Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz

Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Revista de Folklore número

470



Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede leer el artículo completo descargando la revista en formato PDF

El carnaval en La Mancha: de las cofradías de ánimas a la máscara callejera

MOYA GARCIA, Concepción / FERNANDEZ-PACHECO SANCHEZ GIL, Carlos

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 470 - sumario >



1. Introducción

El objetivo del presente trabajo es realizar un estudio de la estrecha relación existente entre las cofradías de ánimas y el carnaval en la Mancha, al igual que sucede en otras regiones españolas. Dichas cofradías surgieron en los años finales del siglo xv y comienzos del xvi. Se han encontrado referencias a las carnestolendas (carnaval) en pueblos de la Mancha desde el siglo xvii, aunque es desde el siguiente cuando se observa una amplia relación entre esta celebración y las cofradías de ánimas, cuyos miembros se disfrazaban o formaban alardes, para recorrer las calles pidiendo limosnas y donaciones en especie, durante los días de carnaval.

La fiesta se nutría de tradiciones y actos muy arraigados en la mayoría de los pueblos manchegos, como los ofertorios o pujas de donativos de los fieles, los desfiles de soldadescas y alardes, la procesión del tambor y la bandera acompañados de animeros vestidos para la ocasión, las «caballerías» con desfiles de caballos y acémilas, los «bailes de ánimas» con las pujas de las parejas, las «mojigangas» o representaciones teatrales, las danzas, las alegorías de la vida pastoril y de la defensa contra las alimañas.

La llegada del carnaval burgués, a partir de mediados del siglo xix con bailes en los casinos, elegantes disfraces de época, comparsas, estudiantinas, desfiles de carrozas y vehículos, fue desplazando poco a poco las tradiciones populares, desapareciendo muchas de ellas a finales del siglo xix y comienzos del xx. El carnaval de ánimas fue transformándose para dar lugar a la máscara callejera y los mascarones, que compartieron espacio con la fiesta más refinada de las clases pudientes hasta el comienzo de la Guerra Civil, que es el momento en el que concluye este estudio.

Pese a ello, en algunos lugares se mantuvieron las antiguas tradiciones ligadas al carnaval de ánimas, y en la actualidad podemos contemplar la celebración de ofertorios, cabalgadas o desfiles con banderas en algunos pueblos que conservan unas costumbres y tradiciones populares que sirvieron de base para el origen y el desarrollo del carnaval en la Mancha.

2. Las cofradías de ánimas y el carnaval en la Mancha

Las cofradías de ánimas del purgatorio surgen en la Mancha a lo largo del siglo xvi, encontrándolas por toda su geografía. En el Campo de Calatrava, las primeras que aparecen citadas lo hacen en Almagro y Daimiel, en la última década del siglo xv y en Malagón en 1502[1]. Durante las siguientes décadas irán surgiendo en la práctica totalidad de los pueblos, y allí donde no llegan a materializarse, se crean patronazgos como el de Manzanares en 1540, con la función de recaudar fondos para las misas de difuntos y por la salvación de las almas del purgatorio.

En el Campo de Montiel y en el de San Juan aparecen más tarde, y cuando no hay constancia de la creación de una cofradía, esta es sustituida por personas que recaudaban limosnas entre los vecinos, las cuales eran entregadas al capellán de ánimas que se encargaba de decir las misas. Eso ocurría en Fuenllana en 1535, creándose quince años más tarde una demanda de ánimas, con su mayordomo al frente[2].

A lo largo del siglo xvii fueron creciendo, como consecuencia de los importantes y continuos ingresos de las limosnas y las mandas testamentarias que se entregaban, asegurándoles una situación económica saneada. En Manzanares, su cofradía contaba con 14 cartas de censo cuyo capital era superior a 137.000 maravedíes, que con un interés del 5%, le aseguraba unos ingresos de 6.884 maravedíes anuales, junto a dos parcelas de tierra. A ello se sumaban las limosnas, encargando los visitadores calatravos a su mayordomo que nombrara personas para recorrer el pueblo pidiéndolas y capellanes que celebrasen las misas que debían oficiarse «en amaneciendo para que los buenos ombres del pueblo la puedan oyr y se vayan a sus travajos, excepto los dias de domingo y fiestas de olgar que en los tales, mandamos que no se diga misa alguna antes de la mayor»[3]. Las misas de ánimas se decían los días laborables a primera hora de la mañana, para que los vecinos pudieran escucharla antes de acudir a sus labores diarias, mientras que los domingos y festivos se retrasaban, para no restar asistencia a la misa mayor.

En esos momentos, ya se celebraban los carnavales en algunos pueblos, como Almagro, donde entre 1602 y 1614 el consistorio regalaba perdices a los gobernadores, alcaldes mayores y regidores «por las carnestolendas»[4], aunque será en el siglo xviii cuando aumenten las noticias sobre dichas celebraciones en la mayoría de los pueblos manchegos, así como su conexión con las cofradías de ánimas.

En Herencia, el sacristán mayor de la iglesia, Manuel López Gascón, presentó un informe al final de su mandato, en el que indicaba que entre 1720 y 1742, durante los años que ejerció el cargo, se pagaban 60 reales por un túmulo grande para la función de ánimas, que se celebraba durante las carnestolendas[5]. En febrero de 1766, se fundó una cofradía de ánimas, formada por doce eclesiásticos y doce seglares, saliendo cada mes a pedir limosna. El domingo y el martes de carnaval celebraban dos misas por las ánimas, así como un convite con vino y bizcochos durante la fiesta[6].

Durante el siglo xviii se observa una amplia relación entre la fiesta del carnaval y las cofradías de ánimas. Sus miembros recorrían las poblaciones solicitando aportaciones y limosnas, acompañados de un tambor y una bandera, en ocasiones disfrazados o acompañados de una compañía o alarde, que apoyaba su actuación y le daba mayor vistosidad.

Esta relación la encontramos en Calzada de Calatrava, donde la cofradía nueva de ánimas, creada en 1727, realizaba una función el martes de carnestolendas, con vísperas, misa, sermón nocturno y procesión, que se pagaba con las limosnas recogidas los quince días anteriores, invirtiendo el dinero sobrante en misas. En Ciudad Real había tres cofradías de ánimas, una en cada parroquia, contando todas ellas con soldadescas.

La población en la que se observa un mayor desarrollo de la fiesta es Daimiel, donde la cofradía y soldadesca de las benditas ánimas de la parroquia de Santa María, con ordenanzas aprobadas en febrero de 1657, tenía agregadas otras llamadas de «Moros y Cristianos» y de «los Rotos» junto a otras «mojigangas», las cuales paseaban por sus calles los tres días de carnestolendas, recogiendo limosnas y ofrecimientos, con los que se hacían honras a las ánimas, y lo sobrante se entregaba a los sacerdotes y religiosos para misas por ellas.

En el Campo de Montiel, también encontramos soldadescas que recorrían las calles disfrazadas durante el carnaval, para aumentar la devoción y obtener una mayor recaudación. En Torrenueva, el pueblo promovía cada año «una soldadesca reducida a excitar limosnas para las benditas Ánimas las que combierten en misas y sufragios», mientras que en las poblaciones de Carrizosa, Fuenllana y Castellar de Santiago, se formaba una compañía con capitán y alférez por devoción voluntaria, que se encargaba de recolectar el dinero «en tiempo de Carnestolendas en cada año», gastando los dos oficiales en la primera de dichas poblaciones 120 reales, en la segunda 100 y en la tercera 44, de sus propios bienes en la función con misa y sermón, mientras que las limosnas recolectadas se utilizaban para misas rezadas por las ánimas del purgatorio.

Cózar contaba con dos cofradías de ánimas y la «nuevamente creada»; durante el tiempo de carnestolendas formaban una soldadesca que recogía limosnas voluntarias y en los tres días de dicho tiempo hacían funciones en la iglesia, mientras que en Ossa de Montiel, aunque no había cofradía, se reunían varias personas que formaban una soldadesca y durante el carnaval realizaban un ofertorio, utilizando parte de lo recaudado en una función de ánimas en la iglesia parroquial. En otras poblaciones como Villahermosa y Villamanrique, la cofradía se limitaba a pedir limosna durante el carnaval, realizando las mismas funciones y misas que en el resto de pueblos citados.

Un caso curioso es el de La Solana, donde la cofradía se denominaba, de forma vulgar como «soldadesca de ánimas». Ésta se componía de doce capitanes y en cada una de sus compañías había un alférez, dos sargentos, cuatro escuadras y unos cuarenta soldados. Durante las fiestas de carnaval se celebraba un ofertorio, recogiendo limosnas de diferentes formas: con bacías (recipientes utilizados para ello), mojigangas (breves obras teatrales con figuras cómicas y extravagantes), almonedas (subasta de productos donados) y bailes, llegando a recoger hasta 4.000 reales, que se invertían en misas, cera y fiestas en la iglesia con sermón. Cada uno de los capitanes se gastaba de su propio peculio unos 300 reales para ofrecer un refrigerio de bebida y comida a los miembros de su compañía[7]. Se observa, teniendo en cuenta el número de capitanes y compañías, así como de sus componentes, que la participación era bastante elevada alcanzando el medio millar de personas, un porcentaje considerable, si tenemos en cuenta que la población total de la localidad era de unos 6400 habitantes.

La cofradía de ánimas de Manzanares se estableció en la ermita de Santa Quiteria, y se unió a la de Nuestra Señora de la Paz, aunque siguió manteniendo su vinculación con las ánimas del purgatorio, celebrando todos los años sus fiestas durante los carnavales, en los que realizaba un ofertorio, en el que se subastaban y rifaban los productos donados por los fieles. La celebración del ofertorio está documentada a lo largo del siglo xviii, constatando la variedad de productos pujados. En 1721 se produjo la rifa de un carnero, diez celemines de centeno, una cantidad indeterminada de trigo «y otras limosnas», mientras que hay citas sobre el cepillo y las misas en los años 1777, 1780, 1799, 1803 y 1816[8]. Sin embargo, a lo largo del siglo xix fue abandonando poco a poco sus actividades.

3. El carnaval callejero y burgués en la segunda mitad del siglo xix

En la segunda mitad del siglo xix, el carnaval vivió un gran auge, convirtiéndose en una de las fiestas más animadas del calendario, contando con una gran aceptación ciudadana, con desfiles de máscaras y bailes, aunque también provocaba división y antagonismo entre las capas sociales más liberales y jóvenes, frente a la parte de la sociedad más religiosa, que veía en esta fiesta un ataque a sus ideas y al período de la cuaresma, realizando actos de desagravio por los excesos carnavalescos.

Los bailes en los casinos y locales se sucedían en los pueblos importantes de la Mancha, acompañados en ocasiones de desfiles de carrozas, estudiantinas y otras actividades lúdicas. En 1851, la sociedad del casino de Alcázar de San Juan fundada el año anterior, ya realizaba dos bailes de carnaval en febrero, que al año siguiente se incrementaron con otro el domingo de Piñata, rifando en este último un cubierto de plata. En 1854, aumentaron hasta cuatro, además de una obra de teatro, manteniéndose en las décadas siguientes[9].

En Valdepeñas, Juan de la Cueva García solicitó en 1874 la cesión del local de la Escuela Elemental para celebrar dos bailes de máscaras, y se le concedió con la condición de que entregara parte del producto obtenido para algún fin benéfico[10]. En 1886, las fiestas incluyeron la formación de estudiantinas infantiles, siendo organizadas por la sociedad «La Juventud», los días 7, 9 y 14 de marzo. Dos años más tarde, fueron dos los promotores repartiéndose los días de fiesta, «La Juventud» realizó los bailes el primer y tercer día de carnaval, así como el domingo de piñata, en una casa en la que tapizaron y decoraron el salón; mientras que el Círculo de la Concordia abrió sus salones el segundo día, para la «alta sociedad aristocrática», buscando una clientela más distinguida. En estos momentos se observa claramente la separación entre el carnaval joven y callejero con mayor animación, y el burgués centrado en las sociedades más selectas y casinos, buscando una mayor vistosidad en los trajes y disfraces.

Para animar las fiestas, se formó en 1892 una comparsa de jóvenes agrupados en la sociedad «La Armonía», recorriendo las calles disfrazados junto con una orquesta. Al año siguiente se creó una nueva sociedad, «El Antifaz», que realizó tres bailes los días 12, 14 y 19 de febrero, con un gran éxito e infinidad de máscaras, permitiéndose incluso gastar bromas a las autoridades. Para completar la fiesta, la banda de música transitó por el pueblo, tocando diversas piezas. En 1895 aumentaron los locales donde se celebraban bailes: el teatro Principal, el casino de la Amistad y el casino Liberal[11], lo que muestra el gran auge que estaban tomando las fiestas.

En Daimiel destacaba el teatro Ayala, donde se celebraban bailes el domingo, el martes de carnaval y el domingo de Piñata, encargándose de amenizarlos la banda municipal. En ellos predominaban las mujeres jóvenes disfrazadas, lo que nos indica una mayor implicación del género femenino en el carnaval burgués. Otro elemento importante eran las estudiantinas, grupos de jóvenes disfrazados, que recorrían la localidad tocando piezas musicales y pidiendo una pequeña aportación al público, manteniendo el carácter postulante de la fiesta, aunque en este caso en lugar de ser para las ánimas, era para financiar su mantenimiento. En 1886 fueron dos las que se formaron, destacando la «Sociedad de Música», que de lo recaudado entregó veinte pesetas para los pobres.

Las máscaras y disfraces no se limitaban a las salas y casinos, aunque fuesen el principal foco de atracción. Durante las tardes del lunes y el martes de carnaval de 1886, los jóvenes de Daimiel, al contrario que en años anteriores que solo se disfrazaban para los bailes, estuvieron recorriendo las calles de la localidad con sus máscaras, visitando a amigos y parientes, lo que favoreció una gran animación y alegría en todo el casco urbano, provocando el incremento del carnaval callejero. El miércoles, la actividad se desplazaba al paseo del Carmen y la zona del río, donde la gente paseaba y participaba en bailes al aire libre.

Las fiestas alcanzaban una gran vistosidad en Almagro, con numerosas carrozas y máscaras por las calles, formándose magníficas comparsas para recibir al personaje que simbolizaba la llegada del carnaval. El entierro de la sardina se celebraba con gran pompa, cuyo desfile incluía bengalas, música y carrozas alegóricas, llegando a treinta en 1899, un número nada despreciable, siendo precedidas de batidores, timbales y clarines.

Los bailes eran la principal animación de Manzanares, destacando los del Círculo de la Confianza y el casino Primitivo, permitiendo la entrada a los socios de todos los casinos, para fomentar una mayor asistencia y mejor relación entre ellos. El carnaval callejero también destacaba, representado en este caso por las clases más populares. En Miguelturra los bailes eran muy animados, celebrándose en el Centro de la Amistad y el Círculo Liberal, mientras que en Santa Cruz de Mudela se realizaban en el teatro, a beneficio de la sociedad «Amigos de los pobres»[12].

Los ayuntamientos promocionaban la celebración de estas fiestas, facilitando locales adecuados para ello. El de Campo de Criptana adjudicó en pública subasta la panera del pósito a Valeriano Bernard en 1891 por 611 pesetas, pero los dos años siguientes se la cedió gratuitamente a las bandas de música dirigidas por los señores Pozo y Gómez, a cambio de que estas concurrieran alternativamente y sin remuneración, a las fiestas cívico-religiosas en las que asistiera la corporación municipal. A la iniciativa pública se unió la privada, cediendo la junta del casino Primitivo en 1899, el salón de la planta baja del mismo, a una sociedad de jóvenes.

El consistorio de Almadén entregaba el salón del Buen Recreo, que era de su propiedad, a la banda municipal de música para los bailes en carnaval durante la última década del siglo, mientras que el de la Carnicería se adjudicaba en subasta pública con el mismo fin. En Villarrubia de los Ojos, el local escogido fue la escuela de niños de la calle Iglesia, concedida a Dámaso Barbé López en 1892 para cuatro bailes de máscaras, abonando como contraprestación un donativo de 40 pesetas, mientras que en Villanueva de los Infantes, Vicente González Quílez pagó 300 en 1896, por los salones del edificio que había sido convento de Santo Domingo. Las facilidades también llegaban a los lugares más pequeños, pues el ayuntamiento de Ciudad Real dio licencia en 1894 al hermano mayor de la cofradía de ánimas de la aldea de Las Casas, para tirar un tabique de la escuela, con objeto de facilitar la celebración de los «bailes que son de costumbre en Carnaval»[13].

El domingo de Piñata, en el que se despedía el carnaval, era una fiesta que iba tomando cada vez más auge con las cabalgatas, destacando la formada en 1889 en Manzanares, por un grupo de amigos encabezados por José María Peña. Llegaron a reunir unas cincuenta personas, que salieron desfilando en formación, encabezada por cuatro batidores a caballo con trajes a la antigua usanza española, seguidos por una charanga con levita y sombrero montada sobre burros; un portaestandarte y una sección de alabarderos vestidos de blanco también sobre burros, escoltando al dios Baco con su séquito; un escuadrón de lanceros con capa blanca y sombrero de copa sobre las mismas acémilas, para concluir con una galera adornada con telas de todos los colores en la que se alojaban la orquesta y los encargados de repartir dulces a las damas, durante el recorrido[14].

4. Normas municipales para el control del carnaval

A finales del siglo xix, ante el continuo aumento y desarrollo de la fiesta, los ayuntamientos comenzaron a regularla, dictando normas para su control, las cuales siguieron con una estructura muy similar en los comienzos del xx.

El ayuntamiento de Valdepeñas publicó en 1892 un bando en el que establecía las normas que habían de regir en los disfraces de carnaval, para evitar que éstos fueran ofensivos contra el gobierno, el ejército y la religión, u ocasionaran altercados de orden público, con las siguientes prohibiciones: vestir traje de ministro de la religión católica, militar a la moderna, magistrado de los tribunales de la nación, caballero de las órdenes militares y cualquier otro uniforme que usen las clases del Estado; proferir expresiones deshonestas que ofendan la moral y las buenas costumbres del pueblo; arrojar desde calles, balcones y ventanas, objetos que puedan hacer daño o perjudicar a los transeúntes o personas; llevar armas de fuego o blancas ocultas, ni ostensiblemente; ir por las calles con careta después del toque de oraciones; llevar pendones con caricaturas, alegorías escandalosas o representación de escenas políticas. En caso de incumplimiento, la autoridad procedería a la detención inmediata de las máscaras que transgredieran estas normas.

Las ordenanzas municipales de Daimiel, publicadas en 1888, dedicaban el artículo 7 en su totalidad al carnaval. En él se prohibía portar armas y usar trajes ofensivos al pudor, así como cometer acciones contra la moral o pronunciar cantares que pudieran inferir igual ofensa. Una apostilla al final, indicaba que estas prohibiciones no se referían sólo a esa fiesta, sino que tenían un carácter permanente[15].

Las limitaciones buscaban, sobre todo, impedir los conflictos y altercados, evitando que las personas disfrazadas portasen armas, pero también se centraban en temas morales, prohibiendo los vestidos poco pudorosos, que atentasen contra la moral existente, y disfrazarse o burlarse de los poderes fácticos del momento (militares, fuerzas del orden, religiosos, jueces y políticos).

En Alcázar de San Juan, fue en 1920 cuando las ordenanzas municipales regularon los carnavales, dedicándoles cinco de sus artículos. En ellos se permitía andar por las calles con disfraz o máscara, aunque solo hasta la puesta del sol; se prohibía el uso de armas y de vestiduras que imitasen los hábitos religiosos o de órdenes militares, los uniformes del ejército y de funcionarios públicos, prohibiendo asimismo las parodias que ofendiesen la religión, la decencia y las buenas costumbres, así como las que insultasen o atacasen al honor o la reputación de las personas. Por otro lado, permitía a los agentes de la autoridad obligar a las personas que alterasen el orden o no guardasen el decoro necesario a que se descubrieran, así como a detenerlos cuando faltasen a las ordenanzas, bandos y reglamentos[16].

El alcalde de Ciudad Real promulgó un bando en 1921, por el que prohibía la «circulación de máscaras, con la careta puesta por la vía pública de esta población durante los días en que se acostumbra a celebrar dichas fiestas», mientras que en los lugares cerrados no se podía portar armas, usar trajes de ministros, de religión, de órdenes religiosas o insignias militares, disparar petardos ni carretillas, ni molestar con formas violentas o actos agresivos.

Pese a la profusa reglamentación, no siempre se cumplía, destacando las críticas que se hicieron en 1911 a las coplas de las murgas en Ciudad Real, de las que se dijo en una queja al alcalde en la que se pedía la censura previa, que estas «eran enormemente verdes, señor alcalde, muy verdes»[17].

5. Pervivencia de costumbres atávicas en el carnaval de finales del siglo xix y comienzos del xx

En los años finales del siglo xix, el carnaval en la Mancha había evolucionado hacia una fiesta popular, con bailes, desfiles, estudiantinas y mascaradas, pese a lo cual se conservaban en numerosos pueblos las tradiciones que habían formado parte de su sustrato original, ligado a las cofradías de ánimas, los ofertorios, las procesiones de peticionarios acompañadas de tambores, banderas y danzas, los recorridos de caballerías o las representaciones de la vida pastoril y los peligros que le acechaban, disfrazándose de lobos y otros depredadores del ganado. En todas estas actuaciones se buscaba la obtención de fondos para las misas de difuntos, en una catarsis frente a la muerte, realizada mediante el disfraz, la música y la danza.

Hacia 1886, se indicaba en Daimiel que mientras que en las grandes ciudades se celebraban los bailes de máscaras con gran ornato, en los pueblos aunque sean de importancia, tienen un nombre «casi fantástico»: bailes de ánimas. Al tener un carácter religioso, podían ser frecuentados por «muchachas honestas», y el dinero obtenido se gastaba en la cera que iluminaba el altar de las ánimas. En estos carnavales se mantenían las tradiciones del tambor de los «Rotos», que anunciaba la fiesta, las concordias de galanes y pastores, los ofrecimientos y las máscaras de carnaval.

El baile de ánimas era una ancestral tradición, que se celebraba en un salón espacioso y recién blanqueado, alrededor del cual se colocaban sillas de enea en las que se sentaban las mujeres, mientras que en un lateral se situaban la banda de música y las autoridades o personas mayores encargadas de regularlo. Cada pieza del baile tenía un precio, que debían pagar los hombres que se agrupaban en la entrada del local conviniendo, entre ellos, a quien iban a invitar a bailar y el precio que pagarían.

Manzanares celebraba un evento similar llamado «el baile de la puja», presidido por un sacerdote. En él se subastaban los bailes con las mujeres asistentes que se prestaban a ello, y lo mismo se podía pujar para bailar con una de ellas, como para evitar que otro de los pretendientes lo hiciese. En ocasiones eran pujas pactadas, pues la pareja se había puesto de acuerdo, pero otras veces se producían situaciones violentas por las disputas o los celos, lo que provocó que a finales del siglo xix acabaran decayendo.

En Daimiel, era precedido por las concordias, que eran dos: la de los galanes y la de los pastores, que contaban con varias insignias u oficios, un bastón y una bandera multicolor, que portaban los vecinos de la villa que habían ofrecido mayor cantidad de dinero por llevarla. Para decidir quien portaba cada elemento, durante la concordia se procedía a la puja entre los interesados. Lo obtenido en las dos concordias se utilizaba para sufragar las misas y la cera de ánimas.

Otra antigua tradición eran las «caballerías» y cabalgatas que recorrían en loca carrera las calles y plazas de la población, siguiendo el agudo sonido del clarín. En Daimiel, cada una de sus dos parroquias vestía con plantas, ramajes y frutas una carroza que adornaba con sus banderas, siendo acompañada por un nutrido tropel de jinetes. Durante las fiestas se celebraban dos: la caballería mayor y la menor, siendo ganada por norma general cada una de ellas por una parroquia, evitando de esta forma los desencuentros.

Poco a poco, estas tradiciones fueron cayendo en desuso, y en 1886 al no haber ninguna persona que quisiera desempeñar los oficios de ánimas, tuvo que ejercerlo un representante municipal, al tiempo que la concordia de los galanes suprimió el tambor en sus actos, alegando el luto de algunos de sus miembros, siendo cada vez menor el número de caballerías que acudían a la convocatoria[18].

Una costumbre similar tenía lugar en Torrenueva, conocida como la «borricá», en la que los vecinos montados en caballos, burros y mulas, recorrían el pueblo el martes de carnaval, acompañando al jinete que ondeaba la bandera de las ánimas del purgatorio y al tambor, recogiendo donativos. Su cofradía fue creada en 1694, comprometiéndose a formar dos compañías, una de gala y otra de disfraz, para pedir limosnas y realizar ofrecimiento con lo recogido[19]. En 1911, la fiesta que ya es citada como la «borricá», es descrita de manera muy similar a la actualidad, ya que en esta localidad se sigue celebrando. En cabeza iba una persona tremolando la bandera, seguida por más de un centenar de jinetes subidos en toda clase de semovientes. Ese año la bandera era portada por Onofre Bermúdez, mayoral de Doña Isabel Martín, en cumplimiento de una promesa hecha por la sanación de su mujer de una grave enfermedad. El tamboril que acompañó el acto fue Esteban Fernández Huertas[20].

En otros lugares había actos con caballos, pero eran distintos, como en Manzanares, donde se les denominaba la «carrera de cintas» y el «pique de naranjas». Los jinetes dotados de grandes varas, debían hacerse con las cintas, pollos y naranjas que habían sido instalados a lo largo de la plaza pública, lo que los hacían muy vistosos. Estas actividades no estaban exentas de crueldad con los animales, llegando a descabezarse algunas gallinas. El público llenaba tanto los balcones como los soportales de la plaza.

Una actividad similar se llevaba a cabo en Miguelturra, conocida como el «descabezo», en la que los jinetes montados sobre sus caballos, debían arrancar la cabeza de gallos y gallinas que se habían colgado en un alambre situado en la calle Ancha, contando con un gran número de espectadores.

Otras de las costumbres ancestrales del carnaval estaban relacionadas con los pastores y con la protección del ganado contra sus depredadores, siendo el lobo el más destacado de ellos, pues diezmaba el ganado de forma regular. Manzanares celebraba durante el carnaval una actividad conocida como «fiesta de los pastores», en la que éstos instalaban rediles y corrales para el ganado, construían sus chozas típicas, encendían hogueras y cocinaban sus tortas en la plaza mayor, disfrazándose de lobos, perros y pastores, escenificando varias funciones. Los primeros días del carnaval, así como algunos domingos y festivos, se salía a jugar la bandera, al compás de un tambor y un bombo, acompañándola «disparando tiros y pidiendo cuartos». El bombo se tocaba utilizando una maza en una mano y en la otra un «hacecillo de varitas finas», lo que le daba un sonido característico. El martes de carnaval se montaban los rediles en los que se encerraba el ganado, simulando el ataque de los lobos a los que recibían a tiros, al tiempo que echaban ceniza a todas las personas que pasaban por la plaza o sus inmediaciones. Con el tiempo, fue cayendo en desuso, de forma que en 1885 los actos fueron fríamente ejecutados y recibidos por el público, mostrando una falta de interés, tanto entre los actuantes como entre los espectadores[21].

En Albaladejo, había otra tradición con un personaje denominado el «lobero» que recorría las calles disfrazado de lobo. A comienzos del siglo xx, se indica que la costumbre se realizaba desde tiempo inmemorial, existiendo una cofradía de ánimas desde al menos el primer tercio del siglo xix, cuya misión consistía en allegar recursos para la celebración de un novenario y misas de réquiem por las almas del purgatorio. Los miembros de la hermandad, con varios distintivos e insignias, entre los que destacaban el bastón, pica, bandera y tambores, recorrían las calles pidiendo limosnas, durante los días de carnaval. Cuando la cuantía de lo entregado lo merecía, se «corría la bandera», bailaban los danzantes que acompañaban a los peticionarios y corría el lobero, que es descrito como un «grotesco personaje que hace las delicias del público, con el terrible látigo, amenazador tras los chiquillos».

La fiesta concluía cantando en la parroquia unas solemnes vísperas con exposición del Santísimo, y con el tradicional ofrecimiento, realizado ante un crucifijo colocado en un improvisado altar en la sala de sesiones del ayuntamiento, junto a un tribunal formado por las autoridades civiles, judiciales y eclesiásticas de la villa[22].

Esta tradición se mantiene prácticamente intacta en la actualidad con el «loberico», que es una alegoría del hombre convertido en lobo, acompañado durante su recorrido por los danzantes de ánimas, conservándose constancia escrita de la existencia de la cofradía de ánimas en los libros parroquiales desde al menos 1807, así como de las limosnas recogidas, el nombramiento de los tamborileros y danzantes para el carnaval de 1847 y de los oficiales y sargentos del año siguiente, que serían los portadores del bastón y la pica[23].

Los pastores de Daimiel salían el «jueves de comadre», recorriendo las calles acompañados del redoblante y de la bandera de los oficios, pidiendo para el sostenimiento del culto de las misas de ánimas[24].

Una tradición muy arraigada en la mayoría de los pueblos era el ofertorio, que consistía en la subasta de los bienes donados, y que todavía hoy se conserva en Herencia, donde a comienzos del siglo xx se desarrollaba a lo largo de nueve días, terminando el último día del carnaval. El momento culminante era conocido como ofertorio público, que tenía lugar en la plaza Mayor, la tarde del martes. Al acto asistían «grandes contingentes de forasteros» deseosos de participar, contando con la presencia de las autoridades y los mayordomos de ánimas, que eran los encargados de organizarlo, haciendo estipendios de su propio peculio, mientras el pueblo depositaba sus ofrendas para luego subastarlas.

Los ofrecimientos eran tanto en dinero como en especie, destacando las aves de corral, reses lanares y toda clase de objetos, en especial de artesanía. Estos eran pujados al final del acto, y el importe se publicaba en voz alta. Una vez deducidos los gastos de la fiesta, los ingresos se dedicaban a sufragar las misas llamadas de alba y de doce, todos los domingos y festivos del año, así como los sermones que en la iglesia parroquial se celebraban en sufragio por las ánimas, durante los días de carnaval. Si sobraba dinero, el remanente se utilizaba para el novenario de ánimas, que tenía lugar en el mes de noviembre.

El dinero obtenido durante el ofertorio era considerable, e incluso en años que son descritos de difíciles circunstancias, como ocurre en 1916, el total de ingresos de las ofrendas de la tarde del martes, más las limosnas diarias recogidas durante los últimos tres meses para dicho fin, ascendieron a 1.475,05 pesetas. Dos años más tarde, el dinero reunido aumentó hasta las 1.542 pesetas[25].

En Valdepeñas, la cofradía de ánimas, tenía la costumbre de recorrer las calles de la población los días de carnaval, recogiendo limosnas, que en 1889 ascendieron a 1.258 reales. Con los donativos en especie, se realizaba una tradicional subasta el primer domingo de Cuaresma[26].

Villafranca de los Caballeros (Toledo) celebraba, desde hacía unos trescientos años, la fiesta de las ánimas. El 25 de diciembre salían los miembros de la cofradía a invitar al pueblo y prepararlo para las fiestas, llevando los mayordomos unas picas adornadas con flores, y junto a sus familias recorrían las ermitas y las calles de la localidad. Durante el carnaval salían de nuevo los mayordomos, con unas cintas en el hombro, acompañados de los pajes, unos niños vestidos a la antigua usanza, y la bandera que era volteada para celebrar la fiesta, así como de los tambores. También se realizaba el tradicional y generalizado ofertorio, con la subasta de los bienes donados[27]. Todas estas costumbres, así como la de invitar a los vecinos a un «puñao» de frutos secos, se mantienen en la actualidad.

El carnaval de Alcázar de San Juan tenía la peculiaridad de realizarse durante las Navidades, los días 25, 26 y 28 de diciembre y el 1, 6 y 7 de enero. En la prensa de comienzos del siglo xx, se indica que era una costumbre ancestral y «añeja». Estas fiestas formarían parte de las conocidas como «ciclo de invierno», entre las que destacaban los Santos Inocentes. Cuando en 1850 se fundó el casino, se comenzaron a celebrar los bailes de carnaval en febrero, pero pocos años después se trasladaron a la Navidad, tal vez siguiendo una tradición popular. En el siglo xx, la fiesta seguía el mismo formato que el resto de los carnavales, con bailes en los salones de recreo (casino Principal, teatro Moderno y Círculo Republicano), concediendo el ayuntamiento premios a las carrozas, carruajes, máscaras y estudiantinas que tomaban parte «en la original mascarada». A lo largo del trayecto se instalaban tribunas, para que el público disfrutara del espectáculo[28].

Esta celebración puede estar ligada a la fiesta de las ánimas, que en algunas poblaciones se realizaba el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Esto todavía sucede en una población del Campo de Montiel, Almedina, donde el animero mayor ataviado totalmente de rojo y con cascabeles en su sombrero, recorre el pueblo acompañado de los animeros con la bandera negra de la hermandad, un crucifijo y cestas en las que recoger las donaciones en especie de los vecinos, y un calcetín para las realizadas en metálico, que son utilizadas para las misas de difuntos.

Por la noche, se celebraba el baile de ánimas, de forma similar al que se realizaba durante el carnaval, en Daimiel o Manzanares. En él los hombres pujaban por bailar una pieza con una mujer y cuanto más alta era la cantidad aportada, más orgullosa se sentía la «ofrecida»[29]. Esta tradición aún se mantiene, aunque desde hace unos años, las mujeres también tienen la posibilidad de pujar por los hombres.

6. El carnaval en las primeras décadas del siglo xx

La llegada del siglo xx supuso un aumento del esplendor del carnaval, continuando con la tendencia vivida en las décadas finales del siglo anterior. El lugar donde la fiesta alcanzó mayor auge fue en la capital, Ciudad Real. Durante las dos primeras décadas del siglo, se celebraban grandes bailes: tres en el casino y dos en cada uno de los tres círculos principales de la localidad, que contrataban teatros para ello: la Concordia el de Verano, el Casino Artístico el Cervantes y el Círculo de Recreo el Bermúdez. Además, no dejaba de manifestarse el carnaval popular, no tan del gusto de los redactores periodísticos: «mascarones ridículos hasta ser grotescos», pero que reflejaban la voluntad del pueblo de disfrazarse con cualquier cosa que tuviera a mano.

El traslado del desfile al parque Gasset en 1919 provocó una gran revitalización de la fiesta, al tener lugar en un espacio amplio y ajardinado, junto a la convocatoria de un concurso, con premios en todas las categorías, que comenzaba el domingo a las tres de la tarde, con numerosas carrozas y coches engalanados, y una multitud de personas disfrazadas a caballo y a pie. A continuación iba el desfile precedido por la banda municipal, y escoltado por máscaras portando antorchas.

El resto de los días, el paseo servía como lugar de encuentro de máscaras y disfraces, contando con unas «tascas plebeyas» que aumentaban la asistencia popular. El martes a las seis de la tarde se realizaba otro desfile que recorría las calles principales, pasando por la plaza Mayor. Las fiestas concluían el domingo de Piñata, en el que destacaba el baile de la Prensa, ese día en el parque había más «mascaras vulgares». Los años siguientes sirvieron para consolidar la fiesta, aumentando el número de carrozas y vehículos que participaban en los desfiles[30].

Valdepeñas seguía la misma tendencia. En 1901 la sociedad «Confetti» organizó cuatro magníficos bailes, durante las noches de carnaval y el domingo de Piñata, con premios para el disfraz más bonito y caprichoso, el más original y al traje regional mejor copiado. En los años siguientes, cada círculo proyectó sus propios bailes, destacando los celebrados por la Confianza, la Concordia y el Republicano. En 1910, la novedad fue la implicación de los niños en la fiesta, organizándose una comparsa infantil, formada por 18 niños de 7 y 8 años, vestidos con artísticos disfraces. El año siguiente, el desfile se llevó a cabo en la calle Seis de Junio, con la asistencia de siete u ocho mil personas, aumentando la animación en los últimos días, llenando las comparsas, estudiantinas y mascaradas toda la ciudad. Los bailes seguían siendo la principal atracción de la fiesta, por lo que era prácticamente imposible circular por ellos a partir de las diez de la noche[31].

En Manzanares, en 1910 se celebraron bailes en los casinos Primitivo y Mercantil. El primero de ellos, cobraba entrada únicamente a los hombres, con el objetivo de favorecer una numerosa asistencia femenina. La apertura del Gran Casino dio un gran realce a la fiesta, y en 1919 se llegaron a celebrar cuatro bailes en dicho local: el domingo, lunes y martes de carnaval, junto al domingo de Piñata. El martes, además del de adultos, se programó otro infantil, para que los más pequeños comenzaran a iniciarse en la celebración. El carnaval burgués coexistía con el popular, que en 1910 tuvo una alta participación, con gran número de vecinos disfrazados en las calles, gracias al tiempo primaveral. En ocasiones, cuando la meteorología y la economía lo permitían, el ayuntamiento celebraba un baile al aire libre, para que acudiera todo el pueblo, aunque intentaba que no coincidiera con los de los casinos. En 1919, se realizó el jueves 6 de marzo, en los cinco paseos de la Alamedilla, siendo la asistencia masiva[32].

Herencia, al tiempo que realizaba el ofertorio y los actos religiosos, celebraba los festejos lúdicos. En 1910, el domingo apenas hubo animación, pero al día siguiente que amaneció espléndido y primaveral, las calles se llenaron. El martes cuando se unían lo profano y lo religioso, el pueblo entero se reunía en la plaza, desfilando más de cien carruajes vistosamente ataviados. Apenas podían circular los coches y caballos por la aglomeración existente, y desde los balcones, rebosantes de público, volaban los confetis, serpentinas y caramelos. Los bailes de carnaval se celebraban en seis locales: Nuevo Casino, Círculo Recreativo, Sociedad Obrera y en los salones de las tres escuelas de la villa. El local de moda, donde se concentraba la burguesía, era el Nuevo Casino. A su magnífico salón, fastuosamente decorado y alumbrado, concurría lo más selecto de la sociedad herenciana, luciendo «preciosos trajes de capricho»[33].

En el Campo de Montiel, Villanueva de los Infantes mantenía una doble vertiente en la fiesta, mezclando lo tradicional con lo nuevo. Se celebraba un baile de «ánimas», que patrocinaba su cofradía desde tiempo inmemorial, en el que no se admitían disfraces y predominaba la jota frente a otros bailes más modernos. Por otro lado, se hacían los bailes de «máscaras», con premios a los mejores disfraces, organizados por la sociedad de recreo «La Tertulia» los tres días de carnaval, culminando el fin de fiesta con otro el domingo de Piñata, que resultaba muy concurrido. El carnaval callejero era bastante animado, con numerosas comparsas, en las que se solían incluir niños bailando rigodones y jotas. El entierro de la sardina era muy criticado por los sectores más conservadores, que lo consideraban una burla sacrílega a la religión y la muerte.

La Solana tenía como centro neurálgico el casino de la Unión, que celebraba cuatro bailes en sus grandes salones espléndidamente adornados, con una concurrencia numerosa y selecta. Durante la fiesta, pese a una mayor liberalidad, no variaban las costumbres, siendo extraño que bailaran agarrados los que no estuvieran casados. El carnaval callejero, contaba con mayor número de mujeres disfrazadas que de hombres. En los pueblos más pequeños, como Puebla del Príncipe, se implicaba a los chiquillos para mantener la fiesta, desfilando un batallón infantil formado por veinte niños, mientras que la principal comparsa de la localidad, tras recorrer sus calles, se desplazaba a la cercana Villamanrique[34].

El resto de pueblos de la Mancha, celebraba el carnaval de forma similar. Almagro seguía destacando, al llenarse sus calles con multitud de jóvenes disfrazados, coincidiendo con las veladas en los círculos de recreo: el Artístico, la Gran Peña y el casino Principal, animados por numerosas comparsas, predominando las formadas por mujeres. Puertollano, donde la fiesta discurría por el amplio paseo de San Gregorio, amenizada por la banda municipal, era un continuo desfile de máscaras y comparsas, que por la noche se desplazaban a las sociedades Círculo de Recreo y Centro Popular de Instrucción. En Bolaños, junto a los bailes del casino de la Concordia y del Artístico, en los que las clases acomodadas vestían afamados y artísticos disfraces, las calles eran recorridas «por multitud de máscaras de todas clases y condiciones. Desde la inevitable y común a todas partes zarrapastrosa, hasta las artísticas manolas, graciosas gitanas, riquísimos Pierrots y elegantes Colombines», lanzando serpentinas, confetis y paja.

Frente al crecimiento del carnaval burgués, la máscara callejera también aumentaba, atrayendo a la población con menos posibilidades económicas. En Malagón predominaba sobre la de salón, como nos indican en 1915: «muchas máscaras callejeras pero pocos trajes de lucimiento». En Santa Cruz de Mudela junto a los bailes celebrados en el Círculo de Recreo y en el pósito de la villa hasta altas horas de la noche, se veían por todas partes alegres comparsas «vestidas con los más caprichosos disfraces» y personas disfrazadas con simples caretas que no dejaban de hacer bromas de todo tipo, mientras que en Campo de Criptana «las gentes en gran número se lanzaron a la calle» con el rostro cubierto[35].

El entierro de la sardina formaba parte destacada de la fiesta, celebrándose en Viso del Marqués por la noche con música, flamenco, llorones y cohetes. El domingo de Piñata iba adquiriendo cada vez mayor peso, no solo en la capital, sino también en los pueblos, como Moral de Calatrava donde era el día más animado, realizando un baile en la sociedad Nuevo Club, con gran abundancia de máscaras y varias estudiantinas, aunque separadas por sexos.

Con el paso del tiempo, las tradiciones se fueron perdiendo paulatinamente en muchos lugares, siendo suplantadas por las nuevas tendencias festivas. La costumbre del paseo de las «caballerías» fue desapareciendo en Daimiel, siendo sustituido por los desfiles de carrozas, como sucedió en 1917, mientras que en Bolaños, donde se solía lanzar paja a los disfrazados y al público en general, la presión de las autoridades municipales y las prohibiciones, provocaron que fuera decayendo[36].

La llegada de la Dictadura de Primo de Rivera y su compromiso con la iglesia junto a las duras críticas de ésta para unas fiestas que consideraba cada vez más paganas y antirreligiosas, motivó la prohibición de algunas actividades, pero la cultura del ocio existente en los años veinte hará que estas fiestas vivan una gran pujanza.

En Valdepeñas, comenzaba el domingo, aunque ese día apenas se veían máscaras, pero por la noche la gente acudía a los animados bailes. El lunes por la mañana, las calles principales presentaban un animadísimo aspecto, con gran número de máscaras, algunas de ellas muy originales, pero el momento culminante era el desfile a las tres de la tarde, en la principal arteria de la localidad: la calle Seis de Junio, que gracias a su amplitud y longitud era el lugar apropiado para que desfilaran los coches engalanados. La importancia de la fiesta provocó que algunas casas comerciales patrocinaran la construcción de carrozas, como ocurrió en 1929, cuando el artista local Manuel Santos, confeccionó una ambientada en época medieval tirada por una mariposa, con un trono ocupado por la reina y damas de honor, costeada por la casa Cortés y Merlo.

Por la noche, la fiesta se trasladaba a los centros de recreo, que se llenaban de multitud de personas ataviadas de los disfraces más dispares, celebrándose bailes de máscaras en la Concordia, la Confianza (con dos, uno en el salón principal y otro en el cinema), el Real Automóvil Club, el Círculo de Labradores, el Club Ciclista y el Círculo Liberal, durante los tres días de carnaval y el domingo de Piñata.

El domingo de Piñata concluía oficialmente el carnaval. Ese día reinaba aún mayor animación, llegando a congregarse a las cinco de la tarde en la calle Seis de Junio, entre nueve y diez mil personas, para contemplar el paso de los coches engalanados. Por la noche eran ocho los bailes que se celebren a la vez[37].

Las fiestas continuaban con la misma animación en Ciudad Real, destacando los concursos en el parque Gasset, con un gran número de coches y carrozas desfilando, arropados por el lanzamiento de confetis y serpentinas. Las calles principales se llenaban de personas disfrazadas, indicando en 1926 que «era mucha la afluencia de máscaras siendo imposible poco menos, que dar un paso». Los bailes aumentaron, al sumarse nuevas sociedades a su programación, como la Cervantes, Juventud, Benavente y La Ferroviaria Artística, aunque los más destacados seguían siendo los del casino. La animación era tal que en 1927, como el tiempo fue desapacible, se decidió ampliar la fiesta a un cuarto día de carnaval, que se celebró el sábado. El domingo de Piñata mantenía como actividad más destacada el baile de la Asociación de la Prensa.

En Herencia, el carnaval mantenía su esplendor, y durante el ofertorio, numerosos automóviles, carros, tartanas y jinetes lucían sus habilidades, mientras el público lanzaba miles de serpentinas y sacos de confetis. En 1928, que no se presentó ningún candidato para mayordomo de ánimas, el alcalde de acuerdo con el ayuntamiento, se erigió en patrón de la fiesta que alcanzó incluso mayor esplendor que en años anteriores. La corporación, acompañada por el párroco y precedida de los gigantes y cabezudos y de la banda municipal, recorrió el pueblo durante los tres días festivos, así como el domingo de Piñata[38].

La llegada de la Segunda República no supuso grandes cambios, manteniéndose la tradición de los disfraces populares y los bailes, como se puede ver en un reportaje de la revista «Estampa» sobre el carnaval de Alcázar de San Juan, celebrado en la Navidad de 1935. Las calles estaban llenas de comparsas y grupos disfrazados, los bailes animadísimos hasta altas horas de la madrugada, destacando los del teatro Moderno, el Círculo de la Unión y el Royalty, mientras que varias asociaciones de jóvenes como la Sociedad Recreativa Alces y la Agrupación Artística Alcazareña recaudaban fondos para los pobres, siguiendo con la ancestral costumbre petitoria de los carnavales[39].

La misma situación se vivió en Daimiel, manteniéndose la fiesta con estudiantinas, comparsas y máscaras callejeras[40], aunque en otras poblaciones hubo enfrentamientos, como el que tuvo lugar el 25 de febrero de 1936 en Herencia. Durante la procesión del ofertorio, varias personas lanzaron vivas a «Asturias», en referencia a la revolución de octubre de 1934, lo que motivó un fuerte alboroto y altercado, en el que se produjeron varios disparos, resultando heridos dos guardias municipales y tres paisanos[41].

7. Conclusiones

La estrecha relación entre las cofradías de ánimas y el carnaval en la Mancha está claramente documentada, formando parte de su origen y desarrollo. A lo largo de los siglos xvii, xviii y xix, este vínculo fue ampliado y reforzado, con unas tradiciones y usos comunes que se establecieron en la mayoría de los pueblos de los distintos territorios manchegos.

La llegada de una nueva visión del carnaval a mediados del siglo xix, más lúdica, festiva y urbana, atrajo a la burguesía y a los jóvenes, transformando la forma de celebrar la fiesta, y provocando el declive de costumbres arraigadas en el pueblo a lo largo del tiempo, que en muchas ocasiones acabaron desapareciendo en las últimas décadas del siglo xix y primeras del xx.

Como consecuencia de ello, las clases populares buscaron una nueva forma de celebrar el carnaval: la máscara callejera y los mascarones. Algunos pueblos consiguieron compaginar los dos modelos, celebrando animados bailes y desfiles, al tiempo que conservaban las tradiciones del carnaval de ánimas.

Aunque las décadas de régimen franquista supondrán un parón en la fiesta del carnaval, al prohibirla las autoridades por considerarla una celebración irreverente y peligrosa para la seguridad, el pueblo siguió manteniendo, como pudo, antiguas tradiciones con mayor o menor fortuna, gracias a ello, parte de esas tradiciones aún perviven en algunos pueblos de la Mancha. Todavía podemos contemplar unos ritos que tienen cientos de años y están profundamente arraigados en el acervo cultural manchego. Ese «carnaval de ánimas» se mantiene en Herencia con el ofertorio, los funerales de ánimas y un personaje cómico: el «perlé»[42]; en Torrenueva con la «borricá», donde un abanderado a caballo recorre el pueblo con el estandarte de ánimas acompañado por un cortejo de jinetes; en Albaladejo con el «loberico» mezcla de hombre y lobo, junto con la danza de ánimas o de las espadas y su cortejo de danzantes; en Malagón con el desfile de las banderas o en Daimiel con el baile de ánimas que se ha recuperado hace poco, tras largos años de olvido[43]. En Miguel Esteban, población situada en la Mancha alta toledana, se conserva la tradición de la «jota pujada», en la que se tremola la bandera y las parejas van pujando para ocupar el centro del corro de baile, siendo supervisado el proceso por el animero. Hasta hace pocos años se realizaba un ofertorio, subastando los objetos donados por las máscaras a las ánimas[44].




FUENTES DOCUMENTALES

--Archivo Histórico Nacional (AHN). Sección Órdenes Militares.

Santiago, libro 1082C, visita de 1536, y libro 1085C, visita de 1550, Fuenllana.

Calatrava, legajo 6099, expediente 1, visita de 1639, Almagro.

Calatrava, legajo 6111, expediente 10, visita de 1540, Manzanares, y legajo 6099, expediente 18, visita de 1638, Manzanares, cofradía y patronazgo de las ánimas del purgatorio.

--Archivo General de Palacio (AGP). Sección Infante Don Gabriel, Secretaria.

Legajo 164, iglesia parroquial y ermitas de Herencia (1634-1790).

--Archivo parroquial de Manzanares (APM).

Libro de Santa Quiteria.

--Archivo municipal de Valdepeñas (AMV).

Caja 846, libro 11, actas de sesiones 1872-1875, acuerdos de 12 de febrero de 1874.

FUENTES HEMEROGRÁFICAS

El Eco de Daimiel, (Daimiel), 1884-1888.

El Eco de Valdepeñas, (Valdepeñas), 1886 y 1929.

El Defensor de Valdepeñas, (Valdepeñas), 1888.

El Relámpago, (Manzanares), 1889.

El Legitimista, (Valdepeñas), 1889.

Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, (Ciudad Real), 1891-1902.

La Voz de Valdepeñas, (Valdepeñas), 1891-1892.

El Programa, (Valdepeñas), 1892.

El Centro Mercantil, (Valdepeñas), 1895.

La Juventud Torralbeña (Torralba de Calatrava), 1898.

El Daimieleño, (Daimiel), 1898-1900.

El Heraldo de Valdepeñas, (Valdepeñas), 1901-1910.

El Demócrata, (Valdepeñas), 1904.

El Porvenir, (Valdepeñas), 1907.

Diario de la Mancha, (Ciudad Real), 1910.

El Pueblo Manchego, (Ciudad Real), 1911-1936.

Vida Manchega, (Ciudad Real), 1912-1920.

El Labriego, (Ciudad Real), 1915.

La Acción, (Madrid), 1922.

La Tierra Hidalga, (Almagro), 1923-1924.

La Libertad, (Madrid), 1923.

El Heraldo de Madrid, (Madrid), 1925.

El Castellano, (Toledo), 1932.

Estampa, (Madrid), 1936.




BIBLIOGRAFÍA

Gómez Macias, Juan Carlos (2019). «El Loberico: un personaje ancestral de la fiesta del carnaval de Albaladejo», Revista de Estudios del Campo de Montiel, núm. 6: 11-23. Centro de Estudios del Campo de Montiel. Almedina.

Ivanova, Tonka; Almodovar, Raquel; Jesús, Eva María (2015). «Rituales funerarios y religiosidad popular en la villa de Torrenueva», I Congreso Nacional Ciudad Real y su provincia. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real.

Lozano García-Pozuelo, Jerónimo (1998). Historia de la Cofradía Virgen de la Paz. Tomo 1. Hermandad de Nuestra Señora de la Paz. Manzanares.

Maldonando Felipe, Manuel Antonio (2013). «El carnaval herenciano y su «perlé». Una singular botarga en el corazón de la Mancha», Revista de Folklore, núm. 378: 44-49. Fundación Joaquín Díaz. Valladolid.

Maldonando Felipe, Manuel Antonio (2016). «La jota pujá de Miguel Esteban: un vestigio más del carnaval de ánimas manchego», Revista de Folklore, núm. 407: 26-39. Fundación Joaquín Díaz. Valladolid.

Pérez Pérez, Carmen Juana (1981). «El baile de ánimas de Almedina», Revista Narria, núm. 22: 20-23. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid.

Prado, Juan Francisco; Fernández-Caballero, Claro Manuel; Fernández, María Dolores (2010). El Carnaval de Herencia, sentimiento y tradición. Centro de Estudios Herencianos. Ciudad Real.

Ramírez, María del Prado (1986). Cultura y Religiosidad popular en el siglo xviii. Diputación Provincial. Ciudad Real.

Sánchez-Mantero Gómez-Limón, Jesús (2015). «La máscara guarrona de Daimiel», III Jornadas de historia de Daimiel: 359-373. Ayuntamiento. Daimiel.

Sánchez Ruiz, José Fernando (2007). Carnaval de Alcázar de San Juan, siglo xx. Patronato Municipal de Cultura. Alcázar de San Juan.

Torres Jiménez, María Raquel (1989). Religiosidad popular en el Campo de Calatrava. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real.

Yebenes, Julia. «Carnavales de Ánimas en la provincia», Lanza, 11 de febrero de 2018.




NOTAS

[1] TORRES JIMÉNEZ, María Raquel. Religiosidad popular en el Campo de Calatrava. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real, 1989, pp. 104 y 105.

[2] Archivo Histórico Nacional (AHN), Órdenes Militares, Santiago, libro 1082C, visita de 1536, pp. 320 y 321; libro 1085C, visita de 1550, pp. 1342 y 1343.

[3] AHN, Órdenes Militares. Calatrava, legajo 6111, expediente 10, visita de 1540; legajo 6099, expediente 18, visita de 1638, cofradía y patronazgo de las ánimas del purgatorio.

[4] AHN, Órdenes Militares, Calatrava, legajo 6099, expediente 1, visita de 1639.

[5] Archivo General de Palacio (AGP), sección Infante Don Gabriel, secretaria, legajo 164.

[6] PRADO, Juan Francisco; FERNÁNDEZ-CABALLERO, Claro Manuel; FERNÁNDEZ, María Dolores. El Carnaval de Herencia, sentimiento y tradición. Centro de Estudios Herencianos. Ciudad Real, 2010, p. 27-32.

[7] RAMÍREZ, María del Prado. Cultura y Religiosidad popular en el siglo xviii. Diputación Provincial de Ciudad Real. Ciudad Real, 1986, pp. 131, 139, 148-149, 161-170, 176.

[8] Archivo parroquial de Manzanares (APM), libro de Santa Quiteria, trascrito por LOZANO GARCÍA-POZUELO, Jerónimo. Historia de la Cofradía Virgen de la Paz. Tomo 1. Hermandad de Nuestra Señora de la Paz. Manzanares, 1998, pp. 16, 20, 38, 57, 72 y 124.

[9] SÁNCHEZ RUIZ, José Fernando. Carnaval de Alcázar de San Juan, siglo xx. Patronato de Cultura. Ayuntamiento. Alcázar de San Juan, 2007, pp. 25-26.

[10] Archivo municipal de Valdepeñas (AMV). caja 846, libro 11, actas de sesiones 1872-1875, acuerdos de 12 de febrero de 1874.

[11]El Eco de Valdepeñas, 25 de febrero y 4 de marzo de 1886, El Defensor de Valdepeñas, 12 y 27 de febrero de 1888, El Programa, 24 de febrero de 1892, El Centro Mercantil, 24 de febrero de 1895.

[12]El Eco de Daimiel, 6, 10 y 13 de marzo de 1884, 10 y 17 de marzo de 1886, 2 de marzo de 1887, 11 de febrero de 1888, El Relámpago, 10 de marzo de 1889, La Juventud Torralbeña, 26 de febrero de 1898 y El Daimieleño, 12 de febrero de 1899.

[13]Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real, 7 de enero, 16 y 20 de febrero de 1891, 11 y 28 de marzo de 1892; 13 de marzo de 1893; 25 de mayo de 1894, 12 de febrero y 11 de marzo de 1896 y El Daimieleño, 8 de enero de 1899.

[14]El Eco de Daimiel, 22 de febrero de 1888.

[15]La Voz de Valdepeñas, 27 de febrero de 1892 y El Eco de Daimiel, 12 de diciembre de 1888.

[16] SÁNCHEZ RUIZ, José Fernando. Op. cit., p. 37.

[17]El Pueblo Manchego, 3 de febrero de 1921 y 4 de marzo de 1911.

[18]El Eco de Daimiel, 16 de enero, 10 y 13 de marzo de 1886, 26 de febrero de 1887.

[19] IVANOVA, Tonka; ALMODOVAR, Raquel; JESUS, Eva María. «Rituales funerarios y religiosidad popular en la villa de Torrenueva», I Congreso Nacional Ciudad Real y su provincia. Ciudad Real, 2015, p. 261.

[20]El Pueblo Manchego, 2 de marzo de 1911.

[21]El Relámpago, 3 y 10 de marzo de 1889; El Eco de Daimiel, 15 de febrero de 1888 y La Juventud Torralbeña, 26 de febrero de 1898.

[22]El Pueblo Manchego, 3 de marzo de 1911.

[23] GÓMEZ MACIAS, Juan Carlos. «El Loberico: un personaje ancestral de la fiesta del carnaval de Albaladejo», Revista de Estudios del Campo de Montiel, núm. 6 (2019): 14.

[24]El Eco de Daimiel, 11 de febrero de 1888.

[25]El Pueblo Manchego, 8 de marzo de 1916, 24 de febrero de 1917 y 20 de febrero de 1918.

[26]El Legitimista, 8 de marzo de 1889.

[27]El Castellano, 16 de febrero de 1932.

[28]El Pueblo Manchego, 2 de enero de 1918; La Acción, 6 de junio de 1922; La Libertad, 26 de diciembre de 1923; El Heraldo de Madrid, 28 de diciembre de 1925.

[29] PÉREZ PÉREZ, Carmen Juana. «El baile de ánimas de Almedina», Revista Narria, núm. 22 (1981): pp. 21-22.

[30]El Pueblo Manchego, 27 de febrero de 1911, 3, 4 y 5 de marzo de 1919, 17 y 23 de febrero de 1920, 12 de febrero de 1921 y 4 de marzo de 1922; El Labriego, 21 de febrero de 1915.

[31]El Heraldo de Valdepeñas, 7 de febrero de 1901, 12 de enero y 2 de febrero de 1910; El Demócrata, 17 de febrero de 1904; El Porvenir, 14 de febrero de 1907; El Pueblo Manchego, 27 y 28 de febrero, 1 de marzo de 1911.

[32]Diario de la Mancha, 11 de febrero de 1910, El Pueblo Manchego, 28 de febrero y 7 de marzo de 1919.

[33]Diario de la Mancha, 10 de febrero de 1910; El Pueblo Manchego, 8 de marzo de 1916 y 24 de febrero de 1917.

[34]El Pueblo Manchego, 12 de febrero de 1913, 9 de marzo de 1916, 22 de febrero de 1917, 15 de febrero de 1918, 11 de marzo de 1919, 12 y 17 de febrero de 1921 y 4 de marzo de 1922.

[35]El Pueblo Manchego, 27 de febrero y 2 de marzo de 1911, 19 de febrero de 1915, 22 de febrero de 1917, 17, 23 y 24 de febrero de 1920.

[36]El Pueblo Manchego, 22 de febrero de 1917, 26 y 27 de febrero de 1920, 11 y 15 de febrero de 1921.

[37]El Pueblo Manchego, 13 y 19 de febrero de 1929 y 6 de marzo de 1930 y El Eco de Valdepeñas, 4, 18 y 25 de febrero de 1929.

[38]El Pueblo Manchego, 26 de febrero de 1925, 13 y 16 de febrero de 1926, 28 de febrero y 2 de marzo de 1927, 6 de marzo de 1928.

[39]Estampa, 4 de enero de 1936.

[40] SÁNCHEZ-MANTERO GÓMEZ-LIMÓN, Jesús. «La máscara guarrona de Daimiel», III Jornadas de historia de Daimiel. Daimiel, 2015, p. 365.

[41]El Pueblo Manchego, 26 de febrero de 1936.

[42] MALDONANDO FELIPE, Manuel Antonio. «El carnaval herenciano y su «perlé». Una singular botarga en el corazón de la Mancha», Revista de Folklore, núm. 378 (2013): 44-49.

[43] YEBENES, Julia. «Carnavales de Ánimas en la provincia», Lanza, 11 de febrero de 2018.

[44] MALDONANDO FELIPE, Manuel Antonio. «La jota pujá de Miguel Esteban: un vestigio más del carnaval de ánimas manchego», Revista de Folklore, núm. 407 (2016): 26-39.



El carnaval en La Mancha: de las cofradías de ánimas a la máscara callejera

MOYA GARCIA, Concepción / FERNANDEZ-PACHECO SANCHEZ GIL, Carlos

Publicado en el año 2021 en la Revista de Folklore número 470.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz