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Revista de Folklore número

2014



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Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán

LEAL BOVEDA, José María

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014 - sumario >



* Este trabajo es la traducción, corregida y aumentada, al español de otro en gallego denominado: «Os muíños e o ciclo do pan na obra de Valle», publicado en Cuadrante, n.º 25, 2012, págs. 153-192 y n.º 27, 2013, págs. 119-170.

Al Club Natación Galaico en cuya biblioteca se fraguaron estas líneas

«Traca traca traca traco

Traca traca traca traco

Que así naceu a muiñeira

Unha noite non sei cando

A moa e un gran de avea

Déronse un bico nos labi…

Que non se diga meniña

Que o muiño non fai milagros

Danos o pan cada día

E ata meniños galanos»[1]

(Paco Rivas, 2012)


Introducción

Los trazos que definen la personalidad histórica y artística de Valle Inclán tienen mucho que ver con su educación familiar (y las vivencias personales que incorpora), así como la propia formación intelectual, bien de corte academicista o plasmada en experiencias vividas. En este sentido, es bien sabido que en su casa conviven dos ideologías contrapuestas pertenecientes a otros tantos mundos ideológicos enfrentados, a saber: el liberalismo, representado por la línea paterna, y el carlismo (absolutismo), encarnado en la parte materna.

Y así, en no pocas de sus obras podemos encontrar referencias a un mundo rural, tradicional, enraizado en la tierra gallega que, en definitiva, nos remite con frecuencia a una sociedad estática, de economía agraria en sus formas más tradicionales, repitiéndose las alusiones a los grupos privilegiados del Antiguo Régimen; la hidalguía y el clero, con predominio del primero, pero también las citas a los labradores y sus relaciones de dependencia con las castas anteriores. Por ello, veremos aparecer a menudo términos como mayorazgo (morgado en gallego), censos, foros, hidalgo (fidalgo), vinculero (vinculeiro), pazo, cabezalero (cabezaleiro), etc. Esto no quiere decir que Valle Inclán desconozca el nuevo mundo industrial y burgués que se consolida en su villa y comarca, Vilanova de Arousa y valle del Salnés en Pontevedra, pero lo elude o reniega de él, como luego veremos.

En este sentido, Valle ve con estos ojos a la casta hidalga, representada por don Juan Manuel:

¿Ves allá lejos un jinete? No veo nada. Ahora pasa la Fontela. Sí, ya le veo. Es el tío Don Juan Manuel. El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón […] Es verdad que era magnífico aquel Don Juan Manuel Montenegro. Sin duda le pareció que no acudían a flanquearle la puerta con toda la presteza requerida, porque hincando las espuelas al caballo se alejó al galope. Desde lejos, se volvió gritando: No puedo detenerme. Voy a Viana del Prior. Tengo que apalear a un escribano […] A pesar de los años, que habían blanqueado por completo sus cabellos, conservábase arrogante y erguido como en sus buenos tiempos, cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona. Llevaba ya muchos años retirado en su Pazo de Lantañón, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos, chalaneando en las ferias, jugando en las villas y sentándose a la mesa de los abades en todas las fiestas[2].

O describe la casa de los vinculeros así:

La casa del vinculero daba también a una plaza verde y silenciosa donde algunos clérigos paseaban al sol del invierno. Tenía una gran puerta blasonada y un arco que comunicaba con la iglesia del convento, siendo paso reservado para la tribuna que aquellos hidalgos disfrutaban a la derecha del altar mayor, en la capilla del Cardenal Montenegro[3].

Hasta que comienza el bachillerato, Ramón Valle vive en esa sociedad campesina, arcaica y profundamente tradicional a la que volverá años más tarde para instalarse en Cambados y A Pobra do Caramiñal, tierras que con frecuencia fueron marco de sus tradiciones y fuente de leyendas, creencias supersticiosas, a la par que cantera de personajes de sus obras. Incluso, de aquí partirá la curiosidad de don Ramón por todo lo gallego expresada en la proyectada Historia de Galicia, en la línea de la relación que mantenía con Manuel Murguía y el regionalismo gallego[4].

En definitiva, por ejemplo, con la saga de los Montenegro, encabezada por el patriarca, don Juan Manuel, viejo hidalgo de noble pazo gallego, que contempla con impotente rabia y profunda nostalgia cómo su mundo, la arcaica sociedad que representa la Galicia decimonónica —la misma que Valle Inclán vivió de chaval— se derrumba ante el empuje de la nueva y pujante sociedad burguesa, capitalista y liberal[5].

En este contexto, no solo citará con extremo rigor conceptual los términos anteriormente anotados que definen la propiedad del Antiguo Régimen, sino que también lo hará con un elemento vital de la economía protoindustrial de esta Galicia: los molinos. Así, son constantes las alusiones a los mismos llenas de un gran conocimiento tanto de su funcionamiento, localización, etc., como del régimen jurídico-consuetudinario de los distintos tipos de propiedad que pueden tener. Pero la cosa no acaba aquí, ya que los molinos forman parte del denominado ciclo del pan, integrado por los sistemas y tipos de cultivos de los distintos cereales y de otras construcciones como son: los hórreos (graneros donde se seca y almacena el cereal y otras materias primas procedentes de la tierra), donde se guarda el grano durante todo el año; las eras, lugares en los que mediante la malla (trilla) se separa el grano de la paja, y, finalmente, los hornos o cámaras de cocción de la masa de harina fermentada para dar el pan.

Todos estos elementos están mentados en los textos de Valle con gran conocimiento de la materia en cuestión, independientemente de los usos simbólicos, y tampoco faltarán las alusiones a los rituales que lleva todo el ciclo panificador, desde que se siembra el cereal hasta que el pan sale del horno: «Una espiga tiene muchos granos que desgranar, y mucha harina que amasar, y mucho pan que dar. Y las buenas palabras —nuestra abuela decía— son espigas de la era de Dios»[6].

O en la jornada tercera de Geórgicas, cautiverio, en la que se expone: «Arde una lumbrada de tojos en la gran cocina, ahumada de cien años, que dice con sus hornos y su vasto lar holgura y labranzas. Una vieja hila sentada debajo del candil. Los otros criados desgranan mazorcas para enviar el fruto al molino…»[7].

Al tratamiento valleinclaniano de estos aspectos van destinadas las siguientes páginas.

1. Los mundos valleinclanianos. La transición del Antiguo Régimen al mundo liberal y al siglo xx en la comarca del Salnés y Vilanova de Arousa, Pontevedra

Nos parece importante referir las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de las tierras en las que Valle nace y vive hasta su juventud, también en la madurez y vejez, porque habrán de dejar honda huella en algunas de sus obras posteriores.

En efecto, la península del Salnés se sitúa en el sur de la provincia de Pontevedra, entre las rías de Pontevedra y Arousa, teniendo al actual Ayuntamiento de Vilagarcía como límite administrativo norte, mientras que el Grove la cierra por el sur. Representa un ámbito geográfico con una marcada influencia litoral que habrá de imponer su impronta sobre las actividades humanas que en él se den. Pero hacia el interior se nos muestra una gran diversidad geográfica fruto de la presencia de la dorsal del Castrove que desde las tierras del Deza se prolonga hacia Vilalonga, dando paisajes mixtos de fondo de valle, muy aptos para la agricultura, irrigados por el río Umia y la pléyade de regatos que en él desembocan, y el pie de monte con acusada pendiente y altitudes próximas a los 250 metros en el que los cultivos arbóreos y de viña se hacen predominantes.

En este espacio, muy humanizado desde la romanización, se dieron importantes novedades agrarias, desde la introducción de las cepas de vino albariño en la Edad Media hasta la propia del maíz, patata y los demás cultivos americanos a finales del siglo xvii. También el mar, explotado desde tiempos inmemoriales con técnicas en demasía extensivas, experimentará la tecnificación con los nuevos métodos de extracción intensiva de los catalanes desde finales del siglo xviii. La aclimatación y superación de las viejas técnicas y métodos de producción supondrán un avance en una sociedad muy masificada desde antiguo, el anquilosamiento productivo o los reveses climatológicos, por ejemplo: épocas de mucha sequía o lluvia darán como resultado la emigración hacia otras tierras. Díaz de Rábago, profesor de la Universidad de Santiago y tutor de Valle Inclán en la misma, explica las diferencias entre las artes catalanas y patrianas de esta manera: «Diferencianse los procedimientos industriales catalanes de los gallegos en los artes empleados en la pesca como en la preparación y salazón del género […]. Si más beneficioso el método catalán por arrojar mayor cantidad de grasa, es más sabrosa que la prensada la sardina blanca ó cochada, y aun hoy el país para su consumo no busca ni quiere otra…»[8].

Pero, además, los catalanes trajeron consigo nuevos métodos de explotación como el bou, prohibido posteriormente por el enorme destrozo que hacía en las crías del pescado, o la xábega que «era red barredera que arrastraba consigo la ova y cría y obraba de semejante modo que las parejas del bou»[9].

El otro arte ancestral de los patrianos era el cerco real «que pesca en superiores condiciones, pues ni maltrata la sardina, ni aniquila la cría, y cuya forma y uso fueran reglamentados de antiguo por el Gremio de pescadores de Pontevedra»[10].

Ambas artes hacían competencia desleal con el xeito y cerco real que para Díaz de Rábago era declarado «imprudentemente por la Ordenanza de Pontevedra el mejor y más útil instrumento para pescar sardina de cuantos hasta ahora se conocen, pues con ella ganan la vida todos los marineros pobres y ricos, acompañándose dos o tres individuos en una lancha ó dorna, difundiéndose la utilidad de esta pesca entre todos los matriculados»[11].

Para fechas previas al mundo liberal del siglo xix, la población de la comarca se caracteriza por tener unas elevadas densidades, en torno a los 100 hab./km² entre el xviii y el xix, un claro envejecimiento fruto de la bonanza climatológica y del desarrollo de una base agropecuaria diversificada en cultivos y sistemas, ascenso constante de la población desde el xvii hasta el xix en el que, en sus comienzos, encontramos signos de saturación y, finalmente, una emigración muy selectiva por sexos en la que el factor masculino emigra con profusión desde finales del xvii hasta bien entrado el xix. Castilla y Portugal serán los destinos escogidos con preferencia y las causas tienen que ver con los ciclos económicos. Hecho trágico este de la emigración, porque produce altas tasas de feminidad, descenso brusco de la natalidad, mortalidad y nupcialidad y aumento de los hijos ilegítimos. Aunque la esperanza de vida al nacer es alta y las tasas de mortalidad infantil son bajas, todo parece indicar que el crecimiento real de la población y el nivel de sustitución serán difíciles de conseguir[12].

En la agricultura, la nota predominante es la introducción del maíz desde el siglo xvii, perfectamente aclimatado en el xviii, que viene a sustituir al mijo (millo en gallego) o maíz menudo, del que toma el nombre, y hará retroceder todos los cultivos de cereal o de otras clases. Maíz que, una vez aclimatado, producirá una auténtica revolución en los ciclos y sistemas productivos, así como un incremento desmesurado de la población[13]. «Tenían una sonoridad antigua: eran primitivas y augustas, como los surcos del arado en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maíz…»[14].

Este aumento real de la producción no supuso, sin embargo, un verdadero desarrollo, sino que sirvió para mantener una población rural cada vez más densa. Asistimos a una fase de crecimiento simple que hace posible el aumento del bienestar real del campesino en función de un mal reparto del área de cultivo. Crecimiento indudable que, en consecuencia, es compatible con la insuficiencia de la mayoría. Otros cultivos que venían a sanear la economía casera eran la patata y la vid, pero estaban muy expuestos a los diferentes ciclos de plagas que los asolaban. El hambre era la consecuencia siguiente y, si venía acompañada por epidemias como el cólera o el tifus, provocados por los detritos que dejaban las mareas en las riberas de la villa y cercanías, llegaban las pandemias, como aconteció en 1853[15].

Sobre el vino, nos expone Valle que el hidalgo «don Juan Manuel tenía gran predilección por el tinto de la Fontenla, guardado en una vieja cuba que acordaba al tiempo de los franceses. Impacientándose porque tardaba en subir de la bodega, se detuvo en medio de la biblioteca: ¡Ese vino!... ¿O acaso están haciendo la vendimia? Todo trémulo apareció Florisel con un jarro que colocó sobre la mesa. Don Juan Manuel despojóse de su montecristo, y tomó asiento en un sillón: Marqués de Bradomín, te aseguro que este vino de la Fontela es el mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? Este es mejor. Y si lo hiciesen eligiendo la uva, sería el mejor del mundo»[16].

En este sentido, en «Cara de plata», Comedias bárbaras, I, los segundones de don Juan Manuel golpean la puerta del mesón reclamando la presencia del dueño mientras acude La Coima:

La Coima.—¿Qué se ofrece? Cara de plata.—Apronta un jarro. La Coima.—¿Del Ribeiro o de la tierra? Don Pedrito.—Sea moro, y sea del infierno. La Coima.—Todo él es moro. Don Mauro.—¡Un jarro de cada cual, Marela! La Coima.—Don Mauro falló el pleito. Don Rosendo.—Sobra el de la tierra donde está el Ribeiro. El maragato.—¡Buenos mostos en Castilla! Don Pedrito.—A los mostos castellanos les mata el gusto a la corambre. El maragato.—¡No lo cuento yo como tacha! Don Farruquiño.—Cada vino reclama su sacramento. Rueda blanco, propio para compartir una tortilla de chorizos. Espadeiro de Salnés, bueno para refrescar en el monte, o en una romería o en juego de bolos. Ribeiro de Avia, para las empanadas de lamprea y las magras de Lugo. Cada vino tiene su correspondencia en la vida, igual que todas las cosas[17].

O en «Romance de lobos», cuando responde al caballero que desea morir en paz:

¿Quiere hacerse ermitaño el Señor Mayorazgo? Iráse el loco a reinar en sus palacios. Tendrá su manto de una sábana blanca y su corona ribeteada de papel. Tendrá su mesa con pan de trigo y cuatro odres haciendo una cruz. El uno del vino del ribeiro, el otro de vino de la Ramallosa, el otro de vino blanco alvariño y el otro del buen vino que beben los abades en la misa, y si parida, el ama de casa. Iráse el loco a los palacios del Señor Mayorazgo![18].

En la ganadería se produce también un incremento notable de la producción con predominio de las especies vacunas y de cerda en detrimento del lanar y equino. Aumento que no significará una democratización de la propiedad, ya que serán los menos los que tengan la mayor parte de la cabaña. Nobleza local y burguesía de carácter hidalgo parecen copar la posesión del censo ganadero[19] que va perdiendo connotaciones extensivas para pasar a tenerlas intensivas. Con todo, el primero de los aspectos es patente en este texto de Valle:

La molinera baja a franquearles la cancela, pero la ventera y la zagala quedan en el camino hasta que una a una pasan las ovejas, después, cuando el rebaño se extiende por la era, entran suspirando. La molinera hundía sus toscos dedos de aldeana en el vellón de los corderos. ¡Lucido ganado! ¡Lucido estaba! ¡Por acaso hiciéronle mal de ojo? ¡Todos los días muere alguna oveja! Las tres mujeres esperan bajo el emparrado de la puerta. El gallo canta subido al patín. Las gallinas siguen picoteando en la yerba y la molinera les arroja los últimos granos de maíz que lleva en la falda […] Ádega sacó las ovejas al campo. Era una noche de montaña, clara y silenciosa, blanca por la luna. Las ovejas se juntaban en la mitad del descampado como destinadas a un sacrificio en aquellas piedras célticas que doraban líquenes milenarios, la vieja y la zagala bajaron por el sendero: el rebaño se apretaba con tímido balido, y el tremante campanilleo de las esquilas despertaba un eco en los montes lejanos donde dormían los lobos. […] La vieja y la zagala al encontrarse delante del atrio, se santiguaron devotas y temerosas. Las ovejas que entraban apretándose por la cancela, derramábanse después en holganza mordiendo la hierba lozana que crecía entre las sepulturas. Las dos mujeres corrieron de un lado al otro por juntar el rebaño y luego lo guiaron hasta la fuente donde las ovejas habían de beber para que quedase roto el hechizo…[20].

En el mar se produce la llegada de los fomentadores catalanes que explotan, con métodos nuevos, los recursos pesqueros de las rías gallegas en general y en particular la de Arousa mediante el salado de la sardina y su difusión comercial en el Mediterráneo y en otras partes de la península gracias a comerciantes que inician empresas de gran empuje[21]. Con todo, la asimilación de los patrianos por los nuevos tiempos introducidos por estas gentes parece ser pronta, aunque también habría reacciones contrarias, tal y como recoge Cornide:

Vivía [se refiere a Galicia] en el seno de la paz y la abundancia. Gozaba de los frutos de su costa y suelo, sin la zozobra de perderlos en el futuro, extraíalos en naves propias a los países extranjeros y las retornaban cargadas de muchos géneros de preciso consumo, y de gruesas sumas, que aumentaban su moneda. Ignoraba las fatales consecuencias del luxo, porque no lo conocía y he aquí se presentan los industriosos catalanes, esos holandeses del mediodía, que vinculan su subsistencias en los productos de su industria, esos hombres especuladores cuyas operaciones dirige solo el interés y derramándose en varias colonias de pescadores, y traficantes por la costa, ocupan hasta la más pequeña ensenada, emprenden la ruina de su pesca, trastornan el comercio de sus naturales, dexándolos en una sujeción precaria, abusan de la sencillez de los incautos pescadores; empeñándolos en contratos que causan su ruina; y anticipándoles en vinos y aguardientes el valor de su futuro trabajo, vician sus costumbres y fomentan su ociosidad; por no pudiendo el deudor disponer de su producto, le mira con tedio y le refuta por perdido…[22].

La nueva industria se ve favorecida por la presencia de salinas en la Lanzada[23] (Sanxenxo), actividad económica que posiblemente le diera nombre a la comarca del Salnés (tierra saliniense) según Sarmiento. Aun así, la insuficiencia del volumen productivo provoca la importación de sal portuguesa de las tierras de Aveiro, Setúbal y otras.

La comercialización de los productos se hacía por mar, fundamentalmente el procedente de la industria de transformación de la pesca hacia el litoral portugués y mediterráneo, y por tierra a lomos de bestias uncidas por maragatos hacia el interior peninsular. El comercio local se realizaba por medio de una red viaria de caminos en muy mal estado y estaba sujeto a gran cantidad de impuestos de peaje, pontazgo, etc., que gravaban y dificultaban la actividad económica. Localmente, las ferias más importantes eran las de Cambados-Fefiñanes y Pontearnelas, pero la precariedad de las vías de comunicación, inexistentes o constituidas por caminos de herradura o carro en muy mal estado, impedía llegar a ellas con normalidad. En este sentido, Lucas Labrada nos advierte de que «hacia la ría de Arosa el mercado y feria fundamental era el de Cambados-Fefiñanes, importante villa marinera, pero en esta dirección o bien tenían que superar la barca de las Estacas con sus naturales limitaciones, situada en la desembocadura del río Umia, o bien remontar dicho río hasta el paso de Puente Arnelas, al aparecer con grandes deficiencias a finales del siglo xviii»[24]. El mismo autor señala que «destaca el paso de Puente Arnelas que es indispensable reedificar ya que a causa de grandes deficiencias de granos en invierno porque los carros no pueden vadearlo»[25].

… ganados de Lantaño siempre tuvieron paso por Lantañón. Perdieron el pleito los alcaldes y no vale contraponerse. Eso aún tenemos que ventilarlo. No te metas a pleito con hombres de almenas. ¡Casta de soberbios! El fuero que tienen pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del Rey! Ya hubo reyes que acabaron ahorcados. En otras tierras. ¡Montenegros! ¡Negros de corazón! […]. ¡Alto, compañeros! ¿Qué se ofrece? En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes en ello? ¡Si hay ley! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el Vinculero. ¡Mucho aventuras! Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme el texto de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso conforme el texto de nuestros mayores. No vale contraponerse. El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes. ¡Fue mal sentenciado! Y todos a una, puestos en la de pasar, nos reímos de papeles…[26].

Incluso, la Vilanova decimonónica apenas cuenta con vías de comunicación interiores y exteriores y, en todo caso, el tránsito de personas y carros se hace por caminos de tierra que generalmente están en muy precarias condiciones, agravadas cuando llueve. Este déficit se pone de manifiesto en los numerosos intentos de las sucesivas corporaciones municipales del siglo xix por dotar al núcleo de las vías necesarias. Así, por ejemplo, en las actas del Ayuntamiento de 1848 el Pleno reconoce el estado ruinoso de los caminos y nombra a un representante por cada parroquia para que elabore un informe con sus necesidades en este sentido. Si las comunicaciones interiores estaban de esta guisa, las exteriores aún andaban peor. De este modo, la salida hacia Pontevedra por el Esteiro y el Cruceiro Novo no se podía realizar cuando subía la marea, así que el núcleo quedaba aislado. Para solucionar el atolladero, en 1851 el municipio toma cartas en el asunto y decide la construcción de un nuevo vial que desde el cruceiro de la Barca pasara por las agros de la Frada y de las Collonas, desembocara en el herbazal de Juan Alvarellos y extremo del estuario de Currás y desde aquí, con una rampa o paredón, comunicara con la iglesia de Caleiro.

Algo parecido se entresaca del libro de actas del Ayuntamiento de 1851, en el que se da cuenta de una reunión de la corporación municipal con los mayores contribuyentes. En ella se reconoce la inexistencia de viales de primer orden que comuniquen Vilanova con el distrito, con la provincia y con Vilagarcía pero, al mismo tiempo, se detalla que los gastos de apertura de estos no pueden ser asumidos en su totalidad por el Consistorio, de modo que se decide solicitar dinero al Gobierno central y a la Diputación Provincial.

Todo apunta a que los organismos oficiales no fueron muy diligentes a la hora de conceder ayudas porque en las actas de 1862 se incluye una serie de caminos que se deben realizar o reparar. Entre ellos estaban la unión con Cambados, capital del partido judicial, por Caleiro y San Miguel con la construcción de un puente sobre el río de Currás; el enlace por Caleiro y Tremoedo con la carretera de Cambados a Pontevedra; y la propia con Vilagarcía por Caleiro y San Salvador de Sobradelo. En años siguientes el estado de cosas siguió igual y el déficit de infraestructura viaria se vio incrementado, por lo que se decide en el Órgano Municipal que se apremie a los contribuyentes municipales a colaborar con prestaciones personales en el arreglo y apertura de los caminos vecinales. Atendiendo a que desde septiembre a febrero los cometidos del campo menguan considerablemente, se decide que sea en este período en el que se realicen las tareas en los caminos. Los hombres afectados por estos trabajos tenían que tener 18 años cumplidos y no pasar de los 60, y las aportaciones quedaban establecidas en tres reales por día de trabajo y ocho por carro de bueyes. Con todo, en 1859 se seguía en las mismas y se señala que en el distrito no hay «caminos de primer orden y desde luego consideran necesarios para franquear y como de segundo orden los que en esta capital se dirigen á la provincia, al Partido y á la Villa de Villagarcía en los cuales ya hai algo trabajado, pero no ahorrado el producto de dichas jornadas para los trabajos que aquellos necesitan, solo podrá llevarse á cabo con alguna subvención que para el Gobierno de la Provincia y Diputación provincial se acuerden…», y respecto de los de segundo orden se dice que «los caminos de segundo orden necesarios en el Distrito, son el que de esta villa á la capital del partido Cambados, y el de esta villa á la de Villagarcía, sin que exista en el Distrito ninguno de primer orden. Que habiéndose rectificado el padrón de prestación personal y comunicado su resultado á los vecinos, optaron por prestar este servicio personalmente, ó á medio de jornaleros por su cuenta, resultando las peonadas siguientes: de personas. 2.730; de yuntas: 1.350 y de carros: 1.338. Total 5.418 peonadas, distribuyéndose así entre las parroquias: Villanueva: 325; Bayón: 1150; Caleiro: 1203; Tremoedo: 810; András: 350; Deiro: 560 e Isla: 620»[27].

La propiedad de la tierra viene muy definida por la presencia sempiterna del foro, algo más de las tres cuartas partes de las tierras cultivadas, seguida por otras formas de tenencia como la directa o el arrendamiento a corto plazo. Siguiendo a Pérez García (1979), entendemos por foro un tipo de contrato en el que las partes concertantes configuran un régimen de aprovechamiento de la tierra en virtud de la división entre dos conceptos fundamentales: dominio directo y dominio útil. La permanencia del directo dominio en las manos de la entidad propietaria le permite controlar la propiedad a través del juego de dos conceptos fundamentales: el laudemio (derecho a percibir del aforante una parte proporcional variable del precio de las transferencias verificadas dentro de las diferentes secciones que componen un foral dependiente de la relación jurídica de los componentes de las transferencias) y la luctuosa, «solariega» y jurisdiccional (sería el pago de la mejor cabeza de ganado a la muerte de cada uno de los foreros; también podía ser fijada en forma de dinero a la muerte del rey o del cabezalero)[28].

En 1890, Josefa Montenegro y Saco, «de ochenta años, viuda y propietaria», y Dolores, ya con 50 años, viuda y propietaria, le venden a Manuel Llauger, como dueña la primera y usufructuaria vitalicia la segunda, las anteriores y siguientes rentas forales: «… diez ferrados de mediado, igual a un hectolitro, cincuenta y cinco litros y ochenta centilitros que por el foral titulado de Besada, satisfizo en lo antiguo la viuda de Manuel Leiro y hoy satisface Manuel Rial Portas[29] […] cuatro ferrados y medio de maíz y una gallina que paga José Ramón Martínez […] el foro de las Aduanas de cuatro ferrados y medio de maíz grueso y una gallina, que pagan los herederos de Ciferiano Vidal. Radican los predios forales en la parroquia de San María de Caleiro. Hizo ambas adquisiciones D. Francisco Peña, durante su matrimonio con la Dª Josefa Montenegro y Saco. En el testamento cerrado que ambos cónyuges otorgaron por ante mi [por el notario de Cambados, Pedro Sánchez López] en dieciocho de diciembre de mil ochocientos sesenta y nueve, abierto por el Sr. Juez de primera instancia del partido y de su orden protocolariado en mi registro de instrumentos públicos del año de mil ochocientos ochenta y dos, bajo el número cincuenta y nueve de orden, con el cual falleció el testador D. Francisco Peña el día treinta y uno de marzo de aquel año, han hecho los mismos cónyuges división de sus bienes entre sus hijos D. José y Dª Dolores, y en ella adjudicaron a Dª Dolores, para después del fallecimiento del otorgante sobreviviente, las dos porciones de renta foral expresada, haciendo designación de ellas de esta manera: la viuda de Manuel Leiro, por el foral de Besada, diez ferrados de mediodía, José Ramón Martínez, cuatro ferrados y medio de maíz y una gallina. Por estos títulos pertenecientes como va dicho, en usufructo vitalicio a Dª Josefa Montenegro y Saco y en nuda propiedad a su hija Dolores Peña Montenegro; y aunque han pagado oportunamente el impuesto de Derechos reales, no las inscribieron hasta ahora a su favor en el Registro de la Propiedad…».

Por estas partidas de renta foral citadas, Manuel Llauger tuvo que pagar un total de seiscientas sesenta y cinco pesetas, a las que hay que sumar 1290 de la compra anterior, que suponían un total de 1955. Según datos aportados por Artiaga Rego para las comarcas de Tui y Santiago, esta cantidad se podía considerar bastante alta. La escritura se formalizaba en 1890 delante de Manuel Abalo Oubiña y Manuel Pérez Rodríguez, que actuaban como testigos[30].

En estas, la propiedad está muy desigualmente repartida y nos recuerda Eiras Roel (1969) que a comienzos del xviii la Iglesia conservaba entre el 62 y el 81 % de la propiedad del suelo, en las distintas parroquias que componían el territorio de Vilanova de Arousa[31]. Por su parte, García Fernández (1975) nos señala que antes de las desamortizaciones del xix la mitra compostelana era propietaria en la misma proporción anterior[32]. El resto quedaba en las manos de los hidalgos y, mucho menos, en las de los labradores. Aun así, el régimen foral es más duro en el estamento laico, hidalgo, que en el alto eclesiástico y consigue una ratio media que duplica claramente a la que imponen los principales monasterios de la comarca[33] que, si bien marcan dominio jurisdiccional, apenas cuentan con propiedad foral en la zona en cuestión. Por el contrario, el clero regular sí acumula rentas forales y tiene en ellas una importante fuente de ingresos que destina a la construcción, consumo y caridad.

Resumiendo, la organización social del Antiguo Régimen en la comarca del Salnés se caracterizaba por el inmovilismo propio de una sociedad estamental, con pertenencia a una casta u otra por sangre o cuna. Dentro de este panorama se hacen patentes el mundo rural y la posesión y distribución de la riqueza de origen agrario. En efecto, nobles absentistas, hidalgos de pazo (palacio rural e incluso urbano) y eclesiásticos de muy desigual rango son los titulares de grandes patrimonios agrarios constituidos básicamente por rentas de la tierra e ingresos diezmales y forales, sin perder por completo viejos privilegios señoriales. Pero la novedad más importante del Antiguo Régimen gallego es la aparición de la hidalguía intermediaria, con unos patrimonios ya plenamente constituidos desde mediados del xvii, que deja una fuerte impronta económica, social, política, espacial y cultural en el Salnés. Además de las rentas, los hidalgos disponían de tierras alrededor de sus casas y pazos, y, así como los monasterios tenían amortizada su riqueza, los hidalgos la tenían bajo el régimen de mayorazgo[34]. El destino que los rentistas daban a sus ingresos era, principalmente, el consumo diario o suntuario, la compra de tierras y rentas, o la acumulación de grano que les reportaba grandes cantidades de dinero destinado posteriormente a la especulación en este mercado.

El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes [le dice Concha al Marqués de Bradomín]. ¿Te lo ha dicho? Mañana es la fiesta del Pazo: San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te recibirán con palio. Don Juan Manuel asintió con un ademán soberano: Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de Bradomín ser recibidos con palio en las feligresías de San Rosendo de Lantañón, Santa Baya de Cristamilde y San Miguel de Deiro. ¡Los tres curatos son representación de tu casa! ¿Me equivoco, sobrino? [Dice Concha refiriéndose al Marqués de Bradomín:] ¡Supiera al menos cómo se compone el blasón de la noble casa de Montenegro! [Dice don Juan Manuel en alusión al mentado blasón:] ¡Como que es el más ilustre de los linajes españoles! Españoles y tudescos, sobrina. Los Montenegro de Galicia descendemos de una emperatriz alemana. Es el único blasón que lleva metal sobre metal: Espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomín también es muy antiguo. Pero entre todos los títulos de tu casa: Marquesado de Bradomín, Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzón y Señorío de Padín, el más antiguo y más esclarecido es el Señorío. Se remonta hasta Don Roldán, uno de los Doce Pares…[35].

Leal Bóveda (1998), en un estudio sobre los hórreos de la comarca de Caldas de Reis, señala que las construcciones más volumétricas y de mejor factura constructiva pertenecían precisamente a las casas nobles, de hidalgos, a las rectorales parroquiales, ya que necesitaban grandes graneros donde almacenar el fruto de su rapiña sobre los labradores. Hórreos señoriales como los de los pazos del Rial, A Moroza, Cabido, Fontán, Vista Alegre, Sobrán, Barrantes, Señoráns de Arriba, Gondarei de Arriba, etc., así lo atestiguan[36].

Hay nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura, trasponiendo el monte. Adelantó su mula para enseñarme el camino, y al trote cruzamos la quintana de San Clodio, acosados por el ladrido de los perros que vigilaban en la eras atados bajo los hórreos…[37].

El clero, por el contrario (como se especificó), destina estos ingresos a las construcciones y a las limosnas, contribuyendo a dar estabilidad al sistema. Por otra parte, hay que destacar el predominio del clero como titular de señoríos y la escasa importancia del reguengo.

Los campesinos trabajadores, entre el 60 y 70 % de la población considerada, tenían que hacer frente, pues, a una elevada y variada cantidad de detracciones de sus ingresos, fueran rentas, diezmos o primicias, siendo sus condiciones cotidianas de vida poco satisfactorias. Esta sociedad tradicional no estaba exenta de pequeños y grandes conflictos. Los primeros solían resolverse en las justicias locales o en la Audiencia coruñesa. Entre los de mayor relevancia y de carácter permanente durante el Antiguo Régimen, pueden señalarse los relacionados con asuntos jurisdiccionales o señoriales, como pago de la luctuosa y de otro tipo, de los que los campesinos luchaban por liberarse. Pleitos más singulares son los constituidos por la polémica de los despojos de mediados del siglo xviii[38]. Charlín Pérez (2000), muy atinadamente, da cuenta de los pleitos y revueltas en la Galicia de Valle Inclán haciendo hincapié en la costumbre tan enraizada que tenían los gallegos de acudir a la justicia o cómo los hidalgos, personalizados en la figura de don Juan Manuel o en la de su bisabuelo, la tomaban por su mano[39].

Por lo alto de la cuesta, trotando sobre un asno, asomaba un jinete y todos reconocieron al escribano Malvido. Cuentan que entonces mi bisabuelo se volvió a las cavadores que estaban en la heredad: Tengo la escopeta cargada con postas. ¿Alguno de vosotros quieres hacer un buen blanco? Al pronto todos callaron. Luego destacóse uno entre los más viejos: El gavilán vuela siempre sobre el palomar. Uno se mata y otro se viene. ¿No queréis aprovechar la carga de mi escopeta? Respondieron varias voces con ahínco: ¡Somos unos pobres señor mayorazgo! ¡Cativos de nos! ¡Hijos de la tierra!

Águeda la del Monte se levantó con el regazo lleno de piedras: ¡Las mujeres hemos de sepultar a los verdugos! El escribano mirando tanta gente en el camino, iba a torcer por un atajo, pero mi bisabuelo parece ser que le llamó con grandes voces: Señor Malvido, acá le estamos esperando para hacer una buena justicia. Respondió el otro muy alegre: ¡Falta hace señor mayorazgo! ¡Esa gente es contumaz! Se acercó trotando. Mi bisabuelo, muy despacio, echóse la escopeta a la cara: Cuando le tuvo encañonado le gritó: ¡Esta es mi justicia, señor Malvido! Y de un tiro le dobló en tierra con la cabeza ensangrentada. Águeda la del Monte se arrodilló con los brazos bien abiertos, al pie de mi bisabuelo, que posó su mano blanca sobre la cabeza de la centenaria, y le dijo: ¡Buena leche me has dado, madre Águeda![40].

La organización administrativa del Antiguo Régimen, previa a la Constitución de Cádiz de 1812, presentaba una gran diversidad según fueran los propietarios de las tierras en cuestión. Así, podía haber propiedades del rey, de los señores eclesiásticos y civiles, de las iglesias o monasterios o de los propios vecinos. El origen de estos cotos y jurisdicciones se remonta a la Edad Media según López Ferreiro, quien apunta que los cotos de las iglesias y monasterios formaban un término cerrado, alrededor de una iglesia o convento, y sus moradores eran considerados vasallos de dichas instituciones que los regían y administraban por medio de un juez o mayordomo, designado por el superior de la comunidad. Respecto de la jurisdicción señorial, vemos que eran territorios que aquellos adquirían, tanto por herencia, donación, compra o contrato, y administraban con autoridad propia nombrando jueces, mayordomos y escribanos.

Todo parece indicar, según Miñano, que esta diferencia entre cotos eclesiásticos y señoriales desaparece en la Edad Moderna y se le da el nombre de jurisdicción a los que comprenden más de una parroquia, y de coto a los que solo tienen una. Aunque, en realidad, esta distinción no era tan exacta como pareciera desprenderse de las líneas anteriores, pues lo cierto es que en la provincia de Pontevedra existían cotos con más de una parroquia y jurisdicciones con una sola. Así, tanto en un caso como en otro no había la teórica división de poder, puesto que, en el ámbito local, jueces y alcaldes entendían de todas las causas civiles y criminales y de todo lo perteneciente al gobierno político y económico de su jurisdicción. Tan solo tenían como ente superior a la Audiencia de Pontevedra.

Jueces y alcaldes eran nombrados por los señores jurisdiccionales, civiles o eclesiásticos por un período de tres años y, generalmente, eran personas acomodadas, con cierto grado de formación básica. Desde luego, tendían a perpetuar el poder finisecular de las estructuras pudientes. Este será el panorama tan disgregado que encuentre Floridablanca en el siglo xviii cuando elabore la división administrativa preliberal en la que Galicia queda de esta forma: una provincia-reino, como circunscripción político-administrativa de primer grado; siete provincias, como ámbitos territoriales de representación que abarcan siete principales ciudades gallegas, y una subdivisión provincial en jurisdicciones y cotos, compuestos a su vez por entidades más pequeñas: las parroquias.

En este caso, Vilanova de Arousa aparece ya como jurisdicción propia separada de la antigua de la Lanzada. En ella se integran las parroquias de Godos, de señorío real, Paradela, Briallos y Bamio, de señorío de abadengo y jurisdicción común del arzobispo de Santiago; Lois, de señorío de abadengo y secular y jurisdicción común en las manos del arzobispo de Santiago y de Antonio Troncoso; la Isla, de señorío eclesiástico y jurisdicción común por el monasterio de San Martiño Pinario y la Orden de San Benito; San Tomé del Mar se hace cargo de Deiro, de señorío secular y jurisdicción común en las manos del marqués de Monte Sagrado, y, finalmente, las parroquias de András, Baión, Caleiro, Tremoedo y Vilanova, con señorío de abadengo y jurisdicción común por el arzobispo de Santiago.

Las cosas van a volver cambiar cuando se elabore el Catastro de Ensenada allá por el año 1750, fecha que marca el germen del nacimiento de lo que podríamos llamar ayuntamientos. Así, a pesar de que es cierto que los jueces comunes siguen siendo nombrados por los señores, hay casos en los que el común de los vecinos hace lo mismo con los procuradores, regidores, concejales, mayordomos, jueces o regidores pedáneos de las parroquias. Con todo, la realidad queda como sigue: la Isla tiene un alcalde-juez de coto con atribuciones plenas de un corregidor en materia de justicia y gobierno, y Vilanova se convierte en jurisdicción, dividida en catorce parroquias bajo la tutela del señorío del arzobispo de Santiago, quien nombra jueces comunes, escribanos y regidores. El procurador general era nombrado por los vecinos de las parroquias, que también tenían mayordomos pedáneos.

La jurisdicción quedaba integrada por las parroquias citadas anteriormente, a las que se añadirán los cotos de Congrallo, Paradela del Monte, Barrantes, Paraíso y Pazo del Monte, que no formaban parroquia sino que eran una parte de ella. El conjunto se completaba con Santo Antolín de Toques, perteneciente a la parroquia de San Miguel de Agra, hoy en el ayuntamiento de A Golada[41].

En lo que respecta a la cultura, es la época de los pensadores ilustrados como Cornide, Labrada, Sánchez o de las sociedades económicas que vienen a verter luz sobre los viejos atados medievales acopiados en los monasterios y a poner en cuestión este mundo de privilegiados y no privilegiados.

En resumen, estos son los posos de un entramado, el del xviii y comienzos del xix, arcaico, rural, inmóvil, que habrán de permanecer hasta bien entrado el régimen liberal decimonónico.

A Vilanova todo llega tarde, y así se puede decir que permanece casi al margen de avances económicos o sociales importantes, o que algunos tardaron muchos años en implantarse, cuando en España ya llevaban tiempo en vigor. Véanse las propias reformas liberales del siglo xix. En efecto, mientras que en el estado español el Antiguo Régimen pasaba a mejor vida, en Galicia, y por extensión en tierras vilanovesas, seguirán perviviendo instituciones, usos y formas de vida ya finiquitadas. Ciertamente, el nuevo estado liberal posibilitó la desaparición de señoríos, monasterios, diezmos, reinos, gremios, cofradías, etc., y trajo nuevas formas de vida próximas al capitalismo viviente por Europa. Ahora todo cambia, y asistimos a nuevos modos de producción, otros tipos de tributación, una nueva constitución, y a la desaparición de la antigua sociedad estamental.

Pero bien es cierto que estos cambios tardarían en hacer fortuna por nuestras tierras, ya que, en opinión de Ramón Villares, lo impidieron la fortaleza de la sociedad tradicional gallega de amplia base hidalga, la propia debilidad del estado liberal español, la inexistencia de una burguesía liberal propiamente gallega y el error de un carlismo incapaz de defender una personalidad histórica propia. Aquel Carlismo al que K. Marx definía así:

El carlismo no es puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los Fueros y las Cortes legítimas pisoteadas por el absolutismo monárquico y el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma de las patrias locales, con sus peculiaridades y tradiciones propias [...] El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la aristocracia latifundista y los intereses secularizados, que en la mayoría de los casos pensaban con cabeza francesa o traducían, embrollados de Alemania...[42].

Con todo, tenemos, en la segunda mitad de siglo xix, una amalgama donde se mezclan características propias del Antiguo Régimen con las realidades de los nuevos tiempos[43]. En efecto, varias son las notas que caracterizan el siglo xix en Galicia y Vilanova. Así, tenemos que se mantienen en vigor determinados trazos de la sociedad tradicional descrita para el xviii, sobre todo en el mundo rural, la industrialización va penetrando (pero lentamente) e incluso podemos hablar de un cierto proceso desindustrializador, la emigración hacia América cobra tintes dramáticos, el retraso agrario es patente (tal y como anota Pardo Bazán en Los pazos de Ulloa), la industria apenas existe (si exceptuamos la relacionada con la explotación del mar) y el caciquismo político adquiere su máxima expresión.

La quiebra del Antiguo Régimen comienza a producirse con la invasión francesa, pero subsiste bajo el brazo de hierro del absolutismo fernandino y, excepto el bastión liberal de A Coruña, todo el país gallego será un nido tradicionalista, de ahí que las guerras carlistas tengan en Galicia un campo abonado para las facciones del pretendiente a la corona, don Carlos. Aun con esas, el brote liberal va prendiendo poco a poco y comienza a notarse en la nueva planta administrativa de Javier de Burgos que elimina las jurisdicciones e implanta los ayuntamientos liberales. Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, y la puesta en circulación de las tierras que anteriormente estaban en régimen de manos muertas, son la característica económica por excelencia del xix.

En lo que alcanza a la población, sigue creciendo como en el Antiguo Régimen pero en menor medida y, dado el retraso rural con unos sistemas productivos basados en la enorme utilización de la mano de obra en detrimento de la capitalización y mecanización, traerá consigo la salida hacia ultramar de enormes cantidades de brazos que habían debido mantener la natalidad y la productividad en nuestras tierras y no en la otra orilla del Atlántico. Para colmo, a finales del xix, ya con evidencias desde la década de los 70, nos llega la crisis finisecular provocada por una revolución, la de los transportes y sistemas de producción agraria intensivos en los nuevos países de las Américas y Australia, con lo que Galicia no puede competir por lo dicho. Los cereales del otro lado del mar llegarán a nuestras costas a precios muy por debajo de los que nosotros podemos ofrecer, y eso acabará por hundir un sistema agrario abocado al fracaso en el que tan solo se salvará el sector ganadero gracias a las exportaciones hacia Inglaterra y Portugal. En la costa, las industrias de transformación de la pesca mantienen el tipo, con especial predominancia en Vilanova dentro del Salnés, y la llegada del ferrocarril hará que estos productos, e incluso los frescos, se puedan poner en el interior de la meseta en tiempos hasta ahora inimaginables. En definitiva, la estructura económica de la Galicia del xix, como reflejan los datos de comercio exterior, está definida por su escasa integración mercantil y por basarse en la exportación de materias primas e importación de productos manufacturados o suntuarios[44].

En lo social, persiste la vieja estructura piramidal de castas en la que los hidalgos son la cumbre de la misma, más por seguir manteniendo grandes niveles de rentas que por cuestiones territoriales, pero no se adaptarán a los nuevos tiempos y fenecerán como grupo social a finales del xix[45]. Mientras tanto, acabarán imponiéndose a una burguesía foránea industrial y comercial con la que incluso emparentarán. Véase el caso de los Peña con los Goday[46].

Políticamente, la vida gallega se va a articular alrededor de las nuevas instituciones liberales: Diputaciones Provinciales, gobernadores civiles, ayuntamientos. Se abren nuevos cauces de participación con el sufragio censitario que permite votar a aquellos contribuyentes más adinerados; por ejemplo y por esta razón, en Vilanova, Juan del Valle y Manuel Goday son los primeros electores[47]. A partir de la revolución de 1868, todo comienza a girar con más rapidez y aparecen las primeras tomas de conciencia política en las proclamas juntistas, y en diversas experiencias obreristas y cooperativistas del mundo rural de ese mismo año y con la Primera República nos llega la primera ley de redención de foros, pero con la restauración borbónica vuelve otra vez el caciquismo y la arbitrariedad a la vida municipal[48].

Gobernaban a la sazón el país dos formidables caciques, abogado el uno y secretario el otro del Ayuntamiento de Cebre: esta villita y su región comarcana temblaban bajo el poder de entrambos. Antagonistas perpetuos, su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino con la pérdida y muerte del uno. Escribir la crónica de sus hazañas, de sus venganzas, de sus trapisondas, fuera cuento de nunca acabar. Para que nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que alguna de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algún techo carbonizado, algún hombre sepultado en presidio para toda su vida, podían dar razón de tan encarnizado antagonismo.

Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tenía ideas políticas, dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en España; mas por necesidad estratégica, representaba cada cual una tendencia y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución, se declaraba ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O´Donnel avanzaba hacia el último confín del liberalismo vencedor[49].

Una de las novedades más importantes del siglo xix gallego fue la recuperación cultural que supuso el empleo literario de su lengua y la reivindicación de una organización política específica, predicada desde la época provincialista de los años cuarenta hasta los regionalistas finiseculares. El provincialismo va ligado al levantamiento de 1846, en el que participó activamente, al que se le añaden posteriormente ideales progresistas y democráticos como los de Pondal. La elaboración de un corpus teórico coherente y la articulación política de Galicia es obra, sin embargo, de las diversas tradiciones reunidas en el rexionalismo. La del federalismo, por un lado, expresado en el proyecto de Constitución de 1887; la del progresismo liberal, por el otro, defendido por Manuel Murguía, y la del conservadurismo de filiación católica, en tercer lugar, expresada en la obra de Brañas y en sus propuestas de descentralización regional[50].

En este sentido, el Santiago de Compostela de hace algo más de un siglo vivía la eclosión del movimiento regionalista gallego. La prensa compostelana de la época recoge la atmósfera de exaltación regionalista tanto en su tendencia progresista, encabezada por Manuel Murguía, como conservadora-tradicional, liderada por Alfredo Brañas, dos de las personalidades más significativas desde el punto de vista ideológico del referido movimiento. Ambos relacionados con Valle Inclán, aunque de distinta manera. Valle Inclán, estudiante universitario, no podía ser ajeno a aquella efervescencia regionalista. En este ámbito, pues, hay que situar el contacto con la segunda de las grandes figuras del movimiento: Alfredo Brañas.

De su mutuo conocimiento no hay duda, ya que Brañas cita a tres miembros de la familia Valle Inclán (don Ramón Valle y sus dos hijos, Carlos y Ramón) en su libro El regionalismo (1889), para indicar su vinculación al movimiento que lidera. Por si esto fuera poco, la relación entre el nuevo Valle y Brañas se establece por triple vía. En primer lugar, fue alumno del eminente profesor en la Facultad de Derecho. Segundo, Brañas dirigió durante algún tiempo El País Gallego, en el que colaboraron Carlos y Ramón Valle. La última vía de contacto tiene que ver con Joaquín Díaz de Rábago, miembro de la Unión Católica, amigo del profesor de Derecho y tutor del estudiante universitario, quien por entonces participaba en las actividades del Círculo de la Juventud Católica de Santiago, presidido en 1886 por el catedrático compostelano, siendo su vicepresidente Vázquez de Mella. Valle Inclán llegaría a presidir —en 1919— el Círculo Católico de Obreros de A Pobra do Caramiñal, un tipo de agrupaciones nacidas bajo la tutela de Alfredo Brañas como diques de contención del sindicalismo de clase.

La influencia del pensamiento tradicionalista de Brañas sobre Valle Inclán no es un hecho fácilmente comprobable, en tanto que no se sabe de ninguna manifestación explícita que lo corrobore. No obstante, los datos apuntados inclinan a considerarla muy factible, aunque se trata de una deuda que fructifica más tarde, coincidiendo con la aproximación del escritor al carlismo[51]. Sobre la evolución del ideario de Valle volveremos más adelante.

Por lo que atañe a las características locales del siglo xix, diremos que están estudiadas por Leal Bóveda (2000)[52] y podemos resumirlas en lo siguiente: cuenta el ayuntamiento con una población, numerosa para esas fechas, de 5784 habitantes, de los que 856 pertenecen a Vilanova núcleo, con tendencia a la reducción de la misma por una bajada en las tasas de natalidad y una constante y sangrante emigración hacia los países de ultramar (Argentina, Cuba, Venezuela, Brasil, Uruguay). Las densidades más altas se localizan en el barrio del Castro, donde se instalan la mayor parte de las fábricas de salazón. La estructura profesional está dominada por los oficios relacionados con el mar, entre los que destacan los denominados fomentadores (empresarios catalanes afincados en nuestras costas para explotar la industria de transformación de la pesca y negociar con el mercado de paños, licores, etc.), luego le siguen labradores, profesionales liberales, etc.

Madoz nos advierte de que el ayuntamiento tiene dos actividades económicas básicas: la agricultura y la pesca con su industria derivada. Sobre la primera, se hace mención a los cultivos de cereales, patatas, vid, legumbres, hortalizas, frutas e incluso se da cuenta de una cierta cabaña ganadera de importancia con especies porcinas, bovinas, mular y caza de conejos y liebres. Se trata de una agricultura muy rudimentaria, casi de subsistencia, adolecida de la pervivencia del foro que lastra las depauperadas economías de los grupos no privilegiados.

Esa plata que nos hemos repartido es una miseria… ¿Pero y el trigo, y el maíz, y el centeno? Las trojes hoy están vacías, y no hace una semana estaban llenas, porque mi madre [se refiere a dama María, mujer de don Juan Manuel] había cobrado los forales de András y de Corón. ¿Quién la ha robado?[53].

Las referencias a los hórreos como parte integrante de las construcciones de pan son evidentes en este pasaje. Los hórreos gallegos, «piornos» en la comarca, a partir del siglo xvii adquieren grandes proporciones fruto de la introducción de la piedra en su factura, hecho provocado por la extensión del foro que hace que los poderosos rapiñen los insignificantes excedentes de la mayoría.

Estamos en tiempo otoñal, generoso y dorado, después de vendimias y espadelas. Llegan por el camino los pagadores de un foral. […] Llegan a la cancela los pagadores del foral de András: Posan al arrimo del muro los costales de piel de carnero. Se adelanta el viejo que lleva la cabezalería. […] Los llevadores del foral de András, que venimos a pagar el dominio. […] Pregunta el amo si traéis fruto o dinero. Fruto y dineros. Y preguntamos ahora nosotros a cómo nos pone mi amo el ferrado de trigo, medida del Deán[54].

La temporalidad del foro comenzó a ser puesta en entredicho por los intermediarios foreros-subforistas ya desde el siglo xvii; pero no fue hasta mediados del xviii cuando tuvo lugar un conflicto que marcó profundamente la institución foral. Se trata de la polémica de los despojos o de la renovación forzosa de los foros a favor de los primitivos foreros. Esta polémica, que enfrentó a una parte de la alta nobleza e Iglesia regular con la hidalguía y el campesinado, fue resuelta por la provisión de Carlos III de 1763, que suspendía provisionalmente los pleitos judiciales establecidos por los dominios directos ante la Audiencia de Galicia. Esta decisión carolina supuso, con el añadido de otras disposiciones posteriores en la misma dirección (1767, 1768 y 1785), convertir al foro en una figura jurídica indefinida, ni temporal ni perpetua. Las consecuencias de esta temporalidad perpetua fueron que las rentas forales no se podían modificar, ni tampoco eliminar mediante el expediente de la redención, como desde 1805 se pudo aplicar a los censos enfitéuticos.

La legislación liberal, desde el decreto abolicionista de 1811 hasta el Código civil de 1889, pasando por las disposiciones desamortizadoras, osciló entre la elusión del problema foral, la remisión a ley posterior o su asimilación a propiedad particular. El foro continuó, pues, en vigencia durante todo el siglo xix, convirtiéndose los foros de Galicia y Asturias en un tema de constante debate jurídico, político y social. Estos se centraban, especialmente, en la vía de extinción del sistema foral mediante indemnización al dominio directo por parte del dominio útil, lo que dio lugar a la elaboración de diferentes proyectos de redención, como los de Pelayo Cuesta (1864), Paz Novoa (1873) y Montero Ríos (1886), entre otros. Tan solo el de Paz Novoa, en el contexto favorable de la Primera República, alcanzó su puesta en práctica por espacio de seis meses.

La desaparición del foro no tuvo lugar, pues, hasta el siglo xx, aunque no fue un acontecimiento repentino. Desde finales del xix, comenzó un lento proceso de redención de foros mediante acuerdos particulares, que se aceleró en la década de los años 1910-1920 y que el decreto ley de 1926 acabó de regular, estableciendo las condiciones en que habría de efectuarse la redención de las rentas forales existentes, que aún eran cuantiosas. Pero, a la altura de 1963, ya se pudo decretar la supresión definitiva de la institución territorial de Galicia.

A pesar de las diferentes leyes y decretos de redención foral ya anotados, la última de 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, lo cierto es que (con otras denominaciones) se continuó cobrando hasta bien entrados los años 30. Como ejemplo de cobro de las rentas forales previas a 1926, podemos aportar estos datos: «Rentas de los herederos de don Javier Silva de Castroverde. Nº 24. Pagó Francisco Tourís y consortes por el foro Leiriña da serventía 2 ferrados y tres concas de trigo, 14 concas de centeno, un ferrado de maíz y ocho reales en dinero, renta vencida en el San Martín de 19 […] Villajuan, 13 de Abril de 1921»[55]. Firmaba el recibo C. Torre.

Como se puede observar, la industrialización no le resulta desconocida a nuestro autor, pero también es cierto que mitifica las viejas construcciones molineras sin hacer alusión alguna a este nuevo mundo de las máquinas. Las conoce, por todo lo expuesto, pero calla sobre ellas e incluso se atreve a reprochar a algunos viejos hidalgos, por extensión muy posiblemente a su propio padre (embarcado en incontables iniciativas empresariales como queda dicho), su apuesta por la industrialización. Veamos: en La casa de Aizgorri (Sensación) alude a la traición de Lucio de Aizgorri, conocido de Pío Baroja e hidalgo vasco que monta una fábrica de destilar alcohol, por lo tanto algo parecido a lo que hizo Valle Bermúdez. Podemos leer en esta obra lo siguiente:

La Casa de Aizgorri es una casa hidalga y triste… Las grandes salas entarimadas de nogal, austeras y silenciosas, guardan, con el perfume de las manzanas agrias y otoñales que maduran al sol puestas sobre el alféizar de las ventanas, el recuerdo lejano de otras vidas». «Cuando Pío Baroja estuvo en aquella casa aún vivía D. Lucio de Aizgorri, un caballero achacoso, déspota y borracho, que olvidara la tradición hidalga y campesina de todo su linaje, estableciendo al abrigo de la solariega vivienda una fábrica de destilar alcoholes[127].

El texto resulta muy clarificador sobre la mencionada traición a la casta hidalga y se hace más patente cuando dice que:

D. Lucio de Aizgorri, fue traidor al espíritu de su raza, y esto le trajo la desgracia. Yo creo que las voces misteriosas oídas a media noche por la vieja nodriza eran las maldiciones de Machín de Aizgorri, aquel hidalgo de la armadura que estaba retratado en la sala de respeto. Machín de Aizgorri había sido el fundador del mayorazgo[128].

En página precedente tenemos:

La roja chimenea de ladrillos se perfiló sobre el cielo, más alta que el campanario de la aldea; el humo negro del carbón de piedra se mezcló con las nieblas del valle y el rumor de la maquinaria inglesa con el rumor del molino patriarcal, donde el agua verde de la presa se plateaba al sol[129].

Es evidente la comparación entre el paisaje rural de la aldea, en la que sobresale el molino patriarcal de verdes aguas, y los nuevos tiempos procedentes de la industrialización llenos de humos negros y ruidos que anegan el valle.

Por contraposición a este personaje, ofrece la imagen sacral de su hija Águeda, calificada, entre otras cosas, como «santa doncella, hija de impíos centuriones», mujer «paciente y piadosa» que hila, borda, cose en el fondo de las grandes salas desiertas y melancólicas, prototipo de la mujer hidalga tradicional. Opuestamente a su padre, ella...

… quisiera convertir la fábrica en Hospedería de Mendicantes, donde se recogiese aquella procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que los sábados bajaba de los caseríos, e iba por el pueblo pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros ante la puerta de los ricos. Era el de Águeda un sueño albo como parábola de Jesús. Y el pensamiento de Águeda acariciaba su sueño como la mano acaricia el suave y tibio plumaje de las palomas familiares […] su voluntad de niña llega hasta la fábrica, que su padre tiene abandonada, y registra los libros, y se obstina sobre las largas hileras de números que parecen los áridos caminos donde el pensamiento de las mujeres y los niños debe rendirse a la fatiga[130].

En definitiva, Valle Inclán, siendo conocedor del brotar de la industrialización, se enfunda testarudamente en la bandera del olvido (¿quizás necedad?) sobre la anterior para tomar la tisana del tradicionalismo. Profundicemos ahora en un elemento fundamental en las bases productivas del Antiguo Régimen como símbolo de protoindustrialización del campo gallego: el molino.

2. Los molinos en la obra de Valle Inclán

Las alusiones a los molinos, molinera o molinero, troje, maíz, etc., en la obra de Valle Inclán son constantes. Así, Lavaud-Fage[131] lo constata para la narrativa corta y apunta que hay referencias al tema en cuestión en A media noche, El rey de la máscara, Un cabecilla, Hierbas olorosas, La adoración de los reyes, Égloga, Geórgicas y La misa de San Electus. Por nuestra parte, verificamos que se hace lo propio, amén de lo indicado, en Águila de Blasón, El embrujado, Divinas palabras, La rosa de papel, Aromas de leyenda, El pasajero, Hierba santa, Jardín umbrío, Sonata de otoño, Flor de Santidad y El ruedo ibérico, y La casa de Aizgorri (Sensación), entre otros títulos. En este sentido, la antedicha Lavaud-Fage, en obra ya citada, establece hasta tres niveles de interpretación sobre un tema muy recurrido por Valle Inclán en sus cuentos, a saber: el molino. En un primer nivel, estaríamos ante el significado primario o natural del término, que no es otro que la definición de la palabra ‘molino’ en el diccionario. Así, hablaríamos de esta construcción como el lugar en el que se muele la cibera. Luego existe un segundo nivel de interpretación, en el que aparece el significado secundario o convencional: puesto en relación contextual con un concepto, el motivo va a ser el soporte figurativo de una semántica y da lugar a una imagen. En un tercer nivel, tendremos que ver lo que el sujeto (el creador de la obra) revela, seguramente sin quererlo, de su propio comportamiento frente al mundo y de los principios que lo rigen. Para eso, la autora analizará el tema del molino en los cuentos de Valle Inclán comparándolo sobre todo con sus ocurrencias en el refranero de Correas, dado que tal obra puede tenerse por una especie de suma del pensamiento popular tradicional[132].

Teniendo muy presente este análisis filológico y simbólico de Lavaud, nosotros intentaremos abrir nuevas puertas para darle un giro etnográfico, geográfico e histórico al estudio del mundo de los molinos en la obra valleinclaniana, introduciendo en cada hipótesis que formulemos el significado que Lavaud le otorga a un determinado párrafo, al tiempo que consideramos de manera especial su nivel de significado según lo dicho.

En ese contexto, mucho se ha escrito sobre el carácter simbólico, idealista, de la literatura de nuestro escritor en contraposición con el realismo, naturalismo, que se venía practicando en esas fechas en nuestro país. Amén de eso, tanto Lavaud (1988), como Sobejano (2006), Moure (2012), Iglesias (1997) y otros, insisten en la huida que Valle Inclán hace de los postulados realistas para refugiarse en un idealismo propio de los modernistas como, por ejemplo, Rubén Darío. En Valle, el realismo tiende hacia la farsa y lo grotesco. No solo Valle Inclán reacciona en contra: lo hacen también Unamuno, Azorín, Miró, Pérez de Ayala y, en menor medida, Baroja o Benavente. No es este aspecto de época lo que me interesa poner de realce, sino el carácter «nacional» del idealismo de Valle Inclán. Según él, el gusto español sería realista, reacio a la idea suprema e incondicionado, propicio al relativo medio o condicionado. En este reproche aparece la preocupación por España. Para Valle Inclán el realismo español es una deficiencia y coincide en esto, más que con ningún otro, con Ortega y Gasset. La antipatía hacia el realismo artístico de la gente española es una faceta de la antipatía de Valle Inclán hacia el realismo español en general, realismo que no significa interpretación activa y centrada del mundo experimentado, sino pasiva y cotidiana acomodación a ese mundo en lo más superficial y externo. El disgusto de Valle Inclán respecto al idealismo indígena representa, pues, una forma de su odio a la rutina, la mediocridad, el convencionalismo y la inhibición de la voluntad personal[133]. Con estas premisas, y otras que luego explicaremos, tratará Valle el mundo de los molinos.

En general, Valle Inclán se apunta también a la voluntad modernista de escribir mediante sensaciones, apartando todo realismo indigenista. Mediante la configuración del molino se recalca la tensión entre el vínculo que mantiene al sujeto con la tradición y a su profunda originalidad. La figura del molino sirve de soporte figurativo al apego a la sociedad patriarcal. El ejemplo es sin duda este cuento, Geórgicas, donde entran en conflicto dos mundos: el industrial naciente que se adivina pero que se calla y el artesanal y primitivo que se contempla en vías de desaparición, desaparición que Valle comparte con otros escritores de su época como en La casa de Aizgorri, en la que se explica cómo el humo negro del carbón de piedra se mezcla con las nieblas del valle y el rumor de la maquinaria inglesa con el rumor del molino patriarcal, en el que el agua verde de la presa se plateaba al sol.

Contrapone a esta velada alusión al mundo industrial el cuento La adoración de los Reyes, en el que el molino parece liberarse de sus temas latentes acostumbrados para hacerse soporte figurativo de una noticia temática muy poco frecuente en Valle Inclán. El molino está presentado en la claridad pacífica y soleada del alba: «La campiña de Belén, verde y húmeda sonreía en la paz de la mañana con el caserío de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de sus puertas […]. Bajo aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por los caminos la gente de la aldea»[134]. En esta atmósfera de paz, los Reyes Magos, después de adorar al Niño Jesús, se pusieron de nuevo en camino.

Y los tres Reyes magos despojándose de sus coronas las dejaron en el pesebre a los pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el sol y los vientos del desierto se cubrieron de luz, y la huella que había dejado el cerco bordado de pedrería era una corona más bella que sus coronas labradas en Oriente… Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico: ¡Este es!... ¡Nosotros hemos visto su estrella! Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba, la campiña de Belén, verde y húmeda, sonreía en la paz de la mañana con el caserío, de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules y la nieve en las cumbres…

Ajenos a todo temor se tornaban a sus tierras cuando fueron advertidos por el cántico lejano de una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un molino, estaban desgranando espigas de maíz. Y este era el cantar remoto de las dos voces: «Camiñade Santos Reyes, por camiños desviados, que pol´os camiños reás, Herodes mandou soldados»[135].

Lavaud[136] entiende que la molinera y la niña son la voz de Dios, y el molino el lugar del prodigio, tema que existe tanto en la tradición escrita como en la oral: el molino místico es, ya el lugar de la contrición y allí se descargan costales de pecados, ya el sitio de exaltación de la eucaristía, sirviendo toda su configuración a la exaltación del nacimiento, de la Pasión de Cristo hecho pan eucarístico[137]. Simboliza, pues, la presencia de Dios bajo formas terrenales, como la simboliza el último ejemplo del molino en el discurso valleinclaniano[138].

Pero no todo es placidez en el mundo de Valle, de modo que el molino vuelve a ser utilizado en el sentido contrario que en el caso anterior en El rey de la máscara, donde vemos que: «Sabela temblaba con todos sus miembros, y gemía preguntando qué hacían, lamentando su mala estrella, lo que iba a ser de ellos si la justicia se enteraba: ¡Tío… señor tío! Podemos avisar en el molino. El cura meditó un momento: no; ahí menos que en ninguna parte. Me parece que conocí a los hijos del molinero. Pero podemos enterrarlo en el corral, junto a los naranjos…»[139].

Viene el cuento a que en las fiestas de Antroido (carnaval) un grupo de personas disfrazadas dejan en la casa del cura lo que semeja ser un maniquí pero que en realidad es un difunto. Ante la opción que da Sabela de dejarlo en el molino, el cura responde que ahí menos que en ninguna parte porque creyó ver entre los enmascarados a los hijos del molinero. Según Lavaud, el molino, como elemento de la protoindustria gallega, sirve de soporte semántico al tema del robo y del asesinato[140].

Por otra parte, cuando existen estos dos temas mentados sin otro motivo que la maldad de los seres que lo cometen, la cosa es hecha por los hijos del molinero, es decir por la segunda generación, que obra en disonancia con los padres[141]. Cuando, en cambio, existe una armonía generacional, el molino es símbolo de paz, culminando esta paz en el valor místico de la figura en la Adoración de los Reyes[142].

En definitiva, ciertos temas están en conformidad absoluta con el significado tradicional de la configuración del molino: la mala fama con el robo, el asesinato y el trabajo, al que se alude de paso; en otros casos las correspondencias entre lo figurativo y lo temático están en semiconsonancia con la tradición: el bienestar material, el valor místico, el ruido, el amor y la magia[143].

Fuera como fuese, aceptando los postulados citados anteriormente de Lavaud, con lenguaje idealizado o no, podemos afirmar que Valle Inclán emplea con mucho rigor conceptual y conocimiento de causa todo lo relativo al mundo de los molinos y del pan, tal y como intentaremos mostrar. Es más, aun idealizando en sus obras lo concerniente a estas construcciones, se expresa con un conocimiento absoluto sobre aquello que tiene que ver con la localización, tipos, propiedad, costumbres, etc., de los mismos. Idealiza, ¿idolatra?, los viejos molinos hidráulicos patriarcales, ancestrales, pero vuelve la cara, ¿intencionadamente?, a los surgidos de los nuevos e industriosos tiempos.

2.1. El significado y su evolución a lo largo de la historia

Almacenado y secado el grano de cereal en los hórreos (Valle, curiosamente, emplea con profusión ‘troje’, un término de poco uso en español para referirse a estas construcciones), lo utilizaremos durante todo el año, de acuerdo con nuestras necesidades caseras para hacer el pan, bollos, empanadas de maíz o trigo, pienso para los animales, etc.

El caballero.—¡No son sus culpas las que necesitan perdón. Son las mías! Todo el maíz que haya en la troje se repartirá entre vosotros. Es una restitución que yo os hago, ya que sois tan miserables que no sabéis recordar lo que debería ser vuestro. […] Las casas en llamas serán hornos mejores para vuestra hambre que hornos de pan…[144].

O:

Juana de Juno.—¡Qué conveniencia os trae? La abuela.—Cambiar maíz por pan cocido. Estas espigas que nos dieron por las puertas. Juana de Juno.—¿Quién cosechó maíz tan cativo? La abuela.—Reparo pones a la limosna que me diste…[145].

El pan, y sus construcciones, vuelve a ser tema para Valle en Divinas palabras, jornada segunda, escena primera, donde describe de modo muy bucólico y simbólico el amanecer del día en una aldea:

… Lugar de Condes. Viejo caserío con palios de vid ante las puertas. Eras con hórreos y almiares: Sobre las bardas, ladradores perros. El rayar del alba, estrellas que se apagan, claras voces madrugueras, mugir de vacas y terneros. Sombras con faroles entran y salen de los establos oscuros, portando brazadas de yerba, cuece la borona en algún horno, y el humo de las jaras monteses perfuma el casal que se despierta…[146].

Pero de nada nos serviría ese grano si no tuviéramos un aparato para poder triturarlo y convertirlo en harina: el molino, que, en principio, puede ser de cuatro clases, cada cual más evolucionada, si atendemos a la fuerza motriz que lo acciona. Estaríamos, pues, ante el más antiguo movido con la mano, los molinos de agua de río, los de marea, que funcionan con el flujo-reflujo del mar y, finalmente, los de viento. La clasificación puede hacerse mucho más compleja si incluimos los más modernos de electricidad.

… En la casa de DON PEDRO BOLAÑO. Es la hora en que las gallinas se recogen con el gallo mocero. Arde una lumbrada de tojos en la gran cocina, ahumada de cien años que dice con sus hornos y su vasto lar holgura y labranzas. Una vieja hila sentada debajo del candil. Los otros criados desgranan mazorcas para enviar el fruto al molino…[147].

A partir de los primeros de ellos, el barquiforme y el castreño de mano, el hombre fue desarrollando técnicas que posibilitaron una mayor cantidad de grano molido con un menor esfuerzo, y claro que lo consiguió. Veamos, entonces, esta evolución histórica en la que la tradición griega afirma que la creadora de tal ingenio fue Deméter, madre de los cereales, mientras que, por otra parte, Homero sabe de su presencia hacia el 800 antes de Cristo.

Para remontarnos a la Antigüedad en el estudio de estas piezas, deberemos acudir a la arqueología como herramienta de trabajo, y esta nos dice, por los numerosos restos encontrados, que las primeras máquinas manuales las hallamos en el Neolítico y consistían en dos piedras, una mayor que la otra, con forma barquiforme, sobre la que se depositaría el grano. Sobre ella se movería otra, de forma cilíndrica, con un efecto de vaivén que conseguiría triturar el cereal. Estos son los primitivos molinos de mano.

Otra variedad, ampliamente desarrollada y conocida en la Galicia castreña, prerromana, es aquella consistente en dos piedras, primero planas y luego cónicas, una más grande como núcleo (denominada ‘pie’) que consta de un pequeño agujero sobre el que giraría otra superior o muela. La rotación se realizaba aplicando un movimiento circular a la muela con un palo clavado en ella. Algunos autores toman este sistema como un claro signo de romanización, aunque para otros, Begoña Bas entre ellos, esta cuestión aún no está sobradamente clara como para asegurarlo tajantemente. Lo cierto es que desde antaño llegaron hasta la actualidad, empleándose paralelamente a los molinos de agua y de viento. En este sentido, en Portugal fueron utilizados hasta no hace mucho tiempo, de modo que en el Algarve estuvieron en funcionamiento hasta muy tarde, tal y como recoge Galhano[148].

Más que moler el grano, lo trituraría, con lo que el resultado, en muchos casos, era una harina que solamente servía como pienso para los animales. Aun así, su difusión debió de ser muy amplia si atendemos a la sencillez de su mecanismo de molienda y a la facilidad con que se podían construir estas piezas. Esta difusión estaría motivada en el Medievo porque entonces se produce la gran expansión del molino de agua por tierras señoriales, y recordemos que los campesinos deberían pagar un censo por el uso de todos los instrumentos pertenecientes a la reserva del dominu[149]. Las primeras noticias que hablan del relevo de la fuerza manual por la hidráulica nos llegan de Antípater de Tesalónica, contemporáneo de Cicerón, quien hacia el 85 a. C. nos habla de un molino de agua con rueda horizontal, semejante a nuestros rodetes actuales[150].

En este mismo sentido, hemos de decir que las ruedas hidráulicas para elevar agua son descritas ya en el siglo iii a. C. por Filón de Bizancio, mientras que los molinos de agua están claramente registrados en Roma, allá por el siglo i antes de nuestra era. El mismo Vitrubio en el año 27 a. C., ingeniero y arquitecto romano por excelencia, en su tratado de arquitectura, describe el mecanismo para regular la velocidad. El desarrollo del molino a partir de la era romana iba a ser una constante en toda Europa, prolongándose mucho más allá en el tiempo hasta llegar claramente al Medievo. Antes aparecen mentados en el siglo v en una colección de leyes y crónicas irlandesas, recogidas por Usher. También Gregorio de Tours los cita como algo frecuente en su tiempo.

Las funciones de molienda parecen no ser las únicas en los albores de la civilización cristiana, y así fueron empleados para serrar madera en el siglo iv. Su número habría de disminuir después de la caída del Imperio romano aunque de nuevo volvieron a resurgir con el rescate y colonización de nuevas tierras que tuvieron lugar bajo las órdenes monásticas del siglo x. En el siglo xiv, su empleo era más que frecuente para las manufacturas en todos los centros industriales europeos: Bolonia, Augsburg, Ulm, etc., y en el siglo xvi en los Países Bajos se utilizaban aprovechando la fuerza de las mareas[151].

Como dijimos, el molino hidráulico no se utilizaba solo para moler grano o elevar agua, sino que complementariamente proporcionaba energía para hacer pasta de papel con trapos (Ravensburg, 1290), hacía funcionar los martillos y las máquinas de cortar de una ferrería (Dobrilugk, 1320), serraba madera (Augsburg, 1322), golpeaba el cuero en las vacarizas, proporcionaba energía para hilar la seda, se usaba en los batanes para golpear los paños y hacía girar las pulidoras de los armeros. De igual manera, se aplicó con mucho éxito en el bombeo de agua en las minas para la trituración del mineral, en la industria del hierro ocasionó la aparición de mayores fuelles, temperaturas, hornos y, consecuentemente, un incremento en la producción de este mineral.

Lewis Mumford[152] mantiene que la difusión de la energía fue un factor imprescindible en el crecimiento de la población, de tal manera que las zonas en donde se concentraban esta circunstancia y el poder financiero crecían urbanísticamente, mientras que otras rurales, ajenas a la fusión financiera y técnica, permanecían en un retraso absoluto. Del primer caso, vemos los ejemplos del crecimiento excesivo que tuvieron durante los siglos xvi y xvii Amberes, Londres, Ámsterdam, París, Roma, Lyon y Nápoles, entre otras. Por otro lado, la Europa del sur seguía en un estado de postergación económica, con sus ojos vueltos al campo o al efímero Dorado americano en el caso español.

Ahora bien, mientras que el centro y norte de Europa diversificaban la fuerza hidráulica, dándole también usos industriales, el sur mantenía estos ingenios para usos domésticos, en una economía agrícola, cerrada, donde todo giraba en torno a la reserva del señor, laico o eclesiástico. Por eso, esta energía no penetra en Galicia, en concreto, hasta los siglos xi y xii, momento en que nuestra geografía comienza a cubrirse de pequeños molinos que aprovechaban la fuerza ofrecida por el caudal de nuestros numerosísimos ríos y riachuelos[153]. Estamos en unos momentos de lo que podríamos denominar protoindustrialización o proceso referido a la producción de manufacturas, o semifacturas, que se desarrolló en comarcas rurales europeas durante los siglos xvii y xviii. En estas zonas, un porcentaje muy importante de la población rural producía estas manufacturas para mercados próximos y lejanos. Se dio en diversos tipos de manufacturados: textil, cerámica, industrias de productos metálicos (cuchillos, alfileres, clavos), relojes, curtidos, vidrio, etc., pero sobre todo en la producción harinera para mercados de comarca, ya que la harina era la materia prima del pan, base de la alimentación tradicional. Aquel que poseyera la propiedad de los medios de producción y transformación harinera tendría asegurada una gran fuente de ingresos, y estos eran los señores, laicos o eclesiásticos.

Valle Inclán sabe de esto y lo deja expuesto en el siguiente texto de El Embrujado, Geórgicas, jornada primera, cuando la Galana le dice a don Pedro:

Pero diga algo, señor, diga algo. ¿Me concede los molinos que tiene en Aralde y aquel agro pequeño que tiene debajo? Si me los concede y una casa donde vivir, con cuatro gallinas y una cabra, quien dice una cabra dice una vaca… Don Pedro.—¡Tú me dejarás pobre! La Galana.—¿Me los concede? Don Pedro.—Los molinos. El agro, no…[154].

Es evidente que Valle calla (creemos que conscientemente puesto que, por ejemplo, su padre fue promotor de varias industrias en el Salnés) sobre un mundo cambiante que comienza a brotar en Galicia, aquel del protagonismo de la burguesía, del comercio, de la industria, pero también lo es que conoce la importancia que, en un universo tan ruralizado como el gallego, tiene la propiedad del elemento de transformación del grano en harina que dará el pan de todo el año. La Galana sabe que aforando el molino de don Pedro tendrá que pagarle un porcentaje anual, pero se resarcirá grandemente con el que le cobre a aquellos que vayan a moler al molino, con la maquila o tanto por ciento que el llevador del aparato moledor se queda en forma de pago. Esta tiende a hacerse en ferrados, que se miden con una caja de madera y varían según la zona considerada, de ahí la mala fama que tienen los molineros ya que tendían a quedarse con más harina de la que les correspondía (Non fíes en despenseiro ni en maquía de muiñeiro: No fíes en despensero ni en maquila de molinero. Popular). Pero sobre este tema habremos de volver en adelante.

Galicia permanecería en esta situación casi de monopolio señorial hasta bien entrado el siglo xix, cuando se produce la liberalización de la tierra. A partir de estos momentos, al igual que ocurre con la difusión de los hórreos, el labrador comienza a acceder a la propiedad de la tierra cultivada durante generaciones, y a construir su propio molino, puesto que ya no existe el deber de ir a moler al del señor. Si no puede costear la construcción, acudirá otra vez a la ayuda vecinal y entre todos levantarán uno de «herederos» (herdeiros en gallego, forma de propiedad comunal muy extendida en esta comunidad), en el que cada cual tiene su parte o turno, según lo allegado al beneficio común, bien en dinero, trabajo o piezas. De la propiedad de los molinos y de sus formas y volúmenes hablaremos más adelante, pero anticipemos que los pertenecientes a los poderosos, aun aforados, serán mayores, mejor construidos y con mayor número de muelas[155].

Otro de los aspectos que conviene mentar, ya que Valle lo aprovecha profusamente en su obra, es la localización de estas construcciones. En la mayor parte de los casos aparecen solos, aislados, pero alguno también cerca del casal, dentro del conjunto casero, formando un complejo de varios, como en As Regas e As Veigas, en la Estaca de Bares, donde cinco en cada caso comparten un único riachuelo, en los complejos del Folón y Picón en el Rosal, o en la Barosa en el ayuntamiento de Barro. Generalmente se adaptan al contorno que los cobija, aprovechando los desniveles del terreno, las curvas de los ríos y de los riachuelos, donde se construye un embalse que les dará el agua necesaria[156]. En el caso de los de viento se procurará un lugar elevado en el que la fuerza del vendaval sea considerable. Para los de maré (‘marea’), aprovecharemos el fondo de saco de una ría en la que almacenaremos el agua tras un dique cuando sube la marea, para soltarla lentamente cuando baja. De todos ellos tenemos ejemplos en el Salnés, donde proliferan los de río (Baión sería el lugar en el que se recuentan más debido a que es una parroquia recorrida por el río Umia), pero también tenemos de marea en la isla de Arousa, Catoira o Cambados, y de viento en el lugar de Abalo en Catoira o en la isla de Arousa[157].

Como decíamos, por lo general aparecen solos en el paisaje, alejados de los núcleos de población ya que deben emplazarse en las curvas y desniveles de los ríos para aprovechar la mayor fuerza del agua o para hacer la presa que deriva las aguas del río hacia el rodete. Esta distancia era aprovechada por gentes de malvivir, ladrones, romeros, viajeros, etc., para cometer diferentes tropelías sin ser descubiertos o para pasar la noche y calentarse en el hogar. Era común que los viajeros pernoctasen en ellos o que los ladrones y delincuentes aprovecharan el alejamiento y la nocturnidad para delinquir. Por su localización, también era lugar elegido para amoríos que debían quedar en el anonimato. Así, se recoge en la Adoración de los Reyes, Jardín umbrío, o en este párrafo de El rey de la máscara:

Estaba la rectoral aislada en medio del campo, no muy distante de unos molinos: era negra, decrépita y arrugada, como esas viejas mendigas que piden limosna, arrostrando soles y lluvias, apostadas a la vera de los caminos reales…[158].

Otro buen ejemplo lo tenemos en El resplandor de la hoguera, La guerra carlista II, cuando Josepa le pide un pan a Miquelo Egoscué para vigilar los movimientos de las tropas republicanas:

La Josepa durmió en una cueva, cerca de San Pedro de Olaz. Rayando el día, se dirigió al molino donde se alojaban algunos soldados, y andando entre ellos comenzó a pedir limosna. […] La Josepa entró al molino, y descubriendo la cara pálida del niño, que dormía en sus brazos, comenzó una letanía para que le consintiesen secarse al fuego. Un soldado, compadecido, le dejó algunas rebañaduras de su rancho. […] El soldado miró a la mendiga con una vaga sospecha, que se disipó al verla encorvada dando el pecho al niño, temblando de miseria bajo sus harapos. Sin responder, se acercó a una puerta baja que tenía el umbral blanco de harina y llamó a voces: ¡Patrona!... ¡Ya nos vamos!... ¡Perdonar! Se oyó una voz de mujer: ¡Que no vendríais más! Fuéronse los soldados, en un trote sonoro sobre el camino endurecido por la helada, y salió la molinera a la puerta para verlos partir. Era una moza de buen donaire, con el cabello blanco de harina, y los ojos verdes como el agua de río, y las mejillas llenas de encanto campesino y solar. Hasta que los últimos jinetes desaparecieron en una revuelta del camino, estuvo en la puerta sin hablar, mirando a lo lejos, con una mano levantada e inmóvil como figura de retablo…[159].

En este caso, amén de describir cómo el molino era empleado como lugar donde refugiarse del frío y descansar, se nos muestra a la molinera de una manera muy idealizada; hermosa, llena de encanto campesino con los cabellos blancos por la harina como sinónimo de persona pura y muy trabajadora. Más adelante llegan las tropas forales con una recua que prisioneros y vuelven a usar el molino como lugar de refugio:

Al verlos [se refiere a la molinera que ve llegar a los soldados carlistas con los presos] hacer alto, la molinera se entró cerrando la puerta del molino. Venían repartidos en dos hileras, dando custodia a una cuerda de cinco presos. Adelantóse un soldado, y llamó con la culata del fusil. […] Entró al molino la tropa, empujando a los prisioneros que tenían las manos atadas y estaban cubiertos de lodo, con huellas de haber sido arrastrados por los caminos…[160].

Además, tenemos en las Sonatas de otoño:

… el sol empezaba a dorar las cumbres de los montes: Rebaños de ovejas blancas y negras subían por la falda, y sobre verde fondo de pradera, allá en el dominio de un Pazo, larga bandada de palomas volaba sobre la torre señorial. Acosados por la lluvia, hicimos alto en los viejos molinos de Gondar, y como si aquello fuese nuestro feudo, llamamos autoritarios a la puerta. Salieron dos perros flacos, que ahuyentó el mayordomo, y después una mujer hilando […] Era una pobre alma llena de caridad. Nos vio ateridos de frío, vio las mulas bajo el cobertizo, vio el cielo encapotado con torva amenaza de agua, y franqueó la puerta, hospitalaria y humilde: Pasen y siéntense al fuego. ¡Mal tiempo tienen, si son caminantes! ¡Ay! Qué tiempo, toda la siembra anega…[161].

Tres cosas cabe subrayar aquí: la primera es el papel de los molinos como lugar de resguardo de caminantes, la presentación muy idealizada de la molinera como un alma caritativa y hospitalaria y, finalmente, que los molinos en cuestión debían de ser de propietario hidalgo, aunque aforados, ya que en este caso contaban con alpendre para resguardar las caballerías.

Era frecuente que las largas horas de espera mientras se producía la molienda fueran aprovechadas por la molinera para dedicarse al tejido del lino en unos sistemas de producción conocido como domestic system propio de las sociedades proto o preindustriales, en las que el productor era propietario tanto de la materia prima como de los medios de producción, que eran artesanales. Valle resalta este hecho de manera continua, presentando a la molinera como trabajadora infatigable que tanto atiende al molino como a la molienda, pero olvidando u ocultando la sociedad industrial que está brotando en Galicia. Bien entrado el siglo xix en la zonas rurales gallegas, se da el salto al putting out system, en el que la producción se efectuaba de forma dispersa en cada uno de los domicilios de los trabajadores, la mayor parte de las veces a tiempo parcial, alternándola con las tareas agrícolas. Se utilizaba fundamentalmente en contraposición tanto al trabajo gremial de los talleres artesanos de tradición medieval como a la manufactura y la fábrica (el denominado factory system propio de la revolución industrial de finales del siglo xviii). El sistema putting out se generalizó a partir de la Edad Moderna. Los burgueses, en un nuevo papel de empresarios capitalistas, ofrecieron a los campesinos las materias primas y herramientas necesarias para la producción de determinados productos, especialmente textiles. En efecto, para el primer tercio del siglo xix se pueden documentar varios casos en el ayuntamiento de Vilanova de Arousa en los que el llevador del foro, el molinero, pide permiso al señor, propietario del molino, para implantar una máquina en el rodete que conecte mediante poleas con la rueca de hilar el lino, aumentando así la producción del tejido sin mermar la de harina.

En Águila de blasón, Comedias bárbaras II, escena cuarta, se vuelve a insistir en lo explicado:

Sobre verdes prados el molino de PEDRO REY. Delante de la puerta una parra sostenida en poyos de piedra. Los juveniles pámpanos parecen adquirir nueva gracia en contraste con los brazos de la vid centenaria, y sobre aquellas piedras de una tosquedad céltica. Vuelan los gorriones en bandadas, y en la alto de la higuera abre los brazos en espantajo grotesco de una vieja vestida de harapos, con la rueca en la cintura, y en la diestra, a guisa de huso, el cuerpo de una cabra. Sentada a la sombra del emparrado está la molinera, fresca y encendida como las cerezas de Santa María de Meis. LIBERATA LA BLANCA bate en un cuenco la nata de la leche, y en la rosa de los labios tiene la rosa de un cantar…[162].

El tema del lino y su relación con los molinos es recurrente en Valle, de forma que volvemos a verlo en alguna ocasión más con intenciones de una mayor idealización de los personajes. Veamos, en Estela de prodigio, claves líricas:

Estábase la molinera. De su molino en el umbral: En la cinta tiene la rueca, En los labios tiene un cantar. Aquel molino el ermitaño, No lo había visto jamás. —Molinera que estás hilando, A la vera de tu heredad, Quieres decirme si lo sabes, Adónde este camino va, Pues me basta a desconocerlo, De una noche la brevedad. —A la cueva de un penitente, En la hondura de un peñascal. —Nunca falte lino a tu rueca, Ni verdores a tu linar. Ni a las piedras [muelas] de tu molino, El agua que impulso les da[163].

En otros lugares se nos confirmará el modo de producción del domestic system mentado del lino y se nos da información de su comercialización en las diferentes ferias locales. Ejemplo de esto podemos verlo en Malpocado cuando:

… abuela y el nieto van anda, anda, anda […] La vieja arrastra penosamente las madreñas que choclean en las piedras del camino y suspira bajo el manteo que lleva echado por la cabeza […] y la abuela y el nieto van anda, anda, anda… Bajo aquel sol amable que luce sobre los montes, cruza los caminos la gente de las aldeas […] Un chalán asoleado y brioso trota con alegre fanfarria de espuelas y de herraduras: viejas labradoras de Cea y de Lestrove van para la feria con gallinas, con lino, con centeno…[164].

De nuevo, podemos ver la idealización romántica del mundo rural, tradicional, en el que la presencia del industrial no tiene cabida a pesar de su existencia. Cuando hablemos del molino como núcleo de las relaciones sociales de la aldea, habremos de insistir en el tema.

Volviendo a lo que nos ocupaba anteriormente, el párrafo que mejor recoge lo sombrío de la localización de los molinos lo tenemos en A media noche, Jardín umbrío, cuando el espolique y amo intentan llegar lo más pronto posible y sin percances a su destino:

Pronto se perdieron en una revuelta, entre los álamos que marcan la línea irregular del río. Cerró la noche y comenzó a ventar en ráfagas que pasaban veloces y roncas, inclinando los árboles sobre el camino, con un largo murmullo de todas sus hojas, jinete y espolique corrieron mucho tiempo en la oscuridad profunda de una noche sin estrellas. Ya se percibía el rumor de la corriente que alimenta el molino y la masa oscura del robledal, cuando el mozo advirtió en voz baja…[165].

En este caso, Valle recrea la noche, la oscuridad del robledal, el alejamiento del molino y el ruido de las aguas que lo alimentan a su paso desde la presa del río hasta el infierno (el infierno es la parte inferior del molino donde se encuentran las ruedas y demás mecanismos que, mediante una leva, transmiten la rotación a la muela) y el rodete. Por eso y la nocturnidad, se nos va introduciendo en un ambiente de peligro advertido por el chico: «Mi amo, vaya prevenido por lo que pueda saltar…». El amo, que ya lo va y semeja perfecto conocedor de la circunstancia, responde: «No hay cuidado…». La prudencia del mozo hace que insista: «…Y bien que lo hay. Una vez era uno así de la misma conformidad, porque tampoco tenía temor, y en la misma puente le salieron dos hombres y robáronle, y no le mataron por milagro divino…». El amo no quiere dar el brazo a torcer y se muestra seguro de sí mismo, dominador de la situación: «… esos son cuentos…». El espolique no las tiene todas consigo y temeroso exclama: «¡Tan cierto como que nos hemos de morir!…».

El espolique guardó silencio. Percibíase cerca el rumor de la corriente aprisionada en los viejos dornajos del molino [se refiere a los alpendres en los que se guarecían las caballerías mientras se procedía a la molienda]; era un rumor lleno de vaguedad y de misterio que tan pronto fingía alarido de can que ventea la muerte con un gemido de hombre a quien quitan la vida. El espolique corría al flanco del caballo. Allá en la hondanada recortaba su silueta una iglesia cuyas campanas sonaban lentamente con el toque del nublado. El jinete murmuró: ya estamos cerca de la rectoral. Y respondió el espolique: engaña mucho la luna, mi amo.

No puede haber mejor introducción que lo narrado para lo que va a acontecer, de modo que todo sigue:

… de pronto moviéronse las zarzas de un seto separadas con fuerza, y una sombra saltó en mitad del camino. ¡Alto! La bolsa o la vida. Encabritose el caballo, y el resplandor de un fogonazo iluminó con azulada vislumbre el rostro zaíno y barbinegro de un hombre que tenía asidas las riendas y que se tambaleó y cayó pesadamente. El espolique inclinóse a mirarle, y creyó reconocerle. Mi amo, paréceme el Chipén. ¿Quién dices? El hijo del molinero. ¡Dios le haya perdonado! […] Estaba tendido en medio del camino. Tenía una hoz asida con la diestra, descalzos los pies que parecían de cera, la boca llena de tierra y chamuscada la barba. Un hilo de sangre le corría de la frente. El jinete, afirmándose en la silla, le hincó las espuelas al caballo, que temblaba, y le hizo saltar por encima. El espolique le siguió. Chispearon bajo los cascos las piedras del camino, y el amo y criado se perdieron en la oscuridad. Pronto descubrieron el molino en un claro del ramaje que iluminaba la luna. Era de aspecto sospechoso y estaba situado en una revuelta. Sentada en el umbral dormitaba una vieja tocada con el mantelo. El espolique la interrogó azorado: ¿Lleva agua la presa? La vieja se incorporó sobresaltada: Agua no falta, hijo…[166].

En la misma línea, en Flor de santidad le grita a dos mozas que van por el camino:

—¿Van para la feria de Brandeso? —Vamos más cerca. —¡Un ganado lucido! —¡Lucido estaba!... ¡agora le han echado una plaga, y vamos al molino de Cela! […] En una revuelta del río, bajo el ramaje de los álamos que parecen de plata antigua, sonríe un molino. El agua salta en la presa, y la rueda fatigada y caduca canta el salmo patriarcal del trigo y la abundancia…[167].

En Gerifaltes de antaño, La guerra carlista III, el cura Santa Cruz, luego de dejar parejas de voluntarios que vigilasen los caminos del monte y los vados del río, baja con su guardia de doce hombres a: «pedir raciones en los poblados de Belza, Urría y San Pedro de Olaz. Por aquellas labranzas, alquerías, molinos e iglesiarios, estaban repartidos los setenta mozos que iban en pos de Don Pedro Mendía y que comenzaban a mal sufrir el enojo de tantos días de paz…»[168].

El conocimiento de Valle de esta cuestión parece aquí indudable, veamos. Como queda antedicho, era necesario hacer una pequeña derivación del agua mediante una presa, en la revuelta de un río para llevarla al molino a través de un canal que la conduciría al infierno o parte inferior en la que se sitúan los elementos giratorios del molino. Esto podía hacerse de dos formas: una, mediante el denominado canal, que es un conducto que hace bajar el agua directamente al rodete. Este método es muy costoso en agua, ya que esta baja directamente y no hay forma de regularla, excepto con el pechadoiro o trampilla que se pone en el canal para que le llegue menos agua al rodete. En todo caso, el agua se pierde en el infierno sin llegar al anterior. Otro método es mediante la construcción del llamado cubo o represa, en el que se almacena el agua delante del molino para ir soltándola lentamente hacia el rodete. Este método emplea menos agua y posibilita regular su caudal.

En verano las aguas de ríos y riachuelos disminuyen, por lo que las presas antedichas suelen llevar poco caudal que, además, hay que destinar también a riego, con los consiguientes conflictos con los regantes de fincas. El hecho de que la vieja molinera le diga al espolique que agua no falta y que la presa lleva de sobra nos quiere indicar que estamos en época de lluvias y no de verano, y Valle es sabedor de todo esto. Por eso hacemos hincapié en que, amén de la idealización que se nos quiere presentar en el cuento, es evidente que también hay un gran conocimiento de la idiosincrasia que rodea al molino. Sobre esta obra de Valle habremos de volver cuanto estudiemos las distintas formas de propiedad.

En varios pasajes Valle Inclán nos advierte de esta carencia de aguas estival; así, en El embrujado, Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, tenemos:

Pasa una tropa de chalanes en jacos nuevos de poca alzada, fuertes los cascos, lanudos los corbejones, brava la vista, montaraz la crin: Son los tres rapaces de ALONSO TOVÍO, con GUZMÁN DE MEIS, REMIGIO DE CÁLAGO y VALERIANO EL PAJARITO. El Pajarito.—¡Adónde va el barquero!... La moza del ciego.—Va sin agua el río, y no hay barca ni barquero. Guzmán de Meis.—Pues vamos a buscar el vado. Uno de los Tovíos.—Sudosas como llevamos las monturas, alguna puede atrapar una alferecía. Más nos vale bajar por los molinos hasta la Puente vieja…[169].

Este pasaje tiene mucha similitud con el que ocurría con el molino de las Aceñas, sito en Barcia sobre el río Umia. En tiempos de estío, cuando la sequía se hacía muy evidente, cuentan los vecinos que el río se podía vadear por el lugar denominado Atajo de la Barca, en relación con una que comunicaba este sitio con el lugar de Arañad y Pontearnelas, por lo que sus explotadores debían satisfacer foro al arzobispado de Santiago[170].

También en Hierba Santa estamos ante el mismo tema, cuando el Marqués de Bradomín mandaba…

… al mayordomo y a la molinera que comiesen ellos. La molinera solicitó mi venia para llamar al viejo que cantaba dentro. Le llamó a voces: ¡Padre! ¡Mi padre! Apareció blanco de harina, la montera derribada sobre un lado y el cantar en los labios […] Al probar el vino, el viejo molinero se levantó, murmurando: —¡A la salud del buen caballero que nos los da!... De hoy en muchos años torne a catarlo en su noble presencia. Después bebieron la molinera, y el mayordomo, todos con igual ceremonia, mientras comían yo les oía hablar en voz baja. Preguntaba el molinero adónde nos encaminábamos y el mayordomo respondía que al Palacio de Bradomín. El molinero conocía aquel camino, pagaba un foro antiguo a la señora del palacio: un foro de dos ovejas, siete ferrados de trigo y siete de centeno. El año anterior, como la sequía fue tan grande, perdonaba todo el fruto: era una señora que se compadecía del pobre aldeano…[171].

En Águila de blasón, Liberata rifa con don Pedrito para que le rebaje el foro del molino: «… Será porque el amo nos la perdona… [se refiere a la renta que le paga a don Pedrito por el foro del molino] ¡Ave María, de balde un molino que la mitad del año solamente tiene agua para una piedra! ¡Las otras dos es milagro que muelan pasado San Juan!..»[172]. La existencia de tres piedras para moler nos pone de manifiesto la propiedad hidalga de la construcción.

En la misma obra, Liberata vuelve a discutir con don Pedrito porque este quiere aumentar el pago del foro y la primera le hace ver que de tres muelas que tiene el molino tan solo muele una continuamente ya que las otras permanecen paradas entrado el verano por la falta de aguas. Ante la insistencia de don Pedrito de que en esos momentos están funcionando las tres, ella le hace ver que muelen: «… porque tenemos el agua de los riegos…»[173].

Contrariamente, en el Catastro de Ensenada y en el Libro de Matrícula Industrial de Vilanova anotamos varios molinos que funcionaban todo el año, sin duda porque eran abastecidos de agua por el río Umia. Así, tenemos en el lugar de Barcia, Baión, el molino de las Aceñas, del que se referencia que: «Don Juan Manuel Varela vecino de la ciudad de la Coruña tiene una casa con quatro ruedas de molino negreras [del país o destinadas a moler maíz] llamado molino das Señas que muelen todo el año con agua del río que viene de Caldas y se regulo la utilidad de todas ellas en dos mil cincuenta reales». Sin embargo, el molino de Canabal, en Carballo, Baión, también citado en el Catastro de Ensenada, tan solo molía cuatro meses al año con una muela movida con las aguas del río Coscoño, con una utilidad de 100 reales anuales.

Valle Inclán tiene mucho conocimiento sobre los foros porque su familia, que tiene cédula de hidalguía otorgada por la Cancillería de Valladolid en el siglo xvi, emparenta con los Peña Montenegro en el xix, y estos tienen tierras aforadas desde este mismo siglo por toda la comarca del Salnés: Corbillón, András, Las Sinas, La Aduana, Caleiro, isla de Arousa, etc[174].

Otra cuestión que llama la atención en la obra de Valle se refiere a los tipos de molinos, de los que pueden hacerse muchas clasificaciones según los diferentes criterios que queramos adoptar: fuerza motriz, tipo de propiedad, situación, materia prima molida, antigüedad, posición del rodete (vertical u horizontal), etc. Para una mayor claridad, nosotros los vamos a dividir en este apartado conforme a la fuerza motriz que los mueve, para ir desarrollando paulatinamente los otros aspectos señalados.

Según la energía que los ponga en funcionamiento, existen los de agua de río, agua de mar (ambos conformarían el grupo de los denominados hidráulicos) y viento. Incluso, hoy veríamos otro tipo más, conforme con los nuevos tiempos, es decir: los eléctricos. Todos están en consonancia con las características geográficas de la zona en que se instalan, por lo que podemos afirmar que Galicia es territorio privilegiado debido a que los ríos y riachuelos son abundantes, las ensenadas y las rías no menos numerosas y profundas, y el régimen de vientos está entre los más intensos de la península. Todos estos factores, a los que hay que unir un relieve muy quebrado, con sucesión continua de valle y montaña con roturas constantes de pendiente, facilitan la aparición de estas pequeñas, pero maravillosas, construcciones. En nuestra opinión, son, sin duda, la máquina más ecológica que se creó, amén de representar la comunión más estrecha entre el género humano y el medio sobre el que se asienta.

Por lo que respeta al tema de su clasificación, y teniendo al agua como protagonista, mencionaremos los de río y los de marea.

Entre los primeros podremos distinguir los de rodete horizontal, la mayoría de los aquí localizados, y las aceñas. Se refieren en este caso a los que portan el rodete vertical, en forma de noria romana y árabe. Los primeros necesitan mucha agua para moler, por lo que lo hacen en otoño, invierno o primavera, mientras que los segundos precisan mucha menos y se utilizan con profusión en verano. En verano muchos de ellos paralizan su actividad para destinar la escasa agua a otros usos, como el riego fundamentalmente. En este período eran sustituidos por los de viento, rodete vertical o de marea. En otros puntos de nuestra geografía en los que existía la noria, estos pasaban a ejercer las labores de los de rodete horizontal, ya que necesitan mucha menor cantidad de agua para funcionar. Por eso, anotábamos que la acción de A media noche transcurre en estas fechas y no en verano, ya que la vieja avisa de que a la presa no le falta agua. Es frecuente que, a propósito de esto, justo antes del cubo lleven construido un pequeño lavadero de ropa, así que los usos del molino se diversifican sin afectar en absoluto a la molienda.

Llegado el verano, ante la falta de agua para el riego, se producían fricciones entre los propietarios de estos artilugios y los de las tierras vecinas, que a veces llegaban a pleitos judiciales. Esto era así porque, si se dedicaba el poco líquido a moler, no se podía regar, y viceversa. Litigios de este tipo salpican la historia judicial de Galicia[175].

La cuestión está relacionada con la combinación entre policultivo de subsistencia, monte y ganadería, que define el sistema productivo gallego hasta la crisis finisecular, entre los siglos xix y xx. A partir de estas fechas, aunque lentamente, se va produciendo una integración de nuestra agricultura en el mercado nacional e internacional gracias al acceso del campesinado a la propiedad de la tierra, a la introducción de tecnología en el campo (nuevos abonos, maquinaria, rotación de cultivo, ampliación de la superficie cultivable, etc.) y al asociacionismo agrario[176]. Así, la especialización ganadera de la Galicia decimonónica hizo que el monte se convirtiese en una pieza fundamental en el proceso productivo ya que aportaba el tojo para cama de ganado, base de los abonos orgánicos, únicos empleados hasta finales del xix, pastos y lugar para las «estivadas» o cultivos intermitentes. Por ejemplo, en Xove, Lugo, a mediados del siglo xx perduraban las tareas comunales de roza del monte para cultivo del centeno[177]. El ganado, en este contexto, adquiere una importancia relevante pues su venta daba excedente monetario que se derivaba a comprar productos de los que se carecía. Si a esto añadimos la intensificación de la rotación de los cultivos y la introducción de los forrajes cada vez más orientados al mercado, se entenderá que el aprovechamiento racional del agua fuese vital para los nuevos tiempos en el campo.

En este orden de cosas, se caracteriza climatológicamente la comarca del Salnés como zona de clima oceánico puro, con precipitaciones que rondan los 1200 mm en la costa, que van disminuyendo hacia el interior como consecuencia del efecto Föehn causado por la sierra del Castrove que, a modo de barrera, frena en primer lugar las embestidas de los frentes oceánicos. A pesar de esto, en el verano el régimen de precipitaciones desciende y las aguas, muy abundantes durante el otoño, invierno y primavera, disminuyen. Por esto, regantes y molineros habrían de entrar en conflicto, como quedó indicado más arriba, pero aun así la sabiduría popular permitió solucionar la mayor parte de los malentendidos en la propia comunidad sin tener que llegar a los juzgados.

El recurso a la apertura de pozos particulares, minas de agua en los montes, fuentes públicas, riegos de deriva de las aguas hacia las fincas de labor, pozas, etc., fue constante y se mezcló con una normativa consuetudinaria que tendió a ser respetada por el común. No había nada escrito, pero todo el mundo aceptaba el uso de la costumbre. Así pues, desde la Alta Edad Media hasta la Moderna, el regadío en Galicia se concentró en las vegas y huertas familiares, por lo que el principal uso del agua estaba vinculado a la agricultura y dependía de esta. Luego, tanto el agua como las infraestructuras propias pasaron a convertirse en un recurso muy apreciado, casi siempre monopolizado por el estamento eclesiástico y, en menor medida, por los señoríos, y sometidas a un sistema de contratos y cesión similares a los empleados para la tierra[178]. En definitiva, el regadío se vio sometido desde finales del Antiguo Régimen a un constante proceso de intensificación, intentando alcanzar mayores rendimientos y producción, aunque dentro del marco policultivo-ganadería[179]. Llegado el tiempo de verano había que recurrir, pues, a los de cubo, de marea (Fefiñanes en Cambados, A Seca en isla de Arousa, Muíño do Crego —‘cura’ en gallego— en Catoira), o de viento en Catoira o isla de Arousa.

Con los de marea se aprovecha el fondo de saco de una ría para instalarlos. Aquí se construye una presa con compuertas que se abren para que penetre el agua de la marea cuando sube (pleamar). Una vez ocurrido esto, se vuelven a cerrar, de tal modo que el agua queda acumulada en la represa. La molienda se tiene que hacer en bajamar, soltando lentamente por el rodete el agua necesaria. No tenían problemas de abastecimiento del líquido motriz, a diferencia del caso anterior, así que podían moler todo el año.

Finalmente, aparecen los de viento que, como su nombre indica, aprovechan la energía eólica para mover las aspas de madera o de tela. Este movimiento de rotación se trasladaba mediante un árbol de levas a un eje que lo comunicaba con la muela. Se situaban en zonas elevadas donde soplara fuertemente el viento como en Abalo, Catoira o en isla de Arousa.

Otras variedades muy poco extendidas y estudiadas, por la carestía en el empleo de materia prima, eran los molinos de vapor. Así, es sobradamente conocido que fue S. de Caus, hacia 1615, el primero en idear la aplicación industrial de la presión del vapor de agua. D. Papin creó la primera caldera de vapor y el marqués de Worchester construyó una fuente de vapor para elevar agua. En 1783, el abad Arnal equipó un molino en Nimes con una máquina de vapor de simple efecto, pero, como molino total de vapor, el primero en construirse en Francia fue fabricado por los hermanos Jacques y Constantin Périer en 1790 e instalado en las islas Cygnes, sobre el Sena cerca de París. Dos máquinas de doble efecto accionaban cada una de las doce muelas. Tuvieron, desgraciadamente, corta vida, estando inutilizados durante 23 años hasta que se convirtieron en máquinas de hilar en 1817. En el año 1797, los citados hermanos Périer les proponen a los poderes públicos establecer en París otros molinos de vapor accionados por «bomba de fuego», que es como se denominaban por aquellas fechas a las que funcionaban en Londres, capaces de producir 1000 sacos de harina al día. Para comprender todo esto, hay que tener en cuenta que el ingeniero inglés James Watt inventó en 1785 el mecanismo por el que la misma máquina, denominada de doble efecto, distribuía automáticamente el vapor a cada lado del émbolo.

En el BOG de 15 de abril de 1842, se anunciaba un tal don Valentín Espero, de Barcelona, que poseía un taller para la construcción y fabricación de toda clase de molinos, ya fueran hidráulicos, de vapor o de viento, idóneos para moler trigo y otras especies. Por el historiador Azcárraga sabemos que en 1855 había en Deusto una empresa especializada en la construcción de calderas de vapor para usos industriales y molineros.

No resultaron rentables, ya que era más barato trabajar con los de río o marea que consumir leña o carbón, pero el sistema se aplicó a las trilladoras y otros artilugios que fueron los antecedentes del motor de combustión que llegaría después. Recuérdense las muchas y nuevas aplicaciones que tuvo a posteriori en su utilización en los barcos movidos a vapor, trenes, etc. Por otra parte, eran una solución en zonas donde no había o escaseaba el agua[180].

De los mencionados, los primeros, los hidráulicos de río o regato, superan ampliamente a los segundos, y estos a los de marea por las razones explicadas. Esta gran proliferación de molinos de agua se debe, casi exclusivamente, al tipo de propiedad de la tierra predominante en Galicia, que se divide entre cada hijo a la muerte de los padres, con lo que el paisaje rural gallego está compuesto por cortinas muy profundas, estrechas y con poco frente y fondo. Pues bien, a cada propiedad de las narradas era frecuente que correspondiese un molino, sobre todo a partir de finales del siglo xix, con las reformas liberales y los proyectos de redención de foros, que alcanzarán su cénit en 1926 con la definitiva entrada en vigor de la ley que los abolía. Otro factor a tener en cuenta en este sentido es el capital indiano que revierte a la península por los emigrados a ultramar. Gran parte del mismo será destinado a la compra de la parcela llevada en foro finisecularmente o a la construcción de molinos, hórreos, etc.

Además de lo dicho, la existencia de un molino en un determinado lugar, siempre contando con la presencia de un río y de una determinada pendiente, implicaba la futura ocupación de este por otras viviendas que allí se construían. Los nuevos propietarios buscaban la tecnología que les procuraba la materia prima para la elaboración del pan, la harina por lo que esta primitiva concentración podía dar lugar luego a un pequeño núcleo habitado como ocurre con el lugar de A Pantrigueira, en Vilanova de Arousa.

Pues bien, curiosamente, Valle Inclán en toda su obra tan solo hace mención a los molinos hidráulicos de río, olvidando (¿premeditadamente?) los de marea y de viento, hecho que resulta llamativo porque parece ser un gran conocedor de la historia y geografía de la comarca del Salnés. Como venimos anunciando, en la isla de Arousa, Cambados o Catoira encontraremos ejemplares de estos últimos citados que son obviados por el escritor. Incluso, su padre, como queda anotado, crea una empresa de molturación de cereal para hacer harina por medio de molinos de vapor a carbón.

2.2. El tipo de propiedad de los molinos. Los oficios del molinero. Los cobros de la molienda

El régimen de propiedad de los molinos varía en función de muchos factores pero, grosso modo, podemos decir que los de marea y viento pertenecen casi siempre a un solo propietario, mientras que los de agua pueden tener varias formas de pertenencia.

Si es de propietario individual, campesino acomodado, lo explota directamente la familia en la persona del padre o en la de la madre, o también de algún hijo mientras que los padres se dedican a otros menesteres. En este supuesto, los vecinos que quieran hacer uso de él pagan estos servicios con la denominada maquía, ‘maquila’, que consiste en el porcentaje con el que se queda el molinero por cada parte de grano molido (en Galicia hay muchos lugares denominados maquieira, en clara alusión a una concentración de molinos y a este tipo de pago). Para el caso gallego y asturiano, incluso en otras áreas de la cornisa cantábrica, era normal que el labrador aforara tierras a un señor eclesiástico o laico y dentro del lote fuera el molino, o incluso que tan solo se aforara este. Se tomaba así el dominio útil mientras que el directo seguía en las manos de los privilegiados a los que había que satisfacer una cantidad en dinero o en harina a modo de foro, y esta pecunia se sacaba de la mentada maquila. El molinero siempre tendía a quedarse con más cantidad de la que le correspondía en concepto de plusvalía, de ahí viene la mala fama que tenían entre la gente del común. Incluso, podía acontecer que el señor explotara directamente los molinos dejando a una persona encargada de hacerlo, quien cobraba en salario o en especie. El aforamiento del artefacto moledor podía realizarse a una o varias personas. En Sonata de otoño, don Juan Manuel se dirige a Concha y al marqués de Bradomín y les dice: «Llego hasta mis molinos que están ahí cerca y vuelvo a buscarte… Puesto que tienes la manía de leer, en el Pazo te daré un libro antiguo, pero de letra grande y clara, donde todas estas historias están contadas muy por lo largo [se refiere al escudo de armas de los Montenegro]…»[181].

En la misma línea Xavier, el marqués de Bradomín, hablando de su madre recuerda que: «En el silencio oíase, día y noche, el rumor lejano del río, cayendo en la represa de nuestros molinos. Mi madre pasaba horas y horas hilando en rueca de palo santo, olorosa y noble. Sobre sus labios marchitos vagaba siempre el temblor de un rezo…»[182].

Las referencias al pago del foro se repiten en la obra de Valle Inclán, así por ejemplo en A media noche. Jardín umbrío, el espolique le pregunta a la molinera a quién aguarda en la puerta del molino y ella le responde: «A nadie… Salíme un momento hace, por tomar la luna. Tengo molienda para toda la noche y hay que velar…». Le insiste a continuación el espolique, demandándole dónde se encuentra el hombre, y ella le contesta: «No está. Fuese a la villa para cumplir con la señora a quien pagamos un foro de doce ferrados de trigo y doce de centeno…»[183].

En Águila de blasón, Comedias bárbaras II, don Pedrito discute con Liberata sobre el precio del foro que le deben pagar por el uso del molino:

Don Pedrito.—Tenéis el molino casi de balde. Liberata.—¿Qué dice señor? ¡Ave María, de balde! Don Pedrito.—De balde, porque doce ferrados de trigo y doce de maíz no son renta. ¡Y eso cuando la pagáis!...[184].

Liberata le hace ver a don Pedrito que si les perdona parte de la renta es porque, de las tres muelas que tiene el molino, la mayor parte del año tan solo muele una, y que las otras dos es raro que lo hagan entrado el verano por la falta de agua. Sin embargo, don Pedrito insiste:

Hoy me parece que muelen todas [se refiere a las muelas]. Liberata.—Porque tenemos el agua de los riegos. Don Pedrito.—Pues como la mitad del año solamente muele la piedra del maíz y no da para la renta que pagáis, yo vengo a liberaros de esa carga. Liberata.—¿Qué dice, señor? Don Pedrito.—¡Eso!... Que dejéis por buenas el molino…[185].

Más adelante, los molineros se van a quejar a don Juan Manuel de las amenazas de don Pedrito:

Liberata.—No podemos seguir con el molino, mi amo. Don Pedrito nos tiene amenazados con picarnos el cuello. […] Dice que habemos de pagarle una renta o dejar el molino. […] El caballero.—Pedro Rey [el molinero], no quiero que ese bandido salga con su empeño. ¿Os conviene el molino con las tierras de Lantañón? […] El molinero.—Nos conviene lo que mi amo ordenare. Ya sabe que no habrá de ser tirano para la renta. El caballero.—Renta ninguna. Liberata.—Aun así el corazón me anuncia una desgracia. El caballero.—¡Basta de lamentos! Pedro Rey, vuélvete al molino y si ese faccioso asoma la cabeza por encima de la cerca, suéltale un tiro…[186].

La maquila varía según la zona considerada; por ejemplo, en la zona occidental de la Mariña de Lugo, si se quería moler un ferrado, aproximadamente 20 kilos, se descontaba aproximadamente uno. En otros lugares del interior, esto se medía con unos recipientes metálicos o de madera, de forma que el molinero quedaba con la medida de uno, medio o cuarto. En O Vicedo, Lugo, solían quedarse con un kilo de un lote de 14, etc. Por otra parte, existían unas medidas universales según la zona considerada donde el ferrado era común y equivalía a 18 o 20 kilos, o medio ferrado y la carteira o medio ferrado. Cabe señalar que, aunque no pesase lo mismo, el ferrado era una denominación común para toda Galicia e incluso para la comarca del Salnés, tierra de nuestro Valle[187].

En el caso primero, cabe suponer que la molienda era una forma más de que entrase dinero que ayudase a paliar las difíciles condiciones económicas familiares, deducción hecha de la situación del molino puesto que está dentro de la misma casa.

En el supuesto segundo, es probable que se utilizase como una forma de protoindustria o incluso del denominado putting out system, en el sentido de que allí moraba la molinera en caso de mucho trabajo. Esto llevaba implícita la existencia de otro piso a modo de dependencia doméstica que contendría una lareira (mesa de piedra con chimenea para la salida del humo donde se encendía fuego), un camastro y, en definitiva, todo lo necesario para pasar la noche mientras molía el molino.

La maquila fue una fuente de grandes ingresos en el siglo xix debido al abundante cereal que había que moler y, en este sentido, muchos de estos molinos propios, incluidos aquellos en los que se colocaba a alguien encargado de la molienda, son el resultado de redimirlos del foro que los atenazaba por entonces. A posteriori, en 1938, el Servicio Nacional del Trigo impondría otro canon a los propietarios que, ante la imposibilidad de satisfacerlo, tuvieron que cerrar sus instalaciones[188]. El pago de la molienda podía efectuarse igualmente con dinero, pero esto se hacía menos frecuentemente debido a que la economía de autosuficiencia que imperaba en la Galicia ancestral del Antiguo Régimen no permitía generar excedente que pudiese destinarse al comercio y, por ende, a la circulación de moneda.

Cuando los molinos pertenecían a un señor laico o eclesiástico, solían tener varias muelas. Las de piedra granítica (denominadas en Galicia do país —‘del país’—) para moler maíz; daban una harina muy tosca y ruda, llena de cascajos de grano que se eran aprovechados, previo cribado, para uso animal. Otras eran las albeiras, de pedernal, que se compraban en Francia o Portugal y hacían una harina más menuda y blanca, de ahí que recibieran ese nombre (en gallego ‘blanco’ sería albar, entre otras acepciones). Por el contrario, la propiedad campesina era más discreta y menos ostentosa, ya que contenía tan solo una muela para el maíz. Volvemos a Flor de santidad, cuando:

… el gallo canta. Las dos aldeanas salmodian en la cancela del molino: —¡Santos y buenos días! La molinera responde desde el patín: —¡Santos y buenos nos los dé Dios! A las salutaciones siguen las preguntas lentas y cantarinas: La ventera habla con una mano puesta sobre los ojos para resguardarlos del sol: —¿Hay mucho fruto? —¡Así hubiera gracia de Dios! —¿Cuántas piedras muelen? —Muelen todas tres: la del trigo, la del maíz y la del centeno. —Conócese que trae agua la presa. —En lo de agora no falta. —¡Por algo decían los viejos que el hambre a esta tierra llega nadando! La molinera baja a franquearles la cancela, pero la ventera y la zagala quedan en el camino hasta que una a una pasan las ovejas…[189].

En el Salnés y Galicia encontramos numerosos ejemplos de este tipo; así, en 1752, en el Catastro de Ensenada, las referencias al molino de O Retortoiro en el lugar de Mozorín, parroquia de Baión, construido en 1742, del que se especifica que:

Don Pablo Troncoso, vecino de San Juan de Leiro, tiene una casa con quatro ruedas de molino, todas ellas de cubo, la una de piedra blanca («albeira», para trigo y centeno) y las tres negreras (de piedra del país, para moler maíz), llamado Retortoiro, que muelen con agua corriente del rio que viene de Caldas por Puente Arnelas para la Umia seis meses al año y se regulo la utilidad de todas las quatro ruedas en mil reales anuales...[190].

Otra referencia a los molinos aforados volvemos a verla en el mencionado Catastro, donde se menciona el molino de Sisalga, en alusión a la casa de Sisalga de Baión. Se describe como molino de cubo donde se almacena el agua antes de enviarla al rodete. Constaba de una rueda y piedras del país, molía unos cuatro meses al año gracias a las aguas del regato de Santa Catalina y su utilidad se calculaba en 80 reales. Estaba aforado a varios vecinos que tenían diferentes derechos: dos horas y media cada día, una jornada cada 15 días, 8 horas cada 15 días, día y medio con su noche y 24 horas cada semana.

Lo mismo ocurría con el denominado molino de Matador, regato de Santa Catalina, sito en el lugar de Barcia, Baión, según el Catastro. Estaba regentado por un presbítero que le sacaba una utilidad anual de 80 reales, lo tenía alquilado a diferentes vecinos con distintos turnos y cantidades a satisfacer en foro, alguno al monasterio compostelano de San Martiño Pinario. Los derechos oscilaban entre moler 24 horas cada 15 días y pago de foro al mentado monasterio, un día con su noche de 8 en 8 días y pago de 6 cuncas (entre otras acepciones, la cunca gallega es una medida de capacidad para medir áridos, equivalente a 1/16 de ferrado) y media de pan medeado (se refiere al cereal que ya está trillado) al mismo monasterio, 24 horas cada 15 días, un día y noche de 8 en 8 días, un día y noche cada 15 días y 12 horas cada 15 días. En función del derecho adquirido, el pago del alquiler o foro era distinto, como es obvio.

Otro tipo de propiedad era la comunal que, según Leal Bóveda[191], aparecía cuando los vecinos no podían construir un molino con sus propios medios. En este caso, juntaban los esfuerzos y pocos recursos y construían uno comunal que pasaba a denominarse de herdeiros (‘herederos’), parceiros (‘a la parte de un todo’), o roldeiros (rolda es ‘turno, vez’). Las aportaciones al común se hacían en forma de dinero, trabajo, materiales, tiempo dedicado a la construcción o mantenimiento, etc., y en función de esto se tenía derecho de molienda según lo contribuido. La posesión de la parte se transmitía por heredad del primer tomador de la propiedad de la siguiente forma: la parte (rolda o herdade en gallego) daba derecho a moler durante unas horas en días determinados, que no se podían cambiar. Así, pongamos por caso que habría personas que tendrían todo un día mientras que otras poseerían medio o cuarto de día. En estos dos últimos casos se tenían que poner de acuerdo y turnarse (avezarse, ‘tomar vez’) cada semana para moler una vez durante el día y otra por la noche. De este uso compartido surgían relaciones sociales y comunales muy ricas recogidas por la tradición oral y a posteriori en diferentes cancioneros, por ejemplo las muiñadas (‘molinadas’) y foliadas (el fol en gallego es la bolsa de la gaita en la que se introduce el aire para luego dirigirlo al puntero donde se marcan las notas musicales, de ahí el nombre. Popularmente, son reuniones festivas en las que la gaita, el cántico y la danza, muiñeira, avezados con algo de vino y algún alimento, son protagonistas).

El uso de estas construcciones molturadoras estaba regulado por el derecho consuetudinario gallego pero, básicamente, dependía de los acuerdos a los que llegaran los constructores del molino. Menéndez-Valdés Golpe, en 1964, definía a los molinos de herdeiros (‘herederos’) como aquellos de propiedad común indivisible, dedicados a la molturación de granos para consumo familiar y alimentación del ganado de los dueños del molino, y hace hincapié en que el aprovechamiento de la parte indivisa en la propiedad se hace por piezas o grupos de seis horas, exclusivas de cada heredero y susceptibles de permuta, enajenación, arriendo, etc.[192].

El conocimiento de Valle Inclán de estos aspectos parece evidente si nos atenemos al pasaje de Divinas palabras en el que, muerta Juana la Reina, hay que resolver la heredad de Laureano, ser infrahumano que se desplaza en un carretón. Por ella pelean Mari-Gaila y Marica del Reino con la intercesión del pedáneo de la aldea:

Marica del reino.—¡Y todo ese hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales! Mari-Gaila.—No habrá pleito si tú respetas el derecho del que nació varón. Marica del reino.—Consultaremos con hombre de ley. El Pedáneo.—¡Como lleguéis a la puerta del abogado, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de ley. Pedro Gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás? El Pedáneo.—Si fuese a daros mi dictado, a ninguno había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la ley! Mari-Gaila.—¿No llama al hermano varón? El Pedáneo.—Las voces de la ley tú no las alcanzas. Mari-Gaila.—¡Pero aquí hay uno que sabe latines! El Pedáneo.—A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de ley. Pedro Gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás? El Pedáneo.—¡Si no habéis de seguirlo, para qué escucharlo! Marica del reino.—Te pedimos consejo y cumples con darlo. El Pedáneo.—Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo. La Tatula.—Tampoco había pleito. El Pedáneo.—Pues si solamente deja uno, también habéis de repartiros la carga que represente. La Tatula.—No es carga, que es provecho. El Pedáneo.—Son bienes proindivisos, que dicen en los juzgados. Mari-Gaila.—¡Ay, Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón! ¿Zueco en dos plantas, dónde irás que lo veas?

A continuación llega la sentencia del pedáneo, que se fundamenta en el derecho consuetudinario gallego y en el reparto de turnos entre los propietarios de los molinos de herederos:

El Pedáneo.—Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente. Una mocina.—Mi padre muele doce horas en el molino de András. Marica del reino.—Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias determinados los días. El Pedáneo.—Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maquila, y el otro de jueves a sábados. Los domingos van alternados. La Tatula.—Así no había pleito…[193].

Para Charlín Pérez, la degradación del personaje del idiota es completa, está objetualizado, convertido en un bien proindiviso, que se beneficia por horas como un molino. Valle Inclán escribe Divinas palabras cuando su estética y su ética ya lo conducían al hallazgo del esperpento. Por eso, aquí, lo que en un principio podría parecer una evocación y defensa de los viejos códigos se vuelve un uso literario de estos con fines grotescos[194].

Con todo, siguiendo este mismo criterio, supongamos que dos padres, uno (A) con cuatro hijos y otro (B) con ocho, repartían ellos. A los del padre A les correspondería el doble de tiempo de molienda que a los del B ya que, siendo la misma heredad, tenía que dividirla en más partes. De igual modo, si algún heredero deseaba vender su parte, podía hacerlo de forma que el nuevo propietario pasaba a adquirir los derechos y obligaciones del vendedor. La compraventa debía realizarse con papel de por medio, si no se consideraba nula. Respecto de las formas de pago que se tenían que hacer a los herederos de las partes del molino, encontramos un ejemplo en este texto de un libro de cuentas de uno de la parroquia de Covas, Viveiro: «...Un diez e ocho avo del molino y de todo su fundo vagos y artefacto, en mistión con varios porcioneros cuyo molino se halla situado en el río que baja á Escourido. Dicha participación en el referido molino tiene de pensión la mitad de siete cuartillos y un noveno de trigo que se paga anualmente a los herederos de Luis Escourido en cuatro pesetas....»[195].

Los derechos consistían en los turnos de molienda comentados, y los deberes en una serie de trabajos de conservación y reparación del molino y su entorno que posibilitaran su funcionamiento permanentemente. Hay otros usos que no pueden considerarse como una forma de propiedad estrictamente, pero que, en realidad, venían a ser un usufructo de esta; hablamos de los alquileres.

Como ya se explicó, los usos del molino en verano acarreaban abundantes problemas debido a que había poca agua para derivar a riego y molienda, de ahí que en determinadas zonas tenían derecho de uso los regantes mientras que en otras, como en Galdo, Viveiro, Lugo, lo poseían los segundos. Por esto, en las de escasez fueron apareciendo paulatinamente los de viento y marea. En este sentido, en el Catastro de Ensenada aparecen citados los molinos de A Regueira en el lugar de Fonsín, Baión, Vilanova de Arousa. Contaban con una muela del país movida por las aguas del regato de Santa Catalina[196]. Todo parece indicar que eran empleados por los vecinos de Godos, Caldas de Reis (Godos es en la actualidad parroquia del concejo de Caldas de Reis, vecino del de Vilanova, pero en la administración jurisdiccional del Antiguo Régimen pertenecía a este último ayuntamiento)[197].

Respecto del oficio de molinero, cabe indicar que está en íntima relación con el tipo de propiedad[198], de forma que se puede apreciar que no exige una especialización funcional como en el caso de otros artesanos. Desarrolla labores no difíciles de realizar y en los privados son desempeñadas por hombre o mujer, aunque con predominio del primero. Además, se pueden hacer otras faenas mientras dura la molturación. En los de herederos, la cuestión es mucho más fácil porque cada persona muele para sí sin que haya nadie encargado específicamente de hacerlo.

Mantiene Lavaud, en obra ya citada, que tanto el molinero como la molinera son personajes cargados de diferentes simbologías que pueden ir desde la fuerza, el misterio, la rectitud, incluso al amor extramatrimonial y la muerte violenta. En todo caso, Valle Inclán siempre les aporta alguna cualidad positiva como en el Resplandor de la hoguera, en que Miquelo Egoscué, juntándose con los hombres de la partida facciosa que dirige, en una cueva que les sirve de cuartel, hace matar y asar siete cabras para un banquete. A continuación leerá la carta que le envía al cura y exclama: «Yo voy allá con los que quieran seguirme. El segundo de la partida respondió por todos: —Está bien. Era un viejo molinero de Arquiña»[199]. En esta ocasión, la opinión del molinero tiene el suficiente peso para ser tenida en cuenta por todos los presentes.

En el relato Un cabecilla, se narra la historia de un instante de la vida de un molinero exfaccioso contada por el narrador que lo tuvo de guía para visitar unos restos célticos. Este narrador recalca la fuerza física del molinero y su misterio, y un tercer personaje revela que el molinero asesinó a su mujer porque esta había confesado el lugar en el que se escondía la facción: «De aquel molinero viejo y silencioso que me sirvió de guía para visitar las piedras célticas del Monte Rouriz guardo un recuerdo duro y frío […]. Había sido un terrible guerrillero […]. A la ida y a la vuelta solía recaer por el molino para enterarse de cómo iban las familias, que eran los nietos y de las piedras que molían»[200]. Cierta tarde de verano, acercándose hacia el molino, encuentra a su mujer atada a un poste de la parra, la puerta rota y todo en desorden. Ante este panorama, pregunta a su esposa si vinieron los negros, en alusión a las tropas liberales, a qué hora llegaron, cuántos eran y qué les dijo. De las respuestas de esta no queda convencido y decide asesinarla:

¿Has acabado? [se refiere a la mujer que rezaba con temor ante la muerte que preveía]. Ella juntó las manos con exaltación cristiana: —¡Hágase, Jesús tu divina voluntad! Pero cuando vio al terrible viejo echarse la escopeta a la cara y apuntar, se levantó despavorida y corrió hacia él con los brazos abiertos: —¡No me mates! ¡No me mates, por el alma de…! Sonó el tiro y cayó en medio del camino con la frente agujereada. El cabecilla alzó de la arena ensangrentada su rosario de faccioso, besó el crucifijo de bronce, y sin detenerse a cargar la escopeta huyó en dirección de la montaña[201].

Aunque con menos insistencia, registramos la misma correspondencia macabra entre lo figurativo y lo temático en La misa de san Electus, en la que tres mozos, a pesar de la misa a san Electus, van a morir después de morderles un lobo rabioso. Todos venían del molino cuando fueron mordidos y esta ocurrencia del camino del molino como lugar mortífero viene subrayada en tres segmentos narrativos o dialogados del cuento[202].

Con la molinera ocurre lo mismo, y se nos presenta llena de virtudes cristianas, mujer abnegada, caritativa, dispuesta para servir, con el pelo blanco de harina, en clara alusión al trabajo y pureza y, en muchas ocasiones, pegada a una rueca hilando lino. En Sonata de otoño, el marqués y el mayordomo Brión hacen un alto en los molinos de Gondar llamando autoritarios a su puerta, acompañándose de un Ave María Purísima. La vieja molinera contesta: «¡Sin pecado concebida! Era una pobre alma llena de caridad. Nos vio ateridos de frío, vio las mulas bajo el cobertizo, vio el cielo encapotado con torva amenaza de agua, y franqueó la puerta hospitalaria y humilde. —Pasen y siéntense al fuego»[203].

Sigue en la misma línea en Eulalia, cuando esta moza se acerca al molino de Madre Cruces para ver a su amor extramatrimonial: «Es alegre y geórgica la paz de aquel molino aldeano, con sus muros cubiertos de húmeda hiedra, con su puerta siempre franca, gozando la sombra regalada de un cerezo. Feliz y benigna, la piedra gira moliendo el grano y el agua verdea en la presa, llena de vida inquieta y murmurante. Sentada ante la puerta, bajo la sombra amiga, hila una vieja que tiene todo el cabello blanco»[204].

Mientras aguardan la llegada del amante, Eulalia y Madre Cruces hablan e hilan lino: «La vieja había dejado la rueca para descolgar las madejas de lino puestas a secar en la rama de un cerezo. ¡Aquellas madejas de antaño, olorosas, morenas, campesinas, que las abuelas devanaban en los viejos sarillos de nogal! Después la Madre Cruces volvió a sentarse en el poyo de la puerta. Entre sus manos crece un ovillo. Eulalia, distraída, lo mira dar vueltas bajo aquellos dedos arrugados y seniles»[205].

Sin embargo, Lavaud-Fage también le otorga atributos negativos como, por ejemplo, en Eulalia, donde molino y molinera aparecen ligados al tema del amor extraconyugal y al de la muerte, ya que al volver de su cita amorosa en el molino (vemos otra vez aquí su ubicación alejada de los núcleos habitados, cerca de las curvas de los ríos en donde se hace un canal de deriva que lleve el agua al rodete, es utilizada como excusa para haber un encuentro «indebido» entre dos amantes), Eulalia perece ahogada, sea por suicidio o por descuido[206]. Previamente, la molinera sirve de alcahueta a la rapaza enamorada, a quien un pastor advierte de que el molino a donde ella va no muele porque no hay aguas para eso, ante lo que Eulalia advierte de que poco grano tiene ella que moler. El mozo, malicioso, es consciente de eso y también de que en realidad la moza va a visitar al caballero enfermo que desde hace poco toma aires en el molino de Madre Cruces:

¿Estás tu sola, madre Cruces? —Sola mi reina… Ya llegará el galán que consuele ese corazón. —¿Dónde ha ido? —Recorriendo esos campos paloma. —Cuéntame, Madre Cruces… ¿Está triste? —Menos lo estaría si menos recordase a quien le quiere. —¿Tú comprendes que me recuerda? —¡Claramente! Por veces éntrame pena cuando le oigo suspirar[207].

La alegría, la paz bucólica, la impresión de bienestar y de acogida permanente y bondadosa descritas en lo referente a los molinos parecen contrastar con todos los aspectos negativos que se vierten, tales como el adulterio y la muerte[208].

Sobre el transporte en barca por el río, es muy posible que Valle Inclán conociera que, como se indicó, existía una embarcación que conectaba los molinos de las Aceñas (propiedad del conde de Priegue pero arrendados a Juan Manuel Vidal, según consta en el Catastro de Ensenada y en el Libro de Matrícula Industrial del Concejo de Vilanova de Arousa), en Barcia, Baión, con Pontearnelas.

2.3. El molino, núcleo de las relaciones sociales de la parroquia

Si tuvo importancia relevante en lo económico, no menos la poseyó en lo social, puesto que se convirtió en el verdadero núcleo sobre el que giraban las relaciones de la gente de la parroquia, aldea o lugar, fundamentalmente de la mocedad.

Los vecinos debían acudir necesariamente al molino con asiduidad. Así, mientras se procedía a la tarea de moler, se llenaban los tiempos de espera con actividades de ocio; bailes, cánticos, relatos de historias, leyendas, anécdotas, juegos, etc., (muíñadas o foliadas cuando intervenía la gaita). Dado que por el día el campesino y su familia se dedicaban a las faenas de la tierra, la noche constituía el único tiempo libre de que disponían para moler, de modo que eran frecuentes las reuniones entre los usuarios. Estas podían prolongarse hasta el día y adquirían carácter festivo (leria y troula en gallego), en las que los mozos y mozas representaban un papel predominante: No muíño fan cantigas, / no muíño fan concellos, / no muíño fanse amores, / e contan contos os vellos (En el molino se hacen cánticos, en el molino se hacen reuniones o concejos, en el molino hay amores y cuentan cuentos los viejos).

En el Embrujado, los tres chalanes intentan cruzar el río que apenas lleva agua y no hay barquero para ello. Quieren hacerlo pero, como temen que los animales enfermen, deciden bajar por los molinos hasta La Puente Vieja. Mauriña les dice que para el que va caballero, como ellos, no es vuelta, y el ciego dice: «¡Día de feria, foliada en el molino, con unas mozas…! Yo no las vi, pero las apalpé…»[209].

También es sabido por todos que el molino, por su alejamiento de los núcleos habitados, fue usado como lugar de encuentros amorosos, hechos que quedarían reflejados en la lengua, así como en un riquísimo folclore y literatura oral en la mayoría de los casos de tipo picaresco donde, incluso, el estamento eclesiástico tenía su propio rincón: Un cura foi ao muíño: / foille mellor que non fora, / que coa beira da sotana / varreu a fariña toda... (Un cura fue al molino, mejor no hubiera ido, porque con el faldón de la sotana, barrió toda la harina). También se hacen alusiones a los pequeños hurtos que el molinero hacía en el cobro de la molienda: Xa non quero ser muiñeiro, / nin varre-lo tremiñado, / que despois no outro mundo / toman conta do roubado (traducido más arriba).

Valle Inclán retoma el tema en Son de muiñeira, El pasajero, claves líricas:

Cantan las mozas que espadan el lino, / Cantan los mozos que van al molino, / Y los pardales en el camino.

¡Toc! ¡toc! ¡toc!... Bate la espadela [pieza de madera, en forma de machete empleada para golpear la planta del lino y hacerlo hilo]. / ¡Toc! ¡toc! ¡toc!... Da vueltas la muela. / Y corre el jarro de la Arnela.

El vino alegre huele a manzana, / Y tiene aquella color galana / Que tiene la boca de una aldeana.

El molinero cuenta un cuento, / En la espadela cuentan ciento, / Y atrujan los mozos haciendo el comento.

O en la escena sexta de Romance de lobos, donde podemos ver:

Por un momento los tres hermanos quedan silenciosos. Una tropa de chalanes llega y descabalga para descansar a la sombra de los cipreses, dejando libres los jacos en el verde y oloroso campo, que cruzan aquellos caminos aldeanos por donde se pierden huestes de mujerucas, viejas y mozas, que va al molino con maíz y con centeno…»[210].

De todo esto, quizás lo más significativo es que el baile gallego por excelencia, la muiñeira, adopta esta alusión tan connotativa, al tiempo que se danza en sentido circular semejando la rotación de la muela del molino sobre el pie, o la propia rotación del rodete: Non se precisa pandeiro / para baila-la muiñeira, / mentres dura a muiñada, / fáino-lo ritmo a albeira (No se precisa pandero para bailar la muiñeira, mientras dura la molienda, nos hace el ritmo la albeira —piedra de pedernal usada para moler trigo, descrita anteriormente—).

De lo dicho podemos entresacar pequeñas canciones (cantigas), de las que la más típica de todas puede ser esta: Unha noite no muíño / unha noite non é nada / unha semaniña enteira / eso si que é foliada (Una noche en el molino, una noche no es nada, una semana entera, eso sí que es foliada —fiesta ya descrita—).

O esta poesía: Muíño de peza / de son cantareiro / morriches de fame / sorriches de pena / meu muíño albeiro (molino de pieza, de sonido cantor, moriste de hambre, sonreíste de pena, mi molino albeiro —de piedra albeira para moler trigo o centeno—).

O algunos refranes: Andando gaña o muíño, que parado está perdido (Andando gana el molino, que parado está perdido). Non fies en maquía de muiñeiro nin creas en comida de despenseiro (No fíes en maquila de molinero ni creas en comida de despensero).

O algunas adivinanzas:

Anda e non ten pés / come e non ten boca / canta comida lle dan / toda lle parece pouca (Anda y no tiene pies, come y no tiene boca, cuanta comida le dan, toda le parece poca).

Que cousiña, cousa será / que dá voltas enriba do río / e sen se mollar (Qué cosita, cosa será, que da vueltas encima del río, sin mojarse)[211].

Veamos un amplio resumen sobre la cuestión:

Dille a leñaza ao trigo: cala ti, mourón, que estás un mes debaixo do terrón, e o trigo respóstalle: cala ti, cara lavada, que aos tres días xa nadas (Le dice la leñaza —planta del lino— al trigo: calla tu mourón [enfermedad del trigo y maíz provocada por un hongo que pone negros los granos de ambos cereales], que estás un mes debajo del terrón y el trigo le responde; calla tu cara lavada que a los tres días ya nadas [la planta del lino se introduce durante tres días en agua para que pierda dureza y luego se pueda deshilachar con más facilidad]).

O meu home foi de troula, e veu cheo de fariña; el muiñeiro non é, eu non sei a quen se arrima (Mi marido fue de fiesta, y vino manchado de harina, él no es molinero, yo no sé a quién se arrima).

Peneirei, peneirei por un cribo, e fixen pan de relón coma o trigo (Peneirar es pasar la harina por un cribo de forma redonda para sacarle las impurezas).

Anque che fun ao muíño, anque che fun a muíñar, anque che fun ao muíño, non teño pan que che dar (Aunque fui al molino, aunque fui a moler, aunque fui al molino, no tengo pan que darte).

Esta noite fun ao muíño, cun fato de nenas novas, elas todas sen camisas, e eu no medio en cirolas (Esta noche fui al molino, con un grupo de rapazas, ellas todas sin camisas y yo en medio en calzoncillos).

Marica foi ao muíño, moer un saco de pan, e no medio do camiño, atopou co seu veciño, que ten sona de larchón. Canto tardou en moelo, non volo poido saber, soio que dixo ao Tadeo, o raio do tarabelo, non paraba de moer. Dende entón xa non volveu, Marica polo muíño, nin tampouco apareceu, inda rogándolle ao ceo, o larchón do seu veciño (Marica fue al molino, a moler un saco de pan, y en medio del camino, se encontró con su vecino, que tiene fama de avispado. Cuánto tardó en molerlo no lo puedo saber, solo que dijo a Tadeo, que el tarabelo —pieza de palo que, partiendo de la tolva donde se vierte el grano, está en contacto con la muela para que esta le haga vibrar y con ello haga bajar el grano— no paraba de moler. Desde entonces ya no volvió Marica por el molino, ni tampoco apareció, aun rogándole al cielo, el listo de su vecino).

Irei contigo ao muíño, farei o que ti mandes, dormir contigo non quero, que te-las pernas moi grandes (Iré contigo al molino, haré lo que tú mandes, dormir contigo no quiero, que tienes las piernas muy grandes).

Esta noite fun ao muíño, e maila outra pasada; abalei unha peneira, que nunca foi abalada (Esta noche fui al molino, y también la pasada. Abalar es balancear un objeto, y en este caso se trata de menear un cribo para tamizar la harina. Se hace referencia a la relación con una rapaza virgen).

Fun ao muíño de abaixo, dei a volta polo de riba, o de abaixo está pechado, e o outro ten caravilla (Fui al molino de abajo, di la vuelta por el de arriba, el de abajo está cerrado y el otro tiene caravilla —era un palo que se ponía a la puerta por el interior para que no pudiera ser abierta desde el exterior. En este caso se hace alusión a que el molino estaba ocupado por otras personas—).

Unha vella na mahía, botou un toxo no lar, saltoulle no pestenexo, e houbo de chamuscar (Una vieja en la mahía [lugar donde se muele, en el que también se hace fuego para calentarse], echó un tojo al fuego, le saltó una chispa y se chamuscó).

Non che podo que estou rouca, non che podo que estou rouca, funche dormir ao muíño, esta noite e maila outra (No puedo que estoy ronca, no puedo que estoy ronca, fui a dormir al molino, esta noche y la otra).

Unha vella fixo as papas, e botounas nunha criba, puxo a criba na cabeza, e escaldouse a vella viva (Una vieja hizo papas —alimento que se hacía mezclando harina con leche o agua—, y las echó en una criba —arel—, puso la criba en la cabeza y se escaldó la vieja viva).

Fun ao muíño con Paula; fun ao muíño con ela; fun ao muíño con Paula; fun en paz en vin en guerra (Fui al molino con Paula, fui al molino con ella, fui en paz y vine en guerra).

Cando vaia ao teu muíño, hasme de deixar moer; moendo moe que moe, moendo na muíñada, unha mañá de xiada (Cuando vaya a tu molino, me dejarás moler, moliendo, muele que muele en la muiñada —proceso de la molienda—, una mañana de helada).

Era unha noite de chuvia e de frío, a que pasei no muíño do río, moi despaciño empecei a cantar, para non ter medo e a noite pasar, pum, pum, petan á porta, saio a correr, era Martiño que viña moer. Viña cun canto levado dos demos e iso as mozas non o queremos. O pillo decía eu quero moer, no muíño do Río non moe ninguén, todos o queren porque moe ben. Que moe ben dirano os tolos, pro polo visto non moe para todos, e se ti queres pra min moerá, e se non queres xa che pesará. E se me pesa ei de pousar, pero por ti non hei de chamar. Pero Martiño como é caradura, foise achegando e colleume a cintura, eu teño un xenio levado dos demos, e coa fiadoira no lombo lle din. Boteino fóra e cerreille a porta, porque pensei que lle daba unha volta. Pobre Martiño, que mal lle saeu, que levou na chepa e mais non moeu (Era una noche de lluvia y de frío, la que pasé en el molino del río, muy despacito comencé a cantar, para no tener miedo y pasar la noche, pum, pum, llaman a la puerta y salgo corriendo, era Martiño que venía a moler. Venía endemoniado y eso las mozas no lo queremos. El pillo decía quiero moler, en el molino del río no muele nadie [hace referencia a un molino comunal donde todos los vecinos tenían vez], todos lo quieren porque muele bien. Que muele bien lo dirán los locos porque por lo visto no muele para todos, y si tú quieres para mí molerá, y si no quieres te habrá de pesar. Si me pesa habré de parar pero por ti no llamaré. Pero Martiño como es caradura se fue acercando y me cogió la cintura, yo tengo un genio endemoniado y con la hiladora [mientras se molía las mujeres aprovechaban el tiempo para hilar lino. En este caso se refiere a la hiladora] le di un golpe en la espalda. Lo eché fuera y cerré la puerta, porque pensé que se volvía loco. Pobre Martiño, que mal le salió que llevó en la chepa y no molió).

O muíño de meu pai, eu ben lle sei o tempero: cando está alto, baixalo; cando está baixo, erguelo (El molino de mi padre, yo bien entiendo su tempero —el tempero es una leva que movida desde dentro libera o aprieta el rodete, poniéndolo en funcionamiento o parándolo—: cuando está alto, bajarlo; cuando está bajo, subirlo. Hace referencia a la posición en la que debe estar la leva para que el molino funcione o no).

O muíño anda de roda, anda de roda a moer; o cariño que eu che teño, ti inda o has de saber (El molino anda de rueda moliendo, el cariño que yo te tengo, tú aún lo has de saber).

Meu meniño, durme, durme, que teño que ir ao muíño, teño que ir pola fariña, para face-lo panciño (Duerme, duerme mi niño, que tengo que ir al molino, tengo que ir a por la harina, para hacer el pan).

Muíño, troula, troula, a auga faino troular; a filla da muiñeira, rabea por se casar (El molino muele, muele, el agua lo hace moler; la hija del molinero desespera por casarse).

Esta noite no muíño, ha de habe-lo que ha de haber: ha de haber cabezas rotas, por non me deixar moer (Esta noche en el molino, ha de haber lo que ha de haber: ha de haber cabezas rotas por no dejarme moler).

O muíño a moer, os ratiños a comer, e agarrei un polo rabo, e mandeino a aquel cabo, agarrei un polas orellas, e tireille tres pendellas, agarrei un polo fuciño, partinlle o pé co muíño (El molino a moler, lo ratones a comer, agarré uno por el rabo y lo mandé al otro extremo —se entiende del molino—, agarré uno por las orejas y le di unos capones, agarré uno por la nariz y le partí el pie con el molino).

O muíño a moer, o ratiño a comer, agarreino polo rabo, e leveino pró mercado (El molino a moler, el ratón a comer, lo cogí por el rabo y lo llevé al mercado).

Dáme lume, Sara, polo vertedeiro, dáme lume Sara, que son muiñeiro; si eres muiñeiro, sobe para arriba, que Sara está soa e quere compañía (Dame fuego, Sara, por el vertedeiro —oquedad por donde baja el agua al rodete—, dame fuego Sara que soy molinero; si eres molinero sube para arriba, que Sara está sola y quiere compañía).

Muíño que estás moendo, o trigo con tanto afán, ti estás facendo a fariña, e outro come do pan (Molino que estás moliendo el trigo con tanto afán, tú estás haciendo la harina y otro come el pan).

Esta noite fun á rolda, e rolei sete muíños, e enganei sete rapazas, e encarguei sete meniños (Esta noche fui a la rolda —la rolda es la fiesta que se hace en el molino mientras se muele el grano, como ya fue explicado previamente— y estuve de fiesta en siete molinos, engañé siete rapazas y encargué siete niños).

Este muíño non é muíño, que é capela dos ratos, donde se dan moitos bicos, e mailos moitos abrazos (Este molino no es molino, es capilla de ratones, donde se dan muchos besos y muchos abrazos).

Miña nai non quere que eu vaia ao muíño, porque o muiñeiro rebrinca, rebrinca, volve a rebrincar, unha saia nova me quixo rachar (Mi madre no quiere que yo vaya al molino, porque el molino salta, salta, vuelve a saltar, una falda nueva me quiso romper).

Esta noite no muíño, hache de haber apartamento, os casados para fóra, os solteiros para dentro (Esta noche en el molino, ha de haber separación, los casados para fuera, los solteros para dentro).

A miña muliña cando vai pró muíño, ai!, vai enfariñada, cheiña de frío, tamén de xiada, ai!, a miña burriña, sempre vai cansada (Mi mula cuando al molino, ay, va enharinada, llena de frío, también de helada, ay, mi mula siempre va cansada).

Dios cho pague, churrusqueiro, téñocho que agradecer: cando vou ao teu muíño, sempre me deixas moer (Dios te lo pague, churrusqueiro —en este caso se denomina así cariñosamente al molinero—, he de agradecértelo: cuando voy a tu molino, siempre me dejas moler).

Co saquiño na cabeza lixeiriña para o muíño vai, non quere que a colla a noite polo que poida pasar, pois os carreiros entre o millo dan moito que falar (Con el saco en la cabeza ligera va al molino, no quiere que la coja la noche por lo que pueda pasar, pues los caminitos entre el maíz dan mucho que hablar).

O muíño foula, foula, o vento lle fai a moa; a filla da muiñeira, ten un andar que namora (El molino foula —la foula es el polvillo que se levanta al moler o al cribar la harina—, el viento le hace la muela, la hija de la molinera tiene un andar que enamora).

Muíño de peza, de son cantareiro, morriches de fame, sorriches de pena, meu muíño albeiro (Molino de pieza, de sonido cantor, moriste de hambre, sonreíste de pena, mi molino albeiro —se refiere al molino que hace harina de trigo y no de maíz. Da una harina de color blanquecino, albar, de ahí su nombre—).

Meu home foi ao muíño, a muiñeira ten a sarna; moerían de mestura, cando o meu home se raña (Mi marido fue al molino, la molinera tiene la sarna, se rozarían al moler porque mi marido se rasca).

Eu non sei que pasou no muíño, eu non sei que debeu pasar; dende entón Maruxiña está triste, dende entón non fai máis que chorar (Yo no sé lo que pasa en el molino, yo no sé lo que debió pasar, desde entonces Maruxiña está triste, desde entonces no hace más que llorar).

Non xemes xa muiñando, cos pés metidos no río, hoxe sin gran nin fariña, segues en pé maxinando, moendas de trigo e millo (No gimes ya moliendo, con los pies metidos en el río, hoy sin grano ni harina, sigues en pie moliendo, moliendas de trigo y maíz).

Muíño de peza, meu muíño albeiro, soño polvorento, con foulas e avenzas, o teu brandoeiro (Molino de pieza, mi molino albeiro, sueño polvoriento con polvillo y avenzas —avenzar o aventar es echar al aire los granos para separarlos de los últimos restos de paja—, tu brandoeiro —alude al tacto suave de la harina de trigo—).

Vamos indo, vamos indo, vamos indo cara a ela, agora xa nos van dando os aires da nosa terra. Eu fun ao muíño con Paula, eu fun ao muíño con ela, deitóuseme nos brazos, e eu durmín nos brazos dela (Vamos yendo, vamos yendo, vamos yendo hacia ella, ahora ya nos van llegando los aires de nuestra tierra. Fui al molino con Paula, fui al molino con ella, se acostó entre mis brazos, y yo dormí en los brazos de ella).

Certo día vindo do muíño, unha nena vin chorar; pregunteille que lle pasaba, e ela comenzou a contar: Alá atrás naquela revola, agarroume un rapaz, pero o tolo tanta forza fixo, que me rompeu o delantal. Agora vou para a casa, e miña nai vaime pegar, porque o levo todo roto, e non podo enmendar. Non lle digas, miña nena, que foi tralo prado, enredando con aquel rapaz, dille que foi unha silva, que cho prendeu ao pasar. Por iso miña nena, non te poñas a enredar: os rapaces son moi pillos, e algún día vaiche pesar (Cierto día viniendo del molino vi llorar a una niña; le pregunté qué le pasaba y comenzó a contar: allá detrás en aquella curva me agarró un rapaz, pero el loco tanta fuerza hizo, que me rompió el delantal. Ahora voy a casa y mi madre me va a pegar, porque lo llevo roto y no lo puedo arreglar. No le digas, mi rapaza, que fue en el prado jugando con el rapaz, dile que fue una zarza que te lo prendió al pasar. Por eso, niña mía, no te pongas a enredar: los rapaces son muy pillos y algún día te va a pesar).

Na porta daquel muíño, hai dúas pedras de asento, unha é para namorar, e outra pra pasa-lo tempo (En la puerta de aquel molino, hay dos piedras de asiento, una es para enamorar y otra para pasar el tiempo).

O meu muíño está noviño, e non pode traballar; ten que descansar, para poder continuar (Mi molino está nuevo y no puede trabajar, tiene que descansar, para poder continuar —se refiere a que por nuevo muele demasiado y es necesario cesar la molienda para que no se estropee—).

O muíño troula, troula; se troula, déixao troular, a dona deste muíño, rabea por se casar (hace referencia a que la dueña del molino, como desea fervientemente casarse, no cesa de hacer troulas —juergas— en el molino).

Á porta do muíño vello púxenme a pensar, nas voltas que dá o rodicio, e aínda nas que ten que dar (En la puerta del molino viejo me puse a pensar, en las vueltas que da el rodete y en las que tiene que dar).

O muíño xa vai vello, ten silveiras de arredore, as mozas que van a ele, todas perden a colore (El molino ya va viejo, tiene zarzas alrededor, las mozas que van a él, todas pierden el color).

Se te citan no muíño, pénsao antes de aceptar, que non son bos os amores, nena, se os tes que buscar (Si te citan en el molino, piénsalo antes de aceptar, que no son buenos los amores, niña, si los tienes que buscar).

O muíño é refuxio, de gardas e bandoleiros, de almas que andan perdidas, de ladróns e de romeiros (El molino es refugio de guardas y bandoleros, de almas que andan perdidas, de ladrones y de romeros).

O muíño roda, roda, o rodicio faino andare; a filla do muiñeiro, rabea por se casare (El molino rueda, rueda, el rodete lo hace andar, la hija del molinero, está rabiosa por casarse).

O muíño moe, moe, a fariña vai na moa; a filla do muiñeiro, entramentres se namora (El molino muele, muele, la harina va en la muela, la hija del molinero mientras tanto se enamora).

Sementei centeo e millo, ide ao muiñeiro chamar, levantémo—lo muíño, que temos que muiñar (Sementé centeno y maíz, id a llamar al molinero, pongamos en marcha el molino, que tenemos que moler).

Anda a roda, anda ao arredor, canto máis a roda anda, máis lle quero ao meu amor (Anda la rueda, anda alrededor, cuanto más anda la rueda, más le quiero a mi amor).

Veño de moer, morena, do muíño de arriba, durmín coa muiñeira, non me cobrou a maquía (Vengo de moler, morena, del molino de arriba, dormí con la molinera, no me cobró la maquila).

Veño de moer, morena, do muíño do medio; durmín coa muiñeira, non me cobrou o centeo (Vengo de moler, morena, del molino de en medio, dormí con la molinera, no me cobró el centeno).

Veño de moer, morena, do muíño de abaixo; durmín coa muiñeira, non me cobrou o traballo (Vengo de moler, morena, del molino de abajo, dormí con la molinera, no me cobró el trabajo).

Na porta daquel muíño, hai un carballo rachado, onde sentan as mozas, a mata-lo condenado (En la puerta de aquel molino, hay un roble roto, donde se sientan las mozas a criticar).

Toda enfariñada e coas pernas molladas, chegou Carmela á casa despois dunha noite de muiñada (Toda enharinada y con las piernas mojadas, llegó Carmela a casa después de una noche de molienda).

O meu muíño é velliño, non o queren amañar, e cando o vaian arreglar, cantos anos van pasar (Mi molino es muy viejo, no lo quieren arreglar, y cuando lo vayan a hacer, cuántos años pasarán).

Canta, muiñeiro, canta, día e noite sen parar, mentres se fai a fariña, as mozas queren namorar (Canta molinero, canta, día y noche sin parar, mientras se hace la harina, las mozas se quieren enamorar).

La cosa no remata aquí ya que, si se quiere jugar o pasar el tempo, se puede acudir a estas adivinanzas:

Anda e non ten pés, come e non ten boca; canta fariña lle dan, toda lle parece pouca (Anda y no tiene pies, come y no tiene boca, cuanta harina le dan, toda le parece poca).

Andar e andar e nunca chegar (Andar y andar y nunca llegar).

Anda e anda, e nunca chega á súa casa (Anda y anda y nunca llega a su casa).

Que cousiña, cousa será, que dá voltas encima do río e sen se mollar (Qué cosa, cosa será, que da vueltas encima del río sin mojarse).

Que cousa, cousa é, que, mentres come, canta; e, se non come, cala (Qué cosa, cosa es, que mientras come, canta; y si no come calla).

Lo que en los molinos se hacía y hablaba era sinónimo de sabiduría, tal y como se puede apreciar en estos refranes:

Ábrete pola boca, para que en vez dunha maquía, dúas che colla (Ábrete por la boca, para que en vez de una maquila, dos te coja).

Auga pasada non move muíño (Agua pasada no mueve molino).

Andando gaña o muíño, que parado está perdido (Andando gana el molino, que parado está perdido).

Tanto gana a muiñeira co que moe como co que peneira (Tanto gana la molinera con lo que muele como con lo que criba).

Non fíes en maquía de muiñeiro, nin creas en comida de despenseiro (No fíes en maquila de molinero, ni creas en comida de despensero).

Máis que muíño na espera, vale sobro na moega (Más que molino parado, vale el grano sobrante, de poco valor, en la tolva).

Muiñeiro do diaño que a fariña a fai salvado (Molinero del diablo que hace la harina muy tosca —la muele poco y no la criba por lo que su uso por los humanos es dificultoso y suele echarse a los animales—).

O muiñeiro que ve e ve, non pode ser paroleiro (El molinero que ve y ve, no puede ser hablador).

Muíño parado non gana maquía (Molino parado no gana maquila).

Cada un tira da auga para o seu muíño aínda que deixe seco o do veciño (Cada uno lleva el agua a su molino aunque deje seco el del vecino).

O que está na acea moe, e non o que vai e non volve (El que está en el molino muele, y no el que se va y no vuelve).

Cada muíño quere a súa auga (Cada molino quiere su agua).

O crego e o muíño cantando gañan (El cura y el molino cantado ganan).

O que pode vai ao muíño e moe[212] (El que puede va al molino y muele).

A este respecto, para tierras de Cotobade, en Pontevedra, Antón Fraguas nos hablaba de que la molienda fue considerada como lugar de fiestas que gozaron de duras leyendas en las estimaciones de la moral. Por otra parte, incide en que en las «visitas» a las parroquias figuran las sanciones que se impondrían a todos aquellos que celebraran fiestas nocturnas en los molinos, decretadas por el visitador eclesiástico, que se extendían a la celebración de «fiadas» —veladas nocturnas que se hacían en los molinos— por gentes reunidas que pasaran del toque de oración.

Valle Inclán, amén de Son de muñeira, en las Claves líricas se hace eco de toda esta literatura popular e incluye cuatro líneas, en este sentido, en la mentada obra que vienen a resumir su conocimiento del tema en cuestión: ¡Fun unha noite ao muíño / cun fato de nenas novas / todas elas en camisa, / eu n´o medio sin cirolas![213] (Fui una noche al molino / con un grupo de rapazas / todas en camisa / y yo en medio sin pantalones).

Otro buen ejemplo lo tenemos en Águila de Blasón, Comedias bárbaras II, escena quinta:

… Velada en el molino. Hay viejos que platican doctorales a la luz del candil, que cuelga de una viga ahumada, y mozos que tientan a las mozas en el fondo oscuro, sobre el heno oloroso. En medio de la algazara la molinera plañe sus males en suspiros, y una buena curandera, cerca de la lumbre, atiende al hervor del vino con romero, mientras adoba las yerbas del monte que tienen virtud para curar el mal de ojo a las preñadas. […] La fragancia del vino que hierve con el romero se difunde por la corte como un bálsamo oloroso y rústico de aldeanos y pastores que guardasen la tradición de una edad remota, crédula y feliz. Si alguna moza se duerme en la vela, luego la tienta un mozo parletano. Entre el reír de los viejos y el rosmar de las viejas, las manos atrevidas huronean bajo las faldas. La curandera sopla el hervor que levanta el vino, y en medio de la algazara plañe siempre sus males Liberata la Blanca…[214].

Amén de esto, hace alusiones permanentes a las tareas y construcciones que intervienen en el ciclo del pan. Comencemos por la siembra, las mazorcas y la harina. En Comedia de ensueño, Jardín umbrío: «… Milón de Arnoya era un jayán perseguido por la justicia, que vivía en el monte rodeado por siembras y majadas. En casa de mi abuela, cuando los criados se juntaban al anochecido para desgranar mazorcas, siempre salía el cuento de Milón de Arnoia...»[215]. En El resplandor de la hoguera se alude a la siega de esta forma: «Las boinas rojas aparecían sobre los riscos. Al ver el empuje de los cazadores, hacían fuego a pecho descubierto y se enardecían con alegres voces, como en lana siega y en el zorcico…»[216]. En este caso, Valle Inclán está haciendo un símil entre el enardecimiento de los carlistas en su ataque contra las tropas liberales y las tareas del campo, aludiendo a los cantares que se hacían en la siega del cereal para acompañar y acompasar la tarea. Los segadores marcaban el ritmo de esta con sonidos, lo que se traducía en un incremento de la productividad, amén de aligerar el trabajo manual.

En Gerifaltes de antaño, puede leerse: «Los rostros melados, las frentes anchas, los ojos de un alegre brío, todos tenían una apariencia de hermandad campesina, como esas cuadrillas de segadores que devoraban el pan moreno a la sombra de un camino…»[217].

Otra vez resalta el valor y la hermandad de los soldados carlistas comparándolo con las cuadrillas de segadores, a los que presenta como representantes de un mundo rural solidario en sus tareas de explotación, idílico, olvidando (¿intencionadamente?) el mundo industrial que brota en la Galicia de su tiempo.

En Eulalia, cuando la moza deja la barca y se quiere encaminar hacia el molino en el que se verá con su amante, se encuentra con un grupo de segadores: «… una cuadrilla de segadores pasó llenándola con los gritos de su lengua visigoda. Eulalia sintió espanto de aquellos hombres curtidos, sudorosos, polvorientos, que volvían en hordas de la tierra castellana, con la hoz al hombro»[218].

Del aprovechamiento de la paja sobrante de la malla (‘trilla’) del cereal también se da cuenta en El embrujado, que: «… la casa alzada con pedrusco, [estaba] cubierta con paja de maíz y envuelta en humo…»[219]. Las referencias a los chouzos (vivienda rústica construida con piedra de mampostería y cubierta con paja o colmo) y pallozas (vivienda antiquísima de las mismas características anteriores, de mayores dimensiones en las que convivía la familia con el ganado, de planta circular o elíptica, propia de la montaña lucense, por ejemplo en Piedrafita do Cebreiro, puerta de entrada del Camino de Santiago en Galicia) en estas líneas parecen evidentes, así como la idealización del mundo rural.

De nuevo en la misma obra se vuelve sobre el tema con gran conocimiento sobre lo mismo y, así, podemos ver que: «… En la casa de don Pedro Bolaño. Es la hora en que las gallinas se recogen con el gallo mocero. Arde una lumbrada de tojos en la gran cocina, ahumada de cien años, que dice con sus hornos y su vasto lar holgura y labranzas. Una vieja hila sentada debajo del candil. Los otros criados desgranan mazorcas para enviar el fruto al molino…»[220].

El conocimiento de Valle sobre la distribución de los elementos en el interior de la casa labriega se muestra muy completo en esta cita. La mentada obra es muy prolija en referencias de este tipo, como veremos a continuación. Juana de Juno le inquiere a la Ofrecida que no se adelante mucho del umbral a causa de no embrujar el fuego, al tiempo que le pregunta qué conveniencia la trae. La abuela responde: «… cambiar maíz por pan cocido. Estas espigas que nos dieron por las puertas». Juana de Juno, altiva, pregunta: «¿Quién cosechó maíz tan cativo?». Ante lo que la abuela contesta que si le ponen reparos a la limosna que le dieron. Don Pedro, que está atento a la escena, después de advertir a la abuela que hable con Remigio de Cálago para que no ande en justicias por el foral de Canabal, dice: «Que os cambien ese maíz…». La abuela pregunta que por cuánto pan, a lo que le responde: «Por un pan entero». Queda patente en este caso la imbricación en el ciclo del pan de todas sus construcciones, es decir, se puede tener maíz pero si no tenemos molino para hacer harina y horno para cocerla, no tendremos pan.

De Geórgica entresacamos: «El aire se embalsama con aromas de heno, / Y los surcos abiertos esperan el centeno, / Y en el húmedo fondo de los verdes herbales, pacen vacas vermejas, entre niños zagales, / Cuando en la santidad azul de la mañana, Canta húmeda de aurora la campana aldeana…»[221]. De nuevo, podemos observar la mitificación de la vida aldeana.

Sobre los hornos y los hórreos (Valle Inclán utiliza con profusión el término castellano troje para referirse a ellos) hay también múltiples alusiones. El caballero, en Romance de lobos, les dice al grupo de indigentes que lo acompañan: «¡No son sus culpas las que necesitan perdón, son las mías! Todo el maíz que haya en la troje se repartirá entre vosotros. […] Las casas en llamas serán hornos mejores para vuestra hambre que hornos de pan…»[222]. Más adelante, Benita la costurera le ordena a la Rebola que: «Lo mismo tiene que seas tú. En un vuela vas al horno de la Curuja… Es mandato del Señor Don Juan Manuel. Te llegas, y dices que toda la hornada la traiga a la casona, que es para repartir entre los pobres… A luego, subiráse vino de la bodega y mataranse doce palomas en el palomar…»[223]. En la escena quinta de Romance de lobos, se hace ver que: «La hueste de mendigos descansa al sol ante el portal de la casona y se tiende por la orilla del camino aldeano. Sobre la veleta del hórreo, el gallo clarinea, en el sol, dorado y soberbio…»[224].

En la jornada segunda, escena primera, de Divinas palabras, tenemos: «Lugar de condes. Viejo caserío con palios de vid ante las puertas. Eras con hórreos y almiares. […]. Sombras con faroles entran y salen en los establos oscuros, portando brazadas de yerba. Cuece la borona en algún horno, y el humo de las jaras monteses perfuma el casal que despierta…»[225]. Maruxiña le dice a Anxelo, en la jornada primera de El embrujado: «¡Salúdate para espantar malas ideas! Calienta el horno con el capricho del viejo Bolaño…»[226].

En Claves líricas, Lirio franciscano, encontramos un hermoso poema: «En un campo de rosas / Tendrás tu cena mística, / Al final del camino: / Pan sin acedo y vino / De la viña eucarística. / ¡Y en las palmas llagadas / Habrá una rosa mística…»[227].

Del mismo modo, en Rosa matinal vemos: «… el agrio vino, las melosas niñas, / La vaca familiar, el pan acedo, / Un grato son de flauta entre las viñas, / Y un místico ensalmar en el robledo. / El dionisíaco don de los molinos / Enciende las divinas represalias, / Y junta ramos celtas y latinos. / En trocaicos cantares de faunalias…»[228].

El pan se cita otra vez en El resplandor de la hoguera, haciendo una semejanza con el jergón en el que duermen las dos monjas: «… Las monjas durmieron en el sobrado, las dos en una cama con sábanas de hilo casero, bien espliegadas, y jergón de maíz hopado y esponjado como el pan de fiesta al salir del horno…»[229]. El cura Santa Cruz, en Resplandor de la hoguera, quiso castigar a la villa porque consintiese a la tropa republicana sacar bagajes y raciones. Después de escucharlos un instante, «… mientras bebía un vaso de vino y tomaba una rebanada de pan blanco, les mandó dar cincuenta palos en la Plaza de los Fueros…». En la misma obra, teniendo sitiada la ciudad: «A las doce, los voluntarios fueron racionados en las trincheras, ración de balas, vino mosto y pan caliente, que recibieron relinchando…»[230].

En definitiva, Valle Inclán, tal y como anota Lavaud, idealiza todo lo que tiene relación con los molinos: los parajes donde se instalan; la molienda; las relaciones entre aforados y foreros; las relaciones sociales en su interior; le da un tono romántico tanto a los personajes de las molineras como a los molineros, presentándolos como gente humilde, trabajadora, honrada, incluso que estos últimos formen parte de las partidas carlistas le otorga un cierto grado de peso dentro del grupo, habla de la hermosura de los cabellos blancos y de las propias molineras… Es indudable que posee un gran conocimiento de toda la idiosincrasia que rodea a estos aparatos molturadores. Tampoco olvida todo aquello relativo a las tareas del campo y a las demás construcciones que intervienen en el ciclo del pan: eras, hórreos y hornos.

3. Los molinos en el Concelo de Vilanova. Un análisis cuantitativo. 1845-1966

NÚMERO DE MOLINOS Y TIPO DE PROPIEDAD

AÑO

N.º MOLINOS

PROPIEDAD

PARTICULAR

PROPIEDAD DE

HEREDEROS

1860

9

4

5

1871

20

20

1880

20

20

1890

14

14

1901

13

13

1910

13

12

1

1920

8

7

1

1930

10

9

1

1946

13

12

1

1950

11

11

1960

11

11

1966

11

11

TOTALES

153

144

9

Fuente: Libros de Matrícula Industrial del Concejo de Vilanova de Arousa (1845-1968). Datos facilitados por José Miguel Ventoso, archivero municipal. Elaboración de José María Leal Bóveda.

MOLINOS POR PARROQUIAS Y TIPOS

PARROQ.

MOLINOS

HIDRÁUL.

ELÉCT.

GAS/VAPOR

MECÁN.

VIENTO

BAIÓN

48

46

2

CALEIRO

40

33

3

2

2

ANDRÁS

20

20

TREMOEDO

12

10

2

VILANOVA

11

3

1

1

6

GODOS

11

11

DEIRO

6

4

1

1

A ILLA

5

1 (MARÉ)

3

1

TOTALES

153

124

8

4

16

1

Fuente: Libros de Matrícula Industrial del Concejo de Vilanova de Arousa (1845-1968). Datos facilitados por José Miguel Ventoso, archivero municipal. Elaboración de José María Leal Bóveda.

A la vista de los datos, todo parece indicar que Valle Inclán tenía mucha materia prima en la que inspirarse. En efecto, si acudimos al Libro de la Matrícula Industrial del ayuntamiento para el intervalo 1845-1968 y al Catastro de Ensenada, podemos observar que Vilanova cuenta con un número importante de molinos, en función, en una primera aproximación, de la existencia de un colector que vertebra la red fluvial de la comarca: el río Umia. Los múltiples ríos y riachuelos subsidiarios, o aquellos que desde las alturas del Castrove o Lobeira evacúan sus aguas en la ría de Arousa, harán el resto.

El análisis de la gráfica del número de molinos por año y de tipo de propiedad nos muestra una etapa ascendente desde 1845 con una cumbre en las décadas de los 70 y 80, para ir descendiendo paulatinamente hacia los años 20 (en los que llegan a su mínimo) y vuelven a repuntar en los 30 y 40 (cénit en 1946), fechas de período autárquico, para estabilizarse en los 50-60, cuando desaparecen de la matrícula industrial, en concreto en 1968: tiempos de liberalización de la economía española, éxodo rural a Europa y a la ciudad y aparición de los molinos eléctricos.

Las causas del ascenso entre los años 70 y 80 del siglo xix tienen que ver con las fechas de los primeros intentos de remisión foral a través de las medidas legislativas, que conllevan que los labradores vayan accediendo lentamente a la propiedad de la tierra que trabajaban finisecularmente. El dinero para las redenciones llegará de la emigración americana, que se invierte en comprar las parcelas antedichas. El acceso a la propiedad plena trae consigo la proliferación de molinos por todo el territorio gallego, tal y como demuestra Leal Bóveda (1995, 1999, 2012)[231]. En el período de entresiglos, y hasta la década de los 20 del siglo xx, decae el número de construcciones, curiosamente en unas fechas en las que el proceso redencionista adquiere su mayor significación, pero tenemos que tener en cuenta que el pleno derecho sobre la propiedad va parejo con un ritmo acelerado de mecanización y modernización del campo gallego, caracterizado, entre otras cosas, por la introducción de maquinaria, nuevos abonos, cultivos y sistemas de cultivo, etc., en las explotaciones. Los viejos molinos hidráulicos van dejando paso a aquellos movidos por energías como la electricidad o el vapor de agua por combustión, en este caso fundamentalmente de gas y menos de carbón. Otra forma de provocar la combustión necesaria era la quema de rastrojos y despojos del monte.

El repunte de los años 40, después del período de guerra civil, está en consonancia con el período autárquico que conduce al Estado español, bloqueado en sus relaciones exteriores y girado hacia dentro de sus fronteras en lo económico, social y político, a un aprovechamiento intensivo de sus escasos recursos económicos. El presidente argentino Juan Domingo Perón hará lucrativos negocios con el trigo enviado a su colega, el general Franco. El control de la producción harinera por el Servicio Nacional del Trigo favorecerá el estraperlo de harina, por lo que sería muy acertado considerar que, como indica Leal Bóveda en obras ya citadas, las cifras oficiales de molinos matriculados legalmente se multiplicara sobremanera, que los legalizados molieran más de lo declarado o que aquellos que no podían satisfacer el canon al servicio triguero molieran de forma fraudulenta. A partir de estas fechas, fin de la autarquía y puesta en marcha del Plan de Estabilización de 1959, la vida rural tradicional decae por la masiva emigración a Europa y a las ciudades, con lo que los patriarcales molinos de agua van dejando de funcionar y sus piedras son invadidas por las zarzas, y la madera y el hierro por la carcoma y el óxido.

Otras conclusiones que se pueden extraer de los datos antedichos serían que, si bien es cierto que a partir de 1890 (fecha de una masiva emigración a ultramar) se reduce el número de molinos, también lo es que aumenta el número de muelas de los que siguen moliendo, con lo que la producción no solo no se resentirá sino que habrá de incrementarse. Al mismo tiempo, asciende el número de meses de molienda a lo largo del año y, si hasta ahora predominaban los tres de actividad, ahora pasaremos a hacerlo de tres a seis meses anualmente. Coetáneamente, se van introduciendo nuevas fuentes de energía y el agua de río o riachuelo va dejando paso al gas (1910 y 1926), electricidad (1923) o energía mecánica (1935) de tracción manual sobre un émbolo clavado en la muela. Estas serán las máquinas que predominen en los autárquicos años 40, lo que hará que, si bien en un principio las villas de la costa no habían contado con artefactos de molienda, ahora se especialicen en esta actividad, como Vilanova o la Isla.

Por parroquias, encontramos un claro predominio de Baión, donde proliferan los molinos en orden a la presencia del río Umia y sus afluentes, y en iguales circunstancias podemos hablar de Godos, Tremoedo o András. La energía hidráulica predomina también en Caleiro, pero en este caso debido a las corrientes que desde los montes Lobeira y Castrove vierten hacia la ría de Arousa sus aguas. Por el contrario, tanto en Vilanova como en Deiro, parroquias costeras, a partir de la década de los 10-20 del siglo xx y sobre todo en los 40, florecen las máquinas movidas por vapor de agua o carbón, en un principio, y luego con rastrojos, gas, electricidad o de forma mecánica o manual. De 153 molinos matriculados entre 1845 y 1968, 124 son hidráulicos, 11 mecánicos, 10 a gas y 8 eléctricos. En este sentido, llama la atención el caso de la Isla, donde podemos encontrar uno de viento y otro de marea, o movido por el flujo-reflujo de las mareas.

Por el tipo de propiedad, tenemos un predominio absoluto de aquellas máquinas particulares dedicadas a la molienda con pago por maquila, 144 de un total de 153, mientras que los de propiedad comunal, de herederos o repartido entre varios miembros de la familia o comunidad, son minoría: 9 sobre el mismo total. De ello se deduce una marcada especialización funcional del molino como aparato usado con fines económicos, pero con un definido matiz protoindustrial, ya que la mayor parte de los pagos se hace en especie, maquila, y no en dinero. A partir de los años 10-20 del siglo xx, con la introducción de las nuevas energías citadas, la molienda comienza a cobrarse también en dinero, excepto en los años de posguerra, con lo que la comercialización de la harina empieza a tener matices mercantiles.

En definitiva, Valle Inclán tenía mucho grano de cereal para hacer suya tanta harina literaria.



FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1] «Traca traca traca traco. Traca traca traca traco. Que así nació la muñeira [danza tradicional gallega que se baila girando un grupo de personas]. Una noche no sé cuándo. La muela [pieza redonda con un hueco en el centro, de piedra que gira sobre otra fija, pie, produciendo la molturación del grano] y un grano de avena. Se dieron un beso en los labios. Que no se diga muchacha. Que el molino no hace milagros. Nos da el pan cada día. Y hasta niños hermosos».

[2] En Sonata de otoño, págs. 485-486, vol. I. En adelante, todas las referencias literarias pertenecen, salvo que se apunte obra específica, al trabajo: Ramón María del Valle Inclán. Obra completa, 2 vol. Víctor GARCÍA DE LA CONCHA, director. Espasa Calpe, Madrid, 2007.

[3] En Los cruzados de la causa. La Guerra Carlista I, vol. I, pág. 707.

[4] En http://bib.cervantesvirtual.com/portal/catedravalleinclan/ [consulta: 10/11/2014].

[5] Ibídem.

[6] En Geórgicas, vol. II, pág. 1141.

[7] Ibídem, pág. 1160.

[8] DÍAZ DE RÁBAGO, Joaquín: La industria de la pesca en Galicia. Estudio sociológico. Fundación Pedro Barrié de la Maza. Conde de Fenosa. Gaesa, La Coruña, 1989, pág. 17.

[9] Ibídem, págs. 17-18.

[10] Ibídem, pág. 19.

[11] Ibídem, págs. 18-19.

[12] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: Un modelo de sociedad rural de Antiguo Régimen en la Galicia costera: la Península del Salnés (Jurisdicción de la Lanzada). Universidade de Santiago de Compostela, 1979, págs. 62-63 y 148-149.

[13] LEAL BÓVEDA, José María: As construcións do ciclo do pan na Mariña de Lugo. Excma. Deputación de Lugo, Lugo, 2013.

[14] En Sonata de invierno, pág. 526, vol. I.

[15] Proceso narrado por LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a Historia gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, pág. 59.

[16] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 492.

[17] En «Cara de plata», Comedias bárbaras, I, vol. I, pág. 295.

[18] En «Romance de lobos», vol. II, pág. 509.

[19] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs. 81-82.

[20] En Flor de santidad, vol. I, págs. 622-623.

[21] VILLARES PAZ, Ramón. Textos e materiais para a historia de Galicia. Textos Enseñanza/Crítica. Barcelona, 1990, pág. 99.

[22] CORNIDE, J.: Memoria sobre la pesca en Galicia. Madrid, 1774, págs. 59-60.

[23] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, págs. 12-16.

[24] LUCAS LABRADA, J.: Descripción económica del Reino de Galicia. Ferrol, 1804. Reed. Galaxia, 1971, pág. 169. Citado por PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs. 135-136.

[25] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, pág. 136.

[26] En Cara de plata, vol. II, págs. 273-274.

[27] Libros de actas del concejo, año 1859. Recogido por LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, pág. 69.

[28] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs.13-14.

[29] Como ya quedó indicado, este foro perteneció al expriorato de Vilanova de Arousa, dependiente de los benedictinos de Santiago, cuyas propiedades fueron vendidas en las desamortizaciones una vez suprimida la orden.

[30] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 105-107.

[31] EIRAS ROEL, A.: «Un vecindario de población y de estadística en el siglo xviii», en Cuadernos de Estudios Gallegos, 1969, tomo XXIV, págs. 489-527.

[32] GARCÍA FERNÁNDEZ, Jesús: Organización del espacio y economía rural en la España atlántica. Siglo xxi, Madrid, 1975.

[33] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, pág. 39.

[34] VILLARES PAZ, Ramón: Textos e materiais para a Historia de Galicia. Enseñanza/Crítica. Crítica, Barcelona, 1990, págs. 99-100.

[35] En Sonata de otoño, vol. I, págs. 492-493.

[36] LEAL BÓVEDA. J. M.ª: Os hórreos da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, Vigo, 1998, pág. 58. Este autor también da cuenta de cómo el labrador llena su hórreo de paja, como sinónimo de hartura, cuando es preciso encontrar pareja para algún hijo o hija.

[37] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 459.

[38] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 100.

[39] CHARLÍN PÉREZ, F. Xavier: «Preitos e revoltas na Galicia de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 5, 2000, págs. 5-36.

[40] En Mi bisabuelo. Jardín umbrío, vol. I, págs. 282-283.

[41] FARIÑA JAMARDO, Xosé: Orixe, nacemento e evolución dos concellos pontevedreses. Deputación de Pontevedra, 1996, págs. 9-52.

[42] MARX, K.; ENGELS, F.: La revolución española, 1808-1843. Traducción de Andrés Nin. Editorial Cenit, Madrid, 1929. Citados por ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[43] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: «Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 0, 2000, págs. 28-29.

[44] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 153.

[45] Proceso descrito para los Peña Cardecid y Saco Bolaño por LEAL BÓVEDA, J. M.ª y VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 105-107.

[46] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 33-34.

[47] Ibídem, pág. 34.

[48] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, págs. 153-154.

[49] PARDO BAZÁN, Emilia: Los pazos de Ulloa. Sálvora, Madrid, 1986, págs. 332-333.

[50] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 154.

[51] En http://bib.cervantesvirtual.com/portal/catedravalleinclan/ [consulta: 10/11/2014].

[52] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 28-35.

[53] En Romance de lobos, vol. II, pág. 468. Los forales de Corón posiblemente se refieran al agro de las Sinas, que Valle Inclán y hermanas venden en 1923 como último reducto de las otrora numerosas fincas y rentas que tenían. Véase el proceso explicado por Leal Bóveda y Sito Ventoso en Cuadrante, n.º 22.

[54] En El embrujado, vol. II, págs. 1131-1132.

[55] Archivo personal de José María Leal Bóveda.

[56] Archivo personal de José María Leal Bóveda.

[57] VILLARES PAZ, Ramón: Desamortización e réxime de propiedade. A Nosa Terra, Vigo, 1994.

[58] Ibídem, pág. 88.

[59] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, págs. 147-148.

[60] VALLEJO POUSADA, Rafael: A Desamortización de Mendizábal na provincia de Pontevedra. Deputación de Pontevedra, Pontevedra, 1993, pág. 147.

[61] Ibídem, págs. 22-23.

[62] Véase todo el proceso de las desamortizaciones decimonónicas en LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[63] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: ibídem, págs. 67-122.

[64] Sobre la formación de las clases burguesa e hidalga en Vilanova, véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 67-122.

[65] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 32-33.

[66] Ibídem, pág. 32.

[67] Véase LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[68] Véanse libros de actas de Plenos, 1838.

[69] En Sonata de invierno, vol. I, págs. 556-557.

[70] En «Los cruzados de la causa», vol. I, pág. 671.

[71] CLEMENTE, Josep Carles: La guerra carlista. Valle Inclán y el carlismo, en http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/24421/3/THVI~N67~P129-130.pdf [consulta: 07/11/2014].

[72] En http://pordoncarlos.blogspot.com.es/2009/05/valle-inclan-carlista.html [consulta: 10/11/2014].

[73] CLEMENTE, Josep Carles: La guerra carlista. Valle Inclán y el carlismo. Ibídem.

[74] VALLE INCLÁN BLANCO, C. L.: Prólogo a Gerifaltes de antaño. Espasa Calpe Argentina, S. A., Buenos Aires, 1945, pág. 8. Citado en ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[75] G. DE NORA, E.: La novela española contemporánea. Gredos, 2.ª edición, Editorial Madrid, 1953, pág. 76.

[76] BARREIRO FERNÁNDEZ, J. R.: El carlismo gallego. Editorial Pico Sacro, Santiago de Compostela, 1976, págs. 323-324.

[77] MARAVAL, J. A.: «La imagen de la sociedad arcaica en Valle Inclán», en Revista de Occidente. Madrid, 1966, n.º 44-45, pág. 248.

[78] ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[79] MACHADO, M.: Valle Inclán y la eucaristía. Citado por CARO ROMERO, Joaquín, en ABC de Sevilla, junio de 1993, pág. 58.

[80] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Don Ramón M.ª del Valle Inclán. Colección Austral, 2.ª edición, Buenos Aires, 1948, pág. 71.

[81] VALLE INCLÁN, R. del: Sonata de invierno. Opera Omnia, vol. III, pág. 217.

[82] Ibídem., ob. cit., págs. 14-15.

[83] DE MADRID, F.: La vida altiva de Valle Inclán. Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1943, pág. 282.

[84] LADO, M.ª D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de Ramón del Valle Inclán. University of Florida Monographs Press, n.º 18, Gainesville, Florida, 1966, pág. 14.

[85] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Don Ramón M.ª del Valle Inclán. Ob. cit., pág. 121. En ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[86] FERNÁNDEZ DE LA MORA, G.: Pensamiento español. 1966, ob. cit., pág. 255.

[87] PEMÁN, J. M.ª: Meditación sobre el tradicionalismo. Punta Europa, Madrid, 1961, pág. 82.

[88] VALLE INCLÁN, R. M.ª: Gerifaltes de antaño. Colección Austral, 5.ª ed., Madrid, 1980, pág. 7. Las cuatro anteriores citas son referenciadas por ACEDO CASTILLA, J. F. en: http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[89] En fechas ya recientes, acabó siendo propiedad de la popularmente conocida en la villa como Sra. Adelaida, madre de la muy sonada familia de los Charlín Ganma.

[90]MAÍZ, Ramón: O rexionalismo galego: organizacion e ideoloxía (1886-1907). Edicións do Castro, A Coruña, 1984.

[91] CHARLÍN PÉREZ, F. X.: «Acerca del entorno social y geográfico del joven Valle Inclán (1866-1891): falsos mitos y realidad», en Cuadrante, n.º 28, 2014, págs. 161-183 y 213.

[92] VALLE INCLÁN, R. M.ª: Los cruzados de la causa. Colección Austral, 8.ª ed., Madrid, 1985, ob. cit., pág. 91.

[93] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[94] Sobre el tema de las desamortizaciones en Vilanova de Arousa, véase el trabajo de LEAL BÓVEDA, J. M.ª y VENTOSO MARTÍNEZ, J. M.: «Da desamortización á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega. O caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño e a venda dos foros do Agro das Sinas por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 67-122. También LEAL BÓVEDA, J. M.ª, TORRADO, R.: «Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 0, 2000.

[95] ALLEGUE. A.: «Borobó e a beleza», en Homenaxe a Borobó. Edicións do Castro, Sada, 2003, págs. 55-60.

[96] Ibídem, pág. 55.

[97] FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: «Vida y literatura de Valle Inclán». Editora Nacional, Madrid, 1943. En ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[98] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[99] FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle Inclán. Editora Nacional, Madrid, 1943, pág. 233.

[100] Ibídem, pág. 262.

[101] Ibídem, pág. 233.

[102] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[103] BARREIRO FERNÁNDEZ, J. R.: El carlismo gallego. Editorial Pico Sacro, Santiago de Compostela, 1976, pág. 326.

[104] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[105] FARIÑA JAMARDO, Xosé: Orixe, nacemento e evolución dos concellos pontevedreses. Deputación de Pontevedra, 1996, págs. 320-321. Véase también el trabajo de VÁZQUEZ SAAVEDRA, Daniel: La organización del trabajo en la Galicia costero-conservera: el impacto de la industrialización en Illa de Arousa, 1889-1935. Original mecanografiado, 2004.

[106] En enero de 1885, los electores José Manuel Rivero y José M.ª Leiro solicitan al pleno la declaración de incapacidad para cargo público de Bóveda y Del Valle, que es aceptada. Días más tarde se ejecuta un expediente contra Victoriano García y su fiador, Ramón del Valle Bermúdez, por un descubierto en los fondos municipales, en la cantidad de 1713,45 pts. en concepto de alquileres de consumos y arbitrios de los años 1873-1874. Dado que aquel se declara pobre y, por lo tanto, insolvente, la Corporación actúa contra Ramón del Valle como fiador. Parece que las dos personas mentadas suscitaban bastantes recelos en el grueso del Pleno y que la manía política y personal afloraba con virulencia en determinadas ocasiones. Fuente: libros de actas del Ayuntamiento de Vilanova de Arousa.

[107] LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, págs. 131-132.

[108] LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, págs. 136-140.

[109] ALONSO ÁLVAREZ, Luis: Industria y conflictos sociales en la Galicia del Antiguo Régimen. 1750-1830. Arealonga, Akal, Madrid, 1976, pág. 94.

[110] ALLEGUE, Gonzalo: «De damas e frailes», en Cuadrante, n.º 7, 2000, págs. 29-48.

[111] En Romance de lobos, vol. II, pág. 497.

[112] En Romance de lobos, vol. II, págs. 510-511.

[113] En Égloga, jardín novelesco.

[114]STITH THOMPSON: Motiv-Index of Folk literature. Stanford University, California, 1923. M. ESPINOSA, Aurelio: Cuentos populares españoles. Stanford University, California, 1926. Citados por LAVAUD-FARGE: ibídem, pág. 44.

[115] LAVAUD-FARGE: ibídem, pág. 44.

[116] VILLARES PAZ, Ramón: Textos e materiais para a historia de Galicia. Enseñanza/Crítica, Barcelona, 1990, pág. 213.

[117] VILLARES PAZ: ibídem, pág. 213-214.

[118] LEAL BÓVEDA: Breves apuntamentos...

[119] Para el caso vilanovés, véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: ibídem, págs. 67-122.

[120] SOBEJANO, Gonzalo: Valle Inclán frente al realismo. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes: www.cervantes.com.

[121] Véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011. También LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán, en Cuadrante, n.º 0, 2000, págs. 28-35.

[122] Ver CHARLÍN PÉREZ, Francisco: «Acerca del entorno familiar y geográfico del joven Valle Inclán: Mitos y realidad», en Revista ADE-Teatro, n.º 143, 2012.

[123] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: As construcións do ciclo do pan na Mariña de Lugo. Deputación de Lugo, 2012, pág. 217.

[124] Señala AGUIRRE SORONDO que en el País Vasco, germen de la industrialización española junto con Cataluña y Asturias, varias fábricas de Deusto se dedicaron a la construcción de la maquinaria de «bombas de fuego» pero no tuvieron éxito ante la baratura del agua, fuente de energía de los molinos hidráulicos. En AGUIRRE SORONDO, A.: Tratado de molinología. Los molinos en Guipúzcoa. Fundación José Miguel de Barandiarán, San Sebastián, 1988.

[125] En la década de los 80 del siglo pasado entrevistábamos a varios operarios de la, por aquel entonces, Junta del Puerto de Vilagarcía, quienes nos manifestaban la presencia no muy lejana en el tiempo de lanchas y gabarras de toda la ría de Arousa que venían a la procura de carbón a Vilagarcía. Véase también ABUÍN DURO, Marcelino; VILLARONGA, Manuel: Vilagarcía y el mar. Junta del Puerto de Vilagarcía de Arousa, Cambados, 1993, 2 tomos.

[126] CHARLÍN, Francisco: ibídem.

[127] En La casa de Aizgorri (Sensación), vol. II, pág. 1447.

[128] Ibídem, pág. 1448.

[129] Ibídem, pág. 1148.

[130] En La casa de Aizgorri (Sensación), vol. II, págs. 1448-1449.

[131] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48.

[132] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48. La autora cita a CORREAS, Gonzalo: Vocabulario de refranes y frases populares. 1627. Texte établi, annoté et présenté par Louis Combet. Bordeaux, Institut d´Etudes Ibériques e ibéroamericaines, 1967.

[133] SOBEJANO, Gonzalo: ibídem, pág. 2.

[134] En Jardín umbrío, La adoración de los Reyes, pág. 215.

[135] En Jardín umbrío, La adoración de los Reyes, vol. 1, pág. 215.

[136] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 45.

[137] REDONDO, Agustín: «De molinos, molineros, molineras. Tradiciones folklóricas en la España del Siglo de Oro», en Literatura y folklore: problemas de intertextualidad. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1983, págs. 101-115.

[138] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 45.

[139] En El rey de la máscara. Jardín umbrío, vol. I, pág. 252.

[140] LAVAUD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa corta de Valle Inclán: el molino», en Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48.

[141] Véase cita anterior en la que los hijos del molinero dejan el cadáver en la casa del clérigo.

[142] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 46-47.

[143] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 46.

[144] En Romance de lobos, vol. II, pág. 466.

[145] En El embrujado, vol. II, pág. 1163.

[146] En Divinas palabras, vol. II, pág. 545.

[147] En El embrujado, vol. II, pág. 1161.

[148] GALHANO, F.: Moíños e azenhas de Portugal. Associaçao Portuguesa de Amigos dos Moíños, Lisboa, pág. 131, recogido por Begoña Bas, 1983.

[149] BAS LÓPEZ, Begoña: «As construcións populares: un tema de etnografía en Galicia», en Cadernos do Seminario de Sargadelos, Edicións do Castro, Sada, 1983, págs. 111-112.

[150] Antípater de Tesalónica cantó su alabanza de los nuevos molinos en el poema que sigue: «Dejad de moler, / ¡oh! vosotras mujeres / que os esforzáis en el molino; / dormid hasta más tarde / aunque los cantos de los gallos / anuncian el alba. / Pues Deméter ordenó a las ninfas / que hagan el trabajo de vuestras manos, / y ellas, brincando a lo alto de la rueda, / hacen girar su eje, que, / con sus rayos que dan vueltas, / hace que giren las pesadas muelas / cóncavas de Nisiria. / Gustamos nuevamente / las alegrías de la vida primitiva, / aprendiendo a regalarnos / con los productos de Deméter sin que trabajemos». Recogido por MUMFORD, Lewis: Técnica y civilización. Alianza Universidad, Madrid, 1987, pág. 132. Versión española de Constantino Aznar de Acevedo.

[151] En la Inglaterra de tiempos de Guillermo I el Conquistador, este mandó elaborar el Donesday Book, o Registro del Gran Catastro, en el que se contabilizaban unos cinco mil molinos.

[152] MUNFORD, Lewis: Técnica y civilización. Alianza Universidad, Edición española de Constantino Aznar de Acevedo, 1987.

[153] DE LLANO CABADO, Pedro: ibídem, 2.º tomo, pág. 314.

[154] En Geórgicas, vol. I, pág. 1145.

[155] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: As construcións do pan na Mariña de Lugo. Deputación de Lugo, 2012.

[156] SAMPEDRO, Andrés: Tódolos muíños da terra galega. AGCE, Vigo, 1990, pág. 11.

[157] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; ACHA BARRAL, Rocío: Patrimonio rural do Salnés. Deputación de Pontevedra, 2002.

[158] En El rey de la máscara, vol. I, pág. 249.

[159] En El resplandor de la hoguera, Guerra carlista I, vol. I, págs. 787-788.

[160] En El resplandor de la hoguera, Guerra carlista I, vol. I, págs. 789-790.

[161] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 459.

[162] En Águila de blasón, Comedias bárbaras, II, vol. II, pág. 365.

[163] En Estela de prodigio, Claves líricas, págs. 1221-1222.

[164] En Malpocado, vol. II, págs. 1470-1471.

[165] En A media noche, Jardín umbrío, vol. I, pág. 276.

[166] En A media noche, Jardín umbrío, vol. I, págs. 276-277.

[167] En Flor de santidad, vol. I, pág. 621.

[168] En Gerifaltes de antaño, La guerra carlista III, vol. I, pág. 886.

[169] En Retablo de la avaricia, La lujuria y la muerte, vol. II, pág. 1153.

[170] ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS: Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada, 1750-1754. 13 000 localidades, 545 vols., conservados en el Archivo General de Simancas, microfilmados en la década de 1980 y digitalizados entre 2004-2005 con total de 350 000 imágenes. Ministerio de Cultura del Gobierno de España, Madrid. Disponible en Internet: http://pares.mcu.es/Catastro. Hoy existen copias, digitalizada y escrita, en el Archivo del Concello de Vilanova de Arousa.

[171] En Hierba santa, vol. II, pág. 1457.

[172] En Águila de blasón, vol. I, pág. 366.

[173] Ibídem, pág. 366.

[174] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[175] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Hórreos, molinos y fuentes de la tierra de Viveiro, Deputación de Lugo, 1999.

[176] VILLARES PAZ, R.; FERNÁNDEZ PRIETO, L.: «La crisi agrària del final del segle xix e l´adaptació de l´explotació pagesa gallega», en Recerques, 26, 1992, págs. 89-106.

[177] CONCELLO DE XOVE: Xove noutros tempos, II vol. Departamento de Servicios Sociais do Concello de Xove, 2002, pág. 24. También, PÉREZ FRANCO, Nelle; SÁNCHEZ MEITÍN, Lucía: A festa no aire. Tradición e lecer no Xove de antes. Tórculo, Concello de Xove, 2006, pág. 188.

[178] SÁNCHEZ REGUEIRO, A.; SOTO FERNÁNDEZ, D.: «O patrimonio das augas. Un achegamento etnográfico á Galiza rural dos séculos xix e xx», en Cultura popular. Actas do Congreso. Cámara Municipal de Maia, 2000, separata: pág. 12.

[179] FERNÁNDEZ PRIETO, L.: Labregos con ciencia. Estado, sociedade e innovación tecnolóxica na agricultura galega, 1850-1939. Vigo, Xerais, 1992. Citado por SÁNCHEZ REGUEIRO: op. cit., pág. 12.

[180] AGUIRRE SORONDO, A.: Tratado de molinología. Los molinos en Guipúzcoa. Fundación José Miguel de Barandiarán, San Sebastián, 1988, págs. 87-88.

[181] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 494.

[182] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 506.

[183] En A media noche. Jardín umbrío, vol. I, pág. 277.

[184] En Águila de blasón, Comedias bárbaras II, vol. II, pág. 366.

[185] Ibídem, pág. 366.

[186] Ibídem, págs. 405-406.

[187] Populares son los dichos que hablan de la mala fama de los molineros porque tendían a excederse en la medición de la maquila. Este hecho propició una literatura abundante de la que entresacamos esto: «Xa non quero ser muiñeiro / nin varre-lo tremiñado, / que despois no outro mundo / toman conta do roubado» (Ya no quiero ser molinero / ni barrer el acabado [el tremiñado era el lugar donde caía la harina. Podía ser un cajón de madera o un espacio cerrado sobre el pie o piedra fija del molino] / que después en el otro mundo / piden cuentas de lo robado).

[188] El Servicio Nacional del Trigo, organismo surgido por decreto del general Franco durante la guerra civil, fue creado con objeto de controlar la producción de cereal del estado autárquico franquista y está estudiado para Galicia y en particular para la provincia de Lugo por LEAL BÓVEDA, José María en: «Las construcciones del ciclo del pan y el Servicio Nacional del Trigo en la Mariña de Lugo», en Terra, n.º 6. SGX y Universidade de Santiago de Compostela, 2002, y «O Servicio Nacional del Trigo e o control da producción fariñeira da postguerra. O caso da Mariña de Lugo», en Pontevedra, n.º 18. Deputación de Pontevedra. 2002.

[189] En Flor de santidad, vol. I, pág. 623.

[190] Catastro de Ensenada. Archivo del Reino de Galicia. A Coruña. También Concejo de Vilanova de Arousa.

[191] LEAL BÓVEDA, José María: As construcións do pan na Mariña de Lugo. Deputación de Lugo, 2012. Del mismo autor se puede ver: Guía para o estudio dos muíños de auga da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, 1995, con versión en castellano: «Guía metodológica para el estudio de los molinos de agua de la Tierra de Caldas de Reis», en Escola Crítica, A Coruña, 1993. «A literatura oral do ciclo do pan. Unha escolma arbitraria», en Pontenorga, Deputación de Pontevedra, 1998. O patrimonio arquitectónico rural do Salnés, Deputación de Pontevedra, 2000. «Las construcciones del ciclo del pan y el Servicio Nacional del Trigo en la Mariña de Lugo», en Terra, n.º 6, SGX y Universidade de Santiago de Compostela, 2002. «Guía metodológica para el estudio de las construcciones del ciclo del pan en la Mariña de Lugo», en Revista de Investigación en Educación, Deputación de Pontevedra, Facultade de Ciencias da Eduación de Pontevedra, Pontevedra, 2004. «O Servicio Nacional del Trigo e o control da producción fariñeira da postguerra. O caso da Mariña de Lugo», en Pontevedra, n.º 18, Deputación de Pontevedra, 2002.

[192] MENÉNDEZ-VALDÉS GOLPE, E.: Las particularidades de derecho patrimonial en el noroeste de España, ante la compilación gallega y el código civil. Becerreá, Lugo. 1964. Este autor está citado también en CHARLÍN PÉREZ, F. X.: «Preitos e revoltas na Galicia de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 5, 2000, págs. 5-36.

[193] En Divinas palabras, vol. II, págs. 541-542.

[194] CHARLÍN PÉREZ, F. X.: «Preitos e revoltas na Galicia de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 5, 2000, pág. 16.

[195] Recogido por LEAL BÓVEDA, José María: Hórreos, molinos y fuentes de la Tierra de Viveiro. Deputación de Lugo, 1995.

[196] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Guía para o estudio dos muíños de auga da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, 1995, págs. 45-62.

[197] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Guía para o estudio dos muíños de auga da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, 1995, págs. 45-62.

[198] BAS LÓPEZ, Begoña: voz muíño, en Gran Enciclopedia Gallega.

[199] En El resplandor de la hoguera, La guerra carlista II, vol. I, págs. 772-773.

[200] En Un cabecilla, Jardín umbrío, vol. I, pág. 241.

[201] En Un cabecilla, Jardín umbrío, vol. I, págs. 241-243.

[202] LAVUAD-FAGE, Eliane: ibídem, págs. 42-43.

[203] En Sonata de otoño, vol. I, págs. 158-159.

[204] En Eulalia, Corte de amor, vol. I, pág. 142.

[205] En Eulalia, Corte de amor, vol. I, pág. 144.

[206] LAVAUD—FAGE. Eliane: Íbidem. Pág. 43.

[207] En Eulalia, Corte de amor, vol. I. Pág. 144.

[208] LAVAUD—FAGE. Eliane: Íbidem. Pág. 44.

[209] En Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, vol. II, pág. 1153.

[210] En Romance de lobos, vol. II, pág. 492.

[211] Véase sobre el tema una amplia recolección de literatura popular recopilada en nuestra obra: LEAL BÓVEDA, José María: Guía para o estudo dos muíños de auga da terra de Caldas de Reis. Pontevedra, 1995. También la ya citada de BAS LÓPEZ, Begoña: Muíños de marés e de vento en Galicia. Pontevedra, 1991.

[212] LEAL BÓVEDA, J. M.ª y otros: Guía para o estudio dos muíños de auga da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, Vigo, 1995.

[213] En Son de muñeira, Claves líricas, vol. II, págs. 1226-1227.

[214] En Águila de blasón, Comedias bárbaras II, vol. II, págs. 368-369.

[215] En Comedia de ensueño, Jardín umbrío, vol. I, pág. 310.

[216] En El Resplandor de la hoguera, vol. I, pág. 807.

[217] En Gerifaltes de antaño, vol. I, pág. 891.

[218] En Corte de amor, Eulalia, vol. I, pág. 141.

[219] En Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, vol. II, pág. 1148.

[220] Ibídem, pág. 1160.

[221] En Geórgica, vol. II, pág. 1214.

[222] En Romance de lobos, vol. II, pág. 466.

[223] Ibídem, pág. 466.

[224] En Romance de lobos, vol. II, pág. 514.

[225] En Divinas palabras, vol. II, pág. 545.

[226] En Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, vol. II, pág. 1149.

[227] En Lirio franciscano, vol. II, pág. 1225.

[228] En Rosa matinal, vol. II, pág. 1234.

[229] En El resplandor de la hoguera, vol. I, pág. 816.

[230] Ibídem, pág. 834.

[231] Véase bibliografía citada del autor.


Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán

LEAL BOVEDA, José María

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz