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Los umbrales

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2018 en la Revista de Folklore número 432.

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Si el número de revista es anterior al 350, puede descargarse desde la:
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Aristóteles entendía el paso de ser en potencia a ser en acto como la definición del movimiento. Entre ambas circunstancias mediaba un espacio que, en algún momento, necesitaba un acto de voluntad, una decisión de transgredir un límite, probablemente más allá de lo físico, que nos permitiera “acceder” o dar un paso de un estado al otro. Ese acceso –parece que la lógica lo pedía- requería luz para que nuestro paso no fuera en falso o para que se iluminase nuestra pisada. El umbral se convirtió así, de línea fronteriza en límite iluminado, en “lumbral”, que nuestros pies habrían de atravesar para pasar a otro estado. Johann Friedrich Herbart nos aportó la idea de convertir ese límite material, concreto, en puerta virtual del conocimiento y Ernst Heinrich Weber, el creador de la psicofísica, continuó sus estudios relacionando sensaciones y estímulos. El umbral pasó, por tanto, de ser solamente una posibilidad de entrada a ser el confín de nuestros propios sueños. De hecho, en psicología es todavía hoy una palabra muy usada, tanto al estudiar las sensaciones como al analizar los límites de la conciencia. En arquitectura define el acceso a una casa o edificio pero también sirve para dar nombre a la viga de madera o piedra sostenida por pilares que soporta el peso de un muro al abrir en su superficie un hueco. Tal vez por eso algunos filólogos relacionan umbral con humeral, derivando la significación del término de la misma función que cumplen los hombros en el ser humano, pues sirven para mantener sobre ellos un peso y sostener esa cargazón.

La importancia de la palabra, ya se utilice en singular o en plural, es evidente: significa un límite que marca una jurisdicción pero también una contingencia, con el riesgo que ello comporta y las consecuencias que pueden derivarse de su transgresión. En el caso de la entrada al hogar, los signos celestes, vegetales, animales o humanos, parecían advertir en los dinteles que se accedía a un espacio en el que las creencias se imponían y marcaban diferencias. Incluso en algunas zonas se denominaba “motilones” a unas cabezas exentas cuya misteriosa inclusión en las piedras adinteladas sugería la separación entre un exterior salvaje y un interior habitado, cuya protección se encomendaba a una fuerza o un poder superior.



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DIAZ GONZALEZ, Joaquín

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