el incrédulo monje tendría ya preparado el conjuro para conseguir los favores de la Condesa, ni corto ni perezoso mató a Oriel. En realidad, éste lo que había preparado era un conjuro para que la Condesa muriera, pues era consciente de la treta de Hugo. Días después el templario secuestró a Blanca. Perseguidos por una cuadrilla de soldados, el caballo que montaban se despeñó por un precipicio conocido como la Ventana del Diablo, desapareciendo los dos para siempre. Desde entonces, dice la leyenda que el alma de Hugo, ataviada con los hábitos de la Orden del Temple, sigue vagando por los pinares de Valsaín en las noches de ventisca.

Aunque no se ubique exactamente sobre territorio segoviano, sino en la vecina provincia de Ávila, en el término municipal de Peguerinos, existe una cavidad llamada Cueva Valiente o Cueva del Valiente, estrechamente vinculada con las localidades de El Espinar y San Rafael, pues su emplazamiento se divisa desde ambas. También se conoce con el mismo nombre la montaña, de 1.902 m de altitud, en cuya ladera se sitúa la cueva. Su ascensión ha constituido tradicionalmente un hito para los habitantes de las dos localidades mencionadas. El topónimo, no obstante, resulta controvertido. Para algunos, se debe a la existencia de la cueva. Otros sostienen que en origen se llamaba Prueba Valiente, figurando así incluso en la propia cartografía del Instituto Geográfico del siglo xix. La cueva no lo es tal en el sentido geológico del término, debido a la naturaleza litológica del substrato, que al ser granítica imposibilita la ocurrencia de fenómenos de espelogénesis (kársticos, por disolución, volcánicos, etc.). Su origen es inequívocamente artificial, debiendo tratarse muy probablemente de una antigua mina, ya que todo el sector de la Sierra de Guadarrama y de la Sierra de Malagón situado en torno a la localidad de San Rafael es rico en yacimientos minerales que han sido objeto de explotación intensiva durante los siglos xix y xx, e incluso desde mucho antes, ya que aparecen citados indicios de minerales de cobre y estaño en documentos del Reino de Castilla de los siglos xv y xvi[49]. No obstante, la tradición le atribuye tintes legendarios. La cueva en sí consiste en un túnel de unos 20 m de longitud, cuya sección va disminuyendo al adentrarse en él. Se abre en el frente de una gran pared de granito, a 1.780 m de altitud, bajo la cima de la montaña, orientada hacia el noroeste, bien visible desde el pueblo de El Espinar. Su localización y acceso requiere cierta atención, ya que cuesta encontrar la entrada. Se dice que fue refugio de lobos y cazadores, pero sobre todo de bandoleros, y en particular de uno llamado Juan Plaza, que la utilizaba como refugio y escondite de su banda, y que además acoge su sepultura. En la revista Peñalara de noviembre de 1914 se puede leer que «un antiguo guarda de Pinares Llanos asegura haber hallado excrementos de caballo en el interior de la cueva; y otro la relacionaba con el llamado Rancho de los Contrabandistas, ruinas perdidas que se ven en el pinar de Peguerinos…». Camilo José Cela, en su Cuaderno del Guadarrama, describió así la cueva: «Con el ánimo agachado, el vagabundo busca una cueva donde guarecerse. La boca de la cueva, acogedora y negra como la muerte, está adornada de helechos crecidos, de matas de oloroso cantueso, de piedras que fingen raras figuraciones, de misteriosos alientos y presentimientos». Otras leyendas hablan de la existencia de un laberinto que cruzaba la montaña hasta El Escorial, donde se escondía un tesoro protegido por un dragón[50]. En invierno, debido a la crudeza del clima, es habitual que se formen grandes carámbanos de hielo sobre su apertura, dándole la apariencia de una enorme y amenazante boca mostrando sus colmillos.




NOTAS

[1] SATUÉ, E. 1991. Religiosidad popular y romerías en el Pirineo. Diputación de Huesca. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca, pp. 93-95.

[2] ELIADE, M. 2013. Lo sagrado y lo profano. Editorial Paidós. Barcelona, pp. 14-16.

[3] SANZ ELORZA, M. 2015. Hagiotoponimia soriana. La impronta de lo sagrado en el paisaje. Revista de Folklore nº 399: 70.

[4] MARIÑO FERRO, X.R. 1987. Las romerías/peregrinaciones y sus símbolos. Edicións Xerais de Galicia S.A. Vigo, pp.13.

[5] CHRISTIAN, W.A. 1976. De los santos a María: panorama de las devociones a los santuarios españoles desde el principio de la Edad Media hasta nuestros días. En: LISON, C. (ed.) 1976: Temas de Antropología española, ediciones Akal, Madrid, pp. 94.

[6] SANZ ELORZA, M. 2020. Algunos indicios de chamanismo en los grabados rupestres de Domingo García (Segovia). Revista de Folklore nº 456: 40-41.

[7] SANZ ELORZA, M. 2016. Las iglesias monolíticas de Lalibela en Etiopía, Patrimonio de la Humanidad. Revista de Folklore nº 408: 39-63.

[8] FUIXENCH, J.M. 2002. Santuarios rupestres del Alto Aragón. Prames S.A. Zaragoza, pp. 110-129.

[9] CHRISTIAN, W.A. 1976. op.cit., pp.76.

[10] WEBER, M. 1904-1905 (2001). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Alianza Editorial. Barcelona, pp. 139-231.

[11] ACERBI, S.; TEJA, R. 2011. En las raíces del eremitismo cristiano: la vida en el desierto concebida como conquista del cielo en la tierra. En García de Cortázar, J.A, y Teja, R. (coord.) El monacato espontáneo. Ermitas y eremitorios en el mundo medieval: 13-14. Fundación Santa María la Real. Aguilar de Campoo, Palencia.

[12] Nota del autor: el sufismo es una suerte de versión mística del islam, que busca alcanzar una experiencia de lo divino a través del conocimiento de Alá. Se organiza por medio de las órdenes sufíes o tariqas, siendo sus dos principales rituales los ejercicios espirituales diarios, que incluyen meditación y retiro, y las reuniones periódicas de los iniciados donde se lleva a cabo la recitación de oraciones y cánticos.

[13] VORÀGINE, S. 2004. La leyenda dorada. Alianza Editorial S.A. Madrid, pp. 53-57.

[14] VELASCO, H. 2009. Naturaleza y cultura en los rituales de San Antonio. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares: 237-276.

[15] VAZQUEZ BORAU, J.L. 2019. Charles de Foucauld: encontrar a Dios en el desierto. Digital Reasons. Madrid, pp. 1-145.

[16] FOUCAULD, C. 2001. Viaje a Marruecos (1883-1884). Terra Incógnita, Palma de Mallorca, pp. 1-256.

[17] FOUCAULD, C. 2019. El modelo único. José J. de Olañeta, editor. Palma de Mallorca, pp. 1-88.

[18] SIX, J.F. 2008. Charles de Foucauld. Vida y camino. Ediciones Palabra. Madrid, pp. 454-457.

[19] VAZQUEZ BORAU, J.L. 2011. El evangelio de la amistad en Carlos de Foucauld. Editorial Desclée de Brouwer, S.A. Bilbao, pp. 21-33.

[20] SÁNCHEZ SANDOVAL, J.J. 2004. Sufismo y poder en Marruecos. Quorum Editores. Cádiz, pp. 123-124.

[21] ÁVILA GRANADOS, J. 2002. Enclaves mágicos de España. Editorial Planeta S.A. Barcelona, pp. 33-34.

[22] AMORÓS, P. 2018. Guía de la España misteriosa. Ediciones Luciérnaga. Barcelona, pp. 95-96.

[23] SOBRINO, M. 2013. Monasterios. Las biografías desconocidas de los cenobios de España. La Esfera de los Libros S.L. Madrid, 220-222.

[24] BUESA CONDE, D. 2002. Los monasterios altoaragoneses en la historia. Publicaciones y Ediciones del Alto Aragón S.A. Huesca, pp. 21-26.

[25] CARRERAS RAMÍREZ Y ORTA, J.A. 1702. Vida de el Sol de la montaña San Urbicio y veneración pública de su Santo cuerpo en la valle de Nocito. Zaragoza.

[26] BENITO MOLINER, M. 1995. Monasterios de tradición visigótica en la comarca oscense. En Homenaje a Antonio Durán Gudiol. Instituto de Estudio Altoaragoneses (Diputación de Huesca): 73-105.

[27] TEJA, R. 2016. De lugar sagrado pagano a lugar santo cristiano: la formación de una topografía religiosa entre Antigüedad y Medievo. En García de Cortázar, J.A, y Teja, R. (coord.) Los monasterios medievales en sus emplazamientos: lugares de memoria de lo sagrado: 35-36. Fundación Santa María la Real. Aguilar de Campoo, Palencia.

[28] Con respecto al concepto de hierofanía, véase ELIADE, M. 2013. Lo sagrado y lo profano. Editorial Paidós. Barcelona, pp. 14-16.

[29] SANZ, I. 2000. Hoces del Duratón. Un viaje mágico y deslumbrante. Edilesa, Trobajo del Camino (León), pp. 11-13.

[30] TARDÍO, T. 1997. Ermitas y santuarios de Segovia. Segovia al paso nº 4. Academia de Historia y Arte de San Quirce. Segovia, pp. 7-50.

[31] SANZ DE ANDRÉS, M.M. 2019. Los cementerios de la provincia de Segovia. Museos al aire libre. Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana. Manuel González Herrero. Colección Becas de Investigación. Diputación de Segovia. pp. 394-296.

[32] CALLEJA, T. 1988. Las mojadas de Caballar. ¿Milagro, superstición, o …? Edición de la Obra Social y Cultural. Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia. pp. 217-220.

[33] MARTÍN POSTIGO, Mª.S. 1984. San Frutos del Duratón. Historia de un priorato benedictino. Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia, pp. 15-16.

[34] MUNICIO, L.J. 2019. Epipaleolítico/Mesolítico y Neolítico. En Martínez Caballero, S. (coord.) Historia de Segovia y su provincia. 1. La Gea. La Protohistoria. La Prehistoria. Diputación de Segovia, pp. 264-270.

[35]FUIXENCH, J.M. 2002. op. cit. pp, 10.

[36] ANGULO, J.M. 2004. Las ermitas en la provincia de Segovia. Diputación Provincial de Segovia. pp. 293.

[37] LOBO IGLESIAS, E. 1992. La Fuencisla, corazón de Segovia. Cofradía de Nuestra Señora de la Fuencisla. Anzos S.A. Fuenlabrada (Madrid), pp. 86-88.

[38] ANGULO, J.M. 2004. op. cit. pp. 266.

[39] MERINO DE CÁCERES, J.M. 2003. El Monasterio de Santa María de Sacramenia. Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Segovia, pp. 13-17.

[40] SANZ ELORZA, M. 2020. op.cit. pp. 40.

[41] HERRERAS DÍEZ, A. 2011. Armuña. Un pueblo de la campiña segoviana (Historia documental). Ayuntamiento de Armuña. Segovia, pp. 53-64.

[42] CASTÁN, A. 2000. Lugares mágicos del Altoaragón. Diputación de Huesca y Diario del Altoaragón. Huesca, pp. 72-77.

[43] Nota del autor: la primera ascensión al Aneto la realizaron en 1842 el conde francés Albert de Franqueville y el ruso Platon de Tchihatcheff. Antes de alcanzar la cima, les sorprendió una estrecha arista de roca con precipicios a cada lado. En la narración de la epopeya, la compararon metafóricamente con el «Puente de Mahoma», pues en la tradición literaria islámica se explica que «terminado el juicio, los hombres pasan por un puente más fino que un cabello y más afilado que una cimitarra». Desde entonces, ha quedado el topónimo.

[44]a CASTÁN, A. 1981. Leyendas de moros en el Alto Aragón. En Beltrán A. (ed.) Actas del I Congreso de Aragón de Etnología y Antropología: 249-259. Institución Fernando el Católico (C.S.I.C). Diputación Provincial de Zaragoza.

[45] SANTAMARÍA, J.M. 1988. Segovia románica. Publicaciones de la Obra Cultural de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia. pp. 85-91.

[46] CHAULIÉ, D. 1880. La Cueva del Monje. Revista Contemporánea, tomo XXVII, mayo-junio: 34-42.

[47] PASTOR, J. 2012. Leyendas populares e insólitas de Segovia. Ediciones Derviche. Segovia, pp. 95-109.

[48] ELIADE, M. 1962 (2001). Mefistófeles y el andrógino. Editorial Kairós. Barcelona, pp. 78-79.

[49] DÍEZ HERRERO, A.; MARTÍN DUQUE, J.F. 2005. Las raíces del paisaje. Condicionantes geológicos del territorio de Segovia. Junta de Castilla y León. Valladolid, pp. 396-399.

[50] CALVO, N. 2005. Para chicos (y mayores) por «Aguas Vertientes». En Castrillo Mazeres, F. (coord.) Caminos de El Espinar. Ayuntamiento de El Espinar y Asociación Peña del Arcipreste. Madrid, pp. 206-209.



Santuarios rupestres de la provincia de Segovia

SANZ ELORZA, Mario

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 472.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz