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Revista de Folklore número

435



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Notas sobre el uso del término «orive» en Extremadura

VALADES SIERRA, Juan Manuel

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 435 - sumario >



Orespes, orífices, plateros

Para cualquier persona que se aproxime al estudio de la platería o de la joyería popular en la región extremeña, una de las primeras cuestiones que suscita su curiosidad es la terminología utilizada tanto por los especialistas como de manera generalizada, para referirse a los profesionales, quiéranse artistas o artesanos. En efecto, se comprueba enseguida que es muy frecuente el uso del término «orive» para referirse a los plateros u orfebres en esta parte de España; sin embargo, un somero examen de la bibliografía referida a otras regiones de nuestro país pronto revela que esta palabra apenas se usa allí, o incluso se desconoce, prefiriendo siempre hablar de plateros o de orfebres.

Comprobamos además que en nuestro idioma no faltan otros términos, ya en desuso, para hablar de los maestros y oficiales que trabajan el oro y la plata, como sucede con los «orebçes» que aparecen en textos del siglo xiii al servicio del rey Alfonso X el Sabio y distinguidos por él con la concesión de diferentes heredades (Torres-Fontes, 2006). El término parece haber derivado al de «orepse» que se menciona en 1569 en la primera edición de la Recopilación de las Leyes del Reino de Felipe II (Libro V, Tit. XXII, Ley I) al establecer que «ningún orepse, ni platero sea osado de labrar plata por marco de menos ley de los onze dineros y quatro granos»; el Diccionario de Autoridades de 1737 recoge, sin embargo, la voz «orespe», por «platero y artífice que trabaja en cosas de oro» (V: 54), aunque señala que ya por entonces era un término anticuado.

Pero en general, la bibliografía y el uso común en nuestro idioma prefieren el uso de las palabras orífice o, aún mejor, platero; ya el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias se refiere al platero como «El oficial que labra la plata y el oro» (1611: 590v), y el ya citado Diccionario de Autoridades recoge también la acepción «Platero de oro», para referirse al «artífice que trabaja solamente en piezas de oro, ù joyas de preciosas» (1737, V: 293); de hecho, en la primera acepción de la palabra «Orífice» que recoge el diccionario de Terreros y Pando, se lee «platero de oro», remitiendo a su origen latino aurifex (Terreros, 1787: 722). No obstante, un término hoy tan corriente como «orfebre» no se recoge aún en el Diccionario de Autoridades ni en el de Terreros, pues parece de incorporación relativamente reciente a nuestra lengua como derivado del francés orfèvre.

También en la América española existían plateros «de oro», propiamente orfebres u orífices, y plateros «de plata»; en el Virreinato del Perú, a finales del siglo xvii el gremio de los plateros, tanto en Lima como en Cusco, agrupaba una amplia gama de artífices que trabajaban los metales preciosos: los plateros de oro u orífices, los plateros de la plata, los plateros de mazonería, que realizaban diseños mediante el repujado o cincelado, los tiradores de oro o batihojas, que laminaban la plata a martillo, los brosladores o bordadores, y los doradores y filigraneros (Lohmann, 1997: 35); dentro de cada especialidad, por supuesto, existían maestros, oficiales y aprendices, al igual que sucedía en la metrópoli. En el siglo xviii, tal como pasaba también en el Reino de Castilla, el término platero era el más utilizado cuando, como en la mayor parte de los casos extremeños, los maestros y oficiales trabajaban indistintamente uno u otro metal.

También en Extremadura existían los plateros «de mazonería», que realizaban obras que requerían un dominio del relieve y el repujado, aunque igualmente se llamaba así a los plateros de plata que realizaban piezas de iglesia que conllevaban estructuras de cierta importancia arquitectónica (García Mogollón, 1987: 97); hay que mencionar también a los batihojas, que elaboraban el pan de oro y plata, los tiradores, que hacían finos hilos de los metales preciosos destinados a la industria textil, y por supuesto los filigraneros, que trabajaban preferentemente con la técnica de filigrana que posteriormente dominará la joyería civil de la región.

Uso del término orive

Por lo que respecta a la palabra castellana «orive», la bibliografía y el ámbito más coloquial reflejan que su uso para referirse al orfebre o al platero parece estar restringido a la zona más occidental de España; lo encontraremos como equivalente de orfebre o platero con carácter predominante en la Sierra de Francia, donde es usual la grafía «oribe» (Lamano, 1915: 557), al igual que en zonas fronterizas de la provincia de Salamanca como los Arribes, o La Ribera, donde se documenta desde antiguo en localidades como Vilvestre, Saucelle, Mieza, y también en poblaciones más al interior, como Hinojosa, y en general por toda la provincia. Se considera vocablo importado del portugués ourives e incorporado en las hablas leonesas occidentales de larga tradición dialectal salmantina[1] (Llorente, 1947: 197); con una menor presencia, es palabra que se puede encontrar referida a áreas de Andalucía occidental, Zamora o Ávila[2].

En Extremadura encontramos la palabra orive con mucha frecuencia, particularmente en el área más próxima a la frontera con Portugal de la provincia de Cáceres, pero no sólo en esa zona, sino también en la propia capital y extendido con carácter general por toda la Alta Extremadura; en tierras de Acehúche, Ceclavín y pueblos de la comarca, al orfebre o joyero se le llama orive, o con la forma dialectal «orivi» (Sande, 1997: 98), algo que sucede también en Zarza la Mayor, en Torrejoncillo y en la capital de la provincia; de hecho es una palabra de uso ampliamente difundido por los núcleos rurales de toda la Alta Extremadura (Velasco, 1980: 37). Aunque de uso más ocasional, el término es utilizado también en la provincia de Badajoz, donde al parecer no sólo servía para referirse al artífice de las joyas de plata y de oro, sino también para definir el conjunto de las joyas que posee una persona y, por extensión, a sus riquezas, de manera que de las personas acomodadas puede decirse que tienen «mucho orive», (Santos Coco, 1952: 540); en general, el término parece aplicarse en Badajoz, y no sólo en esta provincia, a todo conjunto de alhajas de oro (Viudas, 1980: 125).

Si los orfebres o plateros son conocidos como orives en esa franja más occidental de España, es mucho más raro escuchar esa denominación en la mitad oriental de nuestro país. De hecho, el uso del vocablo dista mucho de estar generalizado en el habla común española, y no se incorpora al Diccionario de la Real Academia Española hasta la edición de 1899; desde entonces, la entrada «orive» aparece siempre simplemente como sinónimo de orífice, y es sólo a partir de la edición de 1970 cuando ya es definido como «Artífice que trabaja en oro, orífice, orespe, oribe».

Con todo, no deja de ser indicativo que el término orive aparezca ya en 1721, mucho antes de su incorporación al DRAE, en el diccionario castellano-portugués de Raphael Bluteau, editado en Lisboa, como equivalente del portugués ourives (Bluteau, 1721: 113). En efecto, hay poderosas y evidentes razones para vincular la palabra española con la portuguesa; el término luso parece derivar del nominativo del vocablo latino aurifex, –cis, quien hace o trabaja el oro, al igual que el catalán orífex, mientras que la palabra castellana orífice, como la italiana orefice, entroncaría más bien con el acusativo aurificem. En Portugal, el término ourives se refiere a un amplio espectro profesional, que va desde los más adinerados orives ricos, los feriantes que acostumbraban a recorrer con sus tenderetes las ferias de las ciudades y aldeas y los comerciantes que regentaban prósperas tiendas que surtían a la aristocracia y alta burguesía hasta los orives más modestos que fabricaban y vendían a las clases populares, maestros ourives de ouro y, más abajo en la escala socioprofesional, los ourives de prata, y por supuesto en la base de la pirámide estaban los que trabajaban por cuenta ajena y eran decididamente pobres, asociados, oficiales y aprendices (Santos, 2007: 109); al mismo tiempo, el término ourivesaria se refiere tanto al arte del trabajo de los metales preciosos como al establecimiento en que éstos son labrados o vendidos.

Algo similar a lo señalado para la lengua portuguesa sucede con el gallego, idioma en que el término ourive es más utilizado en los pueblos cercanos a la frontera lusa como equivalente de prateiro, lo mismo que existe la palabra ourivaría para referirse al arte que practican los ourives[3]. De hecho, la palabra luso-galaica aparece ya en el siglo xiii, en una de las Cantigas de Santa María que se titula «Como Santa Maria fez cobrar seu lume a un ourivez en Chartes»:

Este ceg’ ourívez fora | que non ouvéra mellor

Em tod’ o reino de França | ne-nas térras arredor,

e en servir sempr’ a Virgen | avía mui gran sabor;

e porend’ ũ’ arca d’ ouro | fora mui rica lavrar[4].

También en Extremadura, y más concretamente entre mujeres de Ceclavín ligadas familiarmente a la profesión de la orfebrería, hemos comprobado nosotros el uso de la palabra «orivería» para referirse al oficio, aunque no tanto para el establecimiento o taller del orfebre.

En definitiva, la raigambre portuguesa del término explicaría el que nuestros orives, así llamados, se encuentren preferentemente en provincias fronterizas con Portugal o en las contiguas a éstas, donde además está documentada reiteradamente la presencia de plateros portugueses en distintos momentos de la historia; así, se observa claramente que orive es una palabra de origen portugués y de generalización y aceptación relativamente reciente en la lengua castellana (Sousa, 2004: 89), pese a que se viene apuntando su uso desde tiempos remotos en el habla de las áreas leonesas occidentales (Llorente, 1947: 17), no faltando tampoco ejemplos que invitan a pensar en una introducción temprana, pero lenta y progresiva del término[5].

Llama también la atención el uso de la palabra en Hispanoamérica, donde parece más común la grafía «oribe»; allí también parece documentarse un uso temprano y una generalización progresiva del término en la Nueva Granada, donde

Los primeros plateros españoles que llegaron para avecindarse, o sea para establecerse definitivamente en una ciudad, fueron los Oribes, Urives o plateros de oro. Más tarde, cuando se descubrieron las minas de plata aumentó el número de plateros de plata, como se les conoció entonces (Fajardo, 2008: 30).

Probablemente no es casual que entre los primeros plateros peninsulares que a principios del siglo xvii llegaron a Santafé, la actual Bogotá, y Tunja se cuenten varios ourives portugueses, como Sebastián Solo Gañamoto, originario de Fonte Santa de Guerreiros, en Loures[6], Domingo Barbosa, de Caminha[7] y Pedro López, de Lisboa[8], junto a algunos plateros extremeños, como Juan Delgado, natural de Usagre[9] o Pedro Ramos, de Llerena[10]. Esto fue posible, sin duda, gracias a la facilidad de movimiento que los orives portugueses tenían en esos momentos en las posesiones de la Corona de Castilla gracias a la unión de las coronas:

No hay que olvidar que el Reino de Portugal desde 1580 hasta 1640 dependió de los Reyes de España. Las luchas de restauración se iniciaron el 1º de diciembre del mencionado año. Así que los portugueses desde los inicios de la colonización llegaron al Nuevo Reino de Granada y se dedicaron a diversas actividades relacionadas con el comercio, la minería y seguramente, como lo hemos encontrado, con la platería (Fajardo, 2008: 89).

Algo similar sucede, ya en el siglo xviii, en la capital del Virreinato del Río de la Plata, donde Taullard (2004: 57) señala que aquellos plateros que trabajaban también el oro adoptaban el título de «maestro platero y oribe». No hay duda de que el uso de la palabra tiene que ver con la numerosa presencia de orfebres portugueses en Buenos Aires; de hecho, parece que el primer platero europeo había llegado a la ciudad en 1603 y era portugués, posteriormente, ya entre 1620 y 1640, consta la llegada de los ourives lusos Bernardo Pereyra, Antonio Ribeiro y Francisco da Costa. Ante la creciente presencia de maestros y oficiales portugueses, en 1748 el Cabildo de Buenos Aires encargó al maestro Alonso Suárez Albistur una especie de censo del oficio destinado en realidad a prohibir el oficio y expulsar a los oficiales extranjeros, y particularmente a los portugueses. Sin embargo, el número de profesionales lusos fue creciendo con el tiempo, hasta el punto de que, de los 48 plateros que había en la ciudad en el año de 1777, quince eran portugueses, sólo seis españoles y el resto criollos (Taullard, 2004: 55-56); se sabe que muchos de estos plateros lusos procedían de Guimarães, de donde salió un número indeterminado de maestros en los siglos xviii y xix con destino a Buenos Aires y, sobre todo, a Río de Janeiro (Santos, 2007: 234).

Así pues, no tiene nada de particular que los artistas portugueses, que llegaban a las posesiones españolas en Suramérica entre los siglos xvi y xviii, fueran designados tal como ellos mismos declararían su oficio: ourives, y que el término fuera poco a poco generalizándose para designar a los descendientes de aquellos plateros lusos y también a los profesionales españoles y de las demás nacionalidades. Probablemente otro tanto debió suceder en las áreas rayanas españolas, principalmente las provincias de Salamanca y Cáceres, a principios del siglo xix, cuando se dio un fenómeno similar y comenzó la llegada de orives portugueses en un momento en que, sobre todo en el área extremeña, el oficio de la platería era ejercido apenas por un puñado de artífices. Así, poco a poco se fue consolidando y extendiendo el uso del término portugués, ya castellanizado, para designar a este antiguo oficio.

Introducción del término en Extremadura

En la segunda mitad del siglo xviii sufre la platería extremeña una profunda crisis que lleva a la progresiva disminución del oficio en casi todas las ciudades y poblaciones, llegando a desaparecer en algunos núcleos; en realidad casi puede decirse que los plateros sólo subsisten allí donde la clientela eclesiástica es potente. A mediados del siglo, las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada revelan la existencia de tres maestros plateros y dos oficiales en Plasencia[11], once plateros en Badajoz[12], diez maestros y dos oficiales de Zafra[13], más otros tres plateros en Cáceres[14], tres maestros plateros en Llerena[15], dos maestros de platería y tres oficiales en Almendralejo[16], otros dos en Trujillo[17] y Mérida[18], un maestro y un oficial en Valencia de Alcántara[19] y Jerez de los Caballeros[20], y un solo platero en Coria[21] y en Fregenal de la Sierra[22].

Aunque son menos exhaustivas, y por lo tanto menos fiables que el Catastro del Marqués de la Ensenada, las respuestas al Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura (1791) apenas mencionan la presencia de cuatro plateros en Zafra (Rodríguez y Barrientos, 1994: 764), uno en Azuaga (Rodríguez y Barrientos, 1994a: 214) y otros varios sin especificar su número en Llerena (Rodríguez y Barrientos, 1994a: 615), pero no se cita ninguno en Plasencia, Coria o Alcántara, ni desde luego en lugares posteriormente conocidos por sus orfebres, como Ceclavín, Torrejoncillo o Zarza la Mayor. La bibliografía revela, no obstante, que entre 1790 y 1793 el platero de Trujillo Manuel Arroyo laboraba en Monroy (García Mogollón, 1987: 825), y que el platero Diego Fonseca aparece avecindado en Alcántara no mucho después, en 1798 (García Mogollón, 1987: 858), confirmando la información de Larruga, que sostiene que «en la Villa de Alcántara suele haber algún platero. El Ayuntamiento ha nombrado contraste» (Larruga, 1797: 236); así mismo, en Plasencia trabaja en esas fechas Antonio Díaz (García Mogollón, 1987: 850), probablemente el mismo maestro que es citado en 1798 en el llamado «Censo de Godoy», acompañado de dos aprendices[23]. Del mismo modo, se conoce la existencia en esos momentos de no menos de cinco plateros en Almendralejo, más otros tres en Badajoz, uno en Mérida y otro más en Jerez de los Caballeros (Tejada, 1998: 276-355).

En toda esa documentación, los maestros y oficiales son siempre designados como plateros, no apareciendo la palabra orive en los documentos consultados hasta bien entrado el siglo xix. Es en realidad en una referencia de 1829 cuando la encontramos por vez primera en nuestra región: se trata del Padrón General de Vecinos de Extremadura de 1829, promovido por la Real Audiencia, donde se menciona a José «El Oribe» empadronado en Zarza la Mayor[24]; ahora sabemos que el tal José era, con toda probabilidad, José Gomes de Oliveira, un orive portugués natural de Braga que llevaba viviendo en la localidad extremeña al menos desde 1825. Oliveira formaba parte de un grupo de siete orives, todos ellos originarios de la capital bracarense, que fueron asentándose en Zarza la Mayor entre 1823 y 1825. Son los primeros orives extremeños, portugueses de nacimiento, que al llegar a los pueblos de nuestra región respondían con el término ourives cuando se les preguntaba por su oficio, y por lo tanto pasaban a ser conocidos de esa manera, orives. Esto es particularmente notorio en el Padrón de Vecinos de la villa de Cáceres del año 1836, que recoge la residencia de «Dn. José Oribe ó Puppe»[25] en el Portal Llano de la Plaza Mayor, especificándose además que es «oribe de oficio»: se trata en realidad de José Joaquim Puppe (1793-1864), natural de Braga, otro de los siete orives portugueses que habían llegado a Zarza la Mayor y que se había asentado en la entonces villa de Cáceres entre 1828 y 1829, donde abriría un próspero negocio de platería que cien años después continuaba funcionando con el nombre de «El Precio Fijo». Al parecer, el término orive estaba tan asociado a estos maestros portugueses recién llegados, que el agente censal de 1836 llegó a confundir el apellido de Puppe con su ocupación, que era como seguramente era conocido por la gente de Cáceres; conviene señalar que la palabra platero seguía utilizándose en los padrones cacereños de esos años para designar a los maestros extremeños.

Algo similar lo encontramos en la ciudad de Plasencia unas décadas después, donde las diferentes generaciones de plateros que habían trabajado desde inicios del siglo xix seguían sido así conocidas, y figuran así en la documentación municipal y eclesiástica, hasta que vemos escrito, en el Padrón de Vecinos del año 1871, la palabra «horibe» para especificar la profesión de Tadeo Luis Viera, del que se dice también que es portugués[26] y reside en el número 14 de la calle Talavera. En efecto, nuestra investigación ha mostrado que Tadeu Luís Vieira da Silva (1812-1883) era otro orive portugués, natural del lugar de Valbom, en la parroquia de Fontarcada y municipio de Póvoa de Lanhoso, uno de los más conocidos e importantes lugares donde todavía hoy se sigue trabajando la joyería de filigrana, que era el trabajo que vinieron a hacer estos orives a Extremadura (Valadés, 2016: 142).

En cuanto a la documentación parroquial de la provincia cacereña, tanto en la Diócesis de Coria-Cáceres como en la de Plasencia, que hemos manejado con cierta profusión, no hemos localizado la palabra orive hasta el año 1839 en los registros de Zarza la Mayor; se trata de la referencia a Juan Pablo Módenes Rodríguez (1810-1883), que el 28 de octubre de ese mismo año asistió como testigo al matrimonio de su discípulo en el taller Luis Barres, y de él se dice que es «de exercicio oribe»[27]. Sabemos que Módenes, que no era portugués sino natural de Zarza la Mayor, es el primero de los muchos orives nacidos en la localidad, y había aprendido el oficio de los portugueses Miguel José Pereira y José António Vieira Araújo, de manera que es el eslabón de unión entre los ourives portugueses y los orives extremeños, pasando el término a referirse a los joyeros de la región que trabajaron la conocida orfebrería de filigrana con la que se sigue aún haciendo el aderezo tradicional de la mujer extremeña.

Desde Zarza la Mayor, los orives portugueses y sus discípulos locales fueron expandiéndose por la geografía regional, y con ellos la palabra con que su oficio ya era conocido; si Puppe se marchó a Cáceres, como hemos visto, otros se afincaron en Ceclavín, que será el emporio de la orfebrería cacereña. En esta localidad, el término orive aparece por vez primera el 27 de diciembre de 1851 en la partida de matrimonio de Ramón Serrano Rodríguez, que había nacido en Ceclavín en 1828, y al casarse es mencionado en el documento como «oribe de ofº»[28]; Serrano es también el primer orive no portugués de Ceclavín, y había tenido que aprender la profesión con Luís António Vieira Araújo, natural de Braga, que había llegado a Ceclavín desde Zarza la Mayor en los primeros meses de 1850.

En Garrovillas de Alconétar aparece la palabra orive el 7 de abril de 1862, cuando el orive José Antonio Vieira Pereira, natural de Zarza la Mayor pero hijo de otro orive portugués, bautizaba a su hija Vicenta, siendo identificado el padre como «el orive José Antonio Viera»[29]. En el mismo año, encontramos el término en los registros parroquiales de Cáceres, cuando el 27 de noviembre se casaba en la iglesia de San Juan una de las hijas del ya mencionado José Puppe, el cual es mencionado, muy explícitamente, con la anotación «platero = orive»[30]. Progresivamente, el vocablo se va introduciendo y normalizando en las anotaciones parroquiales de otras poblaciones altoextremeñas, alternando o sustituyendo a los más usuales hasta entonces de platero, orífice, aurífice o fabricante en oro.

No deja de ser llamativo que en esta documentación el término orive comienza a ser aplicado casi exclusivamente a los maestros llegados de Portugal y poco a poco se va extendiendo, primero a los discípulos extremeños de esos orives lusos, y posteriormente a todos los maestros y oficiales que trabajan la filigrana en sus talleres, hasta llegar a imponerse sobre los términos previamente utilizados. También en el Censo electoral de la provincia correspondiente a 1890, primer año en que se aplica el sufragio universal masculino, se utiliza con profusión esta palabra, tanto en la grafía «orive» como «oribe» para referirse a maestros, lo mismo españoles que descendientes de portugueses[31]; mientras tanto, en la documentación padronal municipal de Cáceres y Plasencia se sigue utilizando el término platero para referirse a los oficiales españoles, y no vemos un español denominado orive hasta 1920 tanto en Cáceres como en Plasencia. En la capital de la provincia, se trata de los orives venidos de Ceclavín, los hermanos Bernardo y Agustín Pozas Amores, y del cacereño Julián Arnelas Murciano[32], y en el de Plasencia es el orive de Torrejoncillo Joaquín Ramos Moreno, que se había establecido en la ciudad del Jerte hacia 1910 y que convive con esa denominación con los otros «plateros» de Plasencia[33].

Conclusiones

Todo lo que hemos señalado para la región extremeña, y particularmente para la provincia de Cáceres, permite pensar que la introducción y generalización del uso de esta palabra en nuestro territorio se produce en el primer tercio del siglo xix, comenzando por la frontera en Zarza la Mayor, y extendiéndose después a la actual capital de la provincia, al igual que sucede con otras localidades como Ceclavín, Garrovillas, Plasencia o Torrejoncillo. Los testimonios de la utilización del término orive en periodos anteriores al citado son, no obstante, puntuales y limitados, como hemos señalado para algún caso documentado en el siglo xvii.

Aunque escape al objetivo de nuestra investigación, creemos que algo similar pudo suceder en la provincia de Salamanca, tal vez al mismo tiempo que en la de Cáceres o algunas décadas antes; se ha apuntado la posibilidad de que, desde el último tercio del siglo xviii, existiera una suerte de corredor comercial transfronterizo de la platería (Pérez y Azofra, 2006: 187), que permitiría el paso de orives portugueses a las ferias de las localidades rayanas de Salamanca y Cáceres, donde venderían sus productos y harían surgir el gusto por ellos, al igual que nos consta que hacían los plateros cordobeses en sus incursiones a las ferias y mercados extremeños. Sin embargo, el estado actual de la investigación todavía no permite asegurar este extremo; es bien conocida, no obstante, la procedencia portuguesa de numerosos orives que trabajaron en Salamanca, como el portuense Juan José Pereira, que vivía en la capital en 1794 (Pérez Hernández, 1990: 315), el bracarense Juan Antonio Pereira, que ingresó en colegio de San Eloy en 1833 y vivía en Ciudad Rodrigo (Pérez y Azofra, 2006: 187), o los casos de los mirobrigenses José Luis Nieves, aún hoy en activo, Vasconcellos o los hermanos Cruz Zamarreño (Sánchez Sanz, 1979: 19), todos ellos descendientes de portugueses, como sucede con los hermanos Méndez Vieira y sus hijos, que hoy trabajan en Tamames y La Alberca, que tienen sus raíces en el orive de Travassos José Maria Mendes, llegado a Ciudad Rodrigo en 1921 (Sousa, 2004: 83-89).

Por lo que respecta a Extremadura, es conocido un informe sobre las Rentas de la provincia fechado en 1769 que hablaba de la celebración de 186 ferias y mercados francos cada año a lo largo del lado portugués de la frontera, en los que abundaban los compradores españoles; esas ferias, donde se instalaban verdaderas «calles de plateros» entre otros artífices, parecían expresamente destinadas a los vecinos del otro lado de la Raya, y se celebraban por ejemplo en Elvas, Vidigueira, Vila Viçosa, Terena, Idanha-a-Nova, Fronteira, Évora, Estremoz, Castelo Branco, Mourão, Beja, Castelo de Vide, Crato, Campo Maior, Portalegre, Olivenza, Nisa, Redondo, Penamacor, etc. Por el contrario, en el lado español la realidad era muy distinta, con un número muy reducido de ferias en las que la platería aparecía escasamente, como en Zarza la Mayor donde se vendía algún género fabricado en Alcántara, y poco más (Melón, 1999: 132). Sólo era cuestión de tiempo que esos orives lusos superaran las dificultades administrativas impuestas por la condición fronteriza de esas localidades dando el paso de afincarse en alguna de ellas, y seguramente, con su repertorio de técnicas y tipos de joyas, trajeron toda una terminología importada directamente de la lengua portuguesa, empezando por la propia denominación del oficio.

No deja de ser interesante comprobar, corroborando lo dicho sobre la importación de términos de la filigrana portuguesa, el innegable origen luso de términos técnicos utilizados entre los orives extremeños, y también en parte por los salmantinos, tales como carriño, damasquillo, estillera, cacifo, borrachina, peruca, brincos, bambolina, etc., del mismo modo que la tipología de las joyas confeccionadas por los orives salmantinos y cacereños coincide en numerosos modelos con los originales que se hicieron y se siguen haciendo en localidades portuguesas bien conocidas por sus joyas de filigrana, como Travassos o Gondomar. Por todo ello, creemos que, cada vez más, resulta más verosímil hablar de una migración de orfebres portugueses a lo largo del siglo xix, especialmente en su primera mitad, a la zona occidental española, al menos Salamanca y Cáceres, que de influencias de la joyería popular lusa sobre la de esta zona peninsular; tal migración justifica no sólo las coincidencias observadas en la técnica y la tipología joyera, sino también en la terminología utilizada, comenzando por la propia denominación de los artistas, los orives.




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NOTAS

[1] Llorente sostiene que el término «orive» se utiliza desde antiguo en el habla dialectal salmantina, «atestiguada desde Juan del Encina». Nosotros hemos examinado las Obras Completas de Juan del Encina en edición de Ana María Rambaldo (1978-1983) sin haberlo hallado en ninguna ocasión.

[2] El término «orive» es frecuentemente utilizado en la literatura científica, con una u otra grafía, por investigadores que trabajan sobre la platería y joyería de Salamanca (Azofra, 2001 y 2004; Azofra y Pérez, 2005; Cea, 1985; Domínguez, 2008; Herradón, 2005; Puerto, 1996; Sánchez, 1979), Ávila (Martín y Gutiérrez, 2007; Domínguez, 2011 y 2012; Martínez, 2011), Sevilla (Santos Márquez, 2007 y 2014; López, 2008) o Cádiz (Santos Márquez, 2012), por citar sólo algunos ejemplos. Para Extremadura lo leemos también en numerosos trabajos, de los que apenas mencionamos Azofra, 2007; García Mogollón, 1987 y 2010; González Casarrubios, 1981 o Méndez, 2000, 2004, 2007 y 2008.

[3] El Diccionario da Real Academia Galega recoge ourivaría, con su equivalente ourivería como «Arte de traballar os metais preciosos para facer xoias, obxectos de adorno ou de culto, útiles para as casas nobres etc.» [http://www.realacademiagalega.org/dicionario#searchNoun.do?nounTitle=Ourivaría&homonymNumber=]. Consultado el 28 de junio de 2014.

[4] Cantiga nº 362. [http://www.cantigasdesantamaria.com/csm/362]. Consultado el 28 de junio de 2014.

[5] Aunque de origen catalán, el platero asentado en Badajoz Pablo de Prado (1663-1685) declara en su testamento ser de oficio «oribe», en época en que resulta infrecuente el término en Extremadura (Tejada, 1998: 369).

[6] Sebastián Solo Gañamoto había nacido en la Fuente de Santa de los Guerreros, hijo legítimo de Jorge Díaz Gañamoto y de Isabel Fernández, registrado en 1573 (Fajardo, 2008: 351).

[7] Domingo Barbosa, platero de plata, firmó testamento el 2 de marzo de 1627, era originario de Caminha, entonces en el arzobispado de Braga. Hijo legítimo de Gonzalo Gómez de Silva y de Ana Barbosa y Lima, trabajó en Tunja y Santafé (Fajardo, 2008: 266).

[8] En su testamento, fechado en 1638, Pedro López se refiere a Gonzalo Hernández, portugués y platero, y a Eustacio Jiménez, probablemente también paisano de ambos. López aseguraba que había vivido y trabajado durante 26 años seguidos en su taller alquilado en Tunja (Fajardo, 2008: 89). Además, Diego de Acosta aparece documentado en Santafé en 1658 y se sabe que «procedía de Portugal» (Fajardo, 2008: 258).

[9] Juan Delgado, preso en Santafé, en 1578, junto con el también platero Pedro de Vega, fue acusado de estar casado en los Reinos de España con Inés López en Usagre y obligado a embarcar de vuelta para «hacer vida maridable con la dicha su mujer» (Fajardo, 2008: 282).

[10] Pedro Ramos, de Llerena, hijo de Pedro Ramos y de María de Valencia, según consta en el testamento de su padre en Santafé, 1625 (Fajardo, 2008: 334).

[11] Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada. Plasencia (1752). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L147_146.jpg, el 21 de enero de 2014.

[12] Ídem. Badajoz (1752). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L136_100.jpg y AGS_CE_RG_L136_101.jpg, el 5 de febrero de 2014. Son los plateros Juan Bravo Raposo, Pedro Bravo, José Monteserín, Manuel Sánchez Burrero, Manuel Curvo, Antonio José Vilaza, Rodrigo Pegado, José Diarce, Antonio Diarce, Pedro Linares y Antonio Palermo, este último pobre de solemnidad, más Alfonsa Curvo, comerciante en géneros de platería.

[13] Ídem. Zafra (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L154_337.jpg, el 5 de febrero de 2014. Los maestros son Alfonso Pastor, que también ejercía como oculista, Diego Rangel, Francisco Rangel, José Rangel, Luis Esquinas, Manuel Gómez Porras, Manuel Fernández, Simón López, Fernando Ponce y Juan Jiménez Bellido, que también era músico; los oficiales son Bartolomé Rangel y Felipe Olea.

[14] Ídem. Cáceres (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L137_188.jpg, el 3 de febrero de 2014. No especifica los nombres.

[15] Ídem. Llerena (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L143_141.jpg, el 5 de febrero de 2014. Son Francisco Moreno, Francisco de la Huerta y Francisco Matamoros.

[16] Ídem. Almendralejo (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L134_217.jpg, el 5 de febrero de 2014. No especifica los nombres.

[17] Ídem. Trujillo (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L151_053.jpg, el 3 de febrero de 2014. Sin especificar los nombres.

[18] Ídem. Mérida (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L144_045.jpg, el 5 de febrero de 2014. Son Esteban Corchero y Apolinar de la Fuente, que en ese momento ya había trasladado su vecindad a Cádiz.

[19] Ídem. Valencia de Alcántara (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L152_048.jpg, el 20 de diciembre de 2015. Son Diego Díaz Carballo y su hijo Francisco.

[20] Ídem. Jerez de los Caballeros (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L154_068.jpg, el 5 de febrero de 2014. El maestro es Juan Sanguino y el oficial Diego Cárdenas.

[21] Ídem. Coria (1753). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, AGS_CE_RG_L137_060.jpg, el 3 de febrero de 2014. Se trata de Manuel Rubio.

[22] Ídem.Fregenal de la Sierra (1751). Consultado en pares.mcu.es/Catastro/, GS_CE_RG_L561_1135.jpg, el 5 de febrero de 2014. No aparece el nombre.

[23] Archivo Histórico Municipal de Plasencia (AHMP). Enumeración de almas de esta ciudad de Plasencia. Año de 1798. Fol. 14.

[24] Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Real Audiencia. Legajo 370-18: 18.

[25] Archivo Histórico Municipal de Cáceres (AHMC). Caja 19/246: 13.

[26] AHMP. Padrón de Vecinos. Año 1871. Ref.: Estadística. Padrones de habitantes.

[27] Archivo Diocesano de Coria-Cáceres (ADCC). Parroquia de San Andrés en Zarza la Mayor. Libro de Casados nº 13. Fol. 73.

[28] ADCC. Parroquia de Santa María del Olmo en Ceclavín. Libro de Casados nº 45. Fol. 2.

[29] ADCC. Parroquia de San Pedro en Garrovillas. Libro de Bautizados nº 17. Fol. 49.

[30] Archivo Parroquial de San Juan en Cáceres. Libro de Casados nº 22. Fol. 13v.

[31] Archivo de la Diputación Provincial de Cáceres. Provincia de Cáceres. Listas electorales definitivas. 1890. Sigª 5511.

[32] AHMC. Padrón de Vecinos de 1920, s.r.

[33] AHMP. Padrón Municipal de Plasencia. Año 1920. Ref.: Estadística. Padrones de habitantes.



Notas sobre el uso del término «orive» en Extremadura

VALADES SIERRA, Juan Manuel

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 435.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz