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Divinidades tutelares sobre puertas

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 432.

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En las religiones animistas o politeístas se consideró divinidad tutelar a cualquier espíritu o deidad que tuviera como cargo o misión proteger algo determinado, ya fuera ciudad, nación, profesión u oficio. Concepción que equivaldría en las religiones cristianas actuales a los santos o Vírgenes, tenidos hoy como protectores individuales –caso del ángel de la guarda–, familiares, locales o nacionales, caso de Santiago.

Con referencia a las ciudades se sabe que éstas, desde antiguo, una vez amuralladas, buscaron seres superiores que las protegieran, no sólo del mundo exterior natural y salvaje, sino también de sus posibles enemigos en casos de guerra o asedio. De ahí que el nombre de tal divinidad soliera mantenerse rigurosamente en secreto, y bajo pena de muerte para quien osara revelarlo, a fin de evitar ceremonias de invocación contra ellas por parte de quienes les fueran hostiles. Por ejemplo, en la religión de la antigua Roma, durante los conflictos bélicos, tenía lugar el ritual especial de la evocatio, mediante el cual se estimulaba a las divinidades tutelares contrarias a instalarse en la ciudad bajo la promesa de ofrecerles un mayor culto que en sus lugares de procedencia o de edificarles templos más suntuosos.

En Egipto, cada uno de los nomos o provincias, tenía su propia deidad protectora, incluso después de que se agruparan en las Dos Tierras –Alto y Bajo Egipto–, de ahí que en el país del Nilo se venerase a decenas de dioses, que tenían mayor o menor categoría según lo importante que fuera la ciudad, aunque cuando esas ciudades-estado se unían, por lo general, sus divinidades también lo hacían, como sucedió con Amón -dios de Tebas, hasta que Akénaton le hizo desaparecer junto con las demás divinidades sustituyéndolo por Atón- y Ra –dios de Heliópolis, en el Bajo Egipto- para convertirse en Amón Ra. En Menfis, se veneraba a Horus -Señor del Cielo –, a Apis -el toro sagrado -, considerado como una manifestación de Ptah -dios creador y sanador- y Hator -divinidad cósmica, diosa del amor, de la alegría, la danza y la música -. Las ciudades de Cinópolis y Thinis, en el Egipto Central, eran tuteladas por Anubis, que facilitaba la ascensión de los muertos hacia las regiones celestes. En la Diospolis Parva tenían como benefactora a Neftis, que simbolizaba la oscuridad, las tinieblas y la muerte. Osiris, señor del subsuelo y protector de los difuntos, lo era en Abidos, capital del Alto Egipto; Isis, la Gran Diosa Madre, la fuerza fecundadora de la Naturaleza, la diosa de la maternidad y de los nacimientos tenía sus principales templos de culto en la isla Filé, en Behbeit el-Hagar y en Guiza, donde se la veneraba como Señora de las pirámides, hasta el punto de hacerse tan prominente su culto que llegó a sincretizar el de otras diosas y se extendió por todo el Mediterráneo, resistiendo, incluso la expansión del cristianismo durante el Imperio romano hasta su prohibición en tiempos de Justiniano. Y así podrían seguir citándose a Bastet –que lo fue en Bubastis–, Khum, en Esna, Sobek en Kom Ombo y El Fayun...

En la antigua Mesopotamia y principalmente en la mitología asiria, los lamasu eran unos seres híbridos, con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza de hombre que recreaban el equilibrio entre el cielo, la tierra y las aguas, a la vez que servían de intermediarios entre el hombre y la divinidad. Fueron asociados por los acadios con el dios Papsukal. En un principio se tenían como espíritus protectores de la familia. Por ello, se les grababa en tablillas de arcilla que se enterraban bajo el umbral de la puerta. Más tarde se convirtieron en protectores de las ciudades y palacios, pues se creía que estos toros androcéfalos ahuyentaban tanto a los seres maléficos como a los enemigos. Esta costumbre asiria sería copiada posteriormente, aunque con algunas variantes, por los persas en Persépolis.

En la Italia antigua las ciudades tuvieron también sus particulares divinidades tutelares. Así, Lanivium, en el Lacio, y Veyes, al noroeste de Roma, rindieron culto a Juno Sospita, culto que había sido introducido por el aqueo Diomedes, uno de los héroes de la guerra de Troya. La misma Roma tuvo a Juno, Júpiter y Minerva -la Triada Capitolina -. Y más tarde, tras el arraigo en Roma de la diosa frigia Cibeles en el siglo III a. de C., como Magna Mater, adorada en Anatolia desde el Neolítico, se le construyó un templo junto al de la Triada. Cibeles era representada con vestiduras frigias y con una corona con forma de muralla, que simbolizaba la protección que ejercía sobre la urbe. Corona que, igualmente, había ostentado en la mitología griega Tiqué, divinidad urbana que regía la suerte o la prosperidad de la ciudad. Su equivalente en la mitología romana fue Fortuna, diosa de la buena o mala suerte.

Además, en Grecia, una de las principales divinidades olímpicas de su panteón, Atenea, fue patrona de diversas polis del Ática y principalmente de Atenas, tras competir con Poseidón por ese patronazgo, según antiguas tradiciones helenas, culto que se extendería igualmente desde las colonias griegas de Asia Menor hasta la Península Ibérica.

También podría seguirse tratando de otras divinidades tutelares, como Lug y Teutates o Tutatis entre los celtas, de Baraecus -palabra que según algún autor significaría muralla o vallado - entre los vetones ibéricos…

Y ya durante la Edad Media en toda Europa, fue costumbre colocar imágenes de la Virgen o santos a la entrada de las ciudades… ¿Rememorando, acaso, la práctica asiria? No cabe duda de que numerosas costumbres paganas fueron adoptadas por el cristianismo, a pesar del vade retro satana que sacerdotes y prelados lanzaron contra las prácticas de los gentiles.

Pero pasemos a otros temas.

Cuenta una leyenda que, en cierta ocasión, cuando San Vicente Ferrer volvía de predicar por tierras catalanas, al llegar frente a las murallas de Barcelona vio encima de la puerta principal de acceso a la ciudad la figura de un ángel que hacía guardia empuñando una espada. El santo le preguntó qué hacía en aquel lugar y en aquella actitud, a lo cual le respondió el espíritu celeste que guardaba la ciudad por orden del Altísimo.

Años más tarde, Barcelona sufrió una terrible epidemia de cólera imposible de atajar por medios terrenales. Entonces, los dirigentes de la ciudad acordaron colocar sobre la puerta de la muralla una imagen del Ángel de la Guarda para que el pueblo la venerara, librándose así de la epidemia que padecían. La tradición no aclara si obtuvieron el remedio divino y se curaron, o no.

Con igual intención -evitar que entrasen las posibles epidemias que pudieran traer los viajeros que llegaban a la ciudad -, los vecinos de Bocairent -Valencia -pusieron sobre una de las puertas locales, donde se situaba la ermita de la Madre de Dios de Agosto una imagen de la Virgen.

En Madrid, la Iglesia avivó la colocación de imágenes para señalar y proteger las entradas de la muralla y también para evitar los brotes de violencia urbana. Por ejemplo, sobre la puerta de Guadalajara, se colocó una imagen del Ángel de la Guarda, que más tarde el Ayuntamiento trasladó a la ermita de su nombre.

En Toledo, colocaron sobre la Puerta del Sol un bajorrelieve que representa la imposición de la casulla a San Ildefonso bajo el sol -que da nombre al acceso - y la luna.

En Marbella abundan las hornacinas de santos y de vírgenes, algunas de las cuales provienen de tiempos de la Reconquista, como la Virgen de la Cabeza, situada sobre la Puerta del Mar; la del Corazón de Jesús, en la Puerta de Ronda, donde se paraban a rezar los viajeros que entraban o salían de la ciudad; la Puerta de Málaga, con la Inmaculada, la de Cristo de la Vera Cruz, …

También en Extremadura algunas de sus principales ciudades ostentan imágenes de vírgenes o de santos en sus puertas de acceso. Así, Cáceres conserva tres de esas entradas: El Arco de Cristo -o Puerta del Río -, que se construyó en la muralla levantada por los romanos en el siglo i d. de C., por donde se cree que pasaba la Vía de la Plata en dirección a Mérida, tiene una hornacina con la imagen de Cristo; el Arco de Santa Ana, que comenzó siendo un postigo durante la ocupación musulmana, muestra una imagen tallada de Santa Ana y el niño Jesús; y el Arco de la Estrella -o Puerta Nueva -, principal acceso a la Ciudad Monumental, del siglo xv, tiene en su parte posterior un templete con la estatua de la Virgen de la Estrella, a la cual se encomendaban los viajeros cuando salían de la ciudad y mostraban su agradecimiento cuando volvían a ella.

En el Valle del Alagón, Coria, conserva tres puertas de origen romano: una de la Guía, que además de llevar en la parte superior un escudo de los Duques de Alba, señores de la Ciudad, ostenta una imagen mariana de igual advocación, venerada por los caminantes, la Puerta Nueva, también llamada del Carmen porque comunicaba los arrabales del Carmen y San Francisco y la puerta de la Corredera, también llamada Puerta del Sol, que carece de imágenes. En la Puerta de San Francisco, de la Cava o del Rollo subsiste una hornacina sin imagen, aunque se supone que pudo tener una de San Francisco, dada su proximidad al convento franciscano de la ciudad.

Al norte de Cáceres, Plasencia -la capital del Jerte -tuvo antaño once accesos a la ciudad entre puertas y postigos, de los cuales sólo perduran diez, pues la puerta de San Antón o de la Fortaleza ha desaparecido. Y de las actuales puertas únicamente tres ostentan imágenes sobre ellas: La Puerta del Sol, llamada así por su orientación al este, que está coronada por una imagen de la Virgen de la Estrella en su hornacina exterior, y por otra de San Fulgencio, patrón de la ciudad, en su parte interior; la Puerta de Coria, en cuyo clave aparece una figura que se ha identificado con el arcángel San Miguel y la Puerta de Berrozanas -así nominada por situarse en el camino de acceso a la dehesa de igual nombre -, que igualmente presenta la imagen de San Miguel con una espada y una cruz.

En la parte occidental de la provincia badajocense, Olivenza -que perteneció a Portugal hasta la Guerra de las Naranjas, breve conflicto militar que enfrentó al país vecino con España en 1901 -, conserva la conocida como Puerta del Calvario. En el centro del frontón y como recuerdo de su pasado luso, aparece una corona real sobre el escudo portugués, y en la parte inferior se reproduce un calvario como recuerdo del que se suprimió cuando se construyeron la muralla y la puerta.

Pero es sin duda Badajoz, la capital meridional de Extremadura, la que conserva mayor número de puertas en su casco urbano: La Puerta de Palma, en cuyo centro hay una imagen de bulto de Nuestra Señora de los Ángeles, con sendos ángeles simétricos tallados en releve a los lados; la del Pilar, así conocida por la pequeña escultura de la Virgen de igual advocación que la preside; de Mérida, que en su fachada interior tenía una capilla bajo la advocación de la Virgen de Tentudía; de los Pajaritos o de la Oropéndola, que según dice la tradición popular se denominó así porque en ella estuvo expuesto el cuadro de Luis de Morales llamado La Virgen y el pajarito, de 1546, hoy en la iglesia madrileña de San Agustín, aunque según otros investigadores locales lo que en esa puerta se veneraba era una talla de la Virgen y el Niño, actualmente en la Iglesia de San Agustín de la ciudad.

Y ya fuera de España cabe citar la Virgen de la Puerta, en Otuzco, capital de la provincia peruana de igual nombre, al noreste de Trujillo. Según las crónicas, el culto a esta imagen comenzó en el siglo XVII. Cuando comenzaron los ataques piratas sobre las costas del país, las autoridades trujillanas no sólo temieron un ataque a su ciudad, sino que los asaltos se extendieran también a los pueblos cercanos, especialmente cuando se supo que las ciudades de Guayaquil y Zaña habían sido asaltadas. En prevención, se envió aviso a los pueblos próximos para que estuviesen alertas. Para ello, los otuzcanos, colocaron, como protección, la imagen de su patrona, la Virgen de la Concepción, a la entrada del poblado. Fuera o no por esta acción, lo cierto fue que ni Trujillo ni los pueblos próximos sufrieron ataques piratas. Desde entonces, el culto a la Virgen de la Puerta se extendió por todo el norte del país.



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RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 432.