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Revista de Folklore número

464



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Naturaleza y ruralismos en Delibes

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Publicado en el año 2020 en la Revista de Folklore número 464 - sumario >



Para mi amigo Gaudencio Busto, in memoriam

Media vida al aire libre

La pasión de Miguel Delibes por el campo, por la vida al aire libre, le venía de largo, de cuando su padre, de orígenes franceses, le llevaba en primavera a las siembras de Simancas, o a las cuestas de Zaratán para disfrutar del canto monocorde de los grillos, o para contemplar las evoluciones de las codornices ya asentadas en los cereales espigados después de su larga travesía desde África.

Y más tarde vendría su iniciación en la caza con su progenitor, acompañándolo de morralero por los montes y carrascales, en mañanas de nieblas y silencios espesos, rotos de vez en cuando por los latidos del perro zarceando entre los chaparros o los alarmados galleos de picazas y cornejas.

Su afición por la caza fue una de sus vinculaciones al mundo rural. La practicaba a rabo o en mano, sin engaños ni camamas: nada de pantallas, banderolas, y cornetines que rumban entre el griterío, mientras el tirador, cómodamente instalado en el tollo, ayudado por el secretario que carga las escopetas, prueba su puntería disparando a las piezas entrizadas, es decir, dirigidas hasta su escondite por los ojeadores. En fin, una venación que, a veces, no pasa de ser un mero pretexto para las relaciones sociales o para cerrar negocios al tiempo que se degustan manjares y licores exclusivos.

Delibes sudaba las piezas que abatía meneando las tabas por barbechos y laderas empinadas hasta llegar a las pestañas, a las intersecciones de las cuestas con los páramos, donde más se hacía sentir el azote de las celliscas y el vozarrón bronco de los cierzos y regañones.

Gustaba, además, de rodearse y de aprender de la gente del campo (Juan Gualberto, el Barbas; Eusebio, el Listezas; Florencio, el Alimañero; los bicheros, los guardas de los cotos…), hombres forjados por las escarchas y los bochornos en sus recorridos por senderos, trochas, sirgas y hoscas veredas medio engullidas por la maleza de los sardones o carrascales[1]. De algunas de estas personas el novelista registró su voz en Castilla habla, una obra más del escritor en la que se aprecia lo que Francisco Umbral llama la desnoventayochización de Castilla, una visión de la tierra y sus gentes desde dentro, a través de los propios ojos y palabras de sus habitantes, sin intermediación de la cultura libresca o la retórica.

Al leer los libros cinegéticos o de memorias de Delibes (sobre todo Mi vida al aire libre), da la impresión de que se han evaporado los mostrencos hiperónimos, que ofrecen una imagen del mundo nimbada por una vaharada de generalización: cada ser parece tener su propio nombre, hasta los más insignificantes como las argayas o aristas de las espigas o la bizna o membrana que separa los escueznos o gajos de las nueces.

A través de sus páginas se vislumbran, con nombres exactos y precisos, por ejemplo, las elevaciones o desniveles que rompen la planicie mesetaria: como una estameña parda en otoño, y un mar ondulante de verde esperanza cuando encaña el cereal en la Castilla de entonces.

Por sus paisajes asoman los oteros, los tesos, los tozales, los cuetos, los cabezos, las mamblas (en forma de seno femenino), los cotarros, las cotarras (de cima más extendida), los mogotes (terminados en punta), los morretes, los pizorros (coronados de cuarcita), los cembos o terraplenes, los caballones, las cárcavas excavadas por las escorrentías, los navazos u hondonadas, los barcos, los rebarcos…

Evidentemente, no hay que ser aficionado a la caza para disfrutar de los libros cinegéticos de Delibes, basta con ser un amante del campo y un buen degustador del castellano. Para él la venación era mucho más que un ejercicio de tiro: a veces, era una especie de magdalena de Proust, una ocasión de revivir los paseos con su padre por los rastrojos crepitantes de Castilla, siendo un niño, cuando todavía la vida no le había ido erosionando con las amargas hieles de las desgracias y las melancolías; y siempre era una invitación a comulgar con la Naturaleza, a superar la huronía, el vivir empozado en los asfixiantes confines del yo.

Su embelesamiento ante la armonía del mundo (a veces siente que lo está inaugurando) recuerda los versos de fray Luis, de san Juan de la Cruz, o incluso los de Jorge Guillén en su poema «Más allá», donde el poeta, a medida que los rayos del sol, al amanecer, van rescatando a los seres de la oscuridad, de la nada, llega a disfrutar, casi en éxtasis, de la eternidad gozosa del instante:

Todo está concentrado

por siglos de raíz

dentro de este minuto

eterno y para mí.

El escritor, a través de palabras características de cazadores, pescadores, labriegos o pastores, comparte con el lector la sensación de plenitud y libertad que le despierta el campo abierto, su visión de lo natural, de lo ajeno al artificio, de la policromía del paisaje contemplado desde un altozano, o de la soledad sonora de los campos acentuada por los graznidos de las grajillas, el rumor del río, la brisa que cimbrea los juncos de las lagunas o el tintinear de los cencerros de los rebaños.

Describe su equilibrio como un eco del de su entorno y se extasía ante espectáculos inaccesibles encerrado entre las cuatro paredes de una casa: tras las pechadas extenuantes por los cavones o terrones de los barbechos, las ascensiones penosas por las laderas o las incómodas caminatas por las cascajeras de los ríos (expuesto a los nublados, a las caramas o al trapeo de la nieve), se encuentra con el zurrido de la perdiz roja sorprendida en la mata, el picado eléctrico del halcón, la serenidad de los tablazos o la impetuosidad de los rabiones. Y todo ello expresado con palabras populares, radiantes y prístinas, ajenas a la oscuridad y a la abstracción: lomas, alcores, aulagas, alcotanes, serines, lavancos, torcaces, somormujos, espliego, colorines, baribañuelas, légamo, bardales, espadañas…

La pasión por el habla rural

En su ingreso a la Real Academia, Delibes dejó estupefactos a los miembros de la Docta Casa con un discurso de corte ecologista. Denunciaba el maltrato al medio ambiente, la supeditación de la Naturaleza a la economía y a la obsolescencia, la deshumanización de la sociedad en aras del dinero y del despilfarro, con graves consecuencias para los más desheredados, en especial los discapacitados, los viejos y los niños.

Con comparaciones atinadas y didácticas señalaba que lo que estaba pasando sería similar a la actitud de los pasajeros de un barco que hicieran astillas piezas fundamentales de la nave para hacer todavía más confortable el camarote. Y, evidentemente, el escritor no se olvidó en su intervención ante tan distinguido auditorio de expresar su preocupación por los pueblos, por la cultura rural, dentro de la que sitúa el habla de los campesinos como un patrimonio inmaterial en serio peligro.

El compromiso de Miguel Delibes con la Naturaleza, la vida rural y sus problemas es indiscutible a lo largo de toda su existencia. Siendo director de El Norte de Castilla, en secciones del periódico como «El caballo de Troya», ya se reflejaba insistentemente la miseria en que estaban sumidos los pueblos castellanos, y se reivindicaba sin tapujos la subida del precio del trigo y la necesidad de impulsar el Plan Tierra de Campos.

Tal actitud le granjeó muchos enfrentamientos con los poderes establecidos y, a la postre, desencadenó su separación de la dirección del rotativo, porque el gobierno propuso nombrar un subdirector que actuara como puente entre las autoridades y el diario, pero con la amenaza de que si el director tomaba una medida que no fuera de su agrado, sería destituido ipso facto, por lo que Delibes decidió renunciar al cargo para que sus decisiones no repercutieran en otras personas.

En sus obras, tanto de ficción como de no ficción, es constante la defensa del mundo rural y la aparición de personajes respetuosos con el medio ambiente, como Pacífico Pérez, Nilo el Joven, el Nini o el señor Cayo, perfectamente incardinados en su entorno natural, del que aprovechan lo que les ofrece con pródiga mano intentando no causarle daño alguno (plantas silvestres, setas, miel, etc.): el señor Cayo llega a manifestar que todo lo que está sirve y para eso está, y el Nini, cuando le presentan el carburador de un tractor averiado, dice con cierta desconfianza: «De eso no sé, señor Rosalino, eso es inventado».

Por otra parte, en los relatos de Delibes se retrata bastante fielmente la vida de los pueblos, gracias en gran parte al empleo de la técnica narrativa que se denomina novelización del punto de vista (Rey 1975, 259), consistente en no ofrecer una visión de la realidad desde la perspectiva de un narrador omnisciente y ajeno, sino desde la idiosincrasia y el habla de los propios personajes, algo parecido a lo que Francisco Umbral en carta dirigida al propio Delibes con fecha de 23 de mayo de 1967 llama el ventriloquismo[2].

En sus libros se impone la mirada del campesino, la concepción del mundo que le es propia: sus criaturas de ficción distinguen, pongamos por caso, entre el monte, los baldíos y los perdidos (aquellas extensiones de tierra en abandono que antes fueron laboradas), frente al campo cultivable; así como los terrenos por su grado de compactación: los flojos o arenosos en oposición a los fuertes o menos permeables y de más cuerpo, como las pesnagas, los lastros o las tobizas.

Por ejemplo, Cipriano Salcedo, en El hereje, sugiere a su colono, Martín Martín, arrancar las cepas de unas vides y cambiar los viñedos por cereales, pero el rentero se opone porque la ligereza del terreno, su flojedad, haría que ni el trigo ni la cebada prosperasen, por lo que el propietario decide cambiar sus planes y plantar pinos, más adecuados a la naturaleza de ese suelo.

Y, por supuesto, los labradores que pueblan los relatos de Delibes son capaces de deslindar entre verbos como roturar referido a arar un erial después de arrancar las matas y yerbajos, y despedregar, y alzar, es decir, dar la primera reja al rastrojo o haza de labor, y emplean binar para aludir a la segunda vuelta que se da a la barbechera y aricar para referirse a la labor de eliminar las malas yerbas entre los surcos de los sembrados.

Con los árboles pasa lo mismo. Mientras que los urbanitas son incapaces de diferenciarlos, en las páginas de Delibes es raro encontrar palabras tan generales como árbol o matorral, lo normal es toparnos con álamos, chopos, nogales, olmos, pinos albares, pinos negrales, encinas, alcornoques, sauces, castaños, abedules… Y, por supuesto, se nombran con propiedad los distintos tipos de bosque: las dehesas y los carrascales o sardones, controlados por la mano del hombre, en contraste con los espesos arcabucos y las mohedas, a las que ya se refiere Alonso Martínez Espinar en su Arte de ballestería como aquellos montes cerrados que, además de encinas altas, tienen a su alrededor jarales y maleza.

Los relatos de Delibes implican una dignificación del habla rural, tanto en su prosodia como en su léxico, no muy frecuente en las letras españolas. Es cierto que escritores, como por ejemplo fray Luis o Garcilaso, señalan el poder benefactor que ejercen sobre los hombres el murmullo de los árboles o el cielo estrellado, pero lo hacen dentro de las convenciones heredades de la retórica y literatura grecolatinas y sin usar el vocabulario del campesino, que probablemente desconocían más allá de lo tópico.

En la literatura clásica del Siglo de Oro, por ejemplo, los rústicos a menudo irrumpían en las tablas para ser objeto de la burla y la befa de las gentes de ciudad al usar el sayagués, una fabla convencional forjada a partir de leonesismos, arcaísmos y expresiones chuscas, destinada, precisamente, a provocar la hilaridad de unos espectadores que miraban a semejantes personajes por encima del hombro; en fin, el quizás todavía vigente complejo de superioridad de los urbanitas sobre los paletos.

Bien es cierto que las obras heredadas de la poesía bucólica estaban centradas en los pastores, pero éstos eran impostados, colocados en medio de un campo idílico, ajardinado, en el que no faltaban ni la verde hierba esmaltada de flores, ni los arroyos de aguas cristalinas ni los gorjeos de las aves, un lugar estilizado (Locus amoenus) por donde deambulaban obsesionados por sus cuitas amorosas, sin preocuparse en absoluto de los ganados ni de las cosechas, a diferencia de los personajes delibesianos siempre preocupados por el cielo, por las temibles granizadas en mayo y las devastadoras heladas negras.

En parte gracias a las peculiaridades lingüísticas de sus personajes, el mundo reflejado en los relatos de Delibes destaca por su carácter vívido, alejado de lo convencional, al ser evocado por unas palabras que lo hacen invulnerable a cualquier tópico literario: se retrata una realidad sin amputaciones, en la que tienen cabida el traqueteo de los carros por los relejes, pero también las teleras de los rebaños fijadas en los barbechos para abonar las tierras, y hasta los muladares humeantes de los corrales.

No son escasas las veces en que el novelista vallisoletano muestra su admiración por el habla rural, bien implícita o explícitamente a través de sus obras de ficción (por ejemplo, El disputado voto del señor Cayo o Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso); bien sin intermediación alguna en sus entrevistas (Alonso de los Ríos 1971, 184-185), hasta tal punto que en una carta privada dirigida a Francisco Umbral, con fecha de 9 de marzo de 1969, confiesa a su amigo: «Soy perfectamente consciente de mis límites y sé que, si algo de todo eso que he escrito sirve, será el ruralismo de mi idioma, eso que tú ves tan sagazmente y que algunos se empeñan en atribuir a esteticismo».

Delibes, a pesar de que era académico, no se resignaba a vivir recluido en los límites marcados por los diccionarios, y usa los vocablos, con independencia de su origen, si se adaptan a su mundo narrativo por su justeza o por su expresividad, aunque sean dialectalismos, porque es consciente de que hay palabras ligadas a su propio territorio, de tal forma que baribañuela (dialectalismo para referirse al alimoche) sugiere las cárcavas de Burgos, mientras que pitorra nos transporta a las dehesas y jarales de Extremadura, lo mismo que bálago nos devuelve a las trillas de antaño, a la mies extendida en las eras y a los picores de la pusla o polvillo de la paja.

Glosas a una gavilla de palabras en Delibes

El innegable interés que despierta el vocabulario empleado por Delibes ha dado lugar a la elaboración de varios estudios sobre el mismo, lo que es muy de agradecer, a pesar de que, en mi humilde entender, sean de desigual calidad: algunos, meritorios, como el de Pilar Fernández dedicado a su léxico cinegético, o el reciente de Pedro Álvarez de Miranda (2020) sobre la importancia del autor castellano para los trabajos de la Academia, pero otros, desgraciadamente, con algunas omisiones e inexactitudes (nadie está libre de ellas) que es pertinente corregir para que los lectores actuales puedan entender cabalmente al escritor de Valladolid[3].

Así pues, siguiendo el camino ya abierto con En torno a las palabras de Delibes y Un paseo por los mundos de Delibes, publicados gracias al apoyo de la Fundación Miguel Delibes, y con el respaldo de varios informantes[4] (cada vez más escasos) conocedores de estos términos, a continuación incluyo unas glosas aclaratorias sobre un ramillete de ellos, sobre todo de dialectalismos no incluidos en el Diccionario de la Real Academia Española, al menos en la acepción que tienen en el novelista de vallisoletano.

ABANICAR. Golpear, dar una paliza a alguien: «Bueno, porfiaron un rato, sí señor, pero como no sacaban nada en limpio, volvieron a abanicarme» (Delibes 1983a, 288). Se observa cierta tendencia en el castellano a que los verbos alusivos a acciones consistentes en mover un objeto para refrescarse, espantar las moscas o cribar acaben refiriéndose a actos que implican violencia. Tal acontece en el Siglo de Oro con mosquear (‘dar latigazos’), con el desusado abanar (‘abanicar’) o con zarandear (‘cribar’).

ÁBATE. Interjección que se emplea para expresar la indignación, escándalo, admiración o sorpresa que provoca una persona o una determinada conducta. Equivale a anda que, ojo con: «Ábate con los gitanos. De que caen cuatro gotas, invaden la provincia» (Delibes 1986, 114). Se usaba en el Siglo de Oro con la acepción de ‘apártate’, derivada del imperativo latino apage más el pronombre enclítico: «Dijo la sartén a la caldera: Ábate allá que me tiznas».

ACORRILLAR. Arrimar tierra con el azadón, hasta formar pequeños montículos, a las cepas de las vides para tapar los hoyos que se han excavado, a finales del invierno, alrededor de las mismas con objeto de retener el agua de las lluvias (alumbrar). Es una labor que se hace en primavera después de rozar o quitar las malas hierbas: «A mano izquierda, andaban acorrillando un majuelo» (Delibes 1982b, 120). La Academia registra aporcar para aludir a esta misma operación.

ADOBERA. Molde para hacer quesos: «Su padre empezó a dar vueltas nerviosas a una adobera entre las manos» (Delibes 1982a, 14). En México se denomina así un queso con forma de adobe que se elabora con este molde. La Academia considera esta acepción como característica de Chile y México.

AGUANIEVES. Avefría. Viene a Castilla huyendo de los rigores invernizos de la Europa septentrional. Viaja en bandos y se asienta en las cunetas, en los perdidos enlodados aledaños a los carrascales e incluso en las tierras de labor encharcadas: «Los pagos vallisoletanos y palentinos presentaban una auténtica invasión de aguanieves» (Delibes 1977, 76).

ALCOTÁN PALOMERO. Halcón peregrino: «El alcotán palomero se cernía sobre el campanario agitando frenéticamente las alas» (Delibes 2010a, 40).

AMONARSE. Encogerse, agazaparse. Delibes suele usar la palabra para referirse a la conducta mimética de perdices, conejos o liebres: «Y si la perdiz se amona, ya puede usted repartir patadas un día entero» (Delibes 1989b, 79). Esta acepción puede estar relacionada con la de ‘emborracharse’ que da la Academia, pues ya Covarrubias en su famoso diccionario de 1611 dice que, cuando los simios se embriagan, van a un rincón, se encogen sobre sí mismos, y se cubren las caras con las manos.

APEO. Acción o efecto de apear, es decir, de sujetar con varas las ramas de los árboles cuando están muy cargadas de frutos para evitar que se desgajen: «Sin decir palabra tomó una de las varas que hacían de apeo los años que los cerezos traían mucho fruto» (Delibes 1975, 149).

ARDIVIEJA. Variedad de jara. Quizás la denominada por los botánicos Cistus crispus, de flores rosas o púrpuras. Suele medrar en los calveros de alcorconales y encinares: «Sobre la base de un fino césped, un tapiz floral inusitado: chiribitas, ardiviejas, lenguas de buey, ¡hasta amapolas!» (Delibes 1992, 145).

ASPEREZAS. Precipitación de nieve en forma de bolitas de hielo: «La nieve –aunque sean unas cimarras en chaparrón o lo que los pueblerinos llaman cuatro asperezas- pueden cambiar en un momento el curso de una jornada» (Delibes 2000, 56).

ÁSPERO. Se dice del clima cuando es seco, ventoso y frío: «El tiempo continuaba áspero por Santa María Cleofé, pese a que el calendario anunciara dos semanas antes la primavera oficial» (Delibes 2010a, 109). Cuando el tiempo es suave y con presagio de lluvias, se dice que hay blandura o que está amoroso. Recuérdese «el silbo de los aires amorosos» de san Juan de la Cruz.

BABINA. Verdín: «El cascajo recubierto de babina» (Delibes 2000, 178). La Academia recoge babada con la acepción de ‘especie de barro que se hace en las tierras a consecuencia del deshielo’.

BÁLAGO. La mies, especialmente, desde que se siega hasta ser trillada: «De los campos ascendía el seco aroma del bálago envuelto en el fúnebre lenguaje de las aves nocturnas» (Delibes 2010a, 173). Para la Academia, tiene las acepciones de ‘paja larga de los cereales desprovista del grano’, ‘paja trillada’ o ‘almiar’, pero el significado señalado arriba era muy corriente, al menos, en Valladolid, León, Zamora y Salamanca.

BANZO. Escalón, desnivel: «Salió a la explanada trompicando en el banzo de la puerta» (Delibes 1978b, 97). La Academia no da cuenta de este significado, pero era habitual en Zamora, Valladolid y Salamanca.

BARIBAÑUELA. Alimoche: «Los alimoches, las baribañuelas que dicen, danzando alrededor, que ni levantar podían de ahítas» (Delibes 1983a, 98). Es un dialectalismo de la comarca de La Lora de Burgos.

BEZADO. Cabestro: «Los bezados que sueltan en las capeas de los pueblos, bueyes son, pero embisten lo mismo que un toro bravo» (Delibes 1986, 105). Aunque esta palabra está en vías de desaparición, los cabestros, bueyes o mansos acuden puntuales a sus citas en las capeas y encierros de los pueblos. Irrumpen en las plazas entre el mocerío bullicioso y barbean las talanqueras en busca de una salida inexistente, en los ojos la nostalgia de la dehesa. Es término de gran antigüedad, pues aparece en Juan del Enzina y en el Diccionario etimológico (principios del xvii) de Francisco del Rosal. Etimológicamente puede tener su origen en el participio sustantivado de vezar (‘acostumbrar’), procedente del latín vitiare con influjo de versare (‘adiestrar’).

BIRLOCHO. Golfante, desaprensivo: «Uno de estos birlochos llevaba seis pollos de perdiz del tamaño de gorriones» (Delibes 1982b, 19). Parece una variante de birloche, voz recogida por Juan Hidalgo en su Vocabulario de germanías con la acepción de ‘ladrón, estafador, truhán’.

CAMACHUELO. Pájaro de la familia de los fringílidos (Pyrrhula pyrrhula). Son característicos el negro de la parte superior de su cabeza y el rojo llamativo de su pecho y mejillas (más intenso en los machos): «Se desvivía antaño por la pareja de camachuelos» (Delibes 2010a, 47).

CAMERA. Variante de cambera, camino de carros: «Las traigo rastreando por caminos y cameras hasta el mismo cepo» (Delibes 1986, 175). En este mismo sentido, Martín Criado señala que en Burgos la palabra se emplea para referirse al camino de servicio que permite entrar y salir de las fincas.

CANALONA. Cascada: «Se ciñe a una canalona tumultuosa no más ancha que un par de metros» (Delibes 2000, 36)

CANENE. Alfeñique, enclenque, fifiriche, desmedrado: «Y no piense que fuese un canene, que era un hombrón como un castillo» (Delibes 1983a, 193).

CARAMA. Son las gotas de lluvia desprendidas de las nieblas meonas que se congelan y se adhieren, por ejemplo, a los árboles y a la vegetación en general: «Rebozan las ramas de árboles y arbustos de una carama refulgente y versicolor» (Delibes 1981, 77). Para la Academia, en cambio, es sinónimo de escarcha. Ahora bien, Martín Criado registra, en Burgos, caramuda ‘niebla que arroja carama’. Para Delibes, es equivalente a cencellada, aunque, según Gaudencio Busto, en Camporredondo, se considera que la cencellada es más intensa e implica más frío que la carama.

CARÁMBANO. Capa de hielo que se forma, por ejemplo, en la superficie de los charcos o en las orillas de los ríos o de las lagunas: «[El sol] se alzó al mediodía fundiendo las carrancas y carámbanos» (Delibes 2000, 154). Para la Academia tiene el significado de ‘pedazo de hielo largo y puntiagudo’.

CENIJO. Mala yerba. Puede tratarse del Chenopodium album, que también tiene las variantes de cenizo y ceñilgo: «Lo mismo ocurre con el cenijo en las zonas de regadío» (Delibes 1992, 175).

CERVIGUERA. Pendiente, unas veces tapizada de robles; otras, árida, pedregosa y adusta: «Y las dos cervigueras de robles empinándose a los lados» (Delibes 1983a, 73). Deriva de cerviz. En castellano hay tendencia a que los nombres de partes del cuerpo del hombre o de los animales sirvan de metáforas lexicalizadas para referirse a accidentes geográficos: cerro (‘lomo’), tozal (‘cerviz’) loma, cuesta (‘costilla’)… En La Mancha alude al escalón de la puerta y en Asturias, a la tortícolis.

CHAMO. Rama pequeña cubierta de hojas: «Meto un chamo húmedo por el agujero» (Delibes 1986, 179).

CHAMOSO. Se dice de los árboles con el tronco podrido y hueco por causa de una enfermedad: «Descendían por la trocha de uno en uno, entre ringleras de manzanos chamosos» (Delibes 1978b, 110). Tanto esta palabra como la anterior probablemente derivan del gallego, leonés o asturiano chama (‘llama’), relacionadas, por ejemplo, con chamiza (‘leña menuda’) y con el dialectal (de El Bierzo) chamozo (‘despojo del árbol y otras plantas’). Se trata de un dialectalismo recogido, entre otros lugares, en pueblos burgaleses como Canicosa de la Sierra.

CHITAS. Pezuñas de los cerdos: «Descalzaron al bicho y comieron las chitas» (Delibes 2010a, 52). Alonso Emperador (1978, 105) señala que, en las matanzas, era un placer para los niños mascar las chitas como si fueran chicle. También reciben el nombre de patetas y carrapatas.

CHIVARRO. Garrapata: «Basta que el animal tenga en los hombrillos un chivarro de esos de detrás de las orejas para que le paguen a usted la mitad» (Delibes 1986, 175). Chivarro, o su variante chivarra, se emplean con este significado en Burgos y en la montaña palentina.

CIJA. Celda, tabuco: «Enfrente se hallaba la cija del Doctor» (Delibes 1998, 421). Deriva de cella (‘despensa’), que en castellano medieval dio cilla y cillero. La Academia registra el vocablo con las acepciones de ‘pajar’ o ‘cuadra’, pero Autoridades también recoge la de ‘cárcel’.

CIMARRA. Nieve en bolitas de hielo. Véase asperezas. La Academia registra con este significado cinarra, como término propio de Huesca.

CRISPILLA. Seta también llamada colmenilla o manjarria (Morchella esculenta). Es de color amarillento y su sombrero está dividido en celdillas, de ahí uno de sus nombres. Es de primavera y relativamente frecuente en los bosques ribereños, por ejemplo de Segovia, Burgos o Valladolid. Para evitar su toxicidad, ha de consumirse tras cocción prolongada y desecada: «De la putrefacción de la [hoja] del álamo nace la crispilla» (Delibes 1986, 85).

CUCAR. Madurar las nueces y desprenderse de la jeruga o concho que las recubre: «Aquel año los nogales empezaron a cucar en la primera quincena de agosto» (Delibes 1967, 115). Es término característico de Burgos y Santander, donde también se emplean cuco (‘nuez’), cucal (‘nogal’) o cuquero (‘vendedor de golosinas para los niños’). En Tierra de Campos, por su parte, se usan términos relacionados como tuto (‘huevo’, ‘golosina’), cuquero y tutero (‘goloso’, ‘vendedor de dulces’), o tuterear (‘comer dulces con frecuencia’). Ya Covarrubias (1611) recoge cucas (‘piñones mondados’). En Delibes asimismo, también aparecen escucar y escucador para referirse a quitar el concho a las nueces y al que realiza dicha operación.

GALLEAR. Emitir las aves, sobre todo la perdiz, un sonido de alarma al verse sorprendidas por el cazador: «De mis cinco pájaros, me quedo con el más fácil: uno que se encampanó, galleando, al ser sorprendido en la falda de la ladera» (Delibes 1977, 109). También usa el sustantivo galleo.

GALLOGA. Mata que suele darse en los robledales o entre los enebros. Tiene como fruto unas bolitas rojas: «O sea, después de las ortigas, y la zarzamora, y las gallogas de la cerviguera y todo lo habido y por haber, ¿qué dirá que se le alcanzó?» (Delibes 1983a, 146). La Academia recoge la variante gayuba, también llamada uva de oso.

GAZAPEAR. Moverse los animales lentamente, incluso reptando, para intentar pasar desapercibidos: «La rabona que gazapea, que no ha tomado carrerilla, suele amonarse en un mato» (Delibes 1977, 208). En el mundo taurino, se dice que gazapea aquel toro que no cesa de andar, que no se para quieto en ningún sitio.

HELADA NEGRA. Helada, por lo general tardía, que da al traste con la cosecha: «Cuando en el pueblo aún nos alumbrábamos con candiles, ya existía la helada negra» (Delibes 1978a, 25). Los meteorólogos la explican como una alianza entre el frío intenso y la sequía: la temperatura baja hasta el punto de congelación del rocío, pero ni éste ni la escarcha aparecen por la falta de humedad, por lo que las espigas y los frutos, sin defensa, se ennegrecen y echan a perder.

HERRADÓN. Vasija para el ordeño, más ancha por abajo que por arriba: «Los herradones que ha encargado una clienta para poner flores» (Delibes 1986, 120). Pueden estar hechos en barro (a los que se refiere Delibes en este texto), en madera o metal.

HUMEÓN. Recipiente con un depósito de paja que se prende para que con el humo resultante se relajen las abejas: «Se llegó al chamizo, cogió el humeón y rellenó de paja el depósito» (Delibes 1978b, 88).

LECHERINES. Probablemente se refiere a las cerrajas (Sonchus asper), unas plantas verdes, de savia lechosa, con flores amarillas: «Con el alba abandonaba la cueva y pasaba el día cazando lagartos, recolectando manzanilla, o cortando lecherines para los conejos» (Delibes 2010a, 132). El vocablo está recogido en vocabularios dialectales de Burgos como el de Julio Alonso Asenjo referido a Sandoval de la Reina.

MACARENO. Jabalí macho adulto: «El macareno, al remontar la pequeña pendiente de Retortillo, desplazaba sus jamones dificultosamente» (Delibes 1981, 162).

MAROTO. Carnero que se reserva para semental, suele guiar el rebaño: «Deambulan con los ojos ciegos, reventados, siguiendo de oído la marcha de los marotos» (Delibes 2010b, 14).

MEAÍNA. Mala yerba. Véase merulla.

MERULLA. Mala yerba. Puede tratarse de la pamplina o alsine (Stellaria media), también denominada popularmente meruya en algunos lugares, por ejemplo en Cádiz: «Cría porquería, meaínas, merulla, amapolas y toda clase de mala hierba» (Delibes 1986, 143).

MONDONGO. Pasta formada por sangre frita, miga de pan, cebolla, arroz, manteca y otras especias que se usa para rellenar las morcillas: «Hemos saboreado, al amor de la gloria, mucho mondongo y muchas horas de intimidad» (Delibes 1981, 29). También usa Delibes, por ejemplo en Un año de mi vida, la palabra chichas para referirse al picadillo, es decir, al relleno de los chorizos.

NOGALA. Nogal robusto y anchuroso: «Pasa por cima de la nogala de la tía Bibiana» (Delibes 1978a, 23). En el habla rural, tal como refleja el escritor, hay cierta tendencia a nombrar algunos árboles en femenino (nogala, olma) cuando crecen aislados, y, en consecuencia, fuertes y frondosos, por no tener competidores para el aprovechamiento de los nutrientes.

OREJÓN. Seta (Helvella leucopus). Tiene pie blanco y sombrero negro y en forma de silla de montar. Crece por la primavera en las choperas y, en general, en suelos arenosos, como los viñedos. Sólo es comestible tras una concienzuda limpieza y prolongada cocción: «El orejón lo da la putrefacción de la hoja del chopo» (Delibes 1986, 85).

PAJAROTA. Cogujada (Galerida cristata), Según Martín Criado, este nombre está bastante extendido por zonas de Burgos y Valladolid: «Y no la pajarota de la La Mudarra de que hablé más arriba» (Delibes 1989a, 208).

PALETO. Pato cuchara (Anas clypeata): «Paletos y porrones empezaban a moverse» (Delibes 1981, 83). Tiene el pico en forma de espátula, perfectamente adaptado para alimentarse en la superficie de charcas y lagunas.

PASCUILLA. Fiesta que se celebra, en algunos sitios, en torno al Domingo de Cuasimodo, y, en otros, en torno a Pentecostés: «Por la Pascuilla, estuvo a punto de ocurrir en el pueblo una gran desgracia» (Delibes 2010a, 139). En esta obra se describe una representación teatral popular centrada en el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles simbolizado con la suelta de una paloma (López 2019, 40-46).

PECHILIEBRE. El que tiene pecho de paloma (pectus carinatum), en forma de quilla y con el esternón rematado en punta entre los pectorales: «Que un servidor, ya usted lo habrá advertido, siempre ha sido un poco pechiliebre» (Delibes 1983a, 140). Esta peculiaridad anatómica puede ocasionar dificultades en el funcionamiento del corazón y de los pulmones.

PERINDOLA. Fruto incipiente del pino que se transformará en piña al año siguiente: «La primera ya es piña; la segunda, perindola» (Delibes 1986, 148).

PICORRELINCHO. Pito real (Picus viridis): «Y, luego, en el invierno, poner cuidado, para que el tasugo y el picorrelincho no se las coman [las abejas]» (Delibes 1983a, 118).

PINAR. Alzar, levantar: «No habían acabado de pinar los peleles» (Delibes 1983, 46). Es un dialectalismo registrado, al menos, en Burgos, León y Palencia. En Cantabria se usa la variante pingar.

PORRÓN. Pato porrúo (Aythya ferina). Es un pato buceador de tamaño mediano. Véase paleto.

RABUDO. Pato (Anas acuta) con gran dimorfismo sexual. El macho tiene la cabeza del color del chocolate y una cola muy larga. Véase serín.

RAMBALESCO. Propio de Enrique Rambal, un director de teatro, muy aficionado a los efectos especiales, que triunfó representando la Pasión de Cristo (López 2019, 204-205): «Dejarán de ser una manifestación penitencial espontánea para convertirse en una rambalesca escenificación del drama del Calvario» (Delibes 1986, 139).

RAMERA. Ramas pequeñas de los pinos provistas de hojas, Se usaban, por ejemplo, para los hornos de las tahonas y de las alfarerías: «Es de los pocos que todavía hornean con ramera» (Delibes 1986, 16).

REPULLARSE. Levantar las aves el vuelo para huir casi en vertical: «Se repullaban hasta el cielo y desaparecían de nuestra vista» (Delibes 1992, 71).

SARRACINA. Destrozo, escabechina, matanza: «La loba, con una camada ya crecida, numerosa y hambrienta, que no se atreve a conducir hasta el ejido, puede llevar a cabo alguna sarracina para alimentar a la prole» (Delibes 1996, 81). Según la Academia, tiene las acepciones de ‘pelea tumultuosa’ y ‘pendencia con heridos o muertos’. La que señalo arriba, sin embargo, era frecuente, que yo sepa, en Zamora, León y Santander, con variantes como sarrasina, cerrecina, zarracina o cerrajina. Normalmente se relaciona la palabra con las devastadoras incursiones de los sarracenos, pero, tal vez, también habría que tener en cuenta zarracina (‘ventisca con lluvia’), derivada de cierzo.

SEMICORBATO. Perro, especialmente galgo, que, siendo de otro color, tiene en parte blancos el cuello y la pechera: «Salía al campo sobre su Hunter inglés, seguido de su lebrel de Arabia, semicorbato» (Delibes 1978a, 24).

SERÍN. Verdecillo (Serinus serinus): «Distingue con precisión un porrón de un rabudo, y un verderón de un serín» (Delibes 1970, 146). Es parecido al canario.

SOCARREÑA. Cobertizo para guardar los carros. En Cantabria, sirve también para referirse a una galería inferior de las casas montañesas, situada en la fachada sur debajo de la solana: «Una casona blanca con carros y remolques en la socarreña» (Delibes 1989a, 25).

TASTE. Olor muy intenso: «Es el macho entonces el que baja al taste de la orina, se encela y va detrás» (Delibes 1986, 175). En la Tierra de Campos zamorana, así como en la palentina, se emplea tacto con el significado de ‘olor desagradable’. En El Bierzo, por otra parte, se usa tasto para aludir al olor o sabor desagradables de la bebida que se cata, relacionado con el antiguo verbo tastar (‘paladear’).

TAZADO. Desharrapado, desaliñado: «Apenas me metí en el pinar, un tazado que andaba a la miera me vino con el mismo cuento» (Delibes 2010a, 143). Relacionado con tazar (‘estropear la ropa’).

TENADA. En zonas de Burgos, aprisco, corral para guardar las ovejas: «Tiene el pienso a mano, a un paso de la tenada, en abundancia, sin necesidad de buscarlo» (Delibes 1986, 110). Deriva, en último término, de tignum (‘leño’), y la palabra está emparentada con taina y teina, vocablos que en algunos pueblos de Castilla y León sirven para referirse, en los juegos infantiles, al sitio en que estás a salvo, en que no te pueden capturar; o a las talanqueras.

TORTOLEARSE. Tambalearse, andar haciendo eses: «Toda se tortoleaba, que, como suele decirse, el animal no podía con una libra de humo» (Delibes 1983a, 117). En El habla de Sandoval de la Reina, pueblo de Burgos, Julio Alonso Asenjo recoge tortolear como equivalente a tambalear. El término está relacionado con palabras como torcer, tortura, retortijón o tormento, todas procedentes de tortus (‘torcido’) y torceré (‘retorcer’).

TRULLO. Se emplea como segundo término de una comparación para ponderar la gordura de hombres o animales. Me parece que es resultado de un empleo metafórico de la acepción académica de ‘lagar con depósito inferior donde cae el mosto’: «Por de pronto el mozo se está poniendo como un trullo» (Delibes 1983b, 234). Puede tratarse de un leonesismo. Está emparentado con castellanismos como estrujar o trujal (‘tinaja’).

VE AHÍ. Expresión que, a veces, tiene un valor deíctico y se acompaña con un gesto del dedo señalando: «Vivía ve ahí, en esas casas» (Delibes 1986, 186). Sin embargo, en otras ocasiones, equivale a por ejemplo o ya ves: «Ni la familia hace a veces lo que la señora Verdeja ha hecho conmigo, ve ahí» (Delibes 1983b, 232).

ZARANDAJA. Lasca que se saca de los pinos cuando se hacen las entalladuras para resinarlos: «Cada cual tiene su maña para sacar la zarandaja con la azuela» (Delibes 1986, 146).




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Alonso Asenjo, Julio: El habla de Sandoval de la Reina, https://www.sandovaldelareina.com/castellano/delpueblo/el-habla/su-habla.html. Consultado en septiembre de 2020.

Alonso de los Ríos, César: Conversaciones con Miguel Delibes. Madrid, Magisterio Español, 1971.

Alonso Emperador, Modesto: Estampas pueblerinas de la Tierra de Campos. Palencia, Diputación Provincial, 1978.

Álvarez de Miranda, Pedro: «Miguel Delibes, el enamorado de la lengua», en Delibes. Madrid, Biblioteca Nacional de España, Fundación Miguel Delibes y Acción Cultural Española, pp. 137-151.

Busto García, Gaudencio: «En camisas de once varas», en el blog La pizarra de Gaude. Consultado en septiembre de 2020.

Delibes De Castro, Germán: «Un cazador que escribe», en Delibes. Madrid, Biblioteca Nacional de España, Fundación Miguel Delibes y Acción Cultural Española, pp. 82-95.

Delibes Setién, Miguel: El camino. Barcelona, Destino, 1982a.
Diario de un cazador. Barcelona, Círculo de Lectores, 1982b.
Diario de un emigrante. Barcelona, Destino, 1983b.
Siestas con viento sur. Barcelona, Destino, 1967.
Las ratas. Barcelona, Austral, 2010a.
El libro de la caza menor. Barcelona, Destino, 1989b.
Viejas historias de Castilla la Vieja. Madrid, Alianza Editorial, 1978a.
Con la escopeta al hombro. Barcelona, Destino, 1970.
La hoja roja. Barcelona, Destino, 1975.
Las guerras de nuestros antepasados. Barcelona, Destino, 1983a.
Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo. Barcelona, Destino, 1977.
Mis amigas las truchas. Barcelona, Destino, 2000.
El disputado voto del señor Cayo. Barcelona, Destino, 1978b.
Las perdices del domingo. Barcelona, Destino, 1981.
Los santos inocentes. Barcelona, Planeta, 1993.
Castilla habla. Barcelona, Destino, 1986.
Mi vida al aire libre. Barcelona, Destino, 1989a.
El último coto. Barcelona, Destino, 1992.
He dicho. Barcelona, Destino, 1996.
El hereje. Barcelona, Destino, 1998.
La tierra herida. Barcelona, Destino, 2010b. En colaboración con Miguel Delibes de Castro.

Fernández Martínez, Pilar: «Léxico cinegético en la obra de Miguel Delibes: términos no recogidos en el DRAE», edición electrónica www.lllf.uam.es/clg8. Consultado en febrero de 2012.

López Gutiérrez, Luciano: En torno a las palabras de Delibes. Valladolid, Castilla Ediciones-Fundación Miguel Delibes, 2013.
Un paseo por los mundos de Delibes. Madrid, Los Libros de la Catarata-Fundación Miguel Delibes, 2018.
Anatomía de la Semana Santa. Córdoba, Almuzara, 2019.

Martín Criado, Arturo: Vocabulario de la Ribera del Duero. Aranda de Duero, Biblioteca 14, 1999.

Real Academia Española: Diccionario de la lengua española. Madrid, Espasa, 2014.

Rey, Alfonso: La originalidad novelística de Miguel Delibes. Universidad de Santiago de Compostela, 1975.




NOTAS

[1] Muy conmovedora la semblanza que traza de él su hijo Germán en un reciente libro publicado con ocasión de la exposición homenaje organizada por la Biblioteca Nacional coincidiendo con el centenario de su nacimiento (Delibes de Castro 2020, 94): el escritor, todo un académico, siempre atento en sus charlas con los paisanos para captar palabras no acreditadas o en vías de desaparición, amparándose en la venerable autoridad de bicheros, guardas de cotos, y humildes cazadores de chuchos sin pedigrí, viejas escopetas y morrales de cuero sobado.

[2] Tengo el inmenso honor de estar preparando, en colaboración con la filóloga Araceli Godino, una edición de las cartas que se intercambiaron los dos escritores durante cuarenta años.

[3] Por ejemplo, quizás sería un buen momento el presente para que, coincidiendo con la conmemoración del centenario del nacimiento del novelista, se revisara a conciencia el glosario colgado en la página de la Cátedra Miguel Delibes de la Universidad de Valladolid, con objeto de subsanar algunas erratas e imprecisiones que, seguramente, puedan confundir a quienes lo consultan.

[4] Sobre todo en los testimonios de mi amigo Gaudencio Busto y de mi propio padre, Luciano López García. Ambos fueron pastores y agricultores en su juventud, en Camporredondo y Villalpando respectivamente.



Naturaleza y ruralismos en Delibes

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Publicado en el año 2020 en la Revista de Folklore número 464.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz